Montaigne (1533-1592)

El que será luego conocido moralista y pensador Michel Eyquem nacía el 28 de febrero de 1533 en el château familiar (entre casa-fortaleza y mansión solariega) -hoy municipio de Saint Michel de Montaigne, dep. de Dordogne, en su límite con la Gironde-, y en el seno de una familia gascona de reciente nobleza, enriquecida por el comercio. Su padre era Pierre Eyquem (1495-1568), señor de Montaigne, oficial del rey, alcalde de Burdeos entre 1530 y 1556 y comerciante en vinos; y su madre, Antoinette de Louppes de Villeneuve –deformación de López de Villanueva- (1510-1603), de origen español y de ascendentes judíos (“cristianos nuevos” convertidos al protestantismo); y era el primogénito de lo que luego serán siete hermanos.

A diferencia de sus coetáneos Monluc o d’Aubigné, su vida no contiene ningún acontecimiento político o militar suficientemente importante para ser relatado en memorias. Pero, en el transcurso de sesenta años, podrá recoger una abundamente y variada experiencia.

Aun cuando en su familia unos profesaban el catolicismo y otros la religión reformada, Michel será educado en el catolicismo de su padre y conocerá dos modos de instrucción: la vida cotidiana con un preceptor, con el que aprendió latín como lengua materna, y luego el internado en el célebre colegio de Guyenne en Burdeos y en la Faculté des Arts, para proseguir luego estudios de derecho en Toulouse (1549), de filosofía y de letras. Y a su padre le veía recibir a sabios y humanistas.

Consejero ya en la Cour des Aides de Périgueux (tribunal del Antiguo Régimen en materias fiscales), a los 21 años, y luego, de 1557 a 1570, en el parlamento de Burdeos, verá de cerca las prácticas de la justicia de su tiempo y constatará las deficiencias.

Y con Étienne de La Boétie –joven magistrado en el parlamento de Burdeos, huérfano desde temprana edad y casado ahora, excelente helenista traductor de Plutarco y Jenofonte, poeta a sus horas y seguidor de las ideas estoicas-, conocerá, a partir de 1558, una emocionada y corta amistad, basada en grandes afinidades entre ambos –pero en la que determinados lobbies se han empeñado en querer ver una componente homosexual-;  Montaigne tenía 25 años y La Boétie 28; fue antes de asistir en agosto de 1563 a su edificante muerte, víctima de la peste. De su amigo (de quien recibirá todos su libros y papeles), tratará uno de los más conocidos capítulos de los futuros “Ensayos” (I-XXVIII): “Si tuviera que responder que por qué le quería, sólo podría responder que parce que c’était lui, parce que c’était moi

Y este hombre, aficionado toda su vida a las mujeres pero de indole melancólica y reflexiva, a quien nunca se le conoció pasión amorosa determinada, acabó dejándose casar, en septiembre de 1565, a sus 32 años (en una época en que el amor era una cosa y el matrimonio no siempre la misma), con Françoise de la Chassaigne de 20, hija también de parlamentarios; y con ella tuvo varias hijas, de las que sólo una, Éléonore, nacida en 1571, sobrevivirá como única heredera, antes de morir ella en 1616.

A instancias de su padre, Michel publicaba en 1568 su traducción de la voluminosa Theologia naturalis, de Raimundo Sabunde (Sebond), que habia pretendido fundar la fe cristiana en la razón; y conoció a teólogos católicos, en particular al jesuíta Juan Maldonado (1533-1583)

Pierre Eyquem muere en 1568, dejándole título y propiedades; y, dos años después, Michel vende  su cargo venal de consejero, para retirarse a sus tierras y a su mansión señorial. Pasando parte de su tiempo cotidiano en la biblioteca de su torreón (su famosa librairie), allí va a llevar la vida de un hidalgo rural, observando el comportamiento de los campesinos y relacionándose con los señores de su entorno y sus amigos de Burdeos que vendrán a enriquecer su experiencia de los hombres.

Y se mantiene al corriente de los asuntos de Francia: ha ido ya varias veces a la Corte, y se le encargan misiones de confianza. En 1571, es recibido como Gentilhombre de cámara del Rey y recibe el collar de la orden de San Miguel.

Interrumpida varias veces su redacción desde 1572, un editor de Burdeos publicaba por cuenta de su autor, en 1580, unos Essais de Messire Michel seigneur de Montaigne, Chevalier de l’ordre du Roi, et Gentilhomme ordinaire de sa Chambre. Dividida en dos libros, la singular obra tuvo el suficiente éxito como para ser impresa de nuevo en París; y a su continua ampliación consagrará la mayor parte del resto de su vida. En 1588, la quinta edición contenía numerosas adiciones y un tercer libro. Y antes de morir, su autor preparará cuidadosamente una reedición, cubriendo de correcciones y de adiciones las páginas de un ejemplar de la edición de 1588, que se conserva en Burdeos.

En sus Essais (Ensayos) le complace evocar recuerdos de vida militar, pero sólo conocemos un episodio: su presencia en el asedio de La Fère en Picardía, en 1580. Brantôme se mofará de sus pretensiones guerreras.

Pero no pierde ninguna ocasión de recoger testimonios. Lo que él sabe de los caníbales del Brasil, no sólo lo ha aprendido en los libros, sino interrogando a tres indígenas que habían sido presentados al rey en Rouen, y a un criado suyo que había participado en la expedición del navegante Villegagnon (1510-1571).

Un precioso documento nos dice cómo se instruía en sus viajes. Sufriendo desde 1578 de cálculos en los riñones, había decidido tomar las aguas en el balneario de Luca en Toscana y en algún otro lugar. Salido el 5 de septiembre de 1580, se dirigió primero a París, para entregarle personalmente al rey Enrique III sus Essais, que le iban dedicados.

Estará de regreso el 30 de noviembre de 1581. Y en el transcurso de esos quince meses, primero dictó a un secretario y luego iba escribiendo él mismo, en francés y en un italiano detestable, un diario que un día será encontrado en 1770, en su château (propiedad entonces del conde de Ségur, descendiente de Éléonor de Montaigne). Eran las minuciosas anotaciones de un curista acerca de sus baños, los vasos de agua que tomaba, el aspecto de su orina, los cólicos que le hacían sufrir, las piedras que expulsaba…Pero aquellas curas duraron menos de tres meses, y Montaigne aprovechó, de hecho, aquel viaje para visitar Suiza, Baviera, Austria y la Italia del norte, y para pasar cuatro o cinco meses en Roma; y por todas partes observaba e interrogaba a la gente sabia, “les gens de savoir”, humanistas, cardenales, diplomáticos, jesuítas, pastores y rabinos. Y anotaba los aspectos del paisaje y los principales monumentos. Pero, lo que sobre todo le interesaba era cómo vivía y pensaba la población, lo que comía la gente y cómo se vestía; observaba las costumbres, la vida social, la galantería y cómo se adornaban las mujeres, y sentía curiosidad por las diversas formas de vida religiosa, tanto entre los protestantes como entre los católicos. Lo que su memoria retenía y anotaba en aquel diario, le servirá para la reedición de los Essais de 1588 y será objeto de una edición póstuma en 1774: “Journal de voyage”.

Y, habiéndole llegado a Luca la noticia de su elección como alcalde de Burdeos, Montaigne regresó para asumir su función. Su gestión en el cargo, donde permanecerá dos mandatos, de 1581 a 1585, será difícil, pero allí va a desempeñar un importante papel de moderación, en una ciudad donde el maréchal de Matignon, representante del rey de Francia en la Guyenne (lieutenant général du roi), el joven Borbón Enrique de Navarra y los representantes de la Liga se disputaban el poder.

En 1588, en el transcurso de un viaje a París es desvalijado y encerrado brevemente en la Bastilla en mayo, durante los disturbios protagonizados por Henri de Guise, los estudiantes, los burgueses y el pueblo católico de París, que llamaron “journée des Barricades”.

Pero también conoció, con ocasión de este viaje, a la joven intelectual Marie de Gournay (1565-1645), con quien (después, posiblemente de una relación amorosa), mantendrá en adelante una amistad fundada en la admiración y el respeto mutuos, de la que su esposa no parece haber llegado a sentir celos. Y será Marie -a quien el escritor considerará su “fille d’alliance” (Essais, II, 17), quien se ocupe de la primera edición póstuma de los Ensayos.

Henri le Béarnais, Enrique IV, “rey de Francia y de Navarra” subía, finalmente, al trono en 1589 y pudo entrar en su capital, después de haber abjurado del protestantismo: “Paris vaut bien une messe!”.

Montaigne será solicitado en el marco de la  nueva situación política; pero, carente de vana ambición, el autor de los Essais persistirá en su retiro, aun manteniéndole a la corona su fidelidad de buen gentilhomme. Desengañado de los hombres, escribirá en su libro: “A los reyes, les debemos sujeción y obediencia sin distinción, porque tiene que ver con su oficio, pero la estima y el afecto, sólo se la deberemos a su virtud”

Figura acabada de humanismo, de tolerancia y de sentido común, en la agitada e intransigente Francia que le tocó vivir, Montaigne morirá tres año después, el 13 de septiembre de 1592, victima de sus afecciones del riñón. Su esposa Françoise, que se ocupará de su memoria y de su obra, le sobrevivirá diez años.

La experiencia de la vida contemporánea que había adquirido, había venido a completar su cultura libresca. Se sentía orgulloso de poseer una de las más ricas bibliotecas de su tiempo, alrededor de mil volúmenes; y entre los que se han conservado, muchos aparecen abundantemente anotados; eran, sobre todo libros de historiadores antiguos y modernos, memorias, geografías, narraciones de viajes y obras de filosofía, de moral, de política; compilaciones (el neoplatónico Estobeo, Erasmo…), los grandes autores latinos, muy pocos griegos y siempre en traducciones latinas (Platon, Plutarco) o francesa (el Plutarco de Amyot); numerosos italianos, algunos poetas neolatinos y franceses; la Biblia, San Augustín, el predicador italiano Bernardino Ochino (convertido luego al calvinismo), y pocas obras de ciencia además de la monumental “Historia natural” de Plinio el Viejo.

Pero, entre las vigas de su “librairie”, entre sabias reflexiones y divisas de los clásicos, había escrito: Que sais-je? (“¿Qué es lo que yo sé?”), como lejano eco de Sócrates y a modo de escéptico y humilde recordatorio.

Lecturas, observaciones del mundo de su época e introspección, tales son los materiales inspiradores de los “Ensayos”

Su composición

Inicialmente, Montaigne había pensado en publicar cartas ficticias, pero luego escogió un título totalmente nuevo: “Essais”, palabra que tenía varios sentidos y que él interpretaba modestamente como “intentos” o “pruebas”.

El libro lo había esbozado a partir de 1571, y quedará en gestación durante cerca de una década. Y pasarán veinte años más entre aquel principio y las últimas aportaciones. Como su autor no suprimía lo que una vez había publicado, aparecen contradicciones en su contenido, particularmente en lo que concierne a la muerte. Sólo las ediciones comentadas nos permiten orientarnos hoy, distinguiendo por siglas las capas superpuestas.

Y, en el transcurso de los años, la técnica irá cambiando; en la primera edición de 1580 encontramos capítulos de algunas páginas, otros que equivalen prácticamente a un opúsculo y, en el libro II, la enorme “Apologie de Raymond Sebond”. Montaigne se inspira en las compilaciones de su tiempo, muy extendidas entonces; es posible que mantuviera un registro de “ejemplos y sentencias ordenados en lugares comunes”, como por ejemplo el capítulo “De la tristesse”, donde juxtapone anécdotas sacadas de la Antigüedad y de la historia moderna, con citaciones de poetas latinos y de Petrarca. Las reflexiones personales se reducen aquí a sólo unas líneas.

Pero Montaigne termina pronto por rechazar ese modo impersonal. Los capítulos se hinchan entonces, a imitiación de los tratados que componen las obras morales de Plutarco y que él leerá a partir de 1572 en Amyot. Animado por el ejemplo de Séneca, de Plutarco y de Horacio, multiplica las reflexiones propias, analiza sus sentimientos y evoca las circunstancias de su vida.

La “Apología…” es algo aparte: giraba en torno a la figura del médico y filósofo barcelonés del s. XV y de expresión latina que morirá en Toulouse, Raimundo Sabunde, que, en su “Theología naturalis” había pretendido conciliar razón y revelación. Pero Montaigne, en esta especie de pieza oratoria que muy poco tiene que ver con Raimundo Sabunde ni con su teología natural, rebajaba las pretensiones de la razón humana y reunía todo un arsenal de argumentos para el escepticismo: Sin la gracia divina, el hombre no tiene motivos para enorgullecerse, pues no es superior a los animales; la ciencia es incapaz de descubrir la verdad; la razón humana, que se apoya en nuestros sentidos imperfectos, no deja de variar, de error en error…

Para la ilación conceptual de los capítulos de 1580, que son de extensión media, podría pensarse en esquemas de encadenamiento a partir de una idea inicial (sentido lineal) o de radiación a partir de un centro. Montaigne elige una idea que le interesa, y luego pasa a una conexa;  cuando la ha agotado, pasa a otra con algo en común, o bien regresa a la idea central, con cláusulas como:“Pour revenir à mon propos”. Así, en la “Institution des enfants”, se distinguen varios núcleos: la elección y la tarea del preceptor; que conviene enseñar a razonar, más que acumular conocimientos; cómo enseñar la filosofía; la vida de colegio contrapuesta a la verdadera educación. En el capítulo de los Canibales, sostiene la tesis del Buen Salvaje y de la excelencia del estado de naturaleza, y toca de paso otras ideas, como el valor del testimonio, el descubrimiento de nuevos mundos, etc. ¡No le importan las rupturas, las digresiones o las repeticiones, con tal de acabar completando su idea principal y las colaterales!

Y en el interior de cada libro, constituye grupos de capítulos, donde el hilo conductor esta formado por una idea común, una conexión oblicua, o una palabra repetida.

Cuando componga el libro III, por evitar la sensación de pedantismo, o guardar una apariencia desenvuelta propia del gentilhomme (la buena hidalguía), Montaigne afectará una pauta cada vez más sinuosa. Será el lector quien deba hacer el esfuerzo para descubrir una cierta unidad bajo un título (p. ej. “Des boyteux”, sobre los cojos –Essais, III-XI-, que gira, sustancialmente, en torno a nuestros prejuicios y estereotipos, pero yendo de la reforma del calendario, a cómo se forman los rumores, y de las sentencias litigiosas a los curanderos y brujas;  o el largo ensayo “Sur des vers de Virgile”Essais, III-V-, que trata del amor, aunque básicamente del físico, encadenando matrimonio y amor, saltando de los ritos fálicos y las dificultades de la castidad, a los celos, la infidelidad y “el amor a la italiana”, etc.

Y algunos han pretendido reconocer en tal capítulo copioso, la tardía juxtaposición de varios desarrollos heterogéneos.  Incluso el de “Coches”(carruajes) contiene un tronco común que, es cierto, lanza inicios en todas las direcciones: les coches et moi (yo y el mareo, yo y el miedo, el error de Plutarco sobre el mareo en el mar, el error de Aristóteles sobre otro tema), los extraños carruajes de los emperadores romanos; el lujo en Méjico y el Perú (iniquidad de los españoles que les conquistaron, civilización refinada de los mejicanos), el lujo de la gran ruta peruana, la ausencia de carruajes entre los reyes del Perú…

El método de Montaigne

Montaigne es “la materia de [su] libro” (“le sot projet que Montaigne a eu de se peindre”(“el estúpido proyecto que Montaigne ha tenido de describirse a sí mismo” –dirá un día Pascal en “Pensées”, XXIV). Es cierto que usa y abusa de la falsa modestia de autor, exagera la antigüedad de su casa, hace creer que, como su padre, él también tenía amplia experiencia militar; y, en sus alegatos, recurre a argumentos más ingeniosos que convincentes, disculpa el ardor belicoso y la antropofagia de los caníbales, como cuando, en 1588, menciona los ritos sanguinarios de los indígenas americanos, en el capítulo de los “coches”, donde el paralelo entre ellos y los españoles se resuelve en beneficio de mejicanos y peruanos; tras lo cual convendría leer los últimos párrafos del capítulo “De la modération” (Essais, I-XXIX). Pero estas transgresiones suelen ser leves e infrecuentes. Respecto a sus aventuras amorosas, ha de reconocérsele una discreción que también observará Chateaubriand (al contrario de J.J. Rousseau). Y si descubrimos contradicciones entre dos pasajes de los Ensayos, es que son inherentes a la naturaleza de Montaigne es decir, a la índole humana.

En el s. XVII, Pascal y Port-Royal le reprocharán hablar de sí mismo complacientemente: nos dice que él apenas utilizaba cuchara ni tenedor, o que su barba era castaño oscuro, etc. Pero mientras los moralistas de su época representaban al hombre en general, Montaigne elegía a aquel individuo que él conocía mejor, su propia persona, para afirmar el carácter universal de su análisis, porque “cada hombre lleva en sí la forma entera de la humana condición”.

Montaigne conocía demasiado bien la interacción del cuerpo y del espíritu para estudiar únicamente en sí mismo el mecanismo de las ideas y de los sentimientos: y así, observa la repercusion sobre su estado de ánimo de una mala digestión, de la falta de sueño o de una enfermedad.

Los contemporáneos reconocieron el valor de esa minuciosa introspección; eran los mismos que repetían con Pitágoras y Ovidio que, en el mundo, todo estaba en perpetuo cambio, pero no habían aplicado ese axioma al corazón humano. Montaigne innova pintando los cambios de su yo, naturalmente inestable y removido “por el viento de los accidentes”.

Tras la publicación de su libro, se ha pretendido muchas veces incluirle en un sistema filosófico; y en el s. XX se han distinguido tres épocas en su evolución intelectual: el estoicismo, la “crisis escéptica”, y el epirureísmo o naturismo. Es cierto que Montaigne participó de la afición de su contemporáneos por las obras en prosa de Séneca, imitó sus frases y sus sentencias concisas, sabía de su conocimiento del alma humana y de su rigurosa moral; como otros escritores de su tiempo, también él aprobaba el suicidio heroico, como el del político Catón de Útica; pero sabía que las opiniones del romano cordobés eran una mezcla de estoicismo y de epicureísmo, y en esos dos sistemas filosóficos él se interesaba sólo por la moral. Montaigne fue más senequista que estoico.

En una época en que la multiplicación de libros permitía ya conocer las costumbres de otros países y confrontar cien doctrinas filosóficas que se oponían unas a otras; en que las guerras civiles revelaban bruscamente la crueldad de la gente que se decía civilizada, Montaigne meditaba en su château: el humanismo fundado en la ciencia y en la razón parecía haber fracasado. Algunas conversaciones y lecturas de obras filosóficas desarrollarán en él esa tendencia.

De ahí saldrá el manifiesto de escepticismo que es la Apologie de Raymond Sebond; palabras de sentido parecido vuelven una y otra vez: cuider (creer excesivamente en sí mismo, ser presuntuoso), présomption, outrecuidance (fatuidad, osadía…), vanité, etc. “La peste del hombre es la opinión de querer saber”, así como la confianza en nuestra razón, llena de soberbia; por eso Montaigne condenaba las nouvelletés, como se decía entonces (las novedades, cuyo origen se halla en el orgullo humano), porque arruinan la religión y al Estado. Y, pensando en las desgracias de la Francia de su tiempo, condenaba la herejía protestante, aun cuando mantenía relaciones corteses y hasta cordiales con personalidades y parientes suyos hugonotes.

Pero, al hablar del “escepticismo” de Montaigne, conviene marcar los límites, pues no se extendía a las materias de fe; afirmaba incluso que la doctrina de Pirrón prepara al hombre a “recibir la ciencia divina”.

Después de haber despejado el terreno, Montaigne nos propone un método de conocimiento y un modo de vivir.

Aprendamos a “trier le vrai” (a entresacar la verdad); el autor de los Ensayos nos previene contra las causas del error y los prejuicios. Antes de remontar a las causas, examinemos de cerca las cosas: la famosa página de Fontenelle sobre el diente de oro hubiera podido ser escrita por Montaigne.

Método del conocimiento, que aplica únicamente a las cosas humanas. De las matemáticas, la astronomía, o las ciencias naturales no se preocupa. Los sabios de su tiempo que rechazaban la autoridad de los Antiguos cuando ésta entraba en contradicción con la observación, y que preparaban la vía a Bacon y a Galileo, están ausentes de los Essais. Excepcionalmente, menciona la tesis heliocéntrica de Copérnico, pero no le interesa que sea este sabio o Tolomeo quien tenga razón. En su programa de educación, las ciencias ocupan únicamente dos líneas. Y en ese punto, se distingue de los contemporáneos de Rabelais y se asemeja a los moralistas del s. XVII, que tomarán al ser humano como el único objeto de estudio.

Muchos humanistas del s. XVI, entre otros un Erasmo, un Rabelais, habían aconsejado “suivre la nature”. Para Montaigne, puesto que la naturaleza ha sido creada por Dios, sus leyes y su “générale police” son de origen divino y el hombre ha de aceptar las obligaciones que imponen; y atacaba la medicina que pretende corregir a la naturaleza, aun mostrando cierta confianza en los remedios naturales, como los baños de aguas termales.

Hemos sido dotados de un alma, de un cuerpo y de tendencias innatas. Debemos, pues, conocer nuestro yo y saber “gozar lealmente de nuestro ser”, a fin de utilizar mejor esas tendencias, en vez de ir contra ellas. Y este cuerpo, también hemos de cuidarlo y desarrollar sus fuerzas, puesto que el ser humano aspira naturalmente a los placeres, que “son necesarios y justos”. En 1588 Montaigne emplea la misma expresion que ese sexagenario que era Ronsard: aprovechar las ocasiones de placer, pero sin abusar; y, como el poeta de la Pléiade, podría decir:

Je les ai tous goûtés, et me les suis permis,                  Los he gozado todos y me los he permitido

Autant que la raison me les rendait amis   En la medida en que la razón me los presentaba como amigos

Entre ellos, sin duda, el placer sexual, a cuyo objeto dedicó numerosas reflexiones. No sólo le consagró en el libro III un abundante ensayo, sino que ya habla de ello con alguna frecuencia en la “Apología”, y siempre con cruda franqueza.

Según él, los estoicos se equivocan cuando niegan el dolor, y ya no repetía con Séneca que hay que pensar constantemente en la muerte; en 1588 recomendaba el método de diversión: alejemos de nuestro pensamiento el sufrimiento y la muerte y, en vez de combatir de frente una pasión, evitemos las causas que la hacen surgir.

El arte de vivir, o visión de la vida de Montaigne:

Esas ideas inspiraron la doctrina pedagógica que Montaigne hacía explícita desde 1580. El hijo de Charlotte-Diane de Foix, condesa de Gurson (dama a quien fue dedicado el XXVI libro de los Ensayos, sobre la educación de los niños: “De l’Institution des enfants”), no viviría en el estado de naturaleza, como lo hacían los pequeños caníbales, pero su preceptor habría de darle resistencia física, revalorizar sus facultades naturales, enriquecer el conocimiento de su entorno y no atiborrar su memoria de ciencias inútiles; los hechos cotidianos, el comercio de los hombres, la conversación y los viajes concurrirían a la formación del juicio de su alumno. Y entre los libros que ese muchacho debería leer habrían de encontrarse historias del tiempo pasado, porque en ellas aprendería la vida de los hombres; eran, todas ellas, ideas ya dispersas en diversos lugares como “Des menteurs”, “De l’affection des pères aux enfants”, “De la ressemblance des enfants aux pères”, “Du pédantisme”, “De la modération”

Y se preocupaba menos por el bienestar social, que por la felicidad individual, repitiendo que debemos prestarnos a los demás, para darnos únicamente a nosotros mismo. Sin embargo, en las difíciles circunstancias de su época (guerras de Religión), su autor decía profesar respeto por todos los hombres, porque todos han sido creados por la Naturaleza, y a todos consideraba sus compatriotas. En su libro resulta manifiesta su voluntad por preservar la autonomía de la conciencia, censurando que pretendamos imponer nuestras opiniones, o convertir a nadie por la fuerza, y fue uno de los pocos hombres de su siglo en condenar la “question” (tortura).

Y esa humanidad de la que los Essais está cargado se alía a su sentido común para reprobar los procesos por brujería que, en su tiempo, vinieron a causar la muerte de miles de hombres y mujeres. Conocemos con qué elocuencia estigmatizó la actividad de los españoles en el Nuevo Mundo.

El ideal de vida que Montaigne esbozaba en el libro III (De l’utile et de l’honnête…; De l’art de conférer…; De la vanité…), tendrá un nombre en el siglo siguiente: “honnête homme” (“caballero discreto y prudente”). Siguiendo los tratados italianos de civilidad, recomendaba la conversación fluida y sin pedantismos y el cortés deber de hospitalidad. Sabía que él no podría elevarse  a la grandeza de alma de la que Étienne de La Boétie había dado pruebas al morir, que no sería ni Catón ni Sócrates, pero se esforzaría por alcanzar el entre-deux.

A ese arte de vivir vendrá a unirse, en los últimos años de su vida, un arte de envejecer y de morir, porque “philosopher c’est apprendre à mourir” (Cicerón a Bruto). No se hacía ilusiones respecto a la decadencia física ni sobre la mentalidad de los viejos; privado por la edad y los achaques, gozaba de los últimos placeres que la existencia podía ya darle, y se consolaba con el recuerdo de los que había tenido. Afectado por una enfermedad dolorosa e incurable, se esforzaba por no fatigar a su entorno con sus lamentos, y por conservar una serenidad sonriente y de buena compañía. Sus repetidas crisis le iban acostumbrando a la idea de la muerte.

Montaigne y la religión

Algunos han sostenido que las fórmulas religiosas diseminadas en los Ensayos sólo eran pura hipocresía y servían para enmascarar un ataque sistemático contra el cristianismo. Otros, por el contrario, casi parecen confundirle con su piadosa sobrina Santa Jeanne de Lestonnac (1556-1640), fundadora de la Compañía de María.

Pero en su vida privada, ninguna duda debiera subsistir: Montaigne observaba las prácticas de la religión católica, y lo que sabemos de su muerte viene a dar testimonio de su piedad; a los protestantes les reprochaba el romper la tradición establecida, como también criticaba a los malos cristianos Y son numerosos los pasajes de los Essais en los que expresa ideas ortodoxas sobre la Providencia, sobre la Gracia, sobre los deberes hacia Dios o sobre la oración. La Apologie de Raymond Sebond, se inscribe en la corriente fideísta de su tiempo según la cual la razón humana es incapaz de alcanzar la verdad: únicamente la Fe, auxiliada por la Gracia, puede lograrlo. No sólo el teólogo Pierre Charron (1541-1603), que se inspirará en los Essais para su Traité de la Sagesse, sino San Francisco de Sales, el obispo Camus y Pascal le citaron o imitaron.

Pero la moral que practicaba o enseñaba Montaigne estaba preparando, sin pretenderlo, una moral laica, fundada en las tendencias naturales y en el sentido común. No ignoraba la opinión de los teólogos acerca de la muerte, de la enfermedad, del dolor, de la concupiscencia o de la contrición, pero él profesaba otra más adaptada a su temperamento; hablaba del pecado original, del más allá, o de la condena eterna, pero no parecía que esas creencias fueran a condicionar sus posiciones.

Empapados de literatura pagana, no eran pocas las mentes que aplicaban en su vivir la moral estoica o epicúrea, aun continuando fieles a las prácticas y creencias católicas, y ello para escándalo de Pascal y de los jansenistas.

Los Ensayos ante la posteridad

Salvo entre 1669 y 1724, los Essais no han dejado de ser reeditados. Figuran en la mayor parte de los catálogos que se han podido establecer de bibliotecas privadas. Cuántas mentes -comenzando por Mathurin Régnier, ese gran opositor al reclutamiento clásico de los Malherbe-, bebieron en ellos buscando ideas y fórmulas.

En la época del neoestoicismo, Florimon de Raymond, amigo de Montaigne, veía en él a un maestro de la filosofía estoica y cristiana, y otros se apoyan en el esceptico griego Sexto Empirico y en la Apología… para combatir a los protestantes y a los racionalistas: Pierre Charron y, en su juventud, Pierre Camus, obispo de Belley y discípulo de San Francisco de Sales, utilizaron la “sceptique chrétienne”.

Pero aquel escepticismo podía conducir a la duda de toda religión. La gente del s. XVI creía fácilmente en los prodigios, y las críticas de Montaigne bien podrían ser aplicadas también a la noción de milagro. Después de San Francisco de Sales y Camus (que, en su edad madura, lo rechazará), los medios eclesiásticos dejaron de ensalzar a Montaigne y, como podía esperarse, los libertinos tomaron entonces a los Essais, por su libro de cabecera: Vauquelin des Yveteaux (1567-1649), La Motte Le Vayer (1588-1672), Gabriel Naudé (1600-1650), Guy Patin (1601-1672), Saint Évremond (1614-1703), Ninon de Lanclos (1616-1706)…

En el s. XVII, Pascal aprueba y utiliza la “Apologie de Raymon Sebond”, pero condena la moral practicada por Montaigne. Los jansenistas Nicole y Arnauld no se mostraban menos severos acerca del escepticismo y la moral de Montaigne; y, coincidiendo con Pascal, Malebranche (1638-1715) calificaba su vanidad como “haïssable” (odiosa); el gran Bossuet, obispo de Meaux, sólo habla de él para criticarlo. Y  en 1676 los “Ensayos” fueron puestos en el Índice de libros censurados por la Iglesia católica.

En la Inglaterra anglicana aquella obra no suscitó tan agrias discusiones. Desde 1597, Bacon naturaliza en su país la palabra “essai”, y el género se desarrollará allí mucho antes que en el continente. Shakespeare y sus émulos utilizan la traducción publicada por Florio en 1603; y aquí también los deístas le tomarán argumentos a Montaigne.

Llegó el s. XVIII, y en Francia los escritores de la Ilustración se encaprichan con Montaigne; más de uno lo enrola entonces en la cruzada general contra la “superstición”; así Voltaire dirá en la 25 de sus “Lettres Philosophiques”: “Filósofo entre los fanáticos, Montaigne, decribe bajo su nombre nuestras flaquezas y nuestras locuras, y siempre será querido”. Y Jean-Jacques Rousseau coge prestadas buena parte de sus ideas pedagógicas al autor de l’Institution des enfants, y también al inglés Locke (él mismo lector de Montaigne).

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

VILLEY, Pierre: Les Essais (édition conforme au texte de l’exemplaire de Bordeaux, con las adiciones de la edición póstuma, por –, bajo la dirección y con prefacio de V.-L. Saulnier; P.U.F., 1988 y 1999.
También de VILLEY, P.: Montaigne et François Bacon; Revue de la Renaissance, 1913, y Les Essais de Montaigne; Nizet, 1972

AULOTTE, Robert: Études sur les Essais de Montaigne; Europe Éditions, s.f.
BAKEWELL, Sarah: Comment vivre? Une vie de Montaigne en une question et vingt tentatives de réponse (traducido del inglés al francés); Le Grand Livre du Mois, 2013. Versión española, ¿Cómo vivir? Una vida con Montaigne en una pregunta y veinte intentos de respuesta; Ariel, 2011.
BARDYN, Christophe:  Montaigne. La splendeur de la liberté; Flammarion, 2015.
BRUNETIÈRE, Ferdinand: Études sur Montaigne (1898-1907); París, Champion, 1999.
DESAN, Philippe: Dictionnaire de Michel de Montaigne, publicado bajo la dirección de –; edición revisada, aumentada y corregida; Paris, H. Champion, 2007. También:  Montaigne, une biographie politique; París, O. Jacob, 2014.
LAZARD, Madeleine; Michel de Montaigne; Fayard, 1992.
NAKAM, Géralde: Montaigne et son temps. Les événements et les “Essais”; Nizet, 1982.
ZWEIG, Stefan: Montaigne; traducido del alemán; PUF, diversas ediciones desde 1982.

En español:

CHAMIZO DOMINGUEZ, Pedro José: La doctrina de la verdad en Michel de Montaigne; Univ. De Málaga, 1984.
HENNIG, Jean-Luc: De la amistad extrema: Montaigne et La Boétie; Ariel, 2016
RAGA ROSALENY, Vicente: Escepticismo, ironía y subjetividad; Univ. De Valencia, 2011.
RIOPÉREZ Y MILÁ, Santiago: La voz española de Montaigne: Azorín; Ediciones 98, 2011.

Deja un comentario