María Antonieta – (1755-1793)

Marie-Antoinette Josepha Johanna von Habsburg-Lothringen nació en Viena el 2 de noviembre de 1755. Archiduquesa de Austria, era la cuarta hija de la emperatriz María Teresa y de Francisco I de Lorena. Pasó su infancia en la corte de Viena y recibió una educación bastante desatendida, aun cuando -al igual que debería suceder con su hermana Carolina, reina de Nápoles un día, según tradición de las grandes  cortes-, su madre la destinaba, desde su infancia, a ser reina, al servicio siempre de los altos intereses de la Casa.

Al término de las negociaciones dirigidas por Choiseul, promotor de aquella alianza entre dos países tradicionalmente enemigos, la casi niña María-Antonieta fue conducida a Francia y, en aquel Versalles al que llegaba encantada de vivir, en adelante, el brillo de sus fiestas, se desposaba, el 16 de mayo de 1770,  con el delfín Luis, nieto de Luis XV. Los festejos ofrecidos en París con ocasión de estas bodas fueron perturbados por graves incidentes que provocaron numerosas víctimas y parecieron, a algunos, funestos presagios.

Bella y joven, habituada a la amable simplicidad que reinaba en la corte vienesa donde había crecido, y casada con un chico grandote, regordete y apocado de carácter, al que las relaciones sociales no parecían interesar, pronto empezó a tomar sus libertades con la pesada etiqueta de Versalles.

Su marido Luis XVI ceñía la corona de Francia en mayo de 1774, y la opinión pública se prometía lo mejor para el reino, tal era la excelente opinión que se hacía de aquel joven príncipe lleno de buenas intenciones. Pero María-Antonieta, ya reina,  no cambiará su modo de vivir.

Su experiencia conyugal iba a revelarse enseguida calamitosa; ¡intimidado por las mujeres, su marido iba a tardar siete años en consumar el matrimonio! De su unión con Luis, acabarán naciendo cuatro hijos: María-Thérèse Charlotte (1778-1851, futura duquesa de Angulema), Louis-Joseph (1781-1789, primer varón y, por un momento, virtual heredero), el futuro Luis XVII (1785-1795, de triste destino), y Sophie-Hélène Béatrice (1786-1787). Porque de esta reina consorte se esperaba que asegurase la continuación directa de la dinastía, su conformación a las reglas de representación y protocolo, y personificase la nueva alianza franco-habsburguesa.

Pero María-Antonieta, era joven y, ante la inapetencia y cortedad de aquel que Dios le había dado por marido, pronto se había aficionado al baile, al juego y a las fiestas, y no había tardado en rodearse de ávidos aristócratas y de alegres libertinos, y comenzó a pasar temporadas cada vez más largas en aquel Trianon que su marido le había ofrecido, donde, en compañía de aquella camarilla, jugaba a ser bucólica pastora, mientras se deshacía en prodigalidades y favores a sus amigos, que pronto darían lugar a críticas y murmuraciones. Y, en aquella ficción de princesa sin reino, acabó despertando la pasión de aquel apuesto oficial sueco, el conde Axel de Fersen, que frecuentaba la corte y de quien, probablemente, fue amante.

            Los autores de libelos, explotando la creciente animadversión de la opinión pública, empezaron a acusarla de manirrota, de frívola y de adúltera, y de favorecer los intereses austríacos; y entre verdades, lanzaban también contra ella injurias y calumnias. El tenebroso caso del collar (l’affaire du collier) que se desató en 1785, al que era, sin embargo, ajena, acabó por hacerla irremediablemente impopular, cuando ya en la lejanía se oían truenos de mal augurio.

            Estalló la Revolución y, desde principio, la hedonista María-Antonieta –bastante ignorante de los asuntos públicos, corta de luces en la alta política y poco amiga de aquel movimiento que llamaban Ilustración-, se significó particularmente hostil a las políticas de reformas, incitando al rey a la resistencia. Llamada ya despectivamente l’autrichienne, o Madame Déficit, o Madame Veto, María-Antonieta vino a mostrar entonces una energía que le hizo exclamar a Mirabeau que el único hombre que Luis XVI tenía a su lado era su mujer.

Llegaron aquellas jornadas 5 y 6 de octubre de 1789, en que el pueblo de París (con la connivencia de La Fayette y el alcalde Bailly), obligó a la familia real  a trasladar su residencia a la capital que un día había abandonado Luis XIV. El 5, una columna de hombres y mujeres del faubourg Saint-Antoine y del barrio de las Halles había venido hasta Versalles reclamando pan. En la mañana del 6, grupos de exaltados quisieron forzar las verjas, y la reina, amenazada, hubo de ir a refugiarse en los apartamentos de su esposo. La Fayette consiguió hacer evacuar el recinto e instó al rey a aparecer en el balcón del palacio, frente al patio de armas. Sólo se oía: – Á Paris le roi, à Paris! Luis XVI cedió, y la reina hizo frente a la multitud con tranquila calma.

Ya en las Tullerías y cuando personajes relevantes como el conde de Artois o el príncipe de Condé tomaban el camino del exilio, María-Antonieta continuó ejerciendo su influencia sobre la débil personalidad de su marido el rey, en el sentido de la resistencia e  incitandole  a oponerse a más concesiones y a rechazar el apoyo de políticos moderados como La Fayette o Mirabeau que, posiblemente hubieran podido contener la deriva de aquella Revolución. Consintió, sin embargo, tener una entrevista con Mirabeau el 3 de julio de 1790, pero este no consiguió atraer a la reina a la idea de una monarquía constitucional que ella rechazaba.

            En relación epistolar con la corte vienesa de su hermano José II (muerta ya su madre María-Teresa, la única de quien ella hubiera podido seguir algunos consejos),  ya solo esperaba su salvación de una intervención de los ejércitos extranjeros.

Convenció al rey para la desventurada huída Varennes (20 de junio de 1791) pero, habiendo fracasado el intento, Luis XVI fue repuesto por un momento en el marco de un sistema constitucional.

            En abril de 1792, el gobierno revolucionario tomaba la iniciativa de declarar la guerra a las potencias exteriores, a lo que el rey se avino fácilmente; porque María-Antonieta y la Corte ya solo esperaban la invasión de Francia para recuperar la situación anterior y el poder político. Pero la publicación del manifiesto del prusiano Brunswick, el 25 de julio siguiente, amenazando a los jacobinos y a los parisienses que les apoyaban con una venganza ejemplar, vino a exacerbar aún más los ánimos y a desencadenar la sangrienta jornada del 10 de agosto, en que la plebe, azuzada por la extremista Comuna de París, asaltaba el palacio de las Tullerías y derribaba la monarquía.

            Ya ejecutado Luis XVI (21 de enero de 1793), María-Antonieta fue arrancada de la presencia de su hija y de su cuñada Elisabeth y trasladada del Temple a la Conciergerie, el 1 de agosto de 1793. El 14 de octubre comparecía ante el Tribunal revolucionario, serena y digna, ante unas acusaciones en la que se mezclaban hechos demasiado ciertos con ignominias y calumnias sobre su vida privada, como aquellas aireadas por Hébert relativas a la depravación en la que habría hecho incurrir a su propio hijo.

            De nada le sirvió a la frívola animadora del fenecido Versalles poner por testigos à toutes les mères de France. Condenada a muerte, “la viuda Capeto”, l’autrichienne, fue guillotinada el 16 de octubre siguiente en la ahora llamada plaza de la Revolución. Sus restos fueron trasladados a Saint-Denis en 1815.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CASTELOT, André: Marie-Antoinette ; reed. Paris, Hachette, 1980.
FRASER, Antonia: Marie-Antoinette; Ed. Flammarion, 2006.
GONCOURT, hermanos –: Histoire de Marie-Antoinette (varias ediciones, desde 1858).
LEVER, Evelyne :  Marie-Antoinette, Ed. Fayard, 2001 ; también :  l’Affaire du collier; Paris, 436 pgs.; Fayard, 2004.
ZWEIG, Stefan (1881-1942): Marie-Antoinette. Diversas ediciones en francés, desde 1933. En español María-Antonieta: retrato de una reina mediocre»; Barcelona, Debate, 2003, 508 págs.

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