Cien Mil Hijos de San Luis, Los – (invasión de España de 1823)

La intervención francesa en favor de Fernando VII, “una guerra de la que dependía el destino de la Monarquía francesa” –según la expresión de su instigador en las “Memorias de Ultratumba”-, fue el pretexto y el medio, en la vía de afirmación nacional, que el ministro de Negocios Extranjeros Chateaubriand se impuso como pauta, a su paso por el gobierno, la que debiera ser primer acto de la vuelta sin complejos de Francia a la escena internacional, tras la caída del Imperio napoleónico.

Es cierto que la intervención de los conocidos por “Cien Mil Hijos de San Luis” se llevará a término vagamente encuadrada en una Santa Alianza a la que seguimos refiriéndonos con notable imprecisión, porque imprecisa era esa organización en su esencia misma. Se afirma aún acríticamente que del Congreso de Verona salió el mandato para Francia, asumido por ésta voluntariosamente, de intervenir contra el gobierno revolucionario de España, a fin de imponer el gobierno absoluto de Fernando, cuando lo cierto  es  que allí  no quedaron formalizados más que unos hipotéticos casos defensivos frente al régimen constitucional.

ACTA FIRMADA EL 19 DE NOVIEMBRE DE 1822

   Los Plenipotenciarios de Austria, de Francia, de Prusia y de Rusia, habiendo juzgado necesario determinar los casos en los cuales los compromisos eventuales adquiridos con la Corte de Francia por las Cortes de Austria, de Prusia y de Rusia, en el supuesto de una guerra declarada o provocadas por el actual gobierno de España, se harían obligatorios para las Potencias participantes, han acordado precisar la aplicación de dichos compromisos en los términos siguientes:

ARTICULO Iº

Los tres casos en que los eventuales compromisos entre las cuatro Potencias signatarias de la  presente Acta, se harán inmediatamente obligatorios son:

1)   Un ataque armado por parte de España contra territorio francés  o un acto oficial del gobierno español que tienda directamente a alentar la rebelión de los súbditos de una u otra de las Potencias.

2)   La deposición pronunciada contra Su Majestad el Rey de España, un proceso intentado contra su Augusta Persona o un atentado de igual naturaleza contra los miembros de su familia.

3)   Un acto formal del gobierno español que atente a los derechos de sucesión legítima de la Familia Real

ARTICULO 2º

Considerando que, independientemente de los casos arriba especificado y definidos puede presentarse algún otro que cualquiera de las Cortes signatarias de la presente Acta juzgaría de igual naturaleza y de similares efectos que aquellos designados en el artículo Iº, queda convenido que, en tal caso no especificado o cualquier otro análogo que surja, los Ministros de las Cortes Aliadas, acreditados cerca de Su Majestad Muy Cristiana, se reunirán con el gabinete de Francia, a fin de examinar y determinar si el caso en cuestión ha de ser considerado incluido en la clase de “casus foederis”, previstos y definidos, y si exige, como tal, la aplicación directa de los compromisos adquiridos por las altas Potencias.

METTERNICH, LEBZELTERN, MONTMORENCY, CARAMAN, LA FERRONNAYS. CHATEAUBRIAND. BERNSTOFF, HATZFELD, NESSELRODE, LIEVEN, TATISTCHEFF, POZZO DI  BORGO .

Esta “especie de Acta” (como la llamaba el plenipotenciario Chateaubriand, que aún no había accedido al ministerio), rubricada el 19 de noviembre de 1822, fue lo único emanado de Verona. Chateaubriand le escribía al presidente del Consejo Joseph Villèle (poco partidario de un eventual conflicto con España):

                 “…Henos pues en perfecta seguridad contra la guerra, si hubiese de estallar, al tiempo que nos mantenemos dueños de esperarla, y que nada en los compromisos de la Alianza nos obliga a declararla”

(Subrayamos nosotros)

Pero Villèle acabó cediendo al sector mayoritario ultra de su grupo, por no perder la presidencia, y Luis XVIII anunció la guerra.

La expedición será, pues, estrictamente el resultado de las condiciones de la política interior francesa y de la personalidad de quien, entonces, vino a asumir la cartera de Asuntos Exteriores, el nacionalista Chateaubriand. Sólo el zar Alejandro deseaba la guerra en Europa, ante la pronunciada reserva de Austria y la abierta hostilidad del británico Canning. Tanto más receloso se mostró Metternich, cuanto que desconfiaba de la solución política que las armas de la Francia cartista pudieran imponer en España, como del talante liberal que se atribuía a sus fuerzas armadas.

El ejército francés iniciaba la campaña en la madrugada del 7 de abril de 1823, con una primera entrada en España cruzando el Bidasoa por Behovia; y poco después el duque de Angulema (1775-1844) -sobrino del rey e hijo del conde de Artois-, entraba en Irún.

Pero, en ningún momento el gobierno de Luis XVIII pretenderá darle una meta absolutista a su intervención profiláctica, ni imponer en España un régimen absoluto, como se empeñará en acreditar el liberalismo revolucionario decimonónico, y repiten aún hasta la saciedad, libros y manuales.

En general, las tropas francesas del generalísimo duque de Angulema fueron superiores y, a menudo, abrumadoramente superiores  en número a las constitucionales españolas a lo largo de la expedición (según nuestro propio estudio, había en la península, operativos a medidos de julio de 1823, algo más de 106.000 hs. de infantería y otros 21.000 a caballo), sin contar las partidas de guerrillas realistas, presentes por doquier y que, en el verano, contabilizaban 30.000 hs., que coadyuvaron a la misma tarea antiliberal. Si consideramos que el fusil de chispa o silex, común en los ejércitos de la época, tenía entonces lenta capacidad de repetición (no más de cinco disparos/min.), se hace evidente la ventaja de quien, superior en número, podía plantear el ataque en masa, que tan notables resultados había dado en las guerras de la Revolución. Y así, aquella intervención militar va a suponer un reducido coste humano para las tropas del duque de Angulema.

El campesinado no venía encontrando en el nuevo régimen liberal español ninguna mejora material en su condición, a pesar de lo que los nuevos gobernantes proclamaban, ni probablemente valga aquí el argumento de la falta de tiempo, pues harto conocida es, al respecto, la historia del liberalismo ochocentista europeo. Por un lado, la gran cuestión de las rentas señoriales (¿habría de exhibir el señor, en adelante, títulos de propiedad para percibir rentas por sus fincas?); por otro, la falta de una temprana y decidida legislación favorable al trabajador de la tierra, que hubiera ganado apoyos necesarios al frágil régimen; mientras que sí había comenzado el campesino a experimentar la acción conjugada del paso de manos muertas, comunales y baldíos, al tráfico mercantil, con la implantación del concepto de libertad contractual, que iba a dejarle a merced de la codicia de los propietarios.

No le resultará, pues, difícil al francés descargarse de las tareas más ingratas de los bloqueos, rastreos y hostigamientos secundarios, pues buena parte de la población (la gran mayoría en las zonas rurales, particularmente en Cataluña y las provincias vascongadas), pronto encuadrada en activas partidas de compañías y batallones realistas, se pronunció, en cuanto tuvo ocasión, contra el sistema constitucional del ¡trágala! La carencia de armas fue el principal obstáculo para la creación de un mayor número de cuerpos realistas organizados.

Aquella intervención militar no tenía el carácter de las intervenciones austríacas en Italia: La soberanía reside en el rey, sólo del monarca han de venir las libertades otorgadas; consecuentemente era lícito que Fernando VII rechazase una constitución intrínsecamente mala, pues democrática; tal era la somera base doctrinal sobre la que descansaba la campaña.  Pero se pensaba que, después de tantas conmociones, el autócrata español se avendría a darle al Reino un marco institucional, garantía para su pueblo e impedimento de que volviera a caer en los yerros anteriores y actos “estúpidos de tiranía” (expresión de Chateaubriand).

Para el régimen posrevolucionario de los Borbones, sólo del rey emanaba la legalidad, sólo en él residía la soberanía; pero el monarca podía delegar parte de sus facultades, en un acto de “libre y espontánea voluntad” (como de ello era ejemplo la Carta “otorgada” por Luis XVIII a los franceses).

Esos fueron, los principios que animaron al rey de Francia: amnistía, olvido y concesión de instituciones al pueblo español, bajo el nombre que fuere, y que tuvieran por base una representación nacional. Y en las Tullerías se esperó mucho de la convocatoria de Cortes, institución de la Monarquía Española -por lo tanto aceptable desde una posición legitimista- pero sobre la que tenían nociones harto imprecisas los ministros de Luis XVIII.

Mas no esperaban la deslealtad de los correosos componente de la Junta Provisional que instalaron desde el primer momento de su entrada en Oyarzun, compuesta por Eguía, su presidente; Erro, antiguo secretario de Godoy y ex-intendente de Cataluña; y Gómez Calderón, procurador del Consejo de Indias; y luego de la Regencia constituída con la entrada de los franceses en Madrid, presidida por el duque del Infantado.

Ni contaban con el carácter alevoso del rey de España ya libre, después de su llegada al Puerto de Santa María, aquel 1 de octubre de 1823. Antes de su salida de Cádiz, y presionado por los milicianos -dejados ahora a lo que con ellos quisiera hacer la Regencia-, Fernando VII había firmado “libre y espontáneamente”, un documento por el que, en sustancia, prometía “bajo el honor y seguridad de (su) real palabra”, un gobierno que hiciera la felicidad de la nación, garantizando la libertad individual, los derechos de propiedad y la libertad civil de los españoles; y también, entre otras cosas, un olvido “completo y absoluto” por todo lo ocurrido, sin excepción alguna, a fin de establecer la tranquilidad entre todos los españoles, con la confianza y la unión necesarias para el bien general, garantizando la impunidad para los milicianos voluntarios de Madrid, Sevilla y otros puntos, que desearan regresar a sus lugares de origen o se desplazaran.

A las once y media de la mañana de aquel miércoles 1 de octubre de 1823, a bordo de una falúa gobernada por Valdés, el rey de España llegaba con su familia y el general Álava al Puerto de Santa María. El príncipe francés se había desplazado desde Chiclana para recibirle. Diversos testimonios recogen el apagado efecto que Fernando causó, tanto en el duque de Angulema –con quien se mostró poco expansivo, después del primer abrazo de agradecimiento-, como en aquellos que vivieron el acontecimiento.

Y el duque de Angulema volvió a entrevistarse con Fernando VII, antes de que éste emprendiera viaje a Sevilla; le habló de amnistía, de tranquilizar a los diversos sectores sociales y de América…

“…A todo me contestó que ya vería –refería Angulema, en carta a su padre-, y como cuatro gatos se pusieron a gritar ¡Viva el rey absoluto!”, me dijo que ya veía cual era la voluntad del pueblo, yo le contesté que había que evitar ponerse en la situación de que se repitieran los acontecimientos de 1820…”

            Y, después de una de sus últimas entrevistas con el duque del Infantado, le escribía el generalísimo a Villèle:

“Ahora tengo la conciencia tranquila. No diré nada más, pero os aseguro que todas las necedades que puedan hacerse se harán…”

Errores graves en la planificación, que iban a impedir a la diplomacia francesa, como lo intentó durante largo tiempo, poner las bases para cualquier solución política con medianas posibilidades de estabilidad y adaptadas a la España de entonces. Porque, ya libre, Fernando VII desoirá los reiterados consejos en favor de un programa político susceptible de atraerse a los intereses importantes del país, que llegarán una y otra vez, en forma de instrucciones al embajador de Francia. Ni las naturales disposiciones del rey, ni las relaciones de fuerza ahora existentes, podrán evitar, en adelante, que el autócrata español se lance por la vía de “venganzas y locuras”.

La intervención de Francia en España se saldará, pues, con un rotundo fracaso; el orgullo de que hace gala Chateaubriand al evocar (su) guerra, resulta injustificado; no así en el plano interno, porque la prueba quedó establecida de que los Borbones restaurados contaban con un ejército seguro; y el pasajero prestigio que cosechó la Monarquía, tras la victoria, desacreditó, por un tiempo, a los agoreros de la oposición liberal.

Capital político que algunos se encargarán de dilapidar en poco tiempo.

Recuperar para Francia la voz perdida en la escena internacional; lograr, con la prosperidad  económica,  el  afianzamiento  de  la  monarquía restaurada,  fueron los objetivos que el vizconde de Chateaubriand persiguió en la etapa de su ministerio. España le pareció la escena favorable para el resurgimiento militar de su país, tras la catástrofe imperial, y el régimen constitucional de los Riego, Mina, Martinez de la Rosa, Calatrava, Evaristo San Miguel… (modelo que adoptarán los revolucionarios de toda Europa), la víctima propiciatoria en el ara de su política nacionalista. Chateaubriand, se comportó como un ultra, obligado por las circunstancias en las que hubo de desarrollar su proyecto, por su ambición impaciente también, pero nunca ideológicamente convencido. Demasiado imaginativo para ser un reaccionario a secas.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BERTIER DE SAUVIGNY, Guillaume: Metternich et la France, près le Congrès de Vienne; (t. II: Les Grands Congrès (1820-1824); Hachette, 1970. 
BOURQUIN, Maurice: Histoire de la Sainte Alliance; Ginebra, Librairie de l’Université Georg  & Cie., S.A., 1954.
CASSAGNE, Albert: La vie politique de Chateaubriand; Paris, 1911.
GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: La otra invasión francesa. Los Cien Mil Hijos de San Luis (1823); Alderabán, 2008.

GRANDMAISON, Geoffroy: L’expédition française en Espagne; París, Plon, 1928 ; in-12º, 3 vols. Abiertamente prorrealista, el libro se hace a menudo libelo. 
HUGO, Abel (hermano de V. Hugo): Histoire de la campagne d’Espagne; Paris, Lefuel, 1824; 2 ts. In-8º.

En español:

ESPOZ Y MINA, Francisco: Memorias del general –. Edición y estudio preliminar de Miguel Artola Gallego. Madrid, Atlas, 1962, 2 vols.; col. Biblioteca de Autores Españoles, ts. 146-147. (Después de la edición, de 1851/52, en 5 ts., publicadas por su viuda doña Juana Mª de Vega).
LAFUENTE, Modesto: Historia General de España, (t. 19)

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