Graffigny, Françoise de – (1695-1758)

La lorena Françoise Paule de Graffigny (de soltera, de Issembourg du Buisson d’Happoncourt), nació  en Nancy el 11 de febrero de 1695. Hija de militar y, por parte materna, sobrina nieta del grabador Jacques Callot, recibió una mediana educación y fue casada a los diecisiete años con un apuesto François Huguet de Graffigny, que será chambelán al servicio del duque de Lorena Leopoldo Iº, pero hombre rudo de modales, jugador y dado a la bebida, que la maltratará y no la hará feliz.

A trancas y barrancas, la convivencia matrimonial durará once años y de ella nacerán tres hijos que no conocerán la edad adulta. En 1723 Françoise obtuvo la separación legal, pero su marido -ya alcohólico perdido-, apenas vivió para contarlo, y ella se encontró viuda dos años después.

Por el momento, pudo sobrevivir gracias a una pensión que le sirvió la sobrina de Luis XIV Élisabeth Charlotte de Orleáns (1676-1744), -regente de Lorena a partir de 1729, que llamaba, familiarmente, la Grosse a su protegida-, y a su servicio, como dama de honor, cerca de mademoiselle de Guise Élisabeth Sophie de Lorena, hasta el matrimonio de ésta en 1734.

Y en la brillante corte de Lunéville, comenzaba ya Françoise a formar a su alrededor una especie de pequeño cenáculo (un bureau d’esprit) de gente aficionada a las letras.

 Vistas sus entradas y salidas en los privados apartamentos, empezó a ser bien recibida por los grandes señores del ducado, y en Cirey por Voltaire y Émilie du Châtelet, la divine Émilie, que allí la acogían episódicamente.

Todo vino a cambiar con la paz y el tratado de Viena, de octubre de 1735, que hacía pasar la corona ducal al destronado rey de Polonia Estanislao Lesczynski, padre de la Leszczinska, reina de Francia.

Ya su madre había muerto en 1727 y en este 1735 perderá a su padre. Françoise quedó, esta vez, bien sola y sin recursos. Fue en estas circunstancias cuando madame du Châtelet aceptó acogerla en Cirey a finales de 1738, pero, mal instalada y pasando frío, las relaciones con sus anfitriones no serán buenas, por lo demás: “Todo lo que no es el apartamento de la dama y de Voltaire es de una suciedad  que asquea” –decía ella en una de sus cartas-.

De temperamento no precisamente discreto, espesa y socarrona de carácter, la Graffigny (porque Françoise quiso mantener el apellido de aquel mal marido, visto que el que había recibido del poltrón de su padre no valía mucho más), venía teniendo relaciones amorosas con el jovial Léopold Desmarest, oficial de caballería 13 años más joven que ella, hijo del músico de la corte ducal, que durará hasta los años 1740.

Dadas la degradación de las condiciones de su estancia en Cirey, Françoise, acusada ahora de haber filtrado al exterior algún escrito sensible de Voltaire, decide trasladarse a París en marzo de 1739, y acogerse de nuevo al amparo de la bondadosa Élisabeth Sophie, ahora duquesa de Richelieu, que le ofrecerá cobijo hasta su propia muerte de parto, en 1740.

Y Françoise de Issembourg du Buisson d’Happoncourt nunca volverá a su Lorena natal.

Contando con las relaciones que la duquesa de Richelieu había podido procurarle y apretada por la necesidad material de ganarse la vida, la Graffigny fue abriéndose camino en el variopinto mundo de las letras que frecuentaba y viviendo de expedientes, dudosos a veces.

Tenía ya 52 años y había dado a conocer algunos escritos sin mayor pena ni gloria (Nouvelle Espagnole), cuando sus Lettres d’une péruvienne de 1747 le vinieron a asegurar la definitiva popularidad, con múltiples ediciones para toda Europa en los años que siguieron (traducción al español en 1792).

Y abrió salón y se hizo célebre.

Expresadas por la inocente Zilia -joven peruana desarraigada por los españoles, pero que, por los azares de un combate naval, acabó en Francia-, y bajo la convención de referirse en general, a lugares exóticos y lejanos, Las Lettres eran muy críticas con la sociedad de su tiempo en temas tocantes al gobierno, a la sociedad y sus costumbres, a los hombres, al matrimonio y la educación de las mujeres…, y se situaba en la línea imitativa de la novela epistolar que había revigorizado Montesquieu en 1721, con sus Lettres persanes (eso sí, con la carga emotiva y sensiblera en los personajes de la que carecían los Usbek y Rica), aun cuando su autora sacaba particular título de gloria del hecho de haber sido ella la primera mujer en escribir ese tipo de novela.

En la vida sentimental de Françoise, y siempre a vueltas con las crisis de epilepsia que venía arrastrando, aparecerán luego, ya en París y con el correr del tiempo, el irlandés Drumgold, el prolífico Antoine Bret –escritor polifacético y desvaído, veinte años más joven, cuya mayor virtud fue la de sacar una edición comentada de Molière, y que se decía loco por ella-, y Claude Guimond de la Touche, ex-jesuíta renegado, dramaturgo y de treinta y dos años cuando ella le conoce, en la provecta edad de sus sesenta.

En 1750, daba a conocer un drama en cinco actos y en prosa, Cénie (“nièce”) -pensando, tal vez, en su sobrina Minette (madame Helvétius)- comedia sentimental donde aparecen la obligada virtuosa huérfana con otros tópicos del género, que, sin embargo, tuvo buena acogida.

Y en la primavera de 1758, produjo una comedia de ambiente ateniense, La Fille d’Aristide, mal recibida por el ilustrado público de la Comédie Française, y por Grimm también que, en su Correspondance littéraire para toda Europa, la tildaba de mal escrita, trivial y anodina.

Françoise de Graffigny morirá en París en diciembre de 1758, piensan algunos que herida ya de muerte su alma por el fracaso de la Fille. Dejaba un montón de libros que se llevará La Touche, y unos miles de libras en deudas, que su sobrina quiso saldar.

Su correspondencia de 1738 a 1758 -indiscreta y locuaz hasta la trivialidad-, fue publicada inicialmente en 1820, y ha venido siendo reeditada en Toronto, esta vez con rigor y aparato crítico, bajo el patrocinio de la Voltaire Foundation de la Univ. de Oxford. Además del libro Vie privée de Voltaire et de madame du Châtelet, pendant un séjour de six mois à Cirey, par l’auteur des lettres péruviennes, basado en su correspondencia con Desmarest, cuando ella convivió con la ilustre pareja.

Vie privée… y Correspondencia, por la variedad de detalles alegres y espontáneos que ofrecen, resultan más interesantes para conocer a los personajes y la vida cotidiana en el siglo XVIII, que el propio valor de las Lettres péruviennes.

Françoise de Graffigny se ve hoy relativamente rememorizada, más por su condición de mujer que por la intrínseca calidad de su literatura, porque las Christine de Pisan, las Marguerite de Navarre, las Louise Labé, las madame de La Fayette y de Sevigné, las Germaine de Staël, las madame Roland, las Sophie de Condorcet nunca necesitaron de estas operaciones publicitarias de rescate feminista; ni las necesitarán Marceline Desbordes-Valmore, Georges Sand o, ya más cercanas, Marguerite Duras, Nathalie Sarraute…

Ella ocupa en la historia literaria de Francia el lugar que le corresponde, el de una honesta escritora, con más voluntad que talento.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

ASSE, Eugène: Notice biographique, en Lettres; Slatkine Reprints, Genève, 1972.

LAFFONT, Robert: Romans de Femmes du XVIII siècle; Ed. R. Laffont, Paris, 1996.

MERCIER, Gilbert: Les quatre vies de madame de Graffigny (Communication à l’Académie de Stanislas, de Nancy; t. XXI, año 2006/2007.

SMITH, David: The popularity of Mme. Graffigny’s Lettres d’une péruvienne; The bibliographical Evidence; Eighteen-Century Fiction, 3:1 (octobre, 1990),pp. 1-20.

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