Sartre, Jean-Paul (1905-1980)

Jean-Paul Sartre, aquel que iba a dominar durante treinta años la escena filosófica y literaria de Francia, llegaba al mundo en París el 21 de junio de 1905. ¡Gran año este del primer quinquenio del siglo XX! Nacían ahora cuatro pensadores, relevantes de la intelectualidad francesa del siglo que se abría: Paul Nizan, Raymond Aron, Emmanuel Mounier y Jean-Paul Sartre.

Era el año también de la separación de las Iglesias y el Estado bajo un gobierno radical, y de la fundación del primer partido socialista unificado, la SFIO.

Sartre venía al mundo en el seno de una familia medio alsaciana por su origen, y, por su  credo, medio católica, medio protestante. Era hijo de Jean-Baptiste Sartre, oficial de marina que morirá en Indochina cuando su hijo tenía dos años, y de Anne-Marie Schweitzer. Y el niño fue bautizado en la religión católica, instados por su abuela Louise Guillemin, casada con un Schweitzer, por antipatía hacia el protestantismo de la familia de su marido. Pero quien más influencia ejercerá sobre la formación del joven Jean-Paul (como él mismo cuenta en Les Mots), fue su abuelo materno Charles Schweitzer  -tío del célebre médico y teólogo Albert Schweitzer-. a cuyo hogar familiar regresó su madre tras haber quedado viuda. Charles apreció enseguida la inteligencia precoz de su nieto, y fue en aquella casa donde Jean-Paul descubrió la lectura, ¡soñaba ya con escribir, cuando aún no tenía diez años!

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En octubre de 1915 ingresaba en el liceo Henri IV, donde tendrá por condiscípulo a Paul Nizan, de malogrado destino.

Iba creciendo y descubriendo el cine y otras lecturas juveniles de su tiempo, antes de iniciarse a la gran literatura y a los autores de justo renombre.

En 1916, su madre volvió a casarse con un ex-alumno de la prestigiosa Polytechnique (¡tipo mismo del burgués que Jean-Paul despreciará toda su vida!), y, poco después, el nuevo matrimonio se trasladaba a La Rochelle, llevando al niño. En aquella ciudad de la Charente Maritime permanecerá de 1917 a 1919, y, entre brillantes estudios, allí acabará perdiendo la fe que le inculcaron en su infancia.

Y termina sus estudios secundarios en junio de 1922.

En 1924, con 19 años, entra en la prestigiosa École Normale Supérieur, donde permanecerá durante cuatro años y de donde, en 1929, saldrá aprobado con el número l en la cátedra (agrégation) de filosofía, ¡después de haber suspendido el escrito el año anterior!

Allí ha conocido a Raymond Aron y Armand Bérard –futuro representante permanente de Francia en la ONU-,  y ha vuelto a coincidir con Paul Nizan.

Fue aquel primer “fracaso” de 1928 el que dio también al traste con cierto proyecto matrimonial con una muchacha de Lyon, prima de un compañero suyo de “Normal Sup”, a cuyos padres había mandado él a pedir su mano oficilmente por su familia.

¡No hay mal que por bien no venga! Porque Jean-Paul entra ahora en más íntima relación con Simone de Beauvoir (que él llamará “Castor”), agrégée también ella, que le admira, epítome perfecto, para él, de sensibilidad e inteligencia. Y entre ambos, empezaba una vida de pareja muy poco convencional: sin fidelidad convenida, ni matrimonio, ni hijos; él decía que su amor “necesario” no debería ser obstáculo para otros amores “contingentes” por ambas partes.

Pero, más difícil de conllevar para Beauvoir que para Sartre, los celos, enredos y chismes, entre ambos y sus captaciones amorosas, no van a faltar, según acreditan las correspondencias que irán apareciendo (Dolorès Vanetti, Olga Kosakiewicz y su hermana Wanda…, reducidas algunas a simples objetos sexuales –Colette Gibert Thomas “Martine Bourdin”-), además de muchas otras mujeres que desfilarán por la vida de Sartre y habitarán su universo sentimental, no todas jerárquicamente homogéneas: Michèle Vian, Evelyne Rey, Liliane Siegel, Lena Zonina…

Pero, por encima de toda contingencia, Beauvoir se convertirá en compañera privilegiada y cómplice de la aventura intelectual sartriana, que durará cincuenta años.

Aun interesándose por la política, para él, ante todo, está el trabajo de escritor, y considera la literatura, ya por entonces, como un instrumento de combate.

De octubre 1929 a enero de 1931, pasa su servicio militar en la oficina meteorológica de Tours, para ser nombrado, finalmente, profesor de filosofìa en Le Havre, puesto que va a ocupar hasta 1933, en que se traslada a Alemania, aprovechando una beca de estudios en el Instituto francés de Berlín. Porque siente que la filosofía que le han enseñado (idealismo, empirismo, realismo…) no le satisface ni da respuesta a las inquietudes de su mente.

En Berlín permanecerá entre 1933 y 1934, y será alumno de Husserl (1859-1938) y su fenomenología. Durante aquella estancia publicará gran parte de La Trascendance de l’ego (cuestionamiento de la idea de sujeto, del yo en el ámbito de la filosofía del Cogito), que publicará por primera vez en 1936.

Con Husserl, Kierkegaard (1813-1855), Heidegger (1889-1976) y su existencialismo también en su santuario, Sartre vuelve a sus clases normandas, de 1934 a 1936. Y es la observación de la ciudad de Le Havre y de las costumbres cotidianas de su burguesía, la que le proporcionará el ambiente de su novela La Nausée.

Luego pasará a Laon y, finalmente a París en 1937, donde va a enseñar en el lycée Pasteur hasta que llegue la guerra. Y es entonces movilizado como camillero (dado su defecto visual), pero duró poco para él el episodio bélico, porque, en junio de 1940, caía prisionero en Lorena. Considerado personal sanitario y ocultando su carácter militar, fue liberado y volvió a su puesto docente de París, donde, ahora en el lycée Condorcet, permanecerá hasta 1944.

Sartre tenía la intención de seguir dedicándose a la enseñanza, pero, después de sus primeros éxitos literarios (La Nausée, 1938/39; Le Mur, 1939; Les Mouches, 1943; L’Être et le Néant, “El Ser y la Nada”, 1943), solicita la excedencia y decide consagrarse, en adelante, a su vida de escritor como ensayista, novelista, dramaturgo…

De enero a marzo de 1945 se desplaza a los Estados Unidos durante unos meses, como enviado especial de Le Figaro y de Combat, e invitado –al igual que otros periodistas franceses- por el Departamento de Estado americano. Norteamérica era entonces destino casi obligado para los intelectuales interesados en comprender su época y quel momento. Él dirá en su ensayo de cuatro capítulos  Qu’est-ce que la littérature?, aparecido en Les Temps Modernes en 1947, que el reportaje es un género literario como los demás, y que la misión del periodista no es la de constituirse en historiador del presente, sino de poner de relieve aquello que ya anuncia el futuro. También se interrogaba y le planteaba al lector esta cuádruple pregunta: ¿Qué es escribir?, ¿Por qué escribir?, ¿Para quién escribir?, ¿Cuál es la situación del intelectual en la sociedad para la que escribe?, concluyendo que la literatura se hallaba amenazada y que su única posibilidad, son unique chance, era la de Europa, la del socialismo y de la paz.  Sin duda, no cualquier socialismo, pues, también en Les Temps modernes de julio de ese año, decía que “la politique du communisme stalien est incompatible avec l’exercice honnête du métier littéraire”. Así pretendía marcarle al escritor el camino del compromiso y, a través de él, de su libertad.

En su viaje de los EE.UU. conoció a Dolores Vanetti Ehrenreich, actriz y periodista francesa, de 33 años entonces, instalada en Nueva York; y gracias a ella, Sartre frecuentó Broadway y pudo entrar en contacto con escritores, artistas y pintores: Dos Passos, el escultor Calder, André Breton, autoexiliado, Duchamp… Vanetti fue la pasión que habitará su vida durante cinco años, verdadera rival de Beauvoir de quien la neoyorquina dirá que era capaz de una “férocité spectaculaire”; con ella volverá a reunirse en Cuba en 1949, en casa de Ernest Hemingway. Hasta que en 1950 venga él a declararle abruptamente que ya no la quería.

En lo inmediato , el número de “presentación” de Les Temps modernes, en septiembre de 1945, le fue dedicado à Dolorès. Era la revista que acababa de fundar y que, en adelante, se erigirá en portavoz y estandarte del pensamiento sartriano; proyecto filosófico-político común que contará con señalados colaboradores variablemente ocasionales o estables como Raymond Aron, Albert Ollivier, Merleau-Ponty, Étiemble, Simone de Beauvoir, Jean Paulhan…, atacando siempre a la sociedad burguesa donde su director solo veía arrogancia y prejuicios, y comenzando sus complejas relaciones con el partido comunista francés, entre críticas y acercamientos, aun siendo ya públicamente conocido el horror de los campos de concentración soviéticos (lo cual terminará causando la ruptura Sartre-Camus).

En los años siguientes, viajará por África, Escandinavia, Rusia…, en una constante tensión de su actividad literaria e ideológica, como demostraba su producción novelística y dramática de estos años.

En 1946 ha publicado en Gallimard (la que va a ser su editorial en adelante), el ensayo Réflexions sur la question juive, escrito dos años antes.

En 1947 publica un breve estudio de psicoanálisis existencial sobre Baudelaire, que le dedica a Jean Genet, cuya provocadora literatura descubre por estos años. Sartre le había conocido en 1944, a través de Cocteau, cuando ya este mauvais garçon traía una larga trayectoria de mala vida y ajustes con la justicia; luego se hicieron amigos.

Había llegado la liberación de Francia, y la novela como los demás géneros, no iba a librarse de la ola de fondo existencialista. Sartre había abierto camino con su novela La Nausée:

Antoine Roquentin, el protagonista, lleva una vida solitaria en Bouville (Le Havre) y, desde hace algún tiempo siente un extraño malestar, porque, a su alrededor, los objetos parecen adquirir una presencia inquietante y agresiva. Un día, paseándose por el parque, le invade de nuevo esa “náusea”: un arbol parece arañar la tierra con sus uñas negras, y él mismo quisiera dejarse ir y abandonarse al sueño. Pero ya ha entendido el sentido de su angustia: es la existencia misma que se impone y le invade, lo que él llamará le fourmillement de la contingence (el hormigueo, el hervidero de la contingencia). Esa misma noche empieza a consignarlo todo en su diario, con la voluntad de rebasar lo absurdo e inútil de la existencia.

Luego, tras dar Le Mur (compuesto de cinco narraciones como L’Enfance d’un chef en particular, figura muy sartriana del “salaud” conformista), iba a publicar, a partir de septiembre de 1945 y hasta 1949, la serie Les Chemins de la Liberté, que quedará en trilogía: L’Âge de raison, Le Sursis (“El Aplazamiento”) y La Mort dans l’âme, donde pretendía mostrar como se pasa de la angustia al compromiso.

Pero la fortuna de la novela existencialista -S. de Beauvoir, Camus (aun cuando este nunca aceptó verse incluido bajo esa etiqueta)- no tardará en declinar, y Sartre, después de La Mort… (1949) no se decide a terminar La Dernière chance, que habría de concluir Les Chemins.

El teatro de Sartre también refleja sus análisis filosóficos. Para él, la escena era privilegiado lugar donde traducir en actos el combate del hombre enfrentado a su libertad con los demás, con la muerte y con la revolución. Bajo una forma de apariencia tradicional, el objeto de su dramaturgia es el Ser humano haciéndose (no el hombre esencial, como pudiera reflejar un teatro de caracteres):  “El hombre ha de inventarse cada día”.

El drama en tres actos Les Mouches (1943) constituía, a partir del mito de Orestes, una puesta en escena típica de esa dramaturgia:

Las moscas que han invadido la ciudad son los negros sentimientos que corroen a los habitantes de Argos, adonde el vengador llega después de quince años de exilio. Es cierto que la libertad que Orestes quiere alcanzar, en cuyas razones entra algo de egoísmo y de individualismo estético, no es todavía la buena, y aparece más obsesionado por su propia gloria. Pero el joven Orestes nace a sí mismo por el crimen, rompiendo el “desorden establecido” que encarnan Júpiter y el rey de Micenas Egisto, seductor de Clitemnestra y asesino de Agamenón su padre. Pero, en un mundo sin Dios, Orestes se hace libre porque solo escucha su conciencia y ejercita su voluntad, más allá de las tradicionales nociones del Bien y del Mal; solo de este modo el hombre puede oponerse a la tiranía.

Dada la fecha y la ocupación de Francia por los alemanes, Les Mouches parecían tener una lectura inmediata y política.

(Por la misma época -1944-, el también dramaturgo, pero no existencialista Jean Anouilh daba al público Antigone, obra que participaba del mismo clima psicológico y moral).

La pieza en un acto Huis clos, de mayo de 1944 (representada aún bajo la Ocupación), poseía todas las virtudes de la obra maestra.

En un salón añejo Segundo Imperio, tres muertos se encuentran para la eternidad, condenados a una promiscuidad que, en sí misma, es ya su infierno. Uno de ellos es Garcin, un intelectual revolucionario, apático y cobarde, que ha sido fusilado; otra, Estelle, mujer joven y coqueta que ha ahogado a su hijo y que ha  llevado a su amante a quitarse la vida; y la tercera, Inés, una lesbiana que se dice de sí misma mala, es decir que necesita la souffrance des autres, y que se ha suicidado con gas. Cada uno de ellos juzga al otro, inmovilizados en lo que sus actos les han hecho, y los tres se torturan mutuamente. L’enfer c’est les autres, (“El infierno son los demás”).

También lo es la irreversibilidad de la existencia a la que se ha llegado.

Morts sans sépulture (1946), cuya acción, en dos actos y cuatro cuadros, se desarrolla en 1941, en plena ocupación, es una introducción al universo de la tortura, en un ambiente pesado y sofocante. Episodio de la Resistencia, que expone verdugos y víctimas a situaciones extremas y a la autodestrucción del grupo de resistentes encarcelados por la milicia, en una constante interrogación sobre el Ser humano y su carácter profundo.

En La Putain respectueuse (pieza en un acto y dos cuadros, también de 1946), la complicidad social aliena al Negro perseguido y a la prostituta generosa pero cobarde, en la común sumisión a la hipocresía racista y a un orden cuya mayor victoria es la de imponerles a sus parias que se acepten como tales.

Les Mains sales, obra en siete cuadros fue representada por primera vez en abril de 1948.

El joven Hugo, su protagonista, ha decidido abandonar su clase social; pero, para integrarse plenamente en el partido [comunista], tiene que hacer un gesto y mancharse las manos. Esta obra presentaba un catálogo de las trampas que acechaban a un intelectual víctima de la perversa dialéctica que transforma los motivos de la acción en función del fin a alcanzar. Si bien Hugo mata a Hoederer, jefe de la tendencia mayoritaria, por razones personales de orden sentimental coincidentes con la política, cuando esta venga a resultar caduca, quienes le habían incitado y armado, le renegarán.

Se ha manchado las manos para nada y paga su “error” con su vida.

Le Diable et le Bon Dieu, obra de junio de 1951 en tres actos y once cuadros, se inspira del Goetz von Berlichingen de Goethe:

En una Alemania renacentista, donde todo es guerra, muerte, hambre y miserias, de donde Dios parece ausente,  Goetz, bastardo de una madre noble y un campesino, reitre libertino y sanguinario, pasa del bien al mal con la misma pasión de lo absoluto. Entre su parte satánica y su parte divina, Goetz juega al juego de la pura libertad, unas veces para él mismo y otras para los demás. Su moral parece reducirse al juego de quien gana pierde; y si Dios ha muerto, si rechazamos tanto a Dios como al Diablo, ¿qué sentido dar entonces al destino del hombre? Goetz, a través de sus blasfemias,  apenas se atreve a formular esa pregunta que, sin embargo, quedaba planteada y le confería a la obra de Sartre su verdadera dimensión.

Y en diciembre de 1952 -rotas ya sus relaciones con Camus en junio anterior-, con motivo del “Consejo Mundial de la Paz” en Viena, Sartre se situaba abiertamente al lado de los comunistas. Ya por entonces algunos intelectuales habían hecho el camino de ida y vuelta, como André Gide que, después de haberse mostrado complaciente con ellos, matizó mucho su posición en Retour de l’URSS, de 1936, antes de oponerse sin ambages a ese sistema político.

La comedia satírica de trazo grueso, Nekrassov (1955), pretendía denunciar las imposturas de la gran prensa, pero erró el tiro y no tuvo éxito.

Cuatro años después venían Les Séquestrés d’Altona, obra en cinco actos representada por primera vez en septiembre de 1959:

Frantz: oficial nazi de la Wehrmacht e hijo de un gran industrial renano, apartado del mundo desde hace trece años a su regreso del frente ruso, vuelve constantemente sobre sus actos pasados, en un universo mental de locura o pretendida locura. Ha torturado, pero no quiere ser juzgado, pues ¿no es también él, a su manera, una víctima? Sobre sus espaldas lleva, no solo el peso de las culpas de Alemania, sino las de toda la humanidad. Este irrisorio Cristo se ha separado de los hombres, y una hermana incestuosa y cómplice –Leni-, le mantiene en su mentira. Los únicos testigos de sus imprecaciones y de sus justificaciones son los “cangrejos” de un tribunal imaginario, el de la Historia, también el que suscita su mala conciencia. ¿¡A qué juicio final confiar la condena o la absolución de este siglo criminal y absurdo!?

Y, sin embargo, la reflexión filosófica permanecía en el centro de las preocupaciones de Sartre; el ensayo, la novela, el drama, la comedia, el guión cinematográfico, el artículo de revista eran otros tantos medios que tenía a su disposición para desarrollar sus ideas, hoy reunidas bajo el término de “existencialismo”: yo no soy una substancia como lo es el mundo exterior, de la que se desprenderían propiedades (un en-sí), sino un sujeto en situación (un por-si), consciente de sus acciones. Lo cual implica la libertad absoluta del hombre y su responsabilidad en el contexto de “la muerte de Dios”, de donde se derivan experiencias como el sentimiento de la gratuidad inutil de la vida (La Nausée).  Punto de partida del existencialismo ateo de Sartre.

            La obra inicial que confirió a su autor una posición filosófica dominante fue L’Être et le Néant (“El Ser y la Nada”, de 1943); y con el subtítulo “essai d‘ontologie phénoménologique”, pretendia conciliar una filosofía del Ser con un acercamiento fenomenológico.  Era la primera gran síntesis existencialista preparada y anunciada por varios libros importantes como Esquisse d’une théorie des émotions (1939), e Imaginaire: psychologie phénoménologique de l’imagination (1940).

Tres años después, en 1946, Sartre publicaba una especie de introducción a su filosofía, titulado L’Existencialisme est un humanisme, que conoció gran popularidad.

Como lo había sido su breve estudio sobre Baudelaire de seis años antes, también se puede relacionar con la indagación filosófica su famoso Saint Genet, comédien et martyr, de 1952 (titulo que parodiaba una tragedia de Rotrou del s. XVII Le Véritable Saint Genest, mártir bajo Diocleciano); se trataba de un pertinente pero prolijo psicoanálisis marxista-freudiano de más de 500 páginas. “Par Sartre, j’étais mis à nu sans complaisance”-dirá luego el personaje objeto-. Pero, de hecho, el autor eufemizaba y soslayaba en su largo estudio determinadas inclinaciones ideológicas de su protegido, y por todas partes eran justificaciones y comprensión.

Genet, la aparente contradicción de Sartre

Sartre había conocido a aquel mauvais garçon en 1944, en el Paris todavía no liberado y a través de Cocteau. En 1946 su revista Les Temps modernes publicaba pasajes de Journal du voleur, e intervenía para que le dieran a Genet el premio de La Pléiade, creado por Gallimard, por su drama Les Bonnes. Y en julio de 1948, redactaba, conjuntamente con Cocteau, una petición al presidente de la República solicitando la gracia definitiva para el poeta-ladrón. En 1949, Gallimard editaba Journal du voleur (con un segundo tomo anunciado que nunca saldrá), dedicado a Sartre y a Beauvoir.

Genet fue dejando de frecuentar a Cocteau, su protector desde la guerra, para dejarse ver más en los círculos de Sartre. Si en 1943, el autor de Les Enfants terribles había defendido en los tribunales a un desconocido reincidente y le había permitido editar, era Sartre el que le asegurada la suprema consagración en 1952.  La publicación de Saint Genet, comédien et martyr,  se va a convertir en el primer volumen de las obras  completas de Genet en Gallimard. Semejante homenaje por parte de un intelectual cuya influencia se extendía ya desde Moscú a Nueva York, adquiría valor de consagración.

Y es que Sartre había tenido desde el inicio el claro sentimiento de que se hallaba en presencia de  un gran escritor, aun cuando un evidente antagonismo separaba a los dos hombres y hacía aquella amistad tan sorprendente. Primero, la distancia social de origen y formación: el pequeño Jean, salido del hospicio, había dejado los bancos escolares a los trece años. Perseguido por vagabundeo, robo y cien otras peripecias por los bajos fondos de media Europa, también había comenzado a cultivarse en autodidacta. Mientras que el autor de Les Mots había crecido en la cálida biblioteca familiar para luego ser brillante alumno de L’École normal supérieure. Pero, era, sobre todo, la concepción moral y política la que les separaba: para Genet los hombres están estancados en su esencia,  se nace criminal  y no hay nada que hacer. Para Sartre, el hombre elige su destino, y la literatura puede ser, precisamente, el instrumento de esa liberación.

Jean Genet se sentía alejado de esa visión;  no solo consideraba que el arte carece de eficacia política, sino que exteriorizaba inclinaciones que Sartre denunciaba en los escritores “colaboracionistas”, como la fascinación por el pasado, la sumisión a las jerarquías, la atracción por las individualidades fuertes y hasta el gozo en la abyección misma.

Para Genet, el arte se impone en sí mismo, por encima de toda consideración. ¿Qué importan la traición, el homicidio, la guerra o la exterminación, si vienen a producir frutos estéticos?

¿Cómo comprender, pues, que este hombre haya sido tan completamente aceptado por Sartre, él, pretendida conciencia humanista de la izquierda? ¿Cómo explicar esa alianza de contrarios? Es que, para Sartre, Genet era el que se había atrevido: con su homosexualidad reivindicada, o por haberse situado voluntariamente fuera de la ley. A lo largo de su vida, Sartre no cesará de fustigar a la burguesía, a su propia clase, arrogante y satisfecha. Genet se había atrevido a poner en práctica ese odio, a través de la delincuencia. En Saint-Genet, escribe Sartre: “Él dijo contra todos: ‘Yo seré el ladrón’; y admiro profundamente a ese niño que se ‘quiso’ sin flaqueza desde esa edad en que nosotros estábamos ocupados en hacer servilmente el bufón para agradar”

Pero Genet no ocultaba su simpatía por el fascismo y el nazismo, ni su antisionismo, pronto derivado en antisemitismo, y Sartre no lo ignoraba: En Saint Genet, cita varias veces Pompes funèbres (de septiembre de 1944 y publicado clandestinamente en 1947), largo laude a los milicianos por parte de Genet, al soldado alemán y al oficial, plutôt sympathique, que ordenó la matanza de Oradour-sur-Glane, con un acercamiento vidrioso a la relación entre violencia nazi y sexualidad (entre otros ejemplos que se podrían citar, aquí y allá); y esa constante justificación la hace Sartre, entre argumentos, interpretaciones forzadas y glosas escasamente convincentes: “Deshechos [los alemanes] y humillados, [Genet] empezó a quererlos, y yo le he oído defenderlos públicamente, cuando existía el mayor de los peligros para hacerlo”.

Era el mismo Sartre que, llegada la Liberación de Francia, va a personificar el espíritu de la Resistencia y a toda una generación dará lecciones de ética humanísta. Pero es que, rehabilitando a ese traidor (él mismo lo reconoce), “Le plus grand mal pour Genet c’est de trahir (…), Genet a eu le courage de choisir le pire”, y presentándolo como paradigma de víctima ,condenado anticipadamente por pobre y por bastardo, lo estaba enrolando en su guerra personal contra el capitalismo y la burguesía.

            Vicepresidente de la Asociation France-URSS, y aliado de los comunistas (que, no obstante, le considerarán siempre con suspición), en 1954 emprende un viaje a la Union Soviética acompañado de  S. de Beauvoir; era una de aquellas visitas que Moscú organizaba para intelectuales ingenuos o favorablemente predispuestos, a los que paseaba por la gran capital, rigidamente encuadrados, y llevaba luego a Kazakstán, a Leningrado y a algunos koljozes y universidades. Hasta el punto de que Sartre, agotado, hubo de ser internado diez días en un hospital de  Moscú.

Pero él volvió encantado: “La libertad de crítica es total en la URSS, y el ciudadano soviético mejora sin cesar su condición en el seno de una sociedad en continuo progreso” -escribirá en el diario Libération a su regreso-; y también: “Antes de  1966, si Francia continúa estancada, el nivel de vida media en la URSS será de 30 a 40% superior al nuestro”.

En lo inmediato, volverá en 1955.

Después de Saint Genet, hubo un largo silencio, y, en 1960, aparece Critique de la raison dialectique I (con el subtitulo Théorie des ensembles pratiques), que venía precedida de Question de méthode, un artículo publicado el año anterior. En este artículo, Sartre precisaba sus relaciones con el marxismo: admitía que se trataba de la filosofía dominante de su tiempo, y que cualquier pensamiento únicamente tenía sentido con relación a él, pero condenaba a los marxistas oficiales, culpables de pereza intelectual. El papel del existencialismo había de ser el de estimulante en un medio cultural marxista. “No se trata de rechazar el marxismo en nombre de una tercera vía, o de un humanismo idealista, sino de reconquistar al Ser humano en el interior del marxismo” (Critique).

            No podía ser totalmente marxista, pues negaba que la última palabra de la historia- necesaria salida de la lucha de clases-,  esté ya escrita en alguna parte.

Se ha dicho de Sartre que era materialista o positivista, pero él estimaba que no resulta posible encontrar justificación racional en contra o a favor de los sistemas filosóficos. Y otro tanto en cuanto a su ateísmo; reconocía que las pruebas a favor o en contra de Dios se equilibran y compensan, y afirmaba, en consecuencia, que las razones para negarlo se encuentran en el terreno de lo moral: con la hipótesis de la existencia de Dios limitamos nuestra libertad y con ella, nuestra responsabilidad.

Sartre busca proseguir la explicación de lo que puede describirse por medio de una experiencia directa del hombre por sí mismo; y para hacerlo, opta por el método fenomenológico, heredado de Husserl, cuya teoría de la conciencia como intencionalidad (la conciencia es conciencia de algo) daba prioridad a la relación con el mundo y con el otro, base del ser humano para construir su libertad.

Y lo que escribía a propósito de Genet podría aplicarse al conjunto de su investigación: “Mostrar las insuficiencias de la interpretación psicoanalítica y de la explicación marxista, y que solo la libertad puede dar cuenta de una persona en su totalidad; hacer ver como esa libertad se enfrenta al destino (…), describir la historia de una liberación, es lo que he pretendido” (Saint Genet).

Esa filosofía sartriana de la libertad se ha construido en dos tiempos:

  • primeramente psicológica con L’Être et le Néant,
  • y luego sociológica con la Critique de la raison dialectique.

Su teoría psicológica de la libertad se identifica con la de la conciencia y con los temas que popularizaron el existencialismo en los años de posguerra. Recordamos aquella célebre fórmula: “La existencia precede a la esencia” (para que el hombre sea, antes tiene que construir su libertad). El dogma de una naturaleza humana inmutable quedaba vuelto del revés, y de ahí se desprendían las nociones existencialistas de angustia, de elección, de proyecto, categorías de la filosofía sartriana. La angustia es la conciencia descubriéndose, puro Yo, puro acto, es decir libertad. Además, el sentido de lo concreto existencialista se aplica a la vida de la conciencia en relación con el mundo en el proyecto; y esa relación es única y singular, es el acontecimiento.

Tal reflexión sobre la libertad, el proyecto y la temporalidad iba a llevar a Sartre a salir de los análisis fenomenológicos de la conciencia, para captar al hombre en su plenitud concreta.  El t. I de la  Crítique representa un esfuerzo por describir y comprender las principales formas sociales de relación y de existencia del individuo-hombre con los demás individuos y con las estructuras sociales. Sartre utiliza el método dialéctico, con su ritmo de “contradicciones” y de “totalizaciones”, “lógica viva de la acción”, causalidad típicamente humana, en oposición a la causalidad mecánica de las ciencias de la naturaleza. Se trata de un magistral tratado de psicología social, o de formación social, con sus aspectos de “lucha contra el otro”: Porque “toda la aventura humana es una lucha contra la rareza”, el hombre se convierte para otro hombre en un “contra-hombre”, “está de más”; y deberá pasar de “existencia serial” en la masa anónima, a la posibilidad de salvación en la participación en una acción revolucionaria, llevada a cabo por un “grupo en fusión”, en cuyo seno el individuo, al fin no explotado ni alienado, se reconcilia con los demás: la libertad existencialista acaba transformándose en libertad política y social, a través del acto revolucionario, único medio de acceder a la comunión humana.

Y resulta paradógico que él, arquetipo mismo del intelectual del siglo XX, haya basado su moral en una estética de la acción.

Sartre utilizaba en su existencialismo la herramienta fenomenológica para destruir las filosofías idealistas y racionalistas del pasado, proponiendo una nueva descripción de la conciencia y de su disponibilidad, y se presentaba como “un esfuerzo apasionado de defensa y de justificación del hombre”, del “individuo”, tanto en su libertad inalienable como en su participación social en los acontecimientos que hacen la Historia.

No era un metafísico, pues para él los grandes problemas de la metafísica tradicional están vacíos de sentido y no tienen solución. Su existencialismo era teoría psicológica, sociológica e histórica de ese poder de libertad que hace la humanidad en el hombre.

Aquel trato complaciente que Sartre había mantenido con los comunistas, pareció decaer después del alzamiento de los húngaros en el otoño de 1956 y la invasión de Budapest por los tanques del Pacto de Varsovia. Y quiso entonces denunciar el estalinismo, la esclerosis del partido comunista francés y el cinismo de sus dirigentes (Situations, VII: “Le Fantôme de Stalin”), y en Les Temps modernes, hablaba ahora de la faillite, del “fracaso completo del socialismo, como mercancía importada de la URSS”.

Dimite de su cargo en France-URSS, pero permanece miembro activo del Movimiento de la paz (fundado en 1948 y ampliamente controlado por los comunistas).

En septiembre de 1960, y en el marco de la crispación generada por la guerra de Argelia, Sattre firmaba, también él, el llamado “manifiesto de los 121”, o declaración sobre el derecho a la insumisión, que reunió a intelectuales, artistas y universitarios venidos generalmente de los ámbitos libertarios y de la izquierda.

Pero, en Francia misma, la reflexión y la emocionalidad política rigidamente encuadrados habían decaído notablemente después de la llegada de De Gaulle al poder en 1958, el reconocimiento de la independencia de Argelia y el gran despegue económico que se inició en la década de los 60’. Pero Sartre siguió visitando capitales importantes, sin dejar su actividad literaria y su reflexión política: había aplaudido la rebelión de los independentistas fellaghas argelinos durante su combate y ensalzaba ahora la lucha del vietnamita Ho-Chi-Minh.

Y continuó sus viajes por los países del “socialismo real”. En 1955 había estado en China, y en 1961, él y Simone de Beauvoir eran recibido en la joven Cuba castrista y guevarista, y calurosamente también en ciertos ambientes de Iberoamérica. Praga, Belgrado…, y volvió a la Unión Soviética varias veces, hasta 1966.

Ya consagrado como gran pensador y testigo de la utopía socialista, en 1964 rechazaba el premio Nobel de Literatura. Pero su pública adscripción al campo socialista no le impedía ejercer su crítica aquí y allá, cuando lo consideraba oportuno: En julio de 1962, hablaba en Moscú, en el marco del Congreso mundial por la paz, de desarme y de la necesidad de “desmilitarizar la cultura”, y denunciaba la inclusión de Kafka entre los autores prohibidos en los países del Este, cuando Les Temps modernes comenzaban a publicar a escritores condenados allá como Solzhenitsyn entre otros.

Después de haber aparecido en el otoño anterior en les Temps modernes, 1964 era el año en que publicaba en Gallimard Les Mots (“las Palabras”), relato medio autobiográfico, medio analítico, donde parecía darle las gracias a su padre por haberse muerto: Ce n’est pas tout de mourir, il faut mourir à temps, para que él pudiera ser lo que fue, ¡dando por supuesto que no hay padre bueno! Y en esa evocación irónica de su infancia en el momento en que empezaba a acceder al mundo de la lectura y la escritura, -especie de adiós a la literatura-, denunciaba también el estatus casi mítico del escritor, y su actividad, como una mascarada social, de la que buscaba evadirse contándose a sí mismo.

Y en 1967 participaba en Estocolmo en las actividades de un grupo llamado “Tribunal Russell”, para denunciar los “crímenes de guerra” de los Estados Unidos en Indochina.

Su madre, Anne-Marie Schweitzer Sartre, moría en París en enero de 1969, a los 86 años, sin que en el corazón de su hijo pareciera moverse ni una fibra de sentimiento.

No le faltaron, sin embargo, energías para subirse a las barricadas y alentar, con su palabra y su presencia, la lucha de los estudiantes “contestatarios” en aquel efímero Mayo del 68. Era el año también en que las tropas del pacto de Varsovia intervenían en Checoslovaquia, lo que le separará definitivamente del PCF, aun cuando no quiso entrar en la acción común con otros actores ideológicos (desde el liberalismo hasta pensadores venidos de la izquierda radical) que se alzaban contra el totalitarismo, como aquellos “nuevos filósofos”, aparecidos en los años 70’, denigradores virulentos del marxismo (B. Henri Lévy, A. Glucksmann…)

Su acción deslabazada y no siempre coherente distará de ser enteramente comprendida por aquella izquierda de la que había sido ídolo. Obligado ahora a elegir entre Pekin y Moscú. Sartre optó por Pekin, para pasar a ser –director ahora de La Cause du peuple, cuyo periódico se le vio vender con Beauvoir por las esquinas de París-, el santón de los maoístas parisienses.

Fogonazos irrisorios, efímeros y crepusculares, todo aquello, de quien había sido talento reconocido y respetado, a nivel mundial, de la creación literaria y el pensamiento filosófico.

En 1971 publicaba L’Idiot de la famille, extensa obra, entre literaria y filosófica, que su autor pretendía continuación de Question de méthode, en torno a la figura del escritor Flaubert de 1821 a 1857:

Que peut-on savoir d’un homme aujourd’hui. Me ha parecido que solo se podía responder a esa pregunta a través del estudio de un caso concreto. Que savons-nous, par exemple, de Gustave Flaubert?

Ya fragilizada su salud, como consecuencia de varios ataques en 1971 y 1973, y con la visión muy disminuída, Sartre moría el 15 de abril de 1980. Y su sepelio dará lugar a un multitudinario séquito, a partir del hôpital Broussais de París hasta el cementerio de Montparnasse, al que solo el de Victor Hugo, cien años antes, podría compararse. Allí iban los propalestinos, los provietnamitas antiamericanos, los viejos simpatizantes con la causa argelina, los anticapitalistas de todo jaez y el lobby homosexual al completo; pero muy pocos de ellos hubieran sabido responder algo acerca del existencialismo y de la obra literaria de aquel tras cuyo cortejo fúnebre iba.

Y aquella obra de 1960, Critique de la raison dialectique y, sobre todo, su Question de Méthode que la precedía, iban a tener continuación, de alguna forma. Aparecerán después publicaciones póstumas de sus escritos, particularmente a cargo de Arlette Elkaïm-Sartre (de origen judío argelino, que había conocido en 1956, su hija adoptiva desde 1964, cuyas relaciones con Beauvoir no parecen haber sido excelentes). Y así saldrán, entre otros: en 1983, Carnets de la drôle de guerre (de 1939), y Cahiers pour une morale, constituido por escritos de finales de los años 40; e igualmente, en 1985, el t. II de la Critique, con el título L’Intelligibilité de l’Histoire (ed. Gallimard). Y otros innumerables textos de variada naturaleza.

También aparecerán, a cargo de Elkaïm.Sartre, las diferentes Situations de crítica literaria, aparecidas a lo largo de la carrera de Jean-Paul Sartre.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

La bibliografía en torno a Sartre es abrumadora. He aquí algunos títulos significativos:

ARONSON, Ronald: Camus et Sartre; amitié et combat;  Paris, Alvik ed., 2005.
BAROT, Emmanuel (bajo la dirección de -)-: Sartre et le marxisme. Paris, La Dispute, 2011.
BEAUVOIR, Simone de: La Céremonie des Adieux (seguido de) Entretiens avec Jean-Paul Sartre: août-sept. 1974; Gallimard, 1987.
COHEN-SOLAL, Annie: Sartre: 1905-1980; Gallimard, 1989.
CONTAT, Michel (bajo la dirección de –): Sartre; Paris, Bayard, 2005.
GALSTER, Ingrid:  Le théâtre de Jean-Paul Sartre devant ses premières critiques. T.1, les pièces  créées sous l’occupation allemande: “Les Mouches” et “Huis clos”; prefacio de Michel Winoch; L’Harmattan, 2001.

       “               “    : Sartre, Vichy et les intellectuels; L’Harmattan, 2001.

       “               “    : La naissance du phénomène Sartre; dirigido por –; Le Seuil, 2001.

GEORGE, François: Le concept d’existence; deux études sur Sartre; Paris, C. Bourgois, 2005.
GUIGOT, André: Sartre et l’Existentialisme; Toulouse, Ed. Milan, cop  2000.
LÉVY, Bernard-Henri:  Le siècle de Sartre: enquête philosophique; Le Grand Livre du Mois, 2000.  

MAILLARD, Michel: Sartre. Des repères pour situer l’auteur et ses écrits; Paris, Nathan, col. Balises, 1994.  
MÄMMÄDXNOVA, Naidä: Le roman français existentialiste moderne; Bakou, Azernest, 2001.
SIMONT, Juliette: Jean-Paul Sartre, un demi-siècle de liberté; Bruselas, De Boek Université; col. “Le Point philosophique” 1998.
STAL, Isabelle: La philosophie de Sartre, essai d’analyse critique; Paris, Presses Universitaires de France, 2006.

Y en español:

BARRIGÓN VAZQUEZ, José Luis: La filosofía política de Jean-Paul Sartre; León, Colegio  Universitario de Léon, 1980.
CARMONA, Fernando: El teatro de Jean-Paul Sartre; Universidad de Murcia, 1981.
LÓPEZ SÁNCHEZ., José: El ateísmo en Sartre; Univ. Complutense,1991.
VARGAS LLOSA,Mario: Entre Sartre y Camus; Río Piedras, Puerto Rico: Ed. Huracán, 1981.

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