Camus, Albert (1913-1960)

Nacía el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi (hoy Dréan, en árabe), provincia de Constantina, en esa Argelia que inspirará sus primeros ensayos  -“L’Envers et l’Endroit”, “Noces”-,  y servirá de marco a sus primeras novelas –“L’Étranger”, “La Peste”. Era el segundo hijo de Lucien Auguste Camus (1885-1914) y de su mujer Catherine Hélène Sintès (1882-1960). Su padre, simple obrero en las bodegas de un cosechero vinicola, al que sólo conocerá a través de las escasas confidencias de su  madre y algunas fotos amarillentas, moría al año siguiente, a los 29 años, al principio de la guerra, en la batalla del Marne; y a su muerte, dejaba sin recursos a su mujer y dos hijos. La madre, analfabeta, medio sorda y taciturna, vuelve entonces a Alger, a 400 km de allí, para sobrevivir con trabajos de criada o de limpieza, y confía a la abuela el cuidado de sus dos hijos.

            Esa abuela, dura y dominadora…

“a sus setenta años (…) creía que el amor es algo que se exige. Ella sacaba de su conciencia de buena madre de familia una especie de rigidez y de intolerancia (…). La anciana mujer esperaba que hubiera visitas para preguntarle, mirándole a los ojos fijamente: ‘¿A quién quieres más a tu madre o a tu abuela?’. Y el juego se hacía más duro cuando su hija estaba incluso delante, porque el niño respondía: ‘A mi abuela’, con un gran sentimiento de amor hacia esa madre que siempre callaba. Y, cuando los visitantes se sorprendían de una tal preferencia, la madre decía: ‘Es que es ella la que le ha criado’ (…). Y es cierto que a esa mujer no le faltaban cualidades. Pero, para sus nietos, que estaban en la edad de los juicios perentorios, sólo era una comediante”

Por el contrario, por su madre sentía un cariño inatacable. Y, sin embargo, ella no podía satisfacer lo que su hijo esperaba: A la madre generalmente silenciosa, a veces le preguntaban: ‘¿En qué piensas?’ Y ella respondía: ‘En nada’. Y era verdad, todo estaba ahí. Su vida, sus intereses, sus hijos se limitaban a estar ahí. Y a veces hablaba todavía del padre de sus hijos. Para criarlos, trabajaba duro y le daba el dinero a su madre. Y ésta se ocupaba de su educación utilizando una especie de disciplinas. Cuando golpeaba demasiado fuerte, su hija le decía: “no les des en la cabeza”, porque eran sus hijos. Alguna veces, de regreso de su extenuante trabajo, encontraba la casa vacía, porque la vieja estaba haciendo algunos recados, y los niños en la escuela; entonces se hundía en una silla y dejaba la mirada perdida, mientras a su alrededor, iba cayendo la noche. Si el niño entraba en ese momento, distinguía la flaca silueta de su madre y se detenía: tenía miedo y comenzaba a entender ciertas cosas. Pero le costaba llorar, ante ese silencio animal de su madre, que no le había oído entrar. Y sentía pena por ella, con su mirada resignada, ¿era eso quererla? Porque ella nunca había tenido hacia él una caricia, simplemente porque no sabría hacerlo. Entonces se quedaba mirándola, y se sentía extraño. Dentro de poco, la vieja volvería y renacería la vida, pero ese silencio marcaba ahora un desmesurado instante. Y el niño creía sentir, en el impulso que le habitaba, algo como amor por su madre. Tenía que ser así, porque era su madre…

Son recuerdos de su niñez que consignará el Camus ya adulto (“L’Envers et l’Endroit”).

            Entre una madre, pues, prácticamente sorda, una abuela autoritaria y hombruna, un tío inválido, aprendiz de tonelero, y su hermano Lucien, dos años mayor, el único de la casa que, con Albert, que sabía leer, el joven Camus iba creciendo pobremente en un piso de dos habitaciones. “Yo no aprendí la libertad en Marx; la aprendí en la miseria” –dirá él en “Actuelle” I-. Otro tío suyo iba, sin embargo, a aportar alguna fantasía a la atmósfera familiar: era Gustave Acault, de profesión carnicero y anarquista de ideas, que se deleitaba con la lectura del Ulises de Joyce y poseía las obras completas de Anatole France; él inició a su sobrino a  la lectura de Gide. Y el espectáculo estaba también en esas pobladas calles de Belcourt, “cálidas, llenas de mujeres, vendiendo flores por las esquinas” (“Carnets”, I); con esos pequeños restaurantes, como “chez Céleste”, esos jóvenes repeinados que, el domingo, iban en bandadas al “cine a tres francos”; “los árabes nativos, que vendían a gritos por unos céntimos, vasos de limonada helada”, como los que Mersault oía durante su proceso. Todo Argel estaba ahí, con “el mar a la vuelta de cada esquina”, “y el silencio de las tardes de verano (…), cuando el día bascula ya en la noche” (“Noces”).

El niño Camus asiste a la escuela municipal de Belcourt. Su maestro, Louis Germain, benévolamente, le hace trabajar después de las clases, para prepararle al concurso de  becas. Albert aprueba aquella selección y seguirá sus estudios secundarios en el lycée Bugeaud (Instituto de Enseñanza Media) de Argel, durante siete años (1923-1930). Y a los 44 años, dedicará a su viejo instituteur su Discurso de Suecia. Pero será, sobre todo, su profesor de filosofía, en “Lettres supérieures”, Jean Grenier, quien ejercerá mayor influencia sobre él en esta época. Le inicia en la lectura de Epicteto, de Kierkegard, de Proust…Y siembra en su jóven discípulo el germen de la inquietud y de la “ira interior contra el miserable papel que los hombres están destinados a desempeñar y que toman tan en serio” (Jean Grenier, Les Îles). Y esa influencia del maestro se transformará luego en amistad; Camus escribirá el prefacio de la reedición de Les Îles, y le dedicará a él tres de sus obras: “La Mort dans l’âme”, “L’Envers et l’Endroit” y “l’Homme révolté”.

            El éxito en sus estudios en nada hacía disminuir su intensas ansias de vivir; practica la natación, y es portero del equipo “Racing Universitaire” de Argel. Cuando su salud ya no le permita las largas exposiciones al sol, después del baño, o el esfuerzo de un partido de fútbol, Albert encontrará en los camerinos del teatro la misma vida de equipo y sus entusiasmos. Tenía muchos amigos: Max-Pol Fouchet (luego poeta y crítico de arte), Jean de Maisonseul (luego pintor y urbanista), André Belamich (luego crítico, hispanista y traductor de Lorca), por sólo citar algunos.

            Un primer ataque de tuberculosis en 1930 no le impide al principio llevar una vida activa e independiente; y cambia a menudo de domicilio, viviendo unas veces solo, y otras en comunidad, casándose a los veintiún años, un 16 de junio de 1934, con Simone Hié, que le ha birlado a su amigo Fouchet (chica guapa de buena familia, que jugaba a ser estrella en los medios europeos de Argel, aficionada a los paraísos artificiales y escasamente fiel, por lo demás, de la que divorciará dos años después), o practicando diversas profesiones, como empleado en la prefectura, agente corredor marítimo (como su personaje Mersault), vendedor de recambios de automóvil, meteorólogo, actor, cuando no apuntador de teatro o director, con su compañía propia.

Militante del comité antifascista Amsterdam-Pleyel, de Henri Barbusse y Romand Roland (donde el PCF y la internacional comunista jugaban relevante papel), luego en el Partido comunista argelino a los veintiún años, se le encarga a él la propaganda en el medio musulmán. Pero abandona la organización dos años después, cuando su partido decide cambiar de estrategia y la acción en el medio musulmán se hace menor, hasta el punto de desembocar en una ruptura entre el PCA y el Partido del Pueblo Argelino, de Messali Hadj.

Camus continúa, sin embargo, dirigiendo la Maison de la Culture de Argel, y aquel “Théâtre du Travail”, que patrocinaba el PCA y que él había fundado con un puñado de intelectuales comprometidos, de jóvenes actrices y de camaradas del partido, pasa a llamarse Théâtre de l’Équipe, para el que había escrito con cuatro otros compañeros “Révolte dans les Asturies”en 1936, obra de propaganda cuya representación prohibirá el alcalde de Alger.

Ese mismo año, después de haber terminado una licenciatura de filosofía, redacta un Diplôme Supérieur sobre las relaciones del neo-platonismo y de la metafísica cristiana (Métaphysique chrétienne et néo-platonisme. Plotin et Saint-Augustin), bajo la dirección de René Poirier (otro de sus profesores que también dejó en él huella indeleble). Y lee mucho por entonces: a Splenger, Sorel, Nietzsche, Tolstoï, a Dostoievski (que le viene a confirmar en la idea de que “todo es hermoso (…). El hombre es desgraciado porque no sabe que es feliz. Sólo por eso. El que lo entienda, será feliz al momento –según decía el Kirilov de Dostoievski, en “Los Demonios”-), también a Gide, cuyo lirismo sensual le resulta al principio demasiado afectado, o el americano Melville, cuya novela “Moby Dick” le aparece como uno de los mitos más conmovedores que nunca se hayan imaginado sobre el combate del hombre contra el mal y acerca de la lógica que acaba enfrentando al hombre justo primero contra la creación y el creador, y luego contra sus semejantes y contra sí mismo; y a Malraux, con quien entra en correpondencia y en quien descubre cierta identidad de pensamiento; todos dejarán huella en su obra.

            Y en 1937, separado ya de Simone,  conoce a Christiane Galindo, hija de maestra, que, por amor, se pone a la tarea de dactilografiar las cuartillas manuscritas que va escribiendo su amante.

            Pero su estado pulmonar empeoraba, y en 1937, se vio obligado a venir a descansar a Embrun, en los Alpes. Cuando regresa a Argel, al no permitirle su cuadro de salud presentarse a las oposiciones de agrégation, y antes de hundirse en un irrelevante puesto de auxiliar de latin en Sidi- Bel-Abbes, Camus se lanza a la escritura. Con veinticuatro años, publica “L’Envers et l’Endroit” en la librería-editorial de Edmond Charlot (por entonces en Argel y personaje clave en algún momento de la historia literaria de Francia), escribe “Noces”, empieza “Calígula”, y la novela “La Mort heureuse” que abandona por “L’Étranger”; y en 1938 se hace periodista en Alger républicain, periódico que sostenía la acción del Frente popular, en ese momento en el gobierno de Francia. Y aquí va a ocupar, sucesivamente, todos los puestos de redacción, desde el de “sucesos” y “tribunales”… (él se describirá en “L’Étranger”, bajo la figura del joven periodista que le da a Mersault la extraña sensación de estar siendo observado por sí mismo), …hasta los de editorialista y crítico literario. Y así es como tiene ocasión de analizar las primeras obras de un joven autor, un tal Sartre, cuya visión del mundo no comparte.

Pero Camus se hace sobre todo célebre (e indeseable, a los ojos del Gobierno General) por un trabajo sobre Kabilia (“Enquête en Kabilie”, en el Alger républicain, de los días 5 y 6 de junio de 1939): “La miseria en Kabilia me privan de gozar de la belleza del mundo. En Tizi-Ouzou he visto a niños disputarles a los perros el contenido de una basura”.

            En 1939 llegó la guerra, y Camus hubo de renunciar a cierto plan de viaje a Grecia que él decía ser su segunda patria.  Quiso alistarse, pero fue rechazado.

Obligado de abandonar su tierra natal debido a sus ideas anticolonistas, y odiado por los pieds-noirs (franceses de Argelia), fue a instalarse en París con Francine Faure, oranesa de clase media, culta y excelente pianista por lo demás.

Y en la capital trabaja durante unos meses en Paris-Soir, con cuyo  periódico se repliega a Clermont-Ferrand, al principio de la ocupación, y luego a Lyon en zona libre, donde decide casarse con Francine, el 3 de diciembre de 1940.

Unas semanas después, el matrimonio vuelve a Oran, pero el desembarco americano de 1942 en Africa del norte, le separa de los suyos.

            En ese año de 1942, Camus publicaba, por un lado, su primera narración, “L’Étranger” (“El Extranjero”, “El Extraño”, a la sociedad y a sí mismo), donde describía la desnudez del hombre frente al Absurdo, y también “Le Mythe de Sisyphe” (El mito de Sísifo, o el trabajo inutil, infinito y sin esperanza), en torno a la noción del suicidio y de lo absurdo de la existencia: “Sólo hay un problema filosófico verdaderamente serio –escribía al comienzo de este ensayo ideológico-, es el suicidio. Juzgar que la existencia vale o no vale la pena ser vivida, es responder a la cuestión fundamental de la filosofía. El resto, si el mundo contiene tres dimensiones, o si el espíritu tiene nueve o doce categorías, viene después…”. Es el hombre en búsqueda de una coherencia que no encuentra en la marcha del mundo; “una de las únicas posiciones filosóficas coherentes es la rebelión –escribía-, perpetua confrontación del hombre con su propia obscuridad”. Pero para él, todos los medios no son aceptables para alcanzar el fin propuesto.

Y entra como lector en Gallimard en 1943, mientras retoma su “Calígula” (1943) y trabaja en “La Peste”.

            Pero ya desde 1941 ha ingresado en el movimiento de resistencia de Combat. Y se le encargan misiones de información y la redacción de un periódico clandestino que llevaba el nombre de la red: “Combat”, con esta divisa: “De la résistance à la Révolution”.

Y, al finalizar la guerra, dará a conocer sus cuatro “Lettres à un ami allemand” (Lausana, Marguerat, 1946), donde afirmaba:

“Elegí la justicia, porque quería permanecer fiel a la tierra. Continúo sin creer que este mundo tenga un sentido superior; pero sé que algo en él tiene sentido, y es el hombre, porque es el único que exige que tenga sentido”.

            Después de la liberación de Francia, su actividad se hace más intensa. Y también sus éxitos:

  • En teatro,”Le Malentendu”, obra en tres actos, sobre el problema de la incomunicabilidad -que aquí desemboca en tragedia-, publicada primero y luego estrenada, aún bajo la Ocupación, en junio de 1944 (con versión definitiva en 1958), e interpretada por aquella joven actriz de talento María Casares (1922-1996), hija del ministro español republicano, exiliado en Francia en 1936, con la que tendrá una durable relación sentimental, para gran disgusto de Francine; y “Calígula” escrita en 1939, publicada en 1944 e interpretada por Gérard Philippe en 1945; en ella, el emperador Caius Caesar Germanicus, sintiendo como una revelación lo absurdo de la condición humana después de la muerte de su hermana Drusilla, decide ejercer su propia libertad contra el orden de los dioses y los hombres, hasta convertirse en un tirano sanguinario; pero Calígula acaba comprendiendo que no se puede destruirlo todo sin arruinarse a si mismo…

Ambas obras le aportan notoriedad en el mundo de las tablas que él tanto amaba.

  • Y en novela será “La Peste” (1947), que narra una epidemia en Orán (reflexión y alegoría acerca del mal y sobre la invasión hitleriana), que le vale el Prix des Critiques.

En 1945, en el París ya liberado –donde Francine se había instalado, con Albert participando en actividades de Resistencia-, nacen sus dos gemelos Catherine y Jean.

Es la época también en que entabla amistad con Gide, Malraux, Aragon, René Char, Emmanuel Astier de la Vigerie (fundador de aquel primer diario Libération), Merleau-Ponty (con quien, un día, estuvo a punto de pelearse físicamente en casa de Boris Vian y su mujer), Simone de Beauvoir y Sartre, con el que, a veces, se asocia el nombre de Camus. Y, sin embargo –escribe él por entonces-:

“Sartre y yo publicamos nuestros libros antes de conocernos; cuando nos conocimos, fue sólo para constatar nuestras diferencias. Sartre es un existencialista, y el único libro de ideas que yo he publicado, “Le Mythe de Sisyphe”, iba dirigido contra los filósofos llamados existencialistas” (Pléiade, Théâtre, Récits, XXXIV).

Camus no reivindicaba el título de filósofo, y menos aún el de existencialista. Es cierto que pertenecía a la misma época de angustia de su generación. “L’Étranger” fue redactado entre la guerra de España y la catástrofe militar francesa de 1940, y sólo podía reflejar las tendencias de la filosofía del momento. Y el pesimismo y el sentimiento de lo absurdo eran fundamentales, tanto para el autor de “L’Être et le Néant” como para él mismo, lector de Kierkegaard, de Jaspers, de Heidegger, y también de Kafka y Dostoievski. Porque, ya sea intelectualmente o de manera intuitiva, el ser humano percibe el sinsentido de la vida cotidiana, la incomunicabilidad, la vanidad del saber científico, abocado, al final, a la imposibilidad de una ontología racional y a la presencia ineluctable de la muerte. Y esa confrontación entre nuestro “deseo desesperado de claridad” y lo irracional de nuestra existencia (“Le Mythe de Sisyphe”), es la base de la rebelión lúcida y solitaria, para hacer surgir la pasión de la libertad, a partir del momento en que Camus excluía las fáciles soluciones del suicidio y de las “metafísicas de consuelo”.

Pero, a pesar de posiciones a menudo cercanas y de un vocabulario común, la noción esencial de absurdo queda localizada para Camus en la relación del hombre con el mundo. En el prefacio para una edición en lengua inglesa de “L‘Étranger”, decía en enero de 1955: “Tengo resumido hace tiempo “L’Étranger” en una frase que reconozco paradógica: ‘En nuestra sociedad, todo hombre que no llora en el entierro de su madre corre el riesgo de ser condenado a muerte’. Quería decir con ello que al protagonista del libro se le condena porque no sigue el juego; y, en ese sentido, es “extraño” a la sociedad en la que vive”.

En cuanto al principio sartriano, según el cual “la existencia precede a la esencia”, Camus lo combate; porque, aun reconociendo la lucidez del existencialismo, él pensaba que el sistema desembocaba en falsas conclusiones.

Los valores que Sartre y él defendian estaban lejos de ser idénticos, porque, en la base de su rechazo del existencialismo, en el fondo, estaba la fidelidad a sus fuentes naturistas y mediterráneas. Y, finalmente, se negó a unirse al compromiso marxista, y a someterse al “historismo y sus contradicciones” (“Actuelles”, II).

Tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki de agosto de 1945, Camus publica un editorial en Combat, condenando la utilización de la bomba atómica. Ni el bando de intelectuales del occidente democrático por unas razones, ni los comunistas por otras, hicieron otro tanto, y Camus fue el único entre la intelectualidad relevante en alzar su voz contra aquel gesto desesperado de un presidente que quiso ahorrar posiblemente un millón de muertes aún por llegar, si aquella absurda guerra se prolongaba, y abreviar el sufrimiento de toda Asia, subyugada hasta lo indecible y explotada por la casta militar nipona, desde China a Filipinas e Indonesia.

Camus frecuenta entonces todo lo que París contaba de intelectuales y de artistas.

            En marzo-mayo de 1946, viaja a los Estados Unidos, donde los estudiantes le reciben calurosamente, bajo la suspición de los servicios de seguridad del país, que se acuerdan de su pasado comunista y de sus protestas sobre Hiroshima, y en Nueva York conoce a la joven Patricia Blake (1925-2010) con quien mantendrá una breve relación. A su regreso firmará diversos artículos contra el expansionismo soviético, convertido en manifiesto tras el golpe comunista de Praga (1948), y renovada, más tarde, esa posición, después de la intervención soviética en Budapest, en el otoño de 1956.

            Hasta 1947, Camus continúa asumiendo la dirección de Combat, firmando editoriales de alto nivel, a menudo de la misma inspiración que aquel del 25 de agosto de 1944, día de la Liberación: “La grandeza del hombre reside en su dimensión de ser más fuerte que su condición. Y, si su condición es injusta, sólo dispone de una manera de sobrepasarla: ser justo él mismo”.

Y estigmatiza todos los escándalos de la Historia, repartiendo sus ataques a izquierda y derecha, contra el trato infligido a los antiguos colaboradores, contra las matanzas de Sétif en 1945, o de Madagascar en 1947: “Los hechos están ahí claros y abominables como la verdad; hacemos en esos casos, lo que hemos reprochado a los alemanes” (Combat, 10 de mayo de 1947).

[Editoriales y artículos en “Combat”, de 1944 a 1947,. Edición presentada y anotada por Jacqueline Lévi-Valensi; Gllimard, 2013].

Y, con Jean-Louis Barrault, escribe en 1948 para el teatro “L’État de siège” (prolongación de “La Peste”), y, en 1949 (respuesta, en cierto modo, a “Les Mains Sales” de Sartre), “Les Justes” en cinco actos -interpretados por Maria Casares en el papel de Dora y Serge Reggiani en el de Kallayev-, donde el autor reserva un importante espacio al amor y a los sentimientos, y muestra los escrúpulos de un terrorista ruso de 1905.

Y de nuevo cruza el Atlántico en junio-agosto de 1949, para visitar, esta vez, América del Sur.

En este 1949, firma un llamamiento en favor de los comunistas griegos condenados a muerte; pero, también, intenta ser valientemente ecuánime: El escritor David Rousset (1912-1997), que había luchado en España al lado de los republicanos y había sido luego deportado por los nazis, acababa de denunciar el horror de los campos de concentración soviéticos, y no por ello Sartre había dejado de relacionarse con el partido comunista francés y de mantener con ellos unas apacibles relaciones, por temor a que la crítica viniera a debilitar la posición internacional de la Unión Soviética.

En 1952, como continuación del “Mythe de Sisyphe”, Camus publicaba “L’Homme révolté” [“El hombre rebelde”, versión española de L. Echávarri, en la ed. Losada]:  “…Olvidan el presente por el futuro (…), la miseria de los arrabales por la ciudad radiante del porvenir, la justicia cotidiana por una vana tierra prometida”. Era una destemplada crítica a la izquierda desde la misma izquierda, sobre el totalitarismo en la Unión Soviética, y en torno a las cuestiones del homicio/asesinato y de la rebelión. Él decía: “La primera y única evidencia que se me impone en el interior de la experiencia absurda es la rebelión”. Y esa evidencia, anclada en la conciencia de los pueblos y de los individuos, juega para Camus el mismo papel que el “cogito” cartesiano: “Je me révolte, donc nous sommes”; pero puede dar lugar también a desviaciones totalitarias.

El ensayo fue recibido entre polémicas y fuertes reservas por la intelectualidad francesa.

Camus no podía aceptar la ambigüedad de Sartre y su entorno, en la cuestión del comunismo y la URSS, y, en junio de 1952, acabará rompiendo sus relaciones con el equipo de Les Temps Modernes y su director, con quien había tenido buenas relaciones durante ocho años. Porque en Camus todo era compromiso, pero igualmente implicación sin ambages antitotalitaria y antifascista.

Entre Camus y los “progresistas” se instala entonces una larga polémica.

            Y esa ruptura venía a subrayar divergencias políticas e ideológicas percibidas desde hacía tiempo por ambas partes. “Su anticomunismo ya había suscitado entre nosotros disensiones –dice S. de Beauvoir en La Force des choses-, Sartre le había reprochado que Combat hacía demasiada moral y no suficiente política”. Y en otro lugar, dice también Beauvoir: “Camus era idealista, moralista, anticomunista (…), luchaba por grandes principios (…) y cada vez defendía más los valores burgueses (…). Y esas disensiones eran demasiado serias como para que pudiera durar una amistad”.

En 1952, Camus dimite de la UNESCO, que acababa de admitir a la España de Franco; y en 1953, toma la palabra en “La Mutualité” de Paris, para protestar contra la represión rusa de las revueltas de Berlín-Este; como lo hará en 1956, tras los acontecimientos de Budapest:

“Cuando un trabajador, en cualquier parte del mundo, alza su puño ante un tanque para gritar que no es un esclavo, ¿qué seremos nosotros si permanecemos indiferentes!”

            En 1954 se inicia lo que va a ser la guerra de Argelia. Y al año siguiente, Camus pasa a colaborar por un tiempo en L’Express, donde escribe una serie de artículos sobre el problema de África del Norte, e incluso propone una tregua en 1956 -con su madre viviendo todavía en un barrio popular de Argel, donde seguían cayendo bombas-. Y, con incluso amenazas de muerte, ello le aparta aún más de la izquierda, que sostenía la independencia de aquel territorio.

            No tardará en separarse del semanario de J. J. Servan-Schreiber, por desacuerdos con su director en lo tocante a la cuestion argelina.

            En este 1956 publica en Gallimard “La Chute” (la Caída), excelente y breve narración pesimista y sombría, desesperanzada confesión en forma de monólogo, que hace a un personaje indeterminado, una noche en un bar de Amsterdam y los días siguientes, el ambiguo Clamence, ex-abogado de éxito en París, –que hace a veces pensar en Sartre y más a menudo en el autor mismo-, y que se dice “juge pénitent” de profesión, acusándose y confesando faltas que cada cual puede haber cometido, para poder, su vez, darle la vuelta al espejo y acusar a los demás para liberarse él mismo. Denuncia irónica de toda la sociedad, a través del protagonista, reflexión del mal en un mundo ateo, cuestionamiento del existencialismo sartriano y severo replanteamiento del autor de su anterior optimismo humanista. Era la tercera de sus novelas y tal vez la mejor de las salidas de su pluma.

Y en 1957, una colección de seis novelas cortas, “L’Exil et le royaume”(donde su autor había pensado primitivamente integrar “La Chute”), y unas “Réflexions sur la guillotine”

Y en diciembre de ese año, recogía el Nobel de literatura, que se le había concedido por haber –decía la Academia Sueca-, contribuido  en toda su obra, “a esclarecer los problemas que se le plantean hoy día a la conciencia de los hombres”.  Él se había enterado de la formidable noticia un mediodía de octubre anterior, mientras almorzaba en un restaurante con Patricia Blake.

Y, en el discurso que allí pronunció, Camus explicaba el sentido que había intentado dar a su vida: “Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero nunca he querido situarlo por encima de todo. Al contrario, si me es necesario, es porque no se separa de nadie y me permite vivir tal como yo soy, al nivel de los demás”.

            Con el dinero del premio se compró al año siguiente una pequeña casa de pueblo en Lourmarin (Sudeste de Aviñón), no lejos de L’Isle-sur-la Sorgue, donde tenía también casa su buen amigo René Char. No lejos de allí, para sus estancias temporales, quiso instalar a “Mi” su nueva aventura amorosa, modelo en la casa de modas de Jacques Fath.

            Siempre apasionado de teatro, Camus había adaptado obras o textos extranjeros, como “La Devoción de la Cruz” de Calderón de la Barca; “El Caballero de Olmedo”, de Lope de Vega; “Un caso clínico” de Dino Buzzati; “Requiem for a Nun” (…pour une nonne; y en español por una mujer), de Faulkner, representada en el Thèâtre des Mathurins, París 1956, con Catherine Sellers como actriz principal, y con ella tendrá también una relación; y “Les Possédés”, de Dostoievski.

            Y publicado también:

  • En 1950, “Actuelles”, I, crónica del período 1944-1948.
  • En 1952, “Actuelles” II, para el período 1948-1953.
  • Y luego “Actuelles” III (con el subtítulo de “Chroniques algériennes”), entre 1950 y 1958, para el período 1939-1958. “Es la historia de un fracaso –decía su autor en el prefacio-, el de no haber conseguido desintoxicar las mentes”

Y sus “Carnets”: I (1935 a 1942, la época en que redactaba “Noces”, “L’Étranger” y “Le Mythe de Sisyphe”); II (1942 a 1951: “La Peste”, “Les Justes”, “L’Homme révolté”, de cuya redacción da testimonio), y III (1951 a 1959: “L’Été”, “La Chute”, “L’Exil”, “Le Royaume”; su reacción a la polémica suscitada por “L’Homme révolté”, la guerra de Argelia en plena crudeza, su premio Nobel…), y en ellos Camus se confronta con el mundo, tanto como consigo mismo. Gallimard los ha publicado a partir de 1962, 1990, 2013….

Eran cerca de las dos de la tarde del 4 de enero de 1960, cuando, regresando a París desde Lourmarin donde había pasado la Nochevieja, Camus encontró la muerte en un accidente de carretera, en Villeblevin (donde hoy existe un pequeño monumento a su memoria), cerca de Montereau, después de haber estado comiendo en el hôtel de la Poste en Sens. Tenía 47 años. Y conducía el potente Facel Vega FV3B, de alta gama, del 56, su amigo Michel Gallimard -el sobrino de Gaston Gallimard, fundador de la famosa editorial-, a cuyo lado iba Albert, y en el asiento trasero, la esposa y la hija de Michel, que resultaron heridas.

No en buenos términos el matrimonio en esos momentos, posiblemente a punto de divorciar, la mujer  de Camus, Francine, había decidido regresar con sus hijos en tren.

Michel Gallimard morirá en el hospital una semana después.

Y en la cartera de Albert se encontró el manuscrito inconcluso de su nueva novela: “Le Premier Homme”, que su hija publicará en 1994: era la historia de un Jacques Cormery/Albert Camus, que emprende la búsqueda de su padre, muerto en 1914.

En su breve existencia, marcada por sus ganas de vivir, pero también por la angustia, Camus había representado, con un puñado de nombres más, la efervescencia y agitación cultural de los años 50. Pero murió triste y aislado por la “intelligentsia” de izquierdas, por haber preferido el hombre concreto y cotidiano que sufre, y el verdadero humanismo, a la abstracción de las ideas descarnadas; y ha sido tardíamente reivindicado, tras la caída de muro de Berlín y el tinglado comunista en Europa.

            En Lourmarin iba a vivir, en adelante, su hija Catherine Camus que tenía 14 años cuando su padre encontró la muerte; la calle que da acceso lleva hoy el nombre de rue Albert Camus. Y en aquel cementerio está su tumba, al lado de la de Francine su esposa, muerta el día de Nochebuena de 1979.

            Y ha sido cuestión en algún momento, particularmente bajo la presidencia de Nicolas Sarkozy, de trasladar sus restos al Panteón parisiense, donde yacen otros eminentes escritores, proyecto que, hasta ahora, ha encontrado reticencias por parte de Jean Camus su hijo.

 

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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CAMUS, Catherine: Albert Camus, solitaire et solidaire; Michel Lafon, 2009.
BAYLEE TOUMI, Alek: Albert Camus aujourd’hui; de “L’Étranger” “Premier Homme”; N.Y., P. Lang, 2012.
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CORBIC, Arnaud: Camus, l’absurde, la révolte, l’amour; Les Éditions de l’Atelier, 2003.
CHAVANE, François: Albert Camus, un mesage d’espoir; Ed. Du Cerf, 1996.
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En español:

ARAÚZ DE ROBLES, Santiago: i nombre, Albert CamusMadrid, Fundamentos, 2009.
CARRASCAL, José María: Biografia completa de Albert Camus; Ibérico Europea de Ediciones, 1969; 32 págs.
FONTÁN, Antonio: El compromiso de los intelectuales: Marco Tulio Cicerón y Albert Camus; Fundación Marqués de Guadalcanal, 2013, 45 págs.
PÉREZ RANSANZ, Ana Rosa: La muerte en el pensamiento de Albert Camus; Univ. Nac. Autónoma de México, 1981.
SÁNCHEZ NOGALES, José Luis: Del revés al derecho. (Parábola postmoderna en torno a Camus); Secretariado Trinitario, 2011; 212 págs.
SEGOVIA PÉREZ, José: Albert Camus. Cien años de honradez desesperada; La Hoja del Monte, 2013.
VARGAS LLOSA, Mario: Entre Sartre y Camus;  Huracán, 1981.
ZÁRATE, María: Albert Camus; Ediciones del Orto, 1995.

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