Enrique II rey de Francia – (1519-1559)

Hijo de Francisco I y de Claude de Francia, Henri nacía en Saint-Germain-en-Laye en 1519.

Cuando ni uno ni otro de los contrayentes tenía aún quince años, el joven Enrique se desposaba con Catalina en el otoño de 1533 en Marsella, adonde había llegado la joven casadera a bordo de la galera papal. Ella era hija de Lorenzo II de Médicis, y, huérfana desde muy niña, su pariente el papa Clemente VII la había tomado bajo su protección, la había educado y acabó negociando con el rey de Francia el enlace de esta rica heredera florentina con el segundo de sus hijos varones, Henri d’Orléans, no destinado a ceñir un día la corona.

Y durante aquellos primeros años, Catalina gozará de la prestigiosa situación de nuera del poderoso rey de Francia. Pero, con ser mucho, sólo era eso. Porque su esposo no había tardado en dejarse ver en público con aquella amante a la que conocía desde ante de su matrimonio, Diana de Poitiers (viuda ya de un tal Brézé), tan bella cuanto vanidosa y diecinueve años mayor.

El 10 de agosto de 1536, el delfín François duque de Bretaña, venía a morir bruscamente, a los dieciocho años. Y, con aquel inesperado suceso, el destino de Henri y de Catherine cambiaba para siempre: él se convertía en heredero directo de la corona y ella en delfina y futura reina de Francia.

Pero el hijo no llegaba y el peligro de ser repudiada se cernía sobre Catalina, entre ciertas disfunciones reproductoras en ambos y la desafección sentimental del delfín.

            Hasta que el esposo, instado en parte por su amante, acabe decidiéndose a honrar, de cuando en cuando, el tálamo conyugal, por asegurarle herederos a Francia, y hembras con que tejer en Europa lazos de influencia.

Al cabo de once años de infertilidad matrimonial, el reputado fisiólogo y médico de la corte Jean Fernel creyó identificar la causa, y el primer hijo de Enrique y Catalina, el futuro François II, llegará en enero de 1544.

Con este nacimiento, seguido al año siguiente del alumbramiento de un hembra, bautizada Elisabeth (que casará un dia con el rey de España), la posición institucional de la delfina comenzó a asentarse y a hacerse más firme. Vendrán Claude en 1547, que casará con el duque de Lorena; Carlos (Charles) en 1550, futuro rey; Enrique (Henri) en 1551, futuro rey; Marguerite en 1553, que casará con Henri de Navarra; y Francisco (François) en 1555, duque de Anjou; con un total de diez alumbramientos en el espacio de quince años, porque las dificultades del parto de dos mellizas, en 1557, pondrán término a tan fecunda serie.

Expectativas que colmaban ampliamente lo que se esperaba de una reina de Francia; pero su influencia era en la Corte, muy limitada, porque Diana habia venido a ocuparlo todo.

Francisco I moría el 31 de marzo de 1547, y su hijo Enrique subía al trono; durante su reinado, su esposa Catalina va a verse eclipsada por la buena fortuna de aquella Diana de Poitiers, convertida en favorita  para humillación de la nueva reina.

La belle des belles, será duquesa de Valentinois, y tendrá gran influencia en la politica real, a través de la protección concedida a la familia de los Guisa. A partir de 1548, recibirá el honroso cargo de la educación de los infantes reales y se rodeará de una corte brillante, haciéndose representar por los más grandes artistas de su época.

            Hubo, no obstante, momentos episódicos estelares en la vida de la joven Catalina, como su coronación y consagración como reina el 10 de junio de 1549, que el rey su esposo quiso para ella en la basilica de Saint-Denis.

            Prosiguiendo la política de centralización monárquica iniciada por su padre, el nuevo soberano dota al gobierno real de una estructura más sólida, con la institucion, nada más subir al trono, de cuatro secretarios de Estado; y completa el dispositivo administrativo instalado en el reinado anterior creando nuevas jurisdicciones, los présidiaux, en 1552, y generalizando las giras de inspección de comisarios a través del reino en 1553. El conjunto de esas reformas hacía de Francia, a mediados del siglo XVI, el reino más homogéneo de Europa, aquel donde le poder monárquico aparecía más firmemente instalado.

            En el exterior, Enrique II continúa la lucha emprendida por su padre. Después de haber concluido con los príncipes protestantes alemanes el tratado de Chambord, en enero de 1552, ocupa Metz en Lorena, y Toul y Verdun (abril-julio de 1552).

            Y, preparando el asedio a Metz, quiso confiarle a su esposa la regencia del Reino.

El Sacro Imperio conocía por entonces dificultades financieras que su esfuerzo bélico venía agravando. Incapaz el emperador Carlos de recuperar Metz, concluye con el rey de Francia, en vísperas de su abdicación, una tregua, convertida pronto en tratado de Vaucelles de 15 de febrero de 1556.

            Pero, ese mismo año, quebrantando los compromisos de Vaucelles, Francia –movida por la promesa de recibir el reino de Nápoles-, intervenía en Italia al mando del duque de Guisa, para defender al virulento anti-Habsburgo papa Pablo IV de una invasión española; y el nuevo rey Felipe II pudo contar con sus aliados ingleses, contra el rey de Francia.

Y en Picardía, los españoles salían victoriosos en San Quintín el 10 de agosto de 1557 –día de San Lorenzo-, y el ejército francés, bajo Montmorency, fue destrozado. París parecía a merced de los españoles, pero Catalina mostró, en aquellas jornadas, toda su energía de gobernante y de reina. De regreso a la Corte, Enrique II pareció, desde entonces, tomar a su esposa en mayor consideración.

Aquella derrota quedaba parcialmente compensada para Francia con la toma de Calais que el duque de Guisa arrebataba a los ingleses.

Escasos ya ambos bandos de recursos y preocupados los soberanos católicos por los progresos del protestantismo, los dos principales beligerantes acabaron concluyendo los tratados que se firmarán en Cateau-Cambrésis, en la primavera de 1559: Francia abandonaba todas sus pretensiones en Italia y renunciaba a Saboya; pero en el nordeste conservaba los Tres Obispados (Metz, Verdun, Toul), reconocidos ya en Vaucelles, reforzando de ese modo su presencia en aquella frontera.

 Henri II firmó primero el 2 de abril con Inglaterra, que le retrocedía Calais (contra el pago de 500.000 escudos en ocho años), y sobre todo, al día siguiente, con Felipe II.

No sólo la italiana Catalina y el bando protestante quisieron desaprobar abiertamente aquellos tratados, que ponían termino a sesenta años de guerras entre los Valois por un lado y España y los Habsburgo, sino igualmente la nobleza guerrera (los Guisa, Monluc, Cossé-Brissac), no seguidos en esto por la nobleza de robe (magistrados, parlamentarios), ni por el pueblo llano.

            El objetivo apenas ocultado de aquel tratado era dejarle las manos libres al rey de Francia en el plano interno, porque, aparecido bajo Francisco I, el protestantismo estaba adquiriendo ya notable desarrollo. Mucho más intransigente que su padre en materia religiosa, convencido de que la unidad del Estado no puede ir sin la unidad de fe (“cuius regio eius religio”), Enrique II habia decidido “exterminar la herejía”; y puso en funcionamiento una rigurosa política de persecución de protestantes, reactivando a partir de octubre de 1547, la creación de la célebre “Chambre ardente”, instancia especialmente encargada, en el parlamento de París, de la persecución de los “mal-sentants” en materia de fe. Después del edicto de Châteaubriant de 27 de junio de 1551, destinado a controlar la imprenta y la difusion de las ideas, el edicto de Compiègne de 1557 precisaba que, en adelante, la pena de muerte se aplicaría a los protestantes.

Y el 2 de junio de 1559, las lettres d’Ecouen encargaban a ciertos notables proceder en las provincias, a la “expulsión, castigo y corrección de los herejes”. Y el 10 de junio, la sesión del parlamento, en que el rey mantiene lit o asiento de justicia, se consagra a comprobar las convicciones católicas de los consejeros: aquellos que protestan por la política de persecución, o se oponen a la voluntad del rey, son detenidos; fue particularmente el caso de Anne du Bourg, que, preso en aquella mercuriale (asamblea del parlamento), presidida por Enrique II, acabará ahorcado en la plaza de Grève, el 23 de diciembre siguiente (reinando ya  Francisco II), y su cuerpo quemado en la hoguera.

Dos enlaces deberían venir a sellar aquellos importantes acuerdos de Cateau-Cambrésis: la hija mayor de Enrique II, Elisabeth/Isabel, y su propia hermana Marguerite, quedaban prometidas en matrimonio, respectivamente a Felipe II –viudo ahora de María Iª de Inglaterra-, y a Emmanuel Philiberto, duque de Saboya.

            El matrimonio español se celebraba por poderes en Notre-Dame de París el 22 de junio de ese 1559, representado el rey de España por el duque de Alba. Y, dada la edad de la contrayente, el traslado a su nuevo país fue retrasado hasta finales de noviembre siguiente. La consumación del himeneo, tendrá en mayo de 1561.

            Cateau-Cabrésis fue seguido de fiestas en la Corte y por toda Francia. Y el 30 de junio de este año de 1559, con ocasión de aquellas bodas, Enrique II vino a recibir un malhadado golpe de lanza en el ojo izquierdo -sin que su visera le hubiera protegido-, cuando participaba personalmente, contra el capitán de su guardia escocesa conde de Montgomery (luego conspícuo jefe hugonote), en unas justas a la antigua usanza.

El torneo había sido organizado en la rue Saint-Antoine, la más ancha de París entonces, y, ya hacia el final del espectáculo, el rey, en sus cuarenta años, quiso probarle su vigor y fortaleza a su amante Diane con cuyos colores blanco y negro apareció en el recinto; y ello, a pesar de los negros presentimientos que asaltaron a la reina Catalina, que le incitó a no salir.

Inmediatamente, fue trasladado al cercano hotel de Tournelles, propiedad ahora de la familia real, pero, ni el afamado Ambroise Paré, ni el no menos prestigioso cirujano del rey de España Andrés Vesalio podrán hacer nada por él.

El enlace saboyano, se celebraba aquel el 10 de julio de 1559, ya con el rey en su lecho de muerte, para morir ese día, en medio de grandes sufrimientos.

Enrique II dejaba viuda y cuatro hijos varones, que reinarán sucesivamente, salvo el más joven, muerto prematuramente. Y, sobre todo, una situación de lo más incierta.

Al ser el joven sucesor, Francisco II, de frágil salud, el debilitamiento del poder real va, en adelante, a contribuir a la exacerbación de los antagonismos confesionales. Los historiadores dirán luego que la lanzada que hirió de muerte a Enrique II vino a cambiar el devenir de Francia.

Madame de Lafayette, que escribirá bajo Luis XIV, dejará, en su novela La princesse de Clèves, de 1678, una escelente visión de los años finales del reinado de este rey y del Renacimiento: “La magnificencia y la galantería nunca brillaron tanto en Francia como durante los últimos años de Enrique el segundo”

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BOISSON, Didier: Les protestants dans la France moderne; París, Belin, 2006.
BORDONOVE, Georges: Henri II, roi gentilhomme; Pygmalion, 2007 (nueva edición). También: Les Valois. De François Ier. á Henri III; Paris, Pygmalion, 2003.
CASTELOT, André: Diane, Henri, Catherine: le triangle royal; Le Grand livre du mois, 1997.
CLOULAS, Yvan: Henri II; París, Fayard, 1992.
JOUANNA, Arlette: La France au XVI siècle; París, PUF, 1996.
LE ROUX, Nicolas: Le Roi, la Cour, l’État, de la Renaissance à l’absolutisme; “Époques”, ed. Champ Vallon, Seyssel, 2013.
SAINT-MARTIN, P., VELUT, S., VONS, J.: Un témoignage d’André Vésale sur la mort d’Henri II (“Pouvoir médical et fait du prince au début des temps modernes”), (J. Vons et S. Velut, ed.); Paris, Du Bocard, 2011, pp. 29-45.

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