Courbet, Gustave (1819-1877)

Pintor, litógrafo y dibujante, Jean-Désiré Gustave Courbet, aquel que será considerado en pintura como el jefe de la nueva escuela realista, con Daumier y Millet, nació en Ornans (localidad natal de su padre, no lejos de Besançon, Doubs, en el Franco-Condado) el 10 de junio de 1819.

Hijo de Régis Courbet y de Sylvie Oudot, campesinos acomodados, orgullosos de sus tradiciones jacobinas con las que habían medrado recientemente, tendrá cuatro hermanas menores que él, de las que solo le sobrevivirán Zoé (1824-1905) y Juliette (1831-1915).

Caída ya la Restauración e iniciándose el reinado de la nueva monarquía de Luis-Philippe, el joven Courbet siguió, a partir de los doce años, las primeras enseñanzas en el pequeño seminario de Ornans, donde recibió sus primeras clases de arte.

En 1837, en medio de las luchas y tensiones politicas que venían caracterizando su infancia y adolescencia, es enviado al viejo Collège royal de Besançon (establecimiento donde, de 1839 a 1842, va a formar parte del alumnado de terminale, Louis Pasteur); alli sigue las enseñanzas de dibujo de Charles-Antoine Flajoulot, un discípulo de David, director por entonces de la Escuela de Bellas Artes de la ciudad.

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Jean-Désiré Gustave Courbet

El socialismo comenzaba a difundirse definitivamente entre el proletariado y, en particular, en aquel activo foco que era el Franco-Condado,

En el otoño de 1839, Courbet se traslada a París, con la probable intención de iniciar Derecho, pero su irrefrenable vocación le empujaba ya hacia la pintura. Frecuenta entonces  diversos estudios y en particular la Academia de Charles Suisse, en l’Île de la Cîté.  “Republicano de nacimiento” –como como él gustaba decir de sí mismo- y de personalidad anticonformista, rebelde y algo fanfarrón, prefería copiar en soledad a los maestros del Louvre, sobre todo los españoles del s. XVII, o pintar paisajes en el bosque de Fontainebleau.

Admira a Géricault y a Delacroix, y sus primeras obras responden a la temática y los modelos románticos: Odalisque (1840), La Nuit de Walpurgis (h. 1841, luego destruida por su autor); y daba a sus autorretratos –tema frecuentado por el pintor entre 1842 y 1849- un carácter apasionado y soñador, de acuerdo con el tipo de héroe byroniano: Autoportrait au chien noir (1842, museo de Pontarlier), Les Amants dans la campagne (1844), L’Homme blessé (de 1844, en el museo del Louvre). Tardará más de diez años en romper con las recetas románticas, y sin embargo, algunos retratos, sobre todo los paisajes de su tierra natal, venían ya a revelar un acercamiento a la naturaleza más cercano y directo.

Lo había intentado antes, pero es en 1844 cuando Courbet entra por primera vez en el Salon con su Autoportrait (?) au chien noir.

En 1846 viaja a los Países Bajos, donde tiene ocasión de reafirmar su interés por los maestros holandeses (Rembrandt, Hals), y a Inglaterra; y, conoce en 1847 a su compatriota del Franco-Condado Joseph Proudhon (1809-1865) que acaba de romper con Marx y sus teorías comunistas en su Philosophie de la misère de 1846, y cuyas ideas políticas compartirá en lo fundamental; y a Champfleury (1821-1889), y a Baudelaire (1821-1867), cuyo retrato ejecuta en 1848.

Bajo la influencia de las teorías socialistas, Courbet empieza a orientarse hacia una concepción del arte más popular, tratando de inspirarse en los acontecimientos contemporáneos y de dar cuenta de la realidad social.

Es en septiembre de 1847 cuando nace Alfred-Émile (1847-1872), el hijo que el pintor acaba de tener con Virginie Binet (once años mayor que él y a menudo su modelo), y que no reconocerá legalmente, aun guardando siempre por él un gran afecto; el niño aparecerá en algunos lienzos como Les Cribleuses y en L’Atelier, viendo como su padre pinta.

Llegó la revolución de febrero de 1848 que derrocaba a la Monarquía burguesa de Louis-Philippe, en la cual Courbet no participa: “No tengo fe en la guerra con fusiles y cañones –les escribía a sus padres-, no está en mis principios; desde hace diez años, hago la guerra de la inteligencia”. Aunque realiza una ilustración para el “Salut Public” (gaceta que empiezan a editar Champfleury y Baudelaire y que no irá más allá del segundo número).

Y, mientras frecuentaba las ruidosas reuniones de la cervecería Andler lugar de encuentro de escritores y artistas, periodistas y críticos, se mostraba ya decidido a derribar la pintura de historia como el gran género pictórico culmen de todos los géneros. Y pretendía hacerlo a través del realismo, de cuya vía artística quería hacerse ardiente defensor. Su realismo pictórico por el que va a apostar decididamente, parecía clausurar la aventura romántica, proponiendo una nueva estética para una sociedad nueva. Y en ello va a coincidir, en una especie de acción común, con un nutrido número de pensadores de la acción creativa: “El arte deberá ser actual para ser comprendido” –decía Gabriel Laviron, otro franc-comtois, crítico de arte de la época, ya en 1833-.

¿Qué habían hecho, sino, o estaban haciendo en literatura, referido a la clase burguesa, a campesinos y aldeanos, Balzac, George Sand o Flaubert?

Este año de revolución, el Salón de pintura abre sin jurado y todas las obras enviadas son expuestas, entre ellas diez de Courbet.

A esta etapa corresponden las tres obras monumentales L’Après-dînée à Ornans (por la que obtendrá una medalla de oro en el Salón de 1849, impregnada de ruralidad y cierta nostalgia, que compra el Estado y hoy en el palacio de Bellas Artes de Lille), Les casseurs de pierres (1849, obra destruída tras un bombardeo de la ciudad de Dresde en febrero de 1945), Les Paysans de Flagey revenant de la foire de 1850, presentada en el Salón de 1851 (206 x 275,5 cms., museo de Besançon), donde aparece representado el padre del pintor Régis Courbet; y, sobre todo, Un enterrement à Ornans de 1849-1850 (óleo sobre lienzo en el formato de la pintura de historia, de 315 x 668 cms., que ponía en escena a campesinos y pequeños burgueses locales, y acontecimiento del Salón de 1850) –él que siempre conservará gran apego por la localidad y la región de su infancia-; obras todas ellas que evocaban la realidad cotidiana sin pintoresquismo ni recurso a la fácil emoción, y que se abría enteramente a la noción de peinture de genre; Conocidas del público, suscitaron violentos debates en la opinión especializada.

Fue igualmente mal recibido con Les Demoiselles du village (de 1851, en el Metropolitan Museum), para cuyo cuadro posaron las hermanas del pintor.

En este 1852 Virginie Binet parecía haberse cansado de aquella absurda vida al lado de Courbet, y acaba trasladándose a Dieppe con el hijo de ambos:  “Echo mucho de menos a ni niño –le escribía entonces a Champfleury-.

Y ya trataban a Courbet como jefe de la “escuela de lo feo”, de lo sucio y lo vulgar. Ello no obstaba para que el nuevo ministro del Interior Morny comprara una de sus obras que será vista en el Salón.

La dinámica estaba lanzada, y vendrán pronto clientes como el refinado Alfred Bruyas, hijo de un rico banquero, que se convertirá en señalado mecenas suyo, o el dandy Étienne Baudry, protector de las letras y las artes.

En el Salón de 1853, va más lejos, llevando a su propia manera los cánones de la pintura académica con Les Baigneuses de 1853 (227 x 193 cms., en el museo Fabre de Montpellier), consideradas indecentes porque intentaba liberar el desnudo de convenciones estéticas idealistas.

Y en el otoño de este año, viaja por Suiza, región de Berna y Friburgo.

Les Cribleuses de blé (1854, museo de Nantes), La rencontre, o Bonjour, Monsieur Courbet (óleo de 1854 sobre lienzo de 129 x 149 cms. en el museo Fabre), que pinta en el curso de una invitación de Bruyas en Montpellier, no obtuvieron mejor acogida.

En 1854 empieza a construir el plan de un gran fresco que se convertirá en L’Atelier du peintre (361 x 598 cms., hoy el museo d’Orsay). El gigantesco Atelier… (“allégorie réelle, déterminant una phase de sept années de ma vie artistique et morale”), fue rechazado –dijeron que por sus dimensiones- en la Exposición Universal de 1855, donde su autor pretendía presentarlo con una docena de otros cuadros que sí pudo exponer. En él representaba a personas corrientes, donde, en  otro contexto, hubieran aparecido personajes históricos).

Ante aquel rechazo, Courbet decidió presentar una cuarentena de sus propias obras con l’Atelier, en un pabellón de hierro y madera –su “Pavillon du Réalisme”- que hizo construir en un pequeño terreno alquilado en lo que era el nº 7 de la rue de Montaigne, no lejos de la Exposición, afirmando en el prefacio del catálogo (texto que aparece hoy como “manifiesto del realismo), su voluntad de hacer arte vivo.

Gustara o no a la crítica oficial, Courbet se había convertido ya en una personalidad artística ineludible

En 1857, se señala a Courbet en Bruselas, antes de pasar a Francfort. El jurado del Salón acepta los lienzos que ha enviado.

Y en Francfort permanecerá hasta la primavera de 1859.

En 1860, su amigo el novelista Champfleury (eminente representante, él mismo, de la escuela realista), publica un artículo “Wagner y Courbet”, que publicaba en el Courrier de París.

Al Salón de 1861 ha enviado escenas de cacería y cuadros de animales y paisajes que le valen nuevo reconocimiento. Y forma parte del comité de selección para la contribución francesa a la futura Exhibición Internacional de Londres, donde él mismo estará representado por dos lienzos.

Siguiendo el deseo de algunos alumnos, abre un estudio de enseñanza que solo irá hasta el año siguiente.

En 1862 pasa el verano en Saintonge,  y allí realiza, sobre todo, naturalezas muertas de flores y paisajes.

Y en su tierra natal de Ornans la mayor parte del año 1664, donde pintará numerosos paisajes.

Llega 1865, y Proudhon muere ese año. En homenaje a su amigo y al teórico anarcosindicalista que había sido, Courbet da al Salón un retrato suyo (basándose en fotografías), presentándole en la apacible intimidad del jardín familiar –vestido con la blusa del obrero y con los libros del intelectual a su lado; es Proudhon et ses enfants en 1853, hoy en el Petit Palais de París (óleo sobre lienzo de 147 x 198 cms); y la fecha que el pintor le atribuye corresponde a la  reciente salida de prisión del retratado, después de cuatro años de cárcel.

En el otoño de este año, pasa unas semanas en Trouville y conoce por esta época al joven Claude Monet (1840-1826) y al americano James Abbott Mcneill Whistler (1834-1903) con su compañera Joanna Hiffernan, de la que pintará varios retratos, y frecuenta allí a la sociedad mundana.

Atento a los gustos de su clientela, el artista ejecuta paisajes y retratos por encargo, pero también algunas obras atrevidas como Le Sommeil, o Les Deux amies, óleo sobre lienzo (de 1866, de 135 x 200 cms.), para el embajador turco en París Khalil-Bey (hoy en el Petit Palais de París)  en el que, bajo un título trivial, aparecen representadas dos mujeres dormidas, desnudas y entrelazadas. Otra obra de parecida inspiración y para el mismo cliente será L’origine du monde, más audaz aún e igualmente de 1866 (hoy discretamente expuesta en el musée d’Orsay de París)

Courbet se va haciendo célebre por toda Europa, hasta obtener un sonado éxito en el Salón de 1866 con La Remise des chevreuils en hiver.

En 1867, Courbet organiza una nueva exposición individual, en paralelo a la Exposición universal de Arte y de Industria (segunda, después de la de 1855, que organiza Napoleón III), en la que presenta más de cien obras, comparadas con las cuatro que acepta dar para la exposición oficial.

En el verano de 1869, año en que, allá en Egipto, se inauguraba el canal de Suez, Courbet vuelve a Normandía con Whistler  para trabajar allí; y serán La Vague de 1869 (hoy en el museo de Arte occidental de Tokio) y Falaise d’Étretat, 1870. Porque et tema del mar siempre le apasionó.

Y, con ocasión de la internacional Kunstausstellung de Munich, donde una sala le es reservada a él, el rey Luis II le concede este año la cruz de Caballero de la Orden de San Miguel; y en esa ciudad bávara pinta cinco lienzos y conoce al joven Wilhem Leibl que ha optado también por la inspiración realista y es invitado a París.

Courbet parecía por entonces en la cumbre de su fama y su prestigio. Señalado ya como gran contestatario en lo artístico y lo político, quiso, sin embargo, Napoleón III concederle la Legión de Honor en 1870, ya en vísperas de la apertura de hostilidades. Pero él la rechazó a través de una carta abierta, y en aquel provocador desaire iba todo su repudio del Segundo Imperio.

El 19 de junio, Francia declaraba la guerra a Prusia, y el 1 de septiembre Napoleón III caía prisionero, después de la derrota de Sedan. Tres días después, en París era proclamada la República.

 Anticlerical, amigo de Proudhon y cercano a los anarquistas, Courbet va a participar activamente en los trágicos acontecimientos que van a  seguir a la derrota y a la caída del Segundo Imperio.

Después de unas elecciones perfectamente libres en febrero de 1871 (más referéndum sobre la guerra o la paz que otra cosa), un gobierno representativo de la opinión francesa, presidido por Thiers, había acabado firmando la paz con Bismarck, disponiéndose sin tardanza, a la urgente labor de reconstruir Francia. Y la cuestión institucional, ¿monarquía o republica? quedó sensatamente aplazada.

Pero, a partir de mediados de marzo de 1871, vino a estallar el gravísimo problema suscitado por la Comuna de Paris, cuyas causas resultan complejas de analizar (humillación por la derrota y entrada de los prusianos; desarrollo del espíritu revolucionario; torpezas de la nueva Asamblea nacional). Y así quedó constituído el “Consejo de la Comuna” con la heteróclita participación de socialistas de la Internacional, viejos jacobinos, discipulos del revolucionario  Blanqui decididos a la acción violenta, e independientes anarquistas como Jules Vallès, proclamando su “autonomía absoluta” y pretendiendo, de nuevo, gobernar para toda Francia, según el precedente de la Revolución de ochenta años antes.

Un segundo asedio de París comenzaba, franceses contra franceses. Gustave Courbet era concejal del 6º distrito, presidente de la Fédération des Artistes, y de la Comisión por la protección de las Bellas artes (Beaux Arts), desde septiembre del año anterior, delegado en la Instrucción Pública y miembro de la Comuna desde este abril de 1871. “Paris est un paradis! –les había escrito el 30 de abril, a sus padres-, no hay policía, ni tonterías, no hay exacciones de ningún tipo, ni disputas, París funciona como sobre patines; tendría que continuar así, en una palabra, un verdadero encanto (…). Os doy un abrazo, y podéis estar tranquilos sobre mí; cuidaos y dormid a pierna suelta”. El 16 de mayo, la columna Vendôme -testimonio del detestado régimen napoleónico-, era derribada.

Llegaron los violentos sucesos de la “Semana sangrienta”, sañudo enfrentamiento a muerte a partir del lunes 22, entre communards y versaillais, bajo la socarrona mirada de los prusianos, hasta el domingo 28 de mayo en que la Comuna terminó rindiéndose. Sin duda, la protección de las Tullerías no entraba en el programa de aquella “Fédération des Artistes”, pues, además de otros importantes edificios, como l’Hôtel-de-Ville, los Communards arrasaron e incendiaron, en su retirada final, aquel viejo palacio de los reyes y del Imperio, y privaron a la posteridad de su memoria y goce; desmanes a los que –al parecer-, Courbet alzó su voz para oponerse.

Detenido el 7 de junio de 1871, fue recluído en la prisión de Sainte-Pêlagie y trasladado en diciembre una clínica de Neuilly, a causa de algunos problemas de salud; y allí permanecerá hasta abril de 1872. Excarcelado ya, descubre entonces que su estudio ha sido saqueado.

Parece obvio señalar que sus propuestas para el Salón de 1872 fueron rechazadas.

Vuelve entonces a su localidad natal –muerta ya su madre Sylvie Oudot de Courbet casi un año antes-. Y en Ornans, donde aún vivía su padre de 73 años en su propiedad de Flagey, quiso reiniciar, por un momento, su actividad artística, ante el incremento de encargos que le llegaban, rodeándose de algunos alumnos. Pinta entonces paisajes y réplicas de sus marinas anteriores.

El fallecimiento prematuro de su hijo, a los veinticinco años, vino a afectarle profundamente.

Pero, en la revisión general de los trágicos y recientes  acontecimientos, volvió a abrirse su expediente; Courbet fue acusado entonces por las nuevas autoridades de haber sido el promotor del derribo de la Colonne Vendôme dos años antes, y condenado al pago de una muy importante suma, como resarcimiento por los gastos de su restauración; y sus bienes y cuadros fueron embargados como aval, hasta sentencia firme que acabará recayendo en agosto de 1875.

Semiarruinado y desmoralizado, decide exiliarse a Suiza, donde pintará naturalezas muertas, flores, una serie de autorretratos y numerosos paisajes de desigual valor, en los que su destreza técnica parecía ir decayendo.

Y, con ocasión de la Exposición universal de Viena, entre mayo y octubre de 1873, Courbet expone en el Kunstverein austríaco una selección de obras entre las que se encontraba L’Atelier.

Su hermana Zélie moría en mayo de 1875. Y esculpe este año un busto representando la libertad, a la que llama Helvetia en homenaje a Suiza (hoy en el museo Gustave Courbet).

Después de haber propuesto una última exposición de sus obras en 1875 en su casa, su salud empezaba a declinar, muy afectado por la muerte de su hijo y de su hermana; hasta el otoño de 1877, en que da ya señales alarmantes de inequívoco deterioro. Morirá en su casa de Bon Port, en La Tour de Peilz, cantón de Vaud, a orillas del lago Lemán, a los cincuenta y ocho años de edad, el 31 de diciembre de 1877.

Gustave Courbet fue un gran transgresor, en la gran línea realista, y se mostró siempre hostil al academicismo vigente, en lo tocante, en particular, a la jerarquía de géneros pictóricos y al pretendido beau idéal, concepto que tanto infringió en sus cuadros. Le gustaban las composiciones frontales, a las que daba un carácter monumental; empleaba pastas espesas y tonos sombríos donde dominan los verdes y pardos, y, pesar de algunas obras con audaces intenciones plásticas, como el Portrait de Baudelaire (1848), permanecía fiel a concepciones técnicas dependientes de la tradición de los maestros españoles y holandeses del s. XVII.

También sufrió la influencia de la fotografía que daba por entonces prometedores pasos, en su preocupación por la descripción precisa. Pero, aun manteniéndose fiel, grosso modo, a las técnicas convencionales en pintura, se mostró revolucionario por los temas que llevó a sus lienzos, y  supo impregnar sus obras de una gran fuerza expresiva, oponiéndolas violentamente a las convenciones académicas y orientando la pintura hacia nuevas vías.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BRUYERON, Roger: Gustave Courbet. Écrits, propos, lettres et témoignages; edición presentada por –; Hermann, “Savoir Arts”, 2011.
FOUCART, Bruno: Courbet; Paris, Flammarion, “Les maîtres de la peinture moderne”, 1967.
RAGON, Michel: Gustave Courbet, peintre de la liberté; Paris, Fayard, 2004.
CORRESPONDANCE DE COURBET, a cargo de Petra Ten-Toesschate Chu, Paris, Flammarion, 1996.
MUSEO GUSTAVE COURBET, abierto en julio de 2011; place Robert Fernier, en Ornans.

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