Talleyrand-Périgord (1754-1838)

Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord, más conocido por “Talleyrand”, nacía en la rue Garancière de la capital del reino el 2 de febrero de 1754, al lado del seminario donde ingresaría un día, y era hijo del conde Charles-Daniel de Talleyrand-Périgord (1734-1788), coronel de granaderos ue llegará a teniente general, y de Victoire Éléonore Alexandrine de Damas d’Antigny de Ruffey (1728-1809), que no parece haberse ocupado mucho de su hijo. Y era sobrino, por línea paterna, de Alexandre-Angelique de Talleyrand-Perigord (coadjutor del arzobispo de Reims, pronto cardenal, el conde Charles-Antoine de La Roche-Aymon, y titular, él mismo, de la abadía benedictina de Hautvillers, no lejos de allí, antes de suceder en 1777 al anterior en el mismo arzobispado); este  Alexandre de Talleyrand-Périgord, pronto emigrado con la revolución, llegará un día, bajo Luis XVIII, a cardenal y arzobispo de París.

Y, aunque de cuna alta, los padres del pequeño Charles-Maurice no nadaban precisamente en la abundancia. Con su madre intentando mejorar en la Corte los ingresos materiales de la casa y con su padre guerreando en los ejércitos del rey, a la salida de su ama de cría el niño fue enviado en 1758 a Chalais, en el Périgord, donde la anciana princesa Marie-Françoise de Rochechouart-Mortemar, su bisabuela, mantenía holgado tren de vida en su pequeña corte provinciana, y allí pasará cuatro años.

Tras la muerte de un primogénito a los cinco años de edad, él vino a encontrarse teórico heredero de la importante Casa Talleyrand-Périgord, pero zopo de un pie, como consecuencia de un accidente ocurrido en su infancia, la carrera de las armas parecía quedarle cerrada, por lo que, aun sin vocación ninguna, será orientado hacia la Iglesia, llegado el momento.

Hizo unos primeros estudios en el collège d’Harcourt -en el lugar que hoy ocupa el lycée Sain-Louis-, donde tuvo por condíscipulo a Auguste de Choiseul-Gouffier, luego diplomático, que será su amigo; y, a los dieciséis años y a regañadientes, hubo de ingresar en aquel seminario e iglesia de Saint-Sulpice donde había sido bautizado, que había fundado J. J. Olier en 1642, y que pasaba en ese momento, por el más flexible de los seminarios; allí permanecerá tres años, empapándose de libros de viajes, de literatura ilustrada y de filosofía, y bastante menos de teología.

Lo cual no obstaba para que el joven seminarista, alternara sus tediosos días de estudios con las regulares visitas que ya hacia a cierta pequeña actriz de la Comedia Francesa, mademoiselle Luzy, a la que llamaban Dorothée Dorinville.

Su mediocre aplicación a las cosas del espíritu y la poco ejemplar conducta que venía mostrando hicieron que el postulante Talleyrand-Périgord fuera instado a concluir sus estudios en cualquier otro lugar. Y fue el seminario de Angers, para continuar luego su formación teológica en la Sorbona.

Luis XV moría en 1774, y el pusilánime, pero bienintencionado Luis XVI subía al trono, haciendo a su esposa, la joven archiduquesa de Austria María-Antonieta, reina de Francia.

Gracias a la influyente posición de su familia Charles-Maurice de Talleyrand se ve nombrado en 1775 -con veintiún años y ya  subdiácono-, abad commandataire de Saint-Denis en la diócesis de Reims (especie de “abad” laico, cuya figura ocupaba la mayoría de las abadías en Francia, antes de 1790).

De fina inteligencia, buen cortesano y bien recibido en los salones aristocráticos y burgueses, el ambicioso Talleyrand-Périgord era, finalmente, ordenado sacerdote en 1778, pasando a llevar, a partir de entonces, la mundana existencia de tantos clérigos de la época, vividores, libertinos, amantes del beau sexe y, en cuanto a él, metido en negocios comerciales y financieros, aquí y allá.

Dos años después, será nombrado para la prestigiosa funciòn de agente general del clero, es decir representante, cerca del rey, de los intereses de la Iglesia de Francia.

            Partidario, ya por entonces, de una política de reformas, Talleyrand interviene en la Asamblea general del Clero de 1782 en favor de los curas que, con unos ingresos muy insuficientes, llevaban una vida miserable por todos los rincones de Francia.

Y aquel que llamaban por entonces, l’abbé de Périgord, mantiene, a partir de 1783 y durante unos años, una conocida relación sentimental con Adelaïde Filleul (1761-1836) -que será condesa de Flahaut por matrimonio con un conde de Flahaut de la Billarderie, 36 años mayor que ella-, con la que vive casi maritalmente; y de esa relación –antes de convertirse su madre en conocida novelista bajo el nombre de Souza-, nacerá en 1785 Charles de Flahaut, gran amor luego de Hortensia de Beauharnais.

En 1788, Talleyrand accedía al obispado de Autun en Borgoña, después de haber superado las reservas de Luis XVI hacia aquel disipado “abbé de Périgord”, del que todo el mundo hablaba; pero iba a ser para asumir rápidamente los principios de la Revolución, cuando el horizonte vino a ensombrecerse definitivamente y comenzó el complejo proceso.

Llegaron los comicios para los Estados Generales, Talleyrand fue elegido diputado por el clero de su diócesis de Autun, y comenzó a relacionarse con un viejo conocido, Mirabeau, y con los La Fayette, Sieyès… y a frecuentar enseguida aquella “Société des Amis de la Constitution” (club de los jacobinos), de ambiente diverso y moderado todavía, en el momento en que los iniciales Estados convocados en mayo se transformaban en una única Asamblea Nacional.

Cuando se inicia el proceso de redacción que iba a darle una constitución  a Francia, él forma parte de aquel comité y, el 10 de octubre de 1789, siguiendo una propuesta suya, los bienes del Clero eran confiscados y puestos a disposición de la nación, declarada ya prácticamente en bancarrota.

Ha transcurrido un año desde la toma de la Bastilla, y el 14 de julio de 1790, Talleyrand celebra una misa en el Champs-de-Mars, en el “altar de la patria”, con motivo de la fiesta de la Federación, ante decenas de miles de franceses, ahora “ciudadanos”. Él fue uno de los cuatro obispos que aceptaron jurar la Constitución civil del Clero, votada días antes, para convertirse en el jefe del clero constitucional y, el 24 de febrero de 1791, él será también quien se atreva a  consagrar –en un gesto de ultragalicanismo-,  a los primeros obispos juramentados -¡convertidos así en funcionarios del Estado!-, lo cual le valdrá la condena del papa, por sucesivos breves de marzo/abril de 1791 y marzo de 1792. Ese será uno de los grandes problemas de la Revolución en la Francia profunda, a partir de ese momento.

Ya para entonces, en enero de 1791, Talleyrand había resignado el cargo de obispo de Autun para vivir, en adelante, como un laico.

            Han pasado los meses, en este tránsito de 1790 a 1791, y las diferencias ideológicas han ido ahondándose. Talleyrand parecía adscribirse a la corriente que llamaban de los constitutionnels, partidarios de un régimen parlamentario auténtico, donde se agrupaban los Bailly, La Fayette, Sieyés…(con los monarchiens por su derecha, y el triumvirat de los Lameth, Barnave, Duport… a su izquierda). Los “demócratas”, en la ultraizquierda, tenían aún poca relevancia.

Y lo que luego será su brillante carrera diplomática comenzaba con una misión  a Londres (febrero/marzo de 1792) de donde regresó con la convicción de que Inglaterra no intervendría en un conflicto entre Francia y las potencias continentales, a menos que los Países Bajos austríacos fueran atacados. De regreso a Londres, esta vez como adjunto del embajador marqués de Chauvelin, no podrá impedir que su superior estropee con su torpeza las relaciones franco-británicas.

Pero los acontecimientos se precipitaban. Después de la trágica jornada del 10 de agosto de 1792, en que Luis XVI fue depuesto y encerrado con su familia en la prisión del Temple, una nueva oleada de franceses lo dejaban todo y decidían abandonar Francia. Talleyrand, comprometido por los papeles encontrados en las Tullerías, emigra también y, en septiembre siguiente, se instala por un momento en Inglaterra, de donde será expulsado por el gabinete de Sain-James, para pasar, de mala gana, a América, donde pasará dos años y medio.

Cayó Robespierre, siguió la Convención termidoriana que dará paso al Directorio; y, habiendo conseguido verse tachado de la lista de emigrados, Talleyrand regresaba a París en septiembre de 1796 para recibir, antes de un año, la cartera de Negocios Extranjeros (julio de 1797), gracias a Barrás, que hablaba alto ahora y podía mucho, cerca del cual Benjamin Constant y madame de Stäel insistieron hasta el enojo. Era antes de que Napoleón Bonaparte separase al ex-prelado de estos liberales. Y el nuevo ministro puso enseguida su talante insinuante y obsequioso al servicio del Directorio.

            Odiado por los jacobinos y objeto de la suspición de la gente colocada hacia este arribista intrigante, pronto percibe Talleyrand que el régimen al que estaba sirviendo no tendría mucho tiempo de vigencia, a juzgar por las fuertes tensiones internas a las que asistía y la corrupción desbocada de algunos de sus dirigentes, y presenta du dimisión, retirándose como de puntillas, para acercarse a la estrella ascendente de Bonaparte, alla en El Cairo por entonces.

De regreso ya el conquistador de Egipto, y tras el golpe de Brumario, en cuyo sanedrín preparatorio había participado, Talleyrand recobraba el ministerio de Asuntos Exteriores.

Con ocasión de la confirmación de su nombramiento, Talleyrand fue recibido por el Primer Cónsul en su gabinete:

-Ciudadano Cónsul, sabré merecer vuestra confianza, pero deseo declararos que sólo trabajaré en adelante con vos; no es cuestión de vano orgullo por mi parte, se trata del interés de Francia. Para que el país esté bien gobernado y haya unidad de acción, el Primer Cónsul deberá tener en sus manos los ministerios del Interior y de la Policía para los asuntos de dentro, y mi ministerio para los de fuera….

Y pareció volcarse entonces en la consecución de una paz duradera (lo cual sería siempre –dice él-, el fin de toda su política). Así, negoció los tratados de Luneville con Austria (1801) y de Amiens (1802) con Inglaterra, junto con José Bonaparte.

            Tardaba en llegar el resultado de aquellas arduas negociaciones de Amiens –cuenta la condesa de Rémusat-, y todo era impaciencia en las Tullerías, hasta que por fin llegó el correo con la ansiada noticia que Talleyrand fue el primero en recibir. Con el papel en el bolsillo, el ministro fue a ver al Primer Cónsul, y durante un buen rato estuvo tratando con él de una docena de asuntos secundarios, hasta que, por fin:

            – Y ahora, Sire, voy a comunicaros algo que os producirá gran satisfacción. La paz ha llegado, he aquí el documento…

            Enorme sonrisa de Bonaparte, exclamaciones diversas y asombro inmediato de que tan formidable nueva la hubiera dejado el ministro para el final:

            – ¡Y  me dais semejante noticia cuando ya os estáis yendo! ¿Por qué no me lo habéis dicho antes!

            – Es que no me hubiérais escuchado sobre el resto de los asuntos, ¡cuando estáis feliz, Sire, sois inabordable!

            Bonaparte no se enfadó, ni frunció el ceño, y apreció el aplomo y la inteligencia de los negocios que su ministro mostraba, porque ningún otro servidor se hubiera atrevido a tanto.

            Y en el interior sugirió Talleyrand una política de apaciguamiento hacia los antiguos emigrados, los realistas y los católicos, en lo cual coincidía enteramente con las miras políticas del general de Brumario.

Fue él, sin embargo, quien, con ocasión de la discusión del Concordato con la Iglesia  Católica que acabará firmándose en julio de 1801 (ratificado por las Cámaras en abril de 1802), inspiró los 77 artículos orgánicos que orientaban aquella negociación hacia las posiciones de una iglesia galicana, y que Pío VII no firmará.

Levantada su excomunión por el papa Pío VII (breve de 29 de junio de 1802 de absolución), y obtenida su secularización, Talleyrand acabó casándose con su amante, aquella Catherine Grand, francesa nacida allá en Pondichéry (India), con la que había vuelto del exilio muy enamorado, y que él hará luego princesa de Talleyrand; persona de gran belleza en su momento, pero de una estupidez inagotable, según todos los testimonios. La condesa de Rémusat, que la conocerá bajo el Imperio en el concurrido salón de su marido, dirá de ella:

            “Su belleza se iba apagando a medida que iba ganando peso; siempre ricamente enjoyada, ocupaba por derecho un lugar preeminente en el círculo de aquel salón, aunque ajena casi siempre a todo; M. de Talleyrand nunca se dirigía ella y la escuchaba menos aún. Creo que él llevaba con resignación el peso con el que su debilidad le había cargado, al haber aceptado tan extraño matrimonio, y ella aparecía poco por la corte donde el Emperador la recibía sin mucho agrado, y a M. de Talleyrand no se le hubiera pasado por la cabeza el quejarse”.

Llegó el Imperio, y Talleyrand fue nombrado gran chambelán en 1804.

                Y en el verano de 1806, Napoleón decidía crear la Confederación del Rin (Rheinbund), de la que se declaraba “protector”. Así se hundía el Santo Imperio Romano Germánico, a cuya jefatura hubo de renunciar Francisco II, convertido ahora en Francisco I emperador de Austria.

De aquella magna operación político-diplomática, Talleyrand vino a obtener importantes beneficios, entre untos y gratificaciones –según práctica habitual de la época-, y en su palmarés, el nuevo título de príncipe-duque de Benevento (de cierta antigua posesión papal, allá en Campania, que el Emperador le daba en junio y que el beneficiario perderá en 1814.

Tantas dignidades apenas podían ocultar ahora su real impotencia para dirigir minímamente la política napoleónica. Partidario, primero, de una paz moderada con Austria, inquieto, no obstante, por la formación de la Confederación del Rin y de ver que la influencia moderadora de Austria quedaba eliminada de Alemania, Talleyrand no fue más escuchado en 1806, cuando aconsejó buscar un acuerdo con Inglaterra; y en Tilsit –hoy Sovetsk, ciudad, por entonces, en Prusia oriental-, Napoleón negoció directamente con el zar Alejandro (junio/julio, 1807), después de la victoria francesa de Friedland sobre sus tropas, del 14 de junio.

Pocas semanas después (9 de agosto de este 1807), el influyente personaje se veia apartado de su cartera de Negocios Extranjeros. El Emperador dirá que había vuelto de Tilsit irritado por la preponderancia que su ministro parecía querer adquirir en Europa, y que le molestaba oir decir que le era indispensable. Pero, aun objeto de aversión por parte de figuras importantes del sistema, como Murat y su mujer Carolina, o Fouché, Talleyrand fue compensado a su salida con el nombramiento de gran Chambelán y Vice-Gran Elector, con los emolumentos de 330.000 frcs. anuales vinculados al título, y que venían a agregarse a su inmensa fortuna.

Él ha dejado dicho que desaprobó la entrada en España, pero la realidad de los hechos es otra; porque, simple consejero ya, él incitó al Emperador a intervenir en la península. Los franceses habían entrado el 17 de octubre de 1807 y, contando ya con el inicuo tratado secreto franco-español de Fontainebleau (firmado por Duroc y Eugenio Izquierdo el 27 siguiente), relativo a la división de Portugal en tres partes, el general Junot entraba en ese país a partir del 19 de noviembre, y el 30 ocupaba Lisboa.

Aun sin cartera, aquel tratado había sido negociado y firmado por Talleyrand, a espaldas del ministro de Relaciones Exteriores Champagny, y ello a pesar de los afectados escrúpulos que querrá expresar posteriormente el rengo aristócrata, sobre las desastrosas consecuencias finales de la intervención.

Y será encargado de alojar en su tierra y palacio de Valençay a los infantes españoles.

Pero, en el transcurso de 1808, convencido ya del carácter quimérico de la política internacional de su amo, Talleyrand comprendió que no podría nunca llevar a Napoleón aceptar un equilibrio europeo razonable, y acabó traicionándole en las reuniones de Erfuhrt, de septiembre de 1808 (a las que, aun fuera del ministerio, había sido llamado, como entendido actor del año anterior). E incitó al zar Alejandro a resistir al Emperador para salvar a Europa, y a no sostenerle en su lucha contra Austria.

Y, en una escena terrible entre ambos, Talleyrand fue acusado de traición en un Consejo restringido, mientras, de pie y apoyando su invalidez en una consola, soportaba impertérrito la violentas imprecaciones que Napoleón le sostuvo: “¡No sois más que un montón de mierda en una media de seda!” –parece que le dijo-; y él mismo, elegante siempre, exclamó a la salida: “¡Qué lástima que un hombre tan grande sea tan mal educado!”

Madame de Rémusat (del exclusivo círculo de las amistades del ministro), vino en los días siguientes, toda desconsolada y flanqueada por el desdeñoso personaje, a solicitar la intercesión de la ahijada del Emperador. Él apenas dijo nada, como si se tratara de otro, todo lo explicó la condesa, y a Hortensia le dejó la extraña sensación de que era ella la solicitante. Al término de aquella breve entrevista, la joven Beauharnais aceptó con desgana decir algo en las Tullerías.

Napoleón soltó una carcajada, al oír esa noche el nombre de aquel de quien, con gran circunloquio, quería hablarle la hija de Josefina:

-¡Así que Talleyrand fue a verte esta mañana?

-Asi es, Sire, y parecía muy afligido…

-¿Piensa él, acaso, que no sé lo que anda diciendo por ahí! Que cotorree cuanto quiera, no se lo voy a impedir…

-Pero, Sire, me cuesta creer que una persona que apenas abre la boca…Deben de ser calumnias…

-Tu no conoces el mundo, ma fille!. ¡Yo sé bien a qué atenerme; si delante de ti no dice nada, luego se desquita a las tantas de la madrugada en el círculo de sus amigas!…

– No le voy a hacer ningún daño, pero ¡eso sí!, quiero que deje de meterse en mis asuntos…

Y Napoleón acabó retirándole su título de Gran Chambelán en enero de 1809:

Ya para entonces se hallaba en intrigas con Fouché, caído en desgracia él también.

A pesar de aquella aparente ruptura, Talleyrand continuará yendo a la Corte, con un aplomo que nadie pudo tomar por sumisión, y el imprescindible personaje seguirá manteniendo una cierta parcela de influencia en la política imperial: “Il n’y a que Talleyrand qui m’entende!”, decía a veces, y otras hablaba de encerrarle.

En lo inmediato, privado de importantes ingresos palaciegos, afectado por la quiebra del banco Simons y con el mantenimiento a su cargo de los infantes de España en Valençay, sus finanzas corrientes comenzaron a resentirse, y Napoleón vendrá a sacarle de aquellas… estrecheces, comprándole en 1811 el hôtel Matignon, del que era propietario.

Finalmente, Napoleón había decidido divorciarse de Josefina, buscando la necesaria continuidad biológica para su régimen personal; y, el 2 de abril de 1810, contraía nuevo matrimonio con María-Luisa de Habsburgo-Lorena, al término de meditadas deliberaciones en su fuero interno y en el entorno de la Corte, a las que Talleyrand no fue ajeno.

El Emperador había pensado por un momento, en alguna de las hermanas del Zar, y Talleyrand había sido comisionado, ya en la época de Erfurt, para que se abriese sutilmente sobre la cuestión. Pero, ni Talleyrand ni Alejandro mostraban el menor entusiasmo ante aquella pespectiva: “Me aterraba para Europa –cuenta el ex-ministro-, la idea de una alianza más entre Francia y Rusia”.

Él era, por el contrario, ferviente partidario de la alianza austríaca, y había venido defendiendo la opción que representaba la archiduquesa María-Luisa, hija de Francisco I y de la ya fallecida María Teresa de Borbón-Dos Sicilias; lo hizo en un Consejo extraordinario celebrado el 28 de enero de 1810, contra la opinión de aquel viejo jacobino que había sido el ahora archicanciller Cambacérès.

Basándose, pues, en algunos tanteos iniciados a las pocas semanas de la firma de la paz de Viena, de octubre del año anterior, Talleyrand va a ser el encargado de solicitar a la elegida para ser emperatriz de los franceses.

Y fue luego el descomunal e insensato proyecto de la invasión de Rusia de 1812, que Napoleón se había empeñado en llevar a término para castigar a Alejandro por no respetar el bloqueo continental (además de otras causas colaterales), y la catástrofe que supuso la retirada. Aislado ahora y fragilizado el régimen, todo parecía precipitarse.

¡Es el principio del fín!, murmuraban ya por círculos y salones. Talleyrand lo dijo sin ambages; y grande debió de ser su convicción, al rechazar ahora la cartera de Relaciones Exteriores que se le ofreció de nuevo, pidiendole, no obstante, al Emperador, a finales de diciembre de 1812 (con algún otro personaje influyente del régimen, como Caulaincourt), que negociara la paz e hiciera concesiones capaces de estabilizar la expuesta situación política, ahora que estaba a tiempo.

El ex-ministro no tardará en entrar en contacto con el pretendiente Borbón –conde de Lille hasta ayer, al que todos llamaban ya Luis XVIII-, ni en vender su experiencia y sus intrigas a Austria y a Rusia.

José Bonaparte abandonaba España en junio de 1813 y, por el tratado de Valençay de 11 de diciembre siguiente, negociado entre el duque de San Carlos y el conde de Laforest, que Talleyrand instó a que se firmara, el infante Fernando podía regresar a España reconocido como rey.

            Y, con el Emperador en campaña tratando de evitar la invasión de Francia, María-Luisa fue nombrada regente por segunda vez, con Talleyrand en el Consejo de Regencia –mal que le pudo pesar a Napoleón-. Pero las admoniciones desde la distancia, para que José Bonaparte se precaviese contra el gran enredador, van a ser constantes: “Os lo repito –le escribía a primeros de febrero-, desconfiad de ese hombre; lo conozco desde hace dieciséis años, incluso le he favorecido, pero sería el mayor enemigo de nuestra Casa, si nos abandonara la fortuna”.

Tras otra violenta disputa con el Emperador, Talleyrand decidió abandonar el puesto que aún conservaba en el Consejo.

Cuando los Aliados entraron en Paris, el 30 de marzo de 1814, fue él, constituido, a estas alturas, en centro de todos los cambalaches y negociaciones, y desde su puesto de presidente del Senado conservador, quien supo convencer al Zar de que la única solución política sería el regreso de los Borbones. Convertido en jefe del gobierno provisional, hizo proclamar por el Senado  la deposición de Napoleón, llamando al poder a Luis XVIII.

Muy en contacto con Talleyrand, fue Marmont, duque de Ragusa y mariscal del Imperio, el que pareció marcarles a casi todos, efectivamente, el camino de la defección.

Desde el día siguiente a la votación del derrocamiento de Napoleón por el Senado y el Cuerpo Legislativo, empezaron a llegar significativas felicitaciones, como aquella de Benjamin Constant, dirigida a Talleyrand, para agradecerle el haber hecho pedazos la tiranía y puesto las bases de la libertad.

Pero la duquesa de Abrantes que le conoció bien y no le apreciaba, dirá: “El talento de Talleyrand consistía siempre en aprovechar los acontecimientos y explotarlos, en beneficio propio o de aquel que él prevía que iba a convertirse en dominante”.

Presidente del Consejo de ministros y Secretario de Estado de Negocios Extranjeros en una Francia ocupada, fue él quien firmó, el 30 de mayo ce 1814, el Tratado de Paris que aportaba la paz con los Aliados, y quien luego tomará parte muy activa en el Congreso de Viena, del que, con Metternich, será impulsador e inspirador, consiguiendo dividir a los Aliados y formando un entendimiento secreto con Castlereagh y Viena, a fin de frenar la avidez de Prusia y de Rusia.

Pero la malhadada aventura de los Cien Días (marzo-junio de 1815), vino a destruir en parte el resultado de aquellos esfuerzos. Al menos había conseguido impedir el desmembramiento de Francia y devolverle al país un lugar en el concierto diplomático internacional.

Con la segunda Restauración, Talleyrand fue nombrado presidente del Consejo (9 de julio de 1815), pero, ante el odio que concitaba entre los ultrarrealistas, hubo de dimitir dos meses después.

Sólo tendrá, a partir de entonces y durante quince años, un papel relativamente apagado como miembro de la cámara de los Pares, donde, después de haber sido cómplice del despotismo napoleónico y de la ferrea censura del pensamiento, defendía ahora la libertad de prensa en las filas de la oposición liberal.

Cayeron los Borbones con la revolución de julio de 1830, y Talleyrand preconizó la entronización de los Orleáns –su vieja opción de siempre, desde la época de la Revolución-, en la persona de Luis-Felipe. Y fue recompensado con la embajada en Londres. En la Conferencia que tuvo lugar allí sobre la cuestión belga (1830/31), Talleyrand propondrá en vano una repartición de aquel territorio; como tampoco tuvo éxito esforzándose, contra Palmerston, por impedir el reconocimiento de la independencia y neutralidad del nuevo estado.

También en los asuntos ibéricos fracasó Talleyrand contra Palmerston, pero sabrá disimular su despechó aportando la adhesión de Francia a la Cuádruple Alianza de abril de 1834, aun aconsejando a Luis-Felipe que abandonara la esperanza de la alianza inglesa.

En el otoño de este 1834 dimitía de su puesto de embajador a orillas del Támesis.

Y aquel Maurice de Talleyrand-Perigord, personaje culto, cínico y de una superior inteligencia -sin el cual no podrían entenderse exactamente los inicios de la Revolución francesa-, hedonista, amante del sexo femenino y del dinero siempre, traidor a la clase de la que procedía, traidor al orden clerical en el que se había formado y que le había acogido, traidor al Imperio al que había servido y que le había recompensado generosamente, moría en su hotel de la rue Saint Florentin en París, en las primeras horas de la tarde del 17 de mayo de 1838, a los ochenta y cuatro años, confesado y en paz con la Iglesia Católica y con Roma. Horas antes, había recibido, ¡marca de distincion excepcional hacia su Casa! la visita del rey Luis-Felipe y de su hermana madame Adelaïde.

Y sus restos reposan hoy en Valençay.

Sus Memorias serán publicadas por el duque de Broglie en 1891/92, cuando ya P. Bertrand había dado al público, dos años antes, sus Lettres inédites à Napoléon

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

TALLEYRAND-PÉRIGORD, Charles-Maurice de –: Mémoires; publicadas por el duque de Broglie; 1891/92. Hay también una edición de 1967, publicada por Jean de Bonnot, en 6 vols. in-8º; y una ed. de Robert Lafont, de 2007, Mémoires et correspondances du prince de Talleyrand, edición íntegral;
Existe versión española de Jesús García Tolsa, en ediciones de 1962 y 1986.
BORDONOVE, Georges: Talleyrand, prince des diplomtes. París, Le Grand Livre du moi, 1999; también: Pygmalion, 1999 y ed. France loisirs, 2001.
CASTELOT, André: Talleyrand ou le cynisme; Perrin, 1980, luego Presses pocket, 1983; y Le Grand livre du mois, 1993. 
DYSSORD, Jacques: Les belles amies de Talleyrand; Nouvelles éditions latines, 2001.
GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: Bonaparte, la lenta conquista del poder; Punto Rojo libros, 2016. También: Napoleón y el clan de los Bonaparte; European Academic Press, 2015.
LAWDAY, David: Talleyrand, le maître de Napoléon (traducido del inglés); Albin Michel, 2015.
MADELIN, Louis: Histoire du Consulat et de l’Empire; Paris, Hachette, 16 vols.,1937-1954; también: Talleyrand; Perrin, 2013 (traducido al español por Planeta, 1965).
MORIN, Christophe: Talleyrand et son château de Valençay; Éditions du Patrimoine-Centre des monuments nationaux, 2015.
SÉDOUY, Jacques-Alain de –: Le Congrès de Vienne: l’Europe contra la France, 1812-1815; París, Perrin, 2003.
WARESQUIEL, Emmanuel de –: Talleyrand, le prince immobile; edición revisada y aumentada con documentos inéditos; Fayard, 2006.
ZORGBIBE, Charles: Talleyrand et l’invention de la diplomatie française; Paris, de Fallois, 2011.

En español:

ÁLVAREZ, José María: Yo, Talleyrand; Planeta, 1994.
GONZÁLEZ RUÍZ, Nicolás: Talleyrand, Metternich, dos diplomáticos; 1946.

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