Murat, Joaquín (1767-1815)

El que habría de ser cuñado de Napoleón Bonaparte, mariscal de Francia y rey de Nápoles, nacía en Labastide-Fortunière (hoy Labastide-Murat), a 26 km al norte de Cahors, dep. del Lot, el 25 de marzo de 1767. Era hijo de Pierre Murat, posadero de profesión, y el duodécimo alumbramiento de su esposa Jeanne Loubières, de los que sobrevivirán seis.

El niño Murat sigue sus primeras letras en su pueblo natal y pasa luego al colegio Saint-Michel de Cahors; los latines no se le dan mal, así que, ya con algún capellán entre los parientes, la buena de su madre quiere destinar a su benjamin a la Iglesia, y, para formarlo, se le envía, a los dieciocho años, al seminario de los lazaristas de Toulouse.

Pasaron dos años y el “abate Murat”, como empiezan a llamarle, ya aparecía por el pueblo con su alzacuello. Pero, todo vino a torcerse, porque, a fin de librarse de unos acreedores, dicen unos, y otros que a raíz de una decepción amorosa, o de una pelea con un condiscípulo, fue el caso que el impulsivo Joaquin decidió bruscamente colgar el albo, para desolación de su familia, y, un tiempo después (1787), se alistaba en el regimiento de cazadores de Champagne; así llega a suboficial de caballería, antes de expulsado por insubordinación (1789).

Ya en el horizonte se oía la desapacible tormenta de la revolución. Pero Murat presentaba, en aquel entorno provinciano, una mediana cultura, seducía y era desenvuelto.

Un año había pasado, desde la transformación en Asamblea Constituyente de aquellos primeros Estados Generales y de la toma de la Bastilla, y llegó la gran fiesta de la Federación, el 14 de julio de 1790, que tantos guardias nacionales vino a reunir en el Campo de Marte de París, y allí se encontraba ya Joachim Murat, venido en representación del cantón de  Montfaucon, del que dependía La Bastide.

En 1791 se alista de nuevo, y al año siguiente forma parte del selecto regimiento de la guardia constitucional de Luis XVI, donde no iba a tardar en sentirse ideológicamente incómodo y volver a su antiguo regimiento.

Popular jefe de escuadrón de cazadores en 1796, llegado el 13 vendimiario, año IV (5 de octubre de 1795, ya bajo el Directorio), Murat va a secundar la operación que dirige Bonaparte.

Porque el corso, a las órdenes de Barrás, ha ordenado que alguien trate de apoderarse de cuarenta cañones que se hallan en el parque de Sablons, cinco km al O., guardados por realistas, y llega el jefe de escuadrón de caballería Murat, apuesto y robusto joven al que veía por primera vez. Murat volverá a las Tullerías poco antes de las seis de la mañana, tras una operación que dejaba sin artillería al enemigo. Y así quedó aplastada aquella insurrección.

Y se convierte, casi inmediatamente, en el edecán del que enseguida van a llamar “el general de vendimiario”, destinado a un futuro político de difícil parangón.

Mostrando, en todas las ocasiones, su carácter y su bravura, Murat le acompañará primero en la campaña de Italia, donde obtiene enseguida el grado de general de brigada, y luego en la de Egipto, contribuyendo, entre otras acciones brillantes anteriores, a la victoria de Abukir, el 25 de julio de 1799, lo que le vale el grado de general de división, antes de regresar a Francia con Bonaparte.

Llega el 18 de Brumario, y es Murat quien manda a los granaderos que entran para dispersar de sus bancadas a los miembros reacios del Consejo de los Quinientos. Era el final del indescriptiblemente podrido régimen del Directorio, que casi nadie sintió en la opinión pública.

Para recompensarle, Bonaparte le confía el mando de la nueva guardia consular y -después de haber superado su recelo hacia aquel gallardo bravucón, más intrépido que sutil-, le concede, en enero/febrero de 1800, la mano de su hermana Carolina, de dieciocho años y  perdidamente enamorada, por entonces, del bizarro militar -1,80 m de alto, ojos azules, nariz aquilina, cabello castaño y sedoso, y quince años mayor que ella-.

            Pero Bonaparte necesitaba asentar su nuevo régimen y partió para Italia, en la que iba a ser su segunda campaña en la península. Y Murat se distingue allí de nuevo en la ajustada victoria de Marengo, al mando de la caballería, y expulsa luego a los napolitanos de Roma (1801).

            Desde las interminables guerras iniciadas con la Revolución, todos en el Continente deseaban la paz, Inglaterra incluida, y así llegó el tratado de Amiens de 1802.

El cuñado del Primer Cónsul se venía ya afirmando como uno de los más sólidos puntales del régimen.

            Llegó también la firma de un nuevo Concordato con el que el Primer Cónsul buscaba congraciarse a los católicos. La familia consular debia dar ejemplo, y Bonaparte mandó venir a Murat para sancionar religiosamente aquel primer matrimonio civil con Carolina.

            Durante su estancia en la capital de Francia, Murat pudo adelantar 470.000 frcs. para la adquisición de una tierra de rendimiento, la Motte Saint-Héraye en el Poitou-Charente, y, además de haber redondeado su propiedad campestre de Villiers, 500.000 frcs. para la compra en París del magnífico hôtel Thélusson, en la rue de Cerutti (hoy rue Lafitte), lo que le permitirá a la pareja abandonar la planta baja de Brionne; todo ello gracias a lo afanado en Italia en exacciones, expolios y tráfico de influencias. Porque Napoleón hacía la vista gorda ante tanta riqueza, tan oscura y rápidamente amasada por sus familiares, y no pedía excesivas cuentas, a condición de que se hiciera fuera del país; y eran para Francia inversiones, incremento patrimonial en obras de arte y aporte de numerario.

            Satisfecho por las buenas inversiones que acababa de hacer, además del soberbio sueldo, más dietas de 30.000 frcs. al mes para sus ‘gastos extraordinarios’, que se le había asignado, el codicioso Murat volvió a su C.G. de Milán, para instalar a las autoridades de la nueva República títere, mientras seguia paralelamente los asuntos de Roma y Nápoles, preparando la evacuación de las tropas francesas prevista en el tratado de Amiens.

            De unos y otros, Murat recogía jugosas ganancias procedentes de regalos, sobornos, contribuciones, gratificaciones, propinas y otras cortesías forzadas, ¡que para eso llevaba Francia al resto de Europa las luces de la Revolución!

            Nacido su primogénito el ño anterior y grávida ahora de su segundo hijo, Carolina había permanecido en París, a la espera del alumbramiento, adonde vendrá a visitarla su marido entre marzo y abril de este 1802, y luego a finales de mayo, ya nacida María-Letizia, para permanecer él cómodamente en la Capital con su mujercita, durante un tiempo, más enfrascado en amueblar su espléndido Thélusson, que ocupado en los asuntos italianos. Luego Murat regresó a Milán.

            Carolina volverá en la segunda mitad de octubre, y pudo comprobar, por cien señales, el modo como gobernaba su marido y hasta el alcance de su escasa inteligencia: en una conducta semidespótica con enemigos y aliados, él cubría con su autoridad exacciones diversas, protegía el contrabando de sus oficiales y hasta un…entre garito y lupanar, donde algunos de su E.M. habían invertido fondos; y todo ello vino a crear tensiones con el vicepresidente de aquella república, el aristócrata ilustrado milanés Francesco Melzi d’Eril, y con altos funcionarios de su gobierno. Lo cual le valdrá al general en jefe severas llamadas de atención de Napoleón.

Con el cargo, soberbiamente pagado, de gobernador de París y comandante de la primera region militar, en 1804 -para el que Napoleón acabará nombrándole, después de muchas vacilaciones-, forma parte de la gran promoción de mariscales de mayo de ese año, y recibe la dignidad de príncipe, “prince Joachim Napoléon”, cuando Napoleón accede a la púrpura imperial. Y, tanto él como su esposa Carolina, llevan en París gran tren de vida.

Durante la campaña de 1805, combate en Austerlitz con gran bravura, al frente de la caballería, contra los ejércitos austro-rusos de la tercera coalición antifrancesa  (él, a quien su cuñado consideraba el “meilleur cavalier” del mundo), y Napoleón le eleva a la dignidad de duque.

            Por decreto imperial de 15 de marzo de 1806, efectivamente, Carolina y su marido –padres ya de cuatro hijos, después del nacimiento de Louise en 1805-, acababan de conseguir el ducado de Cleves y de Berg, del otro lado del Rin, que cedía el nuevo rey Maximiliano I de Baviera. “El título que adoptaréis en todos vuestros actos –le recomendaba Napoléon-, será el de ‘Joachim, Prince et Grand Amiral de France, duc de Berg et de Clèves’ (…) y en ningún caso tomaréis el nombre de Murat”.

            Alli va a llegar el bizarro soldado dispuesto a aplicar una política de rompe y rasga, muy propia de su carácter. Y su cuñado no tardará en tener que reprenderle en alguna de sus cartas, como en esta del 16 de abril, a propósito de cierta decisión intempestiva relativa a las aduanas:

            “…No hay que indisponer así a toda Alemania (…), vais con tal precipitación, y de forma tan aturdida, que no dudo que tengáis que rectificar más de una vez, ni conviene mostrarse vecino tan inquieto, porque no está en mi política ponerme en contra al rey de Prusia (…). Os recomiendo prudencia y tranquilidad, ya que no hay palabra ni frase que digáis que no llegue hasta Berlín, Viena o Saint-Petersburgo…”

            Y no iba a ser este atolondrado de cuñado el que viniera a marcarle al Emperador su agenda política.  El 2 de agosto siguiente le reiterará al mismo Murat:

            “…No puedo expresaros la pena que siento cuando leo vuestras cartas, os mostráis de una precipitación desesperante. Vuestro papel consiste en ser conciliador…”

¡Pero una corona ducal era poco para los ambiciosos Murat y Carolina, cuando José Bonaparte era elevado, en este 1806, a la dignidad de rey de Nápoles!

            La ambición de Napoleón parecía no tener límites en Europa, los asuntos de la península ibérica llegaron a envenenarse, y Murat, enviado a España, entraba en Madrid el 23 de abril de 1808, ahogando en sangre la revuelta popular, en aquellos aciagos 2 y 3 de mayo de los que Goya dejará trágico testimonio, y obligando con sus presiones y las del embajador Beauharnais a que Carlos IV se decidiera a trasladarse a Bayona; luego seguirá el príncipe Fernando.

“Le acabamos de dar una buena lección a la canalla de Madrid, por lo menos habrán muerto mil hombres”- le escribía Murat al mariscal Bessières, la noche del levantamiento. Y al día siguiente: “La tranquilidad ha quedado enteramente restablecida, y la altanería e insolencia de los madrileños ha dado paso a la consternación”.

            A pesar de su escozor por no haber sido nombrado rey de España, Murat acepta el trono de Nápoles que José Bonaparte dejaba libre y, el 15 de julio de 1808, era proclamado rey de las Dos Sicilias (aun cuando Sicilia -donde vino a refugiarse el rey Fernando IV-, estuviese entonces, en manos de los ingleses). Y organiza un fuerte ejército de 70.000 hs., que nunca podrán extender su autoridad más allá del estrecho de Mesina.

Secundado por su esposa Carolina, el fastuoso Gioacchino Napoleone Murat vino a tomarse muy en serio su papel de rey, quiso emprender reformas sociales e institucionales, como la abolición del feudalismo; e incluso se atreverá a llevar una política independiente de aquella que marcaba Napoleón en Europa, escuchando con creciente complacencia las proposiciones venidas de Austria.

Porque Napoleón entendía aquel reino de Nápoles que le había dado (como la Holanda de Luis Bonaparte, como la Westfalia de Jerónimo, como la España de José, como la Confederación toda del Rin), al servicio de su exclusiva política. Entre París y Nápoles las relaciones no tardarán en enturbiarse. “¡El nos ha hecho reyes, pero nosotros le hemos hecho emperador!” –le dirá alguna vez a su mujer, no menos despechada que su marido-.

                Obviando las cien aventuras femeninas de él –amores efímeros de soldado en campaña- y algunas episódicas de ella, las relaciones del rey de Nápoles con su mujer, distaban de ser excelentes, frustrado siempre aquel hijo de mesonero, en su vanidad, por no deber su encumbramiento más que a su matrimonio. Y –salvo en las ocasiones en que hubo ella de ejercer la regencia-, le dejaba escaso poder político, relegada a la animación de una cierta vida social en su capital, a la restauración de palacios y residencias, y a alentar la actividad manufacturera o la prosecución de aquellas excavaciones de Herculano y de Pompeya.

Y, sin embargo, cuando Napoleón le llama para que tome el mando general de la caballería en la campaña de Rusia, Murat no se atreve a desobedecer y otra vez vuelve a desplegar su conocido arrojo, junto a Ney y Davout, en la  cruenta batalla de la Moskova (o de Borodino) del 7 de septiembre de 1812, sobre los rusos del viejo mariscal Kutusov, para ser vencido, finalmente, en Winkowo (o Tarutino) -80 km al sur de Moscú-, el 18 de octubre siguiente, el día anterior al que el Emperador había fijado para la evacuación, “al estar quemado Moscú, y no ser una buena posición militar”.

Ya en el camino de regreso, Napoleón tuvo que volver precipitadamente a Francia, con motivo de la conspiración de Malet y, el 5 de diciembre, Murat hubo de asumir, en Smolensk, el mando general del ejército en aquella espantosa retirada. Pero, el 16 de enero de 1813, después de una violenta escena con Davout, el cuñado del Emperador abandonaba su puesto, arguyendo su quebrantada salud, sin dejar órdenes ni instrucciones, para regresar a Nápoles con tanta mayor impaciencia, cuanto que algunas cartas le hacían temer que se preparaba un desembarco inglés en Calabria; y allí iba a reanudar sus intrigas con los enemigos de Napoleón.

                Ya Murat en Nápoles, el encuentro fue forzado y distante con su mujer, todavía profrancesa, cuya gestión censuró: “…Hubo escenas violentas entre ellos y personas importantes recibieron la orden de retirarse de la corte. Presa de una gran desconfianza, la política del rey, se volvió misteriosa y sombría…” (Abrantes).

            Y, sin embargo, de nuevo volvió al lado del Emperador el veleidoso Murat, en la campaña de Alemania de este 1813, distinguiéndose en Dresde y en Leipzig, al frente de una caballería muy disminuida, para abandonarle otra vez, a fin de salvar su propia corona, cuando el Imperio parecía ya naufragar sin remedio.

            Porque Murat –conocida ahora la voluntad de Napoleón de sacrificar aquella península si las negociaciones así lo exigían-, lanzaba ya proclamas con visos de traición, que hablaban de “independencia de la patria” y de “reunión de toda Italia”.

            A partir de enero de 1814, intentando liberarse de la tutela imperial, Murat firmaba con Austria e Inglaterra, enemigas de la insensata política napoleónica, un tratado que le garantizaba su reino, a condición de que aportara 30.000 hs. a la causa aliada. Y, tratando ya a Napoleón de “gran perturbador de la paz”, marcha, efectivamente, contra el ejército que el hijo de Josefina Eugenio de Beauharnais le opone en Italia, al que obliga a retirarse sobre el río Adigio.

            Napoleón acabó firmando su abdicación en Fontainebleau, el 4 de abril de 1814, y los Borbones volvieron a Francia.

Murat parecía haber conservado su trono napolitano. Pero, a pesar de su traición, el cuñado del confinado en la isla de Elba se sentía abandonado, y el apoyo aliado hacia su impredecible figura se iba diluyendo irrisorio y humillante.

            Paralelamente, las relaciones con Carolina hacia tiempo que no venían siendo apacibles, y sus discordias traspasaban el ámbito doméstico, convencida ella ahora de que aquel agitado personaje que tenía por marido, no era más que un soldadote sin cabeza política ni envergadura; ‘el rey Franconi’, le llamaban entre la tropa. Él exclamaba de vez en cuando que no quería ser un segundo Bacciochi (refiriéndose al irrelevante marido de Elisa Bonaparte), y que no iba a ser gobernado por su mujer.

Cuando Napoleón consigue desembarcar de nuevo en las costas de Provenza y sostener luego, durante los llamados “Cien Días” un gobierno en las Tullerias, Murat comete el mortal error ahora de volver a secundarle, e intenta levantar a los patriotas italianos para unificar aquella península bajo su corona; el 30 de marzo de 1815, publicaba aquella  proclamación de Rimini que Alessandro Manzoni había redactado, y llevaba a sus tropas hasta el Po. Aquello fue la alarma general y definitiva entre las potencias, y Murat acabó derrotado en Tolentino (en las Marcas, a 40 km del Adriático), entre el 2 y el 3 de mayo de 1815.

Perdido ahora su reino, fue a refugiarse a Provenza, desde donde, otra vez, se dirigió a Napoleón, que desdeñó responderle.

Y llegó Waterloo al mes siguiente, que marcaba el final definitivo de aquel tinglado imperial.

            Aislado y desamparado, Murat seguía empecinado en recuperar su trono, cuando Metternich parecía dispuesto a acogerlo en su territorio con nombre ficticio. Pero aquella obsesiva idea iba a ser su ruina. Se refugió en Córcega, y allí alcanzó a reunir un puñado de partisanos, con los que tenia la intención de restablecer su autoridad y reconquistar el reino.

            Así llegó Murat a las playas de Calabria, el 8 de octubre. Pero, traicionado, fue capturado por los lugareños, juzgado rápidamente por una comisión militar de Fernando IV y condenado a muerte. Morirá fusilado en el castello del mismo Pizzo donde había desembarcado “¡Evitad la cara y apuntad al corazón; fuego!” –parece que fueron las últimas palabras de este húsar curtido en todas las batallas-. Era el 13 de octubre de 1815. Allí se le sigue rindiendo culto, aún hoy, para consumo de turistas ignorantes. ¡Culto a este ambicioso, que sólo se acordó de la unidad de Italia como último recurso! Así  va la Historia.

            Y allí se conserva su tumba.

            En 1899 fue publicada su correspondencia.

Con su esposa Carolina Bonaparte había tenido Murat cuatro hijos: Achille (1801-1847), Letizia (1802-1859), Lucien (1803-1878) y Louise (1805-1889); sólo de Lucien procede la descendencia Murat.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

MURAT, Joachim : Correspondance de – (juillet 1791-juillet, 1808), prefacio de M. H. Houssaye ; Turín, Roux, Frassati et Cie., 1899. También: Murat, lieutenant de l’Empereur en Espagne en 1808, d’après sa correspondance inédite et des documents originaux; E. Plon, Nourrit et Cie., y Lettres et documents pour servir à l’histoire de Joachim Murat, 1761-1815; con introdeuccióny notas de Paul Le Brethon ; Plon, Nourrit et Cie., 1908-1914.   
GARNIER, Jean Paul: Murat, roi de Naples ; París, Plon, 1959.
GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: Napoleón y el clan de los Bonaparte (1799-1815); European Academic Press, 2015. También: Napoleón Bonaparte, la lenta conquista del poder (1769-1799); Punto Rojo, 2016.
HAEGELE, Vincent: Murat, la solitude du cavalier; Le Grand livre du mois, 2015.
HULOT , Frédéric: Murat, la chevauchée fantastique (presentado por el príncipe Murat); Le Grand livre du mois, 1998 y Pygmalion, 1998.
LACOUR-GAYET, Michel: Joachim et Caroline Murat; Le grand livre du mois, 1996.
PRIEUR, Jean : Murat et Caroline; París, F. Lanore, 1985.        
TULARD, Jean: Murat; Fayard, 1999 y toras ediciones. 
TURQUAM, Joseph : Caroline, soeur de Napoléon; Tallandier, 1954; in-8º, 255 págs. Existe versión española bajo: Carolina de Murat ; Círculo de Amigos de la Historia; 1974, 227 págs.

Deja un comentario