Napoleón I Bonaparte – (1769-1821)

Aquel que iba a revelarse como genio militar en la historia de la guerra y a conmocionar los fundamentos políticos de la vieja Europa, nacía en Ajaccio (Córcega), el 15 de agosto de 1769. Era el segundo hijo de Carlo Buonaparte y de Letizia Ramolino. Gracias al apoyo del conde de Marbeuf, gobernador militar de Córcega, el pequeño Napulioni pudo recibir, junto a su hermano mayor Ghjisepu (Joseph/José) una beca de estudios para el colegio de Autun en 1778, de donde pasará a las escuela militares de Brienne (1779/1784) y luego de París (1785).

Era de carácter taciturno y hasta irascible, siendo niño y adolescente, y tuvo pocos amigos durante sus estudios; pero era apreciado por sus profesores y se distinguirá en matemáticas, historia y geografía.

Su padre Carlo muere en 1785, y es en septiembre de este año cuando el joven Napoleón salía subteniente de artillería con destino al regimiento de La Fère. Durante seis años (1785/1791) va a conocer la vida de guarnición en Valencia del Ródano, Lyon, Douai, Auxonne y otra vez Valence. Y dedica entonces sus largos ratos de asueto al estudio de la historia militar y de la estrategia, también a la lectura de Maquiavelo, de Montesquieu, de Rousseau, y de los grandes escritores clásicos antiguos y franceses.

Cuando llegó la Revolución, el joven oficial Bonaparte pareció acogerla, simplemente, con la simpatía de un ilustrado, interesado más por el movimiento nacionalista donde había militado su padre; pero hace entonces frecuentes estancias en su isla natal, donde es elegido teniente de la guardia nacional de Ajaccio, para poner enseguida su ambición, junto con sus hermanos, al servicio de la causa revolucionaria. Pero allí estaba el influyente Paoli, que seguía queriendo restablecer la independencia de la isla y desconfiaba de los intrigantes Buonaparte; por lo que, al final, toda la familia Bonaparte hubo de refugiarse en Francia. Era junio de 1793. ¡Se haría jacobino, pues no le habían querido nacionalista corso!

Rechazado por sus compatriotas, es en Francia donde Napoleón Bonaparte va a encontrar, en adelante, un terreno a la medida de su ambición y de su energía: capitán comandante en el 4º regimiento de artillería con guarnición en Niza, poco después se vio destinado al ejército del general Carteaux, encargado de reducir a los marselleses federalistas. Conoce a Robespierre el Joven y adhiere entonces, plenamente ya, a la política de los jacobinos, que defiende en un pequeño escrito, Le Souper de Beaucaire, que escribe y que irá repartiendo entre militares y políticos de su entorno.

En septiembre de 1793 recibe el mando de la artillería en el asedio a los habitantes de Tolón, rebeldes al poder central y a los que apoyaba una flota de ingleses y españoles; y tres meses después contribuye decisivamente a la recuperación de la ciudad, lo que le vale felicitaciones de sus superiores y el grado de general de brigada.

Cayó Maximiliano Robespierre, y sus relaciones con los jacobinos le comprometían, hasta ser encarcelado por un momento, sin otras consecuencias. Rechaza entonces un mando en Vandea y permanece sin empleo durante un año. Con su madre y hermanos pequeños allá en Marsella, necesitados de lo que José, él y Luciano pudieran mandarles, se encuentra sin recursos y piensa en pasar a Constantinopla como inspector en el ejército turco.

Pero ya ha establecido por estas fechas relaciones con Tallien, Barrás y gente que manda; agregado a la oficina topográfica, prepara con Carnot los planes de la futura campaña de Italia. Todas sus amistades y relaciones le ligan a los republicanos, y el 13 vendimiario, año IV (5 de octubre de 1795), para reprimir la alarmante insurreción realistas en París que amenaza la supervivencia misma del régimen directorial, es a él a quien el director recurre Barrás, que se acordaba de Tolón: Bonaparte ordena ametrallar a los rebeldes en la escalinata de la iglesia Saint-Roch, y, como recompensa, obtiene el grado de general de división con el mando supremo del ejército del interior. El ambicioso Barrás creía fabricarse con esta promoción un homme à lui, un incondicional con quien contar.

Y acababa de conocer por estos meses a una bonita criolla, una merveilleuse bien conocida en el turbio mundo del Directorio: era Joséphine Tascher de la Pagerie, viuda del general de Beauharnais, guillotinado en 1793, y ex-amante de Barrás con el que seguía manteniendo una estrecha relación; con ella se casa civilmente el 9 de marzo de 1796. Días antes había recibido del ejecutivo el mando supremo del ejército de Italia.

                Llegado a Niza el 27 de marzo de 1796, Bonaparte entusiasma a sus soldados con una proclamación impetuosa y prometedora “Voy a llevaros a las más fértiles planicies del mundo; allí encontraréis grandes ciudades, ricas provincias, honores, gloria y riqueza. Soldados de Italia, ¿acaso os falta coraje!” A la cabeza de aquellos 38.000 hs. que le han sido confiados -gente jacobina e indisciplinada-, con 30 cañones, contra fuerzas austropiamontesas casi dos veces superiores, va a desarrollar una fulgurante campaña donde se revelará todo el genio militar que llevaba dentro y que solo pedía ocasiones donde desarrollarse.

Secundado por jóvenes jefes como Augereau y Masséna, arrolla al ejército piamontés en Mondovi (22 de abril); luego se vuelve contra el austríaco Beaulieu, ya derrotado en Montenotte el 12 de abril anterior y en Millesimo el 14: después de cruzar el Pó, fuerza el paso del Adda en el puente de Lodi el 10 de mayo, y el 15 entraba en Milán, mientras Beaulieu se retiraba hacia el Tirol. El Papa y los soberanos italianos abandonan la alianza austríaca y Nápoles retira sus tropas.

            Pero Austria envía un nuevo ejército al mando de Wurmser, que también es derrotado, entre agosto y septiembre de 1796, en Castiglione, Roveredo y Bassano, para acabar encerrándose en Mantua después de haber perdido 50.000 hs. Y otro nuevo ejército austríaco dos meses después, esta vez bajo Alvinczy: los franceses se retiran inicialmente, pero, después de tres días de combates (15/17 de noviembre), Bonaparte y Augereau consiguen forzar el puente de Arcola, y una nueva derrota de Alvinczy en Rívoli (14 de enero de 1797) obliga a Wurmser, ya sin esperanza, a capitular en Mantua (2 de febrero). Bonaparte marcha entonces sobre Viena: En Estiria (SE de Austria) arrolla al ejército del archiduque Carlos y, ya en Leoben, Austria obtiene el armisticio el 18 de abril.

            El resultado de esta campaña será la paz de Campoformio (17 de octubre de 1797), que le aseguraba a Francia la orilla izquierda del Rin y creaba en Italia la república Cisalpina. Y al enviar a París la correspondencia intervenida en Viena al agente realista conde de Entraigues, parecía salvar al régimen: Será el golpe institucional dado desde el mismo Estado por el ala dura del Directorio, contra los moderados y el realismo, el 18 fructidor, año V (4 de septiembre de 1797).

Aquellos brillantes resultados conseguidos en Italia le han valido a Bonaparte gran popularidad; empieza ya a pensar en la conquista del poder, pero va a proceder lentamente y con prudencia. Piensa que su prestigio no es todavía suficiente para permitirle intentarlo con posibilidades de éxito:  es necesario –él mismo lo dirá- que el Directorio, sufra reveses en su ausencia y siga envileciéndose.

El propio Directorio sólo pensaba en alejar al incómodo general de quien sentían la impaciente ambición. Después de haberle propuesto el mando de un ejército destinado a invadir Inglaterra, se le permitió intentar aquella campaña de Egipto que habría de representar en su ascenso político lo que la guerra de las Galias había sido para César. Estratégicamente, se trataba de amenazar a esa potencia en el mediterráneo oriental y en el camino de la India, de interceptar su comercio con Oriente, de preparar su aislamiento; idea que más tarde intentará de nuevo, ya Emperador, con el bloqueo continental.

            Salido de Tolón el 19 de mayo de 1798, Bonaparte consigue eludir la vigilancia de Nelson, se apodera de Malta (11 de junio), y desembarca en Alejandría el 1 de julio siguiente.
La victoria de las Pirámides contra los mamelucos el 21 le abría las puertas del Cairo, pero la destrucción de la flota francesa en Abukir (1/2 de agosto) le dejaba prisionero de su conquista. Bonaparte tiene la firme voluntad de prosigue, no obstante, la sumisión y colonización del pais, proclamando, sin mucho éxito, su tolerancia hacia el islam y estableciendo en el Cairo el Instituto de Egipto; pero pronto iba a surgir la amenaza turca.

Para prevenirla, sale a la conquista de Siria: se apodera de El-Arish, de Gaza y de Jaffa (6 de marzo de 1799), se alza con la victoria del monte Tabor, al SE de Nazaret (16 de abril), pero acaba estrellándose ante Acre y tiene que regresar a toda prisa en previsión de un desembarco que espera. Su oportuna victoria en la segunda batalla de Abukir (25 de julio de 1799), le evita a su ejército ser cogido en pinza entre turcos e ingleses.

Pero, ya aquella aventura egipcia parecía sin salida: era en Europa donde Inglaterra debería ser derrotada y humillada.

            Porque las noticias que Bonaparte venía recibiendo de Europa eran malas: mientras el Directorio se debatía en medio de rivalidades personales e intrigas, los diferentes ejércitos de Francia eran derrotados por austríacos y rusos. Bonaparte decidió entonces abandonar aquel ejército de Egipto, dejándolo al mando de Kléber.

Con suerte, pudo evadir la búsqueda inglesa. El 8 de octubre de 1799, desembarcaba en Fréjus y, días después, aparecía en París en medio de una semi-sorpresa general.

            En el descrédito en el que había caído el Directorio (ley sobre la conscripción, empréstito forzado, corrupción generalizada), la mayoría de la opinión sólo pedía, a estas alturas, una espada con prestigio capaz de realizar el golpe que muchos anhelaban. Algunos bien situados intrigaban cerca de todos aquellos logreros de la Revolución que temían tanto el regreso del rey como la vuelta al jacobinismo terrorista. Y, en su ambigüedad calculada, Bonaparte se presentaba como la esperanza de una burguesía que aspiraba a ver consagrada en instituciones estables las conquistas sociales alcanzadas desde 1789, y quería acabar con el doble peligro de la anarquía y la contrarrevolución. Hombre de los notables, apoyado por los compradores a vil precio de bienes nacionales, por los banqueros, por los intelectuales del Instituto y por el ejército, podía contar en el seno del Directorio con la complicidad de Sieyès y de su alter ego Roger Ducos, con el ministro Fouché y con Talleyrand también, de gran influencia y muchas relaciones, y con el concurso de su hermano Luciano Bonaparte, aupado a la presidencia de la cámara de los Quinientos (Conseil des Cinq-Cents) gracias a Sieyès, en previsión de acontecimientos por venir.

            El 18 de brumario (9 de noviembre de 1799), Bonaparte conseguía ser nombrado por el consejo de los Ancianos –la cámara alta-, comandante de las tropas de París (ante las noticias alarmantes de un peligro inminente contra las instituciones, que los conspiradores habían hecho circular), pero al día siguiente, 19, aquella Asamblea, trasladada a Saint-Cloud, había tenido tiempo de recuperarse de su sorpresa, y el general se encontró con una atmósfera inesperadamente hostil. En el Consejo de los Quinientos el clima era aún peor, y Bonaparte iba a ser declarado fuera de la ley, cuando la energía de Luciano hizo cambiar la situación: conducido por el general Leclerc, un destacamento de granaderos invadió entonces la sala de sesiones y expulsó a los diputados. Ya caída la noche, unos cincuenta parlamentarios adictos, reunidos por su presidente Luciano, confiaban la dictadura provisional a tres cónsules: Bonaparte, Sieyès y Roger-Ducos.

            Semanas después, el principal actor de Brumario publicaba la Constitucion del Año VIII (Constitution de l’an VIII), del 3 de diciembre de 1799, que concentraba prácticamente toda la autoridad entre sus manos. Primer Cónsul por diez años, tenía el poder ejecutivo y la iniciativa de la leyes, nombraba directamente a los miembros de todas las administraciones y de los consejos departamentales y municipales, a oficiales a consejeros de Estado, a diplomáticos, y a los jueces de los ámbitos civil y criminal. Otros dos cónsules, Cambacérès y Lebrun, aparecían adjuntos a él, sólo con voz consultativa.

            Con más poder que Luis XVI en 1789, Bonaparte tuvo la habilidad de disfrazar su particular “monarquía” bajo especies republicanas (hasta 1808, las monedas llevarán la inscripción République Française).

            Entretanto, la guerra contra la coalición continuaba; habiendo reunido secretamente un ejército, Bonaparte cruzaba el Gran San Bernardo en la primavera de este 1800 y, con su victoria de Marengo del 14 de junio siguiente, restablecía las posiciones francesas en Italia. Amenazada por la victoria de Moreau en Hohenlinden (3 de diciembre de 1800), Austria firmó la paz de Lunéville (9 de febrero de 1801), que venía a confirmar las cláusulas de Campoformio.
Inglaterra, aislada ahora en Europa y cansada también de la guerra, acabó resignándose a firma la paz de Amiens (27 de marzo de 1802), que parecía anunciar un largo período de tranquilidad y que fue acogida con entusiasmo por la opinión pública de los dos países.

            El Primer Cónsul, que el plebiscito del 29 de julio de 1802 convertiría en cónsul vitalicio (consul à vie), había emprendido ya una obra de pacificación y de reorganización que iba a crear la mayoría de los marcos fundamentales de la Francia moderna; la pacificación de Vandea, la liberación de numerosos sacerdotes y presos realistas, la llamada para que regresaran los proscritos del 18 fructidor, iban también en esa linea. Al tiempo que rechazaba las ofertas del conde de Provenza (futuro Luis XVIII), que le proponía desempeñar el papel de un Monk en Inglaterra (septiembre de 1800), el Primer Cónsul siguió perseverando en su política; y ello a pesar de aquel atentado llamado de la machine infernale, en la rue Sainte-Nicaise, de 24 de diciembre de 1800. El 26 de abril de 1802, quedaba restablecido en toda Francia el libre ejercicio de la religión católica, no sin tratar de hacer de la Iglesia un instrumento entre las manos del Estado.

                La idea uniformizadora estará presente en todos sus proyectos de reforma:

-la ley del 28 pluvioso, año VIII (17 de febrero de 1800) sobre la organización administrativa, colocaba a la cabeza de cada departamento a un prefecto, emanación del poder central, sin que las administraciones locales tengan, en adelante, la mínima posibilidad de oponerse eficazmente a esa tutela invasora del gobierno de París.

-la ley del 27 ventoso, año VIII (18 de marzo de 1800), que fijaba la organización judicial.

-posteriormente, la ley del 10 de mayo de 1806, que creará la Universidad Imperial y le daba al Estado la alta autoridad sobre la enseñanza pública.

Las mismas tendencias se manifestaban en la considerable importancia que vino a adquirir el ministerio de la Policía (controlado por Fouché hasta 1810) y por la censura (desde principios del Consulado, el número de periódicos publicados en París quedó reducido a doce y luego a ocho).

Fue, asimismo, bajo el consulado, a partir de agosto de 1800, cuando Bonaparte decidió la creación de una comisión de juristas con vistas a la elaboración de un Código Civil (code Napoléon, 1804), de un Código de Procedimiento civil (1806), de un Código de comercio (1807), de un Código de instrucción criminal (1808) y de un Código penal (1810), obra inmensa, toda ella, de uniformización del derecho, que numerosos jurisconsultos del Antiguo Régimen habían intentado acometer sin conseguirlo.

            Y aquel código civil, que los ejércitos de Napoleón iban a extender por Europa, revestía particular importancia, porque hacia pasar en la práctica los fundamentales principios que habían inspirado la Revolución Francesa: laicidad del derecho, individualismo, igualdad ante la ley, abolición del derecho de primogenitura y de los privilegios, defensa del derecho de propiedad…

                Paralelamente a esa vasta reorganización del Estado, el gobierno de Napoleón Bonaparte trató de devolverle su impulso a la vida económica: la ley del 28 pluvioso, año VIII (17 de febrero de 1800) creaba el Banco de Francia; y la ley del 7 germinal, año XI (28 de marzo de 1803), a partir de trabajos previos de la Convención, daba vida a una nueva unidad monetaria, el llamado franc germinal, de larga vigencia.

Y, sin embargo, la paz con Inglaterra continuaba frágil, pues Bonaparte no renunciaba a intervenir ni en las colonias (expedición a Sant Domingo, 1802/03), ni en Europa, donde se daba a sí mismo el título de presidente de la República Italiana (enero de 1802), y donde reorganizó Suiza por el Acta de Mediación de febrero de 1803. En mayo de 1803, Inglaterra abría unas hostilidades que no cesarían hasta 1815, con la caída del tinglado napoleónico.

            En el interior del país, los realistas, contando siempre con el auxilio interesado de los ingleses, trataban por diversos medios  de derrocar, e incluso secuestrar al Primer Cónsul: la conspiración de Cadoudal (febrero/marzo de 1804), decidió a Bonaparte a asestar un golpe de terror a aquella oposición que no cesaba: y fue el rapto, en territorio neutro, y posterior ejecución tras simulacro de juicio, de un príncipe de la Casa de Borbón, el duque de Enghien (21 de marzo de 1804).

Poco después, un Senado prácticamente unánime (senadoconsulto de 18 de mayo de 1804), procedía a proclamar a Napoleón Bonaparte “Emperador de los Franceses” (Empereur des Français). Y -prueba notable de buena voluntad-, Pío VII accedió a venir hasta París para la coronación del nuevo soberano en la catedral de Notre-Dame, aquel 2 de diciembre de 1804.

                Al año siguiente, la República italiana fue erigida en reino, y Napoleón proclamado rey de Italia en Milán, el 26 de mayo de 1805.

El apogeo: 1805-1810

            Inglaterra ha formado ya con Austria, Rusia y Dos Sicilias la tercera coalición. El desastre naval de Trafalgar (21 de octubre de 1805), destruía para siempre el sueño de un desembarco en Inglaterra; pero el Gran Ejército (la Grande Armée), que cruza el Rin el 1 de octubre, avanza por el sur de Alemania hacia Viena.

Después de la capitulación de Ulm el 20 de octubre, la victoria sobre los austro-rusos en Austerlitz (2 de diciembre de 1805), obligaba a Austria a pedir la paz de Presburgo (26 de diciembre), que aseguraba a Francia una influencia preponderante en Alemania, pronto materializada con la creación de la Confederación del Rin (12 de julio de 1806), y el hundimiento del Santo Imperio Romano-Gerrmánico, que conllevaba una considerable simplificación de aquel mapa político.

Al mismo tiempo, Napoleón derrocaba a los Borbones de Nápoles para darle la corona de ese reino a su hermano José (sustituido en 1808 por su cuñado Murat); y otro hermano, Luis Bonaparte, se convertía en rey de Holanda.

Nunca podría Inglaterra aceptar la paz en semejantes condiciones. Excluida ahora Austria de cualquier coalición, es a Prusia a quien incita a encabeza la lucha contra Francia en el continente: pero la victoria de Napoleón en Jena el 14 de octubre de 1806, y de Davout en Auerstädt, permitía al Emperador de los franceses entrar en Berlín dos semanas después.

El 21 de noviembre siguiente, firmaba el decreto de Berlín que organizaba contra Inglaterra el bloqueo continental (luego completado por el decreto de Milán de 17 de diciembre de 1807).

El ejército prusiano había quedado aniquilado, pero Napoleón se encontraba ahora frente a frente con el Imperio ruso. En Eylau (7 de febrero de 1807), no consigue nada decisivo, pero por la victoria de Friedland del 14 de junio, lograba la paz de Tilsit (9 de julio de 1807). Napoleón, que se entrevista entonces con el zar Alejandro en medio del Niemen, logra atraer al ruso a una alianza: a cambio de la promesa de ayuda contra los turcos y de secundarle en sus apetencias sobre Finlandia; Alejandro participaría también en el bloqueo continental. Era un reparto de influencias en Europa, en detrimento de Prusia, que veía perdida la mitad su territorio. Se creó también un reino de Westfalia que recibir Jerónimo, el benjamín de los hermanos Bonaparte.

Por su buena disposición hacia los designios del francés, el electorado de Sajonia fue erigido en reino y su rey Federico-Augusto I recibía, además, el Gran Ducado de Varsovia, creado con la Polonia prusiana.

En el sur de Europa la Toscana había sido ya ocupada en 1806, y Portugal invadido en 1807. La política napoleónica parecía triunfar irresistible por todas partes, e Inglaterra carecía de aliados en el continente.

Entretanto, en el interior del país, los decretos de marzo y agosto de 1806, y de marzo de 1808 venían a instituir una nobleza hereditaria.

El autoritarismo del régimen continuaba también reforzándose: el control del Estado se hacía aún más estrecho con la reforma de la enseñanza (creación de la Universidad Imperial de 10 de mayo de 1806); y en el ámbito del teatro (decreto del 29 de julio de 1807); y sobre la imprenta (decreto del 5 de febrero de 1810). El incómodo Tribunado, creado por la Constitución del año VIII y que ya sólo existía nominalmente, desaparece en 1807.

La industria francesa parecía próspera, refugiada detrás de barreras proteccionistas y del bloqueo continental, mientras proseguía el saqueo de la Europa ocupada; pero el comercio sufría gravemente, con los puertos sumidos en el marasmo, mientras Inglaterra, dueña ahora de los mares, paliaba las consecuencias del bloqueo desarrollando su comercio allende los mares. Por todo el continente crecía el descontento, en los puertos de Marsella y de Burdeos, y en Bélgica, en Holanda, en Rusia…

A fin de hacer más eficaz aquel bloqueo, Napoleón se vio forzado a extender cada vez más sus conquistas europeas: Roma fue ocupada en febrero de 1808, y unas semanas después, era el principio de la intervención en España, con Murat entrando en Madrid el 23 de marzo.
Pero ya Wellington desembarcaba en Portugal, y el levantamiento del pueblo madrileño hubo de ser aplastado en sangre (2 de mayo de 1808). La abdicación de los Borbones de España (tratado de Bayona del 5 de mayo) y su sustitución por José Bonaparte (7 de junio) sólo consiguieron hundir aún más a Francia en el avispero español. Por primera vez, un ejército francés capitulaba (Bailén, 22 de julio) y, cogida entre los ingleses y el hostigamiento incesante de las guerrillas, Francia va a extenuarse durante cinco años en una guerra sin salida que le costará más de 400.000 hs.

Inglaterra aprovecha estas dificultades para arrastrar a Austria a la quinta coalición: vencedor de los austríacos en Eckmül (22 de abril de 1809), Napoleón ocupa Viena el 12 de mayo, es derrotado en Aspern-Essling diez días después, pero se alza con la decisiva victoria de Wagram de 5 y 6 de julio, seguida de la paz de Schönbrunn, o “paz de Viena” del 14 de octubre de 1809, particularmente costosa para Austria, pero que, al menos, la dejaba subsistir.

Y es que Napoleón pensaba, efectivamente, atraerse duraderamentre a ese país por medio de una alianza matrimonial que también favorecía el jefe de la diplomacia austríaca Metternich: el Emperador de los franceses, que buscaba asegurar su sucesión, hizo, pues,  disolver su unión con Josefina, de la que no había tenido hijos (16 de diciembre de 1809) y, en abril de 1810, se desposaba con la archiduquesa María Luisa: y el 20 de marzo de 1811 nacía el rey de Roma, presunto sucesor de un Imperio entonces en su apogeo.

Después de la anexión de Etruria (1807/08), de los Estados pontificios (mayo de 1809), de Holanda (1810, tras la abdicación de Luis Bonaparte, que no soportaba la agobiante presión de su hermano), y de una parte de la Alemania del norte (1810/11), la Francia imperial contaba 130 departamentos.

Primeras grietas: 1812-1813

                Y sin embargo, las señales de resquebrajamiento no faltaban; personajes relevantes del sistema, como Talleyrand, Fouché o Bernadotte (cuñado este de José, y cuyas relaciones con Napoleón siempre habían sido mediocres), comenzaban a tomar sus distancias.  Pío VII, privado de sus Estados y reducido a prisión le ha excomulgado, y las dificultades con los católicos del interior iban acrecentándose, después de aquel prometedor concordato de 1802. En Alemania el sentimiento nacional despertaba ya y Prusia llevaba a cabo en secreto eficientes reformas administrativas y militares. Y en Rusia, el bloqueo continental se enfrentaba a una creciente oposición; ya desde la entrevista de Erfurt (septiembre/octubre de 1808), Alejandro había manifestado sus inquietudes, y en 1811 la alianza rusa había dejado prácticamente de operar. Pronto el zar va a alzar el tono y a exigir que las tropas francesas evacuen Pomerania y Prusia (abril de 1812).

Lejos de cuestionar su propia política exterior, otra vez Napoleón entraba en guerra, exigiendo nuevos sacrificios en hombres y recursos a una Francia cansada y a Europa entera.

A finales de junio de 1812, la Grande Armée, con cerca de 700.000 hs. y sólo un tercio de franceses, cruzaba el Niemen. El 28 se apoderaba de Vilna, se alzaba con la victoria de Smolensko a orillas del Dniéper (18 de agosto), y se internaba luego en la inmensa Rusia, sin conseguir conectar con el grueso de las fuerzas de Kutuzov; finalmente, tras la dura batalla de la Moskova o Borodino, el 7 de  septiembre, Napoleón entraba en Moscú el 14.

Pero un formidable incendio provocado, destruye entonces el avituallamiento de los franceses y otros recursos logísticos, obligándoles a la retirada a partir del 19 de octubre siguiente. Hostigado por el frío, el hambre y los cosacos rusos, aquel gran y brillante ejército que había iniciado la campaña con los primeros días del verano, va a acabar casi enteramente aniquilado, enterrado en la nieve o ahogado en las aguas del río Beresina (26/28 de noviembre).
Y a partir del 5 de diciembre, Napoleón abandonaba el ejército, porque de Francia le habían llegado noticias de una conspiración protagonizada por el general Malet y otros descontentos.

Llegado a su capital, consigue levantar un nuevo ejército de 400.000 hs. con el que va a iniciar la campaña de 1813. Pero Prusia se alía a Rusia, y Alemania entera se alza a favor de su liberación; Suecia y luego la Austria de su suegro Francisco I (agosto de 1813) se unen decididamente a la nueva y definitiva coalición.

            El Emperador salió de nuevo vencedor en Lützen (2 de mayo), en Bautzen (21 de mayo) y en Dresde (27 de agosto); pero, desde marzo anterior, el control militar de España se ha hundido, y el rey José tiene que abandonar Madrid. Sucesivamente, los aliados alemanes de Napoleón (Baviera, Wurtemberg, Sajonia) irán de bando; y, después de la desastrosa batalla de Leipzig (la “batalla de las Naciones”), entre los días 16 y 19 de octubre, toda Alemania ha de ser desalojada. Y a partir de finales de diciembre, los aliados cruzaban el Rin.

            Pero él se resistía a creer que todo estuviera perdido: en noviembre rechaza la oferta de los aliados (apoyada por Metternich y Austria que deseaban preservar al “yerno de los Habsburgo”) de firmar la paz sobre las bases de las “fronteras naturales” de Francia, con toda la margen izquierda del Rin; y rompe las negociaciones de Châtillon-sur-Seine, de febrero/marzo de 1814, donde ya únicamente podría esperar las fronteras de 1792.

            Y es que, a partir de enero de este 1814, Napoleón ha empezado la más extraordinaria de sus campañas: con 60.000 hs., va a enfrentarse durante tres meses a la oleada de prusianos, rusos y austríacos que se le venían encima e inundaban Francia. Sucesivas victorias en Saint-Dizier, Brienne, Champaubert, Montmirail, Château-Thierry, Vauchamp, Montereau, no consiguen, sin embargo, darle la vuelta a una situación ya desesperada. Los aliados entraban en París el 31 de marzo, y Marmont pareció darles al resto de la alta oficialidad la señal del abandono general del régimen: el Senado proclamaba oficialmente, el 3 de abril, la deposición del Emperador.

            Tres días después, Napoleón I firmaba su abdicación. Por el tratado de Fontainebleau del 11 de abril de 1814, los aliados seguían reconociéndole el título de emperador con la soberanía de la isla de Elba, y una renta de dos millones de francos; su esposa María-Luisa recibiría los ducados de Parma, Plasencia y Guastalla.

Entre Elba y Santa Elena:

            Después de despedirse de su guardia aquel 20 de abril, el 4 de mayo de 1814 llegaba a la isla de Elba; y durante algún tiempo pareció querer consagrarse únicamente a la administración de su irrisoria soberanía. Pero su pensamiento continuaba fijado en su hijo que llevaron a Schönbrunn, en el Congreso de Viena donde algunos hablaban de deportarlo lejos de Europa, y en Francia, donde los Borbones venían cometiendo errores y donde él continuaba manteniendo fervientes partidarios. Su decisión estaba tomada.

            Aquel domingo 26 de febrero de 1815, partía, pues, en secreto de su isla, y desembarcaba en Golfe-Juan el 1 de marzo siguiente. Se dirige hacia París por la ruta de los Alpes, y por el camino se le van adhiriendo las tropas enviadas para combatirle; el 21 de marzo, llegaba triunfalmente a las Tullerías y enseguida publicaba un Acte Additionnel aux Constitutions de l’Empire, de inspiración liberal (22 de abril).

Pero los republicanos no se fiaban, el pueblo temía el regreso del reclutamiento forzoso y de la guerra, y los realistas volvieron a agitarse en el Oeste.

            Conocida la noticia del regreso del gran perturbador de Europa, aquellas potencias reunidas en el Congreso de Viena renovaron sin tardar la coalición. Napoleón tomaba la ofensiva a principios de junio y batía a los prusianos en Ligny (16 de junio), pero Blücher había  conseguido alejarse, y fue su llegada al lado de Wellington la que decidió la derrota definitiva de Napoleón, aquel 18 de junio de 1815.  Ya de regreso, firmaba el 22 de junio su segunda abdicación a favor de su hijo que las Cámaras reconocían como Napoleón II. Se había mantenido durante Cien Días.

            Y en un primer momento, tuvo la intención de exiliarse a América, pero comprendió que no podría escapar de los ingleses cruzando el Atlántico. El 15 de julio, él mismo tomaba la iniciativa de entregarse sobre el navío inglés Bellerophon, apelando a la magnanimidad de Inglaterra. Su sola presencia hubiera constituido una amenaza permanente para la paz en Europa, y ya algunos exigían que fuera juzgado como criminal de guerra. El gobierno de Londres prefirió deportarlo, pero esta vez a una isla perdida del Atlántico Sur.

De Rochefort, el ya ex-Emperador fue conducido a Plymouth, y el 7 de agosto, subía a bordo del Northumberland, rumbo a Santa Elena; le acompañaban algunos fieles como Bertrand, Gourgaud, Montholon, las Cases…

            Desembarcado el 16 de octubre de 1815, le instalaron en una pequeña casa, construida apresuradamente en Longwood. Y va a ocupar su cautivero en dictar sus memorias y el relato de sus campañas, bajo las incesantes vejaciones del gobernador de la isla Hudson Lowe.

            Como su padre treinta años antes, también él iba a morir de un cáncer de estómago, a la edad de cincuenta y dos años; fue el 5 de mayo de 1821. Y en 1840, el gobierno de Luis-Felipe obtendrá de Inglaterra autorización para devolver su cuerpo a tierra francesa. Hoy sus restos descansan en la cripta de los Inválidos de París

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

Sobre su infancia y primera juventud;

CARRINGTON, Dorothy: Napoléon et ses parents; Ed. Alain Piazzola et La Marge; Ajaccio, 2000.
DEFRANCESCHI, Jean: La jeunesse de Napoléon: les dessous de l’Histoire; Paris, Lettrage, 2001.
MASSON, Louis Claude Frédéric (1847-1923): Napoléon dans san jeunesse (1769-1793); 1ª ed. París, 1907, reed. en 1969.

Sobre la expedición de Egipto:

BENOIST-MÉCHIN, Jacques (1901-1983): Bonaparte en Egypte ou le rêve inassouvi (1797-1801); primera ed. Lausana, “Guilde du Livre,” 1966; otras ediciones posteriores.
BERTRAND, Henri Gatien, general: Campagnes d’Egypte et de Syrie de Napoléon Bonaparte (1798-1799), dictada a – por Napoleón en Santa Elena; Paris, 1847, 2 vols.; o la edición en París: Imprimerie Nationale, 1998, presentada por H. Laurens.
MURAT, Laure y WEILL, Nicolas: L’expédition d’Egypte. Le rêve oriental de Bonaparte.
París, Gallimard, “Découvertes”, 1998.

Sobre Brumario:

AGULHON, Maurice (1926-2014): Coup d’État et République, Paris, Presses de Sciences Politiques, 1997.
BERTAUD, Jean-Paul: 1799. Bonaparte prend le pouvoir; Bruselas, Éditions Complexe, 1987.
GUENIFFEY, Patrice : Bonaparte (1769-1802), Gallimard, 2013, 848 pgs.
OLLIVIER, Albert: Le Dix-huit Brumaire (9 novembre, 1799) (“Trente Journées qui ont fait la France”). Gallimard, 1957 y posteriores.
TULARD, Jean: Le 18 Brumaire. Comment terminer une révolution. París, Perrin, 1999.

Sobre la figura de Napoléon, su régimen y su época:

ABRANTES, duquesa de  — (Laure Permon, casada Junot): Mémoires de la duchesse d’Abrantès, ou Souvenirs historiques sur Napoléon, la Révolution, le Directoire, le Consulat, l’Empire et la Restauration; múltiples ediciones desde 1830. (También  en español).
BOURRIENNE: Mémoires, sur Napoléon, le Directoire, le Consulat, lEmpire et la Restauration; primera edición, 1829.  A leer con alguna prudencia. Memorias mayormente escritas  por diversos colaboradores, a partir de la primera redacción y los papeles, los recuerdos y los dictados del ex-condiscípulo de Buonaparte en Brienne y más tarde secretario, hasta su apartamiento en 1802.
FOUCHÉ, Joseph : Mémoires de Joseph Fouché, duc d’Otrante, ministre de la police générale; edición cotejada según la original de 1824 de Jean de Bonnot ; 1967.
GALLO, Max: Napoléon, 4 vols., Paris, R. Laffont, 1997. 
LAS CASES, conde Emmanuel de –: Mémorial de Sainte-Hélène, ou journal où se trouve consigné…tout  ce qui a dit  et  fait  Napoléon,  du 20 juin 1815,  au 25 novembre 1816; 8 vols., (Paris, 1823).
MARMONT, Auguste Louis Frédéric Viesse de –, mariscal, duque de Raguse (1774-1852) : Mémoires du maréchal Marmont, duc de Raguse, de 1792 à 1841, imprimés sur le manuscrit original de l’auteur ; Paris, Perrotin, 1857 (9 vols.).
PIGEARD, Alain : Dictionnaire des batailles de Napoléon; Tallandier, 2004. 
TALLEYRAND-PÉRIGORD, Charles-Maurice de –: Mémoires; publicadas por el duque de Broglie; 1891/92. Hay también una edición de 1967, publicada por Jean de Bonnot, en 6 vols. in-8º; y una ed. de Robert Lafont, de 2007, Mémoires et correspondances du prince de Talleyrand, edición íntegral;  Existe versión española de Jesús García Tolsa, en ediciones de 1962 y 1986.
NAPOLÉON: LETTRES,  DISCOURS ET PROCLAMATIONS. Mercure de France, 1938, Y  CORRESPONDANCE GÉNÉRALE (Fondation  Napoléon  desde 2002)

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