Fontenelle – (1657-1757)

          Fontenelle – (1657-1757). Hijo de un abogado en el Parlamento de Rouen, donde ejercía la abogacía “con más honra que celebridad” –dice el Grand Dictionnaire Historique de Moréri-, y de Marthe Corneille (hermana de los dramaturgos Pierre y Thomas Corneille), Bernard Le Bovier de Fontenelle nació en esa ciudad normanda el 11 de febrero de 1657, y siguió sólidos estudios clásicos con los jesuítas.

          Pronto empezó a frecuentar los salones y a componer versos, como aquel poema galante en diez estrofas, l’Amour noyé, que su tío Thomas Corneille, bien introducido en los medios literarios parisienses, le publicó en el Nouveau Mercure Galant, en mayo de 1677. Y, habiendo recibido algunos pedidos para libretos, en 1680 acabó escribiendo para la escena aquella tragedia Aspar que resultó un fracaso, provocó la burla irónica de Racine e hizo que el joven Fontenelle decidiera regresar a su ciudad natal.

Sin desanimarse, desde Rouen va a continuar rimando y escribiendo textos diversos, propios de un alumno aplicado y promisorio. Hasta que llegaron aquellos Nouveaux Dialogues des morts (1683), a la manera del satírico griego Luciano de Samotata, que ponían frente a frente a Séneca y Scarron, a Paracelso y Molière, a la cortesana griega Fryné con Alejandro, y en los que el autor manejaba la paradoja en debates literarios o filosóficos. Y las Lettres galantes de monsieur le chevalier d’Her (1685) -que publica sin nombre de autor-, por su preciosismo alambicado, hacen pensar en autores como Voiture ou Benserade, de los tiempos de Richelieu o Mazarino.

Volvió a París y comenzó pronto a ser conocido como bel esprit, buen conversador, persona culta y algo pagada de sí misma, tal como La Bruyère le describirá en el retrato que hace de Cydias en su octava edición de 1694: “Cydias, après avoir toussé, relevé sa manchette et ouvert les doigts, débite gravement ses pensées quintessenciées”. Y Jean-Baptiste Rousseau no se mostrará más condescendiente en unos ácidos versos de 1705.

En el último tercio del siglo XVII el gusto y curiosidad por la ciencia comenzaban a propagarse entre la gente de mundo, a través de periódicos, academias y conferencias. Interesado él mismo por los progresos científicos y siempre atento a la evolución de la moda, Fontenelle aprovechó esa tendencia para escribir sus Entretiens sur la pluralité des mondes (1686), donde el tono jovial y galante, pretendía suavizar las rigurosas lecciones de astronomía, según Copernic, que el autor le daba a una marquesa en seis noches de cielo estrellado, paseando por un parque. Su autor asentaba así su notoriedad y alcanzaba un doble objetivo: actuar de intermediario entre los sabios y la sociedad profana, poniendo su ingenio al servicio de la ciencia; y dar una explicación racional de los fenómenos celestes, privando a la naturaleza de su misterio y contribuyendo a poner en duda el sentimiento religioso en muchos de sus lectores.

También publica anónimamente, por esas fechas, una breve Relation de l’île de Bornéo, muy verosímilmente atribuída a él –de lo que Bayle no duda en las Nouvelles de la République des Lettres, de enero de 1686-, donde era cuestión de la alegórica y crítica historia de las iglesias de Roma y Ginebra. Y parecía anunciarse ya en él un esprit fort librepensador, un precursor de la “secta filosófica”.

Estimulado por el éxito, Fontenelle emprende entonces la redacción de una obra de vulgarización religiosa: será la irreverente Histoire des oracles (1687). En un estilo dinámico y vivo, pretendía demostrar que los Antiguos eran víctimas de absurdas supersticiones, al creer en los milagros y la predicción. Pero, prudente y celoso de su tranquilidad, sólo atacaba las creencias de los paganos, aunque el lector bien podría pensar que las profecías del cristianismo eran, también ellas, peligrosas ilusiones. Y el espíritu científico iba ganando terreno, a expensas del sentimiento religioso.

En lo literario, Fontenelle tomó partido por los Modernos en la famosa querella o debate, y de ellos llegará a ser una de sus cabezas destacadas (Digression sur les Anciens et les Modernes,1687); lo cual le costará la enconada oposición de Racine y de Boileau que retrasó su entrada en la Academia francesa, hasta abril de 1691, cuando sólo tenía treinta y cuatro años; y fue en competición con La Bruyère, del que será adversario en adelante; la recepción oficial, a cargo de su tío Thomas Corneille, tuvo lugar en mayo. Y durante veinte años, él, la marquesa de Lambert y la camarilla de los “modernos” ejercerán sobre las votaciones para nuevos candidatos un pesado control.

La nueva función de secretario perpetuo de la Academia de las Ciencias, a partir de 1697, vino a aumentar la autoridad de Fontenelle. Despojándose ahora de su imagen de bel esprit de salón, decide proseguir su obra de vulgarización, escribiendo Éloges historiques de miembros difuntos de la Academia. Expone los trabajos de Copernic, de Descartes (Théorie des tourbillons cartésiens, 1752), de Malebranche, de Leibnitz, de Newton, y ofrece así al gran público una síntesis de los progresos científicos conocidos en un siglo. Finalmente, en Prefacios de obras científicas o sabias, escritos en un estilo tenso y elegante, Fontenelle se eleva a los principios generales y propaga ideas atrevidas. Y precisará la noción misma de “ciencia”, todavía mal determinada, afirmando que todo el universo ha de ser sometido a sus leyes e insistiendo en la interrelación de las diversas disciplinas y saberes, según las ideas de Descartes.

Menos aparente que la de Bayle, la influencia de esta mente universal ha sido igualmente considerable. Y su actividad se ejerció en todos los campos: literatura y poesía, filosofia y religión, ciencia y política. Con Fontenelle, el hombre de letras ampliaba su horizonte mental a todas las cuestiones humanas y, siguiendo su ejemplo, iba a abandonar la soledad de su gabinete, para extender las ideas filosóficas y científicas. “El ignorante le entendió y el sabio le admiró” –dirá Voltaire.  Finalmente, según la expresión de Vauvenargues, él “dio nuevas luces al género humano”, liberando las mentes de los prejuicios de la rutina, e inculcó a sus contemporáneos la fe en la ciencia y el progreso.

Fontenelle había frecuentado los salones de finales del siglo XVII y se le verá en la mayor parte de los de la primera mitad del nuevo siglo, sobre todo en el de madame de Lambert, donde actuaba a menudo de gran oficiante. Aliando su faceta galante con su adusta cara de sabio filósofo, pertenecía por edad al reinado de Luis XIV, pero sus escritos y su influencia hacían de él un precursor de los filósofos del siglo XVIII.

Y este enclenque personaje en lo físico, que toda su vida había sufrido de una frágil salud, morirá en París, casi centenario,  el 9 de enero de 1757.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CARRÉ, R.: La Philosophie de Fontenelle ou le Sourire de la Raison; Alcan, 1932.
CHASSOT, Laurent: Le Dialogue scientifique au XVIIIe. Siècle;postérité de Fontenelle et vulgarisation des sciences; Classiques Garnier, 2012.
MARCHAL, Roger: Fontenelle à l’aube des Lumières; H. Champion, 1997.
MAZAURIC, Simone: Fontenelle et l’invention de l’histoire des sciences à l’aube des Lumières; Fayard, 2007.

Por favor, síguenos y comparte:

Deja un comentario