Quietismo

La doctrina del “puro amor”, más conocida por “quietismo” puede entenderse en dos sentidos distintos:

  • En sentido amplio es una idea común a la filosofía de la India, al neo-platonismo alejandrino y al misticismo cristiano que pretende elevar al hombre a la pura contemplación de Dios para hacerle capaz de amor puro, y que exige la neutralización de la voluntad personal y la quietud del alma.
  • Pero en el sentido estricto designa una doctrina y un método particular para “hacer oración”, objeto de acerbos debates en el siglo XVII. Método que excluye todo pensamiento distinto que no sea Dios, y toda preocupación personal.

Los quietistas rechazaban la mayor parte de las formas de oración ordinaria, sustituyéndoles la contemplación pasiva o unitiva con Dios, para así alcanzar la mayor perfección y beatitud posibles; y ello evitando unir el pensamiento a las personas de la Trinidad, a los atributos de Dios, a la crucifixión de Cristo, a la resurrección, etc.

El quietismo sostenía la teoría del amor puro y desinteresado y del abandono completo, de donde se deduce que nada hemos de desear ni perdirle a Dios, ni tan siquiera nuestra salvación, abandonada así nuestra alma a su voluntad.

Y, habiendo alcanzando el alma la contemplación unitiva con Dios, va a conservar indefinidamente la perfección y la beatitud, sin esfuerzo alguno.

Todo lo cual, conducía al quietismo a desdeñar la actividad, la mortificación y la penitencia, a condenar las “obras” que excitan los sentidos y a no resistirnos ni siquiera a la tentación. El seguidor de la doctrina no practicará la caridad ni dará limosna, movido por la compasión o buscando agradar a Dios. Porque el estado de quietud anula el libre arbitrio que nos hace libres de salvarnos o de condenarnos.

De hecho, respondía a una doble tendencia:

-El sentimiento místico exaltado que buscaba depurar el amor divino liberándolo de todo cálculo egoísta.

-Y la preocupación práctica de facilitar la oración, de hacerles accesibles a todos las más altas cotas de la piedad, de tal modo que “la oración extraordinaria”, reservada hasta entonces a algunos privilegiados, viniera a convertirse en la comunicación habitual de las almas con Dios.

La doctrina del quietismo no puede ser atribuída enteramente a Miguel de Molinos, con su Guía Espìritual, que desembaraza al alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la interior paz, aparecida en Roma en 1675. Allí sostenía el teólogo español que el alma, quieta y en perfecto reposo ante Dios, no puede pecar, incluso si infringe los Mandamientos. Detenido en julio de 1685, Molinos vino a retractarse, pero ello no impidió que su doctrina fuera condenada por Inocencio XI dos años después, y que su autor acabara encerrado en un convento hasta su muerte en 1699.

Y aquella corriente moral decayó casi tan rápidamente como había aparecido. Ni era la obra personal de Molinos, ni la había inventado él ex-nihilo; ya numerosos religiosos, a través de sus obras o su predicación venian exponiendo por aquel entonces sus rasgos más notables.

Las principales obras que defendían esas ideas fueron, una Carta del Padre Juan Falconi, de la Orden Calzada de Nuestra Señora de la Merced, impresa en Madrid en 1657 y luego traducida al italiano y al francés: “Pratique facile pour élever l’âme à la contemplation, en forme de dialogue”, publicada en 1670 y posteriores, de François Malaval (1627-1719), -un religioso ciego de Marsella muy preparado y en correspondencia con Gassendi-; también Maximes spirituelles pour la conduite des âmes del jesuíta P. Guilloré (1670 y siguientes), y, sobre todo, el libro del P. Molinos ya mencionado y l’Analyse de l’Oraison mentale (Vercelli, 1686), del P. Lacombe, inspirador de Madame Guyon. Tras la condena de Molinos, el escrito de Lacombe recibió igual tratamiento.

Ya el quietismo había sido condenado, cuando surgieron las conocidas controversias entre Fenelón y Guyon con Bossuet (1693/1699), que vinieron a relanzar la espinosa cuestión: por un lado, a causa de los tratados espirituales de madame Guyon y de una obra de Fénelon: Maximes des Saints sur la vie intérieure (1697), y por el otro con la réplica de Bossuet a este libro: Relation sur le quiétisme (1698).

Fénelon acabó sometiéndose en 1699 y madame Guyon fue encarcelada durante cinco años y luego proscrita a Diziers, cerca de Blois donde morirá en 1717.

Lo que el quietismo pretendía era purificar al máximo el amor a Dios, limpiándolo de todo interés personal, y para ello buscaba en las “vías interiores” el camino para elevar el alma al mayor grado de perfección y felicidad.

Con Bossuet, Roma había comprendido enseguida que una tal doctrina llevaba al protestantismo con el que no faltan los puntos en común: el alma no necesitaría ya interrogarse sobre su salvación, pues nuestras obras son inútiles, ni necesitaría la disciplina y la autoridad de la Iglesia; era el sentimiento y la experiencia íntima del alma, a través de la oración extraordinaria y la contemplación, contra los textos sagrados y la tradición secular.

Pero, desde un punto de vista racional y filosófico, el quietismo planteaba dificultades no menos graves, pues las condiciones reales del conocimiento, del sentimiento y de la actividad parecían insuficientemente valoradas o constantemente ignoradas, por lo que, además de Bossuet, lo vinieron a condenar igualmente cartesianos como Malebranche y Régis, y Leibnitz también.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

COGNET, Louis: Crépuscule des mystiques: le conflit Fénelon-Bossuet; Descleé, 1958 y 1991.
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HAZARD, Paul: La crise de la conscience européenne (1680-1715); París, 1935, diversas ediciones posteriores, Fayard, 1961.
HUVELIN, Henri: Bossuet, Fénelon, le quiétisme; J. Gabalda, 1912.
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PAQUIER, Jules: Qu’est-ce que le quiétisme?; Bloud, 1910.
SCHMITLEIN, R.: L’aspect politique du différend Bossuet-Fénelon; 1955.

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