Rousseau, Jean-Jacques – (1712-1778)

Jean-Jacques Rousseau nació en Ginebra en 1712, de una familia protestante de origen francés.

Huérfano de madre, a la que perdió cuando le daba la vida, e hijo de un relojero de la ciudad de carácter destemplado y violento, pasó su infancia de pensión en aprendizaje, entre lecturas que venían a excitar en él su natural tendencia a la soledad y al ensueño, hasta los dieciséis años en que decidió abandonar Ginebra y el protestantismo, una tarde en que encontró las puertas cerradas de la ciudad.

Después de algunos vagabundeos y peripecias, cree encontrar el amor con madame de Warens en Chambéry y luego, a partir de 1736, en las cercanas Les Charmettes hasta 1742, y en el catolicismo descubre la sensualidad. Aquellos años resultaron fecundos para su estudio y formación, y placenteros para el espíritu y la sensibilidad de Jean-Jacques. Suplantado por un rival cerca de madame de Warens, se ve condenado entonces a una vida errante, antes de convertirse en preceptor en Lyon, secretario en París y luego en Venecia con el embajador de Francia, antes de romper con él.

Ya en París, en 1744 intenta una carrera musical, consigue que se representen sus Muses galantes en 1745, y luego un intermedio en un acto, le Devin du village en 1752; y toma partido por la música italiana en la llamada querelle des Bouffons. Por un momento, empieza a ser recibido en los salones, pero su relación con una Thérèse Levasseur, sirvienta sin formación ninguna con la que viene conviviendo, le perjudica irremisiblemente

Por estos años entabla amistad con Diderot, que le encarga redactar los artículos musicales  de la Enciclopedia. Será camino de Vincennes, para visitar a su amigo en prisión, un día del verano de 1749, cuando, al parecer, tuvo la revelación de todo su sistema: la alienación de los hombres, que convierten de la perfectibilidad de la especie en una caída en el egoísmo de la propiedad y en el artificio de la técnica y de las artes; porque el hombre –piensa Rousseau-, nace naturalmente bueno y es corrompido por la civilización. Y desarrolla esa intuición en dos respuestas a concursos académicos de la Academia de Lyon: Será primero el Discours sur les Sciences et les Arts (1750), que va contra el espíritu del siglo, pero que, con el premio obtenido, le da a conocer; y a partir de entonces pretende cambiar su estilo de vida, aun dejando representar en 1753 una comedia en un acto Narcisse ou l’amant de lui-même.

Será luego, para la misma Academia de Lyon, el audaz Discours sur les origines et les fondements de l’inégalite parmi les hommes (1755), que, aunque no premiado esta vez, le asegura un éxito de escándalo. Pero los medios literarios tendrán tendencia a reducir a brillantes paradojas lo que para Rousseau constituía un compromiso vital. Se reconcilia entonces con Ginebra y abjura del catolicismo.

Fue a través de Louis Dupin de Francueil, su amante, como Louise d’Épinay conoció a J.J. Rousseau, al que dará protección en abril 1756, en l’Ermitage, en Montmorency, casita situada en el parque que rodeaba su residencia, y allí comenzará el misántropo filósofo a preparar su Nouvelle Héloïse, hasta que las relaciones entre la anfitriona, su cuñada madame de Houdetot (por quien el escritor ha concebido un insensato amor) y el matrimonio Rousseau vengan a enturbiarse a finales de 1757, y los huéspedes hayan de desalojar el lugar, para ir a ocupar una modesta vivienda en el pueblo de Montmorency, con algunas estancias en el château del mariscal de Luxemburgo y señora, que le muestran su afectuosa amistad.

Es que, entretanto, el reconvertido calvinista viene marcando, cada vez más, sus distancias con el grupo enciclopedista y el mismo Diderot. La ruptura quedó consumada a propósito del artículo Genève de la Enciclopedia, en el que d’Alembert criticaba el rechazo del teatro por parte de los pastores ginebrinos. Rousseau replica con una Lettre à d’Alembert sur les spectacles (1758), porque, para él, el teatro era sólo mentira e ilusión. Y en Voltaire se habrá ganado también a un adversario implacable.

Poco después publica, casi seguidos, una novela, Julie ou la Nouvelle Héloïse (1761) y dos tratados, Émile y Du contrat social (1762). Las tres obras se completan en una tensión entre política, pedagogía y la vida misma. A la alienación de las sociedades existentes, su autor opone un mismo ideal expresado en modelos diferentes: En  Émile -crítica de la educación, según se entendía entonces-, propone la formación de hombres libres; en el Contrat social analiza una comunidad fundada en la voluntad general;  y en la Nouvelle Héloïse (“roman par lettres de deux amants”), unas cuantas almas buenas buscan, en una pequeña comunidad al pie de los Alpes, solución al conflicto entre el deseo y el orden.

Émile y le Contrat social fueron condenados por las autoridades francesas, y Rousseau hubo de dejar Montmorency para evitar ser detenido. Se refugia esta vez en Môtiers-Travers, donde pasará tres años, y luego en la isla de Saint-Pierre, en el lago de Bienne (Suiza), no sin intentar responder a las críticas y de justificar sus libros en una Lettre à Christophe de Beaumont (arzobispo de París, que había atacado Émile y, particularmente, la famosa “Profession de foi du vicaire savoyard”), y unas Lettres écrites de la montagne (1764, respuesta a las Lettres écrites de la campagne, de Jean Robert Tronchin, fiscal en Ginebra, uno de los responsables de la condena de sus libros).

Respondiendo a una invitación del filósofo Hume, el ilustre fugitivo viaja a Inglaterra, pero la ruptura entre los dos hombres acaba llegando en 1767, y Rousseau vuelve a la vida errante.

En 1768, se casa, finalmente, con Marie-Thérèse Levasseur, con la que acabará teniendo cinco hijos que iba dejando en el hospicio. Ella será su compañera hasta la muerte, sin que se sepa la exacta naturaleza de los lazos que les unieron.

Con las Confessions (1765-1770), Rousseau trataba de justificar menos sus libros y sus ideas, que su propia personalidad, garante ella de la honestidad de su obra literaria y filosófica: era la historia de su vida, escrita como lo haría el cristiano que se confiesa ante Dios, o el solitario dirigiéndose a la posteridad.

De regreso a París, Rousseau retoma sus oficio de copista, instalado ahora en una modesta vivienda. Y hace lecturas de aquellas Confesiones en algunos círculos que le son favorables.
Los ataques y maniobras contra su persona (rodeado de enemigos, enciclopedistas, católicos y calvinistas confundidos), persuaden a Rousseau, cada vez más huraño y suspicaz, de que estaba siendo víctima de un complot cuyo fin era ahogar su voz; y compone entonces Rousseau juge de Jean-Jacques. Dialogues. En 1776, intenta depositar un manuscrito de esos Diálogos a los pies del altar mayor de Notre-Dame de París, y el fracaso que obtiene lo interpreta como la confirmación de su soledad en este mundo.

Sus últimos años son paseos por los alrededores de París y su relación con algunos pocos amigos como Bernardin de Saint-Pierre o el marqués de Girardin, cuya hospitalidad acepta en Ermenonville. Escribe entonces sus Rêveries du promeneur solitaire (1776-1778), diez ensueños de un hombre liberado ya de la preocupación de contar su vida y de justificarse. En julio de 1778, su muerte (que llega unos meses después de la desaparición también de Voltaire), conmociona a la opinión, como si fueran señales del final de una época.

Dos años después, casi en vísperas de la Revolución, fueron publicados los Dialogues y las Confessions -cuya lectura iba a conmocionar a Europa-. Julie ou la Nouvelle Héloïse había constituido ya uno de los grandes éxitos literarios del siglo, suscitando intercambios epistolares entre el novelista -convertido en el apóstol de una nueva sensibilidad-, y sus lectores.

Las peregrinaciones que se multiplican a l’île des Peupliers, en Ermenonville -donde el marqués de Girardin ha mandado enterrar a su amigo-, y luego, el traslado solemne de sus cenizas al Panteón parisiense (convertido en templo de la memoria nacional), en 1794, ilustran bien el doble destino de aquel que, aun hoy, continúa siendo Jean-Jacques y Rousseau; Rousseau, el pensador de la virtud republicana, referencia de todo revolucionario en busca de avales ideológicos, y Jean-Jacques, el romántico, corazón sensible, escritor libre de todo compromiso con las instituciones literarias.

Entre 1779 y 1782, sus amigos fieles y sus discípulos el marqués de Girardin, el ginebrino Moultou, y Du Peyrou de Neufchatel editaron sus obras completas, seguidas luego de complementos. Mezcla textos literarios y filosóficos, y de correspondencia, ofreciendo a la lectura a un escritor, a un teórico y, simplemente también, a un individuo único en su singularidad. Y los textos menores adquieren sentido en el conjunto. El Essai sur l’origine des langues, que sólo eran, al principio, notas sacadas del segundo Discurso, y el Dictionnaire de musique, nacido de su colaboración en la Enciclopedia, fundan una estética. Las Lettres sur la botanique y los Fragments pour un dictionnaire de botanique, asocian precisión científica y placer de la escritura. El Projet de Constitution pour la Corse (1765) que Matthieu Buttafoco le había encargado el año anterior, y las Considérations sur le gouvernement de Pologne (1772), vienen a matizar la abstracción del Contrat social, tomando en cuenta dos casos concretos.

Este solitario que soñaba con la solidaridad, este ginebrino que pasó prácticamente su vida fuera de su ciudad natal, este censor de la cultura, autor de óperas y de novelas, encarna las contradicciones de su tiempo, expresándose unas veces con el corazón y otras todo razón. Y es que, tanto su vida como su obra, aparecían ya desfasadas respecto a los modelos sociales y literarios clásicos, como señales de una nueva sensibilidad.

Si el nombre de Rousseau es reivindicado por los liberales de la primera mitad del siglo XIX en lucha contra la reacción ideológica, también les sirve a los defensores del cristianismo para atacar a una filosofía de las Luces materialista y atea, y a los primeros socialistas y a la generación de 1848 para marcar distancias respecto al egoísmo volteriano y burgués.

El primer centenario de su muerte en 1878, pocos años después de la caída del Segundo Imperio, de la represión de la Comuna y de la instauración de la III República, y luego el bicentenario de su nacimiento en 1912 fueron pretexto para violentas diatribas. Y el siglo XX le ha hecho desempeñar nuevas funciones, convertido ahora en el antepasado de un movimiento libertario o de una conciencia ecológica, mientras que el debate sobre el totalitarismo se crispa a menudo en torno a la interpretación de su obra. Hoy todavía, su nombre sigue siendo objeto de entusiásticas adhesiones o de apasionados rechazos.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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