Catedral de París (Notre-Dame)

Con más de ocho siglos de existencia, la catedral de París es uno de los más emblemáticos monumentos de la capital de Francia. Los historiadores suponen que sus obras comenzaron en marzo de 1163, y su construcción, desde entonces y hasta más allá de 1245, tiene lugar en un momento clave de la historia de la ciudad y del reino.

La paz empezaba a irradiar sus beneficios sobre capas cada vez más extensas de la población, con el final de la anarquía feudal: la capital se enriquecía, los campos volvían a animarse con una población en  crecimiento, las abadías roturaban sus campos y los recursos del obispo de París aumentaban también.

Y la fama intelectual del capítulo de Notre-Dame, rebasaba ya las fronteras. El nivel de su enseñanza venía fomentando la concentración de colegios en la margen izquierda del Sena (la rive gauche), coadyuvando a la paulatina irradiación espiritual e intelectual de la capital en toda la cristiandad.

Y el poder real se iba consolidando, particularmente, tras el advenimiento de Philippe Auguste, empeñado durante su reinado en desarrollar la capital y hacerla segura y próspera, protegida por un macizo recinto amurallado, en su lucha contra los Plantagenêt.

Más dinero, más clérigos, más fieles, y unos reyes protectores, eran las condiciones idóneas para emprender aquella increíble construcción: la mayor catedral –decían-, que se levantaría en ese nuevo y novedoso estilo, aparecido en l’Île de France.

Y es que, desde los últimos decenios del siglo XII, una nueva forma de construir había irrumpido con fuerza, surgida en la cuenca de París, Île-de-France (con la remodelación de la vieja abadía de Saint-Denis, con Suger, entre 1130 y 1140, y en la catedral de Sens, al SE de París, comenzada hacia 1130), y que conocían ya por style français. Esa que -después de un primer empleo por Vasari, con intención peyorativa, en el siglo XVI-, comenzarán a llamar, a partir de los años 20’ del siglo XIX, con el término ahora especializado de “gótico” (en oposición al “románico”), No tardará en saltar a Picardía, Borgoña, Champaña, Inglaterra y España, adquiriendo en cada lugar matices particulares.

A la sobriedad escueta del primitivo estilo –en el que predominaban las masas sobre los vanos al exterior-, sucedía ahora el ansia por la verticalidad. Aunque se verán espléndidos ejemplos en iglesias, abadías y claustros, será sobre todo en las catedrales donde va a alcanzar su expresión más plena esta nueva forma esbelta, fina y expresiva de construir, que parecía desafiar las leyes de la gravedad, levantando altos pilares entrecruzados en la parte superior de las bóvedas en forma de ojivas –patrón originario que, con el tiempo y a partir del primer gótico, irá enriqueciendo la traza de su nervatura con fines decorativos-. El arco apuntado, que aseguraba presiones laterales menores que el de medio punto, va a ser uno de los elementos más característicos, a pesar de que él también pueda variar con el correr del tiempo en su propio perfil (arco Tudor, arco conopial, o arco rebajado carpanel del último gótico). Además, la gran altura que van a adquirir los nuevos templos hará que se desechen en el exterior los pesados estribos de la vieja arquitectura, creándose un nuevo juego de contrafuertes y arbotantes (apoyados estos, generalmente, en el arranque de la bóveda de ojiva), para formar una dinámica armadura de piedra. Los altos arbotantes, ademas de su función mecánica, tenían también la subsidiaria de canalizar el agua de lluvia procedente de las bóvedas, como las gárgolas.

Todo ello va a permitir, al fin, disminuir el espesor de los muros y -buscando crear interiores aéreos y luminosos-, abrir grandes ventanales en la fachada frontal y en las laterales, en forma de rosetones –elemento plenamente introducido a partir de 1230-, y vidrieras de vivos colores, que vendrán a instruir sobre las Sagradas Escrituras a aquellos fieles, mayoritariamente analfabetos.

Durante el posterior apogeo del siglo XIII y más allá, hasta llegar a la versión del flamígero o florido (flamboyant), con ornamentación exuberante, la arquitectura de estos prestigiosos templos (erguidos en el centro de las ciudades para la nueva burguesía de comerciantes, artesanos y gremios), irá desarrollándose frecuentemente con altas flechas, ricamente adornados en el exterior con esculturas y estatuas naturalistas y, en el interior, con capiteles, arquivoltas y baquetones –molduras decorativas y estructurales- (por no citar aquí las tapicerías, pinturas, sillerías de maderas nobles, orfebrería y ornamentos de iglesia), que aliaban el sincero sentimiento cristiano de aquella sociedad con la idea de magnificencia y de grandeza para mayor honra de Dios.

Y la planta de una iglesia gótica presentaba, a ambos lados de la ancha nave central, otra nave más estrecha, a veces dos -absorbiendo generalmente, en este caso, por el exterior, los extremos de los brazos del crucero-, a lo largo de las cuales iban sucediéndose, en tramos sucesivos, las nuevas bóvedas de crucería.

Para llevar a cabo tan ambicioso proyecto, era también necesaria la presencia de un obispo lo suficientemente visionario como para aceptar lanzarse a esta aventura. Aun cuando algunos piensan que la primera piedra se puso antes, fue Maurice de Sully (1120-1196) el personaje determinante, cuando en 1160 accedía al gobierno de una de las más poderosas diócesis de Francia (sufragáneo, no obstante, del arzobispo de Sens), y allí permanecerá hasta su muerte. Maurice de Sully era un hombre de fe, con un desarrollado don de gentes y buen comunicador, cuyos apreciados sermones le llevaron incluso hasta Inglaterra. De modestos orígenes (su padre había sido campesino y su madre vivía de la leña del bosque), había  sido acogido en una comunidad benedictina y había estudiado luego teología en París, como estudiante pobre, deambulando por el que llamaban “barrio latino”. Maurice entra en religión, y su inteligencia, unida a su humildad, le abren las puertas del prestigioso capítulo de Notre-Dame, que acaba eligiéndole obispo; y en ese cargo dará brillantes pruebas de pragmatismo y excelente administración. Cuando se hace cargo del obispado (sólo bajo Richelieu, en el s. XVII, París será arzobispado), la ciudad contaba ya con una catedral románica, Sainte-Marie en la isla de la Cité, y tenía también otra iglesia dedicada a Saint-Étienne (San Esteban), ámbitos religiosos que ya no alcanzaban a acoger un número cada vez mayor de fieles, sin considerar el nuevo brillo que se buscaba para la sede episcopal de la capital del reino, por razones políticas, de prestigio y de rango.

Mientras Sully comienza a gestionar sus recursos para su financiación continuada, las obras se inician rápidamente –a partir de 1162 para los cimientos-, siguiendo los planos iniciales perdidos de un maestro de obras, un tal Ricardus, que tendrá, al menos, cuatro continuadores, como aquel Jean de Chelles que dejó mención esculpida al pie de la fachada sur del crucero, hacia 1255.

Para traer los materiales será necesario abrir una nueva calle de más de 70 m: la rue Neuve Notre-Dame, de seis metros de ancho, a través de una manzana de casas situada frente por frente de de la catedral (calle que los revolucionarios de 1793 renombrarán rue de la Raison, desaparecida en la segunda mitad del s. XIX con la creación del amplio parvis o antetemplo). Y en la primavera de 1163 -dicen las crónicas-, con ocasión de su huída a Francia y su paso por París, llegó el papa Alejandro III para poner la primera piedra del edificio.

En 1177 el coro estaba construido; y el altar mayor, concluido ya, fue consagrado por el legado del papa en 1182. (Isabel de Hainaut, joven esposa de Philippe Auguste, será enterrada aquí a su muerte en 1190).

A partir de 1190 se acomete la fachada oeste o principal: en 1210 será la portada Sainte Anne a la derecha; en 1220 vendrán el gran portail du Jugement (portada del Juicio), en el centro, y el rosetón; y en 1225 la portada du Couronnement de la Vierge (de la Coronación de la Virgen) a la izquierda.

El obispo había muerto en 1196, pero, ya para entonces, tres cuartas partes de la nave principal estaban levantadas. Allí se instalará enseguida la célebre escuela musical de Notre-Dame, uno de cuyos primeros maestros fue magister Leoninus, que ejerció en la segunda mitad del s. XII, y Pérotin, que le siguió. Larga serie secular de notables músicos, que registrará nombres como André Campra, maestro de capilla aquí a finales del s. XVII; Félix Danjou organista  hacia mediados del s. XIX; Louis Vierne, que lo será desde 1900 hasta su muerte en 1937; o Pierre Cochereau, titular del gran órgano (1955).

Y en 1239, ya bajo el reinado de Louis IX (San Luis, 1214-[1226-1270]), Notre-Dame acogerá la preciosa reliquia de la corona de espinas que Cristo habia ceñido en su sién de hombre -para la cual será muy pronto erigido un espléndido receptáculo, la Sainte-Chapelle-.

La mayor parte de la inmensa obra de Notre-Dame,construida a tres niveles, salvo el transepto-, concluye en torno a 1245, aunque los trabajos continuaron hasta 1345. Pierre de Montreuil (ca.1200-1267) sucede  Jehan de Chelles en 1265 y termina el transepto sur; y Pierre de Chelles (hijo del Jehan de Chelles) será el autor de las 29 capillas que rodean la nave, alojadas entre los contrafuertes y que construirá entre 1296 y 1320.

Notre-Dame presentaba una planta de cruz latina, con un transepto no aparente, gracias al sistema de arbotantes y contrafuertes que lo enmascaran por fuera, con el portal de Saint-Étienne  al sur, y el de la rue du Cloître al norte. Adosada a esa planta original, vendrá a añadirse en el s. XIX la construcción por el exterior de una nueva sacristía, a la derecha de la portada de Saint-Étienne.

Con un total de 113 aberturas (permitido por el nuevo sistema constructivo), la longitud total de la catedral era de 130 m, su anchura de 48 m, y la altura interior de la nave central bajo bóveda, de 33 m. Las dos torres cuadrangulares orientadas hacia el oeste, de una altura de 69 m, fueron elevadas entre 1220 y 1250, instalándose entonces las campanas de bronce que el Quasimodo hugoliano tañera, para marcarle a la población las horas que ritmaban la vida de la ciudad y los oficios divinos.

El rosetón de la fachada oeste principal presentaba un diámetro de 9,30 m, y los dos rosetones de las fachadas norte y sur 40 cm más.

Pero esta admirable fachada de Notre-Dame del primer período del gótico seguía presentando una silueta maciza, pese a su simplicidad y su armonía generalmente reconocida; las ojivas de las tres portadas se dibujan claramente en el muro y, por encima, una hilera de estatuas contienen la galería de los reyes de Judea, destruidas bajo la Revolución por confusión con los reyes de Francia (las que actualmente se ven pertenecen a la restauración de Viollet-le-Duc); la segunda planta, ligeramente retraída, es ocupada por el gran rosetón en el centro y dos ventanales iguales a ambos lados; el tercer piso una galeria calada une las dos torres que vienen a oponer, finalmente, su verticalidad al horizontalismo general.

Los trabajos habían sido financiados por el obispado, los canónigos, el rey y los fieles.

Robert de Sorbon no tardará en abrir el colegio para clérigos seculares y estudiantes en teología que llevará su nombre, Sorbona.

Notre-Dame, a través de la historia de Francia:

Desde la época de San Luis hasta hoy, la catedral de París ha servido de marco a todos los grandes momentos de la historia de Francia: matrimonios, homenajes, acción de gracias, consagraciones o funerales. Y acogió el proceso de rehabilitación de Juana de Arco. Delante de su pórtico, el protestante Enrique de Navarra, futuro Henri IV, se desposará con su prima Marguerite de Valois.

El 10 de noviembre de 1793, bajo la Revolución, en la ci-devant catedral de Notre-Dame, ahora Temple de la Raison, se celebró una ceremonia dedicada a la diosa de idem, mientras una bailarina de la Ópera, sentada en el altar, pretendía encarnar la Libertad. La Comuna aprobaba, pero ya Dantón y Robespierre consideraban que se estaba yendo demasiado lejos por el sendero del ateísmo.

Privada de culto entonces, recobrará su prístina vocación acogiendo la coronación de Napoleón.

Pero será necesaria toda la magia de una novela popular “Notre-Dame de París”, para que de nuevo Francia se reapropie la catedral y la vuelva a situar en el corazón de la Historia.

Y es que, erigiéndose en el mismo centro de la capital, sobre la pequeña isla de la Cité, bendecida por Alejandro III, apadrinada por un rey, el Capeto Louis VII, ¿cómo no iba a simbolizar el nuevo y sólido poder temporal y espiritual?

El obispo de París tenía rango de barón, dominaba tierras y bosques en torno a la Capital, y ejercía su derecho de justicia señorial, para convertirse, paulatinamente, en uno de los personajes más influyentes del reino, yendo incluso, en ocasiones, hasta gestionar los asuntos corrientes en caso de ausencia del monarca, como un primer ministro interino. Es cierto que el soberano residía a pocos metros de allí, en el extremo de esa Île de la Cité, en un refinado palacio, dotado de un espléndido jardín que daba al Sena, a la espera de alojarse en el del Louvre, a partir del s. XIV.

La catedral, ámbito muy apropiado para recibir al pueblo de París, con su capacidad de hasta 9.000 personas, se convierte, por así decirlo, en la parroquia del rey, y aquí van a celebrarse fiestas espirituales y celebraciones. Pero su rango seguía siendo precario y debía luchar constantemente con la muy influyente abadía de Saint-Denis (pronto habrá de aceptar también la “competencia” de la vecina Santa Capilla, que San Luis erige).

Porque, uno de los primeros actos significativos de su historia fue, sin duda, la recepción de la corona de espinas, comprada a desorbitado precio por Luis IX, futuro San Luis, a unos banqueros venecianos que la poseían en prenda de cierta deuda.

En agosto de 1239, la inestimable reliquia llegó a París; y en el marco de una solemne procesión se vio al joven rey de Francia, entonces con 25 años, descalzo y cubierto por una simple túnica, llevar la corona de espinas entre sus manos, entrar en Notre-Dame, y depositarla ante el altar mayor, expuesta  a la veneración de los fieles.Y allí permanecerá durante unos años, antes de ser llevada a la joya gótica de la Sainte-Chapelle, edificada en el lapso de tiempo, inverosímilmente breve, de diez años.

“Nuestra Señora de París” pierde entonces la carrera de las reliquias, para permanecer, en adelante, como símbolo del poder: En 1302, el rey Philippe IV le Bel (Felipe el Hermoso, 1268-[1285-1314]), en conflicto con el papado decide reunir a sus apoyos, convocando los primeros Estados Generales del Reino en la catedral. Aquella asamblea reconoció la autoridad del rey por encima de la espiritual; y los papas irán aceptando, no sin fricciones, la nueva relación de fuerzas en el Occidente cristiano.

Y es que, como el papa, también los reyes eran considerados vicarios de Cristo en la tierra, y su justicia se confundía a menudo con la de los prelados: Cierto día de marzo de 1314, los parisienses vinieron a agolparse delante del pórtico de Notre-Dame, para oir la sentencia pronunciada contra Jacques de Molay, Gran Maestre de la Orden de los Templarios, cuya pérdida deseaba Philippe le Bel. Detenido en octubre de 1307 y condenado luego a cadena perpetua –lo que, a menudo, suponía la muerte a plazo-, en marzo de 1314 Moley se retracta: “¡Nuestra orden es pura y santa…y las confesiones obtenidas absurdas y falsas!”. Declarado relapso, el obispo no podía más que entregar al último Gran Maestre al brazo secular y a la hoguera, que se encendía esa misma tarde, en l’île des Juifs, a unos metros de Notre-Dame, y al pie del actual Pont Neuf.

Era papa Clemente V, que prefirió, al final, acomodarse con el poderoso rey de Francia.

Mientras el reino salía de la desastrosa guerra de los Cien Años a finales de la Edad Media, la catedral de París se estaba convirtiendo en el símbolo de una cierta unidad. Juana de Arco liberaba Orleáns de los ingleses, y las ciudades al norte del Loira irán cayendo unas tras otra en poder del joven rey de Bourges. Charles VII (1403-[1422-1461]), decide celebrar sus victorias y la recuperación del reino con grandes procesiones: en 1449, centenares de niños vestidos de blanco con un cirio en la mano recorren la nave principal de la catedral como señal de acción de gracias ante la corte postrada en oración. Y seis años después, una vieja campesina tomaba la palabra bajo aquellas bóvedas para defender la memoria y el honor de su hija. Es entonces cuando se abre el proceso de rehabilitación de la Pucelle (la Doncella), condenada por la Iglesia y quemada en Rouen por los ingleses en 1431. Notre-Dame se convierte en el templo y en el corazón de un país que renace de sus cenizas.

Días de pìedad y tiempos sombríos, pero también horas festivas, como sucede con ocasión de los enlaces reales, celebrados con tañidos de campanas por encima de los tejados de París (aun cuando algunas de aquellas uniones no hayan sido felices luego). En abril de 1558, la joven Maria Estuardo, reina de Escocia se desposaba con el delfín, el futuro François II; pero en menos de tres años, ella se verá reina de Francia y viuda.

Y en 1572, fue el caso de Marguerite de Valois, la muy católica hermana de Charles IX, que se desposaba con el protestante Enrique de Navarra; pero los parisienses no veían con buenos ojos esa alianza, auspiciada por la reina madre Catalina de Médicis, en uno momento en que las guerras de religión dividían a Francia. El intercambio de consentimientos tuvo lugar en un estrado, espléndidamente engalanado y levantado en el antetemplo de Notre-Dame, adonde no habrían de acceder los reformados –según pacto entre ambas partes-. Desposorios políticos pronto convertidos en tragedia, con la próxima y terrible Nuit de Saint-Barthélemy (noche de San Bartolomé), del 24 de agosto siguiente.

El mismo Henri de Navarre, ya Enrique IV de Francia, después de haber abrazado la religión católica, volverá a este mismo pórtico para darle gracias a la Virgen Nuestra Señora y ganarse así el corazón de los parisienses. Porque orar en Notre-Dame era también asentar su poder sobre la muy católica capital de Francia.

La tradición perdurará y se amplificará en los siglos siguientes. Los reyes vienen a presidir un Te Deum después del regreso de cada coronación en Reims, y con ocasión de todo gran acontecimiento: acogida de soberanos extranjeros, firma de tratados, alianzas matrimoniales y nacimientos, entrada oficial en París de una nueva reina, victorias militares…

Luis XIII y luego Luis XIV introducen también la costumbre de hacer exponer en la nave central las banderas tomadas al enemigo. Y así fueron celebrados casi tres siglos de Te Deum durante el antiguo Régimen, el último de los cuales fue con motivo del nacimiento del duque de Normandia, hijo de Luis XVI (teórico Luis XVII, que morirá huérfano en la prisión del Temple).

Pero también los cuerpos de los reyes empezaron desde muy temprano a pasar previamente por Notre-Dame, antes de ser trasladados a Saint-Denis; y numeros personajes eminentes, príncipes o altos dignatarios de la Iglesia tuvieron aquí funerales grandiosos.

Así, Notre-Dame de París ha llegado a imponerse como la gran parroquia de Francia, privilegio que irá confirmándose a lo largo del s. XIX, después del paréntesis de la sangrienta Revolución, a la que el monumento sobrevivió casi de milagro –nunca mejor dicho-, sabiendo que, en algún momento, los enragés habían pensado en utilizarlo como reserva de piedra de construcción.

Cuando Napoleón decide hacerse coronar como nuevo emperador de los franceses, no podía ir al Reims de la vieja dinastía, ni al Aquisgrán de los emperadores germánicos, y pensó naturalmente en la catedral de París, tan cercana a las Tullerías, capaz de albergar la gigantesca escenificación imaginada (¡aun cuando tanto en el interior como en el exterior todo fueran arco de triunfo, decorados de cartón, blasones y emblemas del nuevo Imperio, enmascarando el gótico del tiempo pasado, bajo la desolada mirada del papa Pío VII!).

Habrá que esperar a 1831 y la publicación de la romántica Notre-Dame de París de Victor Hugo para que la catedral vuelva a recuperar realmente el favor de los parisienses. Luego vendrán sucesivas renovaciones y reformas, comenzando por las importantes de Viollet-le-Duc desde 1845 a 1864 (algunas muy discutidas), para intentar volver a darle su antiguo esplendor, salvo la policromia de las fachadas.

Y serán entonces las grandes liturgias bajo Napoleón III: Te Deum con motivo del gran plebiscito, o con ocasión de su enlace con Eugenia de Montijo, y coincidiendo con el bautismo del príncipe imperial, o como acción de gracias tras la toma de Sebastopol (1855).

 La caída del Segundo Imperio apenas vino a cambiar la situación, pues el régimen republicano toma ahora el relevo, limitándose, eso sí, a los grandes funerales nacionales, como los de Adolphe Thiers en 1877, o del asesinado Sadi Carnot en 1894; y la catedral se convierte entonces en receptáculo de un gran duelo colectivo.

Bajo la V República perdura el símbolo. De Gaulle manda celebrar un Te Deum con ocasión de la liberación de París; y, llegado su último momento, los grandes de este mundo se reunirán en la catedral en torno a su memoria (noviembre de 1970), mientras su cuerpo recibía sepultura en Colombey-les-deux-Églises; también Georges Pompidou recibirá aquí postreros honores en abril de 1974; y el socialista François Mitterand, enterrado en Charente al tiempo que una ceremonia se celebraba en Notre-Dame en su memoria (enero de 1996). Desde entonces, no ha habido emoción nacional sin unos sentidos oficios en la catedral de Paris.

Entretanto y con el correr del tiempo, el sistema de campanas y otros elementos importantes del monumento habían conocido diversas vicisitudes y renovaciones:

La flecha de mediados del s. XIII, erigida por encima del crucero a modo de campanario y desmontada durante la Revolución, fue reconstituida, en el marco de la restauración general del s. XIX, con una altura de 90 m y un gallo en lo más alto, aunque muy diferente a la originaria.

Sustituyendo a una anterior el s. XV, el llamado “bourdon Emmanuel” (o Marie Thérèse [de Austria]), la segunda más gruesa y pesada campana de Francia, instalada en la torre sur, fue vaciada en tiempos de Luis XIV, con un diámetro de 2,62 m, y un peso de más de 13 toneladas. El conjunto fue destruido en tiempos de la Revolución, salvo este Emmanuel, que volverá a sonar bajo el Consulado y el nuevo Concordato. Con ocasión de la intervención de Viollet-le-Duc, el “bourdon Emmanuel” fue desmontado y vuelto a situar en 1851; y, para su funcionamiento (en las muy contadas ocasiones en que se hacía), se necesitaban 8 campaneros, hasta su electrificación en 1930. En la torre norte, cuatro campanas de 2 ó 3 t cada una, bendecidas en 1856, venían cumpliendo las cotidianas funciones de horas y oficios litúrgicos, hasta 2013 en que, en el marco del 850º aniversario del inicio de su construcción, hubo una reposición.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

Notre-Dame de Paris, la cathedrale vue du ciel; Pèlerin, Hors série, diciembre de 2012.
Notre-Dame de Paris, colección La grâce d’une cathédrale; Estrasburgo, La Nuée bleue, en el 850º aniversario (2012).
GAUVARD, Claude: Notre-Dame de Paris, cathédrale médievale; ed. du Chêne.
TOMAN, Rolf: El gótico: arquitectura, escultura y pintura; Ed. H.F. Ullmann (versión en español), 2011.
TONAZZI, Pascal: Florilège de Notre-Dame de París; Ed. Arléa, Paris, 2007.
VIOLLET-LE-DUC, E. Emmanuel: Dictionnaire raisonné de l’architecture française, du XIe. Au XVIe. Siècle; 1856 y posteriores ediciones.

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