Richelieu, cardenal de – (1585-1642)

Armand Jean du Plessis de Richelieu, que llegará a cardenal-duque de Richelieu, nació en París en septiembre de 1585. Destinado inicialmente a la milicia, abrazará el estado eclesiástico, tras la renuncia de su hermano y a fin de conservar para la familia el obispado de Luçon, al que accederá en 1607. Allí administrará con celo y eficacia su diócesis, hasta 1624, y alentará misiones católicas en esta región fuertemente influenciada por el calvinismo.

Llegados, en 1614, aquellos inútiles Estados Generales que María de Médicis había hecho convocar, acuciada por los problemas internos, Armand de Richelieu fue nombrado delegado del clero; pronto se hará notar por la reina madre y por su favorito Concini que le hicieron secretario de Estado. Lo cual le valdrá caer en desgracia y partir, él también, al exilio en 1617, cuando la Regente se vio forzada a abandonar el poder tras el asesinato de Concini; fue primero a Blois y luego a su priorato de Coussay; y aquí escribirá una Défense des principaux points de la foi catholique y una Instruction pour les chrétiens.

Pero su capacidad personal y la fidelidad que mostraba a la causa real, acabaron venciendo la desconfianza del rey y ganándose su favor.

En 1622, en atención a la actividad que había desplegado, tendente a la reconciliación entre María de Médicis y su hijo, fue recompensado con el capelo cardenalicio y en 1624 entraba en el Consejo del Rey

Porque Luis XIII, siempre de frágil salud y de temperamento apagado y triste, aunque aficionado a la caza y los ejercicios militares, necesitaba a su lado a un ministro respetuoso de sus voluntades, capaz de manejar los asuntos de Estado, y en quien pudiera descansar enteramente. Pronto se dio cuenta que Richelieu era ese hombre. Y es cierto que el cardenal, altivo e imperioso con su entorno, mostraba en su relación con el rey una obediencia sincera y flexible; no ignoraba que Luis XIII mostraba de esos celos tocantes al respeto que le era debido y que no aceptaba ser puesto ante el hecho consumado. Pero, si el rey se reservaba las últimas decisiones, Richelieu, ya ministro principal, las había preparado. Así se iba a prolongar, durante dieciocho años, una fructífera colaboración que exigía del ministro una constante vigilancia. Trabajador infatigable, pragmático más que reformista, animado de una inflexible voluntad, el cardenal iba a revelarse un gran hombre de Estado, preparando la preponderancia francesa en Europa.

Guiado por un acusado sentido de la autoridad y de la majestad del rey, Richelieu quiso imponerles a todos total obediencia, y en particular a la grandeza nobiliaria y a los príncipes de la familia real. Pero la tarea iba a ser difícil. Hasta su muerte, el ministro principal hubo de enfrentarse a incesantes conspiraciones, a las que no eran ajenos ni el hermano del rey Gastón, ni la reina madre, ni la propia Ana de Austria esposa del monarca.

En 1626 se produjo la primera trama de Gastón, duque de Anjou  y ahora de Orleáns, que acabó denunciando a sus cómplices; y el conde de Chalais, grand maître de la Real Guardarropa, fue decapitado.

Apoyaba en la facción “devota”, hostil a la política antiespañola de Richelieu María de Médicis llegó a exigir de su hijo, enfermo entonces, que despidiera a Richelieu, con quien ella estaba definitivamente enemistada. Y durante varias horas de aquel 10 de noviembre de 1630, todos creyeron (Richelieu el primero) que había obtenido satisfacción. Pero al final del día Luis XIII ordenó a su ministro que permaneciera en su puesto. María de Médicis, decidió refugiarse en el extranjero, donde terminará su vida; y el mariscal Louis de Marillac, uno de los implicados en la intriga, juzgado por desfalco meses después, será ejecutado en place de Grève en mayo de 1632.

Aquella dramática jornada, en el transcurso de la cual los enemigos de Richelieu habían creído triunfar, es conocida como la Journée des dupes (las dupes, los engañados, fueron los adversarios del cardenal).

En 1632 fue decapitado el último duque de Montmorency, gobernador del Languedoc, condenado a muerte por el parlamento de Toulouse por haberse levantado en armas contra Richelieu, en un nuevo complot inspirado por Gastón de Orléans.

En aquella obstinada oposición a Richelieu acabó dejando también la vida Luis de Borbón, conde de Soissons, pertinaz conspirador con Gastón de Orleáns y que, unido a los españoles luchaba contra los franceses en La Marfée en 1641.

Y un postrero complot en el que estaba igualmente involucrado el hermano del rey, tuvo lugar en 1642: el principal actor, un joven noble del entorno del rey Cinq-Mars, fue decapitado junto con su amigo De Thou, quien, al corriente de la conjura, no le había denunciado. Los confabulados habían entrado en contacto con España.

Así fue como Richelieu terminó consiguiendo reducir a la alta aristocracia a la obediencia, aun continuando pretendiéndose víctima de la “tiranía” del poder.

Y de todo cuanto ocurría, fuera y dentro del Reino, el ministro principal de Luis III intentaba permanecer al corriente, gracias a la Gazette del activo y fecundo Théophraste Renaudot que él favorecía desde 1631, periódico de información básicamente al servicio del Estado.

Aprovechando las dificultades internas, los protestantes habían consolidado los privilegios que el Edicto de Nantes les había reconocido, y desarrollado su organización militar, sobre todo en el SO del Reino y en las costas. En 1627, los jefes de la iglesia reformada, con Rohan, yerno de Sully, a la cabeza, y contando con el apoyo del favorito de Carlos I de Inglaterra Buckingham, intentaron un levantamiento general. Richelieu decidió entonces acabar con esa continua amenaza de perturbaciones internas, como era la pretension de los protestantes de constituirse en un cuerpo separado del Estado, capaz de cuestionar la cohesión del Reino.

Entre los episodios militares más famosos de esa confrontación se halla el asedio de la Rochelle, atacada con importantes fuerzas por el rey y el cardenal, heroicamente defendida por una población fanatizada, desde oct. de 1627 a oct. de 1628. Después de haber obligado a Buckingham a abandonar la posición que había ocupado en la isla de Ré, y a reembarcar, el hambre obligó  a capitular a los pocos supervivientes. Las demás ciudades alzadas (Montauban, Castres, Nîmes, Privas) fueron reducidas y Rohan se sometió. La fuerza militar de aquella facción quedaba aniquilada.

Luis XIII concedió entonces a sus súbditos protestantes la paz de Alès (5 de junio de 1629): quedaba suprimido todo privilegio político (plazas de seguridad, asambleas generales), pero se mantenían la libertad controlada de culto y la igualdad civil con los católicos.

Decidido Richelieu a aplicar lealmente aquellos términos, mantuvo su palabra y los protestantes comenzaron a comportarse como fieles súbditos del rey.

Y, con la detención en Vincennes, en 1638, del teólogo Saint-Cyran (1581-1643), director espiritual de las religiosas de Port-Royal, luchó también el cardenal contra la incipiente y rigurosa doctrina jansenista, problema cuya agudeza se planteará en el reinado siguiente.

Richelieu no tuvo posibilidad de realizar en el gobierno y la administración real las reformas que posiblemente pretendía llevar a cabo. Se dedicó, más bien, a uniformizar el Reino y a desarrollar la autoridad real, reforzando en las provincias el control del gobierno central. Generalizó las giras de inspección de comisarios nombrados directamente por el rey y que, en adelante, serán conocidos como intendentes (intendants), los cuales, aun con mandato temporal, disponían de poderes extensos para decidir, ordenar y ejecutar en materia de policia, justicia y finanzas. Y aquellos agentes manifestaron rigor en el cumplimiento de su misión, a pesar de las protestas de la nobleza y de los oficiales locales propietarios de sus cargos.

Y, aun con ínfulas él mismo de autor (que le llevaron a mostrarse injusto con Pierre Corneille) intervino en el campo cultural reconstruyendo y ampliando la Sorbona, contribuyendo a la creación en 1635 de la Academia Francesa, ampliando la Biblioteca e Imprenta reales, y, para sí, mandó construir a Lemercier el Palais-Cardinal (que luego legará a Luis XIII), futuro Palais Royal.

Por un edicto de 1641, Richelieu vino también a prohibir al Parlamento que interfiriera en los asuntos de Estado. Y se esforzó, no sólo en acrecentar los efectivos del ejército real, sino igualmente en introducir en él orden y disciplina cualidades de las que carecía en buena parte.

El ministro principal de Luis XIII ambicionaba hacer de Francia una gran potencia marítima, comercial e industrial, según Inglaterra y las Provincias Unidas daban ya ejemplo. Nombrado en 1626, Grand Maître et Surintendant général de la navigation, Richelieu contribuyó al desarrollo de los puertos de Brest, Tolón y Brouage (plaza fuerte y próspera salida marítima en esa época). Organizó dos flotas de guerra: la de Poniente (Atlántico) y la de Levante (Mediterráneo), fomentó la creación de varias compañías comerciales de monopolio, y, a lo largo de su gestión, creó o dio nuevo impulso a asentamientos franceses en la Antillas (Guyana y Martinica), Reunión, Madagascar y, sobre todo, en Canadá (1627), bases de un imperio colonial.

Richelieu mandó asimismo acabar el canal de Briare, cuyas obras concluyeron en 1642. Y el servicio postal, reservado hasta entonces a la correspondencia oficial, fue puesto a disposición del público.

Pero aquel esfuerzo por desarrollar materialmente el Reino fue frenado rápidamente por las necesidades de la guerra. La política exterior que Richelieu iba a ilustrar (en la pura tradición “maquiavélica”), basada en la alianza con los protestantes contra los Habsburgo, hasta entrar directamente en la guerra de los Treinta Años (1635), le obligará a desarrollar una política fiscal abrumadora, provocando miseria y rebeliones campesinas (croquants, 1637; va-nu-pieds, 1639), apoyadas ocasionalmente por elementos de la nobleza e incluso de la burguesía, y duramente reprimidas luego; fueron particularmente graves en Normandía y en el Périgord.

La muerte en París del cardenal, en diciembre de 1642, fue, pues, acogida con alivio por la mayoría en los diferentes estratos sociales, porque su impopularidad había llegado a ser grande. Pero aquel sentimiento negativo pronto dio paso al respeto ante los importantes servicios que había prestado al país y a la Corona: en el interior había reforzado la unidad y en el exterior había puesto los sólidos cimientos de la grandeza futura.

Además de obras de teología Richelieu dejaba memorias, publicadas primero parcialmente y luego de forma más completa bajo el título Mémoires relatifs à l’histoire de France (Petitot, 1823), y en la edición de la “Société de l’histoire de France” (1907 y ss.). También un Testament politique, cuya autenticidad hoy no ofrece dudas, y abundante correspondencia, cuya primera publicación, a cargo de Avenel, data de mediados del s. XIX.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BERGIN, Joseph: L’ascension de Richelieu (traducido  del inglés: “The rise of Richelieu”); Payot, 1994.
BURCKHARDT, Carl Jacob: Richelieu (3 vols.), traducido del alemán; R. Laffont, 1971.
CARMONA, Michel: La France de Richelieu; Le Grand Livre du mois, 1998; también: Richelieu,  l’ambition et le pouvoir; Tallandier, 2013.
CASTARÈDE, Jean: LouisXIII et Richelieu; Chaintreaux, ed. France-empìre monde, 2011.
DELOCHE, Maximin: Le testament politique du cardinal de Richelieu; París, La Revue historique, 1930.
GALLO, Max: Richelieu, la foi dans la France; París, XO ed. DL 2015.
KNECHT, Robert Jean: Richelieu; Londres, Longman, 1991.
PARROT, David: Richelieu’s army: war, government and society in France, 1624-1642; Cambridge University Press, 2001.

Deja un comentario