Luis XIV – (1638-1715)

          Aquel que se convertiría, probablemente, en el rey más conocido y, quizá, el más brillante de la monarquía francesa, al que llamarán el Grande y el Rey Sol, nacía en Saint-Germain-en-Laye el 5 de septiembre de 1638.

Convertido en rey a los cinco años, muerto su padre Luis XIII en 1643, el reino continuó siendo gobernado por su madre Ana de Austria, a quien se le confió la regencia, pronto con el eficiente poder de Mazarino.

Durante mucho tiempo apartada del poder por su esposo y por Richelieu, la española consideraba llegado su momento de desempeñar algún papel político. Mandó anular por el Parlamento el testamento del difunto rey, a fin de no tener que soportar la tutela del Consejo de Regencia, y terminó confiándole las riendas del gobierno a Mazarino, personaje de origen transalpino entrado al servicio de Francia, después de haber servido al papa, y del que Richelieu había hecho uno de sus principales consejeros, hasta recomendárselo a Luis XIII viéndose morir.

          Cardenal sin las órdenes del sacerdocio, inteligente y de flexible carácter, Giulio Mazarini poseía el insinuante sentido italiano de la diplomacia y de la intriga; Ana de Austria terminó sintiendo por él una viva amistad, y tal vez acabaron desposándose en secreto. Su codicia y la inclinación al fasto eran otros rasgos de su personalidad, pero su entrega al servicio de la monarquía será también total.

Así que Ana de Austria quiso mantener con su ministro el mismo principio de ministeriado cuyos beneficios había demostrado ya aquel fructífero entendimiento entre Luis XIII y Richelieu en el reinado anterior.

Pero Mazarino se encontró con una situación extremadamente difícil cuando se vio al frente del gobierno: Los Grandes, ávidos de poder y de pensiones, volvieron a agitarse, y la continuación de la guerra seguirá agravando el déficit financiero. El favorito se sintió, pues, obligado a recurrir a expedientes habituales como la venta de oficios públicos, el restablecimiento de viejos impuestos o el aumento de las tasas sobre las mercancías que entraban en París. Medidas todas que vinieron a enfrentarle a fuertes resistencias.

Consecuencia de aquel descontento contra Mazarino –considerado un usurpador- y contra el poder real, van a ser las fuertes revueltas que se conocen con el nombre de Fronda (1648-1653), movimiento insurreccional que consiguió unir, al principio, en una heteróclita coalición, a los Parlamentos, la alta Nobleza, gran número de propietarios de cargos titulares de justicia y finanzas, y al pueblo de París.

Y la agitación no tardó en saltar a las provincias, donde los Parlamentos se solidarizaron con el de París y donde las clientelas de nobles siguieron el movimiento. Tres poderes acabaron oponiéndose entre sí a finales de 1651: el de los príncipes, el de París y el del gobierno del rey, refugiado a estas alturas en el valle del Loira.

Mazarino pareció retirarse y, en agosto de 1652, partió para ir cerca del elector de Colonia, aun dirigiendo a distancia la política del Reino.

Pero, divididos por disputas personales, los rebeldes se mostraban incapaces de entenderse en torno a un programa de reformas de la Monarquía. Y los parlamentarios, inquietos, viendo las ambiciones de la nobleza, condenaban ya las intrigas con los españoles de aquel que iban a llamar luego el Grand Condé, y mostraban su preocupación por salvaguardar la independencia nacional.

En este contexto, el Parlamento y el pueblo de París acabaron acogiendo con entusiasmo el regreso del joven Luis XIV a su capital, en octubre de 1652. Condé huyó a los Países Bajos españoles, y Mazarino fue llamado de nuevo, para no volver a ver su poder discutido, hasta su muerte en 1661.

          El joven Luis XIV nunca iba a olvidar ese período duro y humillante para su orgullo de rey; y desconfiará, en adelante, de una nobleza díscola y escasamente inclinada al servicio desinteresado del Estado. Estaba decidido también, cuando llegara el día, a gobernar por sí mismo.

En 1652, el joven rey había alcanzado la mayoría legal para gobernar, pero dejó a Mazarino al frente del gobierno, que acabará concluyendo con España la paz de los Pirineos (1659).

Él sólo empezará su reinado personal a la muerte del cardenal, en marzo de 1661, con la retirada de su madre a la abadía parisiense del Val-de-Grâce que ella había fundado en 1621.

Brillante caballero de 23 años, amante de la caza y de la vida al aire libre, declaró entonces ante el Consejo reunido que, en adelante, prescindiría de Primer Ministro y gobernaría por sí mismo. Todos pensaron que aquella era idea pasajera de joven inexperto, pero, marcado por sus recuerdos infantiles, pronto mostrará un vivo sentimiento de sus prerrogativas reales, hasta convertirse en el más acabado ejemplo de soberano absoluto; y, en el ejercicio de sus altas funciones, mostrará, si no una cuidada formación intelectual, al menos claridad en sus juicios y un sólido sentido común.

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Entrevista de Luis XIV y de Felipe IV de España en la Isla de los Faisanes (1659). Óleo sobre lienzo de Jacques Laumosnier (hacia 1670-después de 1743); (Museo de Tesée, Le Mans). Detrás de su padre, se ve a María Teresa de Austria (1638-1683), futura reina de Francia. Detrás de Luis XIV, a Felipe de Orleáns (1640-1701); al fondo el cardenal de Mazarino; y entre Orleáns y Mazarino, Ana de Austria.

          Desde el tratado de los Pirineos en 1659, en virtud del cual el joven rey se había desposado con la infanta María Teresa, hija de Felipe IV de España, Francia se hallaba en el primer rango de las potencias europeas, aun manteniendo todavía en su seno fermentos de desorden (poder de los financieros, turbulencias de la nobleza, agitación jansenista). Pero, después de la Fronda, la opinión pública lo esperaba todo del poder real y de ese príncipe que imponía ya respeto con su natural majestad y parecía enamorado de la gloria.

Luis XIV supo explotar ese deseo de paz interior, de estabilidad y de obediencia al poder real; él iba a llevar el absolutismo a su punto máximo, apoyándose en la teoría del derecho divino de los reyes, doctrina extendida por la Europa del siglo XVII y expuesta en Francia por Bossuet en su “Politique tirée de l’Écriture Sainte” de 1679.

Destruído el poder del Superintendente de Finanzas Fouquet en septiembre de 1661, por un auténtico golpe de autoridad real, Luis XIV va a elegir, en adelante, entre burgueses a sus inmediatos colaboradores (Colbert, que vino a sustituir a Fouquet, hasta su muerte en 1683; Le Tellier en la Guerra…), y de ellos recibirá el consejo, pero las decisiones últimas, tomadas tras madura reflexión, serán exclusivamente suyas.

Y, siguiendo la práctica de Richelieu, mantendrá a la nobleza apartada de las cosas del gobierno. Dedicada a la guerra o atraída a la corte y, finalmente, arruinada a menudo en fiestas, la alta aristocracia tendrá siempre derecho a marcas exteriores de consideración, pero acabará desarraigada de sus provincias y perdiendo paulatinamente el sentido de su antiguo cometido social. Porque los grandes asuntos políticos, continuando en esto el ejemplo de sus predecesores, se tomaban en el Conseil des Affaires, que empezó a llamarse Conseil d’En Haut, al que sólo tenían acceso algunas contadas personas con el título de Ministres d’État.

También los prelados serán mantenidos al margen, y los grandes cuerpos del Estado humillados y reducidos a la impotencia.

A partir del proceso de Fouquet (1662/1664), el rey mostrará no poco desdén por las formas de la justicia: los parlamentos -privados desde 1665 de su título de “cortes soberanas”, sustituído por el de “cortes superiores”-, van a ir siendo reducidos a un papel de mero registro o recepción de las ordenanzas y edictos reales, a propósito de los cuales, sólo estaban autorizados a posteriori a presentar “humildes peticiones”. Y los estados generales no serán convocados en ningún momento del reinado, muchos estados provinciales serán suprimidos y los demás privados de competencias políticas.

Ese creciente control de los poderes locales podrá contar con los cualificados agentes del poder que serán los intendentes, convertidos en comisarios regulares y permanentes -aunque ya no propietarios de sus cargos-, y con una policía invasora, bajo las órdenes, a partir de 1667, de un lieutenant général de la police.

          A medida que se difuminaban los intermediarios históricos entre el poder y el pueblo, y que aquellas tradicionales instituciones (estados y nobleza provinciana, gobernadores, cuerpos municipales, asambleas del clero), quedaban reducidas a simples simulacros, se desarrollaba, paralelamente, una exaltación de la función monárquica.

Desconfiado de carácter y rencoroso por temperamento, pero, sobre todo, orgulloso, egoísta y enamorado de su propia gloria, el “Rey Sol” organizará personalmente el culto de la majestad real, y el emblema del astro rey se extenderá por todas partes. El abandono del palacio del Louvre y el alejamiento, en 1682, de la vieja capital de París, considerada ahora indigna de él, se convertirán en el símbolo de la trascendencia del poder. Fue a asentarse en Versalles, donde instala también sus miles de cortesanos, y en aquella suntuosa corte que él va a realzar con su presencia, impondrá un rígido ceremonial, puntuando cada uno de sus actos, desde su lever a su coucher, pasando por la comida.

          Luis XIV consideró siempre que “expandirse [era] la más digna y agradable ocupación de los soberanos” y, en consecuencia, adoptará, en relación con el extranjero, una actitud casi siempre agresiva, ya sea por las armas o en el terreno económico. El llamado “colbertismo” se va a convertir en guerra monetaria cuyo fin era el empobrecimiento de los países vecinos y el enriquecimiento propio; de ahí vendrá, en el interior del reino, una permanente injerencia del Estado en la vida económica.

Aquella política inspirada por Colbert iba a tener aspectos positivos, como la creación de manufacturas, de compañías de comercio, o el fomento al esfuerzo marítimo y colonial, pero, al final del reinado, se revelaría paralizadora, por la excesiva reglamentación que había generado.

Mientras Richelieu y Mazarino, en su lucha contra los Habsburgo, habían conseguido presentarse como los defensores de los pequeños estados y del equilibrio europeo, con Luis XIV va ser un auténtico imperialismo francés lo que termine imponiéndose. Contando, gracias a Louvois (sucesor de su padre Le Tellier), con el más poderoso ejército permanente que Europa hubiera conocido desde el imperio romano, servido también por grandes hombres de guerra como Vauban, Turenne, Luxembourg, Villars, Catinat, y, en el mar, por Duquesne, Tourville o Jean Bart, el rey se lanzó a incesantes guerras de expansión. La “guerra de Devolución” (1667-1668), le valió Lille y una parte de Flandes (tratado de Aquisgrán, Aix-la-Chapelle, mayo de 1668). Y la guerra de Holanda (1672-1678), preparada por una previa campaña diplomática y conducida por Lionne, degeneró en un conflicto europeo. Guillermo de Orange había levantado contra Francia una coalición que reunía al Imperio, España y Brandeburgo; pero la paz de Nimega (Holanda), en 1678, permitió a Luis XIV obtener el Franco Condado.

Y durante los diez años siguientes, practicando la política de “reuniones”, Francia va a anexionar, bajo diversos pretextos, Estrasburgo en 1681, Luxemburgo y una docena de otras plazas de las fronteras del norte y del este. Esta voluntad persistente de hegemonía, en plena paz, acabó provocando, una vez más, gran inquietud en todo el continente.

Con la revocación del Edicto de Nantes (1685), Luis XIV perdió también la amistad de sus aliados alemanes, tan necesaria cuando la revolución inglesa de 1688 vino a reforzar el poder y el prestigio de aquel gran adversario de Luis XIV que era Guillermo de Orange, convertido en rey de Inglaterra.

Completamente aislado ahora, en la guerra de la Liga de Augsburgo (1688-1697), Luis XIV hubo de hacer frente a una coalición que reunía a casi toda Europa occidental. Los alemanes no le perdonarán la devastación del Palatinado (1689) y, a pesar de las victorias del mariscal de Luxemburgo, por la paz de Ryswick (1697) deberá abandonar casi todas sus “reuniones” y desalojar Lorena; aun consiguiendo la definitiva posesión de Estrasburgo, Ryswick constituía el fracaso de su política imperialista.

En 1691 murió Louvois, y con él se iban también los grandes ministros de principios del reinado; apareció entonces algún gran señor en el Conseil d’En Haut, y madame de Maintenon y el confesor regio empezaron a ejercer su influencia en el ánimo del soberano.

          Aquella preponderancia francesa, indiscutida entre 1661 y 1688, iba a sufrir gran menoscabo por la guerra de la sucesión de España (1710-1714). Es cierto que, según las ideas dinásticas de la época, Luis XIV apenas podía negarse a recibir el testamento de Carlos II de España y privar así a su nieto el duque de Anjou del trono que le esperaba. Pero contribuirán al desencadenamiento de este nuevo conflicto, por un lado su habitual altanería, negándose a avenirse a que Felipe V renunciara a sus derechos a la corona de Francia si accedía a la española; y por otro, la ocupación de las plazas belgas de la Barrera, y el reconocimiento del pretendiente Estuardo como rey de Inglaterra, despreciando aquellos compromisos suyos de Ryswick, de no prestar en adelante ningún apoyo a la causa jacobita.

          En frente de la gran alianza de La Haya, inspirada por Guillermo III (Inglaterra, Holanda, Imperio, Saboya, Portugal), Luis XIV sólo contó con España y Baviera. Y a esta guerra de desgaste, casi siempre desastrosa para los intereses de Francia (victorias del príncipe Eugenio y Marlborough), el regio habitante de Versalles opondrá su tenaz resolución. Fue gracias a la victoria de Villars en Denain (1712), como Francia pudo obtener la paz de Utrecht (1713) y luego de Rastadt (1714): Conservaba las conquistas esenciales del reinado (fronteras militares del Norte y del Este), Flandes, Alsacia y Estrasburgo, el Franco Condado; pero Inglaterra comenzaba a asegurarse ya el dominio del mar, porque aquella renuncia colonial de Utrecht parecía anunciar el desastroso tratado de París de 1763.

          El intento de hegemonía del Rey Sol desembocaba, pues, en un semi fracaso en el exterior y, sobre todo, en la postración interior del reino, desgracias públicas a las que vendrán a añadirse, al término de su vida, sus propios infortunios familiares.

          El tesoro público estaba exangüe, los campos empobrecidos, y el desarrollo de la industria frenado por el agobiante dirigismo y el exilio de numerosos técnicos protestantes. La nobleza francesa, envilecida y arruinada por la vida cortesana, y separada del resto de la población, no iba a poder desempeñar, en el momento de la revolución industrial, el importante cometido económico y social que tuvo la aristocracia británica.

          El absolutismo de Luis XIV legaba también a Francia una mentalidad proteccionista y reglamentista de la que no podrá desprenderse enteramente en adelante. En un país en el que todos los cuerpos intermedios, todas las autoridades tradicionales habían quedado reducidas a la impotencia, donde sólo permanecían, frente a frente, la Corona y los “súbditos”, la oposición perdía toda forma de expresarse legalmente, situación que, con el correr del tiempo, habría de desembocar en una confrontación violenta.

          Ejus regio, cujus religio, según doctrina general de la época. La pasión de unidad que había inspirado el reinado tuvo también su reflejo en las cosas tocantes al espíritu. Considerándose el representante de Dios en el Reino, Luis XIV pretendió comportarse como jefe de la Iglesia de Francia: se opuso a Roma en el caso de las regalías (affaire de la Régale, 1673-1693) y alentó al clero a proclamar las “libertades de la Iglesia galicana” en los Cuatro Artículos de 1682; persiguió al jansenismo (destrucción de Port-Royal, 1709-1711), y más aún a los protestantes, hostigándoles por medio de las llamadas dragonadas, política de acoso a la que seguirá la revocación (18 de octubre de 1685) de aquel Edicto de Nantes que firmara Enrique IV en 1598 y que había venido a fijar el estatuto de los protestantes.

No por ello quedó restablecida la unidad espiritual del reino, porque, mientras muchos seguidores de la iglesia reformada hubieron de exiliarse o se rebelaron (camisards, 1702-1705), la secta jansenista iba a ganarse al mundo parlamentario, hasta convertirse, en el siglo XVIII, en un movimiento de oposición política.

          En el terreno de las letras y las artes, el éxito del absolutismo luiscatorciano no puede discutirse. El esplendor del clasicismo francés no hubiera sido posible sin el generoso mecenazgo de Estado a lo largo de todo el reinado, sin la acción de las Academias recientemente fundadas y sin el apoyo personal del soberano. Porque Luis XIV, sin ser un “intelectual”, supo imponer, contra la moda del preciosismo, del burlesco, de lo romancesco, el severo ideal de la “generación de 1660”. Fue su protección la que aseguró la libertad a la genial comicidad de Molière, la que consagró el renombre de Racine, de Boileau, de Bossuet o, en el terreno musical, de Lully. Y, como en todas las grandes épocas, la arquitectura, exaltada por el ideal de grandeza y de majestad que sostenía el reinado entero, sobresalió con particular brillo en la obra de Claude Perrault (columnata del Louvre), de François Mansart (Val-de-Grâce), de Le Vau (Versalles), de Jules Hardouin Mansart (Invalides, Versalles).

          Y la escultura tuvo como principales representantes en esta época a Pierre Puget, Coysevox, Girardon, los Coustou. La pintura, menos afortunada, dejará algunos nombres dignos de mención como Le Brun y Mignard.

          Casado a los veintiún años, Luis XIV no había tardado en desdeñar a su esposa la reina María Teresa, dulce de carácter, pero de escasa belleza y poco amiga de protagonismos; con ella tendrá, no obstante, seis hijos, de los cuales cinco morirán en temprana edad.

          Sin contar sus numerosas aventuras con mujeres de toda condición, tuvo diversas favoritas bien conocidas: mademoiselle de La Vallière (1644-1710), madame de Montespan (1640-1707), la lorena Isabelle de Ludre (1642-1726), la duquesa de Fontanges (1661-1681), antes de caer bajo la influencia de Françoise d’Aubigné (1635-1719), la viuda del poeta Scarron, hecha marquesa de Maintenon en 1676, que le devolvió a la estricta devoción, y con la que se casó en secreto, tras la muerte de María Teresa en 1683.

          Y el rey legitimó a sus bastardos, de los cuales, el más célebre fue el duque Du Maine, hijo de la Montespan.

          La muerte y el aciago destino le arrebataron, sucesivamente, en abril de 1711 a su hijo el Gran Delfín –Monseigneur, nacido en 1661, mediocre alumno de Bossuet-; en 1712 a su nieto el duque de Borgoña (alumno de Fénelon); y en mayo de 1714 a su otro nieto Charles de France, duque de Berry; y el rey, que ya sólo tenía por heredero un biznieto, todavía niño de apenas seis años (el duque de Anjou, que será Luis XV), trató de privilegiar por testamento al duque Du Maine en el Consejo de Regencia. Pero, cuando el 1 de septiembre de 1715, lleno de achaques ya, vino a morir a la edad de 77 años, de una inicial gangrena senil mal diagnosticada, su sobrino el duque de Orleáns, hizo declarar nulo aquel documento.

          Y ese regreso del Parlamento a la escena política, uno de los cuerpos que el rey ahora difunto había mantenido apartado, inauguraba, de hecho, una reacción contra el absolutismo, deseada por casi todos. La Bruyère en sus Caractères, o Vauban en su Testament politique (1707), venían dando testimonio del descontento ante la alarmante desigualdad e injusticia social que hacía recaer prácticamente todo el peso de la fiscalidad sobre los pobres, y Fénelon mostraba su indignación ante las ingentes sumas dilapidades en guerras incesantes

APUNTE BIBLIOGRÁFICO
BERCÉ, Yves-Marie: Le roi absolu: idées reçues sur Louis XIV; París, Le Cavalier bleu, 2013.
BLUCHE, François: Le grand règne; Fayard, 2006.
HAZARD, Paul: La crise de la conscience européenne (1680-1715); París, 1935
MOINE, Marie-Christine: Les Fêtes à la cour du Roi Soleil (1653-1715); París, F. Lanore, 1984.
MANDROU, Robert (1921-1984): Louis XIV en son temps (1661-1715); Presses Universitaire de France, 1973; La France au XVIIe. et XVIIIe. siècles; P.U.F., 6ª ed. 1997 (versión española en ed. Labor, 1973); L’Europe absolutiste: raison et raison d’État (1649-1775); París, Le Grand Livre du Mois, 2006.
SAINT-SIMON, Louis de Rouvroy, duque de — (1675-1755): Louis XIV et sa cour, con prefacio de Daniel DESSERT; Bruselas y París, Ed. Complexe, 1994 (Versión española: “La Corte de Luis XIV”, Espasa Calpe, 1945).

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