Bretaña

Corresponde esta provincia histórica a la región que ocupa la península armoricana, en el extremo Oeste de Francia, bordeada por la Mancha y el Atlántico. Son los actuales departamentos de Loire-Atlantique, Ille-et-Vilaine, Côtes-d’Armor, Morbilhan y Finistère.

En el conjunto así definido, se distinguen la Bretaña marítima, con sus 1.200 km de costas, y la Bretaña interior, constituida de bosques y montes.

Reino por un momento y luego ducado, el territorio se convierte en 1532 (Edicto de Unión), en una provincia del Reino de Francia.

Con ocasión del desmembramiento regional intervenido en 1941, la actual Loire-Atlantique quedará desgajada. La capital regional es Rennes.

            Los dólmenes, menhires y túmulos extendidos por toda la región, dan testimonio de la presencia de poblaciones anteriores a las invasiones celtas, algunos de los cuales, como los Vénetos celtizados, opondrán fuerte resistencia a la conquista romana hasta el 51 a. C.

            La primera designación de la Armórica, bajo el nombre de “Britannia”, data de finales del s.VI, y venía a consagrar una migración ya antigua de “britons”, venidos del país de Gales y del SO de Inglaterra, soldados del ejército romano y también campesinos que huían de lo ivasión de los Anglos y de los Sajones. Su integración se vio facilitada por una cierta lentitud en el proceso –el cual, no obstante, se acelera a principios del s. V-, y por la similitud de lengua: una síntesis se produce entre el dialecto de los insulares llegados y el galo que todavía hablaban la mayoría de los armoricanos.

            Y esa inmigración deja huellas en la toponimia: son los tré (Trébeurden), plou (Plougastel), lan (Landévennec) y gui (Guimiliau) que se refieren a una estructura religiosa. En efecto, evangelizados tempranamente, los bretones se organizan en parroquias (contrariamente a la práctica continental ordinaria, en que el obispo se hallaba la cabeza de una estructura muy jerarquizada). Dicha implantación, nunca exclusiva, aparece muy marcada al oeste de un linea que iría desde el monte Saint-Michel a Savenay, entre Saint-Nazaire y Nantes.

            Los contactos con los francos y luego los carolingios, fluctúan según las fuerzas reciprocas en cada momento. Dagobert I rey de los francos (c. 605-[629-639]), logró imponerle a Bretaña su soberanía, pero, a pesar de los éxitos de Pépin le Bref (Pipino el Breve, 714-[751-768], primero de los Carolingios), que consigue imponer una marca de Bretaña, confiada a Roland (Roldán el de Roncesvalles), los carolingios no consiguen imponerse durablemente y, primero Nominoé en 846, y luego su hijo Erispoé en el 851, le arrancan a Carlos el Calvo la dignidad de reyes de Bretaña. Y el territorio queda definido ese año en el tratado de Angers.

El apogeo territorial se alcanza con el rey Salomón, cuando los carolingios le ceden una parte del Maine en el 868, y luego el Cotentin, en lo que hoy es Baja Normandía. Es también el momento en que las abadías bretonas conocen su mayor esplendor cultural, época de la que han llegado magníficos manuscritos, evangeliarios y vidas de santos realizados en la abadía de Landévennec (próxima a Brest, destruida en el 913); o el cartulario de la abadía de Redon, uno de los más notables documentos sobre la sociedad y la economía de la Europa carolingia.

            Las disensiones internas y, sobre todo, la fuerte presión de los normandos pondrán fin a esa pujanza; las fronteras orientales de Bretaña quedan definitivamente establecidas a principios del s. X en su estado actual, y sólo en 939, Alain Barbetorte (Alano II, 900-952 aprox., primer duque de Bretaña –ya no rey-), consigue expulsar a los normandos.

                Y los nueve obispados instalados en el s. X, constituirán, en adelante, una división territorial estable hasta la Revolución, consolidando zonas como le pays de Léon o el Trégorrois. El uso del bretón, al O. de una línea norte-sur desde Saint-Brieuc a Saint-Nazaire, se estabiliza casi definitivamente e identifica la baja Bretaña.

            Con Alain Barbetorte se inauguraba el ducado de Bretaña. Impugnados por la aristocracia, sometidos a las presiones de sus vecinos anglo-normandos y franceses, los nuevos duques lucharán, en adelante, por imponer su autoridad. Los abusos de los señores feudales y la ambición de los clérigos, no podían ocultar, no obstante, una consolidación de la autoridad del duque.

 En 1234, Pierre I de Dreux, llamado de Mauclerc (duque de 1213 a 1237), se somete al rey de Francia, pero es sólo en 1297 cuando Philippe le Bel (Felipe IV el Hermoso, Capeto) reconoce el título ducal.

El desarrollo demográfico se traduce en nuevas implantaciones humanas que designan, p. ej., los nombres en ker o su equivalente en alta Bretaña (la ville, la ciudad).

Paralelamente, comienza a desarrollarse el comercio del vino, importado, o la exportación de la sal de las marismas o salinas de Guérande o de Bourgneuf (hoy en Loire-Atlantique). A principios del s. XIV se da forma a la Très Ancienne Coutume de Bretagne, que recogía las reglas fijadas por el derecho consuetudinario.

Jean III muere sin hijos en 1341, y la ausencia de heredero directo -en el  contexto del naciente  enfrentamiento franco-inglés-, arrastra a Bretaña a una guerra de sucesión (que durará veintitrés años), entre, por un lado, Charles de Blois (apoyado por su tío el rey de Francia, y por los Penthièvre, el clan de su mujer Jeanne), y Jean de Montfort por otro (al que respalda Inglaterra). El cautiverio de Charles de Blois más allá del canal, durante nueve años, el famoso combate de los Treinta, en marzo de 1351, entre partidarios de Blois y de Montfort, y las primeras hazañas de Du Guesclin, vendrán a marcar la memoria colectiva, con canciones y proezas.

Con la muerte de Charles de Blois en la que será última batalla de Auray, en septiembre de 1364, concluía una guerra cuyos sobresaltos se harán todavía sentir hasta finales del siglo. Por el tratado de Guérande del año siguiente, el rey Charles V reconocía a Jean de Montfort (hijo del anterior Jean con el que se había iniciado la guerra) con el nombre de Jean IV de Bretaña (1365-1399), a condición de rendir vasallaje a la corona de Francia.

 Pero el ducado salía muy debilitado de aquella larga lucha.

El reinado de Jean V (1399-1442), aporta el verdadero regreso a la paz, tanto más apreciada, cuanto que la guerra de los Cien Años (1337-1453) hacía estragos y se extiendía en ocasiones hasta Rennes o Nantes. Bretaña continuaba despoblándose, pero sufría mucho menos que el resto el Reino. Además, Jean V anima una política propia, gracias a la creación de instituciones sólidas, a un mecenazgo brillante (p. ej., la basílica de Notre-Dame de Folgoët, Finisterre) y a una neutralidad diplomática que le permite establecer relaciones con la mayor parte de los soberanos de Europa occidental. La creación de la universidad de Nantes en 1460, bajo Francisco II, vendrá a reforzar lo que sólo era un sueño de independencia.

Y es que la desaparición en 1477 del duque de Borgoña, Carlos el Temerario, va a hacer bascular, definitivamente, la relación de fuerzas, en favor del rey de Francia. El resto lo harán el coste de mantener la política de independencia, la resistencia de una parte de la aristocracia, que ya tiene intereses cerca del poderoso vecino y, finalmente, la falta de carácter del duque François II.

En 1485, el Gran Tesorero de Bretaña, Pierre Landais, símbolo de aquella política de independencia, es abandonado a su vez por el duque, permitiendo que se le procese por concusión y su ahorcamiento al término de un juicio inicuo. Ese hecho y las derrotas sufridas por el duque junto al duque de Orleáns, ante las tropas reales en Saint-Aubin-du Cormier, cerca de Rennes (1488), y luego en 1491, marcan el final de la aventura ducal. Anna, heredera del ducado deberá desposarse con Charles VIII de Francia (1491) y, viuda luego, con el primo de éste Luis XII (1499); su hija Claude casará en 1514 con el que al año siguiente será François I (Francisco I de Francia).

La reina Anna moría en 1524 y en 1532, Bretaña era definitivamente reunida al reino; en 1547 desaparecía incluso el título ducal, cuando el delfín duque de Bretaña, accede al trono de Francia con el nombre de Henri II.

Aquella integración se pudo desarrollar con relativa facilidad, gracias a la prosperidad que conoció Bretaña en los siglos XVI y XVII. Edad de oro marcada por una agricultura relativamente diversificada, una metalurgia muy activa para la época y, sobre todo, una industria textil que exportaba para toda Europa occidental y América sus productos de lino fino y sus telas de cáñamo para velas y embalajes.

            El siglo XVI vio en Bretaña el apogeo de los rouliers de mer, transporte marino que daba trabajo a un centenar de puertos en la vieja provincia. Esa fortuna permitió un desarrollo artístico del que dan testimonio los admirables entornos parroquiales (enclos), los centenares de retablos barrocos, las miles de casas solariegas y algunos grandes monumentos como el Palacio del parlamento de Bretaña en Rennes, del siglo XVII.

            A finales del siglo XVII (reinando Luis XIV), Bretaña totalizaba casi el 10% de la población de Francia, pero la  dispersión de la producción y del capital, y la política belicosa del Rey Sol, afectaban profundamente al comercio y a la economía bretona; fue esa crisis la que explica la gran revuelta de los Bonnets rouges y las urbanas del Papel timbrado de 1675.

            Y es que la incorporación plena a Francia no había hecho desaparecer los viejos particularismos bretones, manifestados, sobre todo, en los estados provinciales.

En adelante, la fortuna se concentra, sobre todo, en manos de la nobleza y de la burguesía de negocios, en Saint Malo, en Nantes, incluso en Lorient gracias a la Compañía de Indias. Y, en el siglo XVIII, es el comercio con las Antillas y la trata de esclavos los que aseguran la riqueza de Nantes, que se traducirá, no obstante, en despoblamiento y empobrecimiento, hasta la miseria, del campo interior; es la época también de conflictos graves entre los privilegiados del parlamento -apoyados por la nobleza (a veces torpemente, como en el caso de la conspiración antifiscal de Pontcallec en 1718/1720)- y un poder real debilitado (Regencia).

A finales del siglo XVIII, se amasaban por toda Francia los densos nubarrones de lo que habría de estallar en revolución; una burguesía más segura de sí misma, una nobleza más apegada que nunca a sus privilegios y un campesinado con grandes dificultades, tales eran, entonces, los principales rasgos sociales de Bretaña. En 1789, los burgueses buscan utilizar la parcial concordancia de las aspiraciones campesinas con las suyas propias, pero los nobles y la mayoría del clero saben movilizar a ese mismo campesinado para las cuestiones de orden religioso, percibidas aquí con especial intensidad. La fuerza de los chuanes vendrá de ahí y del rechazado de una conscripción forzosa, sentida, aquí más que en otros lugares, como si se les arrancara a sus raíces para ir a defender no se sabía qué principios en una lejana frontera.

La huella que han dejado en la memoria colectiva las violencias de 1793-1794 –de la matanza de republicanos por los vandeanos en Machecoul, a los infames ahogamientos ordenados por el enviado de París Jean-Baptiste Carrier en Nantes, o las “columnas infernales” republicanas de Turreau- (canciones, monumentos, lugares de culto populares) podrían hacer olvidar la expansión real del siglo XIX. Es cierto que el comercio marítimo bretón no era ya lo que había sido, que el hundimiento de la industria textil acarreaba hondas consecuencias en el medio rural, y que medio millón de bretones habrían de abandonar la región entre 1850 y 1900.

Y, sin embargo, la población aumenta sensiblemente gracias a la modernización de la agricultura -consecuencia positiva de la lenta difusión del progreso técnico-, al desarrollo de industrias como la conservera en torno a Nantes, o a los astilleros de Saint-Nazaire, donde los poderosos hombres de negocios hermanos Pereire implantan en 1861, bajo el Segundo Imperio, la Compagnie générale transatlantique (CGT), “La Transat”.

            Ha de insistirse en estas particularidades locales del crecimiento en el siglo XIX, pues la imagen de la Bretaña de entonces seguía siendo la de una provincia exótica, con una cultura en vías de marginalización, al menos en el amplio medio rural; lo cual iba acompañado de un principio de folclorización: se ponen de moda los viajes a Bretaña, y allí se instalan artistas, más o menos durablemente (Gauguin llega a Pont-Aven en 1886); compilación de canciones populares amenazadas de desaparición, a cargo del filólogo vizconde de La Villemarqué (ver su discutida publicación Barzas Breiz, 1839), y luego el folclorista François-Marie Luzel.

Pero es también entonces cuando la lengua francesa comienza a ser percibida como medio indispensable de promoción social, a expensas del bretón.

            Otra gran fase de modernización, ya entre 1945 y 1975, viene a rebasar ese aparente contraste entre realidades materiales y cultura. El dinamismo agrícola impulsado por las cooperativas, la creación de una industria de vanguardia (espacio, electrónica), la creciente influencia del periódico Ouest-France (convertido en los años 70’ del último siglo en el primer cotidiano francés por difusión), el reencuentro con la cultura bretona que cierto colaboracionismo con el ocupante nazi había comprometido entre 1940 y 1944, han sido poderosos factores que han venido a transformar profundamente la Bretaña contemporánea.

            El auge de la música bretona también en el último cuarto del siglo anterior, las luchas ecológicas (el proceso que siguió a la marea negra del Amoco Cadiz en 1978 moviliza a la opinión hasta 1992), el nuevo atractivo por el patrimonio marítimo de la región y la evolución de los comportamientos electorales, han venido a acercar Bretaña al resto de Francia, sin perder su identidad original, muy sentida y asumida por sus habitantes, algunos de cuyos rasgos vinieron a manifestarse con alguna virulencia, a través del FLB, Front de Libération de la Bretagne que, de 1966 a 1981, reivindicaba la independencia.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CASSARD, Jean-Christophe: La Guerre de succession de Bretagne: dix-huit études; Spézet, Coop Breizh, 2006. 
CAUNEAU, Jean-Michel: Chronique de l’État breton; Presses Universitaires de Rennes, 2005.
COATIVY, Yves:  La Bretagne ducale; la fin du Moyen-Âge; Ed. Jean-Paul Gisserot, 1999.
CORNETTE, Joël: Histoire de la Bretagne et des bretons; Le Grand livre du mois, París, 2005.

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