Médicis, Catalina de – (1519-1589)

Catarina Maria Romelia de Medici nacía en Florencia, el 13 de abril de 1519. Era hija de Lorenzo II de Médicis (1492-1519), duque de Urbino, viznieta del gran Lorenzo el Magnífico, sobrina nieta de su tutor Julio de Médicis, ahora papa Clemente VII, y último vástago de la rama primogénita de la gran familia florentina. Y, por su madre Madeleine de La Tour d’Auvergne, de la más antigua y prestigiosa nobleza de Francia, emparentaba con las familias de los Guisa y de los Borbones.

            Pero ambos progenitores fueron víctimas de la peste, dicen unos; y otros que la madre murió de un septicemia a consecuencia del parto, y su padre a los pocos días. Es lo cierto que, a las pocas semanas de su nacimiento, Catalina quedó huérfana, pasando al cuidado ahora en lo inmediato, de su abuela paterna Alfonsina Orsini, y al morir esta, de sus tías Clarice de Médicis  –hermana mayor de su padre-, y María Salviati.

En Florencia la llaman la duchessina; y durante su infancia, es protegida por su tío el papa León X y luego por Julio de Médicis, sobrino del Magnífico, papa Clemente VlI desde 1523, que la aloja en su Palazzo.

Pero la infancia de Catalina en Florencia se ve perturbada por la guerra desatada entre Clemente VII y el emperador Carlos V, porque los republicanos aprovechan la derrota del papa y el desorden que reina allá (saco de Roma, 1527) para alzarse contra los Médicis y tomar el control de la ciudad. Y Catalina que es tomada por los republicanos como rehén en 1529, conservará de aquellos acontecimientos un indeleble recuerdo. Sometida ya Florencia, Catalina fue  conducida  a Roma, donde va a seguir creciendo bajo la protección directa de Clemente VII, en una formación humanista y neoplatónica.

Después de Pavía (1525), el papa había llegado a concertar alianza con el rey Francisco I, de los Valois-Angoulême, con quien, en 1526, firma la alianza de Cognac. Así que, rica heredera de la rama primogénita de los Médicis, representante ella de la opulenta Florencia, Catalina llegaba a su nuevo país en 1533, para desposarse con Enrique de Orleáns (Henri d‘Orléans), después de unas negociaciones que el padre de este había llevado desde Francia, atraído por las perspectivas que no dejarían de abrirse para los intereses franceses en las guerras de Italia, y la dote –tangible e intangible-, que aportaría esta rica heredera.

Por si estas ventajas no fuesen suficientes, la joven mostraba su natural  gracia personal y una buena cultura en la mejor tradición italiana. Y no es que la joven presentara un particular atractivo físico, pero era graciosa y espontánea. Muy adecuada, pues, no para ser unida en matrimonio al heredero presunto de la corona, para quien se reservaba, únicamente, alguna hija de rey o de emperador, sino para este segundo varón del rey de Francia, un año menor que el delfín.

Catalina dejaba, pues, el ducado florentino en septiembre de 1533, a bordo de la galera papal, y con ella llevaba 100.000 escudos de plata y 28.000 en joyas. Y aquel 28 de octubre, el rey de Francia, entrando en la capilla del palacio pontifical de Marsella, en presencia de algunos grandes señores del reino, avanzó hacia el altar, ofreciendo su brazo a la jovencísima duquesa de Urbino; allí esperaba Clemente VII, que quiso venir para entregarle a su sobrina personalmente y conversar con el rey de Francia sobre la política general y la marcha de su aliaza. La reina venía detrás, con Henri, su hijo contrayente. Todo entre salvas de artillería disparadas desde las galeras.

Y siguieron suntuosas fiestas.

Ni uno ni otro de los contrayente había cumplido aún los 15 años.

Pero los grandes efectos previstos en aquella alianza matrimonial no tendrán lugar; acaecida la muerte de Clemente VII al año siguiente, el nuevo Pablo III –un Farnesio-, decidió romper lo convenido con Francia por su antecesor.

Pronto mostró la joven Catalina curiosidad intelectual, apetito de conocimiento e inclinación al estudio del griego, la astronomía y las matemáticas, lo que le granjeó el aprecio personal de su suegro. Y aquella buena disposición intelectual y el gusto común por las artes y las letras la harán congeniar también, paulatinamente, con su joven cuñada Margarita (Marguerite de France), futura duquesa de Saboya.

Y con la misma disposición, Catalina seguía al rey en sus cacerías, en consumada amazona, al trote o a galope, lo cual no era habitual entre las damas de la corte.

Durante los once años siguientes gozará de la prestigiosa situación de nuera del poderoso rey de Francia. Con ser mucho, sólo era eso. Porque su esposo no había tardado en dejarse ver en público con la vanidosa Diana de Poitiers.

Pero, el 10 de agosto de 1536, el delfín François venía a morir bruscamente. Y con aquel inesperado suceso, el destino de Catalina cambiaba para siempre: su esposo se convertía en heredero directo de la corona y ella misma en delfina, duquesa de Bretaña y futura reina de Francia.

La temperamental delfina se propuso adaptarse a su nueva situación, estrechando los lazos con la hermana del rey Marguerite d’Angoulême, reina de Navarra, con la que contribuye a elevar el nivel cultural de la Corte.

Pero el hijo no llegaba y el peligro de ser repudiada se cernía sobre Catalina. Al cabo de once años de infertilidad matrimonial, el reputado fisiólogo y médico de la corte Jean Fernel creyó indentificar la causa, y el primer hijo de Enrique y Catalina, el futuro François II, llegará en enero de 1544.

Con este nacimiento, seguido al año siguiente del alumbramiento de un hembra, bautizada Elisabeth, su posición institucional comenzó a  hacerse más firme.

Muerto, a su vez, el titular de la corona Francisco Iº, el 31 de marzo de 1547, el heredero Enrique de Orleáns, subía al trono y, durante su reinado, Catalina va a verse eclipsada por Diana de Poitiers, viuda de un Brézé, convertida en favorita, mujer de gran belleza y casi veinte años mayor.

La belle des belles, será duquesa de Valentinois a partir de 1548, recibirá el honroso cargo de la educación de los infantes reales y se rodeará de una corte brillante, haciéndose representar por los más grandes artistas de su época.

Hasta que el esposo Henri, instado en parte por su amante, acabe decidiéndose a honrar, de cuando en cuando, el tálamo conyugal, por asegurarle herederos a Francia, y hembras con que tejer en Europa lazos de influencia. Entre los que alcanzarán la edad adulta, además de la citada Elisabeth/Isabel en 1545, que casará con Felipe II; vendrán Claude en 1547, que casará con el duque de Lorena; Charles en 1550, futuro rey; Henri en 1551, futuro rey; Marguerite en 1553, que casará con el bearnés Henri de Navarra; y François en 1555, duque de Anjou; con un total de diez alumbramientos en el espacio de quince años, porque las dificultades del parto de dos mellizas, en 1557, pondrán término a tan fecunda serie.

Expectativas que colmaban ampliamente lo que se esperaba de una reina de Francia; pero su influencia -en un marco en el que Diana empezaba a ocuparlo todo-, era en la Corte, muy limitada.

Y en su Casa, Catalina de Medicis se rodea de numerosos compatriotas, donde no faltan astrólogos y magos -como aquel florentino Cosimo Ruggieri-, de cuyos  consejos era ella gran consumidora; y permanece atenta a la política italiana, protegiendo a los oponente al tirano Cosme I, duque de Florencia, que será Gran duque de Toscana a partir de 1569.

Y es por esta época cuando la reina elige su propio emblema: paisaje dominado por el arco iris, tras el cual se aleja la tempestad.

Catalina era inteligente y amante de las buenas lecturas y de las crónicas históricas. Cuenta un embajador italiano que, habiéndole preguntado un día a la reina qué estaba leyendo, respondió ella: “Leo las historias de este reino y encuentro en ellas que, de vez en cuando, las putas han dirigido los negocios de los reyes” (lo cita Th. Wanegfellen).

Hubo, no obstante, momentos episódicos estelares para la reina Catalina, como su coronación y consagración como reina el 10 de junio 1549, que su esposo quiso para ella en la basílica de Saint-Denis; o aquéllos en que, preparando en 1552 el asedio a Metz en Lorena, en el marco de la guerra contra Carlos V, su marido quiso confiarle momentáneamente la regencia del Reino. Con ayuda del condestable Anne de Montmorency, ella asegurará el aprovisionamiento y el refuerzo de los ejércitos.

Lo hará también en 1553 y en 1554.

El 10 de agosto de 1557 –día de San Lorenzo-,, el ejercito francés era deshecho en San Quintín, y París parecía a merced del avance de los españoles. La reina mostró, en aquellas dramáticas jornadas, toda su energía de gobernante. El 13, visitaba enlutada el Hôtel-de-Ville (Ayuntamiento), para implorar a las diferentes instancias reunidas (de la ciudad, la Universidad y el comercio), la liberación de los recursos necesarios para el levantamiento de un nuevo ejército.

            De regreso a la Corte, Enrique II pareció, desde entonces, tomar a su esposa en mayor consideración.

            Preocupados los soberanos católicos por los progresos del protestantismo, la paz llegó. Pero, la italiana Catalina desaprobó los tratados que vinieron a firmarse en Cateau-Cambrésis (Picardía), en la primavera de 1559, que ponían termino a sesenta años de guerras entre los Valois y España y los Habsburgo.

            No sólo criticaron aquellos tratados Catalina y el bando protestante, sino igualmente la nobleza guerrera (los Guisa, Monluc, Cossé-Brissac). No seguidos en esto por la nobleza de robe (magistrados, parlamentarios), ni por el pueblo llano.

            ¡Nadie entreveía aún que el final de aquellas guerras extranjeras iban a posibilitar, paradógicamente, el lanzamiento de las desastrosas guerras de Religión!

Y el tratado fue seguido de fiestas en la Corte y por toda Francia, porque dos enlaces deberían venir a sellar aquellos acuerdos políticos: la hija mayor del rey Elisabeth y su propia hermana Marguerite quedaban prometidas en matrimonio, respectivamente, a Felipe II –viudo ahora de María Iª de Inglaterra-, y a Emmanuel Philiberto, duque de Saboya.

            El matrimonio español se celebraba por poderes en Notre-Dame de París el 22 de junio de ese 1559, representado Felipe II por el duque de Alba. Y la consumación, dada la edad de la contrayente, será sólo en mayo de 1561.

            Y el enlace saboyano, tendrá lugar el 10 de julio de 1559, ya con el rey en su lecho de muerte, para morir ese día en medio de grandes sufrimientos.

  • Porque, días antes, el 30 de junio, en el transcurso de esas festividades en París, Enrique II había recibido un malhadado golpe de lanza en el ojo izquierdo, durante un torneo a la antigua usanza. Su oponente era el joven normando Gabriel de Montgomery, capitán de su guardia escocesa.
  • Ni el afamado Ambroise Paré, ni el cirujano del rey de España Andrés Vesalio pudieron hacer nada por salvarle.
  • Enrique II dejaba al morir viuda y cuatro hijos varones, que reinarán sucesivamente, salvo el más joven, muerto prematuramente. Y, sobre todo, una situación de lo más incierta.
  • Los contemporáneos han insistido en el profundo pesar que se apoderó de la reina al morir su esposo; y, para marcar su dolor, decidirá, en adelante adoptar el negro como color en sus vestidos.

A la muerte de su marido, los protestantes pensaron que encontrarían en la reina madre a una interlocutora dispuesta a atender sus demandas. Y no tardará ella en iniciar el diálogo en determinadas condiciones de discreción que los calvinistas habrían de observar en el ejercicio de su confesión, a fin de evitar el encrespamiento de la población católica.

  • Francisco II (François II) subía al trono de esta Francia de 18 millones de habitantes en julio de 1559, con quince años; y su madre le recomendó que llamase al gobierno a la familia de su esposa. Su coronación tendrá lugar el 18 de septiembre, ceremonia a la que la reina madre no quiso asistir, abrumada aún por el dolor, y cambia su divisa de la lanza rota, con la que predicaba su renuncia a la violencia, y su vía preferida de clemencia y negociación, por Lacrymae hinc, hinc dolor (de ahí vienen mis lágrimas y mi dolor).
  • El hijo de Henri II era un adolescente enfermizo al que acababan de casar con la joven María Estuardo, reina de Escocia desde 1542, e hija de María de Guisa.
  • Pero el apagado papel de la ahora reina madre continuará bajo este breve reinado, período en el que la realidad del poder estará en manos de los tíos maternos de la mujer del rey: el duque François de Guisa y su hermano el cardenal Charles de Lorraine (Lorena).
  • Con la frágil situación del gobierno, los protestantes sintieron llegado el momento de exigir libertad de conciencia y de culto para su confesión, y estaban dispuestos a conseguirlo por la fuerza; pero tanto Guisa como el cardenal, se mantuvieron en la política que Enrique II habia seguido en materia religiosa.
  • Bajo su inducción, Francisco II vino a firmar el edicto de Villers-Coterêts,  a escasos meses de su subida al trono (septiembre de 1559), según el cual deberían set destruidas las casas donde hubieran tenido lugar cultos protestantes o donde vinieran a celebrarse, y se multiplican entonces las ejecuciones de herejes y luteranos.

            Sintiéndose marginados, algunos nobles hugonotes, inspirados por el príncipe de Condé, pretenden secuestrar al joven rey, en marzo de 1560, para sustraerle a la influencia de los Guisa; pero son descubiertos. Y lo que se ha llamado la “Conjura de Amboise” fue reprimida con extremado rigor, contándose unas 1.200 víctimas; Condé le debió la vida únicamente a la elevación de su rango.

            La reina madre vivía aquel clima de intolerancia, y exclusión por ambas partes, con la pesadumbre de quien no expresaba particular hostilidad ni marcada inclinación por ninguna de las dos facciones. Su primordial idea era preservar la autoridad monárquica y con el propósito de conciliar los ánimos, consiguió hacer nombrar por el Consejo, el 20 de mayo de 1560, como Canciller de Francia al ponderado Michel de L’Hospital, cercano a los humanistas. Para Catalina, como para los consejeros y miembros de los que enseguida se rodea (L’Hospital, Jean de Monluc obispo de Valence de 1563 a 1574 y cercano al protestantismo, Jean de Morvillier obispo de Orleáns, Paul de Foix arzobispo de Toulouse…), oponerse a la violencia va a ser un imperioso deber.

            Ella se sentía movida por dos corrientes morales e ideológicas: el erasmismo, orientado hacia una política de paz, y el neoplatonismo renacentista, que ensalza la misión divina del soberano para hacer reinar la armonía en su reino

Catalina intentará poner en marcha, inicialmente, una política de buenos modales. Y su emergencia en la escena política, junto a Michel de L’Hospital supuso, en lo inmediato, una distensión de la presión sobre los reformados.

El edicto de Romorantin, firmado en mayo de 1560, prescribía que los casos de herejía estrictamente religiosos fueran juzgados únicamente por tribunales diocesanos, las officialités, sin facultades para imponer penas de muerte.

            Y la Corte, instalada entonces en el château de Saint-Germain, vio llegar a notorios “cismáticos”.

El destino parecía, no obstante, ensañarse con los Valois. Francisco II moría en Orleáns el 5 de diciembre de 1560, y el segundo hijo varón en precedencia de Enrique, Carlos IX (Charles IX) heredaba la corona de Francia con diez años.

La muerte de su hijo François, casi un niño todavía, provocó hondo y renovado dolor en Catalina, pero va a suponer para ella la oportunidad de tomar las riendas del  gobierno.

Y entre diciembre de 1560 y enero siguiente, durante mes y medio, se abrieron en Orleáns aquellos Estados Generales que Francisco II había convocado antes de morir; Catalina fue nombrada allí Gobernadora del reino, durante la minoría del rey, y L’Hospital intentará apaciguar las disputas entre católicos y protestantes, dispuestos a desgarrarse entre sí.

Era imprescindible preservar la autoridad real, aun reaccionando enérgicamente contra rebeliones o sediciones, si fuere necesario. Para desarrollar su política la reina gobernadora y presidenta del Consejo Real, disponía de algunas bazas importantes:

-Su pertenencia a la familia La Tour d’Auvergne que le aseguraba la colaboración del personal de la alta administración real del Bourbonnais y Auvernia, y, en particular de su nuevo canciller L’Hospital, intelectual que va a aportarle una primera teoría de cierta solidez del absolutismo; él será el indispensable auxiliar de la regente, que disponía del total control de los despachos que entraban en la Cancillería y salían de ella, bajo su real sello: “Catherine, par la grâce de Dieu reine de France, mère du roi”.

-Las posibilidades que tenía de recompensar fidelidades a través  de sus importantes posesiones de Auvernia.

Y la esposa despechada podrá vengarse entonces de la antes poderosa favorita de su marido, la  putain du roi, como la habían llamado sus enemigos: La duquesa de Valentinois deberá devolver los suntuosos regalos reales con los que su infiel esposo la había cubierto, las más hermosas joyas de la corona y el château de Chenonceaux, que hubo de ceder a cambio del de Chaumont, adquirido por Catalina al poco de la muerte de su marido.

Imbuida por el precedente de Blanca de Castilla en el s. XIII, reina regente en nombre de su hijo Luis IX, pronto dará Catalina muestras de su capacidad de gobernante, si bien con formas de actuación no siempre escrupulosas, política posiblemente impuestas por el difícil contexto de intrigas y tensiones entre las facciones, y en aplicada lectora que era ella de sus compatriotas Niccolò Machiavelli -muerto más de treinta años antes-, y de Francesco Guicciardini (Storia d’Italia, 1561).

            Así, con la hostilidad de los católicos intransigentes y del papa Pío IV, tenía lugar, entre septiembre y octubre de 1561, aquel “colloque” teológico de Poissy, convocado a fin de intentar la “concordia”, donde unos cuarenta prelados católicos recibieron a una delegación de ministros “de la nouvelle religion”, a cuya cabeza venía Théodore de Bèze, brazo derecho del poco pacífico Calvino.  Pero aquel intento de conciliación doctrinal fracasará, por la intransigencia del teólogo protestante en lo relativo a la transubstanciación, y luego la consiguiente reacción de los católicos.

Sin embargo, tras el coloquio, un Edicto de Tolerancia, llamado de Saint-Germain-en-Laye, de 15 de enero de 1562, vino a proclamar la libertad de conciencia y de cultos y la coexistencia de las dos confesiones, salvo en determinadas ciudades (“villes closes”).

Aquel acuerdo conoció, desde muy temprano, el violento rechazo de los extremistas de ambos bandos, y llegaron los trágicos sucesos de Wassy-sur-Blaise (entre Champaña y Lorena), donde gentes del duque Francisco de Guisa, protagonizaron el 1 de marzo de 1562 una matanza entre la población protestante de aquellas tierras, de la que resultaron sesenta muertos.

Así comenzaban en Francia las llamadas “Guerras de Religión”.

El 31 de marzo de este 1562, Francisco de Guisa llegaba a Fontainebleau  donde se encontraba la familia real y obligaba a Catalina a ponerse bajo su protección, aun cuando, durante los meses de mayo y junio, todavía intente ella provocar encuentros de negociación entre los beligerantes, para acaba resignándose a la guerra.

Mujer enérgica, Catalina se atribuye a sí misma el título de reina regente, porque se siente la guardiana del reino -como escribirá Brantôme-; y sabe ponerse a la cabeza de aquella nueva situación bélica en nombre de su hijo, en primera línea, por ejemplo, de las tropas reales asediando el Ruán controlado por los protestantes, desde junio de 1562, hasta octubre siguiente.

Pero Francisco de Guisa caia asesinado, el 24 de febrero de 1563, cuando asediaba Orleáns.

Con la muerte o el encarcelamiento de aquellos cabecillas llegó el término de la primera guerra de Religión, y el tratado de Amboise, de 19 de marzo de 1563, que concedía a los protestantes una generosa amnistía y, de nuevo, libertad de culto en las casas señoriales y en las ciudades dentro de ciertos limites territoriales. Distanciándose sensiblemente de los Guisa, fue firmado entre Louis de Conde por los protestante, y Anne, 1er. duque de Montmorency, por el bando católico.

En agosto de 1563, Carlos IX fue proclamado mayor de edad y Catalina abandonaba la regencia -aun participando en las deliberaciones del Consejo por deseo del nuevo rey-, para actuar, en adelante como su doble o sombra, a través de su abundante correspondencia, o repartiéndose los cometidos.

Y ella creyó que la hora de la reconstrucción había llegado y quiso emprender con su hijo un largo y pausado tour de France, a fin de mostrarle el reino a su hijo y a Francia el rey y la familia real. Ella quería hacer de Carlos IX un rey filósofo, “desmilitarizando” su figura y dándole, a través de la educación, conocimientos y sabiduría.

Y en este 1564 redactará para él unos “Avis donnez par Catherine de Médicis à Charles IX, pour la police de sa cour et pour le gouvernement de son estat”, serie de exhortaciones y recomendaciones.

Sobre todo, deseaba reconciliar a católicos y protestantes y restaurar la autoridad real a través de una imponente y brillante representación de los Valois-Angoulême, por las ciudades de Francia, hasta las partes más retiradas del reino.

La numerosa comitiva partirá de París el 24 de enero de 1564.

            Ella quería aprovechar aquella gira para entrevistarse con los soberanos de Europa y promover un nuevo concilio, no como el de Trento que acababa de concluir, sino, esta vez con la asistencia de representantes de la religión reformada: el duque Charles III de Lorena su yerno; el duque Emmanuel-Philibert de Saboya, el emperador Fernando Iº Habsburgo; y hubiera deseado verse también con el rey de España, que, finalmente, envío en su lugar a su esposa Isabel de Valois, a quien acompañaba el duque de Alba. “¡Ma fille, vous êtes bien espagnole!”, parece que exclamó su madre al verla, en aquellos días de junio de 1565.

Pero aquella paz de Amboise sólo era una tregua, porque ambos bandos soñaban con la revancha.

En junio de 1566, en la meridional Pamiers (Ariège), hubo ya un primer movimiento de hostilidad, cuando centenares de reformados asaltaron las iglesias católicas; lo que provocó una acción contraria de represión a cargo del mariscal Monluc, de la que resultaron centenares de hugonotes muertos.

En septiembre de 1567, Catalina de Médicis se negaba a pensar que Francia estuviera abocada a una nueva guerra de religión. Pero Condé y la aristocracia protestante quisieron apoderarse de la persona del joven rey y de su madre que se encontraban en el château de Montceaux-lès-Meaux; fue la intentona llamada“surprise de Meaux”, que resultó un nuevo fracaso. Los reformados llevaron sus protestas a las provincias, y un centenar de católicos fueron asesinados el 30 de septiembre, en el transcurso de la matanza de la Michelade que tuvo lugar en Nîmes. Y los hugonotes consiguieron apoderarse de las ciudades en las que se sentían fuertes, sobre todo en el Mediodía.

La decepción y cólera de la reina madre no fueron inferiores a su determinación de acabar, esta vez, con la política de tolerancia, y L’Hospital quedó encargado de negociar; pero las pretensiones protestantes fueron consideradas desorbitadas.

 Condé quiso asediar Saint-Denis al frente de un ejército, buscando rendir a París por hambre. Pero la reina madre no cedió, y le confió a Anne de Montmorency el liderazgo del ejército real. Y en Saint-Denis tuvo lugar aquel encuentro armado del 10 de noviembre de 1567, con Condé y Coligny por el bando hugonote y, por las tropas de Charles IX, el bravo condestable de Montmorency, que allí cayó herido de muerte a los 74 años.

Las partes mostraban parecida fuerza y recursos. Buscando alianzas, Condé esbozó un acercamiento al elector palatino Federico III, estricto calvinista, y la Corona recurrió en busca de refuerzos a Suiza e Italia.

Por preservar su figura, Catalina no deseaba que el rey participara directamente en el conflicto. Y así, el duque de Anjou, fue elevado a la dignidad de lieutenant général du royaume, o jefe de los ejércitos.

Pero, si Catalina trataba por todos los medios de reducir a los facciosos y rebeldes, tampoco deseaba entregar el poder real al partido católico de los Guisa. Queria evitar tanto que la facción protestante vinieran a recibir apoyos de Inglaterra como que los católicos beneficiaran de la ayuda de España, y siguió buscando el acuerdo. Así llegó la paz de Longjumeau, de 23 de marzo de 1568, con un statu quo que venía a confirmar el edicto de Amboise de marzo de 1563. Y la Corona cedió la plaza de La Rochelle.

Paix boiteuse, será llamada por su precariedad.

Ya la reina madre comenzaba a preguntarse si aquella vía complaciente que venía aplicando con Michel de l’Hospital era la adecuada, y en mayo de 1568, el ministro acabó siendo exonerado.

Porque la guerra volvió, después de que el joven rey Carlos IX, siguiendo el consejo de su madre, firmara, el 23 de septiembre de 1568, en el château de Saint-Maur, un edicto por el que el culto protestante quedaba prohibido.

Los ejércitos católicos del hermano del rey se alzan con una primera victoria entre Jarnac y Triac-Lautrait (Charente), el 13 de marzo de 1569, sobre el ejército protestante que mandaba Condé. Y, herido durante el combate –después de haber expresado su deseo de constituirse prisionero-, allí cayó asesinado, de un pistoletazo, este primer príncipe de Condé, a instigación del duque.

A esa victoria seguirá la de Moncontour (Bretaña), el 3 de octubre siguiente.

Y esas dos grandes derrotas protestantes contribuyeron a hacer al ambicioso Anjou, en la opinión católica, tan popular como lo era el mismo Enrique de Guisa.

Pero Coligny había logrado rehacerse y ambos bandos parecían, una vez más, exhaustos y sin recursos. Y así vendrá la paz de Saint-Germain-en Laye, de 8 de agosto de 1570, que ponía fin a la tercera guerra de Religión.

Como prenda de buena voluntad, Catalina de Médicis favorecía el matrimonio de su hija Margarita de Valois (“Margot”), con el protestante Enrique (Henri de Navarre). El enlace tendrá lugar dos años después.

Es cierto que, por otro lado, el rey Carlos IX se desposaba, en octubre/noviembre de este 1570, con la muy católica Elisabeth de Austria, de dieciséis años entonces.

Gaspard de Coligny vino entonces a convertirse en la Corte en consejero de Carlos IX, y a preconizar la guerra contra España en los diversos frentes.

Catalina aceptó establecer una alianza con Isabel Iª, reina de esa Inglaterra donde ya se perseguía a los católicos; y prometió al calvinista Luis de Nassau el apoyo de Francia a los rebeldes de los Países Bajos.

Instalarse en aquella situación suponía no sólo la división moral de Francia, sino entrar en una peligrosa dinámica de guerra internacional. Ya la opinión pública activa, es decir la pequeña burguesía de las ciudades, amenazaba con entregarse abiertamente a la causa católica.

En semejante contexto, la reina madre dejará hacer a los instigadores del dramático episodio de la matanza de San Bartolomé (Saint-Barthélemy, 24 de agosto de 1572), con la expresa condición de que Enrique de Bourbón fuera preservado.

Carlos IX y Catalina su madre dijeron en un primer momento quedar espantados. Y en la misma tarde del 24 aparecía un comunicado con su firma, prometiendo castigo para los Guisa. Pero fue probablemente al conocer la fuerte implicación del duque de Anjou (y no únicamente de Guisa) en la preparación y ejecución de la matanza, cuando Catalina y el rey se sintieron obligados a renunciar a lo que habían prometido en el calor de los sucesos. ¿Qué se podía hacer contra el lieutenant général du royaume, hermano del rey y presunto heredero de la corona?

Aun cuando Enrique de Anjou (Henri d’Anjou), podía considerarse su hijo preferido, Catalina buscaba neutralizar su turbulencia. Y en 1573, consigue obtener, con no pocas intrigas y mucho dinero, su acceso al trono electivo de Polonia. El joven duque no podía rechazar una corona que le colocaba en el mismo rango que su hermano Carlos; pero, sin entusiasmo, tardará en presentarse en su nuevo reino.

La paz de Boulogne, de 11 de julio de 1573, tras el asedio de La Rochelle vino entretanto, y con ella concluía la cuarta guerra de Religión; de nuevo se concedía a los protestantes libertad de conciencia, pero su libertad de culto quedaba restringida a tres ciudades, entre ellas La Rochelle.

Sin embargo, Carlos IX, cuya salud había sido siempre frágil, moría el domingo 30 de mayo de 1574, día de Pentecostés.

No habían transcurrido siete meses de su presencia allí, cuando a Cracovia llegó la noticia de aquella muerte, y al heredero de la corona de Francia, el duque de Anjou, pareció faltarle tiempo para dejar el pais. Sin el permiso de la Dieta Polaca, dejaba su capital en la noche del 18 de junio. Pasó por Viena, Venecia, Turín, Saboya…Y llegará a París, en septiembre de 1574.

Ya su madre había sido declarada, de nuevo, regente por el Parlamento, e intentaba dominar los conatos de rebelión que comenzaban a brotar. Y se alegró de la captura de aquel Montgomery que, por accidente, había matado a su marido quince años atrás y que, pasado al calvinismo luego, se había convertido en señalado cabecilla hugonote. Catalina ordenó confiscar sus bienes y  ejecutarle en place de Grève, el 26 de junio de este 1574.

Y hasta la reina llegaban ya noticias de que el nuevo rey, venia procediendo a la distribución de los cargos de gobierno entre sus allegados y miembros, mientras se acercaba en su lento periplo de regreso. ¿Quedaría ella apartada del gobierno?

Las discrepancias no tardarán en surgir.

En adelante, Enrique III (Henri III), que ahora accedía al poder con 23 años, pretenderá reinar solo, con el restringido círculo de sus favoritos y su propio personal, gente nueva de fulminante fortuna algunos. La reina madre tendrá aún, en lo inmediato, alguna relevancia en las decisiones políticas, si bien ya no podrá actuar sin el consentimiento del rey.

El reino que Enrique III heredaba se hallaba profundamente dividido. Porque habian surgido diversos actores que ponían en cuestión su autoridad y su gobierno  Frente a él se alzaban, de un lado, los protestantes recalcitrantes; en el otro extremo, la Liga católica; y en medio, los malcontents.

Desatada en 1574, en el momento en que el nuevo rey acababa de suceder a su hermano, la quinta guerra fue conducida ahora por el partido de los Politiques o Malcontents, reunidos en torno a François d’Alençon, hermano menor del rey, que reagrupaba a la nobleza moderada y a quienes decían colocar el interés general por encima de las disputas religiosas.

Por estas fechas de 1574/75 aparecía un violento libelo anónimo pero de indudable inspiración calvinista, titulado Discours merveilleux de la vie, actions et déportements de la reine Catherine de Médicis, déclarant tous les moyens qu’elle a tenu pour usurper le gouvernement du royaume de France et ruiner l’état d’icelui, pretendido relato verídico de la vida y acción política de esta supuesta usurpadora italiana, discípula del peor Maquiavelo y extraña a las cualidades francesas de lealtad y franqueza.

            Enrique III fue coronado en Reims en febrero de 1575, y se desposó con la princesa Louise de Lorraine-Vaudemont. Pero fueron éstos años de disgustos para la reina madre. Y a ello contribuyeron:

  • La nueva guerra desatada, con su hijo François en el bando contrario al rey.
  • El fallecimiento de parto de su amada hija Claude, duquesa de Lorena, allá en Nancy, en este febrero de 1575, a los veintiocho años y madre de nueve hijos. Su hija Christine, de diez años entonces, va a ser acogida por su abuela, para ser educada en la corte de Francia.
  • Las mediocres relaciones que vinieron a instalarse pronto entre ella y su nuera la nueva reina.

Y en 1576, en pleno Consejo real, Enrique III desaprobaba abiertamente la política conciliadora aplicada por Catalina, que, con dificultades ya para acceder a presencia del rey, va a pasar definitivamente a un segundo plano.

Enrique III acepta finalmente negociar con el partido de los políticos, con tanta mayor premura, cuanto que Enrique de Navarra ha huido de la Corte.

El edicto de Beaulieu-lès-Loches, de 6 de mayo de 1576, o “paix de Monsieur”, vendrá a terminar este ultimo período de hostilidades. En su virtud, se autorizaba el culto protestante en todo el reino, salvo en Paris, y ocho plazas de seguridad; se preveían igualmente cámaras paritarias en los Parlamentos regionales, y la rehabilitación de las víctimas de la Saint-Barthélemy.

Aquella paz será, otra vez, considerada excesivamente ventajosa para la causa calvinistas y una verdadera traición; las ligas locales de burgueses católicos comenzaron a unirse y, en febrero/mayo de 1577 se funda la Sainte Ligue catholique, a cuya cabeza aparecerán pronto los Guisa. El movimiento se extendió por toda Francia.Y fue otra vez la guerra.

El edicto de Poitiers no tardará en llegar (8 de octubre de 1577), confirmando la paz de Bergerac de 17 de septiembre anterior, favorable a los católicos, y que restringía los derechos adquiridos por los protestantes en Beaulieu; ligas católicas y uniones calvinistas quedaban disueltas. Así concluía la sexta guerra de Religión.

François d’Alençon tomó aquella paz de Bergerac como una afrenta personal y dejó la Capital a mediados de febrero de 1578.

Pero, en muchas plazas, la pacificación pactada no iba a ser aplicada, ni disueltas todas las ligas. Unas veces porque los calvinistas habían procedido unilateralmente a actos de violencia contra los católicos y estos procedían consecuentemente para precaverse; y otras como reacción hugonote a incumplimientos católicos.

Fue el caso que, al final del verano de 1578, la incansable negociadora Catalina, para quien la paz en el Reino pasaba por encima de cualquier otra consideración, incluso religiosa, decide emprender nuevo viaje hacia el suroeste (conllevando como podía sus achaques de reumatismo), para entrevistarse con Enrique de Navarra.

Las negociaciones que siguieron en el château de Nérac, entre ella y miembros del Consejo privado del rey por un lado, y Condé y Navarre por el otro, se abrieron en febrero de 1579. Tras las cuales, se acabó concediendo a los calvinistas, por un plazo de seis meses, la posesión de un buen puñado de plazas fuertes entre Suroeste y Languedoc. En nombre del rey Catalina lo firmaba el 28 de febrero de 1579.

Y aprovechó la reina madre para intentar recomponer las deterioradas relaciones entre el Borbón y su hija Margarita de Valois.

Luego ella continuó luego viaje por los caminos e Francia, en litera cuando cuadraba, y otras en mula, cruzando regiones bajo control rebelde como el Languedoc y el Delfinado; y, buscando siempre reconciliar a los dos bandos.

Regresará a París en noviembre de 1579. Y dicen las crónicas que el pueblo la aclamó.

Tampoco ahora iba a durar la tranquilidad: A la conclusión de aquel plazo de seis meses previsto en Nérac, los protestantes se negaban a entregar las plazas de seguridad que se les había concedido; y Henri de Condé tomaba el control de La Fère (entre Champaña y Picardia), a finales de noviembre de 1579, de la que era nominal gobernador, pero donde los católicos no le obedecían.

Y surgen disturbios en Provenza, devastada por bandas de saqueadores, y en el Delfinado también.

En mayo de 1580, Henri de Navarre tomaba la meridional Cahors, para suplantar a Gontaud de Biron, lieutenant général en Guyena (se dijo que respondiendo a sus provocaciones). En pro de la concordia, Catalina acabará retirando a Biron.

Los ejércitos del rey lograron sobreponerse, y el bearnés, terminó refugiándose en la plaza que había tomado.

En el norte, Condé tuvo que huir a Alemania.

Y el duque François de Lesdiguières, a la cabeza de los protestantes del Delfinado, fue vencido en esas tierras.

Había sido la séptima guerra de Religión. Y la paz de Fleix que vendrá, va a tener lugar en el château de esa localidad del Périgord. Allí se trasladó François duque de Anjou, para firmarla aquel 26 de noviembre de 1580, en nombre, esta vez, de su hermano Henri III-, y lo hizo con el rey de Navarra, en representación del partido hugonote. Los protestantes obtenían quince plazas de seguridad por seis años.

Pero Condé volvió de Alemania a finales de este 1580, y pasó al Languedoc y a Provenza, que intentará levantar de nuevo.

En la península ibérica, entretanto, había surgido el espinoso asunto de la sucesión de Portugal. En 1578 había muerto sin descendencia el rey Sebastián Iº; varios candidatos aspiraban al trono de los Aviz, y Felipe II, hijo él de Isabel de Portugal, reclamó sus derechos.

Catalina de Médicis no había tardado en intervenir en ese litigio sucesorio, enviando una expedición naval para ayudar al bando antiespañol.

Pero, finalmente, las Cortes de Tomar (con determinadas condiciones), proclamarán rey a Felipe, y el reino vecino fue anexionado en 1581.

El 10 de junio de 1584 moría el turbulento e intrigante duque de Anjou, ex-duque de Alençon, último hijo de Enrique II y de Catalina de Médicis, y esa muerte tendrá importantes repercusiones políticas, porque, sin hijos varones para suceder a Enrique III, las hostilidades volvieron en la llamada “guerra de los tres Enrique” (“guerre des trois Henri”): Enrique III, Enrique de Guisa y Enrique de Navarra.

Enrique III hubo de avenirse, al final, a firmar el edicto de Nemours de 7 de julio de 1585, que venía a dinamitar el edificio de concordia civil pacientemente construido. Por dicho tratado se ordenaba la expulsión de los pastores y estipulaba que los calvinistas disponían de seis meses para elegir entre la abjuración y el exilio.

            Todo lo cual vino a completarlo la bula papal de 9 de septiembre de 1585, que excomulgaba a Enrique de Navarra y al príncipe de Condé.

En 1586, es al suroeste, adonde se dirige Catalina de Médicis para iniciar negociaciones con su yerno Enrique.

Ya Felipe II venia interviniendo, tambien el, desde 1584, en estas disputas sucesorias, y lo hará hasta 1590.

Después de la derrota de las tropas reales de Joyeuse en Coutras (Gironda), el 20 de octubre de 1587, Enrique de Navarra parecía mantener el control del Mediodía, mientras que los intereses del rey se asentaban mayoritariamente en el norte de Francia.

Pero, además de la Liga de los príncipes, en París había surgido una especie de liga plebeya, que vino a aliarse a la primera. Y fue día nefasto para los intereses de la monarquía la insurrección conocida como “Journée des Barricades” de 12 de mayo de 1588.

El duque de Guisa acababa de vencer, también, sucesivamente, a dos ejércitos de mercenarios alemanes y suizos al servicio  de los hugonotes, en Vimory (26 de octubre, 1587) y en Auneau (24 de noviembre siguiente), y era el ídolo de la opinión católica. Catalina no dudó en salir a las calles, y afrontar el peligro de la plebe, abriéndose camino por entre los obstáculos levantados aquí y allá, y apelando al apaciguamiento. E intentó actuar de intermediaria entre ambas partes, pero el rey acabó teniendo que huir de la ciudad, dejada ahora en manos del Guisa.

El duque no se atrevió a dar el decisivo paso de asumir todo el poder, y va a preferir tratar; y Catalina de Médicis pensó haber conseguido una sombra de reconciliación entre ambos.

           Tampoco Enrique III tenía margen de maniobra, y así llegaron al llamado edicto de Unión, que Enrique III se veía constreñido a firmar con el duque de Guisa, en Rouen, el 15 de julio de 1588. Según dicho tratado el rey de Francia se comprometía a combatir a los protestantes y quedaba excluído todo candidato al trono de esa confesión.

Pero la subversión del Reino y el poder de los Guisa aparecían ahora más amenazadores que nunca para la monarquía de los Valois-Angulema. Enrique III comenzó a inquietarse seriamente, y a su mente acudieron proyectos donde confluían su interés personal y los altos intereses del Estado.

            El tratado de Unión será renovado en octubre, con ocasión de aquella reunión de los Estados Generales en Blois, adonde se trasladó la corte, y que resultó ostensible demostración del poder de la Liga.

Y, en la navidad de 1588, 23 de diciembre, Henri le balafré, 3er. Duque de Guisa –más amo él de París, que el mismo rey-, caía asesinado en Blois, por instigación de Enrique III, que se acordaba de las humillaciones de las barricadas de la primavera anterior y de la firma que muy a su pesar, hubo de estampar en el verano. Y el cardenal de Lorena, su hermano, sucumbirá también bajo los puñales de los Quarante-cinq (guardia del rey).

Sucesos funestos para Catalina de Médicis de los que supo postrada en su lecho. Tenía ella por seguro que el rey sería excomulgado por haberle quitado la vida a un cadenal, y que París se alzaría otra vez en rebelión.

Y es que, desde septiembre del año anterior, la reina madre venía sentiéndose enferma, y una congestión pulmonar, a mediados de diciembre, la había llevado ya al borde de la muerte.

            Ella sólo veía una salida a la dramática situación en que se encontraba el reino reanudando la alianza con Enrique de Navarra. Y, aun extremadamente vulnerable de salud, quiso intentarlo ella misma, a través de su tío Charles de Bourbon, amigo de la Liga y prisionero entonces de Enrique III. Aportándole la promesa y garantía de su vida, la entrevista tuvo lugar el 1 de enero de 1589. Sólo recibió reproches y la acusación de haber colaborado también ella en el asesinato de los Guisa. Ese día, Catalina regreso al château de Blois, transida de frío y mortalmente debilitada ya.

Días después de esos sucesos, a los 70 años de edad, rendia su alma a Dios esta gran mujer y gobernadora, en el poder efectivo de Francia desde 1560 a 1574, a través de sus tres hijos Francisco II, Carlos IX y Enrique III. Fue el jueves 5 de enero de 1589. Ese día por la mañana, había dictado un largo testamento, ordenando que su cuerpo fuera depositado en la iglesia de Saint-Denis-en-France, necrópolis de los reyes, donde ella había mandado edificar una capilla en rotonda, apoyada en la abadía. Y expresó su deseo de descansar al lado de su esposo Henri II.  A la una de la tarde, recibía los Santos Óleos, y a la una y media expiraba.

 Y no pudo llegar a ver el matrimonio de su nieta Christine de Lorraine, que ella había educado a su lado en la corte de los Valois, enlace del que venía ocupándose en los últimos tiempos.

Dado que la basílica de Saint-Denis se hallaba, por entonces, bajo el control de los ligueurs, sus restos serán depositados allí veintidós años después, en 1611.

  • Y moría mortificada el alma ante el desolador panorama en que veía sumido a su país y a su familia ¡Cuántas veces su Lacrymae hinc, hinc dolor, una de sus divisas, no había venido a justificarse en el último tramo de su vida!

Esta figura emblemática del siglo XVI francés, inevitablemente asociada a las guerras de Religión, partidaria siempre de una política conciliatoria, había muerto crevée de dépit, (muerta de despecho y disgusto) según la expresión del memorialista Brantôme, en uno de sus “Discours des dames illustres” –él que alabará la constante dignidad y afabilidad de la reina-, aspirada, finalmente, en el torbellino de las violentas guerras a las que asistió.

Y se fue en medio de numerosas deudas que sus propiedades contribuirán a saldar.

Mujer culta y protectora de las artes –ella será una de las grandes mecenas del siglo XVI-, heredera del buen gusto de los Médici en las Artes, Catalina gustaba rodearse de arquitectos, pintores, dibujantes y grabadores, orfebres, músicos, poetas y literatos (con una particular protección a hombres como Ronsard y Montaigne), artistas a los que invitaba a venir a la corte y que ella pensionaba para su servicio. Ella rompió con la tendencia, instalada desde el inicio del Renacimiento, con Carlos VIII, Luis XII, Francisco I y su esposo Enrique II, de recurrir a artistas italianos, y tuvo particular afición por el retrato francés, con retratistas entre los que destacaron François Clouet y los hermanos Dumonstier. A su muerte, Catalina dejaba una soberbia colección de 600 o 700 dibujos, diseminados hoy por el mundo entero.

Prosiguió la construcción del Louvre y, cerca de allí, comenzó la de las Tullerías a partir de 1564, que puso bajo la dirección de Philibert Delorme; fue a raíz de la aversión que le había tomado al bello hôtel de Tournelles, donde había muerto su marido. También en el corazón de París –en torno a lo que hoy es la rue Jean-Jacques Rousseau-, ordenó levantar a Jean Bullant, a partir de 1572, su propio hotel particular, no lejos de la iglesia Saint-Eustache, donde ella vendrá en 1584 y donde va a instalar a Christine de Lorraine, hasta su partida para Florencia en 1589. Conocido como “hôtel de la Reine”, será llamado luego “hôtel de Soissons” (destruido en el s. XVIII, de él sólo queda la llamada columna astrológica, que se erguía en el patio del edificio y adyacente hoy a la actual Bourse du commerce).

Y en provincias los châteaux de Montceaux-lès-Meaux (Île-de-France) -a partir de sucesivos estados anteriores-, que había recibido de su esposo Henri II y que mandó embellecer a Philibert Delorme a partir de 1558; y el suntuoso Chenonceaux sobre el río Cher, cerca de Tours, a partir de una primera construcción de 1513, que luego prosiguieron Diana de Poitiers y la propia Catalina, también con el mismo arquitecto Ph. Delorme; o Saint-Maur, comenzado por Ph. Delorme en 1541 y adquirido en 1563, sobre el que la reina intervendrá con nuevas construcciones. Eran lugares de esparcimiento, entre fiestas reales, jardines y galerías de paseo propicios a la conversación distendida, donde su figura de reina madre, mandando a consejeros de Estado, pasaría mejor que las órdenes emanadas de una mujer en el solemne marco del palacio de gobierno.

Y, desde muy temprano, había contribuido a difundir en Francia las costumbres y gustos italianos. Porque su gran obra iba a ser aquel suntuoso mausoleo, destinado a acoger los cuerpos de Enrique II, de ella y de sus descendientes Valois-Angoulême. Empezó a construirse, según los planos del Primaticcio, juxtapuesto al norte de la abadía de Saint-Denis en forma de rotonda de 30 mts de diámetro, que imitaba la forma circular de las antiguas tumbas y contrastaba con el estilo medieval de la basílica. Pero, ejecutado en medio de ls guerras de Religión, no será nunca terminado. Amenazado de ruina, acabó siendo derruído a principios del siglo XVIII, a petición de los religiosos de la abadia. Y la bella composición escultórica yacente de ambos esposos, realizada entre 1560 y 1573, que se encontraba en el centro de la rotonda fue trasladada a una capilla del presbiterio norte. Aquí trabajaron los escultores Ponce Jacquio y Germain Pilon.

Salvo Chenonceaux, nada queda de sus numerosas obras de construcción: ni las Tullerías (destruido en la segunda mitad del s. XIX, con los sucesos de la Comuna), ni el lujoso hotel de la reina, ni la capilla de los Valois en Saint-Denis; ni los châteaux de Montceaux (hoy solo ruinas con diversos restos) y de Saint-Maur (vendido como bien nacional bajo la Revolución y destruido pocos años después).

            Catalina de Médicis, de carácter decian que disimulado, vestía de negro casi siempre, a partir de 1559 (“la reine noire”, la llamaban quienes no la querían, tomando el color del luto por la negrura de su alma), y en ella cristaliza todo el imaginario del crimen oculto que el Renacimiento forjó.

Rodeada de magos, aficionada a la adivinación y a los presuntas virtudes de los talismanes y de la magia blanca, sus enemigos le atribuían no sólo conocimientos, sino prácticas de brujerías, magia negra, venenos y filtros; y pronto la acusaron de haber inspirado la muerte de la reina de Navarre Jeanne d’Albret, víctima de guantes envenenados, que, de hecho, había muerto de tuberculosis en 1572; aportaciones que forman parte de la leyenda negra que habría de soportar.

La historia retendrá de ella una reputación de conspiradora impenitente, pero, ni ella ni su hijo Henri III eran ideólogos del crimen de Estado, sólo buscaban dramáticamente, cada uno de ellos en su momento, salir del caos en el que Francia se hallaba instalada.

Aunque ya en vida era acusada de ser diabólica, acaparadora del poder, madre posesiva y responsable de las guerras civiles, a principios del siglo XVII su imagen no era aún enteramente negativa. El giro verdaderamente significativo aparece con Antoine Varillas (1624-1696), en su Histoire de Charles IX, de 1685 que viene a reproducir aquel famoso libelo de 1575 y amplifica el tema de la reina criminal y maquiavélica. Imagen que reproducirán románticos y posrománticos, tan aficionados a la estética literaria de contrastes y de capa y espada, y a la visión patibularia de la existencia, a través de la literatura popular; para Alejandro Dumas y Michel Zévaco, la reina negra era tema de primer orden.

Y es que, desde el punto y hora de su muerte había comenzado a tejerse en torno a su figura una imagen de intrigante “florentina”. Su peor crimen dicen que fue la Saint-Barthélemy, como incitadora necesaria; y la particular leyenda negra y pésima imagen en torno a su persona comienzan hacia 1574/75 en el tiempo inmediatamente anterior a la muerte de Charles IX, y luego, a raíz de aquel desmesurado panfleto Discours merveilleux….

Hoy día, empieza a corregirse la somera imagen -vigente aún cuando el protestante Guizot escribía su Histoire de France en 1887-, de esta reina que hubo de asumir difíciles responsabilidades en una época hecha para la aristocracia varonil y por ella. Aun cuando, paradógicamente, el s. XVI parece haber sido la edad de oro de las mujeres en política (Margarita de Navarra, Juana de Albret, Margarita de Valois, María Estuardo, Isabel de Inglaterra), ese fue uno de los rasgos que concurrieron en Catalina: su doble condición de mujer y gobernante; la regente Luisa de Saboya, madre de Francisco Iº, no había podido eludir la circunstancia; o María Tudor fuera de Francia. Porque Catalina concebía un ejercicio específicamente feminino del poder, una douceur, propiamente femenina en el ejercicio del poder, dentro de una cierta tradición que aparecía en Castiglione o en Margarita de Navarra, y que contraponía un honneur viril a un honneur féminin, inclinado a la paz y a la suavidad. Catalina de Médicis ansiaba la paz y otros quisieron la guerra.

Enrique III, asesino ahora de los Guisa, no tenía más opciones que acercarse al pretendiente Henri de Navarre, un Borbón, y, con él, a los protestantes.

Y ambos ejércitos se unieron, decididos ahora a aplastar la sedición de los parisienses.

Cuando los dos se disponían a colaborar en la toma de la ciudad de París que defendía Mayenne, el 2 de agosto de ese mismo año de 1589, siete meses después de la muerte de su madre, sucumbía el rey, tercero de los Enrique, víctima del atentado de Jacques Clément.

Herido de muerte, el rey Enrique tuvo tiempo de reconocer a Enrique de Navarra como legítimo heredero suyo y rey de Francia.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BRANTÔME, Pierre de Bourdeille (1540-1614), señor de –: La vie de Catherine de Médicis; revisión y  modernización de Pascal Dumaih; ed. Paleo, 2012.
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GARRISSON, Janine: Catherine de Médicis, l’impossible harmonie; Payot, 2002.
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La Saint-Barthélemy

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CROUZET, Didier: La Nuit de la Saint-Barthélemy, Un rêve perdu de la Renaissance; Fayard, 1994 y Pluriel, 2012.
GARRISSON, Janine: Tocsin pour un massacre. La saison des Saint-Barthélemy; Le Centurion, 1968 y Éditions d’Aujourd’hui, 1975; también: 1572, la Saint-Barthélemy; Bruxelles, Complexe, 2001.

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