Gouges, Olympe de – (1748-1793)

Marie Olympe Gouze (conocida por Olympe de Gouges), nació en Montauban en 1748; procedía por línea materna de la burguesía media de Montauban, y de la pequeña burguesía comerciante por parte de su padre legal (un Pierre Gouze, carnicero, ausente en el día de su inscripción); pero supuestamente hija del poeta Jean-Jacques Lefranc, marqués de Pompignan (1709-1784), poco amigo de los “filósofos” y de Voltaire, natural también de Montauban, que habría tenido amores con su madre; lo cual vendrá a corroborar ella misma en su novela autobiográfica Mémoire de madame de Valmont, de 1788, que empezó a redactar a la muerte de su padre biológico.

Casada a los diecisiete años con un Louis Aubry, modesto oficial del rey en aquella Généralité de Montauban -personaje tosco él, y mucho mayor-, se verá viuda al año siguiente, aunque madre ya de un hijo, al que dieron nombre de Pierre Aubry de Gouges.

Olympe acabó trasladándose a París en 1768/69, donde ya vivía su hermana mayor, con la intención de dedicarse a la literatura (¡ella que habiendo crecido con la lengua occitana, conocía mal el francés!),  y tomó entonces el nombre de Olympe de Gouges.

Con alguna inconsciencia y una loable determinación por mejorar, empezó a relacionarse con hombres de letras como el dramaturgo Louis Sébastien Mercier, y a frecuentar algunos salones y los medios artísticos e intelectuales, mientras su hijo iba creciendo y recibiendo educación; y ella comenzaba a escribir, ayudada económicamente por algún poderoso amigo, como aquel rico Jacques Biétix de Rozières, que hubiera querido llevarla de nuevo al matrimonio (¡ese tombeau de la confiance et de l’amour, que decía ella!).

No casada y holgadamente entretenida, era suficiente para que buena parte de la opinión viniera a considerarla como una femme galante más.

La Revolución había llegado y, rebasados los cuarenta, la inquieta Olympe no tardó en empezar a significarse ruidosamente en favor o en contra de diversos temas y, sobre todo, por su ardorosa defensa de la emancipación de la mujer.

Y, bien introducida ya en los medios teatrales, con Talma entre sus amigos, venía sacando -con escribientes a su servicio-, piezas de teatro, de una cierta tosquedad en sus pretensiones de combate político, como aquella que tituló L’esclavage des noirs, ou l’heureux naufrage, en tres actos, escrita desde finales de los 80, representada en diciembre de 1789 y publicada en 1792; o, entre otras obras suyas, La nécessité du divorce de 1790, Le Couvent ou les Voeux forcés, de 1791, contra las tomas de hábitos forzadas, La France sauvée ou le tyran détrôné de 1792 (el “tirano” era Luis XVI), que no se representaron o tuvieron escaso recorrido.

Y publica, incansable propagandista, abundantes textos en forma de artículos, folletos, peticiones, cartas…, sobre diversos temas sociales o de actualidad política, entre los que destacan una Déclaration des droits de la femme et de la citoyenne, de septiembre de 1791 (sobre el modelo de la Déclaration des droits de l’homme et du citoyen, de agosto de 1789) –que dirigió a la première des femmes, María Antonieta, y que, por entonces, apenas tuvo eco-; afirmando la igualdad en derechos de ambos sexos, pedía, en nombre de la justicia y de las ”leyes de la naturaleza y de la razón”, que se le devolvieran a la mujer sus derechos naturales, cuyo ejercicio –decía-, se veía limitado por “la perpetua tiranía que le oponía el hombre”; y que, mientras las mujeres no gozaran de derechos políticos, la Revolución en curso permanecería inconclusa. La Convención acabó rechazando el proyecto.

Porque es ahora cuando empiezan a constituirse muchas sociedades patrióticas de mujeres, después de la Fête de la Fédération de 1790.

También escribe Olympe diversos otros escritos en favor de la abolición de la esclavitud de los negros, de los hijos ilegítimos…

E incluso tuvo su pequeña troupe itinerante con la que iba exhibiendo sus producciones por París y provincias.

Republicana cercana a los girondinos, muy hostil a Robespierre y a los montagnards, Olympe de Gouges  fue acusada de ser la autora de cierto pasquín Les Trois urnes, ou le salut de la patrie, aparecido el 20 de julio de 1793 y que la acusación pública va a considerar “attentatoire à la souveraineté nationale”-. En él (y bajo la ficción de cierto viajero aéreo), Olympe deploraba las divisiones entre franceses, después, incluso, de la muerte del “tirano”, y preconizaba, finalmente, que, para terminar con tanto crimen y desgarro, fueran depositadas tres urnas sobre la mesa del presidente de la Asamblea, portant, chacune d’elle, cette inscription: Gouvernement républicain, un et indivisible, Gouvernement fédératif, Gouvernement monarchique. Y que la nation entière pudiera pronunciarse. Tras lo cual, todos habrían de respetar el resultado y una fiesta cívica acompañaría el resultado. ¡Así de sencillo!

Su autora  concluía exclamando que era urgente un prompt remède à tant de maux.

En su ingenua simplicidad, firmar semejante escrito, después de la proscripción general a muerte de la Gironda, era un juego mortal, en el sentido más literal de la expresión.

Fue detenida prácticamente el mismo día, condenada a muerte el 2 de noviembre y guillotinada al día siguiente en la plaza de la Revolución, pocos días después de que lo fueran los jefes girondinos.

Es posible que, con su muerte, la humanidad haya perdido un alma filantrópica y doliente, pero nada perdió la buena literatura (“Nous devons à une ignorante de grandes découvertes”-dijo de ella Mirabeau-). Pero esta pionera del feminismo, autora de la Déclaration… a quien el fiscal de la Comuna Chaumette trataba de marimacho (virago), de femme-homme, desvalorizada por la historiografía del siglo XIX, representa hoy uno de los  estandartes del feminismo.

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