Robespierre, Maximilien de – (1758-1794)

Maximilien Marie Isidore de Robespierre nacía en Arras (Arrás en adelante) de la vieja Artesia (hoy dep. Pas-de-Calais) el 6 de mayo de 1758. De una familia de comerciantes y de pequeña pero antigua nobleza que remontaba al siglo XV y había dado numerosos hombres de leyes, era hijo de un abogado en el Conseil Supérieur de la provincia de Artois. Huérfano de madre a los seis años, y abandonado en los afectos por un padre demasiado viajero que acabará muriendo también, fue educado con su hermano Augustin por su abuelo materno, un industrial cervecero de la ciudad, mientras otras dos hermanas eran recogidas por unas tías paternas. Curso estudios con los Oratorianos y, gracias al obispo, que había notado su inteligencia, pudo beneficiar de una beca para el colegio Louis Le Grand de París, donde tendrá por condiscipulos a Dantón, Frerón y a Camille Desmoulins.

Alumno tranquilo y aplicado durante sus estudios, regresa luego a su ciudad natal. Abogado en el Consejo de Artois en 1781 y, al año siguiente, juez en el tribunal episcopal, allí llevará, conviviendo con su hermana Charlotte (1760-1834), una existencia monótona de abogado provinciano, apacible burgués, entre visitas rutinarias a los dos o tres salones que animaban algo la pequeña ciudad, frágiles madrigales y alguna que otra memoria presentada en aquella academia o cenáculo de jóvenes intelectuales, los Rosati (anagrama de “Artois”), donde coincidía, de cuando en cuando, con Lazare Carnot y un medio clérigo, preceptor de física y matemáticas en el Oratorio de la ciudad, Joseph Fouché.

En 1783 se le señala, no obstante, defendiendo la introducción del pararrayos de Franklin, contra una acusación de impiedad.

Pero el joven Robespierre se empapaba y fortalecía con la lectura de Montesquieu, de los enciclopedistas y, sobre todo, de Rousseau que será siempre su gran inspirador. Y fue recibido en 1783 en la Academia de Arrás, foco entonces de propaganda. Su simpatía por las ideas “filosóficas” de la Ilustración y su odio por los privilegios clericales y nobiliarios, que expresaba destempladamente, aquí y allá, encontraron ocasión de manifestarse en su Mémoire por François Deteuf, contra el gran prior de la abadía de Anchin (1784).

            Elegido en 1789 –no sin dificultades-, diputado del Estado Llano del Artois en los Estados Generales, llegaba a Versalles todo imbuido de las ideas de la Ilustración, pero no destaca particularmente en la Constituyente, y su elocuencia algo chillona provoca incluso risas en la Asamblea. Pero Robespierre disponía de una gran fuerza: la llama que le devoraba, y su fe inflexible en aquello que proclamaba (Mirabeau decia de él: “¡Este hombre es peligroso, pero llegará lejos, se cree todo lo que dice!”), y, desde esta época, parecía tener ya un programa definido de democracia integral, al que iba a dedicarse intensamente en adelante: contra la censura y la pena de muerte, y a favor del sufragio universal y directo, de la libertad de prensa y de reunión, de la instrucción gratuita y obligatoria, por el establecimiento de un impuesto progresivo sobre la renta, la creación de talleres públicos y la ayuda a los parados.

En aquella Asamblea constituyente se hace notar, no obstante, por diversas intervenciones: para pedir la liberación de los detenidos por lettres de cachet (marzo de 1790), para hacer rechazar el proyecto de censura en los teatros (enero de 1791), para proponer que los miembros de la Constituyente no pudieran ser reelegidos en la siguiente Legislativa (mayo de 1791), o para exigir el licenciamiento de los oficiales nobles del ejército del Antiguo Régimen (junio de 1791).

Nombrado fiscal en el tribunal criminal del departamento del Sena, en junio de 1791, dimitirá de esas funciones antes de un año.

Porque, de hecho, toda su vida va a concentrarse en el club de los jacobinos -del que hará la gran fortaleza de los “demócratas” (entendiendo este término en el sentido que tenía entonces)-; y también en el servicio absoluto de la idea revolucionaria.

Lejos de todo goce o diversión, indiferente, tanto al dinero como a las mujeres o al placer de la buena mesa, Robespierre llevaba una existencia de asceta rígido, en un modesto cuarto de la casa familiar del carpintero de gruesa obra Maurice Duplay, en la rue Saint-Honoré. Él mismo parecía borrarse de la vida social, como tachaba de sus amistades a Dantón o a Desmoulins, a fin de ser únicamente  él mismo, la revolución en marcha.

Llegó la huída de Varennes de la familia real (junio de 1791) y sus posicionamientos políticos van a endurecerse a partir de entonces; después de la insurrección del Champs-de-Mars (17 de julio siguiente), Robespierre es aclamado como el “Incorruptible defensor del pueblo”.

Él fue quien más instó, con tanta candidez como inexperiencia política para que los miembros de la Constituyente no fueran elegibles en la siguiente Asamblea Legislativa que iniciará su actividad en octubre de 1791; y así, él mismo regresó a Arrás, para volver a París  finales de noviembre y frecuentar el club de los jacobinos, que encontró en manos de los girondinos.

Fanático, aunque prudente, va a combatir aquí la propaganda belicista de esa corriente y las ambiciones de Brissot, y él será uno de los contados miembros en oponerse a las requisiciones militares. Con clarividencia, denuncia una política que conducía a la guerra contra toda Europa y que –profetizaba- sólo podría arruinar las finanzas del Estado y abocar, en caso de derrota, a la contrarrevolución, o, en caso de éxito,  a la dictadura de un general victorioso, pensando en La Fayette.

Y avanza al ritmo de la Revolución misma, de la que pretende, oportunistamente, encarnar las sucesivas ortodoxias: él que, se había contentado, tras la huida de Varennes, de pedir la sustitución del rey por medios constitucionales, después de la revuelta del 10 de agosto de 1792 (durante cuyo desarrollo nadie le vio), vino a depositar ante la mesa de la Legislativa una petición exigiendo el derrocamiento de Luis XVI, la institución de un tribunal revolucionario y la reunión de una Convención nacional (16 de agosto). Tampoco toma parte en las matanzas de septiembre, pero fue elegido a la cabeza de los diputados por Paris a la Convención.

Y aquella asamblea que ahora comenzaba su infausta andadura empezó votando por unanimidad, el 21 de septiembre de 1792, la abolición de la realeza y, al día siguiente, que todos los actos públicos llevarían en adelante fecha del “Año I de la República”.

Con Dantón y Saint-Just va a dirigir el proceso de Luis XVI, impulsando su condena a muerte y oponiéndose a la propuesta de apelar al pueblo que pretendían lanzar los Girondinos.

¿Tenía la Convención competencia para juzgar a Luis XVI? Saint-Just y Robespierre clamaban que tal proceso era de naturaleza política. Robespierre pedía un proceso expeditivo y ponía en duda el derecho del reo a defenderse: “¡Luis ha de morir porque tiene que vivir la República! Pido que sea declarado infame, traidor a la patria y enemigo de la humanidad…”  Argucias discursivas insostenibles en cualquier otra asamblea donde el resultado no estuviera ya fijado; la fuerza de la plebe desvirtuaba cualquier mínima posibilidad de tener por parlamento aquella congregación política.

Después de la ejecución del rey (21 de enero de 1793), Robespierre se apoya en las secciones de sans-culottes para atacar a la Gironda, que venía atacando a Dantón y a Marat.

Aun cuando él hubiera sido uno de los más ardientes iniciadores de la creación de un Comité de Salut Public (de Salvación Pública) -abril de 1793-, investido de poderes ejecutivos y legislativos superiores a los de una Convención en adelante subyugada, únicamente entrará en ese Comité el 27 de julio de 1793, pero será para convertirse inmediatamente -con Saint-Just y Couthon-, en su verdadero jefe y en el alma de la dictadura de la Montaña, dejando a otros colegas los asuntos prácticos, a fin de consagrarse sólo a salvaguardar la unidad de la Francia revolucionaria. Y todas las libertades quedaban suprimidas.

Lo cual iba a implicar su enfrentamiento implacable con los girondinos o federalistas, a quienes reprochaba igualmente su liberalismo económico y su belicismo internacional, y cuya ruina queda consumada el 31 de mayo, con la eliminación física de sus más conspicuos representantes, particularmente, después de la derrota de Dumouriez en Neerwinden y Lovaina (marzo de 1793) y sus negociaciones con los austríacos.

Misántropo, correoso, tozudo, austero en lo cotidiano, pero impecable en el vestir,  riguroso hasta lo inhumano, pero afable y correcto en el trato personal, Robespierre alcanzará el poder supremo en una fulgurante ascensión, después de aquellos primeros inicios parlamentarios anodinos.

            Su carácter huraño y sombrío, y su delirio de la persecución, de hecho, respondían en parte a la trágica realidad de la situación: Francia se hallaba amenazada en el interior por el levantamiento prorrealista de Vandea, y también en sus fronteras; la vida ecónomica estaba desorganizada, el hambre y el paro presentes por todas partes, y los recursos del Estado prácticamente agotados.

            A esas amenazas, Robespierre responde implantando el terror, luchando a la vez contra la “demagogía” y el “moderantismo”. Primero envía a la guillotina a los hebertistas y “enragés”, con sus quimeras igualitaristas y sus mascaradas antirreligiosas (marzo de 1794), y luego se vuelve contra los indulgentes Danton y Desmoulins (abril), que propugnaban en Le Vieux Cordelier, el fin de la tensión terrorista -ahora que las victorias de Francia hacían desaparecer el peligro en las fronteras-, y a los que acusaba de socavar la autoridad del gobierno.

Deshecho de sus adversarios, Robespierre va a ejercer entonces su dictadura totalitaria. Busca el apoyo del pueblo y, por los decretos de Ventoso (26 de febrero y 3 de marzo de 1794), que hace votar Saint-Just, trata de realizar un principio de igualdad social a través de una redistribución parcial de la riqueza. Porque Robespierre soñaba con fundar una democracia de pequeños propietarios, libres iguales en derechos.

Y con Saint-Just también pretendía implantar la democracia ética, según el sueño de Rousseau. En su discurso del 7 de febrero de 1794, proclamaba que el principio fundamental del gobierno popular era la virtud, y afirmaba que, en tiempo de revolución, los resortes de la democracia son, a la vez, “la virtud y el terror; la virtud, sin la cual el terror es funesto; el terror, sin el cual la virtud es impotente”, precisando que el terror era “una consecuencia del principio general de la democracia, aplicado a las urgentes necesidades de la Patria”.

            Pero al totalitarismo revolucionario, fundado en la dictadura de la voluntad general, le faltaba una pieza final: la nueva mística, orientada no hacia el más allá, sino hacia la felicidad en la tierra.

“¡No, Fouché, la muerte no es un sueño eterno!” –le había dicho en el club de los jacobinos, antes de expulsarle.

El 8 de mayo de 1794, Robespierre pronunciaba un discurso “sobre la moral política y el culto del Ser Supremo”. Y un decreto instituía el nuevo culto, religión vagamente deista, donde se aliaban estrechamente religión y nación, buscando así darle una base moral a la República. Y el 20 pradial (8 de junio de 1794) –domingo de Pentecostés, por casualidad-, la primera fiesta del Ser Supremo, cuya puesta en escena había sido ideada por el pintor David, se desarrolló bajo la presidencia el gran mandamás de Francia, nuevo profeta a sangre y fuego, hostil tanto a las religiones reveladas como al materialismo de los Holbach y Helvétius. A un país más muerto que vivo y con la sangre en los talones, aquello le pareció el retorno a nuevos sentimientos.

Pero aquel retorno a la “superstición” hubo de enfrentarse a los sarcasmos de muchos políticos instalados. “¡El bribón, no contento con ser el amo, ahora quiere también ser Dios!”. Había escapado a dos intentos de asesinato entre el 23 de mayo y el 22 de junio, el segundo de los cuales, a cargo de una joven parisienses, inspirada en el precedente de Marat.

Por desgracia, aquella ceremonia del Ser Supremo, que venía a marcar el apogeo de la dictadura robespierrista, fue seguida inmediatamente por la terrible ley del 22 pradial (10 de junio de 1794), que abría el período del Gran Terror de Estado: todas las garantías fundamentales de la justicia fueron suprimidas, los interrogatorios, las defensas, los testigos…, con una sola alternativa: la absolución o la muerte; y cada día, pretendidas conjuras en las prisiones, permitían “aliviar” el hacinamiento y enviar al cadalso decenas de detenidos. Sólo de abril a julio, el gran terror provocó dos mil cien víctimas: el poeta André Chénier, el sabio Lavoisier… Era una orgía de sangre y locura, y la emergencia de un Estado cien veces más terrible y despótico que el sepultado bajo los escombros de la Bastilla.

Ocurría esto cuando las victorias militares (Fleurus, 26 de junio), hacían nacer, en los dirigentes y en el pueblo, la esperanza de ver relajarse aquella tensión ya insoportable, hasta lo insufrible.

Era Robespierre, por estas fechas, un hombre poderoso pero paradójicamente aislado; desdeñaba las sesiones de la Convención, después de las resistencias encontradas allí, y tampoco se le veía por el Comité de Salvación Pública desde hacía un mes, donde sabía que tenía ya enemigos; sólo aparecía por el club de los jacobinos, donde seguía tronando contra los bribones y todos los concusionarios que deshonraban a la República.

Sus enemigos del Comité de Sûreté Générale, para hacerle odioso, multiplicaban las ejecuciones en masa. Y contra él se forma entonces una coalición que consigue reunir a ex-girondinos, a dantonistas, a antiguos terroristas (Billaud-Varenne, Collot d’Herbois, Fouché, Tallien, Barrás), a técnicos como el gran Carnot, espantado de ver a la Revolución hundirse en la locura, y a los supervivientes de las sucesivas facciones que esperaban la hora de la venganza, temerosos todos por su propia vida.

Octidi, 8 termidor. Esa mañana, como todos los días, el ciudadano representante, envuelto en un batín, acaba de salir de las manos de su barbero, con su peluca bien empolvada, que viene a acentuar aún más su faz ya lívida; se cala unas antiparras, se vuelve hacia un modesto espejo clavado entre dos ventanas, y, con una navaja de afeitar, raspa meticulosamente los restos de polvo que le han podido quedar sobre el rostro; luego se refresca en una pequeña jofaina, se cepilla los dientes, escupe varia veces al suelo, deja el peinador sobre una silla y termina de vestirse con parsimonia. Al final, coge algunos papeles, baja la escalera de madera que da al patio, y sale a la rue Saint-Honoré, custodiado por algunos mozos del taller de su huésped Duplay, para recorrer los apenas ochocientos metros que le separan de la Convención Nacional.

Cuando, una hora después, l’Incorruptible sube a la tribuna con un extenso, vago y amenazador discurso, no sabía que aquélla iba a ser su última vez. Quiso responder a los reproches que se le dirigían de aspirar a la dictadura, denunció él mismo las maquinaciones urdidas “por los sucesores de los Hébert y los Dantón”, sostuvo, también él, que la Cámara debía recobrar su dignidad y que era preciso vigilar a los Comités de Seguridad General y de Salvación Pública… “¡La ley penal –dijo-, ha de contener una cierta vaguedad, pues, al ser el carácter actual de los conspiradores hipócrita y disimulador, la justicia ha de poder perseguirlos bajo todas sus formas!”

A nadie nombraba, pero todos se sintieron aludidos.

En la noche misma del 8 al 9, por instigación de los más inminentemente amenazados, Vadier, Tallien y Fouché, los oponentes reaccionaron y se ganaron enseguida a la mayoría de los convencionales, para una conjura de obstruccionismo.

Al día siguiente, 9 termidor (27 de julio), Robespierre se desgañita, mientras de la sala partían numerosos “A bas le tyran!”, y Saint-Just no consigue tampoco hacerse oir; Tallien blande un puñal en la tribuna, amenazando matar él mismo al tirano, y Garnier de l’Aube le lanza: C’est le sang de Danton qui t’etouffe! (“¡Es la sangre de Danton la que te ahoga!”)

            Decretado de acusación con su hermano Augustin -que dijo querer compartir su suerte-, Saint-Just, Lebas y Couthon, Robespierre fue conducido preso; pero la Comuna logra alzarse en su favor por un momento, le rescata y le lleva al Hôtel-de-Ville (Ayuntamiento), donde se refugian los proscritos.

             Sin embargo, la indecisión del meticuloso Robespierre –que no se decidía a convertirse en cabecilla de una ilegalidad republicana-, salva a la Convención que resuelve declararle ahora, a él y a sus “cómplices” hors-la-loi (fuera de la ley).

            Una lluvia torrencial de verano vino a dispersar a las últimas tropas de la Comuna mandadas por Hanriot, y salvar providencialmente a los convencionales. El 10 thermidor (28 de julio de 1794), el Hôtel-de-Ville era rodeado e invadido enseguida por fuerzas conducidas por Barrás; Robespierre quiere descerrajarse un tiro al verles llegar, con tan mala suerte que sólo consigue romperse la mandíbula (un gendarme se jactará luego de haberle disparado él).

Cabeza y rostro cubiertos de vendas ensangrentadas, Robespierre fue trasladado, en torno  a las cinco de la tarde, a la enfermería de la prisión de la Conciergerie.

La Comuna fue vencida, finalmente, al término de esta confusa jornada, y la Convención parecía recuperar su soberanía, perdida tras los acontecimientos del 10 de agosto de 1792. No había tiempo que perder, los conjurados corrian el riesgo de que sus enemigos pudiera rehacerse. Ese mismo día, finalmente, hacia las seis de la tarde, un Robespierre moribundo fue conducido a la place de la Révolution (hoy de la Concordia), y arrastrado hasta lo alto del patíbulo, seguido por su hermano Augustin, Couthon, Saint-Just y otros diecisiete de sus seguidores, cómplices en tantos crímenes, declarados todos traîtres a la Patria. Anochecía el 10 termidor.

            La figura más controvertida de la Revolución francesa y, probablemente, el más honesto entre los montagnards, fue abatido por montagnards como él, gente anegada de crímenes, que tenían el firme propósito de continuar el terror como instrumento político. Pero la cuchilla que caía aquel 28 de julio de 1794 iba a marcar el final de la Convención de la Montaña, y el inicio también de la arrogancia de especuladores y traficantes, enriquecidos con la sangre y el dolor ajenos.

            En las fechas siguientes varias decenas de robespierristas serán ejecutados, además de una docena de miembros del tribunal revolucionario.

            Y durante la Convención termidoriana que siguió (tránsito hacia el Directorio) su nombre y su memoria serán sistemáticamente vilipendiados por quienes ayer todavía eran sus cómplices.

Maximiliano Robespierre –ha podido escribir el socialista Jaurès-, llevaba dentro de sí una sola idea: “la nación es soberana”, y esa única idea la siguió sin desfallecer y sin restricción, hasta sus últimas consecuencias.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

ARTARIT, Jean:  Robespierre; París, CNRS, 2009.
BOULOISEAU, Marc: Robespierre; París, P.U.F., “Que sais-je?”, 1956 (existe traducción española publicada en Buenos Aires, 1961).
GALLO, Max: Maximilien Robespierre, histoire d’une solitude; París, Gallimard, 1984; reed. Plon, 1994.
HAMPSON, Norman (1922-2011): The Life and Opinions of Maximilien Robespierre; Londres, Duckworth Publishers, 1974.
LEUWERS, Hervé: Robespierre; Paris, Fayard, 2014.
MARAND-FOUQUET, Catherine: Robespierre et la Révolution; Paris, Denoël, “l’Histoire de France”, 1989, 128 p.
MATHIEZ, Albert: Études robespierristes, 1717-1918; Paris, Armand Colin, 2 vols.
MAZAURIC, Claude: Écrits de Robespierre; Messidor, Éditions Sociales, 1989.
ROBESPIERRE, Charlotte: Memoires de Charlotte Robespierre sur ses deux frères. Dos ediciones:  París, Présence de la  Révolution, 1987; y Nouveau Monde ed., 2006.
WALTER, Gérard (1896-1974): Robespierre; París, Gallimard, 1961 (definitiva versión de su primer Robespierre de 1946); reed. en 1989 bajo Maximilien de Robespierre.

En español:

GARCÍA SÁNCHEZ, Javier: Robespierre; Galaxia Gutemberg, 2012. 
GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: Bonaparte, la lenta conquista del poder; Punto Rojo libros, 2016.
TUDELA, Mariano: Robespierre, entre el terror y la muerte; Rollán, 1973.

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