Fronda, La – (1648-1653)

Durante mucho tiempo apartada del poder por su esposo Luis XIII y por Richelieu, la española Ana de Austria estaba deseosa de desempeñar un papel político. Mandó anular por el Parlamento el testamento del difunto rey, a fin de no tener que soportar la tutela del Consejo de Regencia en cuyo seno figuraba el influyente Mazarino; pero terminó confiándole las riendas del gobierno a este personaje de origen italiano, que había entrado al servicio del rey de Francia después de haber servido al papa, y del que Richelieu había hecho uno de sus principales consejeros, hasta recomendárselo al rey en su lecho de muerte.


Naturalizado francés y nombrado cardenal sin las órdenes del sacerdocio, Mazarino era inteligente y de flexible carácter, con el insinuante sentido de la diplomacia y de la intriga; ningún parecido con la personalidad imperiosa y autoritaria de un Richelieu. Ana de Austria terminó sintiendo por él una viva amistad, y tal vez acabaron desposándose en secreto.

Pero la codicia y la inclinación al fasto eran otros rasgos de su personalidad; se enriquecerá escandalosamente y sabrá dotar con generosidad a los miembros de su familia en un desatado nepotismo.

Su entrega al servicio de la monarquía parecía también total. Así que la reina quiso mantener con su ministro aquel ministeriado cuyos beneficios había demostrado ya el fructífero entendimiento entre Luis XIII y Richelieu.

Pero el nuevo primer ministro se encontró con una situación extremadamente difícil cuando vino a verse al frente del gobierno: Los Grandes, ávidos de poder y de pensiones, volvieron a agitarse por todo el Reino, y la continuación de la guerra exterior seguirá agravando el déficit financiero. Y se sintió obligado a recurrir a habituales expedientes como empréstitos forzados, venta de oficios públicos, restablecimiento de viejos impuestos o el aumento de las tasas sobre las mercancías que entraban en París, encareciendo los alimentos de una población sin trabajo.

Consecuencia de aquel descontento contra Mazarino y el poder real, van a ser las fuertes revueltas insurreccionales que se conocen con el nombre de Fronda (1648-1652), guerra civil que consiguió unir, al principio, en uno de los bandos y en heteróclita coalición, a los Parlamentos, la alta Nobleza, gran número de propietarios de cargos titulares de justicia y finanzas, y al pueblo de París. Y la Regente hubo de ceder inicialmente en algunas de sus principales reivindicaciones como la supresión de los intendentes; pero, poco después –una noche de enero de 1649-, decidía huir secretamente a Saint-Germain con el pequeño Luis XIV y el cardenal.

Más allá de particulares reivindicaciones, a veces contradictorias, los rebeldes cuestionaban toda la obra de Richelieu tendente a reforzar el poder real.
La agitación no tardó en saltar al resto de Francia, donde los diferentes parlamentos se solidarizaron con el de París que se veía sostenido por el pueblo, y por Paul de Gondi, joven eclesiástico revoltoso, futuro cardenal de Retz. Y las clientelas de nobles provincianos siguieron el movimiento. Fue aquella la fronda parlamentaria que sólo duró unos meses.

El movimiento insurreccional llegará a conocer diferentes fases en su desarrollo y, a finales de 1651, tres poderes se oponían entre sí: el de los príncipes, con el engreído Condé, que codiciaba para sí el puesto de Mazarino; el de París y el del gobierno del rey, refugiado a estas alturas en el valle del Loira. Nunca el Reino había conocido semejante anarquía.

Porque divididos por disputas y celos personales, los rebeldes se mostraban incapaces de entenderse en torno a un programa de reformas de la Monarquía. Y ya los parlamentarios, inquietos ante las ambiciones de la nobleza, condenaban las intrigas de Condé con los españoles y mostraban su preocupación por salvaguardar la independencia nacional.

Mazarino pareció retirarse y, en agosto de 1652 partió para ir cerca del elector de Colonia, aun dirigiendo la política desde la distancia, gracias a hombres de confianza que habia situado al lado de Ana de Austria.

Después de la derrota de Condé en el faubourg Saint-Antoine a manos de Turenne -¡con mademoiselle de Montpensier, la Grande Mademoiselle (1627-1693), hija de Gastón de Orleáns y prima de Luis XIV, ordenando disparar contra las tropas reales los cañones de la Bastilla!-, el Parlamento de París acabó suplicando al rey que volviera a su capital, y los parisienses acogieron con entusiasmo el regreso del joven Luis XIV, en este octubre de 1652.

El que conoceremos por Grand Condé huyó a buscar refugio a los Países Bajos españoles, y Mazarino fue llamado de nuevo en febrero de 1653, para no volver a ver su poder discutido, hasta su muerte en 1661.

Aquella Fronda –cual juego de niños (la fronde, honda), pero de niños inconscientes e irresponsables-, iba a tener importantes consecuencias materiales y políticas: numerosas provincias de Francia habían sido asoladas o reducidas a la extrema necesidad por el saqueo de la soldadesca, la pérdida de cosechas y las epidemias. La demografía, el comercio y el consumo se vieron gravemente afectados; también la miseria era grande en las ciudades, adonde habían venido a refugiarse los aldeanos.

Pero el fracaso total del movimiento va a permitir a Mazarino restaurar el peso de la Monarquía: el parlamento quedó reducido a su función judicial, los intendentes fueron restablecidos en su autoridad, y las ciudades y provincias cada vez más sometidas al control de los agentes de la corona.

El joven Luis XIV nunca iba a olvidar ese período duro y humillante para su orgullo de rey; y desconfiará en adelante de una nobleza díscola, escasamente inclinada al servicio desinteresado del Estado. Constatando el peligro que podía acarrear la influencia demasido exclusiva de un ministro todopoderoso, estaba decidido también, cuando llegara el día, a gobernar por sí mismo. Lo cual parecía coincidir con el sentir de la mayoría de la nación en favor de una autoridad “absoluta”, capaz de poner término a las interminables querellas de las que el país era pasto desde los tiempos de las guerras de Religión.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO
LA ROCHEFOUCAULD, François de – (1613-1680): Mémoires; edición presentada y anotada por Jean
LAFOND; Gallimard, 2006.
MONGIN, Jean-Marie: La Fronde (1648-1653). Pouvoir, argent et trahison; París, Histoire et collections, 2013.
PERNOT, Michel: La Fronde; Ed. du Fallois, 1994.
RETZ, Cardenal de – (1613-1679): Mémoires; introducción, cronología y notas de Simone
BERTIÈRE; París, Librarie générale française, 2003.

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