Condorcet, marquesa de – (1764-1822)

Hermana del que un día será mariscal Emmanuel Grouchy (1766-1847, Friedland, Wagram, Borodino…), Sophie de Grouchy nació en 1764, en el seno de una antigua familia, que no había desdeñado el prestigio cultural y la holgura económica que solía aportar aquella noblesse de robe, a la que se accedía principalmente por la magistratura. Y allí estaban el consejero Fréteau, tío materno de Sophie, o el presidente Dupaty, cuñado de su madre.

Sophie, la jolie Grouchette, fue, pues, educada en un medio social que añadía a la cultura la gloria de las armas, y las audacias de la inteligencia al respeto y reverencia que da el servicio de la Corona. Creció con el amor de sus padres y el entusiasmo del tío Dupaty, que admiraba en ella su independencia de carácter y la juvenil osadía de esta criatura en la que, bajo las chiquilladas, despuntaba ya la mujer que habría de abrazar “el fuego de la libertad”, que decían entonces.

Alimentada de religión y de lecturas morales, Sophie, sólo se distraía de los ejercicios piadosos con el Télémaque de Fénelon o los Pensamientos del emperador humanista Marco Aurelio. Tenía ya dieciséis años, y su mente apenas había sido rozada aún por las letras profanas que su inteligencia llamaba en secreto.

Cumplidos los veinte años, Sophie fue enviada al Capítulo de Neuville-les-Dames, en Bresse, donde fue canonesa. Las jóvenes nobles que allí eran recibidas, no pronunciaban votos y permanecían libres de volver al mundo cuando lo desearan. Era una buena situación, a la espera de un marido y, para aquellas que no salían, un buen seguro contra el celibato. Alojada como sus compañeras en un elegante pabellón, no llegó a conocer prácticamente nada de la vida claustral: las canonesas recibían libremente, daban incluso bailes en algunas fechas, con la única condición de cantar los oficios en la capilla del priorato.

La principal distracción de Sophie durante aquella estancia era el estudio; tradujo a Young, Tasso, leyó a Montesquieu y, paradógicamente allí, aquellos libros profanos que se le habían negado hasta entonces: Voltaire, Rousseau…

Pero Sophie comenzaba a perder la fe bajo la influencia de sus lecturas, y a sentirse incómoda en su estado semi-religioso. Su conversión al libre pensamiento pareció completado aquel agosto de 1785, cuando su tío Dupaty, a vueltas él con la reforma de la instrucción criminal, pasó por Neuville de regreso de Italia, y Sophie se puso a la escuela del magistrado-filósofo con el ardor de la juventud y la generosidad de un sentimiento compartido: él le habló de escepticismo, de tolerancia, de proyectos de libertad…

Resignados ya sus padres, empezaron entonces a buscarle un marido que no tardaron en encontrar: Iba a ser el marqués de Condorcet, prestigioso académico de cuarenta y dos años y escasos encantos naturales, pero que, bajo su rostro severo y natural tono moderado, ocultaba gran vehemencia en la defensa de sus ideas. A él le gustó la muchacha, tanto físicamente como en lo tocante a inteligencia, pero Sophie sólo pareció ver en el marido que le destinaban al amigo de d’Alembert, de Voltaire o de Turgot, cuando ella parecía suspirar, por entonces, por el joven La Fayette que ya no estaba libre. Y en los últimos días de 1786, tuvo lugar la unión.

Por el salón del amplio apartamento de su esposo del quai Conti, adonde ella se trasladó, empezó a ver pasar las mejores mentes de las nuevas ideas reformistas, escépticas o subversivas, con las que contaba Francia y la Europa cosmopolita: pensadores, legisladores como el jurisconsulto Beccaria (1738-1794), economistas como Adam Smith (1723-1790, reciente autor de Recherches sur la nature et les causes de la richesse des nations), hombres de letras como Grimm (1723-1807), Chamfort, Beaumarchais –entre la política y la literatura-, el poeta Chénier, el moralista Volney (1757-1820, próximo autor de Ruines et méditations sur les révolutions des empires); Mirabeau, Thomas Jefferson y el barón de Cloots, que se llamaba a sí mismo Anarchasis (revolucionario fogoso y visionario que, como sus próximos amigos los hebertistas, acabará bajo la cuchilla), Morellet…

Michelet, en Les femmes de la Révolution (París, 1854), escribirá de Sophie estas líneas que traducimos: “ Entre estos ilustres pensadores planeaba la noble y virginal figura de madame de Condorcet, que Rafael hubiera tomado por tipo de la metafísica. Era toda luz, todo parecía iluminarse y purificarse bajo su mirada. Había sido canonesa y parecía más una dama que una noble doncella. Tenía entonces veintisiete años (veintidós menos que su marido). Acababa de terminar sus Lettres sur la sympathie, libro de análisis fino y delicado, en el que, bajo el velo de una gran reserva, se percibe la melancolía de un joven corazón, al que algo ha faltado”.

Eran esas ocho Lettres… un verdadero tratado de la felicidad, a la que sólo se llega –decía ella-, a través de la amistad o del amor.

También tradujo a Thomas Paine -antes de que el impulsivo panfletario británico, pasado primero a América y luego a Francia, se hiciera ahora francés y luego convencional girondino, llegada la Revolución-, frecuentando aquel salón-laboratorio donde, en el transcurso de cada velada, en nombre de la humanidad, se construía y repensaba una sociedad idílica, abstracta y laica (¡la mejor fórmula contra el fanatismo!) y donde todos los franceses serían buenos y patriotas, libres e iguales.

Llegó la Revolución, que los Condorcet acogieron con entusiasmo y, poco después, trasladaron su residencia a la rue de Lille, donde Sophie continuó con su salón, más frecuentado ahora por políticos que por pensadores.

Y en mayo de 1790, nacía su hija Elisa.

Luego vinieron el lamentable episodio de la fuite de Varennes, la caída de la monarquía y el distanciamiento mortal entre los girondinos y la extrema izquierda.

Su marido hubo de huir, hasta su prendimiento y el drama final; y también ella tuvo que ocultarse, hasta la caída del terror robespierrista, en julio de 1794.

Ya para entonces conocía el trágico destino que su compañero había sufrido.

Pasadas ya aquellas aciagas páginas de la Revolución y el Directorio, llegó Brumario con Bonaparte. Y, recuperados parte de los bienes de su marido, la joven viuda Sophie de Grouchy, aunque siempre de frágil salud, pudo empezar a rehacer su vida y conoció un efímero amor –ella que había llegado al matrimonio únicamente sostenida, por todo sentimiento, por su virginal entusiasmo de joven idealista-, en la persona de Jacques-Joseph Garat, hermano del famoso cantante; luego fue el filólogo helenista Claude Fauriel (un asiduo del salón de madame de Staël), que le aportó alguna estabilidad; y, con su nuevo compañero, Sophie volvió a abrir salón a partir de 1801 -ya en pleno Consulado-, rue de Penthièvre, adonde empezaron a acudir gente del azaroso pasado, sombras de sí mismos, y otros nuevos y prometedores.

Sophie de Condorcet no es la más ilustre de las mujeres que pudieron haber marcado en algún momento la Revolución. Madame de Stäel se preocupó por mantenerla en la vía reformista y moderada. Olympe de Gouges fundó el derecho de las mujeres a la política. Y es, paradógicamente, a madame Roland, inspiradora de todo un partido -con algún fanatismo en ocasiones-, a quien más se parece; fue republicana de la primera hora y girondina como ella, y permaneció fiel a esas ideas hasta el último momento.

Es cierto que, más afortunada que madame Roland, ella pudo escapar a la guillotina, pero hubo de ver, después del período napoleónico, como se hundían todos sus anhelos; no era ya cuestión de enciclopedismo, ni de materialismo, ni de repúblicas…,  un concordato con la Iglesia Católica había sido firmado, Chateaubriand había escrito aquel Génie du Christianisme que, salvo los recalcitrantes, todo el país leía.. Una nueva Francia se alzaba, que poco se parecía a aquella con la que Sophie de Grouchy de Condorcet había soñado.

Y hasta su lecho de muerte, el 8 de septiembre de 1822, la acompañó aquel agnosticismo en el que se había instalado, casi cuarenta años antes, bajo la influencia de su tío Dupaty. Tenía cincuenta y ocho años.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

Les “Lettres sur la sympathie” de Sophie de Grouchy: philosophie morale et réforme sociale; bajo la dirección de Marc-André BERNIER y Deidre DAWSON; Oxford, Voltaire foundation, 2010.
ARNOLD-TÉTARD, Madeleine: Sophie de Grouchy, marquise de Condorcet: la dame de coeur; París, Christian, 2003.
BOISSEL, Thierry: Sophie de Condorcet, femme des Lumières (1764-1822); París, Presses de la Renaissance, 1988.
GUILLOIS, Antoine: La marquise de Condorcet, sa famille, son salon, ses amis (1764-1822); París, P. Ollendorff, 1897.

En español:

HURTADO SIMÓ, Ricardo: La filosofía de Sophie de Grouchy; gnoseología, ética, política y feminismo; Madrid, Centro de estudios políticos y constitucionales, 2013.

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