Enrique IV, rey de Francia – (1553-1610)

La ascendencia del que un día será Enrique IV remontaba a aquellos condes de Foix, comprometidos en la cruzada contra los Albigenses, y que, más adelante, heredarán el vizcondado de Bearn, con capital en Orthez y Pau.

El abuelo materno, Enrique de Albret, había heredado de su madre el título de rey de Navarra. Pero Fernando de Aragón le arrebata en 1512 la parte meridional de sus posesiones, y él se resigna en adelante a gobernar, sólo sobre el Bearn, la Baja Navarra y el condado de Foix, aun conservando el título real. Y, como amigo que era suyo, el rey Francisco I le concede en matrimonio, en 1527, a su propia hermana Margarita de Angulema, viuda ya del duque de Alençon. Su hija única Jeanne d‘Albret se unirá en 1548 a Antoine de Bourbon, duque de Vendôme.

            El futuro rey nacía en el château de Pau el 13 de diciembre de 1553, y era hijo, pues, de Antoine de Bourbon y de Jeanne d’Albret. Y fue dado a criar en casa de su tía, en el château de Coarraze, no lejos de Pau, donde se relaciona con otros niños del campo circundante y los hijos de su nodriza, mientras va creciendo.

Luego recibirá una esmerada educación, que le va a convertir en una persona culta, más allá de la aparencia de rusticidad que siempre conservará.

            En 1559, su padre viene a enemistarse con el rey Enrique II, hijo de Francisco I, al que reprocha el no haber obtenido de España, por el tratado de Cateau-Cambrési, la restitución del resto de Navarra; y, por un momento, pasa a la Reforma.

            Después de la conspiración hugonote llamada “Conjuration d’Amboise” (1560), y la muerte de su hermano Louis de Condé, Antoine retorna al catolicismo.

            Francisco II (hijo de Enrique II) muere, y con la subida al trono de su hermano Carlos IX, Antoine de Bourbon se convierte en lieutenant-géneral du royaume, jefe de los ejercitos reales; pero bastante insignificante de su persona, muere sin gloria, con ocasión del asedio de Rouen en 1562, al principio de las guerras de Religión.

            Jeanne d’Albret, separada de su marido después de su propia conversión al calvinismo hacia 1556, vivía entre Orthez y Pau donde se la señala como activista protestante.

            Enrique habia nacido en la fe católica, pero fue convertido al protestantismo desde muy niño, por iniciativa de su madre, que también educará en esa fe a su otra hija Catherine de Bourbon, seis años menor. Y, acogido desde muy joven en la corte de los Valois (en aquel corto período de 1560 a 1562), se ve obligado a alejarse poco después de la matanza de protestantes de Wassy, el 1 de marzo de 1562, yendo luego de una corte a la otra.

            Durante el período de calma que sigue a esa primera guerra de Religión, el niño Enrique, ya con diez años, emprende, entre 1564 y 1566, el famoso grand tour a través del reino, que Catalina de Médicis, decide realizar con el joven rey Carlos IX, sus primos y toda la corte, y que resultará muy instructivo para los príncipes y él mismo.

            Catalina de Médicis bascula ahora del lado católico y lanza orden de detención contra
Gaspard de Coligny y Conde. Era la tercera guerra de Religión, que comenzaba en septiembre de 1568.

            Y el adolescente bearnés se distingue ya, bajo Coligny, en Arnay-le-Duc, aquel 27 de junio de 1570, en lo que era su primera entrada en batalla.

Con el tratado de Saint-Germain que daba por terminada la tercera guerra de Religión en este 1570, la regente Catalina buscaba una reconciliación entre católicos y protestantes, y decide unir en matrimonio a su hija Margarita de Valois (a la que llaman Margot), con su primo Enrique, pronto rey de Navarra. Ambos tienen diecinueve años, pero aquellos esponsales y boda terminan en el baño de sangre conocido por matanza de San Bartolomé, (massacre de la Saint Barthélemy), aquel agosto de 1572.

            Enrique, que ha perdido a su madre en junio anterior, diez años después de su padre, es retenido en la Corte y convertido al catolicismo, ¡póliza de salvaguarda para su propia vida! Y se lanza entonces, por algún tiempo, en una existencia fútil y  trivial.

            Seductor, culto y ardiente enamorado siempre, incluso con su esposa (con quien le une una complicidad hecha de tolerancia y reciprocidad) no por ello deja de sentir toda la zozobra de haber perdido, en la aciaga jornada, a aquellos buenos compañeros que habían querido asistir a sus desposorios.

Sólo cinco años después, el 3 de febrero de 1576, una vez que Enrique III hubo subido al trono, pudo Enrique de Navarra huir de la corte con su amigo el ardiente poeta Agrippa d’Aubigné; vuelve al calvinismo y asume el mando del ejército hugonote. Lo que no le impidirá obtener del rey de Francia el gobierno de Guyana llegada la generosa paz de Beaulieu-lès-Loches (paix de Monsieur), de mayo siguiente. Pero su traición le impedirá entrar en Burdeos, católica intratable.

Tutelado por Coligny, el rey de Navarra se convierte en inequívoco jefe de los reformados y se pone a la cabeza de la Unión calvinista, que agrupa a las ciudades mayoritariamente protestantes del sur del reino.

Al mismo tiempo, y como reacción, las ciudades del norte se unen también en ligas católicas y se rinden al liderazgo de Enrique de Guisa, al que –como a su padre difunto François-, también llaman le Balafré.

            Enrique de Navarra sigue los consejos de Philippe Du Plessy-Mornay, “el papa hugonote” (que, en la Saint-Barthélemy, como algunos otros, pudo salvar la vida ocultándose) y afecta rodearse tanto de católicos como de protestantes. Es así que Michel de Montaigne se convierte en confidente suyo, y poco después llega el mariscal de Matignon, otro católico, que va a asistirle en el gobierno de Guyana.

            Se entra ahora en la sexta guerra de Religión, que va a concluir en un primer acuerdo de pacificación (Bergerac, 17 de septiembre de 1577) y la disolución de ligas y uniones por ambas partes. Paz mal aplicada que provocará una breve vuelta a las hostilidades en 1580.

            Siguieron siete años de paz relativa, mientras Enrique de Navarra y su mujer Margarita de Valois llevaban alegre vida en la licenciosa corte de Nérac

            François duque de Alençon, hermano menor del rey, viene a morir en 1584, y el bearnés se convierte en heredero legítimo de los Valois, por su abuela Margarita de Angulema, lo que reaviva las pasiones religiosas. Épernon, uno de los mignons del rey se traslada a Pau para intentar convencerle de que vuelva al catolicismo. Pero, con tantos cambios, Enrique no tenía margen y temía perder consideración entre unos y otros.

            Los católicos han formado ya una Sainte Ligue más dura que la anterior, que no duda en poner en cuestión la legitimidad de los Valois, si llegase a ser necesario; y con ella ha de negociar Enrique III y avenirse a firmar el tratado de Nemours, de 7 de julio de 1585, que revocaba las anteriores concesiones a los protestantes.

            Será entonces la octava y última guerra de Religión, llamada de los tres Enrique (el rey Henri III, Henri de Navarre y Henri de Guise), en el transcurso de la cual, el bearnés se alza con una sonada victoria en Coutras, cerca de Libourne, el 20 de octubre de 1587, donde viene a perecer el duque de Joyeuse, mignon de Enrique III.

            El rey empezaba a aceptar la eventualidad de dejar la corona a su primo Enrique de Navarra, pero los extremistas católicos parisienses  no querían ni oir hablar de esa posibilidad, llaman a Guisa, y Enrique ha de huir de la ciudad, con su familia y su corte (después del dia de las Barricadas, 12 de mayo de 1588).

Habiendo convocado Estados Generales, Enrique III finge querer reconciliarse con el duque de Guisa y le invita formalmente a Blois, Y allí manda asesinarle el 23 de diciembre de 1588; dos días después, será su hermano Louis, cardenal de Guisa, el que caiga apuñalado.

Asesino de los Guisa, Enrique III no parecía tener otra opción que la de acercarse al Borbón, y el 30 de abril de 1589 ambos se entrevistaban cerca de Plessis-lès-Tours: Enrique de Navarra se postra ante su primo y el rey se ciñe la banda blanca de los protestantes. Y ambos deciden unir sus fuerzas para someter a la ciudad de París.

Era más de lo que el extremismo católico estaban dispuesto a soportar, y en algunos ambientes circulaba ya la tesis de que el rey traidor había de morir.

Esta vez, es Enrique III el que cae apuñalado por el fraile Jacques Clément, el 1 de agosto de 1589, en Saint-Cloud, a las puertas de París. Y, en su lecho de muerte, hace jurar a sus nobles y fieles, antes de expirar, que reconocerían como su rey a Enrique de Navarra.

Era mucho esperar, porque el calvinista no fue aceptado por los católicos, y la mayoría de aquellos seguidores pasaron al bando de la Liga, que reconoció por rey al cardenal Charles de Bourbon, tío del bearnés.

Con las tropas que le quedaban, el presunto Enrique IV se dirige entonces hacia Normandía, contando con la ayuda inglesa que viene recibiendo; y con esos recursos, ha de combatir ahora a los de la Liga, a cuya cabeza se ha puesto el duque de Mayenne, hermano de los Guisa asesinados, apoyado este por Felipe II de España.

            Diversos éxitos militares vendrán a asegurar su autoridad: sus enemigos católicos son deshechos en Arques, cerca de Dieppe, el 21 de septiembre de 1589, y luego en Ivry, al N. de Chartres, el 14 de marzo de 1590.

            Y volvió el asedio de París, entre infructuosos intentos y cierto cansancio también de los católicos, inquietos ya por la creciente presencia española, y, sobre todo, ante el hambre y la miseria que desolaban el interior de la ciudad.

Soldado sin recursos y rey sin corona y sin heredero, el ánimo del pretendiente decaía también. Así que, por consejo de Maximiliano de Béthune (firme protestante él mismo), se determina a abjurar la fe calvinista, lo que hace con gran pompa en Saint-Denis, el 25 de julio de 1593. Y la coronación será al año siguiente en Chartres (y no en Reims, ciudad, entonces, bajo control de los ligueurs), antes de entrar en París, en marzo de 1594, gracias a la complicidad del gobernador Brissac, que se verá mariscal de Francia.

Y del papa Clemente VIII recibirá la absolución fechada a 17 septiembre de 1595.

Le atribuyen equivocadamente la frase Paris vaut bien une messe! que él nunca pudo haber pronunciado, porque, su  cabal sentido de  ”¡Si hay que ir un día a misa, se va, con tal de entrar en París!” no corresponde a lo que el nuevo rey pensaba como modo de acción y actitud personal en adelante. Educado por su madre en la fe calvinista, el nuevo rey había heredado, de hecho, la relativa indiferencia de su padre, y se habrá convertido seis veces a lo largo de su vida. Pero, vuelto ahora al catolicismo por razones de Estado, va a mostrarse, a partir de ahora, buen católico, y tolerante con sus antiguos compañeros de fe.

            Ya sometido el duque de Mayenne, después de su derrota en Fontaine-Française, el 5 de junio de 1595, Enrique IV impondrá al fin su autoridad con aquel Edicto de Tolerancia de Nantes, de abril de 1598, que intentará aplicar lealmente. Y conseguirá también la sumisión de los últimos señores, refractarios unos por convicción sincera, y otros esperando compensación contante y sonante. Pero, la personalidad del nuevo rey, en quien el hombre de acción se unía al conciliador, su campechania y la ausencia de reservas mentales y de afán de venganza contribuirán grandemente a la pacificación general.

Y la paz de Vervins de ese mismo año (2 de mayo de 1598), cerca de la frontera norte -que venía a confirmar Cateau-Cambrésis, firmado cincuenta años antes-, ponía término a la presencia española en Francia.

Cuarenta años de guerras civiles habían dejado el reino enteramente desorganizado: la nobleza, los gobernadores de las provincias y los regidores de las ciudades habían adquirido hábitos de independencia. Quedaba restaurar la autoridad real, cerrar las profundas heridas y reconstruir el territorio, después de tanta ruina.

Enrique IV y su ministro y buen amigo Béthune se aplican enseguida a poner en orden el país, a reactivar agricultura y ganadería (introduciendo, incluso, nuevas plantaciones como la morera, necesaria par la industria de la seda), y a restablecer las finanzas del Estado, contando con la estimable colaboración del magistrado Pîerre Jeannin (ex ligueur) y de Barthélemy de Laffemas que orientó su esfuerzo de gobierno a desarrollar las manufacturas de lujo, la industria en general y el comercio, según los principios de la nueva doctrina mercantilista.

Aun cuando su vida amorosa seguirá tan agitada como lo había sido anteriormente (Gabrielle d’Estrée, Henriette d’Entragues, Charlotte des Essarts…), anulado ahora su primer matrimonio, se casa en 1600 con María de Médicis, hija del gran duque de Toscana, que le aporta una importante dote y con quien tendrá fecunda posteridad.

            El 17 de enero de 1601, por el tratado de Lyon, impuesto al duque de Saboya después de una breve campaña, Enrique IV ensanchaba al Este sus dominios con algunos señoríos entre Rin y Saona, poniendo así la vieja Lugdunum a resguardo de posibles incursiones. E instalaba un sistema de alianzas con los protestantes alemanes y con los suizos, destinadas a contener la presión Habsburgo de España y de Austria.

            Y, buen conocedor del alma humana, sabe someter a los grandes feudales: “muchos me han traicionado felonamente –decía él-, pero pocos me han engañado”. El duque de Biron, que había servido fielmente a Enrique III, y que Enrique IV ha cubierto ahora de honores, es mandado decapitar en la Bastilla el 31 de julio de 1602, por haber complotado con España y Saboya. Su muerte venía a reflejar la evolución hacia el absolutismo, conforme a las teorías que exponían por entonces juristas como Jean Bodin.

            Deseoso de restaurar el sistema educativo, Enrique IV inicia una política de recuperación y dignificacion del clero católico, y vuelve a llamar a los jesuítas, vanguardia de la Contrarreforma y de la defensa católica -expulsados en 1595-, autorizándoles a abrir de nuevo sus establecimientos, como aquel famoso Collège de Clermont en París (hoy lycée Louis le Grand).

            En 1604, Béthune instaura la Paulette, siguiendo la sugerencia del canciller Paulet, para conciliarse a la burguesía adinerada y conseguir ingresos fiscales en las arcas del Estado; a cambio de ese variable tributo, los oficiales obtenían el derecho de transmitir el cargo que habían comprado y los ingresos que conllevaban.

Y, para hacer respetar la autoridad real por los gobernadores –salidos generalmente de la alta nobleza-, y por los altos servidores del Estado, el rey quiso enviar a las provincias a comisarios con misiones puntuales, como eran velar por el cumplimiento de las ordenanzas, controlar la gestión de las ciudades y asegurar el correcto funcionamiento de la justicia.

A partir de 1604 y gracias a la acertada gestión del superintendente de finanzas, el presupuesto del Estado era ya excedentario, y Béthune recibe entonces el título de duque de Sully y la calidad de par de Francia.

Pero Enrique IV no se limitó a obrar por la restauración interna, sino que, apasionado de descubrimientos, relanzó la colonización del Nuevo Mundo, abandonada por los franceses desde hacía medio siglo a causa de las guerras; y es así como comienza la colonización del Canadá, y como Samuel de Champlain va a fundar Québec en 1608.

            El reino parecia haber regresado a la prosperidad, y el monarca había llevado, desde el principio de su reinado, una política exterior relativamente prudente. Sin embargo, después de la aparición del conflicto de Clèves (enclave entre Alemania y las Provincias Unidas), y en un ambiente en el que la hostilidad de los extremismos católico y protestante no había cesado, el rey parecía decidido a entrar en guerra contra los Habsburgo. Pero la Francia profunda aceptaba mal esa idea, y era grande el descontento del campesinado, abrumado de impuestos (revuelta de los Croquants).

            Al subir al trono, aquel Enrique, heredero de los Albret y rey de Navarra, había traido al poder a la Casa de Borbón, rama menor de la antigua dinastía de los Capetos.

Luego, con algunos buenos ministros, llegó a restaurar el país en su integridad y su prosperidad, lo que le hace merecedor, a pesar de un reinado relativamente corto, de figurar entre los grandes monarcas de Francia.

Se conoce en qué condiciones caía asesinado, aquel 14 de mayo de 1610, por el puñal de François Ravaillac.

Todos estos factores alimentarán la popularidad del rey Enrique IV el bearnés, figura que los partidarios de la restauración monárquica llevarán al cénit en el siglo XIX.

            Infecundo su primer matrimonio, con María de Médicis tendrá seis hijos, entre ellos el primogénito, que será rey Luis XIII; Elisabeth (Isabel), que casará con Felipe IV de España; Christine, que se unirá a Victor-Amadeo I de Saboya; y Henriette, que se convertirá en reina consorte por matrimonio con Carlos I de Inglaterra.

            Sin mencionar aquí su numerosa descendencia ilegítima.

Coronada ya, su viuda se convertía inmediatamente en regente.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BABELON, Jean-Pierre: Henri IV; París, Fayard.
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En español:

GUERRA, Pello: Jaque mate al rey de Navarra; Astero, 2008.

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