Genet, Jean (1910-1986)

Jean Genet nació el 19 de diciembre de 1910, hijo de una joven prostituta y de padre desconocido; su madre lo abandonó en el hospicio a los pocos meses y, cuando llegó a los ocho años, el pequeño Jean fue confiado a una familia de acogida, campesinos del montañoso Morvan en Borgoña, donde permaneció dos año, hasta que acabó siendo acusado de robo (¡acto aquel fundacional de lo que será su personal ética!). Después de algunos otros delitos y dos fugas, fue internado en el reformatorio de Mettray, no lejos de Tours, donde permanecerá cuatro años. Y él dirá luego en Le Journal du voleur:

“Con el objeto de sobrevivir a mi desolación (…) elaboré sin darme cuenta una rigurosa disciplina, cuyo mecanismo era que cada vez que me acusaban de algo, aunque fuera de manera injusta, yo respondía afirmativamente. Y, cuando era el caso, sentía al instante la necesidad de convertirme en aquello de lo que me acusaban. Tenía dieciséis años”.

A los veinte años el joven Genet huye de aquella colonia agrícola penitenciaria y se alista en la legión; se le ve en Siria, en los años 30, de donde desertará cuando se haya cansado. E inicia entonces una existencia errante, frecuentando los bajos fondos y las comisarias de diversas ciudades de Europa (Barcelona y su Barrio chino, Marsella, Amberes, Checoslovaquia, Polonia…). “Durante un tiempo viví de robar, pero la prostitución se adecuaba más a mi indolencia”. Años después, en su novela Journal du voleur, decía: “Fui, a través del robo, como a una liberación, hacia la luz”.

Entrará y saldrá varias veces de la cárcel, hasta que acabó en la parisiense Fresnes.

Y fue aquí donde compondrá su primer, soberbio y escabroso poema en alejandrinos clásicos, Le condamné à mort (1942), que dedicaba a un joven asesino de veinte años Maurice Pilorge, “cuyo cuerpo y rostro radiante siguen habitando mis noches sin sueño…”, guillotinado tres años antes: amores entre presos, atracción por el hermoso granuja…

 

Les matins solennels, le rhum, la cigarette…
Les ombres du tabac, du bagne et des marins
Visitent la cellule où me roule et m’étreint
Le spectre d’un tueur à la lourde braguette.
(…)

“Nous n’avions pas fini de nous parler d’amour,
Nous n’avions pas fini de fumer nos gitanes.
On peut se demander pourquoi les Cours condamnent
Un assassin si beau qu’il fait pâlir le jour.

Amour viens sur ma bouche! Amour ouvre les portes!
Traverse les couloirs, descends, marche léger,
Vole dans l’escalier, plus souple qu’un berger,
Plus soutenu par l’air qu’un vol de feuilles mortes.

 Época de febril producción. Seguirán dos novelas más o menos autobiográficas, escritas ahora desde otra prision parisiense, La Santé: Notre Dame des Fleurs (1944) y Le Miracle de la Rose (1946), perversa y poética ensoñación sobre el universo carcelario:

“Al dejar La Santé por Fontevrault, ya sabía que Harcamone esperaba aquí su ejecución. Al llegar quedé captado por el misterio de uno de mis viejos compañeros de Mettray, aquel que había sabido llevar nuestra aventura hasta el más tenso extremo, la muerte en el patíbulo, nuestra gloria”.

Luego fueron, en 1947, Querelle de Brest, que se va a convertir en el libro de culto y referencia de la homosexualidad, del que el alemán Fassbinder sacará una película en 1982 (sordidez y sodomía en los turbios ambientes del puerto de Brest, dialéctica del pecado y de la gracia, en torno al marinero Querelle, tierno y violento al mismo tiempo, que provoca, con su beauté virile, el deseo de quienes se le acercan), y Pompes Funèbres, mirada turbia entre la relación entre violencia nazie y erotismo, y evocación del precario París de la colaboración con el ocupante, que fueron censuradas como pornográficas. Ambas obras aparecieron sin nombre de editor.

Pero Jean Cocteau -por cuya intervención vino a salvarse Genet de la cadena perpetua- y Sartre van a poner a este genial golfo en el benévolo foco de una cierta opinión pública, la de los intelectuales.

Sartre había conocido a Genet, le mauvais garçon, en 1944, a través de Cocteau. En el Paris todavía no liberado, se le veía por Saint-Germain des Près en dandy. Luego se hicieron amigos, y aquel truhán acabó poniéndose de moda. En 1946 la revista sartriana Les Temps modernes publicaba pasajes de Journal du voleur de Genet, y su director intervenía para que le dieran a su obra teatral Les Bonnes (1947), el premio de La Pléiade creado por Gallimard.

Les Bonnes (las Criadas), que Luis Jouvet le había encargado, parecían la puesta en escena de un violento suceso acaecido años atrás (su autor negará siempre haberse inspirado en él) y que había conmocionado a la opinión francesa, pero Genet pretendía representar la tragedia identitaria de dos hermanas, al servicio de una rica señora.

Escrita en 1944, durante su permanencia en La Santé, Haute surveillance será representada por primera vez en París en 1949, después de Les Bonnes. En ella expresaba sus sentimientos de hombre sin libertad entre los muros de una prisión, lo imaginario y las ensoñaciones en el medio carceral y su atractivo por el vidrioso universo de la delincuencia.

Y en julio de 1948, Sartre había redactado, conjuntamente con Cocteau, una petición al presidente de la República Vicent Auriol, solicitando la gracia definitiva para el poeta-ladrón que había de redimir aún diez meses de cárcel. En 1949, Gallimard publicaba Journal du voleur (con un segundo tomo anunciado que nunca saldrá), dedicado a Sartre y a Beauvoir.

En 1950 Genet rueda Un Chant d’amour, mediometraje consagrado a la homosexualidad en un ambiente carcelario, que sólo pudo ser visto entonces en muy restringidos círculos y habrá de esperar a 1975 para alcanzar público conocimiento.

Genet, iba dejando de frecuentar a Cocteau, su protector desde la guerra, para vérsele ahora en los círculos de Sartre. Si en 1943, el autor de Les Enfants terribles había defendido en los tribunales a un desconocido reincidente y le había permitido editar, es Sartre el que le aseguraba la suprema consagración en 1952, cuando tenía 41 años. La publicación de Sartre Saint Genet, comédien et martyr, texto de cerca de 700 páginas, se va a convertir en el primer volumen de las obras completas de Genet en Gallimard. Un tal homenaje, por parte de un intelectual cuya influencia se extendía desde Moscú a Nueva York, adquiría valor de consagración.

Sartre había tenido desde el inicio el sentimiento de que había descubierto a un gran escritor, pero ese gesto ocultaba mal las diferencias que separaban a los dos hombres. Primero, una oposicion social: el pequeño Jean, salido del hospicio, había dejado la escolaridad a los trece años con solo el certificado de estudios como capital personal. Perseguido luego por vagabundeo u otras vicisitudes, errante por los bajos fondos de media Europa, también se había cultivado en autodidacta. Mientras que el autor de Les Mots había crecido en la biblioteca familiar para luego ser brillante alumno de L’École normal supérieure. Para Genet los hombres están estancados en su esencia: uno nace criminal o lo que sea. Para Sartre, el hombre elige libremente su destino, y la literatura puede ser el instrumento de esa liberación.

Jean Genet se sentía alejado de esa visión; no solo consideraba que el arte no tiene ninguna eficacia política, sino que exteriorizaba inclinaciones mentales que Sartre denunciaba en los escritores “colaboracionistas”, como la fascinación por el pasado, la sumisión por las jerarquías, la atracción de las individualidades fuertes y hasta el gozo en la abyección misma.

Y en 1954 Les Bonnes conocen una nueva puesta en escena en el teatro de la Huchette de París, en el momento en que su autor comparecía ante el tribunal correccional, acusado de atentar a las buena costumbres (homofilia y pornografía).

En 1956 aparece la primera versión (vendrán luego otras) de Le Balcon, según la técnica de situaciones embutidas, que se representará en 1960, y cuya acción tenía lugar, ¡cómo no!, en el lujoso prostíbulo de madame Irma y en una ciudad que no se nombra, durante una revuelta política, donde unos travestidos obispo, juez y general airean sus perversiones secretas. Y, al final de la pieza, Irma aconseja a los espectadores que vuelvan a sus casas, “où tout, n’en  doutez pas, sera encore plus faux qu’ici”.

En 1958 Genet publicaba Les Nègres,  especie de carnavalada construida también en situaciones embutidas unas en otras, donde realidad y ficción se entrelazan: unos actores negros desarrollan el ritual asesinato de una blanca, bajo la mirada de unos negros que representan a blancos. Conocerá la escena al año siguiente.

Y Les Paravents (“los Biombos”), concluida en 1961, larga pieza en los límites de lo representable, subió a las tablas primero en Estocolmo y en Berlín Oeste, antes de verse (ya bien asentada la reputación del dramaturgo Genet) en el Odéon de París en 1966, con Jean-Louis Barrault, María Casares y Madeleine Renaud en el papel de la puta Warda. A solo cuatro años de la solución definitiva del sangrante conflicto argelino y con las heridas aún no restañadas, era una sátira contra el ejército francés, al que caricaturizaba, y contra el colonialismo, cuyo desarrollo tenía lugar durante la guerra de Argelia; la obra provocó gran escándalo y revuelo en determinados círculos franceses.

Pero es que, para Genet, el arte se impone por encima de toda consideración. ¿Qué importan la traición, el homicidio, la guerra o la exterminación, si vienen a producir frutos estéticos?  Él, que no ocultará sus simpatías pronazis (cuyos valores eran, en sí mismos, una inversión completa de los valores admitidos), describe en Le Journal du voleur, como el guardaespaldas de un general alemán, siente un profundo gozo (une joie profonde) ante la angustia de la gente a la que se dispone a matar. Y al final de su vida, escribirá en el póstumo Un captif amoureux, que Hitler quedaba libre de haber quemado o mandado quemar a judíos, ya que sus victimas permitieron la gloria o resonancia de su nombre.

¿Cómo comprender, pues, que este hombre haya sido tan completamente aceptado por Sartre, él, conciencia humanista de la izquierda? ¿Cómo explicar esa alianza de contrarios? Para Sartre, Genet era el que se había atrevido: con su homosexualidad reivindicada, o por haberse situado voluntariamente fuera de la ley. A lo largo de su vida, Sartre no cesó de fustigar a la burguesía, su propia clase. Genet se había atrevido a poner en práctica ese odio, a través de la delincuencia. En Saint-Genet, escribe Sartre: “Él dijo contra todos: ‘Yo seré el ladrón’; y admiro profundamente a ese niño que se ‘quiso’ sin flaqueza desde esa edad en que nosotros estábamos ocupados en hacer servilmente el bufón para agradar”

Pero Genet no ocultaba su simpatía por el fascismo y el nazismo, ni su antisionismo, pronto derivado en antisemitismo, y Sartre no lo ignoraba, si bien decía que sólo “jugaba a ser antisemita”: En Saint Genet, cita varias veces Pompes funèbres (escrito en septiembre de 1944 y publicado clandestinamente en 1947), largo laude, por parte de Genet, a los milicianos, al soldado alemán y al oficial, plutôt sympathique, que ordenó la matanza de Oradour-sur-Glane -en toda la obra del protegido de Sartre, las narraciones de ejecuciones o inhumaciones son tratadas como apoteosis-, con un acercamiento vidrioso a la relación entre violencia nazi y sexualidad. Pero Sartre parece exculparlo entre argumentos y glosas escasamente convincentes: “Deshechos [los alemanes] y humillados, [Genet] empezó a quererlos, y yo le he oído defenderlos públicamente, cuando existía el mayor de los peligros para hacerlo”.

Era el mismo Sartre que, llegada la Liberación de Francia, va a personificar el espíritu de la Resistencia y a toda una generación dará lecciones de ética humanísta. Pero es que, rehabilitando a ese traidor, “Le plus grand mal pour Genet c’est de trahir (…), Genet a eu le courage de choisir le pire”, y presentándolo como paradigma de víctima, ese excrement de la sociedad condenado anticipadamente por pobre y por bastardo, Sartre lo estaba enrolando para su guerra personal contra el capitalismo y la burguesía.

En 1983, Patrice  Chéreau  montaba de nuevo  Les Paravents; era el año en que el apestado Genet recibía el Grand Prix National des Lettres que había creado el ministro encargado de la Cultura allá por 1950; pero es que los tiempos habían cambiado. Nathalie Sarraulte había recibido el mismo premio el año anterior. Antes que él Henri Michaud y Michel Leiris (cercano al periódico la Cause du Peuple prochino) lo habían rechazado. Genet que, estrictamente hablando, nunca se había sentido soldado de ninguna revolución, lo aceptará.

Y en 1985 Le Balcon entraba en el repertorio de la Comédie Française.

Sulfuroso, provocador, apologista del crimen, dramaturgo y poeta, seguido por su escandalosa reputación y creador de protagonistas invertidos o, cuanto menos, ambiguos, que le fascinaron, moviéndose siempre en turbios ambientes, Genet solía vivir él mismo en modestos hoteluchos, apartado de la notoriedad pública, y aparecía, de cuando en cuando, por las oficinas de Gallimard a recoger su correspondencia. En uno de ellos moria en París en abril de 1986, víctima de un cáncer de garganta.

Poco antes, Gallimard había recibido el manuscrito de Un captif amoureux (especie de ensayo autobiográfico), en torno a la lucha de los insurgentes palestinos.

Prácticamente ya sin aliento literario, desde el principio de los 70’, Genet había continuado activo con algunos articulos esporádicos para la revista literaria Tel Quel en torno a Philippe Sollers y el maoímo, y, sobre todo, aportando su apoyo a causas como el de las Panteras Negras (1969), el anticolonialismo, que había abordado por primera vez con Les Paravents, y a favor de la independencia de Argelia o Palestina.

Venía viviendo de los derechos que seguían dándole las representaciones de algunas de sus obras y de invitaciones y conferencias dadas por diferentes partes del mundo.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

DATTAS, Lydie: La chaste vie de Jean Genet; Gallimard, 2006.
ERIBON, Didier: Une morale du minoritaire: variations sur un thème de Jean Genet; Fayard, 2001.
JABLONKA, Ivan: Les vérités inavouables de Jean Genet; Le Seuil, 2004.
KHELIL, Hedi: Jean Genet; Arabes, Noirs et Palestiniens dans son oeuvre; l’Harmattan, 2005.
    “              “    : Théâtre de Genet: matadors, monstres et illusionnistes; l’Harmattan, 2004.
MALGORN, Arnaud: Jean Genet; París, La Manufacture, 1988.
MORALY, Jean-Bernard: Le maître fou. Genet, théoricien du théâtre, 1950-1967; Nizet, 2009.

Sobre Genet en español:
ARNAO, Emilio: Jean Genet, el poeta ladrón; Madrid, Rilke, 2010.
GOYTISOLO, Juan: Genet en el Raval; Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2009.

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