Luis XV rey de francia – (1710-[1715-1774])

            Luis XV rey de francia – (1710-[1715-1774]) – Aquel al que llamarán el “Bien-Aimé”, nacía en Versalles el 15 de febrero de 1710.
Era hijo del duque de Borgoña y biznieto de Luis XIV, de quien heredó la corona a la edad de cinco años.

Y fue así por una serie de circunstancias fortuitas y desgraciadas: Su abuelo el Gran Delfin había muerto en 1711, su propio padre en 1712 y su hermano mayor unos días después, antes de que el óbito de su bisabuelo el Rey Sol le viniera a designar a él como futuro rey de Francia

            Dado que la madre del joven rey, María Adelaida de Saboya había fallecido, también ella, en febrero de 1712, en sus 27 años, el país sería gobernado por el primer príncipe de la sangre Philippe d’Orléans (Felipe de Orleáns, 1674-1723), sobrino, él mismo, de Luis XIV. Tales eran las disposiciones testamentarias que el Rey Sol había depositado en el Parlamento, si bien con la específica e importante cláusula que preveía un Consejo de Regencia limitador de los poderes del Regente. Era aquella una ocasión para los parlamentarios de recuperar los derechos de los que el rey difuntos les había privado. Negociaron ambas partes y el Parlamento volvió a ostentar sus viejas competencias (entre ellas el derecho de “remontrance” (advertencia o vigorosa exhortación), suprimido desde 1673).

También la alta nobleza, quiso levantar cabeza, logrando del Regente la revigorización del viejo sistema polisinodial, en detrimento de los ministerios.

Y Felipe de Orleáns pudo gobernar sin el corsé previsto para él por Luis XIV.

            Una vez pasado el duelo oficial, el nuevo Regente, con el rey niño y toda la corte dejaron Versalles para venir a instalarse en París, y el Palais-Royal, residencia del Regente, va a convertirse ahora en el centro de la vida politica.

            Mientras tanto el futuro rey iba creciendo con una fragil salud -que, en ocasiones, llegó a hacer temer por su vida- y un carácter melancólico, provocado, tal vez, por la muy temprana pérdida de sus dos progenitores; y era educado por madame de Ventadour y, luego, por el duque mariscal de Villeroy, además de otros preceptores secundarios.

            Pero el conjunto del reinado de Luis XV iba a estar marcado por los problemas financieros:

El escocés John Law (1671-1729) había publicado recientemente unas “Consideraciones sobre el numerario y el comercio” (1705), donde preconizaba la creación de bancos estatales y de un sistema de crédito con papel moneda en circulación. Y fue en la Francia de la Regencia donde vino a poner esas ideas en práctica, comenzando por crear un banco privado en 1716, que obtuvo licencia para emitir billetes; y al año siguiente, será la “Compagnie d’Occident”. Finalmente, para devolver la deuda pública -y con la oposición del poderoso grupo financiero de los arrendatarios de impuestos (fermiers généraux)-, Law creaba un “sistema” que uniría aquel banco, la Compañía y el Estado, y que obtuvo el control del comercio exterior (hacia el Mississipi, y hacia la China y las Indias) e igualmente el de las grandes empresas del Reino. El crédito público y el comercio parecieron reanimarse, y el “sistema” fue imitado en otros lugares de Europa. Pero habrá mucha imprudencia en las emisiones y fiebre especulativa (cuyo centro era la rue Quincampoix de  París), junto a los manejos de mala fe de sus enemigos -particularmente los conocidos hermanos Pâris-, y aquella turbia situación acabará provocando, con la brusca desconfianza, el pánico financiero de los inversores y la bancarrota final.

Law, recientemente nombrado Superintendente de Finanzas (enero de 1720), habrá de huir a Bruselas en diciembre siguiente.

Y el recuerdo de ese fracaso influirá no poco en la evolución de la vida financiera en Francia.

Luis XV

            Llegado a la pubertad, el joven Luis XV fue coronado y consagrado en Reims le 25 octubre 1722. Y declarado mayor de edad al año siguiente, en un lit de justice (o asiento real en el seno del Parlamento con presencia del monarca), de 22 febrero de 1723, con lo que, oficialmente, se ponía fin a la regencia; y toda la Corte con el gobierno volvieron a Versalles, donde el nuevo rey –reflejo, sin duda, de los nuevos gustos estéticos e intimistas del nuevo siglo-, no tardará en transformar gran parte de los grandes salones y salas de aparato en pequeños apartamentos, donde él mismo llevará una vida relativamente apartada, rodeado de aquellos con quienes se sentía cómodo.

            Y el nuevo soberano le pedirá al duque de Orleáns que continúe en sus funciones con el título, esta vez, de “ministro principal”, hasta su muerte, el 2 de diciembre siguiente.

Louis Henri de Bourbon, 7º príncipe de Condé (1692-1740), asumió entonces la jefatura del gobierno, hasta su caída en desgracia en 1726.

            En Europa, el tratado de Utrecht de 1713 habia modificado el equilibrio de fuerzas. Solo había ya Habsburgos en Viena, desde que Felipe V, nieto de Luis XIV, vino a ceñir la corona de España. Y con Alsacia, Flandes, Franco Condado y el Rosellón ganados en el siglo anterior, Francia debía preocuparse más en conservar que en adquirir nuevos territorios. Después del tratado de Madrid de enero de 1720 que ponía término a un episodio conflictivo con España, se decidió prometer al joven rey con la infanta Mariana Victoria (1718-1781), hija de Felipe V y de Isabel de Farnesio que, por entonces, tenia 3 años.

Pero fue en 1725, cuando el duque de Borbón, preocupado por que el rey –a la sazón en sus quince años-, pudiera llegar a morir sin haber asegurado su descendencia, pensó que la infanta española prometida -entonces aún con 7 años-, no era la solución. Dos generaciones en la línea dinástica habían bajado a la tumba en muy poco tiempo y no era cuestión de poner en riesgo la línea directa, comprometiendo al joven rey con una princesa no núbil aún. Por lo que la candidata elegida ahora, vino a ser la hija superviviente del rey destronado de Polonia Estanislao I, a la sazón refugiado en Wissemburgo: era María Lesczynska, siete años mayor que su futuro esposo, con muchas virtudes, pero escasa chispa en lo temperamental.

La boda tuvo lugar en septiembre de 1725 y de aquella unión habrá de tener ella nueve alumbramientos entre 1727 y 1738, de los que seis mujeres y el delfin Louis (1729-1765) sobrevivirán. En los primeros cinco o seis años, el joven rey pareció estar muy enamorado de la esposa que las circunstancias le habían dado, pero acabará desdeñando su compañía, para inaugurar una larga carrera sentimental y libertina.

            Felipe V de España, despechado ahora, se acercará a su viejo enemigo, el emperador Carlos VI.

            Al impopular duque de Borbón, que acabó cayendo en desgracia en 1726, sucedió como ministro de Estado el antiguo preceptor del rey, André Hercule Fleury (1653-1743), obispo de Fréjus, pronto nombrado cardenal, apoyado este en eficientes  ministros (Orry en Hacienda, Chauvelin y D’Aguesseau en Justicia, Maurepas en Marina…)

Es entonces cuando Luis XV declara querer gobernar personalmente, aunque, de hecho, se limitó a asumir la representación del Estado en altos nombramientos, audiencias y otras relevantes ceremonias.

Dando prioridad en el Exterior a la alianza con España en un principio y al mantenimiento de la paz, siempre que fuera posible, Fleury iba a ejercer el poder con una firmeza, no incompatible con cierta flexibilidad y prudencia cuando convenía. Una buena administración financiera y fiscal, y el regreso al colbertismo con el Contrôleur général des finances Philibert Orry [1730-1745], junto al desarrollo del comercio y de la industria, fueron los principales rasgos de su gestión al frente del gobierno.

Pero Fleury hubo de enfrentarse a un recrudecimiento de la cuestión jansenista, solapada con la persistente oposición de los parlamentos. La adhesión al jansenismo, precisamente, será uno de los principales motivos de reclusión en la Bastilla bajo Luis XV.

El reparador gobierno de Fleury concluía con su fallecimiento en enero de 1743. Y el rey le lloró. Y fue entonces cuando Luis XV tomó la renovada decisión de gobernar por sí mismo, con Secretarios de Estado, venidos tanto de ese sector “filosófico” que va a defender madame de Pompadour, como del partido “devoto”, que se movía en torno a la familia real, aunque, eso sí, sin principal ministro (imitando en esto lo que el joven Luis XIV habia hecho al morir Mazarino).

            Los primeros actos del gobierno personal del rey habían parecido mostrar que, efectivamente, tenía la intención de tomar directamente las riendas del gobierno. Pero, aunque con sentido común y cierta inteligencia, Luis XV era también veleidoso e indolente, al tiempo que celoso de una autoridad que ejercía por arrebatos, él, que pasaba por uno de los hombres más seductores y apuestos del reino, según podrían dar fe de ello los retratos de La Tour y de Van Loo. Y el resultado será una política errática, sometida a la influencia de sus favoritos o de sus numerosas amantes como madame de Châteauroux y, sobre todo, madame de Pompadour, dama que, durante cerca de veinte años ejercerá un relevante papel en el Estado, concediendo o retirando mandos en los ejércitos o haciendo despedir a ministros que le desagradaban, o ejerciendo también, hay que decirlo, un verdadero mecenazgo; para ella construirá el arquitecto Jacques Gabriel el Petit Trianon en el parque de Versalles. palacete que, finalmente, vendrá a inaugurar la poco inteligente y vanidosa condesa du Barry (Jeanne Bécu de soltera), nueva ocupante del corazón del rey.

            Yendo de este modo el gobierno a la deriva, a falta de una dirección competente y firme.

            Las finanzas, en lo inmediato, habían quedado saneadas por Fleury, después del desastroso estado en que las había dejado el fracaso de Law. Sin embargo, nuevas necesidades de recursos iban a surgir pronto, traídas por la política extranjera.

Fue primero la guerra de la Sucesión de Polonia contra una coalición austro-rusa (1733-1738), en favor del destronado Estanislao Lesczynski que le valió al país la Lorena (en la persona del desposeído Estanislao –suegro del rey- con carácter vitalicio), a pesar de la participación limitada de Francia.

Y luego el conflicto por la Sucesión de Austria (1740-1748), al lado de Prusia, España, Dos Sicilias y algunos príncipes alemanes. Pero, habiendo obtenido Federico II de María Teresa la cesión de Silesia en junio de 1742, Prusia se retiró momentáneamente de la guerra

Despejado el frente prusiano, en 1744 y sostenida por Jorge I Luis, rey de Inglaterra y elector de Hanovre, vinieron los austríacos a invadir Alsacia y Lorena, y Luis XV acudió a la cabeza de sus ejércitos para organizar la resistencia. Pero cayó gravemente enfermo en Metz, a causa de unas fiebres malignas, y, por todo el reino, con actos religiosos y rogativas, sus súbditos quisieron dar espontáneo testimonio de su afecto al monarca todavía popular, al que llamaban “le Bien-Aimé” (sólo en la catedral Notre-Dame de París fueron sufragadas 6.000 misas por su restablecimiento). ¡Y el rey sanó, plugo a Dios!

Solo la vuelta de Prusia a las hostilidades (buscando el equilibrio de fuerzas en el continente), logrará salvar a Francia de una situación crítica. Y, finalmente, a pesar de brillantes victorias, como la de Fontenoy el 11 de mayo de 1745, nada querrá retener Luis XV en el tratado de Aquisgrán (Aix-la-Chapelle, octubre de 1748), de sus conquistas en los Países Bajos austríacos (negándose a negociar “como un tendero”), y ello provocará grave descontento en la opinión –hasta la humillación-, contra el rey y su gobierno: ¡Francia habia gastado fuertes sumas de dinero y sacrificado a sus hombres en beneficio del rey de Prusia!

Victoria de Fontenoy (Bélgica). 11 de mayo de 1745

Victoria de Fontenoy (Bélgica). 11 de mayo de 1745

Es a partir de entonces -en el momento en que las malas cosechas de 1747/48 tampoco mueven al optimismo-, cuando la popularidad del rey en la opinión de los franceses comienza a declinar y a empañarse rápidamente, y se cuestionan los considerables gastos de la Corte, y el derroche en mantener continuamente a favoritas y aventureras. Salones filosóficos y sectores ilustrados codyuvan en el mismo sentido, criticando el gobierno absoluto de la monarquia y la intolerancia religiosa.

            Esa misma opinión pública -ya relativamente vigorosa por entonces-, se vio aún más sorprendida con el vuelco de alianzas (tratado de Versalles de 1 de mayo de 1756), inspirado por el cardenal Bernis y el “secreto del rey” (diplomacia paralela ignorada por los ministros), y reforzado y completado luego por el duque de Choiseul, que auspicia el matrimonio del Delfin (nieto de Luis XV y futuro Luis XVI) con la archiduquesa de Austria María Antonieta, y la firma con España, Parma y Nápoles del pacto de familia (1761).

Consecuencia de la nueva situación, resultará la guerra de los Siete Años (1756-1763), que pondrá a Gran Bretaña y Prusia frente a Francia, Austria y sus aliados. Desarrollada por tierra y por mar, desembocará en otro fracaso (a pesar de los esfuerzos de Choiseul en Asuntos Exteriores y en Marina), y acabará consagrando la supremacía británica, con el final de las posesiones coloniales francesas de India, Canadá y Luisiana (tratado de París, de 10 de febrero de 1763).

Y, sin embargo, la veleidosa opinión (muy controlada por el lobby enciclopedista), recibió favorablemente esa paz desastrosa, que venía a hundir a Francia, pero afirmaba ¡eso sí!, en el Continente a Federico II de Prusia, “el rey filósofo”, contra la muy católica María Teresa de Austria.

En 1768, Francia le había comprado la isla de Córcega a la república de Génova, que no conseguía controlar allí la lucha de Paoli por la independencia, e implantaba así su presencia en el Mediterráneo, pero en el Exterior, solo le quedaba segura a Francia la alianza con España (pacto de familia de 1761), mientras la incierta Austria se repartía Polonia con Prusia y Rusia en 1772.

                                                       *

            Herederos de la antigua curia regis, más allá de su estricta función judicial, los parlamentos venían pugnando, desde la época de Enrique IV por inmiscuirse en los asuntos políticos con reivindicaciones tendentes a mermar el carácter absoluto del poder real, hasta acabar siendo reducidos en los primeros años del ejercicio personal de Luis XIV.

Restablecidos, no obstante, los parlamentos en todo su poder por la Regencia, su oposición alcanzaba, ahora, su paroxismo, después de que ya hubieran manifestado su hostilidad bajo el ministerio de Fleury.

Pero aquellos parlamentarios franceses –grandes burgueses en su amplia mayoría-, que gozaban de la enorme prerrogativa del registro de las leyes, venían amparándose en la anfibología del término “parlamento”, y se pretendían “defensores del pueblo”, cuando, de hecho, solo eran magistrados sin carácter representativo alguno, originarios de grandes familias, que habían heredado sus cargos o los habían adquirido venalmente, y cuya nobleza hereditaria había sido reconocida desde principios de siglo. Eran privilegiados que defendían, de hecho, el statu quo contra las reformas reales, pero ante la opinión parecían defender las ”libertades públicas” frente al despotismo y se veían sostenidos por todo el movimiento de los filósofos y de la Enciclopedia -que, en eso, se equivocaron históricamente como los años posteriores vendrán a demostrar-. Y aquella lucha prosiguió en el terreno religioso con la querella del jansenismo. bajo el ministerio de Fleury.

De hecho, bajo la apariencia de simple disputa religiosa, en aquel gran debate se estaba ventilando el modelo de Estado: monarquía de tipo absoluto o moderada por cuerpos   intermedios (la cuestión subsidiaria seria saber qué cuerpos habrían de ser estos y con qué legitimidad)

            Ya desde antes de la guerra de los Siete Años, Luis XV había apoyado la política reformadora del Contrôleur général des finances Machault d’Arnouville, en cuyo programa iba particularmente la igualdad ante el impuesto, haciendo recaer sobre todos -privilegiados y Estado llano (roturiers)- una contribución del 1/20 de los ingresos (1749). Parlamentos, Estados provinciales y Asamblea del Clero protestaron al unísono, llegando a organizar auténticas revueltas. Pero el rey acabó despidiendo a su ministro unos años después, ante la violencia de la oposición, y esa vuelta atrás, tuvo el doble efecto de hacerle antipático entre las clases populares y de envalentonar aún más a los parlamentarios; de todo lo cual vino Luis XV a tomar conciencia con ocasión del atentado de Robert François Damiens aquel 5 de enero de 1757.

            Viejo soldado, luego criado de diversos amos en los medios parlamentarios y ahora sin trabajo, de carácter influenciable y exaltado por lo demás, quiso aquel Damiens atentar contra la persona del rey (considerada sagrada, y crimen de lesa majestad); pero la irrisoria arma que utilizó (una simple navaja) y no poca suerte que tuvo la víctima, quedaron en algo de sangre y, al final, un simple susto. No ocurría nada semejante desde el atentado de Ravaillac de 1610 contra Enrique IV, ciento cincuenta años antes. Lo cual no libró al regicida –aun en grado de tentativa- del descuartizamiento en la plaza de Grève de París, para ejemplo de posibles imitadores. Era el 28 de marzo de 1757. Más propio de un desequilibrado que de carácter político, aquel acto no suscitó en el país particular conmoción, y sectores diversos pretendieron imputárselo a los jesuítas unos, y otros a sus adversarios los jansenistas.

            Llamado en plena guerra de los Siete Años, el liberal y moderado Choiseul (el más influyente ministro entre 1758 y 1770, y especialistas en temas internacionales), iba a proseguir esa política de apocamiento de la Monarquía, evitando entrar en guerra abierta con los parlamentos. En 1764, con ocasión de cierto proceso contra el padre La Valette (un jesuíta que había malversado fondos allá en las Antillas), el Parlamento consiguió imponerle al rey la supresión en Francia de la Compañía de Jesús –bestia negra del jansenismo y de los parlamentarios-; congregación que sólo podría permanecer en el Reino considerados sus miembros simples clérigos sometidos a los obispos. Jesuíta era el confesor del rey por tradición, desde los tiempos de Enrique IV, en los inicios del siglo XVII.

Y, durante seis años (1765-1771) los diferentes parlamentos de Francia mantendrán su enfrentamiento con el rey, ora por este tema, ora por aquel.

            En junio de 1768 moría la piadosa María Lesczynska, siempre digna y discreta en la corte de Versalles, y se marchó con el cariño de sus hijos y el respeto y estima de los franceses. Su cuerpo fue inhumado en la basilica de Saint-Denis.

            Pusilanimidad e indecisión del gobierno que vino a transformarse en reacción autoritaria y a destiempo, y al débil Choiseul -que terminó siendo exonerado en la Navidad de 1770-, sucederá el triunvirato formado por Maupeou, Terray y D’Aiguillon. Pero la dinámica política había alcanzado ya su punto crítico y nada parecía poder detener el proceso hacia la neutralización y destrucción final de la monarquía en el reinado siguiente.

Luis XV - La Chalotais, parlamentario bretón, gran opositor al duque d'Aiguillon

Luis XV – La Chalotais, parlamentario bretón, gran opositor al duque d’Aiguillon

El enérgico Maupeou, aunque de vieja familia de magistrados él mismo y presidente que había sido del parlamento de París, decidió tomar partido contra sus colegas. Los de París se habían declarado en huelga una vez más y Maupeou quiso esta vez actuar contundentemente. Ordenó preguntar a cada magistrado si estaba dispuesto a retomar el servicio, y casi todos se negaron, tras lo cual, les fueron retirados sus cargos y ellos mismos enviados al exilio, con la supresión de la venalidad de las funciones judiciales (febrero de 1771), para pasar a ser simples funcionarios del Estado; y, con la implantación de la justicia gratuita, les estaba prohibido, en adelante, recibir todo tipo de “estimulos” materiales, ni otras tasas (épices) en el ejercicio de sus actuaciones. Para acelerar la justicia en la inmensa jurisdicción de París, se creaban, además, seis consejos superiores. Los parlamentos conservaban el derecho de interpelación al monarca (remontrance), si bien limitado ahora.

Luis XV. Parlamento de París

Luis XV. Parlamento de París

Reforma de capital importancia aquella, de cara al futuro que, sorprendentemente, fue aceptada con relativa docilidad: había bastado un gesto enérgico del gobierno para que aquella nobleza de toga (noblesse de robe) doblara la cerviz.

            Pero la corona y la persona misma del disipado rey habían caído ya en irrecuperable descrédito. Porque, al impuesto del vingtième creado por Machault, se había venido a añadir un segundo 1/20, tan deficientemente repartido como el primero, y el abate Terray, desde Hacienda, se veía envuelto en inextricables expedientes, por evitar la bancarrota.

            Los parlamentos habían sido disueltos, pero la medida venía demasiado tarde; la muerte del monarca reinante vendrá a poner término a esa política.

            El 28 de abril de 1774, Luis XV había sufrido un fuerte malestar durante una estancia en Trianón. Ya de regreso a palacio y con el correr de los días, el cuadro general fue degradándose y aparecieron las fatídicas manchas rojas en la piel, que no dejaban dudas sobre la naturaleza del mal, y vinieron fiebre, escalofríos, naúseas y postración extrema, entre rumores todo ello, inquietud creciente e intrigas de palacio.

Se ha dejado escrito que el partido jesuítico intentó posponer hasta el final el alejamiento de su valedora la Du Barry, en la esperanza de que el rey pudiera recuperarse. Y fue así que, paradójicamente, los partidarios de Choiseul y de los parlamentos aceleraban la confesión sacramental y el arrepentimiento del monarca (tanto como decir la expulsión de la favorita su enemiga), mientras los devotos deseaban retrasarla -¡con grave peligro para la salud de su alma!, clamaron entonces filósofos, descreídos y jansenistas-.

El estamento eclesiástico -según tradición bien asentada en la monarquía-, prescribió al moribundo el repudio de la concubina; tras lo cual, este monarca escéptico y libertino, por expreso deseo personal y entre grandes señales de pesar, pudo, finalmente, recibir óleos y sacramentos.

El miércoles 4 de mayo, la dama Bécu recibía, pues, discretamente, la orden de retirarse, y fue acogida, en las primeras semanas, por el duque d’Aiguillon, en una de sus propiedades, mientras le adecentaban el château de Louveciennes que su regio amante había mandado construir para ella, 15 km al O. de París.

Muchos de los que, en la Corte, habían apostado por el partido anti-Choiseul, y los que se habían arrimado al favor de la Du Barry ahora expulsada, sintieron que una nueva época menos propicia comenzaba para ellos.

            Sumido en agonía desde el día anterior, aquel que había recibido al comienzo de su reinado el sobrenombre de Bien-Aimé, se extinguía en Versalles el martes 10 de mayo de 1774, a los 64 años de edad, después de cerca de sesenta de reinado, llevándose con él la antipatía de su pueblo. Y hubo festejos solapados por los barrios de París y en otras ciudades del Reino, al conocerse su muerte. Será inhumado en Saint-Denis

Si bien la causa inmediata que le marcó el camino de la tumba fue un ataque caracterizado de viruela, la vida de excesos que siempre llevara le había debilitado prematuramente y, desde hacía algún tiempo, no eran pocos, entre la opinión general y la diplomacia internacional, los que venían especulando con su muerte.

Desde el momento del tránsito, el cuerpo del monarca, ya violáceo oscuro, sufrió una tan acelerada putrefacción, que no se pudo exponer según la costumbre y hubo de hacerse precipitadamente una primera inhumación. Y en la basílica de Saint-Denis, tres días después, fue preciso emparedar el féretro, a causa del hedor que seguía despidiendo.

Estaban previstos, no obstante, funerales con gran pompa, transcurridos cuarenta días, pero en las honras post-mortem del monarca extinto no estuvieron presentes ni el duque de Orleáns ni su hijo Chartres (futuro Philippe Égalité), a pesar de que ciertas señales habían dejado pensar que las tensiones derivadas de la reforma judicial de Maupeou habían quedado superadas. Esa ausencia era un mal presagio y un pulso lanzado al siguiente monarca.

                                                            *

            Con el correr del tiempo, la figura de Luis XV no ha encontrado, precisamente, la unanimidad de los historiadores: desde el republicano Michelet que veía en él a un anegado de vicios que no hizo sino acelerar la llegada de la Revolución, hasta Gaxotte, de sensibilidad monárquica, que le consideraba un gran rey.

            Luis XV dejaba la monarquía institucionalmente debilitada y con pérdida de influencia en el Continente europeo, pero su reinado había transcurrido en un clima de gran prosperidad (llevada a cabo entre la Regencia y sus gobiernos, Francia contaba ahora con una de las mejores redes de carreteras de Europa), favorecida esta por una coyuntura favorable y una pujante demografía, y en medio de un esplendor e influencia que la cultura francesa no conocía desde el siglo XIII.

      Era el Siglo de las Luces (le Siècle des Lumières), cuya correspondencia en Europa fueron el “Aufklärung” alemán, y el “Enlightenment” inglés; su apoyo teórico remontaba al cartesianismo y a aquella voluntad de denunciar los prejuicios y de basarse y confiar en la razón.

Fue, sobre todo, después de las obras de Fontenelle y de Bayle en Francia, y de Newton y Locke en Inglaterra, cuando realmente vino a desarrollarse esta corriente filosófica. En Francia, los principales representantes serán Montesquieu, Helvétius -ya fallecidos cuando muere Luis XV-, Voltaire, Diderot, Rousseau, D’Alembert, D’Holbach, Buffon…, nombres cuya sola evocación traen al proscenio de la Cultura universal el prestigio de las letras y del pensamiento franceses en estos años brillantes; y serán también Soufflot en arquitectura, y Boucher, Greuze, Fragonard y Chardin en pintura.

            Las dificultades que atenazaban ya la maquinaria del Estado no iban a tardar en desembocar en crisis política y social; el movimiento general que los filósofos venían impulsando desde hacía tiempo, sus ataques y sus consignas contra las instituciones más sólidas del Antiguo Régimen, empezaban a amenazar la autoridad real y el poder secular de la Iglesia.

El próximo reinado no arreglará las cosas.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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GAXOTTE, Pierre: Le Siècle de Louis XV; Fayard, diversas ediciones desde 1933.
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MÉTHIVIER, Hubert: Le Siècle de Louis XV; “Que sais-je?” P.U.F. 1966 y siguientes.
MICHELET, Jules: Histoire de France, 19 [Louis XV et Louis XVI, 1758-1789]; muchas ediciones desde la original, concretamente: París, J. de Bonnot, 1979.
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 En español:

LEVER, Maurice: Luis XV; 2002

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