Montaigne, Michel (1533-1592)

          Michel Montaigne (1533-1592) – El que será luego conocido moralista y pensador Michel Eyquem nacía el 28 de febrero de 1533 en el château familiar  (entre casa-fortaleza y mansión solariega), hoy municipio de Saint Michel de Montaigne, dep. de Dordogne, en su límite con la Gironde-, y en el seno de una familia gascona de reciente nobleza, enriquecida por el comercio. Su padre  -“le meilleur des pères qui furent oncques” (“el mejor de los padres que jamás hubo”), dirá él después-, era el gentilhombre Pierre Eyquem (1495-1568), señor de Montaigne, que había servido al rey en Italia, alcalde de Burdeos entre 1530 y 1556, negociante ahora en vinos, de mente humanista y apasionado de bella artes y de literatura; y su madre, Antoinette de Louppes de Villeneuve –deformación de López de Villanueva- (1510-1603), de origen luso-español y de padre judío, converso “marrano” refugiado luego en Burdeos y convertido al protestantismo; y era el primogénito de los que luego serán siete hermanos.

A diferencia de sus coetáneos Monluc o d’Aubigné, su vida no contiene ningún acontecimiento político o militar suficientemente importante para ser relatado en memorias. Pero, en el transcurso de sesenta años, podrá recoger una abundante y variada experiencia.

Montaigne, Michel (1533-1592)

Aun cuando en su familia unos profesaban el catolicismo y otros la religión reformada, después de unos primeros años en nourrice, con un ama de leche en una aldea cercana, según arraigada costumbre,  Michel será educado en el catolicismo de su padre y conocerá dos modos de instrucción: la vida cotidiana con un preceptor que, al igual que su propio padre, sólo le habla en latín, y luego el internado en el colegio de Guyenne en Burdeos (refundado recientemente sobre la base del viejo Collège des Arts, con una renovada pedagogía ahora), y en la Faculté des Arts, para proseguir más tarde estudios de derecho en Toulouse (1549). Y a su padre se le veía recibir a sabios y humanistas.

Consejero ya en la Cour des Aides de Périgueux (tribunal del Antiguo Régimen en materias fiscales), a los 21 años, y luego, de 1557 a 1570, en el parlamento de Burdeos, verá de cerca las prácticas de la justicia de su tiempo y constatará las deficiencias.

En 1557 conoce a Étienne de La Boétie, joven magistrado en el parlamento de Burdeos, tres años mayor que él, huérfano desde temprana edad y casado ahora, excelente helenista traductor de Plutarco y Jenofonte y seguidor de las ideas estoicas. La Boétie es, además, autor de una valiente obrilla escrita a los 18 años, en torno a la libertad y la democracia: “Discours de la servitude volontaire” (publicado en el siglo XVIII en una edición de los “Essais”).

Los Ensayos de Montaigne, edición de 1802 (BNF)

Los Ensayos de Montaigne, edición de 1802 (BNF)

En él compartirá, a partir de 1558, una emocionada y corta amistad, basada en grandes afinidades entre ambos –en la que determinados lobbies se han empeñado en querer ver una componente homosexual-; Montaigne tenía 25 años y La Boétie 28; fue antes de asistir en agosto de 1563 a su edificante muerte, víctima de la peste. De su amigo (de quien recibirá todos su libros y papeles), tratará uno de los más conocidos capítulos de los futuros “Essais” (“Ensayos”, I-XXVIII): “Si tuviera que responder que por qué le quería, sólo podría responder que parce que c’était lui, parce que c’était moi”. Sobre su gran amigo escribirá ocho años después un “Discours sur la mort du seigneur de la Boétie”, que aparecerá unido a una edición de los opúsculos del joen magistrado.

Y este hombre, aficionado toda su vida a las mujeres pero de indole melancólica y reflexiva, que era Michel de Montaigne, a quien nunca se le conoció pasión amorosa determinada, acabó dejándose casar, en septiembre de 1565, a sus 32 años (en una época en que el amor era una cosa y el matrimonio no siempre la misma), con Françoise de la Chassaigne de 20, hija también de parlamentarios; a ella le dedicará su ternura de esposo y buen padre de familia, en adelante, y con ella tendrá cinco o seis hijos, de los que sólo su hija Éléonore, nacida en 1571, sobrevivirá como única heredera, antes de morir ella en 1616.

A instancias de su padre, Michel publicaba en 1568 la traducción que había hecho unos años atrás de la voluminosa “Theologia naturalis”, de Raimundo Sabunde/Sebond (ver su Apologie… en los Essais). Traducción estimable, sin más, pero carente de cualquier gracia estilística o literaria.

Fue en su lecho de muerte, porque Pierre Eyquem moría en este 1568, dejándole título y propiedades; y, dos años después, Michel vendía  su cargo venal de consejero, para retirarse a sus tierras y a su mansión señorial. Pasando parte de su tiempo cotidiano en la biblioteca de su torreón (su famosa librairie), allí va a llevar la vida de un hidalgo rural, observando el comportamiento de los campesinos y relacionándose con los señores de su entorno y sus amigos de Burdeos, que vendrán a enriquecer su experiencia de los hombres.

Y conoce por entonces a teólogos católicos, en particular al jesuíta Juan Maldonado (1533-1583).

Sobre todo, Montaigne se mantiene al corriente de los asuntos de Francia y sabe cómo el clima se va envenenando entre franceses, enfrentados ya a muerte en estas guerras de Religión: ha ido  varias veces a la Corte, y se le encargan misiones delicadas, como las que Henri de Navarre  (futuro Enrique IV de Francia) le confía en varias ocasiones como intermediador cerca de su primo Enrique III). Y en 1571, es recibido como Gentilhombre de cámara del Rey y recibe el collar de la orden de San Miguel.

Interrumpida varias veces su redacción desde 1572 (el año de las matanzas de la San Bartolomé), el editor de Burdeos Simon Millanges daba a la luz el 1 de marzo de 1580, por cuenta de su autor, unos modestos “Essais de Messire Michel seigneur de Montaigne, Chevalier de l’ordre du Roi, et Gentilhomme ordinaire de sa Chambre”. Dividida en dos libros, la singular obra fue acogida favorablemente por el público culto, con el éxito suficiente como para ser impresa de nuevo en París, a cargo, esta vez, del conocido editor Abel l’Angellier; y a su continua ampliación consagrará buena parte del resto de su vida. La quinta edición de 1588 contenía numerosas adiciones y un tercer libro. Y antes de morir, su autor preparará cuidadosamente una sexta reedición, cubriendo de correcciones y de adiciones las páginas de un ejemplar de la última edición, que se conserva en Burdeos.

En sus “Ensayos” le complace evocar recuerdos de vida militar, aunque sólo conocemos su presencia en el asedio de La Fère en Picardía, en 1580 (Brantôme se mofará de sus pretensiones guerreras).

Pero Michel de Montaigne no pierde ninguna ocasión de recoger testimonios. Lo que él sabe de los caníbales del Brasil, no sólo lo ha aprendido en los libros, sino interrogando a tres indígenas que habían sido presentados al rey en Rouen, y a un criado suyo que había participado en la expedición del navegante Villegagnon (1510-1571).

Un precioso documento nos muestra cómo se instruía en sus viajes. Al sufrir desde 1578 de cálculos en los riñones, Montaigne había decidido tomar las aguas en el balneario de Luca en Toscana y en algún otro lugar; por lo que, salido el 5 de septiembre de 1580, se dirige primero a París, para entregarle personalmente al rey Enrique III sus Essais, que le iban dedicados.

Estará de regreso el 30 de noviembre de 1581. Y en el transcurso de esos quince meses, primero dictaba a un secretario y luego iba escribiendo él mismo, en francés y en un italiano detestable, un diario que será encontrado un día de 1770 en su mansión solariega (propiedad entonces del conde de Ségur, descendiente de Éléonor de Montaigne). Eran las minuciosas anotaciones de un curista acerca de sus baños, los vasos de agua que tomaba, el aspecto de su orina, los cólicos que le hacían sufrir, y las piedras que expulsaba…Pero aquellas curas duraron menos de tres meses, y Montaigne aprovechó, de hecho, aquel viaje para visitar Suiza, Baviera, Austria y la Italia del norte, y pasar cinco o seis meses en Roma; y por todas partes observaba e interrogaba a la gente sabia, “les gens de savoir”, humanistas, cardenales, diplomáticos, jesuítas, pastores y rabinos. Y anotaba los aspectos del paisaje y los principales monumentos. Pero, lo que sobre todo le interesaba era cómo vivía y pensaba la población, lo que comía la gente y cómo se vestía; observaba las costumbres, la vida social, la galantería y cómo se adornaban las mujeres, y sentía curiosidad por las diversas formas de vida religiosa, tanto entre los protestantes como entre los católicos. Lo que su memoria retuvo y él pudo anotar en aquel diario, le servirá a Montaigne para la reedición de los “Essais” de 1588, y será objeto de una edición póstuma en 1774: “Journal de voyage de Michel de Montaigne en Italie par la Suisse et l’Allemagne, en 1580 et 1581”. Nada que retener, tampoco aquí, desde el punto de vista literario, ni probablemente se lo proponía su autor.

Y, habiéndole llegado la noticia de su elección como alcalde de Burdeos, Montaigne regresó para asumir su función. Su gestión en el cargo, donde permanecerá dos mandatos, de 1581 a 1585, será difícil en su segunda mitad, coincidiendo con los inicios de la Liga católica y con la peste que estallará en toda su crudeza al término de su mandato; pero allí va a desempeñar un importante papel de moderación, en una ciudad donde el maréchal de Matignon, representante del rey de Francia en la Guyenne (lieutenant général du roi), el joven Borbón Enrique de Navarra y los representantes de la Liga se disputaban el poder.

En 1588, en el transcurso de un viaje a París preparando una nueva edición de sus “Ensayos”,  Montaigne es desvalijado y en mayo encerrado brevemente en la Bastilla, en el transcurso de aquellos disturbios protagonizados por la Liga y Henri de Guise, los estudiantes, los burgueses y el pueblo católico de París, que llamaron “journée des Barricades”.

Pero también conoce, con ocasión de este viaje, a la joven intelectual Marie Le Jars de Gournay (1565-1645), joven de la nobleza picarda con quien (después, posiblemente, de una corta relación amorosa), mantendrá en adelante una amistad fundada en la admiración y el respeto mutuos, de la que su esposa no parece haber llegado a sentir celos.

Y, ya de regreso y hallándose en Blois, coincidió allí con el mortal atentado del que fue objeto el duque de Guisa, aquel 23 de diciembre de 1588.

          Henri le Béarnais, Enrique IV, “rey de Francia y de Navarra” subía, finalmente, al trono en 1589 -concluyendo con él las “guerras de Religión”-, y pudo entrar en su capital, después de haber abjurado del protestantismo: “Paris vaut bien une messe!” –dijo-.

Y, en el marco de la  nueva situación política, Montaigne será solicitado; pero el autor de los “Essais” -amable egoísta y celoso de su tranquilidad-, carecía de vana ambición y desdeñaba la gloria. Persistirá en su retiro, aun manteniéndole a la corona su fidelidad de buen gentilhomme. Desengañado de los hombres, escribirá en su libro: “A los reyes, les debemos sujeción y obediencia sin distinción, porque tiene que ver con su oficio, pero la estima y el afecto, sólo se la deberemos a su virtud”.

Pero su salud se iba degradando y postergando en su alcoba, por debajo de su librairie, cada vez con más frecuencia, a este infatigable trabajador.

Atormentado por sus crisis renales, su mal de piedra y su gota, Michel de Montaigne (autor, prácticamente, de un solo libro, “les Essais” de los que él mismo, en definitiva, es materia y contenido), se extinguía el 13 de septiembre de 1592, a los 59 años. Fue durante la Consagración en la misa, a la que asistía ahora desde su cámara, a través de un boquete abierto que le comunicaba con la capilla de su château en la planta inferior.

Castillo de Montaigne

          Figura acabada de humanismo, tolerancia y sentido común, pero sabio desencantado de la ciencia y de los hombres, en estos postreros años en que el inicial optimismo renacentista se ha vuelto ya desengaño y pesimismo, en la  convulsa Francia que le tocó vivir, contribuyente él a la buena lengua literaria francesa (apartado de los corruptores usos italianizantes del París intelectual y de la Corte), los restos de Michel de Montaigne fueron depositados en 1593 en la capilla del convento de los feuillants o cistercienses bernardos de Burdeos, para pasar luego al cementerio de la Chartreuse. Y se ha venido procediendo, recientemente, a la identificación científica de sus presuntos restos, trasladados de aquí para allá a través del tiempo.

La pregunta vino a plantearse seriamente a raíz del descubrimiento de una especie de ataúd , entre las reservas medievales de los sótanos del museo de Aquitania en Burdeos (que ocupa hoy, precisamente, el lugar de aquel viejo convento de feuillants, mudado luego en un lycée, allá por 1802, que un incendio vendrá a asolar luego en 1871). El féretro se abría un día de noviembre de 2019, y en su interior se encontraban restos humanos y una placa de cobre con el nombre de Montaigne. A partir de ese momento se iba a proceder al estudio de su contenido, con ayuda de especialistas historiadores, antropólogo y arqueogeneticistas. Conclusiones a las que aún en mayo de 2020, no se había llegado.

El museo exhibe, justo por encima del sorprendente hallazgo-, en el vestíbulo de entrada, un lujoso cenotafio en su memoria, mandado cincelar por su esposa, y recientemente restaurado.

Y será ella, Françoise de la Chassaigne, que le sobrevivirá diez años, quien venga a ocuparse de su memoria y de su obra. Marie de Gournay -a quien el escritor consideraba su “fille d’alliance” (Essais, II, 17), se ocupará, a petición de la familia, de la primera edición póstuma de los Ensayos, que saldrá en 1595.

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          La experiencia de la vida contemporánea que había adquirido, había venido a completar la cultura libresca de Montaigne, él que se sentía orgulloso de poseer una de las más ricas bibliotecas de su tiempo; y entre los volúmenes que se han conservado, muchos aparecen abundantemente anotados; eran, sobre todo, libros de historiadores antiguos y modernos, memorias, geografías, narraciones de viajes y obras de filosofía, de moral o de política; compilaciones (el neoplatónico Estobeo, Erasmo…), los grandes autores latinos, muy pocos griegos y siempre en traducción latina (Platon, Plutarco) o francesa (el Plutarco de Amyot); numerosos italianos, algunos poetas neolatinos y franceses; la Biblia, San Agustín, el predicador italiano Bernardino Ochino (convertido luego al calvinismo), y pocas obras de ciencia además de la monumental “Historia natural” de Plinio el Viejo.

Pero, entre las vigas de su “librairie” (donde reposaban, ¡o vivían!, un millar de obras), entre sabias reflexiones y divisas de los clásicos (“Je suis homme, rien de ce qui est humain ne m’est étrange”, Terencio, s. II, a. C), había escrito también un emblemático “Que say-je?” (“¿Qué es lo que yo sé?”), como lejano eco de Sócrates y a modo de escéptico y humilde recordatorio.

La composición…

          Inicialmente, Montaigne había pensado en publicar cartas ficticias, pero luego escogió un título totalmente nuevo: “Essais”, palabra que presentaba varios sentidos y que él interpretaba modestamente como “intentos” o “pruebas”.

Esbozado a partir de 1571, el libro quedará en gestación durante cerca de una década. Y pasarán veinte años más entre aquel principio y las últimas aportaciones. Dado que el autor no suprimía lo que una vez había publicado, su contenido adolece de inevitables contradicciones, particularmente en lo que concierne a la muerte. Sólo las ediciones comentadas permiten orientarse hoy, distinguiendo por siglas las capas superpuestas.

Y, en el transcurso de los años, la técnica fue cambiando; en la primera edición de 1580 aparecen capítulos con la extensión de algunas páginas, junto a otros que equivalen prácticamente a un opúsculo, y, en el libro II, la enorme “Apologie de Raymond Sebond”. Montaigne se inspira en las compilaciones de su tiempo, muy extendidas entonces; es posible que mantuviera un registro de “ejemplos y sentencias ordenados en lugares comunes”, como el capítulo “De la tristesse”, donde juxtapone anécdotas sacadas de la Antigüedad y de la historia moderna, con citaciones de poetas latinos y de Petrarca. Las reflexiones personales se reducen aquí a sólo unas líneas.

Pero Montaigne no tarda en rechazar ese modo impersonal. Y los capítulos se expanden  entonces, a imitiación de los tratados que componen las obras morales de Plutarco y que él leerá a partir de 1572 en Amyot. Animado por el ejemplo de Séneca, de Plutarco y de Horacio, el autor de los “Ensayos” multiplica las reflexiones propias, analiza sus sentimientos y evoca las circunstancias de su vida.

Pero la “Apología…” es algo aparte: giraba en torno a Raimundo Sabunde, médico y filósofo barcelonés del s. XV pero de expresión latina que morirá en Toulouse, y que, en su “Theología naturalis”, había pretendido conciliar razón y revelación. Pero Montaigne, en esta especie de pieza oratoria que muy poco tiene que ver con el personaje tratado, ni con su teología natural, rebajaba las pretensiones de la razón humana y reunía todo un arsenal de argumentos para el escepticismo: Sin la gracia divina, el hombre no tendría motivos para enorgullecerse, pues no es superior a los animales; la ciencia es incapaz de descubrir la verdad; y la razón humana, que se apoya en nuestros sentidos imperfectos, no deja de variar, de error en error…

Para la ilación conceptual de los capítulos de 1580, que son de extensión media, podría pensarse en esquemas de encadenamiento a partir de una idea inicial (sentido lineal) o de radiación a partir de un centro. Montaigne elige una idea que le interesa, y luego pasa a una conexa;  cuando la ha agotado, pasa a otra con algo en común, o bien regresa a la idea central, con cláusulas como:“Pour revenir à mon propos”. Así, en la “Institution des enfants”, se distinguen varios núcleos: la elección y la tarea del preceptor; que conviene enseñar a razonar, más que acumular conocimientos; cómo enseñar la filosofía; la vida de colegio contrapuesta a la verdadera educación. Y en el capítulo de los Canibales, sostiene la tesis del Buen Salvaje y de la excelencia del estado de naturaleza, y toca de paso otras ideas, como el valor del testimonio, el descubrimiento de nuevos mundos, etc. ¡No le importan las rupturas, las digresiones o las repeticiones, con tal de acabar completando su idea principal y las colaterales!

Y en el interior de cada libro, constituye grupos de capítulos, donde el hilo conductor esta formado por una idea común, una conexión oblicua, o una palabra repetida.

Cuando venga a componer el libro III, por evitar la sensación de pedantismo, o guardar una apariencia desenvuelta propia del gentilhomme (la buena hidalguía), Montaigne afectará una pauta cada vez más sinuosa. Será el lector quien deba hacer el esfuerzo para descubrir una cierta unidad bajo un título (p. ej. “Des boyteux”, sobre los cojos –Essais, III-XI-, que gira, sustancialmente, en torno a nuestros prejuicios y estereotipos, pero yendo de la reforma del calendario, a cómo se forman los rumores, y de las sentencias litigiosas a los curanderos y brujas;  o el largo ensayo “Sur des vers de Virgile”Essais, III-V-, que trata del amor, aunque básicamente del físico, encadenando matrimonio y amor, saltando de los ritos fálicos y las dificultades de la castidad, a los celos, la infidelidad y “el amor a la italiana”, etc.

Y algunos han creído reconocer en tal capítulo copioso, la tardía juxtaposición de varios desarrollos heterogéneos.  Incluso el de “Coches”(carruajes) contiene un tronco común que, es verdad, lanza inicios en todas las direcciones: les coches et moi (yo y el mareo, yo y el miedo, el error de Plutarco sobre el mareo en el mar, el error de Aristóteles sobre otro tema), los extraños carruajes de los emperadores romanos; el lujo en Méjico y el Perú, el lujo de la gran ruta peruana, la ausencia de carruajes entre los reyes del Perú…

…y el método de Montaigne

          Montaigne es “la materia de [su] libro” (“le sot projet que Montaigne a eu de se peindre”(“el estúpido proyecto que Montaigne tuvo de describirse a sí mismo” –dirá un día Pascal en “Pensées”, XXIV). Es cierto que usa y abusa de la falsa modestia de autor, exagera la antigüedad de su casa, hace creer que, como su padre, él también tenía amplia experiencia militar; y, en sus alegatos, recurre a argumentos más ingeniosos que convincentes, disculpa el ardor belicoso y la antropofagia de los caníbales (como cuando, en 1588, menciona los ritos sanguinarios de los indígenas americanos, en el capítulo de los “coches”, donde el paralelo entre ellos y los españoles se resuelve en beneficio de mejicanos y peruanos); tras lo cual convendría leer los últimos párrafos del capítulo “De la modération” (Essais, I-XXIX). Pero estas transgresiones suelen ser leves e infrecuentes. Respecto a sus aventuras amorosas, ha de reconocérsele una discreción que también observará Chateaubriand (al contrario de J.J. Rousseau). Y si descubrimos contradicciones entre dos pasajes de los Ensayos, es que son inherentes a la naturaleza de Montaigne es decir, a la índole humana.

Pascal y Port-Royal le reprocharán en el siglo siguiente que hablaba de sí mismo complacientemente: cuando nos dice, por. ej. que él apenas utilizaba cuchara ni tenedor, o que su barba era castaño oscuro, etc. Pero mientras los moralistas de su época representaban al hombre en general, Montaigne elegía a aquel individuo que él conocía mejor, su propia persona, para afirmar el carácter universal de su análisis, porque “cada hombre lleva en sí la forma entera de la humana condición”.

Consciente de la interacción entre el cuerpo y del espíritu, estudia en sí mismo el mecanismo de las ideas y de los sentimientos, y observa la repercusion sobre su estado de ánimo de una mala digestión, de la falta de sueño o de una enfermedad.

Los contemporáneos reconocieron el valor de esa minuciosa introspección; eran los mismos que repetían con Pitágoras y Ovidio que, en el mundo, todo estaba en perpetuo movimiento, pero aquellos clásicos no habían aplicado ese axioma al corazón humano. Montaigne innova pintando los cambios de su yo, naturalmente inestable y removido “por el viento de los accidentes”.

Tras la publicación de su libro, se ha pretendido muchas veces incluir a Montaigne en un sistema filosófico; y en el s. XX se han llegado a distinguir tres épocas en su evolución intelectual: el estoicismo, la “crisis escéptica”, y el epirureísmo o naturismo. Es cierto que él participó en la afición de su contemporáneos por las obras en prosa de Séneca, imitó sus frases y sus sentencias concisas, sabía de su conocimiento del alma humana y de su rigurosa moral; y, como otros escritores de su tiempo, también él aprobaba el suicidio heroico, como el del político Catón de Útica; pero sabía que las opiniones del romano cordobés eran una mezcla de estoicismo y de epicureísmo, y en esos dos sistemas filosóficos a él le interesaba sólo la moral. Montaigne fue más senequista que estoico.

En una época en que la multiplicación de libros permitía ya conocer las costumbres de otros países y confrontar cien doctrinas filosóficas que se oponían unas a otras, en que las guerras civiles revelaban bruscamente la crueldad de la gente que se decía civilizada, Montaigne -hombre de la segunda mitad del siglo XVI-, meditaba en su château: el humanismo fundado en la ciencia y en la razón parecía haber fracasado.

Algunas conversaciones y lecturas de obras filosóficas desarrollarán en él ese sentimiento y esa tendencia. De ahí saldrá el manifiesto de escepticismo que es la Apologie de Raymond Sebond; palabras de sentido parecido vuelven una y otra vez: cuider (creer excesivamente en sí mismo, ser presuntuoso), présomption, outrecuidance (fatuidad, osadía…), vanité, etc. “La peste del hombre es la opinión de querer saber”, así como la confianza en nuestra razón, llena de soberbia; por eso Montaigne condenaba las nouvelletés, como se decía entonces (las novedades, cuyo origen se halla en el orgullo humano), porque arruinan la religión y al Estado. Y, pensando en las desgracias de la Francia de su tiempo, condenaba la herejía protestante, aun cuando mantenía relaciones corteses y hasta cordiales con personalidades y parientes suyos hugonotes.

Pero ese “escepticismo” de Montaigne, tenía sus límites, pues no se extendía a las materias de fe; afirmaba incluso que la doctrina de Pirrón prepara al hombre a “recibir la ciencia divina”.

Así, después de haber despejado el terreno, Montaigne proponía un método de conocimiento y un modo de vivir:

Aprendamos a “trier le vrai” (a entresacar la verdad); y es que el autor de los Ensayos nos pone en guardia contra las causas del error y de los prejuicios. Antes de remontar a las causas, examinemos más de cerca las cosas: la famosa página de Fontenelle sobre el diente de oro hubiera podido ser escrita por Montaigne.

Método del conocimiento, que aplica únicamente a los asuntos humanos. De las matemáticas, la astronomía, o las ciencias naturales él no se preocupa. Los sabios de su tiempo que rechazaban la autoridad de los Antiguos cuando ésta entraba en contradicción con la observación, y que preparaban la vía a Bacon y a Galileo, están ausentes de los “Essais”. Excepcionalmente, menciona la tesis heliocéntrica de Copérnico, pero no parece preocuparle que sea este sabio o Tolomeo quien tenga razón, y en su programa de educación, las ciencias positivas ocupan únicamente dos líneas; punto sobre el cual, Montaigne se distingue de los contemporáneos de Rabelais de la primera mitad del siglo y se asemeja a los moralistas del s. XVII, que tomarán al ser humano como el único objeto de estudio.

Muchos humanistas y autores de ese tiempo, entre otros un Erasmo, un Rabelais, habían aconsejado “suivre la nature”. Para Montaigne, dado que la naturaleza ha sido creada por Dios, sus leyes y su “générale police” son de origen divino y el hombre en sociedad ha de aceptar las obligaciones que imponen. Y atacaba a la medicina que pretende corregir a la naturaleza, aun mostrando cierta confianza en los remedios naturales, como los baños de aguas termales.

El ser humano ha sido dotado de un alma, de un cuerpo físico y de tendencias innatas. Debemos, pues, conocer nuestro yo y saber “gozar lealmente de nuestro ser”, a fin de utilizar mejor esas tendencias, en vez de ir contra ellas. Y este cuerpo, también hemos de cuidarlo y desarrollar sus fuerzas, puesto que aspiramos naturalmente a los placeres, que “son necesarios y justos”. En 1588 Montaigne emplea la misma expresión que ese sexagenario que era Ronsard: aprovechar las ocasiones de placer, pero sin abusar; y, como el poeta de la Pléiade, podría decir:

Je les ai tous goûtés, et me les suis permis / Autant que la raison me les rendait amis  

Los he gozado todos y me los he permitido / En la medida en que la razón me los presentaba como amigos.

Entre ellos, sin duda, el placer sexual, a cuyo objeto dedicó numerosas reflexiones. No sólo le consagró en el libro III un abundante ensayo, sino que ya habla de ello con alguna frecuencia en la “Apología”, y siempre con cruda franqueza.

Según él, los estoicos se equivocan cuando niegan el dolor, y ya no repetía con Séneca que hay que pensar constantemente en la muerte; en 1588 recomendaba el método de diversión: alejemos de nuestro pensamiento el sufrimiento y la muerte y, en vez de combatir de frente una pasión, evitemos las causas que la hacen surgir.

La visión de la vida de Montaigne:

          Esas ideas inspiraron la doctrina pedagógica que Montaigne hacía explícita desde 1580. El hijo de Charlotte-Diane de Foix, condesa de Gurson (dama a quien fue dedicado el XXVI libro de los Ensayos, sobre la educación de los niños: “De l’Institution des enfants”), no viviría en el estado de naturaleza, como lo hacían los pequeños caníbales, pero su preceptor habría de darle resistencia física, revalorizar sus facultades naturales, enriquecer el conocimiento de su entorno y no atiborrar su memoria de ciencias inútiles; los hechos cotidianos, el comercio de los hombres, la conversación y los viajes concurrirían a la formación del juicio de su alumno. Y entre los libros que ese muchacho debería leer habrían de encontrarse historias del tiempo pasado, porque en ellas aprendería la vida de los hombres; eran, todas ellas, ideas ya dispersas en diversos lugares como “Des menteurs”, “De l’affection des pères aux enfants”, “De la ressemblance des enfants aux pères”, “Du pédantisme”, “De la modération”

Y se preocupaba menos por el bienestar social, que por la felicidad individual, repitiendo que debemos prestarnos a los demás, para darnos únicamente a nosotros mismo. Y, no obstante, en las difíciles circunstancias de su época y el ambiente de guera civil (guerras de Religión), su autor decía profesar respeto por todos los hombres, porque todos han sido creados por la Naturaleza, y a todos consideraba sus compatriotas. En su libro resulta manifiesta su voluntad por preservar la autonomía de la conciencia, censurando que pretendamos imponer nuestras opiniones, o convertir a nadie por la fuerza, y él fue uno de los pocos hombres de su siglo en condenar la “question” (tortura).

Esa humanidad de la que los Essais están cargados se alía a su sentido común para reprobar los procesos por brujería que, en su tiempo, vinieron a causar la muerte de miles de hombres y mujeres. Conocemos con qué elocuencia estigmatizó la actividad de los españoles en el Nuevo Mundo (¡esos enemigos, aquí en Europa, de su país!).

El ideal de vida que Montaigne esbozaba en el libro III (De l’utile et de l’honnête…; De l’art de conférer…; De la vanité…), tendrá un nombre en el siglo siguiente, y un modelo: “l’honnête homme” (“caballero discreto y prudente”). Siguiendo los tratados italianos de civilidad, recomendaba la conversación fluida y sin pedantismos y el cortés deber de hospitalidad. Sabía que él no podría elevarse  a la grandeza de alma de la que Étienne de La Boétie había dado pruebas al morir, y que nunca sería ni Catón ni Sócrates, pero se esforzaría por alcanzar el entre-deux.

A esa visión de la vida vendrá a unirse, en sus últimos años, un arte de envejecer y de morir, que también se aprende, porque “philosopher c’est apprendre à mourir” (Cicerón a Bruto). No se hacía ilusiones respecto a la degradación física ni sobre la mentalidad de los viejos; llegados la edad y los achaques, gozaba de los últimos placeres que la existencia podía ya darle, y se consolaba con el recuerdo de los que había tenido. Afectado por una enfermedad dolorosa e incurable, se esforzaba por no fatigar a su entorno con sus lamentos, y por conservar una serenidad sonriente y de buena compañía. Y sus repetidas crisis le iban acostumbrando a la idea de la muerte.

Montaigne y la religión

          Algunos han sostenido que las fórmulas religiosas diseminadas en los Ensayos sólo eran hipocresía y servían para enmascarar un ataque sistemático contra el cristianismo. Otros, por el contrario, casi parecen confundirle con su piadosa sobrina Santa Jeanne de Lestonnac (1556-1640), fundadora de la Compañía de María.

Pero en su vida privada, ninguna duda debiera subsistir: Montaigne observaba las prácticas de la religión católica, y lo que sabemos de su muerte viene a dar testimonio de su piedad; a los protestantes les reprochaba el romper la tradición establecida, como también criticaba a los malos cristianos. Y son numerosos los pasajes de los “Essais” en los que expresa ideas ortodoxas sobre la Providencia, la Gracia, los deberes hacia Dios o la oración. “No hay nada tan fácil, dulce y favorable como la ley divina –había escrito en los “Ensayos, I-56-; ella nos llama, por muy culpables y odiosos que seamos, y nos tiende sus brazos y nos recibe en su seno, por muy villanos, horribles y fangosos que seamos o que podamos llegar a ser ” (traducimos).

La “Apologie de Raymond Sebond”, se inscribe en la corriente fideísta de su tiempo según la cual la razón humana es incapaz de alcanzar la verdad: únicamente la Fe, auxiliada por la Gracia, puede lograrlo. No sólo el teólogo Pierre Charron (1541-1603), que se inspirará en los “Essais” para su “Traité de la Sagesse”, sino San Francisco de Sales, el obispo Camus y Pascal le citarán o imitarán.

Pero la moral que practicaba o enseñaba Montaigne estaba preparando, sin pretenderlo, una moral laica, fundada en las tendencias naturales y en el sentido común. No ignoraba la opinión de los teólogos acerca de la muerte, de la enfermedad y del dolor, de la concupiscencia o de la contrición, pero él profesaba otra más adaptada a su temperamento; hablaba del pecado original, del más allá, o de la condena eterna, sin dar la sensación de que esas creencias fueran a condicionar sus posiciones.

Empapados de literatura pagana, no eran pocas las mentes que aplicaban en su vivir la moral estoica o epicúrea, aun continuando fieles a las prácticas y creencias católicas, y ello para escándalo de Pascal y de los jansenistas.

Destino de los Ensayos

          Los “Essais” figuran en la mayor parte de los catálogos que se han podido establecer de bibliotecas privadas y, salvo entre 1669 y 1724, no han dejado de ser reeditados. Cuántas mentes -comenzando por Mathurin Régnier, ese gran opositor al reclutamiento clásico de los Malherbe-, bebieron en ellos buscando ideas y fórmulas.

Florimon de Raymond, amigo de Montaigne, veía en él a un maestro de la filosofía estoica y cristiana, y otros se apoyan en el escéptico griego Sexto Empirico y en la “Apología…” para combatir a los protestantes y a los racionalistas: Pierre Charron y, en su juventud, Pierre Camus, obispo de Belley y discípulo de San Francisco de Sales, utilizaron la sceptique chrétienne.

Pero aquel escepticismo podía conducir a la duda de toda religión. A la gente del s. XVI no le costaba creer en los prodigios, y las críticas de Montaigne bien podrían ser aplicadas igualmente a la noción de milagro. Después de San Francisco de Sales y Camus (que, en su edad madura, lo rechazará), los medios eclesiásticos dejaron de ensalzar a Montaigne, por lo que, como podía esperarse, los libertinos vinieron a tomar los “Essais”, por su libro de cabecera: Vauquelin des Yveteaux (1567-1649), La Motte Le Vayer (1588-1672), Gabriel Naudé (1600-1650), Saint Évremond (1614-1703), Ninon de Lanclos (1616-1706)…

En el s. XVII, Pascal aprueba y utiliza la “Apologie de Raymon Sebond”, pero condena la moral practicada por Montaigne; y otros jansenistas como Nicole y Arnauld no se mostraban menos severos acerca del escepticismo y la moral de Montaigne; coincidiendo con Pascal, Malebranche (1638-1715) calificaba su vanidad como “haïssable” (odiosa), y el gran Bossuet, obispo de Meaux, sólo habla de él para criticarlo.

Finalmente, en 1676, los “Ensayos” fueron puestos en el Índice de libros censurados por la Iglesia católica.

En la Inglaterra anglicana aquella obra no suscitó tan agrias discusiones. Desde 1597, Bacon naturaliza en su país la palabra “essai”, y el género se desarrollará en ese país mucho antes que en el continente. Shakespeare y sus émulos utilizan la traducción publicada por Florio en 1603; y aquí también los deístas le tomarán argumentos a Montaigne.

Llegó el s. XVIII, y en Francia más de un escritor de la Ilustración enrola entonces a Montaigne en la cruzada general contra la “superstición”; Voltaire dirá en la 25ª de sus “Lettres Philosophiques”: “Filósofo en medio de los fanáticos, Montaigne describe bajo su nombre nuestras flaquezas y nuestras locuras, y siempre será querido”. Y Jean-Jacques Rousseau toma prestadas buena parte de sus ideas pedagógicas al autor de “l’Institution des enfants” (y también al inglés Locke, él mismo lector de Montaigne).

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

VILLEY, Pierre: Les Essais (édition conforme au texte de l’exemplaire de Bordeaux, con las adiciones de la edición póstuma, por –, bajo la dirección y con prefacio de V.-L. Saulnier; P.U.F., 1988 y 1999.
También de VILLEY, P.: Montaigne et François Bacon; Revue de la Renaissance, 1913, y Les Essais de Montaigne; Nizet, 1972

AULOTTE, Robert: Études sur les Essais de Montaigne; Europe Éditions, s.f.
BAKEWELL, Sarah: Comment vivre? Une vie de Montaigne en une question et vingt tentatives de réponse (traducido del inglés al francés); Le Grand Livre du Mois, 2013. Versión española, ¿Cómo vivir? Una vida con Montaigne en una pregunta y veinte intentos de respuesta; Ariel, 2011.
BARDYN, Christophe:  Montaigne. La splendeur de la liberté; Flammarion, 2015.
BRUNETIÈRE, Ferdinand: Études sur Montaigne (1898-1907); París, Champion, 1999.
DESAN, Philippe: Dictionnaire de Michel de Montaigne, publicado bajo la dirección de –; edición revisada, aumentada y corregida; Paris, H. Champion, 2007. También:  Montaigne, une biographie politique; París, O. Jacob, 2014.
LAZARD, Madeleine; Michel de Montaigne; Fayard, 1992.
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ZWEIG, Stefan: Montaigne; traducido del alemán; PUF, diversas ediciones desde 1982.

En español:

CHAMIZO DOMINGUEZ, Pedro José: La doctrina de la verdad en Michel de Montaigne; Univ. De Málaga, 1984.
HENNIG, Jean-Luc: De la amistad extrema: Montaigne et La Boétie; Ariel, 2016
RAGA ROSALENY, Vicente: Escepticismo, ironía y subjetividad; Univ. De Valencia, 2011.
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