Bonaparte, Carolina (1782-1839)

María Annunziata Buonaparte, nacía en Ajaccio (Córcega) el 25 de marzo de 1782. Ya habían llegado a la familia sus hermanos José, Napoleón, Luciano, Maria Anna (a la que llamarán Elise), Luis y Paoletta  (Pauline), antes del nacimiento de Jerôme (Jerónimo) dos años después.

            Muerto ya el padre ocho años antes y muy comprometidos con la Revolución, los Buonaparte ha de huir de Ajaccio en 1793, incendiada la casa familiar y perseguidos por los independentistas paolista. La pequeña Annunziata se queda en Córcega por un momento, junto con su hermano pequeño, en casa de familiares y protectores; hasta terminar la mamma Letizia por instalarse precariamente en Marsella con sus hijos Luis, Paoletta, Annunziata y Jerónimo (de quince, trece, once y nueve años).

            José va a casarse antes de un año con una rica heredera,  Luciano sabrá desenvolverse en el vendaval que agita la política francesa, y el hermano Napoleón, brillante capitán de artillería en el asedio de Tolón, ha terminado casándose por ambición –ya desaparecido el terror robespierrista-, con la viuda Rose de Beauharnais, una merveilleuse a la que ha conocido en los turbios sectores del nuevo régimen directorial; y le han dado el mando del ejército de Italia, donde viene mostrando capacidad política y talento militar.

Y en Montebello, 25 km al sur de Pavía, aparece entonces una especie de corte de los milagros que anima Josefina. La que un día será emperatriz oficia allí rodeada de esposas de militares y empleados de Francia, de advenedizos, traficantes y mundanas. Y la acompaña, al principio, la rebelde Paoletta, casquivana y hermosa en sus dieciséis años. Y es que el ex-terrorista y converso Frerón, ya los cuarenta sonados y mudado en dandy, ha logrado impresionar a la adolescente, que se encapricha ahora de este hipócrita presumido y se convierte en su amante. Bonaparte se opone al matrimonio que su hermana desea, y quiere casarla con el ayudante general Leclerc, que conoció al ahora general en la época de Tolón y parece tener algún talento.

Tal vez Milán le cambie a Paulina las ideas –debió de pensar su hermano-. Así que a casarla vienen, en junio de 1797, la mamma, que llegaba con Jerónimo, con Annunziata y con la mayor de sus hijas Maria-Anna (Elisa), recién casada con un anodino capitán Bacciochi.

            Y, por estas semanas en que el hermano Napoleón comienza a preparar la compleja logística de su expedicion a Egipto con la bendición del gobierno que le quiere alejar, José Bonaparte acaba de llegar de Roma donde ha sido embajador del Directorio, con su mujer y su hermana a la que empiezan a llamar Carolina, y  se instala en  la  rue du Rocher, donde  acababa de comprar una casa, prácticamente en pleno campo por entonces, con su esposa Julia, que le ha aportado una desahogada situación económica. Y allí instala a su madre Letizia venida de Marsella y a Carolina, con dieciséis años ya, a la que intentarán dar la educación que aún no ha recibido, haciéndola ingresar, contra su grado hasta el llanto, en el mismo pensionado Campan donde ya se encuentran la sobrina de Josefina, Estefanía de Beauharnais, y su hija Hortensia, por la que siempre sentirá una sorda antipatía nacida en los inicios de esta convivencia. Y en el fondo de su corazón albergaba ya Carolina, por esta época, la vaga y dulce emoción de sentirse enamorada.

El 20 de enero de 1800, en efecto –después de la firma del contrato mtrimonial dos días antes, pasado ya el trance del golpe bonapartista de los días 18 y 19 Brumario, y razonablemente asentado el nuevo gobierno, Maria Annunziata, de dieciocho años entonces, se desposaba civilmente con Joachim Murat, bizarro húsar, uno de los héroes de aquellas jornadas, quince años mayor que ella, al que había visto por primera en el entorno de su hermano, en la boda de  Paulette, allá en la época de Montebello.

En ese enlace Carolina perdía su apellido y no se sabe si su virginidad. Pero Laura Permon, que la conoció bien, se muestra formal:  “Carolina Bonaparte se casó con una reputación tan fresca y pura como las rosas de sus mejillas; y puedo decirlo con tanta mayor seguridad que, en la época de su matrimonio y durante los años anteriores, éramos íntimas amigas”. Sobre su aspecto físico, dirá también la que luego será duquesa de Abrantes: “Era muy bonita, sus manos y sus brazos encantadores y su pecho de una blancura deslumbrante”, matizando en otro lugar: “Si bien de una gran lozanía y bonito rostro, tenía unas piernas ligeramente cortas con relación al tronco, y un cuello corto también”.

            A la espera de ese matrimonio que ella tanto anhelaba en su impaciencia de joven enamorada y que no acababa de concluirse, Carolina había convivido durante tres meses con su hermano, su mujer Josefina y la hija de ésta, de 17 años,  que abandonaba temporalmente la institución Campan.

            La joven prometida salió de la residencia del Petit Luxembourg, donde ya estaba instalado el Primer Cónsul, y la ceremonía, en presencia de toda la familia, tuvo lugar en el château de Mortefontaine de José. Para ventura suya, conseguía casarse con aquel que su corazón había elegido, después de superar una primera oposición de su hermano, algo receloso aún de aquel gallardo bravucón, más intrépido que dotado de luces.

Generosamente dotada ella por sus hermanos mayores, la nueva pareja se verá propietaria, meses después, de una parte del dominio de Villiers (Neuilly), que el Primer Cónsul les donará. Y Carolina, ausente su marido en la campaña de Italia, parecerá estrechar relaciones con Hortensia y con Josefina, ya en las Tullerías, muy cerca de las cuales vendrá a instalarse en la planta baja del hôtel de Brionne (parte norte de lo que formaba entonces el parc du Carrousel), acompañándolas a los espectáculos y frecuentando la Malmaison.

            Aquiles, el primer hijo de los Murat, nacía en París el 21 de enero de 1801, y de su marido recibió la madre soberbios regalos, cuya procedencia explicará luego el cardenal Consalvi:

            “Para retirar a sus tropas del Estado Pontifical, salvo Ancona y alrededores, el general Murat ha exigido 100.000 escudos de propina y, pese a hacerle ver nuestra miseria, tuvimos que ceder…Y le regalamos también un hermoso camafeo de 200 cequíes, para colocar sobre el pecho, que pareció agradarle mucho y que ha enviado enseguida a su esposa recién salida de parto”.

            Hacía cuatro meses que Carolina se había trasladado a la Toscana para reunirse con Murat, ya nacido su primer hijo, y allí permanecerá ella, entre el aburrimiento, las aguas que fue a tomar a los Bagni di Pisa con su marido y -con el consentimiento de éste-, un salto de incógnito a Venecia (acompañada del nuevo embajador en Roma François Cacault, que debería pasar por su padre);¡pero fue descubierta, y aquel viaje provocó alarma en la diplomacia europea!

            No tardará en anunciarse un nuevo vástago para los Murat  y, a fin de que naciera en París, Carolina hizo el viaje, antes de que llegara el mal tiempo.

            Después de la firma de un nuevo Concordato, ya por toda Francia se respiraban otros aires religioso-culturales, y convenía que la familia consular diera ejemplo. La presencia en París de Carolina le pareció circunstancia favorable al Primer Cónsul; hizo venir a Murat, y por el altar pasaron en una misma ceremonia, el 4 de enero de 1802, Luis Bonaparte y mademoiselle de Beauharnais para casarse, y, a fin de confirmar su unión civil, Murat con Carolina, embarazada de seis meses.

            Grávida por segunda vez, Carolina permaneció en París, a la espera del alumbramiento, adonde vendrá a visitarla su marido entre marzo y abril, y luego a finales de mayo de este 1802, ya nacida María-Letizia, para permanecer él cómodamente en la Capital con su mujercita durante un tiempo, más enfrascado en amueblar su espléndido hotel Thélusson, que ocupado en los asuntos italianos. Luego Murat regresó a Milán.

            Carolina volverá a Italia en la segunda mitad de octubre, y podrá comprobar, por cien señales, el modo como gobernaba su marido y hasta el alcance de su escasa inteligencia, en una conducta generalmente semidespótica con enemigos y aliados. Lo cual le valdrá al general en jefe severas llamadas de atención de Napoleón, y a madame Murat alabanzas de Melzi por su buen juicio y su prudencia.

            Carolina Murat se había trasladado con su marido a la ciudad del Duomo, después del nacimiento de Letizia, y, entre esporádicos viajes a París y el nacimiento en la capital lombarda de su tercer hijo Luciano, en este mayo de 1803, mantendrá un brillante salón; allí recibirá, entre bailes y fiestas, no siempre decorosas a gusto de los italianos, a extranjeros de paso y a personalidades francesas e italianas, demostrando algún tacto político y allanando las dificultades que su marido parecía empeñarse en ir creando.

            Con la llegada del verano ella regresó a París, para recabar de su hermano algún importante puesto para su Murat, a la altura de la ambición de ambos, y obtendrá para sí misma un sueldo anual de 60.000 frcs. a cargo de la Grande Cassette.

            Semanas después, también Joaquín abandonaba Milán con la autorización de su cuñado, que acabará nombrándole -en enero de 1804-, para el prestigioso cargo, soberbiamente pagado, de gobernador de París.

            Y el lujoso Thélusson fue la residencia de los Murat, donde la gobernadora oficiará en sus recepciones, toda gracia, fineza y encanto.

            Llegó el Imperio y, salvo a Luciano, Napoleón nombró a sus hermanos varones ‘príncipes imperiales’ (lo cual llevaba anejo un patrimonio de un millón de francos, o apanage,  a la manera de los viejos infantados). Y serán durante algún tiempo, lamentos y reclamaciones, por parte, sobre todo, de Carolina, azuzada en el ámbito doméstico por su marido, reciente mariscal Joaquín Murat. “¡Con Carolina siempre tengo que ponerme en posición de batalla campal –decía Napoleón alguna vez- y, para hacerle entender mis puntos de vista a una simple mujercita de mi familia, hacen falta más discursos que los que se necesitan en el Senado o en el Consejo de Estado!”

Aprovechando su prolongada estancia en la capital de Francia con motivo de la coronación, Pío VII aceptó bautizar en Saint-Cloud, el 24 de marzo de 1805, al segundo hijo de Luis Bonaparte y de Hortensia de Beauharnais, nacido cinco meses antes, lo cual provocó encendido disgusto en Carolina, que hubiera deseado igual honor para su última hija.

            Carolina y su esposo Joaquín Murat, más arrojado él que dotado de capacidad política, van a ser colmados de honores y riquezas con el correr de los años. Mariscal desde 1804, condecorado con la suprema distinción de Gran Águila de la Légion de Honor (que luego se llamará ‘Gran Cruz’) y príncipe del Imperio en febrero de 1805, Murat había acabado por convertirse en una de las personalidades más significativas del régimen.

                Cediéndole ahora a Napoleón su palacete de Thélusson, además de abonarle una fuerte suma compensatoria, los Murat se verán propietarios en 1805 del palacio parisiense del Elíseo, aquel espléndido hôtel d’Évreux, con sus amplios jardines del lado del Grand Cours (luego ‘Campos Elíseos’); residencia, muy deteriorada por entonces, que había pertenecido, entre otros, a la marquesa de Pompadour, y en cuya opulenta restauración hubieron de invertir importantes cantidades de dinero.

Entretanto, el leal hijo de Josefina, Eugenio de Beauharnais, muy querido por Napoleón, después de haber llegado a general, en 1804, y a príncipe del Imperio, era promocionado por su padrastro virrey de Italia, en 1805, con 23 años.              Y aquella notabilisísima promoción vendrá a sembrar aún más frustración y celos en Carolina Bonaparte y en su marido Murat, que pensaba haber hecho méritos suficientes en esas tierras al servicio de Napoleón. El 6 de agosto siguiente, le escribirá la Emperatriz a su hijo:  “la familia ha visto tu nombramiento con el mayor disgusto; Murat sigue haciendo el cortesano, ¡pero su mujer está enferma de rabia! (…). Todo ese mundo hace mal no queriéndonos, porque si fueran buena gente, no tendrían mejores amigos que nosotros…”

            Por decreto imperial de 15 de marzo de 1806, Carolina se convertirá, con su marido – padres ahora de cuatro hijos, después del nacimiento de Louise Julie Caroline-, en gran duquesa de Berg y de Clèves, territorios del otro lado del Rin, que cedía el nuevo rey Maximiliano I de Baviera. Lo cual no le impedirá a la vanidosa Carolina desdeñar Düsseldorf por su nuevo Elíseo, con su marido a sablazos por Europa, pero sin quitarle ojo a aquel maná de recursos que era su Gran Ducado.

Y, mientras Murat expulsaba a los rusos de Varsovia, la duquesa de Berg llevaba en París gran tren de vida en su residencia del Elíseo, dando -toda sonrisas y amabilidad forzada-, fiestas, bailes y recepciones a espadones, a gente condecorada y a altos cargos con sus esposas; mucho menos a científicos, intelectuales o artistas.

¡Cuánto suspiró Carolina por verse ella reina de Polonia!, y mientras la cuestión estuvo abierta, intrigó con todos cuantos pudieran tener alguna influencia en la decisión del Emperador: con Talleyrand, mientras fue ministro -a quien no ocultó que veía con frustración como sus hermanos ocupaban tronos, cuando ella también se sentía con fuerza y con talento-. Y el nuevo príncipe de Benevento había respondido:

– La capacidad y particulares aptitudes del Gran Duque de Berg tal vez no correspondan exactamente a las que exige el empuñar un cetro real.

Carolina no se sintió ofendida:

– ¡Que no sea ese un obstáculo, porque yo compartiré con mi esposo el trono que pudiera confiársenos!

            En todo ello perdía Murat parte de su prestigio personal y de rango en el sistema. Y a  veces se sentía herido y se quejaba, de lo cual resultaban escenas conyugales. Tuvo también Carolina -se dijo-, amores con Fouché, ministro de la policía general por entonces y en malos términos con Talleyrand, a quien tanto ella como Murat detestaban en el fondo, y los tuvo con Junot, “muy enamorado de Carolina por esta época” (duquesa de Abrantes), afecto que le sirvió a ella para que, en su correspondencia,  el gobernador de París hablase en los mejores términos de la Gran duquesa de Berg.

Todo fue inútil y aquel posible reino de Varsovia quedó en ducado.

Carolina, buscaba ser amable y cordial con quien ella quería, y sabía adoptar un tono aparentemente espontáneo y sencillo. Durante cierta importante recepción que Napoleón dio durante ocho semanas de 1807 en Fontainebleau, ella vivía a su propio cargo y su mesa era suntuosa, invitando y acogiendo, con el mejor donaire, incluso a personas a las que detestaba, y cultivaba amistades con previsora antelación, como aquella relación sentimental que supo entablar con el joven y elegante embajador Metternich.

Y, en 1808, accedía a la dignidad de reina de Nápoles; allí manifestará –dicho sea en su honor-, notables cualidades, favoreciendo las artes, alentando los trabajos arqueológicos de Pompeya y creando en la capital diversos establecimientos útiles.

                En medio de aquella singular corte napolitana que ella y su marido van a constituir, pensó Murat que podría desarrollar una política autónoma y en esbozar cierto acercamiento a Austria, apoyado en un fuerte ejército, mientras Carolina, se dirigía a Metternich, “sobre el cual –escribe Talleyrand, sugiriendo más de lo que dice-, ella creía haber conservado alguna influencia, y de quien había comprobado la discreción”.

            Y, volcada en su propia ambición y en su deseo de conservar el trono, empujó a su marido Murat a traicionar a Napoleón, viendo ya la situación degradarse.

Con su esposa .llegó a tener Murat cuatro hijos: Achille, Letizia, Lucien y Louise; sólo de Lucien (1803-1878) procede la descendencia de los Murat

            Carolina Bonaparte, con sus hijos, se vio prisionera de los austríacos, caído Napoleón.  Y, ya viuda con el nombre de condesa de Lipona (transposición de Napoli), residirá en el castillo de Frohsdorf al sur de Viena, donde va a consagrarse a la educación de sus hijos, enemistada ahora con Paulina y Jerónimo, que la acusaban de renegada y antifrancesa. Salvo con Elisa, la joven condesa de Camerata su sobrina, fallecida ya su madre, sus contactos con el resto de la familia se fueron haciendo inexistentes, y sólo epistolares de cuando en cuando, con Luciano o con su madre.

            A partir de 1824, Carolina Bonaparte de Murat fue autorizada a pasar a Trieste (con expresa prohibición de Metternich de que entrara en territorio italiano). Contaba con un muy apreciable capital –el propio y el de su marido-, colocado en bancos y depósitos diversos, a través de testaferros, pero deberá ir deshaciéndose de algunas de sus valiosas joyas y de gran parte de sus obras de arte, por sostener un cierto tren de vida y sacar a sus hijos adelante. Sólo algunos amigos de su época dorada, de tarde en tarde, harán el rodeo para visitarla en su infortunio de reina depuesta, como Juliette Récamier, a principios de mayo de 1825.

            Y el general Francesco Macdonald, efímero ministro de la Guerra que había sido en Nápoles, ejercerá a su lado un papel de afectuosa protección, sobre cuya exacta naturaleza sentimental existen dudas.

            Sus dos hijos varones, acogidos por el tío José, no tardaron en partir hacia los Estados Unidos de América, llegados a la mayoría de edad.

            Achille en 1822, para solicitar enseguida la nacionalidad americana y comprar una plantación algodonera en la Florida. Y allí se casará con una sobrina-nieta de Washington en 1826, para morir sin hijos en 1847, muy satisfecho en su plantación de esclavos.

            También Lucien cruzará el Atlántico en 1824, para reunirse con su hermano y su tío. En 1827, se casaba con una rica heredera para establecerse en Nueva Jersey, y de su matrimonio tendrá dos hijas y tres hijos varones, de los que proceden los Murat de nuestra época. Los negocios no le irán bien y la llegada a la política activa, en Francia, de su primo Luis-Napoleón, a partir de 1848, le moverá al regreso, para verse otra vez príncipe de la familia imperial en 1852.

            Letizia Joséphine Murat -la segunda en orden de los hermanos-, se había desposado en 1823 con el boloñés marqués Guido Taddeo Pepoli, conde de Castiglione. Tanto la pareja como luego su hijo Gioacchino Pepoli serán activos partidarios del movimiento liberal y proitaliano.

            Y Louise Caroline Murat, la menor de las hijas de la ahora condesa de Lipona, se casaba en este otoño, a sus 20 años con el conde Giulio Rasponi, para residir, en adelante, entre Rávena y Florencia, y revelarse una activa liberal y patriota; tres varones y una hembra serán el fruto de su matrimonio. La condesa de Rasponi ha dejado de sus primeros años en Nápoles unos “Souvenirs d’enfance d’une fille de Joachim Murat” en los que rememora las tensiones políticas vividas en aquella corte por sus progenitores y, con cariño, la figura de su padre: “Mi madre no era muy expansiva y, a veces, pasábamos días enteros sin verla; nosotros la queríamos, pero también la temíamos un poco. ¡Con nuestro padre era diferente! Era como un compañero de juegos, y no tenía una hora fija para venir a vernos, unas veces era nada más despertarse, y otras a la salida de un consejo de ministros, y nos hacía saltar en sus rodillas; incluso llegábamos a tutearle, aunque, delante de nuestra madre, nunca nos hubiéramos atrevido…”

            Sólo una vez obtuvo Carolina Murat pasaporte para desplazarse hasta Bolonia (luego dependería del papa la posibilidad de continuar viaje). Y fue con motivo de una mala caída de su madre Letizia, que le costó fractura del cuello del fémur. Y en Roma pudo volver a ver a algunos miembros de la familia, antes de regresar a Trieste.

            Después de la revolución de 1830, ya Luis-Felipe en el poder, la condesa de Lipona residirá en el palazzo Griffoni de su propiedad, de la capital de la Toscana, y hará algunos viajes  a Francia, como aquel que hizo en 1836, para devolverle su visita a madame Récamier, la dama de l’Abbaye-aux-Bois, en sus 59 años entonces y algo quebrantada ya su salud.

            O aquella otra visita, realizada en 1838, en que, con la generosa pensión anual de 100.000 francos que se le concedía, la ex-reina de Nápoles fue recibida en las Tullerías por el rey Orléans y su familia. Antes de obtener de Inglaterra la devolución de las cenizas de Napoleón, era el modo que tenía el régimen de neutralizar el ascenso de un nuevo fervor bonapartista que se vivía en el país.

            El marco de su vida cotidiana se había ampliado, después de los incómodos años de Trieste, y Carolina recibía en Florencia a viejos bonapartistas, reverdecidos ahora sus recuerdos, a algunos compañeros de armas de Murat y a gente variada venida de Francia. Allí morirá el 18 de mayo de 1839, a los 57 años de edad. Sus hijas obtuvieron autorización de enterrarla, con cierta discreción, en una capilla de la iglesia de los Ognissanti. Por toda la península, patriotas y carbonari, seguían soñando con la unidad de Italia.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: Napoleón y el clan de los Bonaparte (1799-1815); European Academic Press, 2015. También: Napoleón Bonaparte, la lenta conquista del poder (1769-1799); Punto Rojo, 2016.
LACOUR-GAYET, Michel : Joachim et Caroline Murat; Le Gran livre dy moi, 1996.
MARTINEAU, Gilbert : Caroline Bonaparte, princesse Murat, reine de Naples ; París, Ed. France-Empire, 1991.
PRIEUR, Jean : Murat et Caroline; París, F. Lanore, 1985.        
TURQUAM, Joseph: Caroline, soeur de Napoléon; Tallandier, 1954. Existe versión española bajo: Carolina de Murat ; Círculo de Amigos de la Historia; 1974, 227 págs. También: Les sœurs de Napoléon ; les princesses Élisa, Pauline et Caroline, Paris, J. Tallandier,1904.
VIDAL, Florence :  Caroline Bonaparte ; Pygmalion, 2006 ; 298 págs.

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