Saint-Évremond – (1614-1703)

El triunfo de los autores de 1660 había reducido pronto al silencio a los beaux-esprits de aquel movimiento cultural que llamamos “preciosité” o preciosismo (especie de culteranismo de la primera mitad del siglo), en los tiempos en que el joven rey Luis XIV y la corte imponían sus nuevos gustos y su concepto de vida, y forzaban al silencio o a la hostilidad a aristócratas demasiado fieles a la libertad heroica del reinado anterior. Veinte años después, reaparecen algunos supervivientes, al menos en el ámbito de las letras. Naturalmente opuestos al espíritu del nuevo reinado, y sin demasiada afición por las producciones literarias luiscatorzianas, se encontraban preparados para acoger un despertar de aquellas opiniones, ecos de la antigua libertad. Eran partidarios de los Modernos, porque en 1650 ellos mismos habían sido “modernos”, colocaban a Corneille por encima de Racine, y Fontenelle o Bayle no les asustaban.

De ellos fue Charles de Marguetel de Saint Denis, señor de Saint-Évremond, nacido en 1610 ó 1614. Portaestandarte a los quince años, teniente a los dieciocho, estuvo en Rocroy en 1643, con Condé, y en Nördlingen en 1645, donde recibió heridas graves. Luego dejó a Condé para servir a Mazarin durante la Fronda (1648/1652), y llegó a mariscal de campo en 1651.

Ya en los salones se le distinguía como brillante bel esprit y jovial conversador, y sus relaciones con el cardenal Mazarino parecían prometedoras para el futuro; con él fue a San Juan de Luz, con motivo del llamado Tratado de los Pirineos que ponía fin a las hostilidades franco-españolas y sellaba la alianza entre los dos países en las reales personas de Luis XIV y María Teresa de Austria. Pero una carta de 1659, au marquis de Créqui sur le traité des Pyrénées donde atacaba a Mazarino en términos críticos e irónicos -descubierta posteriormente entre los papeles de madame Du Plessis-Bellière, con ocasión de la detención y  proceso de Fouquet (1661-1664)-, le comprometieron definitivamente y hubo de exiliarse.

Excluyendo cinco años pasados en Holanda (1665-1670) -estancia durante la cual conoció a Spinoza-, Saint-Évremond vivirá el resto de su vida en Inglaterra, llevando una existencia holgada y brillante, y frecuentando los círculos de los refugiados franceses que se reunían en casa de Hortensia Manzini, duquesa de Mazarino, instalada en Londres desde 1675. Y durante mucho tiempo, estuvo solicitando la gracia y la autorización de poder volver a Francia; cuando en 1689 se le concedió el regreso, él ya no quiso; y fue en Londres donde murió en septiembre de 1703.

Desde muy temprano, había cultivado las letras y la filosofía. Salvo algunas comedias no representadas, como les Académistes, o les Opéras, que escribirá en el exilio, los breves ensayos que de él se tienen son prolongación de sus conversaciones: en 1663 -casi tres cuartos de siglo antes que Montesquieu-, publicaba Réflexions sur les divers génies du peuple romain, donde abordaba ya el análisis de los mecanismos profundos de la política de Roma, con sus pasiones e intereses.

Este genuíno representante de la bonne Régence, había leído mucho, y si tenía el gusto de la historia, si su erudición era a veces espesa y poco segura, es porque conservaba las tendencias intelectuales que reinaban en sus tiempos de juventud, y también porque, en su exilio, no pudo seguir la evolución de la sociedad parisiense. Él continuó como discípulo de aquellos “libertinos eruditos”, los Gassendi, La Motte Le Vayer…, pero un discípulo mundano que tenía a gala vivir, más que filosofar, y para quien la reflexión ha de ser, ante todo, un guía para la acción.

Lo suyo era, ante todo, la moral y la política, lo cual le conducía a los problemas que la religión puede suscitar en el seno de la sociedad. El voluptuoso y escéptico Saint-Évremond era incapaz de adherir al dogma cristiano, pero incapaz también de demostrar su falsedad. En la Conversation du maréchal d’Hocquincourt avec le père Canaye, de 1656, reducía la fe a una simple creencia sin fundamentos razonables; pero este libertino moderado no excluía la existencia de un Dios sabio y justo, y explicaba que, si la religión no se impone a nuestra inteligencia, es porque, en realidad, se dirige a nuestro corazón. Profundamente hostil, como sus maestros, a todas las metafísicas y a toda forma de dogmatismo -en una especie de pirronismo-, al de Descartes, al de Espinoza o al de la Iglesia, su posición vital será la abstención, como serán les Essais de Montaigne uno de sus libros de cabecera.

Para Saint-Évremont, la religión se reducía a una cuestión política: hostil al relajamiento de los lazos políticos y sociales, le negaba al Estado el derecho a exigir la adhesión de las conciencias, y al sujeto el derecho a rechazar su participación exterior en las ceremonias públicas del culto oficial. Condenaba la revocación del Edicto de Nantes, pero también la obstinada resistencia de los reformados (carta a Henri Justel).

Porque lo que debemos tratar –decía este discípulo de Epicuro-,  es, ante todo, de vivir y vivir felices. El epicureísmo de Saint-Évremond es el de un mundano que saborea con moderación la variedad de los placeres que la vida ofrece. Que una tal filosofía se adaptaba perfectamente al final del siglo XVII lo prueba el extraordinario éxito que, todavía en vida del autor, tuvieron sus opúsculos.

En literatura, hemos dicho, Saint-Évremond se situaba del lado de los Modernos, por afinidad con los grandes escritores de su juventud y porque estaba convencido de que el espíritu humano, las costumbres y la literatura son capaces de progreso. Prefería Pierre Corneille a Jean Racine, porque el primero había mostrado la grandeza del hombre, de su libertad y de su voluntad, y porque su teatro respetaba la historia, lo cual, a contrario, suponía reprocharle a Racine su jansenismo, y el resultar, en ocasiones, melifluo y metafísico. Y ha dejado algunas breves disertaciones: Dissertation sur l’Alexandre de Racine de 1666 (a la que Corneille le responderá en su carta de agradecimiento: “Siempre me pareció que el amor es una pasión demasiado cargada de flaquezas para que pudiera ser la dominante en una pieza heroica, yo quiero que sólo sea un ornamento”); también Notes sur la tragédie ancienne et moderne de 1672, Sur les poèmes des Anciens de 1685…

El interés de las posiciones de Saint-Évremond en estas materias es que muestran las afinidades que acercan las opiniones de 1680 de las de 1640, y que subrayan el carácter particular, si no insólito, de la literatura de 1660, demasiado fácilmente considerada como la acabada y definitiva expresión del genio francés.

Saint-Évremond murió en 1703.

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