Enrique III, rey de Francia – (1551-1589)

Sexto alumbramiento de Catalina de Médicis y tercer hijo varón superviviente del rey Enrique II, aquel que seria Enrique III nacía en Fontainebleau el 19 de septiembre de 1551. Será primero duque de Orleáns (1560), luego duque de Anjou (1566) a instancias de su madre, y rey de Polonia, hasta convertirse un día en rey de Francia.

Pasó sus primeros años en el château de Amboise, a orillas del Loira y, en el transcurso de su juventud que se desarrolla bajo el preceptorado del humanista Jacques Amyot, Enrique se verá directamente confrontado a la crisis derivada de la Reforma.

            Antes de que él ciña la corona de Francia, ya habían subido al trono, sucesivamente, sus dos hermanos Francisco II en junio de 1559, y luego Carlos IX en agosto de 1563, bajo cuyo reinado (con su madre Catalina de Médicis reina gobernadora del Reino), el duque de Anjou, al mando de los ejércitos del rey (lieutenant général du royaume), se ilustra con las victorias de Jarnac (13 de marzo de 1569) y Moncontour (octubre siguiente), desatadas ya las guerras de Religión, entre breves períodos de apaciguamiento y episodios de gran violencia (matanza de Saint-Barthélemy en agosto de 1572, en la que el duque de Anjou jugó un importante papel de inductor).

            En uno de aquellos períodos de paz, en 1570, Catalina había prometido concederle a Enrique de Borbón, el bearnés, la mano de su hija Margarita, matrimonio que tendrá lugar dos años después.

Aun cuando Enrique de Anjou podía considerarse su hijo preferido, su madre Catalina buscaba neutralizar su turbulencia. Y en febrero de 1573 -en competición con el ortodoxo Iván IV el Terrible-, consigue obtener, con dinero y no pocas intrigas entre aquella nobleza católica polaca, su acceso al trono electivo de Polonia. El joven duque no podía rechazar una corona que le colocaba en el mismo rango que su hermano Carlos; pero, sin entusiasmo, tardará en presentarse en su nuevo reino.

Camino de Cracovia, conocerá, en la corte de Charles III y de su hermana Claude, a Louise de Lorraine-Vaudemont, prima del duque y de los Guisa, de la que, al parecer, quedó prendado.

En Francia, la paz de Boulogne de 11 de julio de 1573, tras el asedio de La Rochelle vino entretanto, y con ella concluía la cuarta guerra de Religión.

Sin embargo, Carlos IX cuya salud venía declinando en los últimos tiempos, moría el domingo 30 de mayo de 1574.

No habían transcurrido siete meses de su presencia allí -coronado ya en febrero de 1574-, cuando a Cracovia llegó la noticia de aquella muerte, y al heredero de la corona de Francia, pareció faltarle tiempo para dejar el pais. Sin el permiso de la Dieta Polaca, dejaba su capital en la noche del 18 de junio, pasaba por Viena, Venecia, Turín, Saboya…, y llegará a París en septiembre de 1574.

Ya su madre había sido declarada, de nuevo, regente por el Parlamento, e intentaba dominar los conatos de rebelión que en el ínterin comenzaban a brotar.

Y hasta la reina llegaban noticias de que el nuevo rey, venia procediendo a la distribución de los cargos de gobierno entre sus allegados y miembros de su entorno, mientras se acercaba en su lento periplo de regreso. ¿Quedaría ella apartada del gobierno?

En noviembre de este 1574 estaba ya en París para asumir la corona.

De gustos refinados y, sin duda, el más complejo e inteligente de los hermanos, el nuevo rey era, sin embargo, indeciso y débil de carácter. Pero, a su amplia cultura, había sabido unir el arte de la guerra, según los preceptos renacentistas. Y tenia, por lo demás, una prestancia física que a su madre Catalina le recordaba el porte de los Valois, de Francisco I y de su marido Enrique II.

En adelante, Enrique III, que ahora accedía al poder con 23 años, pretenderá reinar solo, con el restringido círculo de sus favoritos y su propio personal, gente nueva de fulminante fortuna algunos. Las discrepancias con su madre no tardarán en surgir.

El reino que Enrique III heredaba se hallaba dividido y desgarrado. Porque habian surgido otros actores que ponían en cuestión su autoridad y su gobierno  Frente a él se alzaban, en un extremo, los protestantes recalcitrantes, y en el otro, la Liga católica con el pueblo menudo de su lado, que odiaba a los hugonotes; y en medio los malcontents,

Desatada en 1574, en el momento en que el nuevo rey acababa de suceder a su hermano, la quinta guerra de Religión fue conducida ahora por el partido de los “Politiques” o “Malcontents”, reunidos en torno a François d’Alençon, hermano menor del rey, que reagrupaba a la nobleza moderada y a quienes decían colocar el interés general por encima de las disputas religiosas.

            Enrique III intentará serpentear entre los partidos.

Después de su coronación en Reims, por Louis, cardenal de Guise, el 15 de febrero de 1575 (un año después de haber sido coronado rey de Polonia), Enrique III va a implantar, paulatinamente un ceremonial de corte, tendente a sacralizar al rey y a situarle por encima de sus súbditos, haciendo de su persona el símbolo del Estado. En él encontrará luego Luis XIV inspiración para lo que será su sistemática escenificación.

            No había tardado Enrique en volver a acordarse de aquella modesta y dulce Luisa de Lorena, a la que había conocido en Nancy y enseguida mandó emisarios a su padre, pidiéndola en matrimonio; la boda tendrá lugar el 15 de febrero de 1575, para sorpresa de toda la corte y desagrado de su madre, que hubiera deseado para su hijo una reina de más alto rango. Un día llegará en que él compruebe la esterilidad de aquella unión.

Y organiza su gobierno (Grand Conseil), rodeándose de “técnicos” y haciendo entrar en él a sus favoritos, los mignons, según expresión peyorativa del pueblo; pero el vocablo no tenía entonces, necesariamente, connotación homosexual; eran personajes de pequeña nobleza, gentileshombres que frecuentaban la corte, cercanos al monarca y compañeros suyos de placeres, lujuria e intemperancias que, siguiendo su pauta y su atildada estética, lucían pendientes en las orejas y vestían con extremado refinamiento, todo lo cual chocaba profundamente a burgueses y populares, que hacían escarnio de ello. Eran, entre otros, Du Guast, Saint-Luc, el duque de Joyeuse que en 1581, casará con Margarita de Vaudemont, joven cuñada del rey, y morirá en Coutras, o el duque Jean-Louis Épernon; hábiles espadachines la mayoría, por lo demás, y algunos, bravos jefes militares en batalla.

La entrada en el gobierno de hombres nuevos, era también una meditada estrategia que pretendía crear dependencia directa del rey, más allá de las tradicionales clientelas aristocráticas.

Enrique III inicia su reinado dispuesto, también él, a aplicar una política de concordia. Pero ya, en pleno Consejo real, en 1576, desaprueba abiertamente la política conciliadora aplicada hasta ese momento por su madre, que, con dificultades ya para acceder a presencia del rey, va a pasar definitivamente a un segundo plano.

Pero Enrique III acaba inquietándose y acepta negociar con el partido de los políticos, con tanta mayor premura, cuanto que Enrique de Navarra ha huido de la Corte.

Esta vez será el edicto de Beaulieu-lès-Loches, de 6 de mayo de 1576, llamado también “paix de Monsieur”, por haber sido inspirada por François, el joven hermano (“Monsieur”). En su virtud, se autorizaba el culto protestante en todo el reino, salvo en Paris, y a sus fieles se les concedía ocho plazas de seguridad, cámaras paritarias de representación en los parlamentos regionales y la rehabilitación de las víctimas de la Saint-Barthélemy.

Aquella paz será juzgada excesivamente ventajosa para la causa calvinistas, arrancada a la debilidad y una verdadera traición; las ligas de burgueses católicos comenzaron a unirse y, en la primavera de 1577, aparece la Sainte Ligue catholique, a cuya cabeza aparecerá pronto Enrique de Guisa (Henri de Guise), con sus hermanos el cardenal de Lorena y el duque de Mayenne. Y fue otra vez la guerra.

Vendrá luego el edicto de Poitiers, de 8 de octubre de 1577, que confirmaba la paz de Bergerac de 17 de septiembre anterior y que restringía los derechos adquiridos por los protestantes en Beaulieu; la liga católica quedaba oficialmente disuelta, pero también la Unión calvinista. Así concluía la sexta guerra de Religión, en lo que parecía un éxito para la monarquía.

Pero François d’Alençon tomó la paz de Bergerac como una afrenta personal y dejó la Capital a mediados de febrero de 1578.

En muchas plazas, la pacificación pactada no iba a ser aplicada, ni disueltas todas las ligas por incumplimiento de unos y otros.

Fue el caso que, al final del verano de 1578, la incansable negociadora Catalina quiso emprender nuevo viaje hacia el suroeste, a fin de entrevistarse con Enrique de Navarra.

Las negociaciones que siguieron en el château de Nérac, entre Catalina y miembros del Consejo privado del rey por un lado, y Condé y Navarre por el otro, se abrieron en febrero de 1579. Tras las cuales, se acabó concediendo a los calvinistas, por un plazo de seis meses, la posesión de un buen puñado de plazas fuertes entre Guyena y Languedoc. En nombre de Enrique III, Catalina lo firmaba el 28 de febrero de 1579.

Tampoco ahora iba a durar la tranquilidad. Después de Nérac, los protestantes se negaban a devolver las plazas recibidas por seis meses.

Surgen disturbios en Provenza, devastada por bandas de saqueadores, y en el Delfinado también. Y en mayo de 1580, el bearnés tomaba la meridional Cahors.

Los ejércitos del rey lograron sobreponerse, y Enrique, terminó refugiándose en la plaza que había tomado.

En el norte, después de encerrarse en La Fère, Condé huyó a Alemania.

Con otras tensiones dispersas, había sido la séptima guerra de Religión.

Y la paz que vendrá, va a tener lugar en el château de Fleix (Périgord). Allí se trasladó François duque de Anjou, para firmarla aquel 26 de noviembre de 1580, en nombre, esta vez, de su hermano Enrique III-, y lo hizo con el rey de Navarra, en representación del partido hugonote.

Pero Condé volvió de Alemania a finales de este 1580, y pasó al Languedoc y a Provenza, que intentará levantar de nuevo.

El 10 de junio de 1584 moría en Château-Thierry, a los 29 años de edad, Francois, duque de Anjou, ex-duque de Alençon, último hijo de Enrique II. Había intrigado con los protestantes y negociado con el príncipe de Orange, en la perspectiva de hacerse con el trono de los Países Bajos.

Pero esa muerte iba a tener importantes repercusiones políticas, porque, sin hijos varones para suceder a Enrique III, el más cercano heredero de los Valois era Enrique de Borbón, a través de la hemana de Francisco Iy la corona de Francia corría el riesgo de caer en manos de un “hereje”.

Así, las hostilidades volvieron en la llamada guerra de los tres Enrique (“guerre des trois Henri”), en medio de la cual, Enrique III hubo de avenirse a firmar el Edicto de Nemours, de 7 de julio de 1585, que venía a dinamitar cualquier posibilidad de llegar a la concordia entre catolicos y protestantes. Por dicho tratado se ordenaba la expulsión de los pastores y se estipulaba que los calvinistas disponían de seis meses para elegir entre la abjuración y el exilio.

De donde resultará una disminución notable del número de protestantes en el Reino.

Tras haber derrotado a las tropas reales bajo el duque de Joyeuse en Coutras (Gironda), el 20 de octubre de 1587, Enrique de Navarra parecía mantener el control del Mediodía, mientras que los intereses de Enrique III se asentaban mayoritariamente en el norte.

Pero, además de la Liga de los príncipes, en París había surgido una especie de liga plebeya, que vino a aliarse a la primera. Y fue día nefasto para los intereses de la monarquía la insurrección conocida como “Journée des Barricades” de 12 de mayo de 1588.

Y es que el duque de Guisa acababa, también él, de vencer a dos ejércitos de mercenarios alemanes y suizos al servicio  de los hugonotes, en Vimory (26 de octubre, 1587) y en Auneau (24 de noviembre siguiente). Idolatrado por la opinión católica, se había presentado en París, a pesar de la prohibición del rey, respondiendo a la llamada de aquel comité formado por la liga de París, que no ocultaba ya su deseo de entronizar a un Guisa y encerrar a Enrique III en algún convento.

El rey quiso replicar con sus tropas, pero la población se lo impidió, cortando las calles con barricas llenas de arena. Hasta que consiguió huir con su familia.

Pero Guisa no se atrevió a dar el decisivo paso de asumir todo el poder, y va a preferir tratar. En Chartres se entrevistaron los dos Enrique, y Catalina pensó haber conseguido un inicio de reconciliación.

            Tampoco Enrique III tenía margen de maniobra, y así llegó el llamado edicto de Unión, que se veía constreñido a firmar con el duque en Rouen, el 15 de julio de 1588. Según dicho tratado el rey de Francia se comprometía a combatir a los protestantes y quedaba excluído todo candidato al trono de esa confesión, lo cual apartaba a Enrique de Navarra, pensando los de la Liga en el cardenal Charles de Bourbon como inmediato rey.

Con el sometimiento del rey y el estrechamiento de la alianza con la Liga de los católicos intransigentes, aquel tratado representaba un notable retroceso, en la vía de apaciguamiento.

El poder de la Liga y la fuerza política de Guisa aparecían ahora más amenazadores que nunca para la monarquía de los Valois-Angulema. Enrique III comenzó a inquietarse seriamente, y a su mente acudieron proyectos donde confluían su interés personal y los altos designios del Estado.

            El tratado de Unión será renovado en octubre, con ocasión de aquella asamblea de los Estados Generales en Blois, adonde se trasladó la corte.

Y sucedió en la navidad de 1588. El 23 de diciembre, Henri le balafré, 3er. Duque de Guisa –más amo él de París, que el mismo rey-, caía asesinado en Blois, por instigación de Enrique III, su ex-aliado, que se acordaba de las humillaciones de las barricadas de la primavera anterior, de la firma que, muy a su pesar, había debido estampar en el verano, y de sus continuas afrentas. Y, en esta especie de Saint-Barthélemy al revés, el cardenal de Lorena, Luis de Guisa, su hermano, sucumbirá también dos días después bajo los puñales de aquella guardia (los Quarante-cinq), que el rey había creado para su protección personal. Sus cuerpos fueron quemados, y sus cenizas arrojadas al Loira.

Sucesos aquéllos, funestos para Catalina de Médicis, de los que supo postrada en su lecho, por boca de su propio hijo. Tenía por seguro que sería excomulgado por haberle quitado la vida a un cadenal, y que París se alzaría otra vez en rebelión.

Ella moría días después, a los 70 años de edad, aquel jueves 5 de enero de 1589.

El 7 de enero, la Sorbona desligaba al pueblo de la obediencia al rey. Asesino ahora de los Guisa, Enrique III no tenía más opciones que acercarse al pretendiente, su cuñado Henri de Navarre, un Borbón, y, con él, a los protestantes.

Y ambos se unen ahora, decididos a aplastar la sedición de los parisienses. Ya París ha tenido tiempo de manifestar su absoluto rechazo al asesino de los Guisa y su aversión a las alianzas heréticas de su propio rey.

Excomulgado ya el 5 de mayo de 1589 por Sixto V, y cuando ambos ejércitos se disponían a colaborar en la toma de la Capital, el 2 de agosto de ese mismo año de 1589, sucumbía el rey, tercero de los Enrique, víctima del atentado de Jacques Clément.

Era este Clément un joven fraile dominico, de no más de veintidós años, virulento anticalvinista y activista de la liga. Salido de París el 31 de julio, con la determinación de matar al rey, al que consideraba enemigo del catolicismo, llegaba a Saint-Cloud donde acampaba Enrique III el 1 de agosto, y fue introducido con el pretexto de cierto documento que había de entregarle; y allí saca un cuchillo que le hunde en el vientre. Traspasado él mismo, por las espadas y alabardas de la guardia, el fraile fue arrojado por la ventana en un primer momento, para sufrir luego, post-mortem, el descuartizamiento de los regicidas.

Herido de muerte, el monarca – último rey de la dinastía de los Valois- sólo sucumbirá llegada la noche, pero tuvo tiempo de reconocer a Enrique de Navarra como legítimo heredero suyo, y de hacerles jurar a sus allegados y viejos compañeros como Épernon, en su lecho de muerte, que servirían lealmente al nuevo rey e Francia.

Lo cual exacerbaba al radicalismo católico y abría, una vez más, la que será ahora octava guerra de Religión.

Era la primera muerte por asesinato de un rey, desde la instalación de los Capetos, seiscientos años atrás. Clément no tardará en ser emulado por Châtel y Ravaillac.

Como rey y como hombre, Enrique III había conseguido hacerse odioso, incluso para la gente inicialmente de su causa y su partido, por su debilidad, su libertinaje y la condescendencia y prodigalidades hacia aquellos que el pueblo llano llamaba despectivamente sus mignons. Y también ahora, como sucederá con su madre, vendrá a apoderarse de su figura una cierta leyenda negra, alimentada por aquellos que pretenden siempre cruzar la Historia sin mancharse, cosa que dejan a los demás. Y a esa simplificación –que no integra en su reflexión ni los convulsos tiempos, ni lo que hubo de ser una práctica política extremadamente compleja en la Francia de su época-,  acudirán, una vez más, la literatura (Balzac, A. Dumas…), y el cine.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CHEVALLIER, Pierre: Les régicides: Clément, Ravaillac, Damiens; Paris, Fayard, 1989.
BORDONOVE, Georges: Les Valois. De François Ier. á Henri III; Paris, Pygmalion, 2003. También: Henri III, roi de France et de Pologne (“Les Rois qui ont fait la France”); Paris, France Loisirs, 1989.
ERLANGER, Philippe: Henri III; nueva edición rev. y aum.; Gallimard, 1988.
LE ROUX, Nicolas: Un régicide au nom de Dieu: l’assassinat d’Henri III, 1er. août, 1589; Paris, Gallimard, “Les Journées qui ont fait la France”; 2006.
PERNOT, Michel: Henri III, le roi décrié; Librairie générale française; 2017.
SOLNON, Jean-François: Henri III, un désir de majesté; Perrin, 2007.

En español:

ROBIN, Gilbert: El enigma sexual de Enrique III. Estudio síquico sexual del transexualismo. Librería Cervantes 1966.

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