Mirabeau (1749-1791)

          El que será conocido orador y hombre político de la Revolución francesa, Honoré- Gabriel Riqueti (o Riquetti), conde de Mirabeau, había nacido en la mansión solariega familiar de Bignon (Loiret), el 9 de marzo de 1749. Era su padre el misántropo Victor Riqueti, marqués de Mirabeau (1715-1789), economista fisiocrata, a quien el mundo de la Luces en el que desarrollaba su actividad intelectual no le había ablandado el corazón ni aportado mansedumbre en sus duras relaciones familiares. Y fue su madre Geneviève de Vassan (1725-1794). Casados sus padres en 1743, se separaban en 1781, después de haber tenido una decena de hijos.

          Dotado de notable inteligencia y de un temperamento violento, apasionado y exuberante como buen meridional, glotón y borrachín por lo demás, Honoré Gabriel presentaba una fascinante fealdad, tras haber sufrido la viruela.

Su progenitor, que siempre le tratará con gran dureza y le quiso poco, le obligará a ingresar en el ejército a los 18 años (teniendo ocasión así de participar en las operaciones de sometimiento de Córcega en cuyos afanes independentistas, al lado de Paoli, se hallaba por entonces el joven Carlo Buonaparte, padre de Napoleón); pero, viendo frustrada la perspectiva de que su familia le comprara un mando, Gabriel Riqueti abandona el servicio.

Retrato de Mirabeau (1789), por Joseph Boze

Retrato de Mirabeau (1789), por Joseph Boze

Y conoce entonces una juventud atormentada, encarcelado en diversas ocasiones por lettre de cachet, a instancias de su padre (práctica no inhabitual entonces para con los hijos obstinados e incontrolables).

Habiendo, pues, abandonado el ejército, en 1772 Honoré Gabriel contraía matrimonio con Émilie de Covet (1752-1800), la rica heredera del marqués de Marignan quien, a causa de la muy irregular y hasta escandalosa conducta de su marido, acabará abandonándole para regresar al seno de su propia familia, después de haber tenido un hijo que no sobrevivirá.

Y el joven Mirabeau va a acumular escándalos y deudas. Y se ve preso primero en Manosque en 1773 y luego en la prisión de Estado de If, frente a la costa de Marsella –veinticuatro años tiene entonces-, y en 1775 en el fuerte de Joux cerca de Pontarlier, en el Franco-Condado. Y es aquí donde se encuentra con la joven Sophie, esposa del marqués de Monnier, con la que acaba fugándose a las nieves de Helvetia y luego a Amsterdam, donde vivirán penosamente, ejecutando él tediosos trabajos de librería para los editores. Extraña situación de rapto y adulterio, aquella, que no va a durar, pues, la audiencia de Besançon lanza contra él, en contumacia, sentencia de muerte. Los Países Bajos acceden a su extradición en 1777, y es de nuevo encerrado, esta vez, en Vincennes, en París (mientras madame Mounier es enclaustrada en un convento durante un tiempo). Y entre los muros de esa fortaleza tendrá tiempo -hasta 1780, en que su padre accede a que se le libere-, para redactar sus famosas “Lettres à Sophie”, que el convencional Louis-Pierre Manuel publicará en 1792 (antes de perecer él mismo en la guillotina); así como su “Essai sur les lettres de cachet et les prisons d’État” (1782), y una publicación libidinosa “Erotika Biblion” (1783), con la mención de origen, a modo de escarnio: “À Rome. Imprimerie du Vatican”.

Erotika Biblion, de Mirabeau (BnF)

Erotika Biblion, de Mirabeau (BnF)

          Ya libre con 31 años, y habiendo roto con Sophie (que no había tardado en olvidarle con otros amores hasta acabar suicidándose en 1789), Honoré Gabriel parecía, al fin, querer dejar atrás su vida de disipado y de calavera, y encontrar un lugar en la sociedad;  y en 1783 solicita del parlamento de Aix la anulación de su sentencia, pretensión que consigue, pero no hasta el punto de obtener la devolución de su esposa al hogar conyugal, como él había pedido, ni de su sustanciosa dote.

Y, para subsistir se lanza entonces en la arriesgada carrera de publicista, escribiendo panfletos y libelos en los que denuncia el absolutismo real, la especulación, la política del ministro Calonne y aquella sociedad donde reinaban privilegios y abusos.

Y reside brevemente en Inglaterra (donde pondera el sistema político) y en los Países Bajos.

En 1786 el gobierno francés encarga al industrioso personaje cierta misión diplomática secreta a la corte de Berlín, que le permitirá publicar a su regreso “De la monarchie prussienne sous Frédéric le Grand” (1787), obra que, habiendo incluido las cartas confidenciales al gabinete francés, será quemada significativamente por la mano del verdugo; y luego, en 1789, una “Histoire secrète sur la cour de Berlin, ou Correspondance d’un voyageur français, depuis le 5 juillet, 1786, jusqu’au 19 janvier, 1787”, que provoca cierto escándalo y cuyo anonimato quedó enseguida desvelado.

          En estos meses de indescriptible efervescencia social y política, anunciadores de tiempos convulsos, el agitado Honoré Gabriel Riqueti se había ganado ya un cierto favor en la opinión plebeya, por sus procesos y enfrentamiento con su progenitor.

Candidato a los Estados Generales de mayo de 1789, ha sido rechazado por la nobleza, que no ha querido saber nada de él, pero consigue verse elegido por el Tiers État, el Estado Llano o estamento plebeyo, por la circunscripción de Aix-en-Provence, cuyo terreno había preparado ya con su reciente “Á la nation provençale”.

Y ya desde las primeras sesiones se impone este tránsfuga como uno de los tenores de aquella nueva Asamblea, por su elocuencia y su personalidad. Y en la sesión del 23 de junio es él quien le lanza al marqués de Dreux-Brezé, maestro de ceremonias de la Corte, aquella célebre respuesta: “Nous sommes ici par la volonté du peuple, et nous n’en sortirons que par la force des baïonnettes” (Allí estaban por la voluntad del pueblo, y sólo saldrían obligados por la fuerza.)

          Precisamente la víspera de la toma de la Bastilla, moría su padre en Argenteuil, aquel 13 de julio de 1789, a los 74 años; y nadie en su familia, ni su viuda, ni sus hijos supervivientes tuvieron probablemente una lágrima ni un estremecimiento de afecto filial hacía el que ahora enterraban. Y Honoré Gabriel heredó entonces el título de marqués de Mirabeau por la muerte anterior de su hermano primogénito varón.

          Ganado a las  nuevas ideas -e inspirado él por Montesquieu, la separación de poderes y la monarquía inglesa-, Mirabeau se integra en una logia masónica y en la “Societé des Amis des Noirs”, y se relaciona entonces con el duque de Orleáns, que ahora se hacía llamar Philippe Égalité, al que, por un momento, consideró colocar en el trono en el lugar que ocupaba Luis XVI.

Probablemente el más brillante orador de aquella primera asamblea y luego de la Asamblea nacional constituyente, Mirabeau desempeña un papel decisivo en los inicios de  la Revolución, contribuyendo a instaurar la libertad de prensa, desde los primeros días de mayo de 1789,  con la publicación de su “Courrier de Provence”.

Mirabeau se dedica desde entonces a defender vigorosamente los principios originales de donde todo había surgido, y participa en la redacción de la “Déclaration des droits de l’Homme et du citoyen”.

          Tan ambicioso cuanto inteligente, Mirabeau deseaba desempeñar como ministro un papel de intermediario entre el rey y la Asamblea. De ahí sus aparente contradicciones: atacaba al ministerio, a la Corte y a los príncipes (discurso del 15 de julio de 1789), proclamaba que “el pueblo…es la fuente de todos los poderes” (16 de julio), exigía de las clases privilegiadas un esfuerzo contributivo (“Discours contra la banqueroute”, 26 de septiembre), proponía la expoliación de los bienes del Clero (2 de noviembre), etc., pero defendía, al mismo tiempo, las prerrogativas reales.

Presintiendo ya Asamblea el peligro de semejantes ambiciones, el 7 de noviembre de 1789 tomaba la decisión de prohibir la doble condición de ministro y diputado. El gobierno será en adelante prisionero de una Asamblea mediatizada hoy por La Fayette y pronto por la calle. Después de haberse metido en la boca del lobo, con su traslado voluntario a París, este modelo de no cooperación con el ministerio, que acabará imponiéndose, será el segundo grave error de aquella Asamblea.

          Mirabeau se desolidariza entonces, paulatinamente, de aquellos que se denominaban  a sí mismos “patriotas”, para pasar a defender las prerrogativas reales, particularmente contra el triunvirato que formaban Antoine Barnave, Adrien Duport y Alexandre Lameth, opuestos ellos también a La Fayette. Porque eran Mirabeau y La Fayette eran los dos prohombres que rivalizaban por tutelar la marcha de la Monarquía.

Y trató de luchar por que el derecho de veto absoluto fuese concedido al poder ejecutivo (la Asamblea solo concederá el veto suspensivo), y para que el rey continuase investido del mando de los ejércitos (mayo de 1790).

Pero ya por París circulaba un panfleto, en la primavera de este 1790, titulado “La grande trahison du comte de Mirabeau”.

          Introducido en la Corte por su amigo el príncipe de D’Arenberg, conde de La Marck, a partir de 1790, y por el embajador de Austria Mercy Argenteau, Mirabeau llegó a encontrarse con la reina aquel 3 de julio de 1790, en un discreto lugar de los jardines de Saint Cloud: ¡Espero que no seamos tan desgraciados –había exclamado María-Antonieta en un primer momento- como para vernos en la terrible extremidad de llamarle!

El tribuno se ofreció a darles consejos y a entregarles regulares informes, encaminados –pudo pensar él- a controlar las veleidades del monarca y de su entorno.

Y Mirabeau pasa a jugar, a partir de entonces, el papel de consejero secreto, percibiendo por ello subvenciones y consiguiendo la extinción de sus deudas, a cambio de su compromiso de defender en la tribuna los intereses constitucionales de la Corona, lo que, en definitiva, seguían siendo los principios originales de la Revoluciòn.

Y llevado por la derecha a la presidencia de la Asamblea, combatió vehementemente, en febrero de 1791, una proposición de ley que hubiera prohibido la salida del país y obligado a regresar a los ya emigrados. Y fue de nuevo denunciado como traidor por el triunvirato.

          Pero sus advertencias, admoniciones y consejos serán escasamente seguidos por la Corte, en aquellos meses que duró la venal relación.

Y este condottiero de la politica que era Mirabeau conservaba casi intacta su popularidad, cuando, después de unos breves días de indisposición, vino a morir en París el 2 de abril de 1791, a los 52 años, minado por los excesos y el ritmo de trabajo. Y corrió el poco verosímil rumor de que había sido envenenado.

          La Asamblea anunció su muerte como un infortunio, quiso para él funerales nacionales y decretó que sus restos serían depositados en la iglesia de la colina parisiense de Santa Genoveva, convertida ahora en Panteón de hombres ilustres; y se hizo dos días después con elogios públicos e inauguración de bustos; y su retrato inundó bazares, puestos y tenderetes.

Busto de Mirabeau con una poco amable alusión a su faceta venal.

Busto de Mirabeau con una poco amable alusión a su faceta venal.

          Su muerte le evitará, al menos, asistir a la tiranía jacobina y al Terror de Estado que van a protagonizar muchos de los que, en este momento, seguían clamando contra el despotismo real.

Pero llegará el asalto a las Tullerías, en agosto de 1792, y la indecible matanza que siguió, y en el interior del palacio se descubrirá un armario con documentacion secreta que involucraba gravemente a Mirabeau, y la Convención surgida de la caída de la monarquía ordenará que su cuerpo sea retirado de aquel honroso lugar.

            El título de marqués de Mirabeau perdurará aún en la persona de su hermano menor Boniface (que morirá, al poco, también él, luchando en el exterior contra los ejércitos de la Convención), y en sus sucesores.

          De Gabriel Riqueti de Mirabeau se conservan unas póstumas Oeuvres oratoires y la

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

MIRABEAU: Correspondance entre le comte de Mirabeau et le comte de La Marck (1789/1791); reed. de Guy Chaussinand-Nogaret; París, Hachette, 1986. También: Discours, ed. de François Furet; París, Gallimard, 1973.
CASTRIE, René de la Croix, duque de  –: Mirabeau ou l’échec du destin;  París, Fayard,, 1960.
CHAUSSINAND-NOGARET, Guy: Mirabeau, Le Grand livre du mois, 1992.
DE COCK, Jacques: Mirabeau et la naissance du régime parlementaire; Lyon, Fantasques éd., 2001.
DESPRAT, Jean-Paul: Mirabeau, l’excès et le retrait; Le Grand livre du mois, et Perrin, 2008.
DURAFOUR, Michel: La baïonnette de Mirabeau; J.-C.Lattès, 1987
GAY, Pierre: Mirabeau, l’homme de 89 (ensayo); Aix-en-Provence, P. Gay, 1991.
GUILHAUME, Philippe: Mirabeau; París, Encre, 1982.
HUGO, Victor:  Étude sur Mirabeau; A. Guyot, París, 1834. Luego en Le Plessis.Trévise, éd. Myriel, 2013.
LOMÉNIE, Louis de — : Les Mirabeau. Nouvelles études sur la société française au XVIIIe. siècle. París, 1889/1891.
LUTTRELL, Barbara: Mirabeau (en inglés); Harverster, Misuri, EE.UU. Wheatsheaf; 1990.
MANCERON, Claude et Anna –: Mirabeau, l’homme à la vie brûlée; Paris, Dargaud, 1969.
MONTLAUR, Humbert de — : Mirabeau, l’ami des hommes; Paris, Perrin, 1992.
QUASTANA, François: La pensée politique de Mirabeau (1771-1789); républicanisme classique  et régéneration de la monarchie; Presses Universitaires d’Aix-Marseille, 2007.
ZORGBIBE, Charles: Mirabeau; Éditions de Fallois, 2008.

En español:

CASTRIE, René de la Croix, duque de  –: Mirabeau;  Madrid, Cid, 1963.
ORTEGA Y GASSET, José: Mirabeau o el Político; diversas ediciones desde 1936; también en  O.C., vol.. IV, Fundación Ortega y Gasset, Taurus, 2005.

Deja un comentario