Jaurès, Jean (1859-1914)

Jean Léon Jaurès nace en Castres (Tarn) el 3 de septiembre de 1859, en el seno de una familia de pequeña burguesía que contaba con dos almirantes a lo largo del s. XIX, uno de ellos ministro de marina.

Su padre, Jules Jaurès, después de haber intentado ganarse la vida en diversos oficios, iba sacando adelante a su familia en la pequeña propiedad agrícola de La Fédial, a la salida de Castres hacia el O., y su madre, Adélaïde Barbaza, mujer de carácter y convencida católica, se ocupaba de la casa y de la educación de sus hijos Jean el primogénito y Louis, apenas un año menor, que llegará también a almirante y entrará en política en la izquierda republicana-socialista.

Detectada su inteligencia por un inspector, Jean Jaurès obtiene beca y “sube” a París para preparar el prestigioso concurso de la Escuela normal superior de la rue d’Ulm, donde ingresa en 1878 con el número 1 en filosofía. Becario, conseguía, tres años después, la cátedra de esa disciplina con el número 3, y se incorporaba como profesor al liceo Lapérouse de Albi, a los veintidós años.

Y en 1883 –ya muerto su padre el año anterior y con su viuda madre en su casa, por el momento-, abandonaba Albi para trasladarse ahora a Toulouse, en cuya universidad había sido nombrado maître de conférences.

Republicano “oportunista” al principio, a la manera de Gambetta, consigue la elección por el departamento del Tarn en 1885; y, siendo el diputado más joven de Francia en ese momento, se presenta en la Cámara para situarse en el entorno del moderado Jules Ferry, considerando por entonces que la democracia y el sufragio universal eran los mejores aliados de “la clase pobre.

Abandona entonces temporalmente la docencia, pero la política va a ser, a partir de ahora, la gran razón de su vida.

Sin mencionar aquí ciertos frustrados amores que la primera juventud inspira a la salida de la adolescencia, a finales de junio de 1886, después de haber pretendido infructuosamente a Marie Klehe, la hija de un banquero local de origen alemán, se casaba civil y religiosamente, a los 27 años, con una joven de la mediana burguesía de Albi, hija de subprefecto, morena y alta que le sacaba media cabeza y que, con el matrimonio, le aportaba, a modo de dote, la promesa de propiedad y goce inmediato del dominio de Bessoulet -a la salida de Villefranche de Albigeois-, regalo de sus suegros. Y con ella se instala en París, en el 19, av. de la Motte-Piquet.

Louise Bois (1867-1931) le dará dos hijos: Madeleine (“Manou”,1889-1951) y Louis-Paul (1898-1918). Sin particular relieve intelectual, aun amante del teatro y la lectura, siempre se mostrará ella amable y servicial con el trabajo de su marido, al que acompaña cuando la situación lo requiere; y él, absorbido por la política, será razonablemente buen marido y buen padre.

            A partir de 1887 empieza a colaborar en el periódico La Dépêche de Toulouse, pronto insignia del radicalismo. Pero es derrotado en las elecciones de 1889, y vuelve durante un tiempo a sus estudios.

            Por toda Francia se celebra, en este 1889, el centenario de la Revolución con fastos y efusiones oficiales y con una Exposición universal, en medio de la cual se yergue una esbelta torre que ha construído el ingeniero Eiffel. Era también el año en que estallaba el escándalo financiero de Panamá, en el que Eiffel se verá involucrado y cuando salía a la luz pública la extensa colusión entre el poder y la alta finanza, que provocaba la ruina de más de 80.000 ahorradores

            En 1890, Jaurès es elegido concejal de Toulouse en la lista radical-socialista, y luego teniente de alcalde.

Lo que no le impedirá, en 1892, defender sus dos tesis de doctorado, donde ya se afirmababa el dominio que ejercía sobre este meridional el pensamiento alemán: “De la réalité du monde sensible”, como principal, y “De primis socialismi germanici lineamentis apud Lutherum, Kant, Fichte, et Hegel” (los orígenes del socialismo alemán en Lutero…), la secundaria.

Pero los mineros de la cuenca hullera de Carmaux, en su Tarn natal -cuya gran huelga había  defendido el año anterior-, le devuelven a la Cámara legislativa en enero de 1893, esta vez como diputado socialista independiente, con ocasión de una elección parcial, y en compañía de Millerand y una cincuentena de diputados.

Y en esa dinámica, la Confédération Générale du Travail (CGT), que agrupaba a sindicatos y federaciones de sindicatos, era creada en Limoges en 1895, antes de la completa unidad que se dará en Montpellier en 1902, sobre una base revolucionaria y anarco-sindicalista (tendencia que predominará hasta la Primera Guerra Mundial)

En octubre de 1896, el nuevo zar Nicolás II y la zarina visitan Francia.

Y el 3 de noviembre de este año -uniendo su propia voz al clamor de los católicos de Francia-, Jaurès se señala en la Cámara con una acerada denuncia por la matanza de armenios en Turquia a instigación del sultán Abdul Hamid II.

Su ideario político y sus convicciones nada tenían de rígido sectarismo ni de agresiva exclusión. Aun laico él de cultura y ateo por convicción, será padrino en la pila bautismal, en este año 1896, de su sobrina Yvonne y, llegado el día, su hija Madeleine hará su primera comunión en 1901 (¡más por complacer a su madre, a decir verdad!, en aras del buen entendimiento conyugal, y a la abuela paterna de la comulgante); actitud y gestos que no dejaban de concitarle los sarcasmos de sus adversarios de la derecha conservadora y la  incomprensión de sus congéneres.

Derrotado otra vez en 1898 (el año del J’accuse de Zola), de nuevo volverá Jaurès en mayo de 1902 como diputado del Tarn, para conservar ese escaño hasta su muerte.

Pensador político y fogoso tribuno capaz de enardecer a las masas con sus discursos, historiador y periodista, Jaurès acabará afirmándose como la personalidad más significativa y brillante del socialismo francés en los inicios del siglo XX.

Ha de entenderse que socialismo por estos años significaba querer transformar la propiedad privada de los medios de producción en propiedad colectiva representada por el Estado, esperando, con dicha transformación, el advenimiento de una sociedad más armoniosa, esta vez sin clases.

Pero, Jaurès no será nunca un marxista ortodoxo: rechazaba la dictadura del proletariado y la realización del colectivismo a través de un estatismo burocrático; y quería conciliar el materialismo con el idealismo, el socialismo con la democracia y el internacionalismo con el patriotismo. Para él, el socialismo sólo estaría justificado si permitía el libre desarrollo de la persona, y si daba su pleno sentido a la Declaración de derechos humanos que, a menudo, mencionaba. Creía posible asegurar el advenimiento de la sociedad sin clases, a través de un esfuerzo pacífico y sin sacrificio de la libertad. Y todas esas ideas, que él iba desarrollando en sus artículos en La Dépêche de Toulouse, La Petite République y más tarde en L’Humanité, pretendía también plasmarlas en su acción parlamentaria, cuyo carácter oportunista le atraerá más de una vez la crítica de marxistas intransigentes como Jules Guesde.

Y surgió el sonado caso del capitán Alfred Dreyfus, ¡judio por más señas!, vidrioso asunto de espionaje a favor de Alemania que, a favor o en contra, iba a apasionar a toda Francia hasta el furor, entre antisemitas, nacionalistas y defensores del ejército a ultranza. Después de la aparición del famoso artículo J’accuse! de Zola en l’Aurore, de enero de 1898, Jaurès siguio creeyendo por un momento en su culpabilidad, e incluso (ya condenado a la deportación), mostró en la Asamblea su desacuerdo por la benignidad de la sentencia. Pero, fiel a su pasión por la justicia (aun contra la opinión de militantes como Guesde, si ella debía ejercerse a favor de un oficial “burgués”), y a  la idea que él se hacía de la democracia, Jaurès va a abrazar su causa con pasión, y publica Les Preuves, primero en sucesivas entregas en La Petite République -periódico socialista moderado que le había apoyado para su elección en la época de Carmaux- y luego en volumen, lo cual le costará ser derrotado, como dreyfusard, en las elecciones de este año, aun alcanzando entonces con ello talla nacional.

Al comprometer al socialismo en el caso Dreyfus y en la defensa del régimen parlamentario contra los nacionalistas, Jaurès adoptaba una actitud reformista. Además del radical-socialista Clemenceau, en junio de 1899 apoya la entrada, como ministro de Comercio e Industria, del socialista independiente Alexandre Millerand en el gabinete de “défense républicaine” de Pierre Waldeck-Rousseau (1899-1902).

Y se hizo el defensor del bloque de izquierdas (bloc des gauches), creado en este 1899, que reunía a los seguidores de Poincaré anticlericales, a los radicales, los radicales-socialistas y a socialistas independientes.

Por esta época, va a dirigir también una Histoire socialiste de la France contemporaine, para cuyo proyecto redactará él mismo, entre 1901 y 1908, el período correspondiente a la Revolución Francesa.

Y esta etapa en su evolución quiso subrayarla entregándose ahora por entero a la acción periodística en La Petite République, de la que él llegará a ser director, y que pasará a llamarse La Petite République Socialiste.

Todo ello venía a agravar su conflicto con aquellos intransigentes hostiles a su participación en un gobierno “burgués”, como el blanquista Édouard Vaillant (1840-1915) y el marxista Guesde (1845-1922), partidarios de la conquista violenta del poder, que soñaban con le Grand Soir y con ese paraíso en la tierra que la revolución social no dejaría de traer.

En 1902 hay elecciones a la Asamblea legislativa por toda Francia, y un jesuíta lanza aquello de: “Sólo hay dos candidatos: Barrabás y Jesús”; serán los anticlericales quienes ganen.,
Jaurès conseguía de nuevo mandato por la circunscripción de Carmaux, escaño que –reelegido en 1906, 1910 y 1914-, conservará hasta su muerte.  Y, en marzo, fundaba en Tours el Parti Socialiste Français, que venía a reagrupar a independientes, posibilistas y a los alemanistas de Jean Allemane, gente como Alexandre Millerand, Aristide Briand…

Y Émile Zola va a morir en septiembre, asfixiado por emanaciones de CO de su chimenea.

Ya retirado el republicano moderado Waldeck-Rousseau por motivos de salud, y siendo Presidente de la República Émile Loubet, Jaurès accede a la vicepresidencia de la Cámara en 1903, durante año y medio y, con su nuevo partido sostiene al ministerio (1902-1905) del anticlerical radical Émile Combes, al que llamaban “le petit père”, que va a revelarse inusualmente estable (¡dos años y siete meses!).

Jaurès será, en este 1905, uno de los principales redactores de la ley de separación de las Iglesias y el Estado, él que dirá dos años después: “Yo creo que el cristianismo y el socialismo son dos corrientes del pensamiento moderno que han de desarrollarse paralelamentey cuya convergencia determinará el advenimiento de una era de justicia y de paz”.

Abandonando La Petite République donde, por razones diversas, no se sentía cómodo (y con aportaciones esporádicas en otras tribunas de papel como La Lanterne o Le Matin), Jaurès quiere también fundar y dirigir su propio periódico como instrumento de acción, siguiendo el ejemplo de otros jefes como Clemenceau, y consciente de que la prensa constituía un poder de primera magnitud en el combate político: será L’Humanité, lanzado con el apoyo de la banca israelita, que se pretendía el “auténtico” órgano socialista, y cuyo primer número salía el 18 de abril de 1904: pronto conocerá tiradas de más de 100.000 ejemplares. El nombre se lo había sugerido Lucien Herr (1864-1926), intelectual socialista, bibliotecario de la Escuela Normal Superior, que tanta influencia seguía ejerciendo sobre alumnos y ex-alumnos.

El éxito se lo debió el periódico, sin duda, a su talento, pero también al prestigio que venían a darle colaboradores como Tristan Bernard, Léon Blum, Aristide Briand, Anatole France, Henri de Jouvenel, Octave Mirbeau, Jules Renard…

Fue por esta época, cuando Jaurès empezó a relacionarse con la paradógica figura de la viuda marquesa Marie Peyrat, mujer madura, ya en sus sesenta y tantos años, de sueltos modales y vocabulario de carretero, a quien su marido el marqués de Arconati-Visconti había tenido la delicadeza de dejarle al morir en 1875, a los dos años de matrimonio, una enorme fortuna con la que ella se pagaba obras de arte y costeaba actividades culturales, científicas y educativas; y, como buena hija de un cercano colaborador de Gambetta, financiaba proyectos activamente laicos y republicanos. En sus recepciones -cuando se hallaba en París-, entre literarias y políticas, y en sus almuerzos, los conocidos jeudis, recibía a políticos y universitarios: Joseph Reynach, Gabriel Monod, el capitán Dreyfus… Jaurés fue de aquellos jeudis, a partir de 1904, en que vino a beneficiarse de la generosidad de la dama para su Humanité.

Pero el congreso de la II Internacional socialista de Amsterdam de 1904 -pocos meses después del lanzamiento de su periódico-, donde, del lado alemán, se vio a Rosa Luxemburgo, a Karl Kautsky, a Victor Adler…, acabará pronunciándose a favor de las rudimentarias tesis de Jules Guesde y de su Parti Socialiste de France creado tres años antes, rechazando cualquier colaboración con los ministerios “burgueses”.

Jaurès acatará aquellas decisiones, y ello facilitará la unión en 1905 (Congreso du Globe, o primer Congreso de París, del 23 y 26 de abril), de las diversas tendencias socialistas, en el seno ahora de la Section Française de l’Internationale Ouvrière (SFIO), de la que l’Humanité va a hacerse portavoz en adelante.

Hojeando un día el periódico, la marquesa de Arconati-Visconti (que podía ser todo menos marxista, ni comulgaba con aquellas pamplinas de lucha de clases, internacionalismo y sindicalismo revolucionario), se lo lanzó a los pies de su director, con aquel irónico comentario: “Me da usted la misma sensación que me daría una virgen en un burdel”

Jaurès parecia haberse inclinado en lo relativo a sus diferencias con Guesde, pero sabrá ganarse a Édouard Vaillant, recobrará el control sobre la SFIO y, bajo su influencia, el socialismo reformista acabará suplantando al guedismo, en el seno del nuevo movimiento.

Posiblemente por un enfriamiento pasajero en su relación y, sobre todo, para seguir de cerca la escolaridad en Albi de su hijo Louis, su esposa se instala en la propiedad de Bessoulet en 1907/08. Nubecillas matrimoniales, porque Jaurès, a quien no se le conocerán aventuras extraconyugales, le reprochará un día a una Blanche Vogt sus amores adulterinos (citando aquí a Gilles Candar), con el administrador de l’Humanité: “[¿Qué es el amor?] El amor es el hogar, los hijos, el retiro al que se viene después del trabajo público”.

1907 era el año en que Diaghilev revelaba a los franceses al célebre cantante ruso Chaliapine, en Boris Godunov de Mussorgski, antes de dar a conocer, dos años después, al bailarín Nijinsky de los ballets russes, en Le Prince Igor.

            Y en la Cámara, Jaurès seguía sosteniendo con su voz no sólo la lucha de los trabajadores, particularmente con ocasión de la huelga de los empleados de correos y de los maestros en 1907, o luego de la huelga de ferroviarios en 1910, sino,  igualmente, combates por la abolición de la pena de muerte, “la peine immonde”, que la Asamblea había rechazado abolir en 1908, y lo hacía contra voces como la de Maurice Barrès, que hablaba de rechazar fuera de la humanidad  a esos ”dégénérés” autores de crimenes.

            Fue un gran orador político y también un educador del pueblo, al que buscaba hacer comulgar en una especie de misticismo laico centrado en las ideas de progreso, de libertad y de justicia. Algunos de sus adversarios como Barrès, reconocían en él una gran fuerza espiritual y sabían hacerle justicia, pero su oposición a la política colonial de la República, que también denunciaba desde la tribuna de la Cámara, y su lucha incansable en favor de una reconciliación franco-alemana (empezando por un acercamiento entre los sindicatos obreros de ambas márgenes del Rin), le concitaban el odio de otros nacionalistas revanchards –según la expresión de sus adversarios- como Maurras y Péguy (su antiguo compañero de combate dreyfusard), que le consideraban un ingenuo, cuando no un traidor y un cómplice de los alemanes, pensando quizá que Alemania iba a devolver graciosamente la Alsacia-Lorena arrebatada a Francia por la victoria de 1870.

Bien conocida su postura pacifista (él que, en 1895 había dicho aquello de que le capitalisme porte en lui la guerre comme la nuée porte l’orage, y preocupado por las consecuencias de la rivalidad entre las grandes potencias, como habían demostrado las crisis balcánicas desde 1908), en 1910 Jaurès redacta una proposición de ley, apoyada en un libro L’Armée nouvelle, donde preconizaba un ejército nacional, popular y defensivo, bien entrenado y lo contrario del “ejercito de cuartel”. En su idealismo socialista y filosófico no tenía en cuenta los graves problemas que no dejarian de surgir en el campo de la disciplina, ni el incesante desarrollo tecnológico en el armamento.

Y en vísperas de la gran conflagración que luego llamaremos Primera Guerra Mundial, se opone vigorosamente a una ley sobre la ampliación del servicio militar de dos a tres años (ya sea en la Cámara o encabezando manifestaciones con la SFIO, como aquella del 25 de mayo de 1913, que ha quedado en la iconografía jauresiana). Pero aquella ley, bajo el gobierno de Louis Barthou saldrá adelante en julio/agosto de 1913.

Las campañas de unos y otros siguieron arreciando, particularmente en la prensa con vistas a las elecciones legislativas siguientes y más allá; de un lado estaba el discurso apaciguador de Jaurès o del radical Joseph Caillaux…, y por otro el de los partidarios de hacerle frente a Alemania, con Poincaré, Clemenceau, Barthou…

Pero ciertos morbosos asuntos del ámbito privado del matrimonio Caillaux vendrán a cruzarse con la cuestion política:

Henriette nacida Raynouard  -segunda esposa del jefe del partido radical y ministro de Finanzas desde diciembre de 1913, Joseph Caillaux-, llevaba con gran disgusto la frenética campaña a la que Gaston Calmette director de Le Figaro (el órgano de la gran burguesía), se había lanzado para ensuciar la imagen del pacifista de su marido, y oponerse a aquel proyecto de ley de impuesto general progresivo del que Caillaux era promotor; y se veía hostilmente marginada en los círculos sociales de frecuentación que eran naturalmente los suyos; temerosa además, por un lado, de que ese periódico acabara aireando la correspondencia privada de Caillaux con su primera mujer, que esta había dado a la prensa, donde quedaba al descubierto no poco cinismo del jefe radical en su actuación política; y por otro, de que, con pruebas fehacientes, se llegara a saber que el nuevo matrimonio había iniciado sus relaciones amorosas cuando aún ambos estaban casados cada uno por su lado, hecho deshonroso para los estrictos cánones de aquella sociedad.

Todo, por supuesto, con la intención de destruir la carrera del popular político. A la desmoralizada Henriette Caillaux no se le ocurrió mejor modo de acallar la voz de aquel periodista, de lavar su propia honra y de salvaguardar la carrera de su marido que hacerse recibir en su despacho de la sede del periódico, 26 rue Drouot, en la tarde de aquel 16 de marzo de 1914, y asesinarlo a balazos.

Y llegaron las elecciones de mayo de 1914; con la derogación de la ley Barthou en su programa, y en un entorno de creciente tensión internacional, los resultados de la SFIO fueron significativos con sus 103 escaños y un aumento de 28, convirtiéndose en el segundo partido de Francia, con el 17% de los sufragios válidos.

Pero su alianza con los radicales no alcanzaba para abolir la ley Barthou.

El 28 de junio de 1914, el heredero al trono de Austria, el archiduque Francisco Fernando era asesinado en Sarajevo por el estudiante serbio Prinzip, hecho que conmocionó a Europa y que, por el rígido sistema de alianzas y contraalianzas, iba a desencadenar los trágicos acontecimientos conocidos por la Gran Guerra.

Y el 20 de julio se abría el juicio contra Henriette Caillaux, a cuyo término salía absuelta, ocho días después; pero es que el Garde des Sceaux o ministro de Justicia, el fiscal general del Estado (procureur général de la République, promocionado días antes al rango de comendador de la Legión de Honor) y el presidente del tribunal, eran amigos de filas de su marido o simpatizantes de su causa.

Aquel 28 de julio Austria le declaraba la guerra a Serbia.

En cualquier caso, el desgraciado gesto de madame Caillaux venía a arruinar cualquier posibilidad de que Caillaux pudiera  asumir ahora la jefatura de un gobierno y el ministerio de Asuntos Exteriores que pudiera rebajar los riesgos de guerra.

Todo ello contribuía poderosamente a encrespar los ánimos en general y el odio contra el lider pacifista Jaurès en particular, y a inspirar así la acción solitaria de cualquier desequilibrado. Fue, efectivamente, el  caso de Raoul Villain, personaje de 29 años y de escasas luces, fortalecido en el nacionalismo, que acabó con los 54 años de brillante vida activa de Jaurès, de un disparo de revolver en el Café du Croissant, la tarde-noche del 31 de julio de 1914, no lejos de su periódico, boulevard Montmartre, de donde acababa de salir para cenar con unos amigos de redacción. Durante el día, se había expresado elocuentemente contra el inminente peligro de una conflagración general y, poco antes, había hecho las últimas gestiones en el ministerio de Asuntos Exteriores, para que intentaran retener al aliado ruso.

Aquel asesinato venía a marcar, simbólicamente, el triunfo de las fuerzas belicosas de ambos países, que iban a lanzar a Europa a una tragedia inenarrable durante cuatro años.

Y el 4 de agosto tenían lugar los funerales de este eminente jefe socialista.

Dos días antes, Rusia había mobilizado y Alemania había lanzado un ultimátum a Francia, tanto como declararle la guerra.

Los socialistas Guesde, Édouard Vaillant, Marcel Sembat (1862-1922)…, entraron inmediatamente en el gobierno bajo la etiqueta de “union sacré”, para conducir la guerra, como ministros de Estado o  ministros. La realidad nacional(ista), venía a imponerse a todos, con su irrisoria y trágica tozudez.

Era el final de lo que luego se llamará Belle Époque.

            Louis Jaurès se había adelantado en 1915 a su llamada a filas para alistarse voluntariamente:  “Cuando se tiene el honor de ser el hijo de Jean Jaurès, uno tiene que dar ejemplo; el internacionalismo filosófico no es incompatible con la defensa de la patria, cuando su supervivencia está en juego”. Iba a morir en junio de 1918, durante la ofensiva de Ludendorff en la segunda batalla del Marne.

            El proceso que siguió contra Villain, aplazado hasta el final de la guerra, entre el 24 y el 29 de marzo de 1919, acabó con su absolución. Y, desde su prisión parisiense de la Santé y luego en Fresnes, volvía a ver la luz del sol, libre ahora, una bonita mañana de primavera, cuando tantos centenares de miles de franceses habían perecido o salido irrecuperablemente enfermos o mutilados en aquella horrible confrontación.

Igual que madame Caillaux, la justiciera de Calmette.

  Pero Villain, que se habia instalado en España, acabará muerto a tiros por reepublicanos, en una cala ibicenca, en septiembre de 1936.

Amante ideal de la justicia, moralmente íntegro, cercano siempre a los campesinos y al proletariado, respetado incluso por sus adversarios, los restos de Jean Jaurès fueron llevados al Panteón de París (Le Panthéon) el 24 de noviembre de 1924, después de la victoria de la izquierda, el Cartel des Gauches.

            Pero aquella SFIO, bajo cuyas siglas había querido enmarcar, disciplinadamente, su acción política, había acabado escindiéndose en el Congreso de Tours de diciembre de 1920, entre émulos del ruso Lenin y sus oponentes; la mayoría asi surgida, creaba el Partido Comunista Francés y se quedaba con el órgano L’Humanité.

Léon Blum pasó a liderar ahora los restos de la SFIO. Ambas familias volverán  encontrarse en el Front Populaire de 1936.

            Hombre de gran cultura helenística y germánica, Jean Jaurès había publicado numerosas obras, entre ellas una Histoire socialiste de la Révolution française (1901-1908) y L’Armée nouvelle (1910), ya mencionadas; compilaciones de artículos suyos también (Action socialiste (1899), Études socialistes (1902); y, finalmente, Discours parlementaires (1904).

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BOSCU, Alain y CAZALS, Rémi, bajo la dirección de –: Sur les pas de Jaurès: la France de 1900 (Actas del Coloquio; Castres, octubre 2000), organizado por la Société d’Études jaurésienne; nueva edición: Privat, 2008.
CANDAR, Gilles: Histoire politique de la IIIe République; Paris, Ed. La Découverte, 1999.
CANDAR, Gilles et DUCLERT, Vincent: Jean Jaurès; Fayard, 2014.
GALLO, Max: Le grand Jaurès; Paris, Le Grand Livre du Mois, 1999.
GUILLEMIN, Henri: Jean Jaurès; Ed. d’Utovie, 2006 (48 págs. + 1 CD de 1 h.).
JAMET, Dominique: Jaurès, le rêve et l’action; Montrouge, Bayard, 2009.
LALOUETTE, Jacqueline: Jean Jaurès, l’assassinat, la gloire, le souvenir; Paris, Perrin, 2014.
REBÉRIOUX, Madeleine y CANDAR, Gilles, bajo la dirección de –: Jaurès et les intellectuels (Actas del Coloquio internacional, celebrado en París -8-9 de enero 1988-, organizado por la Société d’Études jaurésiennes); Ed. de l’Atelier, Ed. Ouvrières, 1994.

“L’HUMANITÉ”: Jean Jaurès, une vie pour changer le monde; numero “hors série”, 2014. Les Preuves. Affaire Dreyfus [1898]; prefacio de J.-D. BREDIN; introducción de M.REBÉRIOUX; notas de V. DUCLERT; La Découverte, 1998.
L’Armée nouvelle; Editions Sociales, 1977; luego Imprimerie Nationale, en 2 vols. 1992.
Histoire socialiste de la Révolution française;  ed. fac-sim. Editions Sociales, 2014.

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