Fénelon – (1651-1715)

François de Salignac de la Mothe-Fénelon nació en 1651 en la mansión señorial (château) de Fénelon, en Périgord. Sus estudios, empezados en la casa paterna y en la universidad de Cahors, concluirán en París, en el collège de Plessis y luego en el Seminario de Saint-Sulpice (tan cercano a Roma contra la tradición galicana, y al que, por familia y educación, estaba ligado).

Ordenado sacerdote a los 24 años, se entusiasma con las perspectiva de una misión a Levante y Grecia, pero pronto su ardor de misionero encontrará donde aplicarse en su propio país.

En efecto, en 1678, Fénelon es nombrado superior de la congregación de Nouvelles Catholiques, jóvenes protestantes recientemente convertidas, a las que hay que dirigir y mantener en la fe. Y en esta misión desplegará la flexibilidad de un verdadero director de conciencia.

Pero Bossuet ya se ha fijado en la elocuencia y la altura intelectual del joven eclesiástico, y le propone asumir la difícil tarea de dirigir una misión cerca de los protestantes de Saintonge, en el oeste de Francia (sólo exteriormente sometidos al catolicismo, tras la revocación del Edicto de Nantes, en este 1685). Sin ser un apóstol de la tolerancia, a la manera de los “filósofos”, Fénelon prefiere seguir la vía de la seducción, la suavidad y el tacto.

Buscado ya por sus brillantes cualidades, se ha convertido en el verdadero director espiritual del partido devoto (las hijas de Colbert, duquesas de Beauvillier y de Chevreuse, e incluso de madame de Maintenon). A su regreso de Saintonge en 1687, hizo imprimir su Traité de l’Éducation des Filles, escrito tiempo atrás para la duquesa de Beauvillier. Así, en 1689, cuando el duque de Beauvillier fue designado como gobernador de Luis de Francia (1682-1712), duque de Borgoña, y nieto de Luis XIV, Fénelon fue nombrado su preceptor. El alumno resultó orgulloso y violento, pero era sensible e inteligente. Siguiendo el ejemplo de Bossuet, también Fénelon quiso redactar algunas obras pedagógicas, adaptadas a la mente de un niño: serán las Fables, los Dialogues des Morts y, sobre todo, Télémaque.

Aproximadamente en la época en que se convierte en preceptor del duque de Borgoña, Fénelon conoce a madame Guyon, en cuya enseñanza aprecia la dulzura del “estado de oración”, y la introduce en la pequeña sociedad religiosa de las duquesas de Beauvillier y de Chevreuse, y de madame de Maintenon. Con ella mantendrá, a partir de entonces, un intercambio epistolar que nos revela la armonía de esas dos almas.

La inclinación natural de Fénelon se sintió atraída por el quietismo y por ese amor puro del que la mística hablaba, despojado de ataduras terrestres, donde la adoración, depurada del deseo de recompensas y del temor al castigo, era desinteresada. Y madame de Maintenon, seducida a su vez, le abrió Saint-Cyr, y aquel lugar se hizo casi enteramente quietista.

Preocupado por esa efervescencia que el quietismo provocaba en Saint-Cyr, el obispo de Chartres y la misma madame de Maintenon -asustada ahora-, ordenaron en 1683 la expulsión de la dama de Montargis. Fénelon comenzó también a percibir frialdad y distanciamiento, y la ruptura entre la esposa del rey y su director espiritual fue casi inmediata.

Aconsejada por él, madame Guyon aceptó someter sus libros al juicio de Bossuet, obispo de Meaux, el cual hará públicas sus negativas conclusiones en marzo de 1694, al ver una amenaza para la Iglesia en esa doctrina de l’état passif (indiferencia, aniquilamiento de sí mismo, abandono), que podía llevar a desdeñar los dogmas, a desatender las prácticas religiosas y las buenas obras y a desoír a la jerarquía eclesiástica, para comunicar –pretendían sus seguidores-, directamente con Dios, mientras Fénelon invocaba los precedentes de grandes místicos como Santa Teresa, San Juan de la Cruz o San Francisco de Sales.

La conferencia de Issy que se abrió ese mismo año acabará condenando treinta y cuatro proposiciones quietistas, y reafirmando las obligaciones positivas del cristiano, aun admitiendo, a solicitud de Fénelon, los principios esenciales de la perfección mística, que algunos grandes santos, alcanzan excepcionalmente. Y ambas partes firmaron el acuerdo alcanzado.

El debate parecía haberse apaciguado, y la carrera de Fénelon seguía mostrándose bajo auspicios prometedores. En febrero de 1695 fue nombrado arzobispo-príncipe de Cambrai en Picardia, en una ceremonia en Saint-Cyr en la que Bossuet en persona quiso consagrarle; y continuó con la dirección intelectual de su pupilo. Pero la condena del quietismo iba a destruir su futuro.

Para precisar los artículos de Isssy, Bossuet quiso someter a Fénelon, en el verano de 1696, su Instruction sur les États d’oraison, pero Fénelon se negó a refrendar dicha obra que atacaba con vehemencia a madame Guyon; y, para demostrar que se afectaba al verdadero misticismo tratando de condenar el falso, publicó en el invierno de 1697/1698 las Explications des Maximes des Saints y, curándose en salud, decidió someter él mismo su libro a Inocencio XII, con lo que la lucha se trasladaba a Roma.

En Francia será entonces una guerra de folletos, donde ninguno de los dos intransigentes adversarios ahorrará descalificaciones y calumnias. Bossuet publicaba su Relation sur le Quiétisme (1698) y Fénelon su Réponse à la relation de M. de Meaux; éste replicaba con Remarques sur la relation de M. de Cambrai, y Fénelon volvía con Réponse aux Remarques…, y el de Meaux con un Dernier éclaircissement.

En Roma, entretanto, el poco dinámico representante de Fénelon, el abate de Chanterac, poco tenía que hacer ante las actuaciones del intrigante abate Bossuet (sobrino del obispo).

Fue Luis XIV el que precipitó, finalmente, la desgracia de Fénelon, con orden perentoria de que se retirase a su diócesis, y desposeyéndole, esta vez, del preceptorado del duque de Borgoña y de su apartamento de Versalles.

Cediendo a una especie de ultimátum, también el papa decidió en 1699 condenar las Maximes des Saints.

Fénelon se sometió externamente, con una humildad algo efecticta, que él quería que fuese edificante: quien le había hecho frente a Bossuet, aceptaba inclinarse ante la voluntad del pontífice.

Pocos meses después de esa condena, la publicación de la novela pedagógica Télémaque (a causa –pretendió él-, de la deslealtad de un copista), supuso el colmo de su desgracia; porque el libro, redactado cuatro años antes en una excelente prosa poética, entre numerosos recuerdos dirigidos a su alumno, de Homero y Virgilio, no dejó de ser interpretado como una sátira de la corte y del gobierno de Luis XIV. El sabio Mentor preparando a su alumno Telémaco, hijo de Ulises, para el arte de reinar, era Fénelon enseñando al duque de Borgoña el oficio de rey: contra las detenciones arbitrarias, contra las guerras que arruinan a los pueblos y contra el lujo corruptor, y a favor de la agricultura y del comercio. Y Fénelon parecía anunciar, en cien pasajes, a Montesquieu, a Voltaire, a Rousseau…

El arzobispo de Cambrai aceptó la caída en desgracia con dignidad y una cierta grandeza, y rechazó cualquier componenda de reconciliación a cambio de una retractación envilecedora. Se exilió a su diócesis, dejó de aparecer por la corte y se consagró a su cometido pastoral: Allí va a sostener una controversia con los jansenistas, con quienes se sentía en gran oposición, a escribir cartas de dirección espiritual, a predicar la Cuaresma y a practicar tan generosamente la caridad que morirá sin recursos.

La invasión que arrasaba el país (consecuencia de la guerra de la Liga de Augsburgo contra Francia y de las desmesuradas ambiciones de Luis XIV), le proporcionó también la ocasión de venir en auxilio de los campesinos, de los enfermos y los necesitados; y su fama de piedad y de santidad llegó hasta Versalles.

Entretanto, toda esperanza de recuperar el favor real no se había perdido aún, porque el exiliado de Cambrai  permanecía en relación con el duque de Borgoña y, si éste llegara a ser rey, el preceptor podría convertirse en primer ministro. Para prepararle a su futuro cometido, redacta el Examen de conscience d’un roi, eco de aquella Lettre à Louis XIV, escrita hacia 1694, donde las verdades acerca de la miseria de Francia y la necesidad de reformas eran expuestas con crudeza y valentía.

Y hacia 1710 escribe ocho hermosas y paternales Lettres sur l’autorité de l’Église, dirigidas a personas deseosas de regresar al seno de la Iglesia Católica desde el protestantismo.

La muerte del Gran Delfín en 1711, vino, efectivamente, a elevar al alumno de Fénelon al rango de heredero, y todos los ojos se volvieron hacia su preceptor. Tuvo un encuentro con el duque de Chevreuse en Chaulnes (Picardía) y redactó con él las Tables de Chaulnes, listas de reformas que deberían corregir errores del absolutismo y recuperar el reino, revigorizando los Estados Generales. Todo fue en balde: meses después (febrero de 1712) moría también el delfín Luis, y todos los sueños se disiparon entonces.

Amargado, sin ilusión, y sin posibilidad en adelante, de publicar nada tocante a la espiritualidad, Fénelon quiso buscar consuelo en la literatura, y en 1714 redactaba una Lettre à l’Académie –de la que formaba parte desde 1693-, que sería publicada en 1716, muerto ya su autor en enero del año anterior. Y hasta el último momento había conservado la misma veneración y afecto por madame Guyon, proscrita, ella también, en Diziers, cerca de Blois.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO 

CARCASSONNE, Ély: Fénelon, l’homme et l’oeuvre, Boivin, 1946 y 1955.
COGNET, abate Louis: Crépuscule des mystiques: le conflit Fénelon-Bossuet; Desclée, 1958.
HAILLANT, Marguerite: Fénelon et la prédication; Klincksieck, 1969
HAZARD, Paul: La crise de la conscience européenne (1680-1715); París, 1935, diversas ediciones posteriores, Fayard, 1961.
MELCHIOR-BONNET, Sabine: Fénelon, Perrin, 2008.
VARILLON, François: Fénelon et le pur amour; Seuil, 1957.

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