Montesquieu – (1689-1755)

Charles Louis de Secondat, barón de la Brède y de –, nació en el château de la Brède, cerca de Burdeos, en enero de 1689, en el seno de una familia de magistrados de varias generaciones, y prosiguió sólidos estudios con los oratorianos de Juilly, ante de estudiar derecho, como parecía preceptivo en la tradición familiar.

En 1716, con 27 años, era ya presidente (président à mortier) en el Parlamento de Guyena, pero no mostrará mucho interés por sus funciones y acabará vendiendo el cargo diez años después.

Y es que, aun cuando no pertenecía a la alta nobleza, Montesquieu no tuvo que luchar para sobrevivir, contrariamente a tantos escritores sin recursos de la época de las Luces; el producto de la venta de aquel cargo en el parlamento de Burdeos, la dote de su mujer y su propiedad de La Brède le van a permitir consagrarse al estudio, alternándolo con estancias mundanas en París. Y redacta algunas memorias para la Academia de Burdeos de la que es miembro: Sur les causes de echo, Sur l’usage des glandes renales, Sur le flux et le reflux de la mer…

Pero en 1721 alcanza la celebridad con sus Lettres persanes (sátira del mundo de la Regencia), a la espera de la gloria que le vendrá en 1748 con un tratado político, De l’esprit des lois. Entre esas dos famosas obras, sólo habrá publicado otra novela, Le Temple de Gnide en 1725 (confesión sentimental apenas velada), y unas Considérations sur les causes de la grandeur des Romains en 1734. Porque otras dos novelas suyas, Histoire véritable y Arsace et Isménie (que presenta analogías con el Télémaque de Fénelon), compuestas entre 1730 y 1740 no aportarán nada nuevo acerca del escritor.

En las Lettres persanes -especie de novela oriental por cartas, redactadas entre 1717 y 1720, que apareció anónimamente en Amsterdam-, Montesquieu no inventaba ni el uso de la carta con fines satíricos e ideológicos, ni al observador oriental de las sociedades europeas. Pero innovaba notablemente: porque insertaba una ficción romancesca (intriga en el serrallo, con irisaciones licenciosas cediendo al gusto de la época) en el conjunto de cartas; porque entreveraba su novela con discusiones filosóficas (contrariamente a la tradición de este tipo de producciones, más dadas a los sentimientos); porque creaba la novela por cartas de múltiples corresponsales (¡hasta 25!); y, finalmente, porque desarrollaba la pluralidad ideológica (cartas filosóficas unas, otras metafísicas, otras religiosas, morales o económicas) y la diversidad formal (carta-retrato, disertación, cuento, confesión, diatriba…).

Bajo la apariencia de la ficción oriental, efectivamente, condenaba el despotismo, denunciaba el sistema de Law, críticaba el dogmatismo clerical, algunas instituciones y determinadas costumbres francesas, y ensalzaba los parlamentos…; porque el género epistolar, permitía al autor pasar con facilidad de un tema a otro; y lo hacíajugando en tres registros: la sátira, la novela, y la filosofía; la unión de los tres era el viaje por Europa de dos persas, Usbek y Rica; viaje que, si bien iba nutriendo y conformando sus ideas, acabaría desorganizando el harem de Usbek, presa, ausente el señor, de pasiones e intrigas, transposición de lo que ocurría en Francia misma: el profundo desorden moral, consecuencia de la política del financiero Law, que acaba de huir a Venecia en el momento en que apareció el libro. Y las Lettres culminaban con una doble catastrofe: la de Francia (carta 146) y la del harem (cartas 147 a 161).

A partir de la publicación de las Lettres persanes, Montesquieu es acogido en los mejores círculos: el Club del Entresol, el salón de madame de Lambert…

Y, tras renunciar a su cargo de parlamentario, a partir de 1728 decide viajar e ir a conocer directamente el funcionamiento político de leyes e instituciones foráneas: serán Alemania, Austria, Italia, Suiza y Holanda, donde conoce a lord Cherterfield con quien cruzará el canal de la Mancha. En Londres frecuenta los medios aristocráticos, lee la prensa inglesa, asiste a las sesiones de las cámaras… Fueron dos años, de observación y de estudio, antes de regresar a la Brède.

En 1734, Montesquieu publica aquel soberbio sobrevuelo sobre la historia de Roma que eran las Considérations sur les causes de la grandeur des Romains et de leur décadence  -desarrollo final de una juvenil Dissertation sur la politique des Romains dans la religion, y que él pretendía, inicialmente, que fueran un capítulo destinado al Esprit des lois. Pero aquellas Considérations, con las que venía a renovar el género histórico, acabaron adquiriendo extensión y entidad propia.

Y, entre viajes a París y momentos de desaliento que también conocerá,  comienza a preparar aquella que iba a revelarse su obra esencial.

En l’Esprit des lois –publicado en Amsterdam igualmente sin nombre, y que conocerá inmediatamente una enorme acogida-, su autor tenía el ambicioso proyecto de descubrir les rapports, “las relaciones” que explican las diferencias de tipos de sociedad en el tiempo y en el espacio. Y lo decía al principio del libro en una fórmula lapidaria: “Las leyes son las relaciones necesarias que derivan de la naturaleza de las cosas”.

Montesquieu explicaba cómo la infinita variedad del derecho y de las costumbres, y el caos aparente de los acontecimientos obedecen a una lógica secreta, lo cual resulta deducible, a condición de someter todas las sociedades  históricas bajo tres tipos fundamentales:

. la república (que engloba a aristocracias y democracias).

. la monarquía (propia del contexto histórico, salido de las invasiones bárbaras)

. el despotismo (convertido en un régimen en sí mismo, sin dejar por ello de
amenazar a toda otra forma política).

Cada uno de esos sistemas está animado por un “principio” específico que impregna las leyes, las instituciones y los comportamientos, y que crea personas esencialmente diferentes: Son la “virtud” en la república, el “honor” en la monarquía, el “temor” en el despotismo; dándoles a esos “principios” un sentido más político que moral. En las repúblicas antiguas, la virtud significaba la entrega a la patria; y el honor, en las monarquías que Montesquieu conocía, designaba la fidelidad de cada uno a las prerrogativas del rango, del nombre y de la reputación (posiblemente egoístas, pero que aseguraban la perennidad del Estado); y el terror servil se explica por sí mismo. Hay una lógica republicana, otra monárquica y otra despótica, y ellas son las que vendrían a explicar las leyes, las costumbres y la evolución de cada sociedad en cada lugar.

Antes de actuar, la razón política ha de comprender esa lógica que rige las dinámicas sociales, en función de la esencia de tal sistema y del estado histórico de una formación dada. Es, pues, un error pretender aplicarle a la realidad sociopolítica, una tabla de “derechos del hombre” que derivaría de la pretendida naturaleza del ser humano, como absurdo sería querer introducir en Francia la constitución inglesa, porque una Constitución no es nada sin los hombres que la sostienen y que ella modela con el correr del tiempo.

Montesquieu puede aparecer como un precursor de la sociología, pero ello explica también por qué la última generación de las Luces (adepta de la razón y de la noción de perfectibilidad del ser humano), no se adherirá a su espíritu, dividida entre la admiración y el rechazo. La revolución de 1789 querrá, precisamente, sustituir los derechos fundados en la historia por los llamados naturales.

Pero el autor de la Brède no pretendía que toda sociedad específica corresponda a la esencia de uno u otro “tipo”, él reconocía que es propio de la naturaleza humana contravenir a las leyes por la constitutiva libertad de equivocarse que tiene. La República Romana antigua, entregada a la conquista del mundo. acabó basculando en el despotismo imperial; a Inglaterra –decía-, le costará trabajo conservar su sistema político llevando al límite la libertad; y Francia alcanzó un armonioso equilibrio entre los nobles, el pueblo y el rey, a finales de la Edad Media. Sólo un régimen no se gasta y parece evadirse del tiempo: el despotismo oriental que, bajo el efecto de las determinaciones físicas, como el clima, el relieve y el espacio, transforma a los hombres en animales aterrorizados o en puras fuerzas mecánicas. A fin de evitar semejante peligro, que amenaza a todos los regímenes, convendría poner cada uno de los poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), en manos de fuerzas diferentes.

Montesquieu aparece así como uno de los padres de la tolerancia y del liberalismo político, aunque no exactamente en la acepción que se le suele atribuir, la de la separación jurídica de los tres poderes; ya Locke se había presentado como el teórico de su separación.  Para Montesquieu, no se trataba tanto de separar como de equilibrar, a fin de obtener la verdadera libertad política, la “moderación”: “que le pouvoir arrête le pouvoir”; dado que la monarquía francesa atribuía al rey dos poderes, el ejecutivo y el legislativo, la libertad debía depender en Francia de los parlamentos (poder judicial y control de las leyes), pero también de las costumbres, de la educación, del derecho de propiedad, de la transmisión de títulos y fortunas, de la religión, etc.

L’Esprit des lois suscitó múltiples controversias y ataques a su autor, y los católicos jansenistas le reprocharon haber estudiado las religiones bajo una óptica humana. Para responder a los reproches, Montesquieu publicó en 1751 una Défense de l’Esprit des Lois.

Cada vez más perturbado en su quehacer intelectual por trastornos oculares, Montesquieu fue reduciendo su actividad hasta morir en París en febrero de 1755.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

ALTHUSSER, Louis: Montesquieu, la politique et l’histoire; PUF,1959.
CARCASSONNE, E.: Montesquieu et le problème de la constitution française au XVIIIe. siècle; 1927.
DREI, Henri: La vertu politique; Machiavel et Montesquieu; París, Montréal, L’Harmattan, 1998.
FLETCHER, Frank Thomas Herbert: Montesquieu and English politics (1750-1800); Porcupine Press, 1989.
IGLESIAS, María del Carmen: El pensamiento de Montesquieu: ciencia y filosofía en el siglo XVIII; Barcelona, Galaxia Gutemberg, cop. 2005.
LACOUTURE, Jean: Montesquieu, les vendanges de la liberté; París, Le Grand Livre du Mois, 2003.
SPECTOR, Céline: Montesquieu: pouvoirs, richesses et sociétés; París, Hermann, 2010.
STAROBINSKI, Jean: Montesquieu, par lui-même; 1953. Nuevas ediciones revisadas bajo el título Montesquieu; 1994.

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