Waterloo. batalla de – (18 de junio de 1815)

          Batalla de Waterloo – La famosa batalla, última de la era revolucionaria e imperial y postrera derrota frente a los Aliados, aquel 18 de junio de 1815, donde el emperador Napoleón I vino a encontrar su definitiva caída, toma su nombre de Waterloo, localidad en el Brabante valón, en el borde meridional del bosque de Soignes. Pero lo más vivo de la cruenta refriega se desarrolló entre esa pequeña localidad y Mont-Saint-Jean, apenas veinte km al sur de Bruselas.

          A partir del momento en que, once meses después de su confinamiento forzado, corrió por Europa, entre el estupor general, y llegó a Viena la noticia del desembarco del evadido de la isla de Elba, aquel 1 de marzo de 1815, “con proyectos de agitación y de desorden”, y, finalmente, de su nueva instalación en las Tullerías, en el que se conocerá como “Vol de l’Aigle”, los Aliados –reunidos aún en Congreso y enfrascados en sus propias rivalidades territoriales y de intereses- habían formado ya una séptima coalición el 10 de marzo (constituida por Austria, Rusia, Prusia, Gran Bretaña, España y otros estados alemanes) y, en su declaración colectiva tres dias después, consideraron que una nueva campaña contra la Francia del gran agitador se hacía necesaria: declarándole fuera de la ley, afirmaron rotundamente que “Napoleón Bonaparte, rompiendo la convención que le había establecido en la isla de Elba”, se [había] situado al margen de las relaciones civiles y sociales, y que era reo del escarmiento público.

          Ya para entonces el restaurado Borbón Luis XVIII se había trasladado a Gante, con Chateaubriand su ministro del Interior.

          Hubiera preferido Napoleón, sin duda, disuadir a los coaligados de hacerle la guerra y poder  convencerles de sus sinceros deseos –esta vez-, de paz, pero la solemne declaración aliada del 13 de marzo se alzaba ya como un muro inapelable ente ambas partes. Pareciéndole, pues, ineluctable la reactivación de la guerra, Napoleón decide tomar él la ofensiva e intentar derrotar en Bélgica, por separado,  al duque de Wellington (Arthur Wellesley, de 45 años entonces, que se enfrentará por primera vez, directamente a Napoleón), y a los prusianos del feldmarechal Gebhardt von Blücher (de 72 años), antes de que austríacos y rusos lleguen a tiempo para unirse a ellos.

Napoleon Bonaparte y su entorno familiar

Napoleon Bonaparte y su entorno familiar

          Ha conseguido ya constituir una fuerza activa de 290.000 soldados a la que podría añadir 220.000 hombres más de la Guardia nacional.

Habiendo dejado a Davout al mando de las tropas de París y a José Bonaparte presidiendo el Consejo de ministros, Napoleón salía el 11 de junio por la noche, para el frente de operaciones con un ejército de 128.000 hombres.

Dos días antes, allá en Viena acababan de estamparse las firmas del Acta final del brillante Congreso que así concluía.

          El 15 Napoleón cruzaba el Sambre por Charleroi, con el proyecto de separar a los dos ejércitos enemigos, rechazando a los anglo-holandeses de Wellington hacia el mar y a los prusianos hacia el Rin. Y el 16 salía vencedor en Ligny (¡la última victoria de su brillantísima carrera militar!). Victoria que, cuando fue conocida en París el 19, mereció cien cañonazos en los Inválidos.

Pero, aunque derrotados allí, los alemanes pudieron retirarse en orden.

            Michel Ney, enviado contra los ingleses y creyendo que sólo tenía enfrente a la vanguardia, se encontró con un fuerte contingente de tropas enemigas, hasta ese momento bajo el príncipe de Orange, futuro rey Guillermo II de los Países Bajos, y mandadas ya por Wellington llegado desde Bruselas, al que no consigue desalojar de Quatre-Bras (en el cruce de las carreteras de Charleroi a Bruselas y de Nivelles a Namur).

Pero Napoleón ya no mostraba la misma actividad de antaño, ni aquella prontitud de decisión de otros tiempos, y en vez de lanzarse contra aquellas fuerzas, que habían iniciado un movimiento hacia el norte viéndose en inferioridad  numérica, les deja tiempo de reagruparse y de instalarse en la meseta de Mont-Saint-Jean (al sur de Waterloo), posición fuerte, poco extensa, reconocida ya y bien estudiada por el general inglés. Ni tampoco se informa de la dirección en que los prusianos derrotados en Ligny se han retirado; y es así como, en torno a las once de la mañana del 17, toma la doblemente equivocada decisión, con catorce horas de retraso, de lanzar al mariscal Emmanuel Grouchy en su persecución, con 33.000 hs., que le serán luego cruelmente necesarios, conservando con él unos 70.000 soldados.

Batalla de Waterloo

          Habiendo dejado pasar así un tiempo precioso en la jornada del 17, Napoleón llegaba hacia las seis de la tarde a la granja “la Belle Alliance” distante 3 km de Mont-Saint-Jean, ya ocupado por el ejército inglés. Wellington había operado su retirada –hemos dicho-,  sin ser seriamente hostigado y, a través de un oficial de enlace prusiano, habia tenido tiempo de advertir a Blücher, del lugar donde se disponía a librar batalla.

Los franceses ocupaban una especie de semicírculo de colinas, desde donde se descendía en suave pendiente hacia un pequeño valle, más allá del cual el terreno volvía a subir para formar el Mont-Saint-Jean; entre ambas mesetas, apenas 1.500 m.

El plan de Napoleón seguía siendo atacar la izquierda de los ingleses, a fin de cortarles el contacto con los prusianos y separarlos de la carretera de Bruselas por la que podrían llegarles refuerzos.

          Con tiempo de tormenta, la lluvia había estado cayendo durante toda la tarde del 17 y la noche que siguió. Y en la mañana del 18 de junio, Napoleón hubo de retrasar la hora del ataque, al no poder maniobrar bien la artillería y deber evitar que sus cañones quedaran atollados en un terreno empapado ya.

La batalla  comenzó en torno a las once y media,  con un cañoneo francés poco eficaz y un ataque sobre la zona boscosa de Hougoumont –donde se encuentra una entre granja y casa solariega, cuya fortificación los franceses no desconocían-, a cargo de Jerónimo Bonaparte, cuyo fin era rodear al enemigo por el oeste, pero que acaba saldándose con graves pérdidas francesas.

Y durante todo el día, los franceses intentan en vano romper aquella izquierda enemiga y luego su centro, con furiosos ataques de caballería a cargo de Drouet d’Erlon, Milhaut, Lefebvre-Desnouettes y Kellermann; ataques sucesivos rechazados por la infantería y luego la caballería inglesas. Hacia la una de la tarde, la aparición, a lo lejos, de la caballería prusiana de Bülow, con 30.000 hombres, obligaba a Napoleón a modifica su primitivo plan, pues los 70.000 franceses debían ahora enfrentarse a 100.000 enemigos, lo cual iba a comprometer el resto de la batalla.

          A partir de los cuatro de la tarde de este 18 de junio Ney recibe la orden de atacar el centro, contra la granja de “la Haie-Sainte”, que fue conquistada hacia las seis de la tarde, sin apoyo de artillería ni de infantería; ante lo cual Wellington decide retroceder y ponerse fuera de la vista enemiga detrás de su colina.

Creyendo que los ingleses se retiraban, Ney lanza entonces contra ellos su mejor caballería de coraceros, en sucesivas cargas brillantes pero inútiles, porque, a pesar de los repetidos intentos, los cuadros que el inglés ha conseguido formar van a permanecer inflexibles.

Waterloo - Michel Ney, duque de Elchingen y príncipe de la Moscova

Michel Ney, duque de Elchingen y príncipe de la Moscova

Y, lo que es más, a partir de las cuatro y media, los prusianos habían comenzado a atacar violentamente en Plancenoit la derecha francesa, constituida por ls divisiones del conde Lobau, que, aun reforzadas por la joven Guardia y sostenidas también por la vieja Guardia, han de combatir a uno contra tres y se ven obligadas a retroceder paulatinamente, hasta acabar perdiendo aquella posición, también en torno  las seis de la tarde.

          Obstinándose contra el centro del ejercito inglés, Napoleón ha hecho de nuevo entrar en acción, hacia las cinco de la tarde, una parte de la caballería de la guardia, además de la caballería de Kellermann. Y, habiendo sido una vez más rechazados estos asaltos, después de una horrible refriega durante dos horas, el Emperador intenta, hacia las siete, un postrero esfuerzo, lanzando la vieja Guardia y el resto de las tropas disponibles contra el Mont-Saint-Jean de Wellington que, con el respiro de la presión ejercida por los prusianos en Plancenoit, ha podido tomar nuevas disposiciones y reorganizar sus tropas en cuadros..

          “[La infantería inglesa, oculta del otro lado de la cresta de la colina] oía subir a aquella marea de hombres, y la barahunda creciente de los tres mil caballos, su cadencia alternativa y simétrica de los cascos al trote, el roce de las corazas, el ruido de los sables y un salvaje y gran aliento. Hubo un silencio temible y una larga fila de brazos alzados apareció luego bruscamente por encima de la cresta, y los cascos, y las trompetas y los estandartes y tres mil cabezas bigotudas gritando: Vive l’Empereur! Toda aquella caballería irrumpió ladera abajo, y fue como la llegada de un terremoto…” (V. Hugo: “Los Miserables”).

          Pero es en ese momento cuando la caballería prusiana de Zieten (derrotado dos días antes en Ligny), irrumpe bruscamente llegada por el noroeste y carga contra el flanco de estas tropas que, en vano, han estado esperando la llegada de Grouchy y se hallaban profundamente desmoralizadas con los estériles asaltos de toda la tarde y a la vista de los prusianos ahora.

Batalla de Waterloo

            Con el contraataque anglo-holandés, el retroceso de la vieja guardia provoca el pánico y la desbandada del ejército francés, perseguido ahora por las furiosas cargas de la caballería enemiga. Únicamente dos batallones del primer regimiento de granaderos de la guardia pudieron formar cuadros y oponer una enconada resistencia que salvó a este ejercito de un total aniquilamiento. Uno de aquellos cuadros era mandado por el general Pierre Cambronne, aquel de quien dicen unos que exclamó cuando los británicos vinieron a pedirle que se rindiera: La Garde meurt et ne se rend pas! Otros que respondió Merde!, siguiendo a Victor Hugo en “Les Misérables” –es el famoso “mot de Cambronne” que ha quedado para la petite histoire.

            Y la noticia de la derrota francesa llegaba a conocimiento de Luis XVIII en Gante a la una de la madrugada del 19.

            Después de haber dejado el mando general de las últimas tropas a Jerónimo Bonaparte (que no tardará en salir huyendo, según su natural condición), Napoleón regresó rápidamente a París, donde esperaba obtener de las cámaras nuevos subsidios, suficientes e inmediatos, y poderes extraordinarios. Llegó en la noche del 21, cuando nadie conocía aún en la Capital aquella trascendental derrota. Y fue a alojarse en el Elysée-Bourbon donde estaba su familia, en trágico contraste con las Tullerías –como señala Chateaubriand-, adonde se había dirigido al llegar de la isla de Elba.

          Ya el enemigo aparecía por Compiègne y, salvo la actitud de algunos militares irreductibles, el desafecto hacia su persona parecía casi general, con la insalvable hostilidad ahora entre el ejecutivo y las cámaras, que exigían su renuncia inmediata y amenazaban con derrocarle en caso contrario.

Como recuerda Chateaubriand, La Fayette, desde la tribuna, leyó una proposición que declaraba “La Cámara en permanencia, crimen de alta traición cualquier tentativa para disolverla y traidor a la patria y juzgado como tal a quien lo intentara” (“Mémoires d’Outre-Tombe” (libro 23, cap. 18).

En tal extrema situación, Napoleón se avino a firmar, el 22 de junio, su segunda abdicación: “Mi vida política ha terminado –pronunció-, declaro a mi hijo emperador de los franceses, bajo el nombre de Napoleón II”. Aquellas cámaras aceptaron la abdicación, aunque mostrando gran vaguedad respecto a cualquier regencia. Y, entre los pocos que subieron a la tribuna para expresarse en favor del heredero de sangre del ahora depuesto, se oyó a Luciano Bonaparte –llegado de Roma con la noticia del regreso de su hemano y uno de los primeros, él también, en haber pedido la abdicación-. Será encarcelado por los austríacos, en este verano de 1815, para volver otra vez a Roma, mes y medio después.

          Y una comisión ejecutiva quedó formada, en la que aparecían Fouché y Carnot, venidos del pasado.

Lo cual no impidió que por diferentes puntos de la Capital, cerca del Elíseo y en la adyacente avenue de Marigny , se formaran grupos de exaltación del Emperador, con vivas y gritos de fidelidad; fue para desagrado del gobierno provisional ya formado que distribuyó dinero para evitarlo.

Habían sido los ‘Cien Días’.

          Al día siguiente de aquella trascendental batalla (entre las más  cruentas, con Eylau y Leipzig de las dadas por Napoleón), y desde su Cuartel General de Waterloo, Wellington redactaba el boletín de la batalla que habría de conservar ese nombre para siempre.

          Tentar a la antojadiza fortuna había sido siempre su forma de hacer la guerra, pero no podía durar. Fue la enérgica defensa de Wellington (a quien algo excesiva e inmerecidamente se le atribuye el exclusivo mérito de la victoria), la decisiva intervención del prusiano Blücher, sobre todo, y la ausencia de maniobra creativa, sin comparación alguna con los fulgurantes movimientos de los años brillantes del Emperador, los elementos que explican el aciago resultado francés del 18 de junio de 1815.

Aquel que no hacía mucho tiempo todavía, transmitía sus órdenes a los confines de una Europa modelada a su voluntad, no pudo impedir que los extranjeros pasearan por segunda vez sus estandartes por las ciudades de Francia, ni que los cosacos hincaran sus bayonetas en los Campos Elíseos.

          Con su derrota Napoleón perdía definitivamente su trono imperial y, en el desorden general, su berlina en Genappe, con sus objetos personales y aquel inestimable collar de diamantes que su hermana Paulina le había dado.

La trágica jornada y la desmedida ambición personal de un solo hombre vino a costarle a Francia 30.000 nuevas bajas entre muertos, heridos y desaparecidos (donde podrían contabilizarse numerosos desertores), además de 8.000 prisioneros; a los anglo-holandeses 15.000 y a los prusianos  cerca de 8.000.

          El Emperador vencido no era ya aquel vital Napoleón de antaño, reconcentrado y de escasas palabras ahora, casi indiferente a cuanto le rodeaba. Ya íntimos allegados le decían que era hora de ponerse a salvo, de pensar en huir hacia América, o de entregarse, pero ¿a quién? Le hablaron de la magnanimidad de Alejandro y de su amistad desde los tiempos de Tilsit, y del emperador Francisco también, que no podría olvidar que se trataba de su yerno…

          -¡A Austria nunca! En cuanto a Rusia, sería darse a un solo hombre, y confiar solo en él, mientras que con Inglaterra me entregaría a una nación entera…

     

          El 25, acabó yendo a refugiarse a la Malmaison con Hortensia de Beauharnais, la hija de Josefina. Ella dirá que quiso mostrarse solidaria hasta el último momento con aquel al que siempre había tenido por padre y a quien todo debía.

Y el 27, escribía estas letras: “Al abdicar el poder, no he renunciado al más noble de los derechos ciudadanos, al derecho a defender mi país. En estas graves circunstancias, me ofrezco como general, considerándome todavía el primer soldado de la patria” (en M.O:T., libro 23, cap. 18). Era manipular a la opinión y escamotear el hecho que los Aliados no le hacían la guerra a Francia, sino al irremediable perturbador de la paz en el que él mismo se había convertido.

          Los prusianos rebasaban ya París y se hacía urgente desalojar el lugar. Con varios fieles (Bertrand, Gourgaud, Las Cases, el dudoso Montholon, esposas y algunos domésticos), el derrocado -sombra ahora de sí mismo-, partió finalmente, con la intención de llegar a Charente y embarcar en una fragata que –le decían-, estaba esperando. Pero acabó comprendiendo que no tendría ninguna posibilidad de escapar por mar hacia las Américas, y optó por entregarse a los ingleses.

 

          Dejando su país en ruinas y los campos de Francia desolados y, tras él, también, setecientos mil franceses muertos y dos millones de europeos, directamente imputables a su expansionismo militar en las llamadas guerras napoleónicas, el derrocado emperador será conducido finalmente a la isla de Santa Elena, roca volcánica perdida allá en el Atlántico Sur, ¡casi en el fin del mundo! pues su sola presencia en Europa era considerada amenaza permanente para la paz.

Llegarán a aquel remoto lugar, el 16 de octubre de 1815, y Napoleón será instalado en una modesta vivienda de Longwood , donde dictará, a lo largo de aquel tiempo, sus memorias y la narración de sus campañas, bajo las constantes vejaciones del gobernador inglés.

Fiel, una vez más, a uno de los rasgos de su personalidad, puesto de relieve por más de un testigo (desastre de Aboukir en Egipto, fusilamiento del duque de Enghien), Napoleón, ya en aquella isla, iba a hacer caer la responsabilidad de su derrota en Grouchy, cuya ausencia, aquel día, se había hecho cruelmente sentir, y que acabará refugiándose en América para solo volver a Francia en 1821. Pero Emmanuel Grouchy (1766-1847) no era ni un traidor ni un incapaz, como su larga ejecutoria lo demostraba: encargado por el Emperador de partir en persecución de los prusianos, había cumplido puntualmente aquellas órdenes y había podido entrar en refriega con el cuerpo de Thielemann en Wawre, 15 km al Este. Posiblemente pudiera reprochársele el no haber cedido a las instancias de sus oficiales que, al oír el fragor del cañoneo a sus espaldas, le suplicaban dar la vuelta:  Monsieur le maréchal, il est de votre devoir de marcher au canon! –le llegará a increpar el general Gérard-; pero eso sería razonar a posteriori, y todos sabían lo inapelables que eran siempre las órdenes de Napoleón en campaña.

          Y el 5 de mayo de 1821, a los 52 años, en aquella roca adonde había venido a expiar “son ambition et ses erreurs” –que dirá en sus “Souvenirs” la que fuera un día su amante madame de Vaudey- rendirá su último aliento el emperador Napoleón, el Napulione Buonaparte de sus años infantiles, allá en la lejana Ajaccio.

          Su derrota abría en el continente un prolongado paréntesis de paz relativa y de prosperidad, roto únicamente, a partir de 1821, por el enfrentamiento de Europa a la Turquía musulmana ocupante de la Grecia cristiana. Pero inauguraba también, un largo período de preponderancia inglesa.

          Entre diversas otras manifestaciones artísticas, la batalla de Waterloo ha inspirado varias películas, como el “Waterloo” de 1970, del ruso Serguei Bondartchouck; o el documental “L’Ultime bataille” en 2014, del belga Hugues Lanneau. Y páginas célebres también de Stendhal (cap. III de la 1ª parte de “La Chartreuse de Parme” de 1839), de Chateaubriand (3ª parte, 1ª época, libro VI, cap. 16 de las “Memorias de Ultratumba” de 1848), o de Victor Hugo (2ª parte, cap. IX de“Les Misérables” de 1862), o estos versos de este mismo poeta en “Les Châtiments” de 1853 :

Waterloo, Waterloo, morne plaine
(…)
Dans ton cirque de bois, de coteaux, de vallons,
La pâle mort mêlait les sombres bataillons.
D’un côté c’est l’Europe, et de l’autre la France.
Choc sanglant! Des héros Dieu trompait l’espérance;
Tu désertais victoire, et le sort était las.
Ô Waterloo, je pleure…
(…)
(“Expiation”)

 

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BARBERO, Alessandro: Waterloo; Flammarion, 2005 y otras.
CLUNY, Claude Michel: Waterloo; París, Editions de la Différence, 2012. 
COPPENS, Bernard: Waterloo, récit critique; Editions de la Patience, 2004. (luego Les mensonges de Waterloo; Jourdan Éditeur, 2009);
CYR, Pascal: Waterloo, origines et enjeux; L’Harmattan, 2011.
DAMAMNE, Jean Claude: La bataille de Waterloo; Perrin, 2003.
KEEGAN, John: Waterloo, anatomie de la bataille; Perrin, 2013.
LENTZ, Thierry: Waterloo, 1815. Perrin. 2015.
LOGIE, Jacques: Waterloo, évitable défaite; Bruselas, Racines, 2008.
MARGERIT, Robert: Waterloo. 18 juin, 1815. L’Europe contra le France; Paris, Gallimard,(“Trente journées qui ont fait la France”), 1964.  
PERNOT, François: 1815. Waterloo! Honoré Champion, 2015
REVERCHON, Antoine: Et si Napoleón avait gagné à Waterloo? ; Económica, 2015.

En español

GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: Napoleón Bonaparte y su entorno familiar; Círculo Rojo, 2021
BARBERO, Alessandro: La batalla: historia de Waterloo; Barcelona, Círculo de lectores, 2004 y otras.
CORNWELL, Bernard: Waterloo, la historia de cuatro días, tres ejércitos y tres batallas; Barcelona, Buenos Aires, Edhasa, 2015.
HOFSCHROER, Peter: Waterloo; Ariel, 2005.
ROBERTS, Andrew: Napoleón y Wellington; Granada, Almed, 2008. 

Deja un comentario