Revolución Francesa

Luis XVI, cada vez más impotente ante la degradación de la situación, se había resignado a convocar, en agosto de 1788, los Estados Generales para mayo del año siguiente. Pero la Revolución, de hecho, había empezado ya con la rebelión de los parlamentos, que algunos nobles apoyaban. El rey, absoluto sólo en teoría, era respetado en todos los rincones del reino, pero el déficit crónico y la situación financiera habían hecho ineluctable aquella convocatoria de la que todo el mundo hablaba ya, mientras los cortesanos continuaban solicitando beneficios eclesiásticos, embajadas y mandos militares.


Aquella Francia, donde la pujanza demográfica de la segunda mitad del siglo daba testimonio del final de las depresiones por hambre y epidemias, contaba por entonces cerca de veintiséis millones de habitantes. Mientras se hilaba la lana en la rueca, que incipientes empresarios iban comprando por la aldeas, la industria (aparte las manufacturas reales y los arsenales), seguía ejerciéndose en los talleres, donde el patrón artesano, secundado por algunos oficiales, fabricaba objetos que solía vender en las ferias del entorno. En las ciudades, numerosos oficios seguían agrupados en gremios, cuyos reglamentos paralizaban el progreso técnico, si bien ya algunas grandes empresas empezaban a utilizar máquinas innovadoras y empleaban a una numerosa mano de obra (metalurgia, minas, manufacturas…)

Las islas y el tráfico de esclavos enriquecían a Burdeos, Nantes y Le Havre, mientras Marsella mantenía activos intercambios con Levante. Si los progresos de la agricultura era menos patentes que en Inglaterra, cultivos como la patata y la introducción de praderas artificiales para la alimentación del ganado, empezaban a extenderse. Los fisiócratas preconizaban el vallado de los campos y la constitución de grandes propiedades, más aptas para la introducción de innovaciones científicas. Diversos edictos venían alentando al reparto de los comunales entre los propietarios del municipio, para descontento de los desheredados.

Por otro lado, la multiplicidad de divisiones administrativas y particularismos locales hacía complejo el gobierno del reino, y las instituciones financieras no permitían ni una eficiente gestión, ni la recaudación de recursos suficientes; los plebeyos (roturiers) pagaban la totalidad de la taille royale –principal impuesto directo- y la mayor parte de otros tributos; la mayoría de los indirectos (gabelles sobre la sal y aides sobre las bebidas) se hallaban en manos de capitalistas arrendatarios, los fermiers généraux.

Ni las instituciones judiciales eran mejor aceptadas: la justicia real, que variaba de los llamados pays de derecho romano a aquellos de derecho consuetudinario, era lenta y onerosa, y por las lettres de cachet un súbdito podía ser encarcelado en cualquier fortaleza de la corona.

Es cierto que algunos hombres de Estado (Turgot, Nécker, Calonne, Loménie de Brienne…) venían comprendiendo la necesidad de realizar reformas que suprimiesen las corporaciones, facilitasen la circulación de mercancías, restaurasen las finanzas públicas y creasen impuestos directos universalmente repartidos; pero todos se habían encontrado con la hostilidad de la Corte y de los Parlamentos que, amparados en la dilogía de su nombre, se pretendían los guardianes de las leyes fundamentales y de las libertades.

Para romper tales resistencias, hubiera sido necesario, a la cabeza del Estado, un monarca con energía y lucidez, cualidades de las que, entre otras más domésticas y personales –genéricamente amante del bien público y honesto-, carecía Luis XVI. La reina, mujer de trato encantador, pero corta de luces en la alta política, ejercía sobre aquella personalidad escrupulosa un fuerte ascendiente; y ello, ante la inútil presencia de los hermanos del rey, el escéptico conde de Provenza, y el frívolo conde de Artois. El duque de Orleáns, primo del rey, en su residencia parisiense del Palais Royal, fomentaba intrigas y desavenencias.

A pesar de los golpes de ariete que la Ilustración venía asestándole, el Clero (0,5% de la población), gozaba de gran consideración y de privilegios fiscales y judiciales; poseía importantes propiedades de mediocre rendimiento e inmuebles por los que percibía alquileres, y recibía diezmos (generalmente muy inferiores a lo que su denominación podía dejar pensar). Pero, además de su “voluntaria” contribución al Estado y de los derivados del culto, este estamento asumía la mayor parte del funcionamiento de los hospitales y de la asistencia pública, y la totalidad de la enseñanza y el registro civil. Era, sobre todo, el clero regular el que venía siendo objeto de las críticas de filósofos y economistas, que le reprochaban la mediocre atención con que cultivaba sus propiedades, y de las quejas de los obispos, que lamentaban su independencia.

Alto y bajo clero parecían mundos aparte: casi todos nobles segundones en el primero, de los que, la mayoría, residían en la Corte, y algunos gozaban de elevadas rentas. Y es que, salvo excepciones, abiertos ellos mismos a las nuevas ideas y faltos de vocación, aportaban escasa diligencia en defender la doctrina que atacaban los Ilustrados. El bajo clero -salido del pueblo y la pequeña burguesía-, mostraba, las más de las veces, fe en su ministerio, pero soportaba con enfado la altanería y frivolidad de los prelados.

La Nobleza reunía a aquellos cuyo nacimiento confería superioridad sobre el resto de la nación. El genealogista de la Corte reconocía como auténticas 17.000 familias. Los que eran señores propietarios ejercían derechos feudales sobre los habitantes de su señorío, que podían ser personales (corvée), reales sobre el producto del trabajo o sobre los intercambios, además de las banalités, o monopolio de horno, molino o lagar. Estaban exentos de la taille y con un trato de favor respecto a los demás impuestos directos. Si bien la administración municipal se les escapaba generalmente, ejercían sobre sus vasallos derechos de justicia y policía, y ellos mismos eran justiciables por el Parlamento. Las órdenes de caballería, el derecho de palomar y de caza, el blasón y llevar espada eran otros de sus privilegios.

Al lado de la noblesse d’épée, descendiente de la nobleza guerrera, otros debían su carácter a un cargo que confería nobleza, a la compra de un oficio o de cartas de nobleza (noblesse de robe), o a ciertas funciones municipales. Pero tal distinción había dejado de tener sentido, al emparentarse unos y otros por frecuentes matrimonios.

La nobleza cortesana comprendía, además de los príncipes, a las personas que podian participar en sus cacerías y subir a sus carrozas. Eran familias con rentas por encima de las 100.000 libras; el duque de Orleáns gozaba de cinco millones de libras anuales. Pero la vida de corte malbarataba tan considerables recursos.

La mediana nobleza provinciana vivia en desahogada posición; señores que, después de haber servido al rey unos años, en el ejército o la marina, se habían retirado a sus tierras; en invierno se les veía en la ciudad (Rouen, Rennes, Dijon, Aix…), donde, con los miembros de los parlamentos regionales, animaban la vida local, y en sus mansiones campestres (châteaux), a partir de la primavera.

No era el caso del pequeño hidalgo que, entre estrecheces no confesadas, llevaba una precaria existencia, muy inferior, a menudo, a la de un rico propietario plebeyo.

Es cierto que algunos nobles no habían desdeñado participar en el movimiento económico que venía enriqueciendo a la burguesía a lo largo del siglo, u obtenían sus rentas de plantaciones coloniales o explotaciones mineras; pero la mayoría sólo seguía contando con sus tradicionales recursos para mantener el rango. Así, a fin de no empobrecerse mientras aumentaban los precios, la Nobleza trataba ahora de reforzar privilegios y acrecentar el rendimiento de sus derechos feudales. Los cuatro grados (quatre quartiers) de descendencia precisos para ser oficial de los ejércitos del rey, aseguraban una salida a los hijos de la pequeña nobleza, que pasaban a ser educados en colegios militares reservados a ellos.

Así, la Nobleza tendía a convertirse en clase social hermética, y su reacción provocaba el creciente rencor de los campesinos y el descontento de los hijos de la burguesía.
El llamado “Estado llano” (Tiers État), venía comprendiendo al resto de la población -de la “nación”, como empezaba a decirse-. En la cumbre, estaban aquellos con suficiente fortuna para poder vivir de sus rentas (rústicas u otras), y que llevaban una existencia similar a la de los nobles: oficiales de las administraciones reales, propietarios de sus cargos, notarios, abogados y fiscales de los diversos tribunales, financieros y grandes dirigentes de la vida económica. Sus rasgos comunes eran la riqueza y el desprecio por el resto de la clase, a excepción de médicos, artistas, sabios y literatos, a quienes, si contaban con talento y cierta holgura económica, les estaban abiertas las puertas de sus palacetes. Clase social culta y celosa de la nobleza, que aspiraba a desempeñar en la vida política del país un papel a la altura de su valía.

El pueblo, le peuple, era el término con el que se designaba a la pequeña burguesía, aquellos que ejercían un oficio con privilegio (libreros, impresores, boticarios…), artesanos, tenderos, ujieres y alguaciles, intelectuales y periodistas, antes de que el vocablo venga a impregnarse de un valor místico-sentimental.

La plebe urbana comprendía a los obreros y peones, dependientes de un jornal que aumentaba, en este final de siglo, menos de lo que subía el coste de la vida; a criados también, a parados y mendigos. Vengan días de penuria, y esta gente será instrumento fácil para otros proyectos.

El mundo del campo no poseía conciencia de clase, ni gozaban sus componentes del mismo nivel de vida, ni tenían las mismas aspiraciones. Los laboureurs y los grandes fermiers, especie de burguesía rural se mostraban receptivos a las reformas de las que hablaban los Ilustrados. A ellos se dirigía el resto de la población campesina en busca de trabajo, o pidiendo un adelanto de grano con el que llegar a la nueva cosecha. Distinta situación vivían los pequeños propietarios que trabajaban su propio campo y los pequeños aparceros (métayers) y arrentatarios (fermiers), sin tierras suficientes para mantener a sus familias, que se empleaban en las granjas vecinas, buscaban un complemento a sus ingresos ejerciendo algún oficio (herreros, carboneros, carreteros, leñadores…), o trabajaban en el telar por cuenta de algún fabricant que pasaba a recoger la labor, y en talleres y fraguas. Y completaban este abigarrado mundo, mozos de granja, mujeres domésticas y braceros, verdadero proletariado, apegado a los derechos colectivos que le ayudaban a ir viviendo, y que se oponía al reparto de los bienes concejiles y al vallado de los campos.

Una grave sequía había arruinado los herbazales y diezmado la cabaña ovina, en el momento en que un tratado de 1786 con Inglaterra suscitaba a los industriales de Francia una temible competencia; las fábricas textiles redujeron su producción y empezaron a dejar sin trabajo a muchos obreros, cuando el campesinado dejaba de comprar tejidos y objetos fabricados. Pero fue la desastrosa cosecha de cereales de 1788, seguida de un riguroso invierno, la causante de la crisis definitiva. Bandas errantes de mendigos infundían el miedo entre los aldeanos, que no alcanzaban a diferenciarlos de los salteadores de granjas.

El noble Montesquieu, en la primera mitad del siglo, había encomiado una monarquía moderada por la separación de poderes, y el burgués Voltaire había combatido toda su vida contra lo que consideraba injusticia e intolerancia. Condorcet, Mably y el abate Raynal no habían cesado de acosar a los sucesivos gobiernos.

Así, el descontento de la burguesía y el sufrimiento de obreros y rurales habían creado en muy poco tiempo un clima favorable a las reformas que los publicistas preconizaban. Al otro lado del Canal, Inglaterra parecía mostrar el ejemplo de una monarquía tolerante y próspera. Como también eran objeto de elogiosos comentarios la Declaración de Derechos y la reciente constitución de los Estados Unidos; allá habían viajado jóvenes nobles idealistas y liberales como el marqués de La Fayette que, con veinte años en 1777, había tomado parte en la guerra por la independencia americana.

Y, sin embargo, la difusión de la lengua francesa en los medios cultivados de Europa y la influencia del pensamiento de los “filósofos”, de las artes y de la moda parisiense, expresaban el esplendor de aquella civilización. Clubes, sociedades intelectuales y la francmasonería contribuían a difundir los nuevos ideales, en pro de una sociedad que habría de formar a ciudadanos iguales ante la ley y que sólo el mérito personal distinguiría.

Con ocasión de las primeras manifestaciones de la que se conocerá por “revolución aristocrática”, se había visto en alguna regiones a privilegiados haciendo causa común con los burgueses, al no apreciarse aún con claridad el alcance de las pretensiones plebeyas. Pero, en el otoño de 1788, las discusiones en torno al papel que habrían de jugar los Estados Generales convocados habían hecho aflorar las divergencias, y los partidarios de reformas profundas se dieron a sí mismos el nombre de “patriotas”. Es verdad que entre estos se distinguían nobles como el duque de La Rochefoucauld-Liancourt, La Fayette, Condorcet, Mirabeau, algunos de los cuales lo pagarán con la vida; pero eran, sobre todo, abogados, periodistas, escritores y financieros.

Desde los tiempos de Luis XIII y Richelieu la consolidación del estado absoluto como formar de gobierno había sido posible gracias a un interés político común entre el monarca y la burguesía contra la feudalidad. El camino se bifurcaba ahora.

El invierno fue dedicado por toda Francia a la preparación de los Estados Generales del Reino, dando lugar a una apasionada campaña de folletos y libelos, entre los cuales, aquel de Siéyès, Qu’est-ce que le Tiers-État? (¿Qué es el Estado Llano?), de enero de 1789 -después de su Essai sur les privilèges, del año anterior-, donde planteaba la cuestión de la soberanía nacional, “resultado de las voluntades individuales”. Clero, Nobleza y Estado Llano redactaron sus respectivos cahiers de doléances, o pliegos de agravios, a fin de darle a conocer al rey sus quejas y anhelos.

Nécker había insistido para que el Estado Llano tuviera tantos representantes como los otros dos estamentos reunidos, pero en todo caso, aquellos 1.139 diputados que resultarán elegidos no constituían partidos en el sentido actual del término.

Los “patriotas” contaban a algún prelado liberal como el arzobispo de Burdeos Champion de Cicé (que acabará emigrando), y otros eclesiásticos como Siéyès, o Henri Grégoire que se pasará al Estado Llano, donde va a distinguirse por sus posiciones extremistas. A nobles también, como el marqués de La Fayette y el conde de Mirabeau; además de la representación general entre los que se contaban el astrónomo Bailly y numerosos juristas y abogados: Robespierre, Mounier, Barnave, Le Chapellier, Lanjuinais, Petión de Chartres… Pedían la abolición de los derechos feudales, de los diezmos y del impuesto de la gabelle sobre la sal. Todos reclamaban una constitución y se decían monárquicos.

Huérfano de madre a los seis años, abandonado en los afectos por un padre demasiado viajero, Maximiliano de Robespierre había regresado a su ciudad natal de Arrás en 1781, después de unos años de estudios en el colegio Louis le Grand de la capital del Reino; allí vivía de la abogacía, apacible burgués, entre visitas rutinarias a los dos o tres salones que animaban algo la pequeña ciudad y alguna que otra memoria presentada a la Academia provinciana de Rosati, donde coincidía, de cuando en cuando, con Lazare Carnot y un medio clérigo, preceptor de física y matemáticas en el Oratorio de la ciudad, Joseph Fouché.

En la solemne sesión de apertura, en la sala de Menus-Plaisirs de Versalles, ese 5 de mayo de 1789, Luis XVI dirige unas palabras a los diputados, a las que siguen una breve alocución del ministro de Justicia o Garde des Sceaux y una intervención económica de Nécker. Pero ni una alusión a las reformas que esperaban los “patriotas”.

A cada estamento se le ha asignado un lugar determinado para sus deliberaciones, pero los diputados del Estado Llano se niegan a iniciar sus trabajos, mientras no estén reunidos todos en una tarea compartida. Algunos eclesiásticos aceptan días depués, y el 17, considerando que representaban el 96% de la Nación, los diputados se declaran constituidos en Asamblea Nacional. El 20, habiendo encontrado clausurada la sala “por causa de reparaciones”, sus miembros se trasladan al Jeu de Paume o Juego de pelota, donde juran no separarse hasta que una constitución para Francia quede fundamentada sobre bases estables.

El 23 de junio, Luis XVI recuerda a los diputados reunidos en sesión plenaria, que nada de cuanto puedan decidir tendrá fuerza de ley sin su aprobación. Es entonces cuando Mirabeau responde con una enredada argumentación que, posteriormente, transformaría en aquella frase de “Allez dire à votre maître que nous sommes ici par la volonté du peuple, et que nous n’en sortirons que par la force des baïonnettes”. Allí estaban por la voluntad del pueblo, y sólo saldría obligados por la fuerza. El 27, el rey ordenaba a los miembros de los estamentos privilegiados que se unieran al resto de sus colegas. La Corona había cedido ante aquella Asamblea que, el 9 de julio, se proclamaba Constituyente.

Quienes rodeaban al rey le venían instando a que adoptara una actitud más enérgica. El 11 de junio, Nécker fue despedido y se dio la orden de concentrar tropas. Ya la burguesía veía alarmada cómo descendía la renta, mientras los obreros sufrían paro y carestía, afluían los indigentes a un París enfebrecido y los guardias franceses (que no los suizos) empezaban a amotinarse. Todo eran rumores, que se discutían con miedo y apasionamiento en los jardines del Palais Royal donde peroraba Desmoulin. El 13, la burguesía de la Capital formaba un comité permanente que convertía en Municipalidad, y una guardia nacional, tanto para resistir a una eventual reacción de la Corte, como para mantener el orden. El 14 de julio, el elemento popular parisiense asaltaba las armerías y el Hôtel des Invalides, donde se apoderaba de miles de fusiles y pistolas. En sus manos también picas, sables, horcas y palos, antes de dirigirse todos, vagamente encuadrados, hacia la Bastilla, que servía de prisión de Estado.

El gobernador De Launay se atrinchera entonces en la fortaleza. Guardias franceses y nacionales se han unido ya a los asaltantes, con cañones que orientan hacia las torres. La llegada de nuevos refuerzos obliga al gobernador a entablar negociaciones; habla ya de rendirse y manda bajar el puente levadizo. De Launay es capturado, arrastrado entre mil violencias hasta la plaza del Ayuntamiento, l’Hôtel de Ville, y allí degollado con Flesselle, preboste de los comerciantes. En las horas siguientes, sus cabezas serán paseadas por la ciudad, acompañadas por el júbilo ruidoso del populacho.

En el ejército se señalan las primeras defecciones, y Versalles ha pasado de la jactancia al abatimiento. Luis XVI, que se inclina, una vez más, ante el hecho consumado, llama de nuevo a Nécker y, desplazándose a París el 17, reconoce a Bailly como alcalde de la ciudad, y a La Fayette comandante de la Guardia Nacional. Finalmente, habiendo sido declarado “padre de los franceses y rey de un pueblo libre”, acepta la divisa tricolor, que unía el blanco real a los colores azul y rojo de los “patriotas” parisienses.
París tomaba ya la iniciativa política con sus oradores, sus clubes y sus periódicos, y no la iba a abandonar en los cinco años que se pueden considerar entre los más turbulentos y terribles de la historia de Francia.
Con la capitulación del rey y la afirmación de la soberanía nacional, parecía concluir una revolución política que, de hecho, no hacía más que empezar. Los que se decían amigos de la libertad, en Francia y en el extranjero, saludaban la toma de la Bastilla como el inicio de una nueva era; muchos no tardará en lamentarlo y algunos en desdecirse.
Fue entonces cuando el conde de Artois, el príncipe de Condé y los elementos menos condescendientes de la Corte con los acontecimientos en curso decidieron emigrar.

Instigados por las sociedades revolucionarias los campesinos menesterosos llevaban agitándose en varias regiones de Francia, desde los primeros meses de 1789; asaltaban o quemaban castillos, mansiones y abadías, buscaban las cartas que establecían gravámenes y servidumbres, atacaban a los guardias forestales y destruían las empalizadas para recuperar el uso del bosque y los pastos comunes. Aquel movimiento recibió en julio un extraño impulso con la Grande Peur o miedo generalizado; era la época de la siega y existía el temor a las bandas hambrientas; se decía que bandoleros pagados por los aristócratas recorrían los campos para exterminar al pueblo. De región a región, de pueblo en pueblo, el pánico se extendió como un reguero de pólvora, los campesinos salieron armados a los caminos para defenderse y la revolución agraria se aceleró.
Creyendo así detener los desórdenes, la Asamblea Constituyente decidió dar satisfacción a los rurales. En la noche del 4 de agosto, por iniciativa de diputados nobles y eclesiásticos, la Cámara abolía el secular régimen social en Francia; posteriores decretos vendrán a confirmar la supresión de diezmos, servidumbres y derechos feudales, que el labrador debería rescatar por medio de indemnizaciones fijadas por ley, y que casi nadie cumplirá.
Antes de abordar el estudio de la Constitución que la Nación habría de darse, aquella Asamblea votaba también, entre el 20 y el 26 de agosto, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que decía garantizar a todos sus derechos naturales, la libertad, la igualdad y la propiedad, además de la resistencia a la opresión. Aquel texto, inspirado en los “filósofos” del siglo y en la Declaración de Derechos americana de 1776, oponía la soberanía de la Nación al absolutismo y dejaba sentada la separación de poderes, pero solo era una profesión de principios.

Y, no obstante, la situación política continuaba siendo confusa; el rey había negado su sanción a los decretos de agosto, y entre los “patriotas” surgían las primeras grietas. Diarios y publicaciones mantenían la sobreexcitación de los ánimos, al tiempo que la creciente emigración dejaba sin empleo a miles de criados y privaba a muchos artesanos de su más cualificada clientela. Luis XVI, ante el tono poco apaciguador de la prensa que en París se leía, había decidido llamar a Versalles al regimiento de Flandes, lo que algunos quisieron interpretar como preparativos de una reacción armada contra los arrabales.
El 5 de octubre, una columna de hombres y mujeres del faubourg Saint-Antoine y del barrio de las Halles se dirigió a Versalles reclamando pan. El rey acogió con sencillez bonachona a una delegación de los manifestantes, y muy fríamente a La Fayette que, a distancia, había seguido al cortejo con su guardia nacional, y le pedía que viniera a instalarse en la Capital. Aquella noche, la muchedumbre acampó en las inmediaciones del palacio.
En la mañana del 6, grupos de exaltados quisieron forzar las verjas. La Fayette consiguió hacer evacuar el recinto e instó al rey a aparecer en el balcón del palacio. Sólo se oía: – Á Paris le roi, à Paris!
Luis XVI cedió otra vez. Entrada la tarde, una carroza con la familia real en su interior, iniciaba su penosa marcha hacia la Capital, rodeada de un heteróclito cortejo. Los reyes, instalados a partir de entonces en las Tullerías (con la Asamblea Constituyente en el picadero, la sala del Manège de los Feuillants), iban a conservar de esta humillación un resentimiento profundo.
En Versalles, en París y por toda Francia, siguió una nueva oleada emigratoria, con más paro y más desorden.

La cosecha de 1790 había sido buena y el abastecimiento se hacía mejor. Pero el gobierno parecía paralizado. La Fayette y Mirabeau rivalizaban por acaparar el protagonismo; el primero, en la cima de su popularidad y que tenía la pretensión de conciliar a la nobleza –abolida jurídicamente ese 19 de junio- con la burguesía, no contaba con la simpatía de la reina; y el conde, tan ambicioso como inteligente, acabará vendiéndole a la Corte consejos no bien seguidos.

En las provincias, los intendentes abandonaban su puesto, y apenas se recaudaban los tributos. Y en el Ejército y la Marina todo era indisciplina, desorganizados sus cuadros por la emigración y afectados por la propaganda; la venalidad de los grados había quedado abolida y los ascensos habían pasado a ser, en buena parte, regidos por la antigüedad; la guardia nacional, que elegía a sus oficiales y agrupaba a los “patriotas” activos y capaces de llevar un arma, proporcionaría también voluntarios, organizados por departamentos.

Dos empréstitos y una contribuciòn voluntaria apenas vinieron a aliviar el alarmante cuadro financiero. En septiembre de 1789, Mirabeau había anunciado la hideuse banqueroute; era apremiante encontrar dinero. El 12 de noviembre, a propuesta de Talleyrand, recién nombrado obispo de Autun, los bienes del Clero fueron puestos a disposicion de la Nación; en diciembre se emitió papel moneda, que tendría un interés del 5% y se le llamó assignat, por venir garantizados sus títulos con aquellos bienes, y en mayo siguiente se suprimiò el interés, pudiendo canjearse una cierta suma por una cantidad determinada de “bienes nacionales”. Pronto las monedas de oro y plata desaparecieron de la circulación y hubo que emitir fracciones más pequeñas de asignados que se devaluarán y harán subir los precios.

Los innumerables periódicos que aparecían en París exaltaban unos la revolución en curso, como Le Patriote Français de Brissot, Le Père Duchesne de Hébert, o L’Ami du Peuple de Marat; otros, como La Gazette de France de Durosol, o Les Actes des Apôtres de Rivarol hacían escarnio del patrouillotisme.
Y en las sociedades revolucionarias o clubes se discutía con apasionamiento:
La Société de 89 seguía a La Fayette y a Siéyès.
La Société des Amis de l’Homme et du Citoyen, o club de los Cordeliers, celebraba sus sesiones en un antiguo convento de franciscanos, de ahí su nombre, y era frecuentado por quien lo había fundado en abril de 1790, Danton, y por Camille Desmoulins, Marat, Santerre, Fabre d’Églantine; bajo la Convención pasará a manos de los hebertistas.
La Société des Amis de la Constitution, conocida luego como Club des Jacobins, fundada en noviembre de 1789 e instalada en el refectorio del convento de los dominicos o jacobinos de la rue Saint Honoré, era frecuentada por hombres de diversa ideología (Mirabeau, La Fayette, Talleyrand, Barnave, Robespierre o Brissot); en julio de 1791, sus miembros moderados se marcharán para fundar el club des Feuillants, nombre derivado del convento de bernardos adonde fueron a instalarse; y en septiembre de 1792 lo abandonarán también los girondinos, hasta convertirse aquel club de los jacobinos en el órgano de “la Montaña”, a partir de junio de 1793.

Al hilo de los debates, en estos meses de 1790 en que Nécker se retira y principios de 1791, las divergencias han ido haciéndose más profundas. Además del minoritario partido de la Corte, aparecen ahora los monarchiens, partidarios de una doble cámara legislativa y de amplios poderes para el rey; los constitutionnels, inclinados hacia un auténtico régimen parlamentario, con La Fayette, Bailly, Talleyrand o Siéyès; el triumvirat (Lamet, Duport, Barnave), recelosos del rey y su entorno, pero temerosos también de los progresos populares, finalmente, algunos démocrates, muy minoritarios aún, como Buzot, Petión o Robespierre, misionero este del sufragio universal y defensor de los humildes, de los que se hacía, como tanta gente leída de su tiempo, una imagen rousseauniana, bondadosa e inocente.

Y el entendimiento parecía reinar al principìo entre la mayoría de los diputados del Clero y los demás representantes que, en su mayoría, no sentían particular hostilidad hacia la religión. Pero en febrero de 1790, la Asamblea suprimió las órdenes monásticas, con excepción de las dedicadas a la enseñanza y al ciudado de los hospitales. La confiscación de los bienes del Clero, por otro lado, que conllevaba la exigencia de subvenir a las necesidades de sus miembros, fue ocasión para una reorganización de la Iglesia de Francia: la Constitución Civil del Clero redujo el número de diócesis a una por departamento, agrupadas en diez metrópolis; los obispos recibírían su investidura no ya del Papa, sino del metropolitano, y los párrocos serían elegidos por sus feligreses; un decreto del 27 de noviembre impondrá a unos y otros el juramento de fidelidad a la Nación, a la ley y al rey. El concordato de 1516 fue unilateralmente abolido y la separación con el papado, salvo en materia doctrinal, vino a ser total. Por aquella constitución del Clero que Luis XVI se resignaba a sancionar, los protestantes vieron reconocido el derecho a practicar su culto y los judíos recibirán la ciudadanía francesa.

Dos días después de que la Constituciòn Civil del Clero hubiera sido votada, y para conmemorar el primer aniversario de la toma de la Bastilla, una gran fiesta cívica congregó en París –acto simbólico de unidad nacional-, a delegaciones de todas las guardias nacionales de Francia. En el Champ de Mars, Talleyrand, uno de los cuatro obispos que aceptaron jurar aquella constitución del Clero, celebró la misa en el altar de la patria, y La Fayette prestó juramento en nombre de los federados. Luis XVI fue muy aplaudido, y los “patriotas” miraron al futuro con optimismo.
Concluída su redacción, la Constitución del país fue promulgada el 14 de septiembre de 1791. El “rey de los franceses”, que era inviolable e irresponsable, ostentaría el poder ejecutivo y, en virtud de sus facultades suspensivas, podría vetar, por un período de dos legislaturas, esto es, cuatro años, una ley votada ya; los ministros, elegidos por él fuera de la Asamblea, endosarían la responsabilidad política de sus actos; finalmente, al no disponer, en adelante, del Tesoro ni de los bienes de la Corona, recibiría una suma anual, con el nombre de lista civil.

Una asamblea única de 745 miembros, elegidos por sufragio muy indirecto, sería la encargada de votar leyes e impuestos, y todos los franceses mayores de edad eran ya ciudadanos, si bien sólo con derecho a voto los activos, es decir aquellos que, con 25 años cumplidos, pagasen una contribución de, al menos, tres jornadas de trabajo; estos designarían a los electores entre aquellos que gozasen de cierta fortuna, los cuales elegirían a los diputados. Régimen censitario, si no plutócrático: la soberanía de la Nación no suponía la del pueblo general, como Rousseau quería en su “Du Contrat Social”. La Nación quedaba circunscrita al ámbito de los poseedores. Monarquía constitucional y separación de poderes, según Montesquieu propugnara cuarenta y cinco años antes, aunque apartándose de su lección sobre los cuerpos intermedios y moderadores.

Y Francia quedó dividida en 83 departamentos, con la administración local confiada a consejos elegidos, sin representación directa del rey; anomalía que un día vendrán a corregir el Consulado y el Imperio napoleónico.

Mientras la Asamblea parecía ir despejando los problemas más acuciantes, en Inglaterra, en Saboya y en la margen opuesta del Rin, venían formándose grupos de emigrados que buscaban conseguir la intervención de los soberanos extranjeros en los asuntos de Francia.

Y, en el interior, la aplicación de la Constitución Civil del Clero pronto empezó a ser germen de gravísimas discordias, particularmente después de que Pío VI se decidiera a manifestar su hostilidad a semejantes novedades. ¿No pedían, además, sus súbditos de Aviñón la unión con Francia! El Papa acabó expresando su condena por medio de su breve Caritas. Un verdadero cisma iba a dividir durante diez años a la Iglesia de Francia: por un lado, la mayoría, que acabará ocultándose, exiliándose o pagando con la vida la integridad de su fe, los réfractaires; y, por otro, una minoría que había prestado juramento, los jureurs, pronto despreciados por los fieles, pero protegidos, de momento, por el régimen. En París, los “patriotas” impedían a aquellos ejercer su ministerio; pero en el Oeste o en Alsacia, eran los campesinos quienes maltrataban a los juramentados. Numerosos católicos fueron pasándose al campo de los enemigos de la revolución.

El 14 de junio de 1791, la Asamblea votaba una proposición, presentada por el bretón Le Chapelier, que suprimía las corporaciones de oficios en nombre de la libertad de industria e iniciativa, pero negaba también el derecho de asociación y huelga.

Y tanto más crítica era la situación política y social, cuanto que la actitud del monarca no era precisamente de colaboración sin reservas; cierto es que a los emigrados del exterior les desaconsejaba la aventura, pero La Fayette no era ya escuchado, cuando Mirabeau le sugería que abandonase París para ponerse a salvo entre sus fieles de las provincias. Sobre todo, Luis XVI, cristiano escrupuloso, no cesaba de reprocharse el haber sancionado con su firma la Constitución Civil del Clero. Convenientemente azuzada, la desconfianza del pueblo de París hacia el rey fue creciendo.

Es que la situación política se iba degradando. El 2 de abril había muerto repentinamente, a los cincuenta y dos años, el conde de Mirabeau, el más brillante orador de aquella Constituyente, distanciado ya de los “patriotas” por entonces.

No era ya cuestión de concordia y abrazos fraternales, en esta primavera de 1791; por los claustros abandonados de los conventos, convertidos ahora en clubes polìticos, sólo se oían amenazas siniestras, magnificadas en las columnas de ciertos periódicos, contra los aristócratas, los refractarios y el mismísimo rey.

Luis XVI decidió jugar entonces la arriesgada carta de la ruptura. Y en la noche del lunes 20 de junio, la familia real, con el aya de los infantes, dos camareras y tres guardias de corps, disfrazados todos para la ocasión, emprendía el camino de Lorena en una enorme berlina. En Metz esperaban las tropas del marqués de Bouillé, comandante de aquella plaza.

La familia real llevaba siete horas de adelanto sobre los correos que ya La Fayette y el alcalde Bailly habían lanzado contra los fugitivos, a los que pensaban poder dar alcance antes de que llegaran a su destino. Pero no fue necesario: mientras cambiaban el tiro, Luis fue reconocido cerca de Varennes-en Argonne.
Con honda pesadumbre y bajo la escolta de guardias nacionales, el rey y su familia hubieron de reemprender al día siguiente el camino de regreso.
Oficialmente, la aventura de Varennes no se consideró huída, sino secuestro, a fin de no envilecer a la realeza, que pertenecía a la Nación. París acogió glacialmente a los fugitivos, aunque sin ninguna señal violenta de hostilidad; pero es que severísimas consignas se habían lanzado para que así fuese.

Luis XVI fue únicamente suspendido, pero algunos ya exigían su deposición. Una petición republicana, emanada de los Cordeliers y expuesta en el “altar de la patria”, en el Campo de Marte de París, fue firmada el 17 de julio por numerosos ciudadanos. El alcalde Bailly, que temía graves desórdenes, proclamó la ley marcial y, en el transcurso de un altercado, los guardias nacionales llegaron a disparar contra los manifestantes.
La Asamblea se alarmó y decidió atajar aquel movimiento de extrema izquierda, uno de cuyos portavoces era Marat, con su virulento L’Ami du Peuple. Fue entonces cuando los miembros moderados del club de los Amis de la Constitution, partidarios aún de la monarquía (La Fayette, Barnave, Siéyès…), lo abandonaron para formar les Feuillants. Y el club de los jacobinos, que Robespierre reorganiza, va a convertirse en la ciudadela de los “demócratas”.

Las primeras relaciones entre la Revolución y Europa habían sido, si no amistosas, pacíficas, y la Asamblea Constituyente se había comprometido a “no emprender ninguna acción contra la libertad de otros pueblos”.
Pero ciertos acontecimientos vinieron a alterar aquella disposición. Algunos príncipes alemanes con dominios en Alsacia habían protestado contra la abolición de sus derechos y rechazaron las indemnizaciones que la Constituyente les ofreció. Y en Aviñón, los súbditos del Papa venían solicitando su unión a Francia; así que, tras muchas vacilaciones, la Asamblea acabó anexionando aquel enclave con el condado de Venasque, en septiembre de 1791. Aplicación del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, que no podía dejar de inquietar a los reyes.

Ya para entonces Condé había conseguido reunir en Coblenza, en el territorio del elector de Tréveris (Renania-Palatinado), una especie de vanguardia de la invasión. Condescendiendo a aquellas instancias y a raíz de la suspensión de Luis XVI, el rey de Prusia y el emperador Leopoldo II declararon en Pillnitz, el 25 de agosto de 1791, que estaban considerando “los medios más eficaces para intervenir en Francia”; acción subordinada a la unanimidad del resto de las potencias. Pero los sectores radicales de Francia afectaron tomar aquella declaración como cosa cierta.

Después de la salida del reino de la primera aristocracia, con la crispación creciente de los acontecimientos habían huido luego parlamentarios y nobleza de toga. Los príncipes, que habían trasladado su engreimiento de Versalles a Worms y a Coblenza, enviaron a las provincias agentes que recorrían las casas solariega y châteaux, pidiendo a los hidalgos que fuesen a reunirse con ellos. Para muchos era cuestión de honor, cuando todo lo demás lo habían perdido y se debatían ya por conservar la vida. Emigración que dista mucho de haber sido únicamente aristocrática.

Luis XVI quedó restablecido en sus altas funciones, una vez que hubo jurado la constitución ahora revisada, aquel 14 de septiembre de 1791. A propuesta de Robespierre, la Asamblea había decidido que los constituyentes no podrían sentarse en los escaños de la nueva legislativa. Y el 30, aquellos diputados, persuadidos de haber triunfado a la vez contra el Antiguo Régimen y el extremismo de izquierda, se separaron a los gritos de Vive le Roi!, Vive la Nation!

Mientras el papel de los clubes iba en aumento, la Asamblea Legislativa, formada ahora por gente nueva, se reunía por primera vez el 1 de octubre siguiente.
A la derecha aparecían los feuillants, que pretendían atenerse a la estricta aplicación de la Constitución. En el centro, la mitad de la Asamblea formaba una masa indecisa que irá de uno a otro extremo, según las circunstancias. A la izquierda, se situaban los brissotins o girondinos, intérpretes de la pequeña burguesía instruída, venidos algunos de la Gironda; Brissot, uno de sus jefes, pasaba por un oráculo en temas de política extranjera; “demócratas” y descreídos la mayoría, se reunían en el club de los jacobinos y en algunos salones como el de Manon Philipon (conocida por madame Roland por su matrimonio con Roland de la Platière), lectora impenitente de Rousseau y de Plutarco, que le transmitía al grupo su entusiasmo y sus aversiones. Y, finalmente, la extrema izquierda se beneficiaba del apoyo de los más turbulentos y del que le prestaba la Comuna de París, que acababa de pasar a manos de Danton y de Pétion.

Maximiliano Robespierre había vuelto a Arras y, a su regreso a París a finales de noviembre, la situación era ya distinta; los de la Gironda utilizaban el club de los jacobinos para influenciar a la Legislativa. Y es que, entre finales de 1791 y principios de 1792, las dificultades heredadas de la Constituyente se habían agravado: faltaba el azúcar, cuya llegada a Europa había quedado interrumpida por la rebelión de los esclavos de Santo Domingo, se saqueaban los mercados, menudeaban los asaltos a los convoyes de trigo, o eran los campesinos propietarios los que guardaban su grano a la espera de que subieran los precios.
Prisionera de sus convicciones en materia de libertad de circulación de mercancías y de precios, la Asamblea no intervenía. Sí quiso responder, por el contrario, a las provocaciones de los emigrados y a los tumultos religiosos que iban en aumento. En noviembre habían sido dictados dos decretos: contra los curas refractarios uno, y el otro intimando al conde de Provenza a regresar a Francia, bajo pena de confiscación; muy pocos cometerán el error mortal de regresar. A ambos decretos Luis XVI opuso su veto suspensivo, lo que terminó de poner a la Legislativa en conflicto irreparable con el rey.

En París, los periódicos de extrema izquierda se desataban contra los réfractaires, los nobles, el rey –“Monsieur veto”- y la reina –l’Autrichienne-. Y la gente de los suburbios afectaba ahora en su lenguaje y en sus trazas una simplicidad de lo más “democrática”; se impusieron el tuteo (llamándose citoyen y no Monsieur), el gorro frigio, la carmañola o chaqueta corta y el pantalón, en vez del calzón (culotte), considerado aristocrático. Y en la primavera de 1792, los sans-culottes tomarán la costumbre de armarse con picas y de reunirse en sus secciones.

Los feuillants sólo esperaban ya el restablecimiento de la autoridad real con una intervención extranjera. De hecho, los partidarios de la guerra eran cada vez más numerosos: la mayoría de los moderados creía que la victoria le devolvería el prestigio perdido al rey constitucional; pero eran los girondinos sus más entusiastas valedores, además de que obligaría al rey a “desenmascararse” permitiría un derivativo a las dificultades internas; con ello seguían los preceptos de Brissot, que en la guerra de propaganda veía un instrumento para “liberar” a los pueblos.

En diciembre de 1791, Luis XVI aceptó que se dirigiera al elector de Tréveris un ultimátum para que dispersara a las tropas de emigrados. Además de Marat y Desmoulins, Robespierre, tras un momento de vacilación, defendió la alternativa de la paz y denunció las ambiciones de Brissot: una derrota sería el final de la revolución, y la victoria subyugaría Francia a la autoridad del general victorioso, quería decir de La Fayette.
Talleyrand fue enviado a Londres en febrero de 1792, y regresó convencido de que Inglaterra no intervendría en un eventual conflicto entre Francia y las potencias del continente, a menos que los Países Bajos austríacos fueran atacados.
El rey decidió, pues, en marzo siguiente, sustituir a sus ministros feuillants por un gabinete de “patriotas”; al general Dumouriez se le confiaron los Negocios Extranjeros, y el Interior fue para Roland.

Los soberanos más ilustrados acabaron sintiéndose amenazados, y muchos de aquellos burgueses que habían manifestado su entusiasmo con los primeros actos de la Revolución, temieron pronto los excesos de la “democracia”. A partir de 1792, los gobiernos de Europa van a coaligarse contra Francia y reprimir en sus países la difusión de las ideas jacobinas. La contrarrevolución, alentada por los emigrados extendidos por Europa, cuyos teóricos y portavoces eran hombres como Burke en Inglaterra o Gentz en Alemania, pedían la cruzada para defender lo que llamaban la civilización.

El ponderado Leopoldo II, hermano de María-Antonieta, moria el 1 de marzo de 1792, y su sucesor Francisco II interrumpió las negociaciones. El 20 de abril, el rey de Francia proponía a una asamblea enfervorizada declararle la guerra al “rey de Hungría y de Bohemía”, a Austria sola y no al Imperio; pero el rey de Prusia entró también en la lid.
En adelante, los acontecimientos militares van a desempeñar un papel esencial en el curso de la Revolución. Y de aquella interminable situación de guerra saldrá en 1815 una sociedad europea profundamente transformada.

La Constituyente había intentado completar el desorganizado ejército francés con batallones de voluntarios, de uniforme azul. Pero los culs blancs aristocráticos y las faïances bleues populares se despreciaban, y los mandos eran mediocres. Dumouriez había ordenado una ofensiva en Bélgica, que terminó en desbandada; únicamente la lentitud del enemigo libró a Francia de un desastre. La Asamblea votó entonces tres decretos enérgicos: por el primero se autorizaba la deportación de los eclesiásticos refractarios; el segundo licenciaba a la guardia personal del rey, y el tercero decidía la formación de una fuerza de 20.000 hs. para la defensa de París. Luis XVI aceptó el segundo de ellos, pero opuso su veto a los otros dos. Una carta abierta de reproche que Roland dirigió al rey, acarreó el despido de los girondinos. La Fayette pensó llegado su momento y el 18 de junio denunció la Constitución amenazada, tanto por los enemigos exteriores, como por los facciosos del interior.

Una jornada revolucionaria, organizada el 20 de junio por los “demócratas”, con la finalidad de forzar al rey a retirar su veto y a que volviera a llamar a los ministros “patriotas”, no iba a obtener ningún resultado. Santerre, cervecero en el faubourg Saint-Antoine, invadió las Tullerías a la cabeza de una comitiva armada, llegada de los suburbios entre procacidades y amenazas. Luis XVI, que hubo de sufrir durante horas aquellos insultos, acabó brindando a la salud de la Nación, como se le conminaba a hacer, pero se negó a volver sobre su decisión de veto.

Ya los prusianos penetraban en Champaña, al mando de Brunswick. El 11 de julio, la Asamblea decidió proclamar la patrie en danger; por todas partes se improvisaron estrados, adonde venían los jóvenes para alistarse. Así se crearon 200 nuevos batallones de voluntarios que elegirían a sus oficiales y que, aun sin experiencia, aportaban entusiasmo y fe patriótica. Vinieron entonces a adquirir protagonismo suboficiales y ex-soldados, frustrados antes en sus expectativas de ascenso.
Los federados convocados por la Legislativa iban llegando, a pesar del veto real; una columna de marselleses entonaban a lo largo del camino aquel Chant de guerre pour l’armée du Rhin, que el músico y capitán Claude Rouget de Lisle, del ejército de Kellermann, había compuesto en abril anterior en Estrasburgo, y pronto conocido por “La Marsellesa”.

Robespierre, crítico tenaz hasta entonces, defendía ahora la constitución de 1791, sospechando designios de ambición en ciertas voces reformista.

El 25 de julio, Brunswick, cediendo torpemente a los emigrados que seguían a su ejército –pues ello comprometía a Luis XVI-, publicaba un manifiesto con la exigencia a los franceses de no oponer resistencia, y amenazaba a París con “una total subversión”. Aquel requerimiento vino a enardecer aún más el ansia revolucionaria de los “patriotas”. En los departamentos, las secciones locales del club de los jacobinos exigían el derrocamiento del rey; y en la Capital, aquellas tumultuosas asambleas mantenían sesión permanente. La Legislativa parecía desbordada.
En la noche del 9 al 10 de agosto, se oyó tocar a rebato por todo París; delegados llegados de la secciones hasta la Casa Consistorial depusieron a las autoridades, que sustituyeron por una Comuna Insurreccional y, a la cabeza de la guardia nacional, pusieron a Santerre. A lo largo de la mañana del 10, una tropa de federados, guardias nacionales de los barrios y otros seccionarios con picas fueron llegando a las Tullerías con intenciones poco pacíficas; sólo aseguraban la defensa unos centenares de suizos y gendarmes, guardias nacionales poco fiables y algunos nobles que habían acudido para poner su espada al servicio de la Corona.

El rey acabó dando la orden de que cesara el fuego, cuando ya los asaltantes saqueaban el palacio y perseguían a los últimos supervivientes. Verdadera degollina, donde seiscientos guardias suizos perdieron la vida en condiciones de saña indecible, rematándose a los heridos y mutilando los cadáveres.
Luis XVI fue depuesto por la Asamblea Legislativa, es decir por los arrabales, y encerrado el 13 de agosto en la prisión del Temple con la familia real. Una última oleada de franceses lo dejaron todo y decidieron exiliarse también ellos. Talleyrand decidió marcharse a respirar nuevos aires para ir a instalarse en la patria de Shakespeare, antes de ser expulsado por Saint-James y pasar a América.
La Fayette había intentado inútilmente dirigir las tropas del ejército del Norte contra París. Pero la Legislativa lanzó contra él un decreto de acusación el 19 de agosto, y el “héroe de los dos mundos”, el aristócrata reformista y liberal hubo de emprender, a su vez, el camino de la huída preservadora. Y en septiembre, será detenido por los prusianos.

El poder fue confiado entonces a un Consejo Ejecutivo provisional, donde el girondino Roland recobraba su ministerio del Interior, y en el que el nuevo animador iba a ser Dantón. La jornada del 10 de agosto era una escalada popular y republicana que vulneraba gravemente aquel consenso inicial que a tantos franceses había congregado en 1789. Quedó decretada la convocatoria de una Convention Nationale, elegida por sufragio universal y que debería revisar la Constitución.

La caída de la monarquía pareció un instante la reconciliación entre girondinos y montagnards. Pero la Comuna va imponer lo que llamaban ahora la “voluntad del pueblo” y que sólo era la de activistas minoritarios.
Brunswick tomaba Longwy el 23 de agosto y Verdun el 2 de septiembre de 1792. Pero los aliados parecían mostrar más atención a los asuntos de Polonia y del Este de Europa que a las miserias del rey de Francia.

Las noticias llegadas de Lorena contribuyeron a aumentar aún más el pánico de la población parisiense y la inquietud de aquellos que mucho podían temer para sí mismos. Dantón pedía de l’audace, encore de l’audace, toujours de l’audace para salvar a la patria, y la Comuna, los ministros y la Legislativa tomaban un conjunto de medidas, muy alejadas del espíritu de 1789: supresión de los periódicos realistas, visitas domiciliarias y registros, requisición en las iglesias de los objetos de valor y las campanas de bronce para fundir cañones, tasación del precio del grano y envío de comisarios a algunos departamentos. El furibundo Marat aconsejaba una justicia popular expeditiva, y a los voluntarios que se deshiciesen de sus enemigos antes de subir al frente; él será uno de los principales responsables de las degollinas, entre los días 2 y 7 de septiembre que dieron lugar a las atroces escenas de este primer Terror.

Mil trescientas víctimas no quedaron para contarlo; entre ellas la princesa de Lamballe, que había regresado en mala hora, desde su exilio de Aquisgrán, para reasumir las funciones de superintendente que le ofrecía su amiga la reina, en el momento en que Luis XVI, ya rey constitucional, quiso rehacer su Casa. Su cabeza –inútil crueldad-, fue presentada bajo las ventanas de María-Antonieta. Otras ciudades siguieron la siniestra pauta.

Y, como muchos otros, Germaine Nécker de Staël tomó también el camino del exilio.
La rivalidad entre la Legislativa y la Comuna se volvía cada vez más violenta con el correr de las semanas. Y llegaron las elecciones para la Convención, en las que pocos electores participaron. París, ni que decir tiene, eligió casi exclusivamente a “demócratas”, amigos de la Comuna, con Robespierre y Dantón.

El 20 de septiembre de 1792, la Legislativa se dispersaba y huía (más que concluía sus funciones), para dejar paso a la Convención, una de las más infaustas asambleas de la historia contemporánea, por los crímenes que sancionó, o el silencio abyecto de muchos de sus integrantes.

Aquel día, la invasión extranjera había sido detenida. Dumouriez que había asumido el mando de un ejército en Sedán, renunció a su ofensiva de Bélgica y ordenó a Kellermann con mando en Metz, que se uniera a él. Pero Brunswick consiguió forzarlos y el camino de París parecía libre. En vez de retirarse para defender la capital, Dumouriez tomó audazmente posiciones sobre la retaguardia del enemigo. El prusiano detuvo su avance con la intención de destruir antes aquella amenaza; una de sus columnas atacó a Kellermann, instalado en una meseta cerca del molino de Valmy; pero, a pesar de un violento cañoneo, los voluntarios supieron defender el lugar que ocupaban, a los gritos de Vive la Nation! Fue una pequeña batalla, pero una gran victoria para la moral revolucionaria.

La Convención empezó teniendo sus sesiones en la misma sala del Manège utilizada desde la época constituyente, antes de pasar a las Tullerías, lugar que será llamado Palais National.

A modo de partidos, aparecían los girondinos, 35% de los diputados, ¡ahora a la derecha de la cámara! Sus hombres continuaban siendo Brisot, Petión, Buzot, Isnard de Grasse, Condorcet, Vergniaud, Guadet…Individualistas, deístas o ateos, cultos y epicúreos, republicanos muchos de estos provincianos, y partidarios de la guerra de propaganda, se decían no insensibles al sufrimiento popular, pero desconfiaban de los movimientos del pueblo de París. Sus adversarios les acusaban de “aristócratas” y de “federalistas”. Sus lugares de reunión pasaron a ser salones como el de madame Roland, donde alimentaban sus rencores contra la Comuna y los jefes de “la Montaña”.

En el centro estaba la Plaine, que los demás llamaban le Marais, con algo más de la cuarta parte de la representación; entre ellos se encontraban oportunista como Grégoire, Cambacérès y Siéyès. Apoyarán a unos u otros, según el viento de su interés o su miedo.

Y a la izquierda, aquellos que, por sentarse en la parte alta de la Asamblea, cercanos a los sans-culottes y a la verduleras que venían a instalarse en las galerías, dieron en llamar montagnards. Poco importaba si aquella minoria mayoritaria tenía apenas un 40% -¡de qué manera obtenido, teniendo la calle a su servicio-! En sus filas había hombres como Carnot, gran talento en la organización militar; Couthon, abogado llegado de Clermont en su silla de paralítico; el enigmático Saint-Just, con veinticinco años entonces, desbordante de pasión bajo su máscara de frialdad flemática y que a tanta gente enviará al cadalso; el médico Marat, entre sardo, francés y suizo, muy popular en París, cuyo periódico L’Ami du Peuple pedía a diario sangre y cabezas; y, sobre todos ellos, Robespierre y Dantón.

Los hombres de “la Montaña”, cuya diversidad aflorará implacable tras la caída de los girondinos, se distinguían de estos por su sintonía política con el bajo pueblo de París, su tenacidad y su proyecto de someter Francia entera a un gobierno férreamente centralizado; y no se detendrán ante ningún escrúpulo, cuando una medida audaz les parezca necesaria a la salvación nacional, que ellos se pretendían los únicos capacitados para definir.
Aquella Convención comenzó votando por unanimidad, el 21 de septiembre de 1792, la abolición de la realeza.

Después de Valmy, Lille resistió. Dumouriez derrotaba a los austríacos en Jemmapes y ocupaba Bélgica; Custine tomaba Maguncia y Francfort; Montesquiou invadía Saboya (que será anexionada), y d’Anselme entraba en Niza. El 19 de noviembre, la Convención, que buscaba para Francia sus fronteras “naturales”, el Rin y los Alpes, decidía conceder su apoyo, en adelante, a los pueblos que quisieran luchar por su libertad; cruzada que acabaría transformándose en guerra de conquista y despojo. Después de Saboya, Bélgica y los países renanos correrán la misma suerte en marzo de 1793.

¿Tenía la Convención competencia para juzgar a Luis XVI? Para Saint-Just y Robespierre, tal proceso era de naturaleza política. Robespierre pedía un proceso expeditivo y ponía en duda el derecho del reo a defenderse.
El descubrimiento en las Tullerías de un armario metálico, oculto en una pared de los apartamentos del rey, iba a hacer inevitable el proceso. Luis Capeto –como era llamado ahora-, en vez de negarles cualquier competencia a sus jueces, adoptó, desde el inicio de los debates en diciembre de 1792, una actitud decepcionante, discutiendo la existencia de unos documentos que le ponían ante sus ojos y que establecían su trato con los soberanos en guerra contra Francia. Los girondinos trataron de salvarle, extendiendo la causa al duque de Orleáns, primo del rey que se sentaba entre los jacobinos con el nombre -¡vivir para ver!-, de Philippe Égalité, y reclamando luego que el recurso de la sentencia le fuera sometido al pueblo soberano.

El 17 de enero, Luis fue condenado a muerte por la escasa mayoría de 387 convencionales, de los 721 presentes y votantes. Malesherbes, protector de los “filósofos” y de la Enciclopedia, que había regresado del exilio para encargarse de su defensa, acabará él mismo bajo la cuchilla.

Después de haber dejado testamento, fechado en la torre de la prisión del Temple el día de navidad de 1792, Luis XVI fue ejecutado el lunes 21 de enero siguiente. Murió con más decoro que aquel que mostrarán en su propia vida muchos de sus verdugos.
La cabeza de Luis, lanzada a la Europa atónita, era un desafío a todos los soberanos y una singular lección. Atrás quedaba el optimismo racionalista de cincuenta años de Ilustración que, desde Queluz hasta San Petersburgo, había impulsado la Corona.
Aquella primera coalición, provocada por la política de conquista de la Revolución francesa, quedó consolidada tras la ejecución del rey. A Prusia Austria y Cerdeña, vinieron a unirse Holada, España e Inglaterra, a quienes la Convención declaró la guerra la primera. Fueron luego Rusia y los principados italianos y alemanes. Inglaterra, resuelta a no permitir a Francia su instalación en la desembocadura del Escalda, fue la inspiradora de aquella coalición, cuyos ejércitos financió.

Dumouriez fue vencido en Neerwinden el 18 de marzo de 1793 y hubo de evacuar toda Bélgica; intimado a comparecer ante la Convención, el girondino tomó la decisión de pasarse a los enemigos de la Revolución, no sin entregar a los austríacos, a primeros de abril, al diputado Camus y a quienes, con él, venían a significarle aquella orden mortal. En julio cayó Valenciennes, y Maubeuge fue bloqueada, mientras los ingleses asediaban Dunkerque. Por su lado, el general conde Armand de Custine, ex-diputado de la nobleza lorena adherido a la Revolución, evacuaba las tierras del Rin ante el avance prusiano, dejando en Maguncia una guarnición en cuya defensa iba a distinguirse Kléber. Custine fue llamado a París, también él, y ejecutado el 28 de agosto. Su hijo François de Custine, joven militar que servía en el ejército de su padre, será ejecutado en enero siguiente. Por el sur, los españoles invadían el Rosellón.

La guerra civil vino a añadirse a partir de la primavera de 1793. Mientras que los burgueses de las ciudades, los bleus, se mostraban generalmente favorables a la Revolución, en Vandea, Bretaña, Normandía…, los campesinos la odiaban, asistían al culto clandestinamente y ocultaban a los refractarios; la ejecución del rey y aquel decreto de la Convención de febrero, que ordenaba una leva de 300.000 “voluntarios”, fueron para ellos razones definitivas de ira y rebelión. Así se formaron bandas, bajo la dirección de hombres resueltos y sencillos como Cathelineau, o Stofflet. Los nobles accedieron, finalmente, a asumir el mando: d’Elbée, Bonchamp, Charette, transformaron las cuadrillas armadas en pequeños ejércitos. Y aquella guerra que ahora se abría iba a quedar marcada por atrocidades en ambos bandos.

El aumento de los precios y la desvalorización continua del asignado, la falta de trabajo y el mal avituallamiento de las grandes ciudades, venían provocando la miseria y la cólera popular. Algunos jefes, a los que llamaban enragés, reclamaban el terrorismo económico.
Los girondinos, muy comprometidos tras la defección de Dumouriez, no pudieron impedir que la Asamblea votase un cierto número de decretos: confiscación de los bienes de los emigrados, mayor restricción aún de la libertad de prensa, creación de un Tribunal Revolucionario, envío de représentants en mission a los departamentos y a los ejércitos, tasación del precio del grano y empréstito forzoso a los ricos de mil millones de libras; además de la creación de un Comité de Salut Public, cuyo animador fue Dantón.

Un fuerte pulso vino a establecerse entonces entre los girondinos, que contaban con numerosos partidarios en los departamentos, y los de “la Montaña”, apoyados por la Comuna y decididos a agitar la permanente amenaza de la revuelta callejera. Robespierre, Marat y las secciones de la Capital arreciaron sus ataques; Camille Desmoulins lanzó un panfleto que llamó Histoire des brissotins, tratándoles de agentes al servicio de Pitt. Y estos replicaron, pidiendo la acusación de Marat, que fue absuelto el 24 de abril por el Tribunal Revolucionario. Luego los girondinos lograron la formación de una comisión de encuesta que mandó detener a varios miembros de la Comuna.

El 31 de mayo, una insurrección, que un comité secreto dirigía, reclamó la detención de los jefes de la Gironda. El 2 de junio, la Convención fue rodeada; los diputados, con su presidente Hérault de Séchelles a la cabeza, intentaron abandonar la sala; pero la orden del comandante de la guardia nacional Hanriot: -¡Artilleros, a los cañones!, les obligó a reanudar la sesión para, al final, verse en la obligación de decretar el prendimiento de veintidós girondinos. El resto de aquella corriente no volvió a aparecer por la Asamblea. Entre ellos estaba el hasta ayer popular Petión, ex-alcalde de París; pero el represor de los curas refractarios, el cómplice de las degollinas de septiembre de 1792, no tenía hacia donde huir ni qué frontera cruzar: acabará suicidándose en la Gironda junto a su compañero Buzot, el 18 de junio de 1794.

Aquella revolución de los derechos humanos parecía volverse dictadura impulsiva de la plebe, exasperada por la miseria y que azuzaban desde la Comuna Hébert y Chaumette.

Aquellas jornadas del 31 de mayo y 2 de junio de 1793, protagonizadas por los hebertistas, vinieron a asegurar el triunfo de “la Montaña”, el poder de Robespierre y el servilismo aterrorizado de la Convención. Pero en torno a Caen, en Normandía, en Vandea, en Bretaña y en la Gironda, los proscritos de París pretendían organizar la resistencia. En Lyon, la insurrección había estallado el 29 de mayo, y en Marsella, los realistas pudieron derivar el levantamiento hacia su causa. Córcega expulsó a los partidarios de Francia y abrió sus puertos a los ingleses, seguidos en ello por los monárquicos de Tolón, que reconocieron a Luis XVII y acogieron a una flota de ingleses, españoles y napolitanos. Sesenta departamentos se habían alzado contra la Convención.

Y el 10 de agosto de este 1793, tenía lugar en el Campo de Marte de París, una fiesta que quisieron llamar de la régénération. Pero, ¿dónde estaban tantos hombres, herederos de las Luces, que con su fe optimista, hasta el patíbulo muchos, habían llegado a París desde sus provincias, en aquella irrepetible primavera de 1789, para alumbrar entre todos una Francia más amable, más libre y más justa? Ubi erant? En el exilio, proscritos o ya muertos.

El jueves 11 de julio, había llegado a París, desde su Normandía, cierta joven que vino a hospedarse en el hôtel de la Providence, rue des Vieux Augustins, y pedía ser recibida por Jean-Paul Marat, a quien –había dicho- tenía importantes revelaciones que hacer. El sábado 13, a las siete y media de la tarde, fue recibida por el político y publicista, en su domicilio de la rue Saint Dominique. Le encontró en su bañera donde, para tratarse de cierta afección de piel, pasaba habitualmente varias horas al día, que aprovechaba para escribir sobre un tajo de carnicero y para despachar. Empezó hablándole de cierto pretendido complot que agitaba la región de Caen y prometió el político que todos los conspiradores acabarían en la guillotina. En eso estaban cuando, sin más palabras, la joven sacó un cuchillo y le asestó varias puñaladas…La escena quedará como uno de los hitos pictóricos de David, y la accion misma, por la personalidad de la víctima y las circunstancias que concurrieron en su muerte, va a provocar por toda Francia una profunda conmoción. Marat se convertía en mártir, y su justiciera, en heroína para otros.
Ferviente lectora de Plutarco y de los clásicos del siglo, entusiasta de los primeros pasos de la Revolución, era descendiente del gran Corneille; de simpatías girondinas, había retrocedido con espanto, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos.
Trasladada a la prisión de l’Abbaye y juzgada el 16, subió al suplicio con entereza el 17 de julio en la plaza de la Revolución, avec le costume des assassins –decía Le Journal de París-, es decir la camisa roja de los parricidas. Diez días después, Charlotte Corday d’Armont hubiera cumplido veinticinco años.

En ningún momento la situación había aparecido más comprometida para los intereses revolucionarios, que en este verano de 1793. Incesantemente hostigada por delegaciones amenazadoras de sans-culottes, la Convención corría el riesgo de verse desbordada. Después de la caída de la Gironda, se habían votado unas nuevas reglas políticas, con un Consejo ejecutivo débil de veinticuatro miembros y un legislativo preponderante, de donde emanarían leyes, simples “propuestas” que deberían someterse a la sanción de los ciudadanos. Muy impregnada por el espíritu del “ordeno y mando”, proclamaba, eso sí, el derecho al trabajo, a la instrucción, a la asistencia y a la insurrección, “cuando el gobierno viole las leyes del pueblo”.

Aquella que quisieron llamar Constitution de l‘An I, promulgada el 10 de de agosto, tenía la pretensión de agradar a la extrema-izquierda como a los girondinos. En cualquier caso, las circunstancias iban a hacerla inoperante, porque aquellos convencionales van a poner el terror legal a la orden del día, tras las jornadas populares de los días 4 y 5 de septiembre, y a decretar el 10 de octubre, que el gobierno sería révolutionnaire jusqu’à la paix.
Nunca Francia había conocido un gobierno tan centralizado; todo partía del Comité de Salvación Püblica y volvía a él. El mismo equipo será elegido, una y otra vez, durante un año, distinguiéndose en su seno, “técnicos” como Carnot, que dirigía la guerra, Prieur de la Côte d’Or el armamento, o Jean Bon Saint-André la marina, y “políticos” como Robespierre, Couton y Saint-Just, que se ocupaban de política general, Collot d’Herbois y Billaud Varenne de la comunicación con los departamentos, y Barère de la diplomacia. Subordinados a este órgano supremo estaban los ministros del Comité Exécutif Provisoire.
Al comité de Seguridad General incumbía la búsqueda de sospechosos y la policía general, uno de cuyos miembros era el pintor David. Los comités revolucionarios ordenaban los arrestos y extendían certificados de civismo. Dictaba justicia el Tribunal revolucionario, compuesto de sans-culottes, con su acusador público Fouquier-Tinville.
Miembros de la Convención fueron enviados a los departamentos y a los ejércitos con amplios poderes. Algunos de estos procónsules dejarán un siniestro renombre de sevicia, allá por donde pasaron: Lebon en Arras, o Fouché, el frenético mitrailleur de Lyon, secundado por Collot d’Herbois; allí empezó el que luego será ministro de la policía de varios regímenes a hacerse rico; o Carrier, que sometió Nantes a un indiscriminado terror, desde octubre a febrero de 1794, y que mandó ahogar en el Loira a miles de personas; o Tallien, enviado a Burdeos como miembro del Comité de Seguridad General, que ejercerá aquí su ferocidad, antes de quedar transfigurado por el amor, que diría un lírico; y es que en los calabozos encontró a la aterrada Teresa Cabarrús, hija de aquel financiero y político español de origen francés Francisco Cabarrús, bien retratado por Goya. La española cayó en brazos de Tallien, y fue para bien, porque gracias a su ascendiente, él fue mostrando mayor clemencia, aun afectando, por seguridad personal, un ardor revolucionario a prueba de acusaciones.

Los ricos fueron impuestos con un nuevo y fuerte empréstito forzado y, para asegurar el abastecimiento de las ciudades, la amenaza de muerte empezó a pesar sobre los acaparadores. La loi des suspects, o de sospechosos, de septiembre de 1793, iba dirigida contra aquellos que, sin haber cometido actos reprensibles, eran considerados capaces de cometerlos. Y la suspición llegó a límites insoportables. No era saludable, desde luego, guardar vino de España en su bodega, a riesgo de poder ser acusado de confabulación con el enemigo. Los decretos de ventoso (febrero/marzo, 1794) que inspiró Saint-Just y que los acontecimientos impedirán llevar a efecto, prescribían un vasto plan de expropiaciones, de las que serían objeto las tierras de los enemigos de la Revolución y beneficiarían a los indigentes.
En el transcurso de este otoño de 1793, el Tribunal revolucionario condenó a muerte, además de a multitud de gente anónima, a María-Antonieta, “la viuda Capeto”; a Bailly, astrónomo famoso y ex-alcalde de París, y a los girondinos detenidos desde el 2 de junio, con su ninfa Egeria madame Roland; al siempre intrigante Philippe-Égalité, el 6 de noviembre, que así pagaba la abyección de haber votado la muerte de su primo por ambición; a la Du Barry; y a madame Élisabeth, hermana del rey; mientras Hébert en su Père Duchesne ensalzaba a santa Guillotina. “¡Oh, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre! –dijo madame Roland, camino del cadalso.
El terror se hizo también antirreligioso, continuó la persecución de curas refractarios, los mismos juramentados dejaron de ser sostenidos por las autoridades, y algunos representantes en misión tomaron la iniciativa de cerrar las iglesias, “antros de superstición”.

Un calendario anticristiano vino a sustituir al gregoriano en octubre de 1793. Arrancaba con el equinoccio de otoño, de él desaparecían los domingos y la vieja septimana daba paso a la década, que introducía un nuevo compás temporal en la vida de la nación. A los niños se les obsequió entonces con nombres sacados del reino vegetal, o de héroes o personajes greco-romanos, como Bruto o Agrícola. Y todo cuanto llevara nombre de santo desapareció hasta límites obsesivos: Saint-Étienne fue Armes, y Saint-Tropez Héraclée; la isla Saint-Louis que forma el Sena en París pasó a llamarse de la Fraternité y los parisiennes faubourg Saint-Germain y Saint-Antoine fueron Germain y Antoine.
Desfiles grotescos de sans-culottes, revestidos con atributos sacerdotales, recorrían las calles y se incitaba a los eclesiásticos a renegar de su condición y formar familia. El 10 de noviembre de 1793, en la ci-devant catedral de Notre-Dame, ahora Temple de la Raison, se había celebrado una ceremonia dedicada a la diosa de idem, mientras una bailarina de la Ópera, sentada en el altar, pretendía encarnar la Libertad. La Comuna aprobaba, pero ya Dantón y Robespierre consideraban que se estaba yendo demasiado lejos por el sendero del ateísmo.

En lo militar, los jefes considerados pusilánimes padecieron guillotina y fueron sustituídos por jóvenes oficiales destacados por su arrojo o talento, ascendidos a generales, mientras Carnot prescribía la ofensiva a ultranza. Fue el 23 de agosto cuando la Convención decretó la leva en masa de todos los jóvenes varones de dieciocho a veinticinco años: la República dispondrá en adelante de efectivos considerables para la época, con cerca de 600.000 hs. en diciembre. Los antiguos batallones de militares de carrera fueron “amalgamados” con voluntarios en medias brigadas, a la que los veteranos aportaban experiencia y los jóvenes entusiasmo; y sabios como Monge y Berthollet pusieron su ciencia al servicio de la industria de guerra.
Ya desde el verano de este 1793 había quedado sofocada la insurrección girondina de Normandía, con la región de Burdeos sometida en septiembre. Lyon resistió hasta octubre, para sufrir luego una indecible represión.

En el Oeste, se venían prolongando los éxitos del ejército catholique et royal, favorecidos por la incapacidad de sus adversarios. Pero pronto se vieron enfrentados a los aguerridos soldados venidos de Maguncia con Kléber. Después de la derrota de Cholet, al mando de La Rochejaquelein, los vandeanos fueron aplastados en Le Mans el 13 de diciembre cuando intentaba embarcar hacia Inglaterra, y una feroz represión se extendió entonces, desde Vandea a Nomandía. Partidas armadas resueltas a todo, como la de Charette, continuaron la guerrilla.

En la primavera de 1794, los ejércitos de la República pasaron a la ofensiva: los sardos ya habían sido expulsados del condado de Niza, y los españoles lo serán más allá de los Pirineos; Jourdan se alzaba con la victoria de Fleurus, el 26 de junio de 1794 y Bélgica quedaba otra vez a merced de la República.
Unidos en lo más apretado del peligro, los de la Montaña comenzaron a dividirse cuando, a partir de diciembre de 1793, vino a mejorar la situación. Los seguidores de Chaumette y de Hébert, casi todos del club de los Cordeliers recibían sus apoyos de la Comuna y de algunos convencionales como Carrier y el ex-cómico Collot d’Herbois (bufón -había dicho de él André Chénier- que, al pasar a la política, sólo había cambiado de tablas). Incitaban a la descristianización y reclamaban más terror. Por el contrario, los “Indulgentes”, como Dantón y Camille Desmoulins -cuyo diario Le Vieux Cordelier comenzó a atacar violentamente a los hebertistas-, estimaban que el terror debía cesar, y propugnaban la apertura de negociaciones para el restablecimiento de la paz exterior.

Robespierre pensaba que los primeros conducían al país a la anarquía, y que Dantón y sus seguidores, preconizando prematuramente la distensión, comprometían la recuperación interna y externa.
En marzo de 1794, Hébert y sus principales seguidores fueron llevados ante el Tribunal Revolucionario, condenados como agentes del extranjero y ejecutados el 24. Fue luego el turno de los “Indulgentes”. Dantón, avisado de su inminente arresto, creyó que podría hacer frente a sus ahora enemigos:
-¡No se atreverán!
Él, Camille Desmoulins y sus amigos, fueron detenidos el 30 de marzo y ejecutados el 5 de abril. “El terror no es más que la justicia pronta, severa e inflexible; y en consecuencia una emanación de la virtud; es una consecuencia del principio general de la democracia…”; lo había dicho Robespierre en un discurso del 5 de febrero anterior.
Y aquel al que ya trataban en los corrillos unos de monstruo, otros de loco, se convertía así en el amo y señor de un país con la sangre en los talones y más muerto que vivo, apoyado por Saint-Just y Couthon. Era la dictadura robespierrista, la más temida y totalitaria que nunca se había producido en la historia de Francia. El pueblo de Paris ya no vendrá de los suburbios en auxilio del gobierno.

El 3 de marzo de 1794, en pleno terror, Saint-Just decia en la Asamblea : Le bonheur est une idée neuve en Europe! El 7 de mayo, la Convención decretaba y organizaba el Culto del Ser Supremo, por orden de Robespierre, hostil, tanto a las religiones reveladas como al materialismo; religión vagamente deísta, que buscaba darle un fundamento moral a la República. Algunos vieron en ello la señal de nuevos sentimientos. Pero aquel retorno a la “superstición” hubo de enfrentarse a los sarcasmos de muchos políticos instalados. “¡El bribón, no contento con ser el amo, ahora quiere también ser Dios!”. Había escapado a dos atentados entre los días 22 y 24 de mayo.

Pero ya el Comité de la Seguridad General –con Vadier a la cabeza-, venía soportando con creciente irritación las intrusiones del Comité de Salvación Pública, que pretendía dictarle las ejecuciones. Los miembros de este preparaban las leyes que la Convención votaba sin rechistar. Y la ley del 22 pradial (10 de junio de 1794), que Couthon propuso, hizo aún más expeditivo el proceso judicial, al suprimir la audición de testigos y los informes de la defensa. Sólo de abril a julio, el Gran Terror provocó dos mil cien víctimas: el poeta André Chénier, el sabio Lavoisier…; pretendidas conjuras permitían enviar al cadalso carretas de detenidos y aliviar el hacinamiento de las prisiones. Era una orgía de sangre y locura, mientras en los muros de los edificios públicos los Derechos del Hombre y del Ciudadano recordaban con sarcasmo aquéllos naturales e imprescriptibles que hablaban de seguridad, de resistencia a la opresión y de que nadie debería ser inquietado por sus ideas política o religiosas.

Tanto terror hasta la náusea atemorizaba a todos y crispaba hasta lo insufrible, y en París reinaba la asfixiante mística de la virtud impuesta. Las victorias de la primavera hacían aún más insoportable aquel clima general de persecución y de sospecha, mientras temblaban por su cabeza representantes en los departamentos, llamados a París para dar explicaciones, como Fouché, Carrier, Tallien, Barrás o Frerón.

Era Robespierre, por estas fechas, un hombre poderoso pero paradójicamente aislado; desdeñaba las sesiones de la Convención, después de las resistencias encontradas allí, y tampoco se le veía por el Comité de Salvación Pública, donde sabía que tenía ya enemigos; sólo aparecía por el club de los jacobinos, donde seguía tronando contra los bribones y todos los concusionarios que deshonraban a la República.

Algunos diputados venían reuniéndose discretamente para encontrar el medio de derrocar a los Comités y darle a la Convención su independencia.
Octidi, 8 termidor. Esa mañana, en su modesto alojamiento donde le atiende la familia de los Duplay, el ciudadano representante acaba de salir de las manos de su barbero; se cala unas antiparras, se vuelve hacia un modesto espejo clavado entre dos ventanas, y, con una navaja de afeitar, raspa meticulosamente los restos de polvo que le han podido quedar sobre el rostro; luego se refresca en una pequeña jofaina que mantiene en la mano, se cepilla los dientes, deja el peinador sobre una silla y termina de vestirse con parsimonia. Al final, coge algunos papeles y baja la escalera de madera que da al patio, cruza el largo pasillo que forman las tablas de construcción apoyadas contra el muro y sale a la rue Saint-Honoré, custodiado por algunos mozos del taller de su huésped, para recorrer los ochocientos metros que le separan de la Convención Nacional.

Cuando, una hora después, l’Incorruptible subió a la tribuna con un vago y amenazador discurso, no sabía que aquélla iba a ser su última vez. Quiso responder a los reproches que se le dirigían de aspirar a la dictadura, denunció él mismo maquinaciones urdidas “por los sucesores de los Hébert y los Dantón”; sostuvo también que la Cámara debía recobrar su dignidad y que era preciso vigilar a los Comités de Seguridad General y de Salvación Pública…
La impresión del discurso, escuchado en un profundo silencio, no fue aprobada, esta vez, por la Asamblea; era todo un presagio.
También Couthon reclamó ese día: “¡Hay seres inmorales (…), la Convención, en su mayoría, es un ejemplo de la perfección humana, pero desconfiad de los intrigantes!”.

Todos se sentían aludidos. En la noche misma del 8 al 9, por instigación de los más inminentemente amenazados, Vadier, Tallien y Fouché, los oponentes reaccionaron y se ganaron enseguida a la mayoría de los convencionales, para una conjura de obstruccionismo parlamentario.
En la sesión del día siguiente, después de Vadier y de Cambon, Barère, en nombre de los Comités, acusó de dictadura a Robespierre el mayor y a Saint-Just. De diversas partes de la sala partían gritos de A bas de tyran! El presidente Collot d’Herbois le impedía responder, agitando su campanilla. Y eran ahora Tallien y Billaud-Varenne, mientras el Incorruptible se desgañitaba, dirigiéndose a lo que él llamaba la parte sana de la Convención: ¡La República está perdida, los bandidos triunfan! Otras veces se sumía en el silencio, sintiéndose -eterno acusador hasta entonces-, en posición de acusado.

Desde el inicio de la tumultuosa sesión, Saint-Just había venido a la tribuna una y otra vez, a pesar de las interrupciones de la presidencia, para reanudar, entre voces y pataleos, un discurso que intentaba inútilmente hilvanar.
Cerca de cuatro horas duró aquella que más tenía de barahúnda que de sesión parlamentaria. A la Convención habían ido llegando, intimidatorios, señalados jacobinos de París, jueces y jurados del Tribunal revolucionario, y el estado mayor de Hanriot, pero la Asamblea acabó decretando la encarcelación de un Robespierre ya extenuado, de su hermano y de Lebas. Saint-Just y Couthon fueron añadidos. No habían sonado aún las tres de la tarde de aquel caluroso día de julio cuando ya los curiosos abandonaban las tribunas precipitadamente para llevar a las secciones la formidable noticia.
Conducidos a prisión, pero liberados por sus partidarios, los procesados fueron a refugiarse a la Comuna, mientras a Hanriot se le daba orden de bloquear con sus cañones la Convención.

Mientras esto sucedía, el meticuloso Robespierre no se resolvía a convertirse él en cabecilla de una ilegalidad republicana. Sólo tardíamente se decidió a lanzar una llamada al peuple de Paris, y la Comuna tocó a rebato.
Sustraerse al decreto de prisión significaba la declaración de hors-la-loi de Maximiliano Robespierre y su ejecución sin juicio. Es lo que estaba sucediendo en la Asamblea, en esta noche del 9 termidor. La noticia empezaba a circular, y Hanriot vino a defender la plaza del Hôtel de Ville y a los rescatados. Un bochorno sofocante venía pesando sobre la Capital desde mediodía. Hacia las diez de la noche, los rebeldes contaban ya con un contingente de artillería, muy superior a aquel del que disponía la propia Convención; pero los suburbios se desentendían ya de la suerte de un gobierno que les abastecía mal y les imponía el máximo en los jornales.

Barrás, a quien la Convención ha encomendado su defensa, ha conseguido reunir la única fuerza armada con la que puede contar, a la que han venido a adherirse las secciones moderadas, y llega a la plaza de Grève, sede de la Municipalidad, hacia las dos de la madrugada del 10. Ya para entonces la mayor parte de los guardias nacionales y de los cañoneros han ido abandonando el lugar, cansados por las largas horas de espera sin recibir órdenes concretas, y dispersados todos, al final, por una violenta tormenta que terminó descargando sobre París.

Las fuerzas de la Convención irrumpen en la sala del Consejo general donde se encuentran los proscritos. Un pistoletazo acaba de destrozarle a Robespierre la mandíbula inferior, ya sea que haya intentado suicidarse con una de las dos armas de que disponía Lebas, o que un gendarme haya disparado sobre él.
Y en torno a las cinco, cabeza y rostro cubiertos de vendas, Robespierre era trasladado a la enfermería de la prisión de la Conciergerie

La Comuna fue vencida y la Convención parecía recuperar su soberanía. No había tiempo que perder, los conjurados corrian el riesgo de que sus enemigos pudiera rehacerse. Un Robespierre moribundo fue arrastrado, finalmente, hasta lo alto del patíbulo, seguido por sus cómplices en tantos crímenes, todos ahora traîtres a la Patria. Anochecía el 10 termidor.

Los periódicos del primidi 11 termidor daban la lista de los condenados a muerte del día anterior por el Tribunal revolucionario: Robespierre, Couthon, Hanriot, Saint-Just, Robespierre el joven…Y así hasta veinticuatro nombres. El 11 fue el turno de trece miembros más del Consejo general de la Comuna, y el 12 otros quince individuos acabaron con su cabeza en el cesto. Y de todas partes le llegarán a la Convención felicitaciones y protestas de odio eterno a todos los conspiradores.

Los protagonistas de Termidor tenían el firme propósito de continuar el terror como instrumento político, pero la cuchilla que caía aquel 28 de julio de 1794 iba a marcar el final de la Convención de la Montaña, y el inicio también de la arrogancia de especuladores y traficantes, enriquecidos con la sangre y el dolor ajenos.
Los nuevos amos de Francia odiaban tanto a la Iglesia Católica y al Antiguo Régimen, como a la dictadura de los comités; fieles a los principios enunciados en 1789, decían querer fundar una república moderada y un régimen censitario que apartase de las urnas a los menos preparados para la participación política.

Un clamor general de la opinión se desató contra los protagonistas del año II. Se abrieron las cárceles y el Tribunal revolucionario, renovado ahora por Tallien, mostró la mayor indulgencia, para acabar siendo suprimido en mayo de 1795. El club de los jacobinos será clausurado en noviembre, y la loi du Maximum derogada en diciembre. El siniestro Fouquier-Tinville fue encarcelado y Carrier condenado a muerte; ex-terroristas como Fouché, Tallien o Frerón, se destacaban ya entre los más sañudos, persiguiendo a sus cómplices de ayer.

Cinco años de violenta revolución no habían bastado para arrancar del corazón de los franceses el sentimiento monárquico, favorecido ahora por el regreso a la libertad de prensa. Emigrados, vueltos a la tierra clandestinamente, curas refractarios e incluso girondinos vinieron a engrosar aquellas filas. Y en París y los departamentos habían aparecido bandas organizadas que se tomaban la justicia por su mano: los Compagnons de Jéhu o la Compagnie du Soleil; perseguían a los compradores de bienes nacionales y ajusticiaban a ex-terroristas locales. En Vandea y en Anjou, la Chouannerie permaneció por un tiempo apaciguada, gracias a la buena voluntad del nuevo gobierno: François Charette firmaba con la convención termidoriana el tratado de La Jaunaye, en febrero de 1795.
Pero los meses que siguieron a Termidor y aquel invierno fueron durísimos. La depreciación vertiginosa del asignado de curso forzoso, el alza de los precios, consecutiva a la derogación del Maximum, las dificultades de aprovisionamiento –cuando acaparadores del mercado negro no temían ya por su vida-, provocaron en París y en las grandes ciudades una indescriptible miseria, por no hablar de los orfelinatos y asilos. Los pobres, los ventres creux, se sentían tanto más exasperados cuanto más estridente resultaba la riqueza de los ventres dorés, asentistas de los ejércitos, traficantes y logreros de la Revolución.

El 1 de abril de 1795 (12 germinal), una turba de manifestantes invadía la Convención a los gritos de “¡pan y la constitución de 1793!” Pero aquel tumulto fue dispersado por la guardia nacional. Una manifestación al día siguiente de un millar de personas en el faubourg [Saint-]Antoine fue también fácilmente reprimida por la tropa de Pichegru. La Asamblea aprovechó la ocasión para decretar la ejecución de Fouquier-Tinville, y para mandar a Guyana a Barère, a Billaud-Varenne, a Vadier y a Collot d’Herbois.

El 20 de mayo siguiente (1 pradial), ante la efervescencia que la ciudad de París estaba viviendo de nuevo, la Convención termidoriana decidió declararse en sesión permanente. En eso estaban, cuando una multitud de mujeres venidas de los faubourgs Saint-]Marceau y [Saint-]Antoine se precipita a las tribunas y, entre gritos e insultos, interrumpe las deliberaciones. En aquel tumulto, el presidente Boissy d’Anglas trataba de hacerse oir: -¡El pan que reclamáis y la llegada de subsistencias son objeto de la constante solicitud de esta asamblea! Una riada de hombres enfurecidos acaba irrumpiendo en el recinto, que se transforma en un campo de batalla; llega un destacamento de gendarmería, sable en mano y bayoneta calada, que a duras penas consigue hacerse con la situación. Ya caída la noche, nueva irrupción de manifestantes armados que llenan la sala y, entre amenazas y rodean al presidente, exigiendo el restablecimiento de la Constitución del 93. Jean Féraud, notorio enemigo que había sido de Robespierre, ha sido asesinado por los pasillos y su cabeza ensangrentada es traida en una pica y puesta sobre la mesa del presidente.
La represión fue aún más brutal que la vez anterior.

No faltaban convencionales, a estas alturas, que pensaban en restaurar la monarquía constitucional, colocando en el trono al hijo de Luis XVI bajo un consejo de regencia; pero el estado de salud del rey niño era ya muy precario, resultado del cruel abandono del que venía siendo objeto; de suerte que, a pesar de los cuidados de que fue objeto después de Termidor, terminó sucumbiendo en junio de 1795. El conde de Provenza, hermano del último rey de Francia, tomó entonces el título de Luis XVIII y, por la Déclaration de Vérone, expresó su decisión de restablecer el Antiguo Régimen, “sin los abusos”; su intransigencia de ese momento y el episodio de Quiberón acabarán con aquella posibilidad de restauración.

Republicanos moderados y aquellos realistas partidarios de una constitución acabaron entendiéndose para cerrarle el paso a la “democracia”. La Constitution de l’An III, que debería volver a los prístinos principios de 1789, fue votada por la Convención el 5 fructidor del año III (22 de agosto de 1795). Aquel texto se abría con dos declaraciones: una de derechos del ciudadano y otra de deberes; de la primera desaparecían los sociales, y aquello de que “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”, que decía el art. I de la Declaración de 1789. Y establecía un régimen pronunciadamente censitario. Y es que…”¡Un país gobernado por los propietarios corresponde al orden social; aquel en el que gobiernan los no propietarios corresponde al estado de naturaleza!” –lo dijo el presidente de la Asamblea termidoriana Boissy d’Anglas.
El ámbito legislativo quedó confiado a dos cámaras: el Conseil des Cinq-Cents, o de los Quinientos y el Conseil des Anciens, de doscientos cincuenta miembros. Las elecciones anuales, previstas para la renovación del tercio de cada uno de los Consejos, van a revelarse enseguida fuente de inestabilidad politica.

Un Directorio de cinco miembros, renovable por quintos, asumiría el poder ejecutivo. Cada director sería elegido, en adelante, por los Ancianos, en escrutinio secreto y en una corta lista presentada por los Quinientos. La separación de poderes fue acentuada; pero el régimen así diseñado sólo sería viable mientras reinase el entendimiento entre directores y consejos. La corta historia del régimen que entonces se abría, será una constante carrera hacia la ilegalidad por parte de todos sus actores.

Por temor a que las elecciones vinieran a dar en los Consejos la mayoría a los realistas, o permitieran la reaparición de ex-montagnards, la todavía Convención termidoriana decretó que dos tercios de los nuevos representantes fueran escogidos entre sus miembros.
Aquella constitución fue sometida en septiembre a plebiscito por sufragio universal masculino, pero a refractarios, emigrados y a sus parientes se les negaron sus derechos cívicos. El resultado fue favorable, con la abstención de la mayoría de los electores. Y el 23 de septiembre de 1795 (1 vendimiario, año IV), el nuevo texto quedó adoptado.
En los círculos del gobierno se respiraba optimismo; pero la resistencia se había reactivado en el oeste: una expedición de emigrados, traidos hasta la costa por una flota inglesa, había tratado de desembarcar en Quiberon el 27 de junio anterior, y el ya sometido Charette decidió retomar las armas para ir en su ayuda. Hoche aniquilará el intento.

Entre crímenes abominables y una obra política y militar digna, en ocasiones, de titanes, la Convención, con su apéndice termidoriano, había pasado. Aquellos que creían haber fundado la República, le habían dado a Francia sus “fronteras naturales” y habían transformado en igualdad jurídica la sociedad del Antiguo Régimen.
No menos ambiciosos, aunque efímeros en muchos aspectos, habían sido los proyectos intelectuales y educativos. Suprimidas las universidades, salvo las facultades de derecho y medicina, la enseñanza superior sería impartida por el ex-Collège de France y en las nuevas Grandes Escuelas (Normal Superior, Politécnica, Muséum); las viejas academias dejaron paso al Institut, foro de encuentro y de trabajo de sabios, artistas y escritores; la Escuela de Bellas Artes y el Museo del Louvre, la Biblioteca y los Archivos Nacionales, los conservatorios de Artes y Oficios y Nacional de Música son también creaciones de la época. Acuciados por la guerra, se favoreció el trabajo de los inventores, pero algunos como Lavoisier fueron arrastrados al cadalso. En 1793, la reforma de pesos y medidas había desembocado en un nuevo sistema métrico.

Pero aquella sangrienta revolución estimuló poco la creación literaria de gran aliento. André Chénier pagó con su vida la denuncia del terror; y Chateaubriand y madame de Staël estaban en el exilio desde las matanzas de 1792.
Ella vuelve en mayo de 1795. Pero es la literatura popular la que florece entonces, en el teatro y en cánticos patrióticos como Le Chant du Départ, con música de Étienne Méhul y letra de Marie-Joseph Chénier; la Carmagnole también, la Marsellesa, el Ça Ira!, y tantas otras. El gusto por la cultura clásica continuó triunfando con el ordenancista David; en pintura, su Mort de Marat, o la Mort du petit tambour Bara daban testimonio de su inclinación política y sus simpatías, antes de pintar a Napoleón, o cómo acabar con la libertad.

Tras la angustia del terror, después de la dictadura sofocante de la virtud, se conoció un frenesí de placeres como imperiosa necesidad de exorcizar la terrible pesadilla, mientras la “dorada juventud” perseguía por las ciudades de Francia a los jacobinos que ahora se ocultaban. Banqueros, negociantes, gentes del agio y otros notables daban de nuevo bailes y cenas, y alguna familia, ci-devant noble, no emigrada, levantaba ya cabeza. El lujo dejaba de ser un crimen, cuando los servidores del Estado mejor pagados seguían cobrando sus sueldos en unos asignados que les daban apenas para vivir.
Y aparecieron por París nuevos tipos sociales y las más excéntricas modas. Eran las merveilleuses y los Incroyables: Ellas, sacerdotisas de la moda y la vacuidad, ligadas a los turbios sectores del nuevo poder, se las veía en opíparas cenas y sobrecenas, mientras gran parte del país no sabía de qué estaría hecho el puchero de mañana. Era el retrato de madame Récamier, que David empieza en 1800 y no terminará; eran la Cabarrús y Josefina, pintada por Prud’hon en 1805.

Ellos, llamados también muscadins, generalmente realistas, elegantes y perfumados, buscaban distinguirse de la vulgaridad sans-culotte, y reaccionaban contra la estética clásica, que los revolucionarios habian tratado de imponer. Su calzado era, a menudo, zapatos puntiagudos à la poulaine, y su indumentaria, amplias solapas, ligas flotantes, corbata de muselina hasta de seis vueltas, donde desaparecía la barbilla, cabellos en tirabuzones, y un bicornio o un sombrero de amplias alas; en las orejas, anillos de oro algunos y el color negro del duelo al cuello; un garrote en la mano, su pouvoir exécutif, y en la otra unos quevedos para mirar con desafío al jacobino. De unos y otros, ha dejado Carle Vernet expresivas caricaturas.

La falta de subsistencias y el hambre se habian agravado y por los caminos de Francia vagaban bandas organizadas, entre mendigos y salteadores. Se proclamaba la libertad de pensamiento y de expresión, pero libros, teatros y periódicos permanecían bajo la vigilancia de los nuevos censores, impartidores de unos certificados de “civismo” que sólo la arbitrariedad del poder determinaba. Se hablaba de libertades individuales, pero los emigrados no podían regresar, ni ausentarse sin autorización los habituales residentes en un municipio; de libertad religiosa también, pero el nuevo régimen se mostrará pronto beligerante contra la vieja religión, mientras continuaba la persecución contra los sacerdotes no juramentados. Y las lettres de cachet directoriales pondrían verdes de envidia a aquellas con las que los “tiranos” del Antiguo Régimen enviaban a sus súbditos a los calabozos.

Las elecciones fueron fijadas para el 20 vendimiario, año IV (12 de octubre, 1795). Los realistas, que hubieran podido acomodarse con aquella constitución, viendo que el decreto de los dos tercios arruinaba sus expectativas, optaron por el camino de la insurrección a partir del 3 de octubre, apoyándose en algunas secciones que les eran adictas. En las semanas anteriores, el gobierno había distribuido armas entre “ciudadanos alarmados”, que los realistas consideraban simplemente matones asesinos.
En la noche del 12 vendimiario, la Convención lanzó una proclama, tanto a los “soldados ciudadanos” como a los “ciudadanos soldados” (es decir, los sans-culottes, a los que acababa de segar la voz en la constitución adoptada), para que todos vinieran a colocarse “bajo los estandartes de la virtud”. Y fueron también sacados a la calle todos los presos notoriamente jacobinos, que ahora volvía a llamar “patriotas”. Así lograron reunir un batallón “sagrado” de mil quinientos hombres, muchos llegados de los departamentos, de donde les habían expulsado la opinión pública o la falta de trabajo, y doscientos cincuenta venidos del faubourg [Saint-]Antoine; junto al ejército disponible en la Capital, han de enfrentarse a los cerca de treinta mil seccionarios que se han levantado y que, convicción monárquica aparte, no compartida por todos, eran el exponente del odio que aquellos convencionales inspiraban.

Buena parte de la Capital ha caido ya en poder de los insurrectos. Barrás es investido, también ahora, con el mando de la fuerza armada de Interior; pero necesita un artillero. Bonaparte, ocioso en París y cuyas amistades ligan a los republicanos, va a ser el hombre de la circunstancia. Barrás le conoce desde Tolón, y a él recurre, alentado por los buenos oficios de la viuda Beauharnais.
El pequeño general que se presenta a la una de la noche en el cuartel general de Barrás ordena que alguien trate de apoderarse de cuarenta cañones que se hallan en el parque de Sablons, cinco km al O., guardados por realistas, y llega el jefe de escuadrón de caballería Murat, el represor a sablazos de los madrileños en 1808. Volverán a las Tullerías poco antes de las seis de la mañana, tras una operación que dejaba sin artillería al enemigo.
En la Convención, la situación había venido empeorando con las primeras horas del 13 (5 de octubre de 1795). Allí estaba Marie-Joseph Chénier, hermano del poeta guillotinado el año anterior, furioso revolucionario entonces, y Chenier que, esa madrugada, sube a la tribuna de la Asamblea para clamar que la Convención debía cumplir con su deber, y que ella representaba al pueblo francés.
A las cinco la Convención parecía sitiada, y en torno a las seis, el tiroteo continuaba aún, pero la situación parecía ya volverse favorable para los republicanos. Bonaparte, ya con su artillería, acribilla a los seccionarios realistas; atacados a la bayoneta, los que quedan han de dispersarse. Poco después, Merlin de Douai ocupaba la tribuna y anunciaba que la República había triunfado.
El corso, después de aquellos días del asedio de Tolón, había dado, una vez más, pruebas de habilidad y sentido del mando. El 18 vendimiario fue nombrado subcomandante de las fuerzas del Interior, a propuesta de Barrás.
Y, al pasar su protector al cargo de Director, el 16 de octubre, el joven Bonaparte fue confirmado general de división, con el mando del ejército del Interior.

Tras los comicios y por el efecto del decreto de los dos tercios, la mayoría en los Consejos quedó en manos de ex-convencionales, pero el resto fue para monárquicos y católicos.
Y los cinco primeros directores, todos regicidas, fueron nombrados en noviembre de 1795. Eran Barrás, Rewbell, La Révellière-Lépeaux, con el normando Letourneur y el borgoñón Carnot. Este, en continua evolución hacia posiciones más conservadoras, se encontrará pronto en oposición a Barrás.

Instalado en el palacio del Luxemburgo, prisión no ha mucho, el Directorio hizo pública una comunicación, a modo de programa, en la que se declaraba decidido “a mantener la libertad o a perecer”, y su “firme propósito de consolidar la república”, aseguraba que “la más estricta observancia de la leyes” sería su regla de conducta; en lo económico, reanimaría la industria y el comercio y restablecería el crédito público. Otras promesas, como traer la paz y regenerar las costumbres eran sólo cínica retórica.

Relativamente tolerantes al príncipio con sus ex-correligionarios, los hombres del Directorio acabaron inquietándose por la propaganda comunista de Babeuf y sus amigos, y Bonaparte, quedó encargado de clausurar el club du Panthéon, lugar en el que se reunían aún un millar de ex-jacobinos y terroristas.
Y es que el crudo invierno de 1795/96 vino a empeorar la ya dramática situación popular. Las arcas del Estado estaban vacías, el asignado de cien francos valor facial, no llegaba a un franco, por lo que en julio de 1796 se suprimió cualquier papel fiduciario, para sustituirlo por moneda metálica. Tras la fuerte inflación, vendrá la deflación, la carestía del crédito y precios desalentadores para el campesino, que dejará de consumir las manufacturas de las ciudades.

En el Oeste, Hoche impuso la pax republicana y Cadoudal se sometía con sus hombres. Charette fue apresado y fusilado en Nantes en marzo de 1796. También los chuanes se someten ahora a una tregua que no será definitiva.
Entretanto, la ofensiva francesa había proseguido más allá de las fronteras, después de Fleurus. Pichegru capturaba en Holanda a la flota enemiga, prisionera del hielo; la “República de Batavia” era proclamada en mayo de 1795, y el Flandes holandés pasaba a Francia.
Ya Prusia, por el tratado de Basilea, de abril de 1795, le reconocía a Francia la frontera del Rin; y España, por un nuevo tratado en la misma ciudad, de julio siguiente, le cedía la parte oriental de la isla de Santo Domingo, que se hacía enteramente francesa. Las anexiones de Bélgica y de la margen izquierda renana hacían la paz imposible. Pero el abastecimiento y el equipamiento del ejército no eran ahora dirigidos por la mano implacable de los hombres del año II.

Era ahora cuestión de Italia. Aquel plan militar, en otro tiempo rechazado, fue esta vez aprobado por el Directorio. Carnot ha concebido una doble ofensiva: Hoche intentará apoyar a los irlandeses y, contra Austria, dos ejércitos marcharán en dirección a Viena, uno por Bohemia al mando de Jourdan, y el otro con Moreau, por el valle del Danubio y Baviera. Un tercer ejército operará en Italia una diversión.

Gracias a Barrás, Bonaparte ha recibido el mando de ese ejército de Italia, apenas unos días antes de su matrimonio con la Beauharnais, a la que empiezan a llamar Josefina.
Y la indigencia del Tesoro público es tal que el general sólo puede llevar consigo cuarenta mil francos. Cubrirán el resto la rapiña, los expolios y otras exacciones.
No era un ejército numeroso el que se le confiaba, treinta y siete mil hombres, infantes sobre todo, aguerridos y famélicos, sans-culottes exaltados, de los que va a hacer disciplinados soldados de la República. Y con él hará venir a Josefina, cuando ella lo tenga a bien.

El 7 germinal, año IV (27 de marzo de 1796), Bonaparte llegaba al cuartel general de Niza, y el general se impuso enseguida por la claridad de sus ideas, a militares como Sérurier, Laharpe, Masséna, Augereau, y a todos empezó a inspirar confianza y sentido de la subordinación.
Su plan era infiltrarse entre las fuerzas enemigas, derrotar a los piamonteses y volverse contra los austríacos. Al mando, pues, de aquellos soldados y con treinta cañones, Bonaparte va a conducir una fulgurante campaña contra fuerzas dos veces superiores, al término de la cual (habiendo firmado ya con el rey de Cerdeña el armisticio de Cherasco, seguido de la paz a la que se llegará en París, que le daba a Francia Niza y Saboya), entraba el 15 de mayo en un Milán delirante, y era dueño de la Lombardía.

Pero ya el Directorio empezaba a desconfiar de aquel joven y brillante caudillo, popular entre sus tropas, que trataba los grandes asuntos con tanta desenvoltura.
El derrotado Beaulieu se retiró hacia el Tirol. Las operaciones en torno a Mantua iban a constituir la última parte de aquella brillante campaña.
Por el contrario, los dos ejércitos de Alemania iban a ser detenidos por el archiduque Carlos. Jourdan era doblemente derrotado, y Moreau hubo de efectuar una difícil retirada hasta Alsacia.

Y es que, gracias a sus dotes de estratega, a la autoridad que sabía ejercer sobre oficiales y soldados, aquella campaña de Italia había acabado resultando decisiva para los intereses de su país y del régimen.
Los soberanos italianos fueron abandonando la alianza con Austria.

Allá en la capital de Francia, el gobierno ha logrado desbaratar, en este mes de mayo de 1796, la llamada conspiración de los Iguales, des Égaux, animada por Babeuf, partidario de una radical revolución social, a base de terror y de dictadura. Pero, ni a la modesta burguesía, ni a los artesanos sans-culottes, apegados a la pequeña propiedad, les seducían aquellos proyectos comunistas. Babeuf y algunos de los suyos será condenado a la guillotina en mayo de 1797.

El 5 de agosto, los dos adversarios se avistaban en las inmediaciones de Castiglione, y fue una gran victoria francesa, donde se distinguió Augereau.
Pero Austria envió un ejército más, bajo las ordenes de Alvinczy. Fueron días dramáticos para los franceses. Pero, al cabo de tres jornadas de combates, entre los días 15 y 17 de agosto, Bonaparte, auxiliado por Augereau, conseguía forzar el puente del río Alpone, en el pueblecito de Arcola, región de Venecia. Fue victoria sonada y trascendental. Alvincz fue rechazado más allá de Vicenza y Padua.

Y enterado de su reaparición Napoleón abandonaba Milán el 7 de enero de 1797, para regresar a su C.G de Verona. Tomó sus disposiciones y le derrotó en Rivoli, con fuerzas muy inferiores, entre el sábado 14 de enero y el domingo 15, causándole miles de bajas, más de veinte mil prisioneros y la pérdida de gruesa artillería; allí brilló Masséna, luego duque de Rivoli. El 17, nueva victoria de La Favorita, en la inmediaciones de Mantua.
Ya sin esperanzas, Wurmser capitulaba el 2 de febrero siguiente, después de ocho meses de asedio y de fuertes pérdidas francesas. Castiglione, Mantua, Rivoli…, proclamaban por Europa el talento del corso. El papa había recibido la víspera comunicación de nuevas hostilidades, con el argumento de que se habían incumplido los términos del armisticio de Bolonia.

Bonaparte se comportaba más como procónsul que como un simple general de la República. Trataba a su manera con Pío VI, al que llamaba “Santo Padre” y “Su Santidad”, pero al que acabará arrancando para Francia Aviñón, y, para la próxima República Cisalpina, las legaciones de Bolonia, Ferrara y Romaña; además de veinte millones de libras, en moneda de Francia, para su gobierno exhausto en numerario, obras de arte, centenares de manuscritos y la ocupación del puerto de Ancona hasta la paz general.

Ya por entonces había pasado el general por Bassano, por Estiria y el puerto de Semmering, amenazando Viena.
Y había desorganizado al ejército del archiduque Carlos, a quien propuso un armisticio que el austríaco hubo de aceptar, después de la toma de Klagenfurt capital de la Carintia, de Trieste y de Laybach. Eran los preliminares de Leoben, el 18 de abril de 1797.
Las condiciones de paz que Bonaparte puso sobre la mesa de negociaciones eran menos rigurosas que las contenidas en las exigencias llegadas de París. Su gobierno, demasiado débil, había renunciado ya a pedir cuentas, sólo recibía relaciones de victorias, conclusiones de armisticios, derrocamiento de viejos estados y creación de otros nuevos.

En Francia, los realistas, que formaban sociedades secretas por todo el país, esperaban acabar logrando la mayoría en los Consejos. Lo cual no les impedía mantener en Vandea su propia guerrilla. El Terror blanco reaaparecía en Provenza, y en París, un llamado Institut Philanthropique que Inglaterra financiaba, organizaba la propaganda.
Cuando el gobierno golpeaba a los jacobinos, era en beneficio de los realistas y si estos sufrían algún golpe, los primeros se enardecían. Incesante política de báscula, sin que en ninguno de los extremos apareciesen visos de adhesión a las nuevas instituciones. Sólo quedaba el recurso al ejército o conculcar los principios que el Directorio se había dado a sí mismo.

Hoche no había podido desembarcar en Irlanda, en diciembre de 1796. Llamado luego al ejército de Sambre-et-Meuse, vencia a los austríacos en Renania Palatinado (Neuwied), en abril de 1797. Pero los preliminares de paz que Bonaparte negociaba le impidieron proseguir lo que prometía ser una brillante ofensiva.

A finales de junio, Bonaparte había transformado Lombardía en una “República Cisalpina”, con capital en Milán.
Y entretanto, en Francia, la mayor parte de los ex-convencionales habían sido derrotados en las elecciones de abril/mayo, correspondientes a este año V (1797), en beneficio de candidatos realistas que triunfaban por todas partes.
Pero el régimen directorial y el general de Italia se necesitaban; nunca los realistas admitirían el nuevo diseño que Bonaparte estaba imponiendo más allá de los Alpes; ni el Directorio podría mantenerse sin su sostén militar y material.

La nueva mayoría en los consejos zapaba ahora la vacilante autoridad del ejecutivo y trataba de privarle de los medios financieros para proseguir la guerra, cuando los realistas eran favorables a una paz que conservara para Francia las fronteras de 1792. Los ingleses, desalentados por las derrotas austríacas, accedieron a abrir negociaciones.
Rewbell, La Révellière y Barrás se decidieron por el camino de la fuerza. En la madrugada del 4 de septiembre de 1797 (18 fructidor, año V), doce mil hombres de tropa, mandados por Augereau (que Bonaparte había enviado a París a principios de agosto), detenían a Pichegru, presidente del Consejo de los Quinientos, a los principales diputados realistas. Las elecciones fueron anuladas en cuarenta y nueve departamentos, y se impuso a diputados rechazados por los electores; los directores Barthélemy y Carnot se vieron sustituidos por François de Neufchâteau y Merlin de Douai. Deportados a Guyana con más de trescientos otros poco “patriotas”, Pichegru y Barthélemy lograrán evadirse. Carnot consiguió huir a Alemania. Ex-emigrados fueron arrastrados al patíbulo.

Se reactivaron leyes de excepción contra los emigrados y sus familias, y más de nueve mil sacerdotes de la Bélgica ocupada fueron condenados sin juicio a la deportación, y a Guyana hubieran llegado, si la flota inglesa que controlaba las costas lo hubiese permitido; muchos de aquellos eclesiásticos encontraron la muerte en las islas de Ré y Oléron, donde habían sido internados. Era el regreso del terror y la más antipática dictadura, mientras el fastuoso Barrás seguía dando fiestas en el Luxemburgo, más gineceo, a menudo, que residencia del poder ejecutivo de la nación.

La jornada del 18 fructidor había contribuido a la conclusión de la paz continental; deshechas las expectativas realistas en la política francesa, ninguna otra perspectiva tenía ya el Emperador de mejorar su posición. Austria abandonaba Bélgica y las tierras del Imperio hasta el Rin, los Países Bajos austríacos; también Lombardía; pero recibía Dalmacia, Istria y una parte de las tierras e islas de la República de Venecia.

A finales de noviembre de 1797 se abría el congreso de Rastadt. Bonaparte no hizo más que aparecer allí. Aquel areópago concluirá en abril de 1799 sin resultados, e iba a ser de nuevo la guerra sin cuartel. Pero Campoformio será confirmado en el tratado de Luneville que marcará, a partir de 1801, el hundimiento de la influencia de Austria en Italia.

Y en la lucha contra Inglaterra, el Directorio acabará contentándose con apoyar la rebelión de Irlanda, enviando al general Humbert para un desembarco que, finalmente, fracasará en septiembre de 1798 y les valdrá a los irlandeses una brutal represión. La gran estrategia iba a ser aquella campaña de Egipto que se autorizaba a Bonaparte a emprender, y que este reclamaba.
Estratégicamente, se trataba de hostigar a Inglaterra e interceptar su comercio mediterráneo y en el camino de las Indias Orientales. Aquella tierra podría constituir la base para una eventual empresa sobre la India, y permitir una revancha sobre el tratado de París de 1763.

El empuje neojacobino que siguió a la represión antirrealista del 18 fructidor, constituía una amenaza para los moderados del Directorio y de las Asambleas. De acuerdo, esta vez, con los Quinientos, los resultados de las elecciones del año VI, que habían designados a un número importante de partidarios de la vuelta al terrorismo, fueron, pues, falseados por la ley del 22 floreal, año VI (11 de mayo de 1798). Y Neufchâteau fue sustituido en el Directorio, con ocasión de la renovación directorial, por Treilhard, que acababa de participar en el que se revelará estéril Congreso de Rastadt.
Pero, quienes golpeaban en floreal no tenían la intención de permitir el regreso al viejo sendero del catolicismo. Antes de retirarse, Neufchâteau había tenido tiempo de diseñar lo que habría de ser el culto décadaire: la gente encontraría ahora solaz a sus trabajos en fiestas cívico-políticas (9 termidor, 10 de agosto o caída de la realeza, 18 fructidor o victoria antirrealista, 21 de enero o ejecución de Luis XVI, fiestas de la Soberanía del Pueblo…), o de índole moral (de la Juventud, de la Vejez, de los Esposos, del Agradecimiento…). ¡Lástima que para instalar tan dulces sentimientos en el corazón de los ciudadanos hubieran corrido torrentes de sangre, aún no agotados!
El gobierno emprendió entonces una cierta labor de recuperación interna. Las cosechas fueron buenas, con los precios agrícolas intervenidos en niveles muy bajos para apaciguar a los suburbios; Ramel en Finanzas y Neufchâteau en Interior quisieron fomentar la producción industrial. Finalmente, por la ley Jourdan del 2 de septiembre, el servicio militar se hacía obligatorio para todos los franceses varones, entre los dieciocho y los veinticinco años.
Porque la tensión entre Francia y Austria venía aumentando de manera alarmante.

Decidida la expedición a Egipto al mando de Bonaparte, la flota levaba anclas el 19 de mayo de 1798. Y el 10 de junio, los franceses avistaban Malta. Ciertas inteligencias habían sido enviadas, desde la época de Campoformio, para seducir voluntades. Pero los navíos fueron recibidos a cañonazos. La flota corría grave riesgo entreteniéndose a la espera de que se rindiera la plaza, pues ya los ingleses habían iniciado un frenético rastreo. El 11 por la mañana (23 pradial), se llegó, con el Gran Maestre Ferdinand von Hompesch, a un alto el fuego de veinticuatro horas. Y, utilizando más expeditivas vías, se apoderaban los franceses, al día siguiente, de aquella propiedad de la vieja Soberana orden militar de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén y caballeros de Malta, que fue entregada al saqueo de los soldados, y sobre cuyos fuertes se vio flotar enseguida “el estandarte de la libertad”, como informaba Bonaparte.
Y el 19 de junio los franceses ponían rumbo a Creta y Egipto.
Nelson se enteraba en Mesina de la caída de La Valetta y, jurando por todos los diablos, salía el 21 en busca del francés.

La costa y ciudad de Alejandría aparecían al amanecer del 13 messidor, año VI (1 de julio de 1798), y la escuadra francesa hubo de echar el ancla a tres leguas de tierra.
Nelson había estado aquí tres días antes con catorce navíos. Luego se adentró en el mar, rumbo a Siria y Chipre.
En pésimas condiciones de viento y mar, Bonaparte ordena el desembarco en el paraje de la punta Marabú, al oeste de Alejandría; caballería y artillería deberán esperar al día siguiente.
Eran las dos de la madrugada cuando los franceses se pusieron, al fin, en movimiento, hostigados por los beduínos, para recorrer las cerca de cuatro leguas que les separaban de la ciudad, cuyas murallas atacaban al amanecer del 2 de julio. Al final de la jornada, Alejandría, los fuertes y los puertos eran suyos. Kléber cayó gravemente herido de un balazo en la cabeza.

Y el 4 de julio, se lograba concluir con algunos jefes locales beduinos un tratado de amistad cuyo tenor era, por parte local, no hostigar a los invasores y proporcionarles ayuda material y hombres contra los mamelucos; a cambio, las tierras que en otro tiempo fueran suyas les serían devueltas. Serán las notabilidades los únicos colaboradores que el invasor encontrará.

Con Desaix en vanguardia el 18 messidor (6 de julio), Bonaparte llegaba a Rahmânieh cinco días después, a la ansiada agua. Sabía ya que Murad-Bey había tomado sus disposiciones y venía contra él.
Hubo enfrentamiento armado el 25 messidor, en Shubra Khit, y victoria sobre las huestes del jefe mameluco. Y en la noche siguiente, los franceses se ponían de nuevo en marcha hacia el Sur, a lo largo de la margen izquierda del Nilo. La victoria de Embabeh, luego llamada “de las pirámides” o de Gizeh, el 21 de julio, dejaba expedito el camino del Cairo. “¡No olvidéis que desde lo alto de esas pirámides, cuarenta siglos nos contemplan!” –les gritó el corso a sus soldados-.
Los franceses entraban en la gran ciudad el 24 de julio (6 termidor)
Pero la dramática realidad vino enseguida a imponerse: el calor agobiante del desierto y la falta de agua en muchas ocasiones, iban a hacer penosa la vida del soldado.

Desaix, enviado en la segunda quincena de agosto en persecución de Murad-Bey y a la conquista del alto Egipto, llegará a Asuán el 9 de febrero de 1799. Será “el Sultán Justo”, como le nombrará la población a la que intentó gobernar durante un año.

Bonaparte manifestaba la firme voluntad de consolidar la conquista de Egipto para su país. Pero eran proyectos ambiciosos que no llegarían a realizarse. Llegado de Nápoles y Messina, Nelson acabó sorprendiendo y destruyendo en la bahía de Abukir, en un combate que se iniciaba a la caída de la tarde del 1 de agosto y continuaba el 2 (14 y 15 termidor), a la práctica totalidad de la escuadra francesa, mandada por Brueys, que allí perderá la vida con más de millar y medio de muertos y casi otros tantos heridos.

Ibrahim-Bey, uno de los principales beyes del sistema mameluco, intentaba rehacerse al nordeste de El Cairo; contra él salió Bonaparte el 8 de agosto. Sin conocer aún el gravísimo percance de Abukir, el 11 conseguía rechazar al jefe mameluco en Salahieh (o Salheye), a unos 130 km.

Aquel gravísimo contratiempo, que le convertía en prisionero de su conquista, alentó al Sultán a alzarse. Las nuevas circunstancias le exigían acelerar el control y la organización del país; Bonaparte trató de hacer nacer en el corazón del pueblo un sentimiento nacional que pretendía dirigir contra los mamelucos y el Turco, y comenzó a proclamar su tolerancia por el Islam y su respeto a las costumbres musulmanas.

Al amanecer del 21 de octubre de este 1798 (30 vendimiario, año VII), estallaba un segundo y más importante levantamiento en aquel Cairo de doscientos cincuenta mil habitantes. El general Dupuy, comandante de la plaza, encontró la muerte y la casa de Caffarelli quedó saqueada, con la destrucción del precioso material que contenía. Enseguida corrió el rumor de que aquel general muerto era Bonaparte.
No era él militar de indecisiones. Sometido el Delta, dejaba el mando de El Cairo a Menou, y el 11 de febrero siguiente salía en dirección a Palestina, con cerca de trece mil hombres. Con él iban Murat, Reynier, Kléber y Lannes.

El 20 de febrero de 1799, Bonaparte entraba en El-Arish, mientras los ingleses comenzaban a hostigar la costa del Delta. Con Kléber y Murat en vanguardia, se apoderaba de Gaza el 24, y el 7 de marzo de Jaffa (17 ventoso). Y fue aquí donde, después de una fuerte resistencia y del asalto final con saqueo incluido, Bonaparte mandó pasar por las armas, en las afueras de la ciudad, a más de dos mil personas de la guarnición, cuya rendición, negociada había sido aceptada.
Pero no consiguió conquistar San Juan de Acre, a la que puso sitio a partir del 19 de marzo sin la artillería pesada que seguía esperando y que los ingleses iban a capturar.
Fueron violentos ataques de los franceses a lo largo de dos meses. La imposibilidad de dominar Acre iba a hacer insostenible el control de aquel territorio. Se acercaba la estación propicia a los desembarcos y Bonaparte decidió entonces regresar a Egipto. Y el cerco fue levantado en la noche del 20 al 21 de mayo.
En su retirada, los franceses llegaban a Jaffa el 24 de mayo; campos de cereales, aldeas y cualquier recurso útil serán destruidos, a fin de garantizar la seguridad militar de la retaguardia.

Llegaron a El Cairo a mediados de junio, a tiempo para enfrentarse a un desembarco enemigo. Navíos ingleses se presentaban ante Alejandría el 11 de julio siguiente, anclaban en Abukir y ponían en tierra, entre el 14 y el 15, a un ejército turco traído de Rodas. Murad-Bey había bajado ya de los oasis para secundar aquel desembarco.
Antes de dirigirse a Abukir, Bonaparte lograba rechazar al mameluco, cobrándole su impedimenta, y llegaba a El-Rahmânieh el 19, para instalarse luego en Birkat, que convertía en centro de sus operaciones. A las seis de la mañana del 25 de julio de este 1799, el corso se presentó ante el enemigo, con Murat mandando la vanguardia: Todos se ahogaron (tout se noya). Cinco días más tarde, Abukir se rendía.

Mientras, allá en Francia, el Directorio chapoteaba en la más indescriptible corrupción, la anexión de Mulhouse, Ginebra y luego el Piamonte, arrebatado al rey de Cerdeña, con el proyecto de multiplicar las repúblicas “hermanas”, había convertido la paz en inalcanzable. En todas ellas fomentarán los agentes franceses golpes de fuerza, depuraciones e intrigas.
No estaba ya en cuestión la titularidad política de la soberanía, la igualdad jurídica o las libertades ciudadanas; los acontecimientos a los que el Continente entero estaba asistiendo mostraban al mundo cómo aquella gozosa parturienta Revolución de 1789, había alumbrado un monstruo de sangre, codicia y sectarismo social y religioso. El imperialismo francés venía a añadir una razón suplementaria para que cualquier gesto de acercamiento fuera percibido en Europa como simple claudicación ante la fuerza.
A instigación del zar Pablo I y con el concurso de Londres, los soberanos de Europa llegaron a concertarse y, a principios de 1799, una segunda coalición acercaba Inglaterra a Rusia, Austria, Cerdeña, el rey de Nápoles, Turquía y Suecia con algunos príncipes alemanes, decididos todos a rechazar a Francia hasta sus fronteras de 1789.
Y la ira que provocó por los cuatro rincones del país el reclutamiento de centenares de miles de hombres que, una vez más, deberían partir a derramar su sangre en una guerra ya incomprensible para casi todos, mientras algunos se enriquecían escandalosamente, acarreó elevados niveles de deserción, que las redes realistas captaban para su causa.

Los coaligados emprendieron la ofensiva en primavera, en el momento en que, allá en Levante, Bonaparte llevaba su ejército a Siria. El archiduque Carlos vencía a Jourdan el 25 de marzo, cerca del lago Constanza, y se volvía contra Masséna. En Italia, Schérer fue derrotado el 5 de abril en Magnano, unos km al sur de Verona, tras lo cual, Moreau hubo de evacuar la Cisalpina; y Macdonald, desde Nápoles, lograba conducir a sus tropas a través de la península alzada, para acabar vencido a orillas del Trebia, en agosto siguiente. Y Joubert perdía la vida el 15 de agosto en la derrota de Novi. Salvo Génova, que caerá en junio de 1800, el resto de Italia quedó perdida.

Así, la exacerbación de los electores vino a reforzar la presencia jacobina en los Consejos, en las elecciones de germinal, año VII (marzo de 1799). Llegado el momento de la renovación, Rewbell cesaba el 9 de mayo, sustituido días después por Siéyès que, para disgusto de Barrás, que no le quería, llegaba desde Berlín, donde era embajador.
El 30 pradial, año VII (18 de junio de 1799), las dos asambleas renovadas tomaban la iniciativa contra los directores moderados. Tuvieron que dimitir Treillard, La Révellière-Lépeaux y Merlin de Douai. En su lugar aparecían el regicida y mediocre Roger Ducos, el ex-ministro de Justicia bajo el Terror Gohier, y el anodino general Moulin, muy afectos los dos últimos a la extrema izquierda.
Y fueron votadas leyes relativas a la conscripción masiva y a un empréstito forzoso para la guerra.
Aquella reacción jacobina, que no irá más allá del verano, llegó también al gobierno: Robert Lindet –miembro del Comité de Salvación Pública bajo el Terror-, asumía las Finanzas; Bernadotte la cartera de la Guerra, y el intratable Marbot, por un momento, la comandancia militar de París, que Siéyès conseguirá retirarle en agosto.
Es cierto que Cambacérès –ahora “bonapartista”-, controlaba la Justicia, y el tornadizo Fouché la Policía desde el 1 de agosto, después de un efímero paso por las embajadas de la República Cisalpina (¡de donde volvió no pobre!), y de la República Bátava. Barrás le había utilizado en turbias tareas a su servicio, y pronto conocerá las secretas relaciones de su protector con el realismo, intuirá los apetitos de poder del general de Egipto y con todos jugará a la conciliación, por cubrirse las espaldas en tiempos de mudanza.

Vistos el 18 fructidor y el 30 pradial, las familias afectas al realismo habían vuelto a una mayor discreción y se abstenían de organizar bailes de sociedad por no provocar los rigores del gobierno. Los sans-culottes creyeron por un momento resucitado su régimen, sociedades de Amis de la Liberté et de l’Égalité, volvieron a reclamar la erección de los cadalsos, y hasta las mesas de las asambleas y del Ejecutivo llegaron exigencias de justicia contra prevaricadores, granujas y municioneros enriquecidos fraudulentamente. No sabían que casi todos se hallaban en el Directorio o instalados en lo alto de la milicia y en las avenidas del Estado.
Pero la Pentarquía y el régimen han caído ya en un casi generalizado desafecto, ante las conscripciones que no cesan, los rehenes y registros domiciliarios entre familias realistas, los empréstitos forzosos y la permanente ilegalidad; amplios sectores de la opinión sólo piden ya un militar, decidido a intentar el golpe que sienten necesario.

Después del éxito de Abukir, Bonaparte llegaba de nuevo a El Cairo el 11 de agosto. Las noticias que venía recibiendo eran malas. La aventura egipcia no tenía otra salida que no pasase por su presencia en Europa. Temía, sobre todo, verse abocado a una capitulación final que vendría a rebajar aquel prestigio de gran capitán adquirido en Italia.
Acompañado de algunos fieles y de un cierto número de mamelucos, se hizo a la mar con Ganteaume. El 1 de octubre (9 vendimiario) llegaba a Ajaccio; sólo entonces pudo enterarse de la magnitud del desastre en Italia.
Días después, Bonaparte y lo suyos pudieron llegar a Saint Raphaël y luego a Fréjus el 8 de octubre, donde se vio acogido en un ambiente delirante.
El pacificador de Campoformio, el vencedor de Austria y ahora de los mamelucos y de los turcos, el que hizo tremolar la bandera tricolor a orillas del Nilo, aparecía en este París de seiscientos mil habitantes, después de diecisiete meses de ausencia, con las primeras horas del 24 vendimiario (16 de octubre), para estupefacción de casi todos y con esa aureola que daban sus recientes victorias y el orientalismo.
La noticia, anunciada en todos los teatros, desató un entusiasmo “difícil de concebir cuando no se ha sido testigo” (Bourrienne). Muchos veían en él al jacobino que les iba a librar de tanto tunante, y pocos aún al faccioso que pronto dará finiquito a la Revolución, tal era la ambigüedad que el general había sabido fomentar.

Porque la impopularidad del Directorio era profunda y el país ansiaba la paz. La guerra exterior había puesto al vacilante régimen a merced de banqueros y militares. Con la degradación de los valores cívicos, de las instituciones y de sus representantes, había llegado la incredulidad en aquel ambicioso proyecto, a cuyo término se les había dicho a los franceses que estaba la libertad y la igualdad.
Y es que la virginal República, cuya imagen circulaba en grabados, hacía tiempo que había sido mancillada por quienes se decían sus defensores y vivían de ella como rufianes; la exaltante dramaturgia, iniciada en mayo de 1789, terminaba en farsa. La autoridad del Estado, por los suelos, parecía a disposición de cualquier fajín que quisiera recogerla. Si bien sus ejércitos parecían recobrar la ofensiva contra la coalición extranjera, la agitación realista se reanudaba en Vandea en el otoño de 1799, con Georges Cadoudal, en Bretaña, en Normandia, en las regiones del Maine, Anjou, Toulouse y en el valle del Ródano.

Algunas ciudades se hallaban en ruinas, el bandolerismo atacaba a los correos, y servicios públicos como el mantenimiento de puentes, canales y calzadas se hallaban en pleno abandono, mientras los funcionarios, mal e irregularmente pagados, dejaban correr las cosas, si en ello encontraban alguna compensación. Los modestos rentistas y quienes vivían de unos pobres ingresos fijos clamaban su miseria, mientras los industriales se quejaban de la parálisis en la que la guerra sumía sus negocios.
Todos aquellos compradores a vil precio, ahora grandes propietarios a costa de los emigrados o de los tradicionales derechos del campesino sobre los comunales, aceptarían un poder fuerte y censitario que garantizase las conquistas esenciales y una paz victoriosa que asegurase los mercados exteriores. Estaban dispuestos a sacrificar al orden necesario la libertad política con cuyo grito habían medrado.

Sieyès y aquellos que llamaban “revisionistas”, intrigaban con el beneplácito de banqueros, traficantes y todos los que temían el regreso de los Borbones o la vuelta del terror político-social que impide gozar de lo afanado.
Pero, para llevar a cabo la reforma del régimen era preciso el concurso de la fuerza armada. Descartados Moreau, que coqueteaba con los realistas, y el ambiguo Bernadotte, republicano rígido por entonces –¡él, que terminará rey Carlos XIV de Suecia!-, sólo la figura de Bonaparte parecía responder al militar necesario.

El sesudo constitucionalista Sieyès y el corso estaban condenados a entenderse; a eso se aplicaban ya, entre otros, el liberal moderado Daunou, Talleyrand o Chénier. El legista (gracias al cual Luciano se vio aupado a la presidencia de los Quinientos), iba a tener al final su espadón, y un gobierno suyo y a su manera; y el militar la enseña legalista que necesitaba.

El que supo reprimir a los realistas de Tolón y el 13 vendimiario, pero también el que espantó a los jacobinos del club del Panteón en febrero de 1796, se sentía apoyado por todos los arribistas, por el ejército y por esa caución intelectual que representaba el Instituto. También podía contar con el anhelo mayoritario de la segunda cámara que llamaban de los Ancianos, la fidelidad de algunos generales como Murat y el implícito amén de Moreau.
Cada cual estaba ya en su puesto; Sebastiani, que mandaba un regimiento de dragones con guarnición en París, y Jubé, comandante de la guardia directorial, habían respondido de la buena disposición de sus tropas. Luciano preparaba todo el tren legislativo, para los acontecimientos que se avecinaban, y en el taller tipográfico de Roederer se confeccionaban las primeras proclamas. Sieyès vigilaba desde el Directorio,

La llamada Comisión de Inspectores del Consejo de los Ancianos, foco principal de la conspiración, está reunida en las Tullerías desde la madrugada del 9 de noviembre de 1799, ocupada en la redacción de los diversos mensajes. El Consejo ha quedado convocado para primerísima hora de la mañana. Cornet del Loiret, cercano a Sieyès y presidente de la Comisión, “desvela” en aquella asamblea un pretendido complot jacobino.

Desde las primeras horas de la mañana, el pequeño patio de la residencia del general, la rue Chantereine y sus inmediaciones habían empezado a llenarse de gente y caballos. En la casa se agolpaban generales y oficiales, todos con uniforme de gala. Fouché encontró a Bonaparte “impaciente”, en compañía de Lefebvre, comandante de París, y del general Berthier, a la espera de los decretos. José Bonaparte había conseguido traer a su concuñado Bernadotte, que llegaba de paisano y con mala disposición.
Sieyès y su leal Roger Ducos dimitieron ante la Comisión de Inspectores de los Ancianos, siguiendo el guión. Barrás esperaba a remolque en su residencia, como dando a conocer el precio de su comprensión. Rentistas, pacíficos burgueses amedrentados y todos los partidarios del orden ya estaban del lado de quien consiguiera atajar los pretendidos peligros.
Eran las doce de mediodía del 18 brumario cuando el Consejo de los Quinientos inició sus sesiones. Sólo algunos diputados estaban en el grano de la intriga. Un secretario comenzó a dar lectura del acta anterior, y Luciano Bonaparte, su presidente, le interrumpió:

-He recibido un mensaje esta mañana que, por su naturaleza, hace inútil cualquier otra deliberación.

Mensaje, decreto y proclamación fueron leídos, y el presidente volvió a tomar la palabra:

-El artículo 103 de la Constitución preve que el día mismo en que los Ancianos dictan un decreto de traslado, ni uno ni otro de los Consejos puede seguir deliberando. En consecuencia, aplazo el Consejo para mañana, en el ala izquierda del castillo de Saint Cloud.

La localidad de Saint Cloud fue elegida, a fin de asegurar un mejor movimiento de las tropas, en caso de manifestaciones populares.
A las doce y media, Barrás recibía a Talleyrand y a Bruix, enviados por el africano; le aseguraron que les conducía el más sincero interés por su persona y que el primer lugar continuaba estando reservado para él.
Barrás abrió los ventanales y sólo vio tropas que iban a la revista y gente que les seguía con señales y gritos de adhesión. Era demasiado prudente para seguir comprometiéndose, así que tomó una determinación –generosamente estimulada-, y se decidió a escribir y firmar una carta de dimisión que, prácticamente, le venía dictada.

La pequeña localidad amaneció ocupada por cinco mil soldados que mandaba Murat. A lo largo de la carretera, oficiales, tropa de caballería, carruajes que llevaban a diputados y funcionarios.
Hacia las doce, llegaron Bonaparte, los generales Alexandre, Berthier, Marmont y todo el estado mayor. Se oían gritos de Vive Bonaparte! Poco después, aparecieron Roger Ducos y Sieyès. Por jardines y dependencias exteriores del palacio, en espera de la apertura, perplejidad y muchos conciliábulos.

Repuestos los Consejos del primer susto, se disponían ya a iniciar sus respectivas sesiones: los Ancianos, en el primer piso del ala derecha, la galerie d’Apolon, y en l’Orangerie los Quinientos.
En el patio y los aledaños, numerosos carruajes, ligeros cabriolés y pesadas berlinas, con papeles, valores y efectos personales; nadie, entre los conjurados, descartaba la huída.
Pasadas las doce y media, se abrió entre los Ancianos la sesión que presidía Lemercier. Comenzaron las deliberaciones y también las disputas. Y se recibió la dimisión escrita de Barrás, que fue enviada a los Quinientos.
En un clima de crispación creciente, unos pedían que se enviaran sendos mensajes a los Directores y a los Quinientos, otros que fuese al pueblo francés, para tranquilizarle sobre la suerte de sus representantes…Tras ser enviada comunicación al otro Consejo y a los Directores, se recibió respuesta del secretario general del ejecutivo Lagarde: “Habiendo presentado su dimisión cuatro de los cinco Directores, y encontrándose el quinto protegido, bajo la vigilancia del general Bonaparte, dicha institución ha dejado de existir”.

En su gabinete de la primera planta del edificio, Bonaparte venía impacientándose; así que, cediendo a su índole natural y en cortas y enérgicas zancadas, irrumpió entre los Ancianos, con Berthier y Bourrienne a sus talones. “Su entrada fue brusca y colérica, y aquello no me dio buena impresión, respecto a lo que iba a decir –dice Bourrienne-.
¡La Constitución! –le gritaban desde los bancos-, ¡la Constitución!
Las violentas interpelaciones de algunos habían alterado a Bonaparte, que empezaba a perder compostura; juraba y perjuraba que no tenía intención de instaurar un gobierno militar. Sus explicaciones se habían hecho desordenadas. Bourrienne, que se encontraba a su lado, le tiró de la manga: ¡Salgamos, general! Bonaparte exclamó bruscamente: Qui m’aime me suive! Y abandonó la sala.

Salvo aquel sobresalto, todo parecía desarrollarse según lo previsto. En l’Orangerie, el clima era peor. Aquí la sesión se había abierto a la una y media de la tarde. Un secretario dio lectura del acta anterior, y su presidente, Luciano Bonaparte, a la carta de dimisión de Barrás, recibida de los Ancianos.

Inenarrable revuelo al término de la lectura. ¿Era legal la dimisión, o había sido el resultado de presiones y de intrigas?
Barrás partió para su tierra de Grosbois, una espléndida propiedad de cuatrocientas hectáreas en el Val de Marne, quince km al suroeste de París, de la que el conde de Provenza había sido despojado. Amante de los placeres y el lujo, se hallaba en lo mejor de la vida –pensaría él-, para perderla en aflicciones de conciencia, viendo cuanto había visto.
A Grobois acudirán entre partidas de caza y espléndidas cenas, clientes personales, amantes y ex-amantes, y la Cabarrús entre dos maternidades.

Muchos de los diputados:
-¡Que se vote el juramento!…
El presidente se sintió así forzado a aceptar lo que la izquierda reclamaba, y allí se les vio a los conjurados, junto a los demás, votando fidelidad a la constitución a la que habían venido a barrenar. El tedioso y lento ritual no había concluido aún, cuando del otro Consejo se recibió un mensaje para comunicar que suspendía sus deliberaciones, hasta que los Quinientos hubieran notificado su instalación por mayoría.

Hemos visto salir a Bonaparte de la sala de los Ancianos. Lo que le han venido a decir de la asamblea de los Quinientos tampoco le ha gustado. Apena se había restablecido aquí una apariencia de orden, cuando, a través de una multitud agolpada que obstruía el acceso, conseguía llegar hasta una de las extremidades de la sala, rodeado de oficiales generales y de una pequeña escolta de granaderos que se quedó a la entrada.
Partidarios de la Constitución del Año III y neojacobinos eran aquí mayoría. Enorme conmoción en los escaños, porque ningún militar podía presentarse en la Cámara sin autorización:
-¡Abajo el dictador! ¡Qué haces, temerario!
-¡Viva la República!
-¡Fuera de la ley!
-¡Viva la Constitución!
-¡Abajo el tirano!
Entre torpes frases que apenas acertaba a hilvanar, le empujan, le zarandean. Y otra vez Bonaparte se amilana; venía a acusar y es acusado él mismo, y su propio hermano se ve impotente para controlar la situación desde lo alto de la tribuna. Gente suya consigue conducirle hacia la salida.
Ya fuera, el general intenta sobreponerse, monta a caballo y arenga a la guardia de granaderos de las asambleas: ¡Los Ancianos estaban con él, los Quinientos habían intentado apuñalarle..!

-La presencia del general en este reciento –dijo Luciano, cuando su hermano hubo abandonado la sala-, no tenía otro objeto que el de dar cuenta de la situación política en la que se encuentra la República, pero lo que ha sucedido en el seno de este consejo es una prueba más de lo que todos tenemos en nuestros corazones…
Cada frase era interrumpida por gritos que ahogaban su voz.
Pedía Luciano que se introdujera al general de nuevo y se le escuchara con más sosiego, pero ya sólo se oían los ¡Fuera de la ley!
Un violento griterío ahogaba la voz del presidente de la Cámara que intentaba ganar tiempo.
-¡Queréis que haga votar el fuera de la ley contra mi propio hermano!…
Fuera ha corrido ya la voz del peligro en que se halla Luciano, y el riesgo inminente de ser declarado él mismo fuera de la ley.
Sólo quedaba el recurso al golpe de fuerza. Conducido por Murat, un destacamento invade la sala de sesiones de los Quinientos:
-¡Afuera toda esta gente!¡Que los buenos ciudadanos se retiren!¡El Consejo queda disuelto!

Sobraban ya las palabras, era el ¡sálvese quien pueda! Entre gritos, tropezones, imprecaciones de unos contra otros, los granaderos comienzan a expulsar a los diputados. Algunos se despojan de togas y atributos y saltan por las ventanas, para intentar perderse entre setos y arbustos; otros pretenden aún ocupar la tribuna o sus escaños.
El redoble de tambores y los gritos de los soldados ahogan ya cualquier protesta. La sala es evacuada y los diputados se dispersan, entre vivas irrisorios a la República y a una constitución que todos forzaron cuando les convino.
Eran las cinco y media de la tarde del 10 de noviembre. El desventurado Luis XVI no se había atrevido a tanto, cuando aquel: “Estamos aquí por la voluntad del pueblo…” de Mirabeau.

No había sido, al final, el tinglado legalista concebido por Sieyès el que se había impuesto, sino la fuerza al servicio de Bonaparte. Él era el amo, apenas un mes después de su regreso de Egipto.

En este 1799 han nacido Balzac, testigo en la sociedad francesa de la primera mitad del siglo que se anuncia, de la codicia burguesa y de la voluntad de poder. Y ha muerto Beaumarchais, literato, aventurero turbio y agente de la Corte, crítico de los privilegios, aprendiz de brujo, como tantos otros, a quien poco le faltó pagarlo con la guillotina.
Era el final de unos años tormentosos, grandilocuentes e inflacionistas, con demasiadas citaciones a Plutarco y ríos de pomposidad, para consumo del crédulo y del humilde, al que negaban el voto y el puchero. Frases y vocablos, portadores ayer de emociones y proyectos, habían perdido valor y sonaban huecos, como los asignados que el Directorio acabó mandando retirar por inservibles.
Lo que había sucedido en aquellas “memorables jornadas” no era un golpe de Estado –de creer lo que la pedagógica campaña que siguió vino a decir a los franceses-, sino la salvaguardia de los principios que realistas y jacobinos soñaban con destruir. Madame de Staël y su círculo, que acogieron muy bien el “suceso”, no decían otra cosa. La opinión general responderá, si no con el corazón, con la resignación en la mayoría, convencidos de que los fundamentos de igualdad jurídica y respeto a la propiedad iban a mantenerse; y el cálculo en otros, persuadidos de que el general republicano bien sabría preservarles del regreso al realismo que reclamaría sus tierras.

Habían matado a un rey para erigir a un César dictador. La gran representación había terminado. “¡Ciudadanos –se proclamaba el 15 de diciembre de 1799-, la Revolución, fijada en los principios que la habían iniciado, ha concluido!”

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

Sobre la Revolución francesa y el terror legal

ANDRÉ, Jacques: La Révolution fratricide; París, P.U.F., 1993 (punto de vista psicopatológico).
BACZHO, Bronislaw: Comment sortir de la Terreur. Thermidor et la Révolution. Gallimard,1989.
BERTAUD, Jean-Paul: La vie quotidienne en France au temps de la Révolution (1789-1795); Hachette, 1983 y posteriores.
CHARTIER, Roger: Les origines culturelles de la Révolution française; Paris, Seuil, “L’Univers historique” 1990.
FURET, François (1927-1997): La Révolution Française; 1965 (con Denis Richet); se
trató de una revolución de Notables, cuyo control perdieron entre 1793 y 1795, ideas
que Furet desarrolla en Penser la Révolution Française; Paris, Gallimard, 1978.
GUENIFFEY, Patrice: La politique de la Terreur. Essai sur la violence révolutionnaire (1789/1794). Paris, Fayard, 2000.
MATHIEZ, Albert: Girondins et Montagnards, études d’histoire révolutionnaire, Fermin Didot, 1930.

PALMER, Robert Roswell (1909-2002): Le Gouvernement de la Terreur. L’année du Comité de Salut Public. Armand Colin, 1989, 368 p. (traducido del inglés americano).

Sobre Robespierre

BOULOISEAU, Marc: Robespierre; París, P.U.F., “Que sais-je?”, 1956 (existe traducción española publicada en Buenos Aires, 1961).
GALLO, Max: Maximilien Robespierre, histoire d’une solitude; París, Gallimard, 1984; reed. Plon, 1994.
HAMEL, Ernest: Histoire de Robespierre et du coup d’État du 9 thermidor, 3 vols.; ed. A. Cinqualbre, s.f. [1878].
LEUWERS, Hervé: Robespierre; Paris, Fayard, 2014.
MARAND-FOUQUET, Catherine: Robespierre et la Révolution; Paris, Denoël, “l’Histoire de France”, 1989, 128 p.
MATHIEZ, Albert: Études robespierristes, 1717-1918; Paris, Armand Colin, 2 vols.
WALTER, Gérard (1896-1974): Robespierre; París, Gallimard, 1961 (definitiva versión de su primer Robespierre de 1946); reed. en 1989 bajo Maximilien de Robespierre.

Sobre Termidor y el Directorio

GODECHOT, Jacques (1907-1989): La vie quotidienne en France sous le Directoire; Paris, Hachette, 1977.
LEFEBVRE, Georges: La France du Directoire (1795-1799), sobre el curso “Le Directoire”, impartido en Sorbona en 1942/43, publ. por Jean René Suratteau y un prefacio de A. Soboul en: Editions Sociales, 1977; nueva edición, 1983.
MADELIN, Louis (1871-1956) : La France du Directoire, 1922.
WORONOFF, Denis: La République bourgeoise de Thermidor à Brumaire, 1794-1799. Paris, Le Seuil, “Point Histoire”, 1972 (Excelente estudio de la historia económica del Directorio).

Sobre el golpe de Estado del 18 brumario

AGULHON, Maurice (1926-2014): Coup d’État et République, Paris, Presses de Sciences Politiques, 1997.
BERTAUD, Jean-Paul: 1799. Bonaparte prend le pouvoir; Bruselas, Éditions Complexe, 1987.
LENTZ, Thierry: Le 18 Brumaire. Les coups d’État de Napoléon Bonaparte, novembre-décembre 1799; prefacio de Jacques Jourquin; París, Jean Picollec, 1997, y París, Perrin, 2010.
TULARD, Jean: Le 18 Brumaire. Comment terminer une révolution. París, Perrin, 1999.
VANDAL, Albert (1853-1910) : L’avènement de Bonaparte; París, diversas ediciones desde Plon-Nourrit, 1902, 2 vols.

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