Religión, Guerras de – (1562-1598)

¡Nadie entreveía aún que el final de aquellas guerras extranjeras con España y los Habsburgo que acababan de concluir con el tratado de Cateau-Cambresi en 1559 iban a propiciar, paradógicamente, el lanzamiento de las desastrosas guerras de Religión, que llegarían hasta finales del siglo!

Porque, ya desde 1519, desde las primeras arengas y discursos de Lutero, numerosas personas, entre las clases elevadas y cultas, se venía adhiriendo a aquellas enseñanzas en la versión calvinista particularmente.

Y fue en el transcurso de esas festividades y durante un torneo a la antigua usanza cuando Enrique II (Henri II) vino a recibir un malhadado golpe de lanza en el ojo izquierdo, de resultas del cual fallecía el 10 de julio de este 1559.

Dejaba al morir viuda y cuatro hijos varones que, salvo el más joven, muerto prematuramente, reinarán uno tras otro.

Guerras de Religión - Zonas de influencia en la Francia del siglo XVI

Guerras de Religión – Zonas de influencia en la Francia del siglo XVI

A la muerte de su esposo, los reformados pensaron que encontrarían en la reina madre Catalina de Médicis (Catherine) a una interlocutora dispuesta a atender sus demandas, que ellos estaban decididos a obtener por la fuerza. Y ella no tardará en iniciar el diálogo en determinadas condiciones de discreción para el ejercicio de su confesión, a fin de evitar el encrespamiento de la población católica.

Francisco II (François II) subía al trono de esta Francia de 18 millones de habitantes con quince años; era un adolescente endeble y enfermizo al que acababan de casar con la joven María Estuardo, reina de Escocia desde 1542 e hija de María de Guisa. Y su madre le recomendó que llamase al gobierno a la familia de su esposa.

Y el apagado papel que Catalina habia tenido en vida bajo de su esposo, continuará bajo este breve reinado, período en el que la realidad del poder estará en manos de los tíos maternos de su mujer, ricos y poderosos: el duque François de Guisa y su hermano el cardenal Charles de Lorraine (Lorena), que mantenderán la política de Enrique II en materia religiosa.

Bajo  su inducción, Francisco II vino a firmar el edicto de Villers-Coterêts,  a escasos meses de su subida al trono, según el cual deberían set destruidas las casas donde hubieran tenido lugar cultos protestantes o donde vinieran a celebrarse, y se multiplicaron las ejecuciones de herejes y luteranos.

            Algunos nobles hugonotes inspirados por el príncipe de Condé, que aspiraban, también ellos, a hacerse con el poder, intentan entonces secuestrar al joven rey en Amboise, donde se encontraba la Corte, en marzo de 1560, con el fin de sustraerle a la influencia de los Guisa. Pero fueron descubiertos y la “Conjura de Amboise” fue reprimida con extremado rigor, contándose unas 1.200 víctimas; Louis de Condé le debió la vida únicamente a la elevación de su rango.

            Pero la reina madre vivía aquel clima de intolerancia y exclusión por ambas partes, con la pesadumbre de quien no expresaba particular hostilidad ni marcada inclinación por ninguna de las dos facciones.

Su primordial idea era preservar la autoridad monárquica y con el propósito de conciliar los enconados ánimos, consiguió hacer nombrar por el Consejo, el 20 de mayo de 1560, como Canciller de Francia, al ponderado Michel de L’Hospital, cercano a los humanistas y partidario de una política conciliatoria entre “papistas” y “hugonotes”. Para Catalina, como para los consejeros de los que enseguida se rodea. L’Hospital, Jean de Monluc obispo de Valence de 1563 a 1574 y cercano al protestantismo, Jean de Morvillier obispo de Orleáns, Paul de Foix arzobispo de Toulouse…, oponerse a la violencia va a ser su imperioso deber.

Así, Catalina intentará poner en marcha, inicialmente, una política de buenos modales. Y su emergencia en la escena política, junto a Michel de L’Hospital, supuso una distensión de la presión sobre los reformados en lo inmediato.

El Edicto de Romorantin, de mayo de 1560, detuvo la instalación de la Inquisición en Francia, prescribiendo que los casos de herejía fueran juzgados por los tribunales diocesanos, las officialités, sin facultades para imponer penas de muerte.

            Y la Corte -instalada entonces en el château de Saint-Germain-, vio llegar a notorios “cismáticos”.

Pero el destino parecía ensañarse con los Valois: Francisco II moría el 5 de diciembre de 1560, y el segundo hijo varón en precedencia de Enrique, Carlos IX (Charles IX) heredaba la corona de Francia con sólo diez años

Aquella muerte provocó hondo y renovado dolor en su madre Catalina, pero va a suponer para ella la oportunidad de tomar las riendas del  gobierno, acorde con las perentorias exigencias del Estado.

Catalina fue nombrada Gobernadora del reino, y L’Hospital intentará entonces apaciguar las disputas entre católicos y protestantes, dispuestos a desgarrarse entre sí.

Era imprescindible preservar la autoridad real, aun con la enérgica reacción contra rebeliones o sediciones si fuere necesario.

            Así, con la hostilidad de los católicos intransigentes y del papa Pío IV, tenía lugar, entre septiembre y octubre de 1561, aquel “colloque” teológico de Poissy (25 km al NO de París), convocado a fin de intentar una “concordia”, donde unos cuarenta prelados católicos recibieron a una delegación de ministros “de la nouvelle religion”, a cuya cabeza venía Théodore de Bèze, brazo derecho del poco pacífico Calvino. Pero aquel intento de conciliación doctrinal fracasará, por la intransigencia del teólogo protestante, en lo relativo a la transubstanciación, y luego la consiguiente reacción de los católicos.

Sin embargo, tras el coloquio, un Edicto de Tolerancia, llamado de Saint-Germain-en-Laye, de 15 de enero de 1562, vino a proclamar la libertad de conciencia y de cultos y la coexistencia de las dos confesiones, salvo en determinadas ciudades (“villes closes”).

Pero tres jefes católicos: Anne de Montmorency, François de Guisa y el mariscal de Saint-André, comenzaron a reunirse, formando un triunvirato informal con la finalidad de seguir velando por la posición histórica del catolicismo en Francia.

Aquellos acuerdos conocieron, desde muy temprano, el violento rechazo de los extremistas de ambos bandos, y llegaron los trágicos sucesos de Wassy-sur-Blaise (entre Champaña y Lorena), donde gentes del duque de Guisa, protagonizaron el 1 de marzo de 1562 una matanza entre la población protestante de aquellas tierras, de la que resultaron sesenta muertos.

Es ahora cuando comienzan realmente en Francia las llamadas Guerras de Religión, con fuerzas sensiblemente igualadas por ambos bandos y que, prolongándose hasta 1593 entre episodios de gran crueldad, vendrán puntuadas por numerosos “edictos de pacificación”.

A lo largo de tan complejo proceso, los católicos contarán con la gran mayoría de la nación y llegarán a apelar a la alianza de Felipe II de España; pero también los protestantes, diseminados por todo el reino, aunque prevalentes en el SO. y el Mediodía, recurrirán a Isabel de Inglaterra y a algunos príncipes alemanes y cantones suizos.

Mujer enérgica, Catalina se atribuye a sí misma el título de reina regente, y sabe convertirse en capitana de guerra, en nombre de su hijo, en primera línea, por ejemplo, de las tropas reales asediando el Ruán controlado por los protestantes, desde junio de 1562, hasta octubre siguiente.

Pero Francisco de Guisa caia asesinado, el 24 de febrero de 1563, cuando asediaba Orleáns, a manos del calvinista Poltrot de Méré.

Aquellos cabecillas murieron o fueron encarcelados, y sí llegó el término de la primera guerra de Religión, y luego el tratado de Amboise, de 19 de marzo de 1563, que concedía a los protestantes una generosa amnistía y, de nuevo, libertad de culto en las casas señoriales y en las ciudades dentro de ciertos limites territoriales. Distanciándose Catalina sensiblemente de los Guisa, el documento fue firmado entre Louis de Conde por los protestante, y Anne de Montmorency, por el bando católico.

En agosto de 1563, Carlos IX fue proclamado mayor de edad. Y Catalina abandonaba entonces la regencia, para actuar, en adelante, como su doble o sombra.

Bajo aquella paz de Amboise, ella creyó que la hora de la reconstrucción había llegado y quiso emprender con su hijo un largo y pausado tour de France, a fin de mostrarle el reino a su hijo y a Francia al rey y a su familia.

Sobre todo, Catalina de Médicis deseaba ardientemente reconciliar a católicos y protestantes, y restaurar la autoridad real a través de una imponente representación de los Valois-Angoulême, por las ciudades y rincones de Francia.

Pero aquella paz sólo era una tregua. Porque ambos bandos soñaban con la revancha.

En junio de 1566 -al mes de regresar a París el rey y su madre del ambicioso Tour-, en la meridional Pamiers (Ariège), hubo ya un primer movimiento de hostilidades: centenares de reformados asaltaron las iglesias católicas, lo que vino a provocar una acción contraria de represión a cargo del mariscal Monluc, de donde resultaron centenares de hugonotes muertos.

En septiembre de 1567, Catalina rechazaba pensar que Francia estuviera abocada a una nueva guerra de religión. Pero Condé y la aristocracia calvinista quisieron apoderarse de la persona del joven rey y de su madre que se encontraban en el château de Montceaux-lès-Meaux; fue la intentona llamada“surprise de Meaux”, que también fracasó. Y los reformados llevaron entonces su acción a las provincias: donde un centenar de católicos fueron asesinados el 30 de septiembre en Nîmes, en el transcurso de la matanza de la Michelade -o fiesta de San Miguel-, con gran desorden y violencia. Y, en el Mediodía, los hugonotes consiguieron apoderarse de las ciudades en las que se sentían fuertes.

La decepción y cólera de la reina madre no fueron inferiores a su determinación de acabar, esta vez, con la política de tolerancia, y L’Hospital quedó encargado de negociar. Pero las pretensiones de los jefes protestantes, fueron consideradas tan desorbitadas que allí quedó el intento.

 Mientras Condé, al frente de un ejército, decidía asediar Saint-Denis, buscando rendir a París por hambre.

Catalina no cedió, y le confió a Anne de Montmorency el liderazgo del ejército real. Y en Saint-Denis tuvo lugar aquel encuentro armado del 10 de noviembre de 1567, con Condé y Coligny por el bando hugonote y, por las tropas de Carlos IX, el condestable de Montmorency, que allí cayó herido de muerte a los 74 años.

Las partes mostraban parecida fuerza y recursos. Por ganar alianzas, Condé esbozó un acercamiento al elector palatino Federico III, estricto calvinista, y la Corona recurrió a Suiza e Italia en busca de refuerzos. Y, entre escaramuzas, el resto de aquella campaña tuvo lugar en el SE de la región parisiense.

Por preservar su figura, la reina regente no deseaba que el rey participara directamente en el conflicto. Y así, el duque de Anjou, fue elevado a la dignidad de lieutenant général du royaume, o jefe de los ejércitos; él impedirá, a principios de 1568, el propósito de Condé y Coligny de establecer contacto militar con las tierras lorenas y sus nuevos aliados del Santo Imperio.

Pero, si Catalina trataba de reducir a los facciosos y rebeldes, tampoco deseaba entregar el poder al partido de los Guisa, y siguió buscando el acuerdo.

Así llegó la paz de Longjumeau, de 23 de marzo de 1568, con un statu quo que venía a confirmar Amboise de marzo de 1563, tanto más fácilmente, cuanto que ambos bandos sufrían penuria financiera. Y la Corona cedió la plaza de La Rochelle.

Paix boiteuse, será llamada por su precariedad.

Ya la reina madre comenzaba a preguntarse si aquella vía complaciente y apaciguadora que venía aplicando con Michel de l’Hospital era la adecuada, y en mayo de este 1568, el ministro acabó siendo exonerado.

Porque la guerra volvió, después de que el joven rey Carlos IX, siguiendo el consejo de su madre, firmara, el 23 de septiembre siguiente, en el château de Saint-Maur, un edicto por el que el culto protestante quedaba prohibido, y lanzara orden de detención contra Condé y Coligny, que, en lo inmediato, fueron a refugiarse a La Rochelle.

El ejército católico del hermano del rey se alza con una primera victoria entre Jarnac y Triac-Lautrait (Charente), el 13 de marzo de 1569, sobre los protestantes de Condé; herido durante el combate –después de haber expresado su deseo de constituirse prisionero-, allí cayó asesinado de un pistoletazo de Montesquiou, capitán de la guardia del duque de Anjou.

A esa victoria seguirá la de Moncontour (Bretaña), el 3 de octubre siguiente.

Y esas dos grandes derrotas protestantes contribuyeron a hacer al ambicioso Anjou, tan popular en la opinión  católica, como lo era el mismo Enrique de Guisa (Henri de Guise).

            Pero Coligny había logrado rehacerse y ambos bandos parecían, una vez más, exhaustos. Así  vendrá el edicto de Saint-Germain-en Laye, de 8 de agosto de 1570, firmada entre Charles IX y Coligny, que ponía fin a la tercera guerra de Religión: en su virtud, los protestantes eran amnistiados y se les concedía libertad de conciencia y de culto en todo el reino, con atribución, durante dos años, de cuatro plazas de seguridad; y serian admitidos a todas las funciones públicas.

Como prenda de buena voluntad, Catalina de Médicis favorecía el matrimonio de su hija Margarita de Valois (“Margot”), con el protestante Enrique (Henri de Navarre). El enlace tendrá lugar dos años después.

Es cierto que, por otro lado, Carlos IX se desposaba, en octubre/noviembre de este 1570, con la muy católica Elisabeth de Austria, de dieciséis años entonces.

Gaspard de Coligny vino entonces a convertirse en consejero del joven rey, y a preconizar la guerra contra España en los diversos frentes. Catalina aceptó establecer una alianza con la Isabel de esa Inglaterra donde ya se perseguía a los católicos, y Francia prometió al calvinista Luis de Nassau su apoyo en los Países Bajos.

Instalarse en aquella situación suponía no sólo aceptar la división moral de Francia, sino entrar en una peligrosa dinámica de guerra internacional. La opinión pública activa, es decir la pequeña burguesía de las ciudades, comenzó a agitarse y amenazaba con volcar abiertamente del lado de los Guisa.

En semejante contexto y para acabar con las especulaciones acerca de un vuelco de la dinastía en favor de los Guisa, la reina madre dejará hacer a los instigadores del dramático episodio de la matanza de San Bartolomé (Saint-Barthélemy, 24 de agosto de 1572), con la expresa condición de preservar a Enrique de Bourbón, en París ya por esas semanas, adonde había llegado en julio con ochocientos hugonotes, deseosos de asistir a su boda con Margarita de Valois.

Y estos fueron los acontecimientos:

Después de haber gozado de gran predicamento en la Corte, Coligny se había convertido ahora, de hecho, en jefe de la nobleza protestante, tras la muerte del príncipe Louis de Condé, y albergaba el proyecto de hacer intervenir a Francia en favor de los holandeses. En esas circunstancias y para vengar aquella muerte de Francisco de Guisa, a principios de 1563, que le imputaban a él, su viuda la duquesa de Nemours, y su hijo Henri intentan asesinar al nuevo hombre fuerte, el 22 de agosto; pero Coligny salió vivo de la intentona, salvo algunas heridas. Y a su cabecera acudieron el rey Carlos IX y su madre.

Los numerosos nobles e hidalgos protestantes, reunidos en París, pedían venganza, y el rey parecía en el punto de darles la razón.

En el Consejo real, los consejeros de origen italiano como Louis de Gonzague, Albert de Gondi o el ahora Garde des Sceaux (ministro de justicia) Charles de Birague preconizaban eliminar preventivamente a Coligny y a una cincuentena de jefes protestantes.

Carlos IX parecía mostrarse contrario y Catalina no aceptaba semejante desmentido de su propia política conciliatoria, que convertiría al rey en prisionero de los Guisa.

Y el duque de Anjou decidió asumir el proyecto por su cuenta.

Con las primeras luces del 24, dia del enlace Henri de Navarre-Marguerite, del palacio del Louvre sale gente con gritos exhortando a los parisienses al exterminio calvinista. Y se dirigen rápidamente a los lugares donde sabían que se alojaban sus víctimas más señaladas; Coligny fue, esta vez, cosido a puñaladas en su propio lecho, arrojado por la ventana y, ya en la calle, destripado y emasculado.

Durante ese tiempo y en acción paralela, las campanas de Saint-Germain-l’Auxerrois sonaban a rebato y las milicias de burgueses recorrían los barrios con muy malas intenciones; de lo cual resultarán unas 3.000 victimas protestantes, cuya cifra irá en aumento en los siguientes días al extenderse a provincias.

Charles IX y Catalina prometieron castigo para los culpables. ¿Cómo explicar entonces que, dos días después, el propio rey lo reivindicara como una acción de la monarquía, destinada a atajar un complot fomentado por los protestantes? Fue probablemente al conocer la fuerte implicación del duque de Anjou (y no únicamente de Guisa) en la preparación y ejecución de la degollina, cuando Catalina y el rey se sintieron obligados a renunciar a lo que habían prometido en el calor de los sucesos. ¿Qué se podía hacer contra el hermano del rey y presunto heredero de la corona?

Pasaron los meses. Aun cuando Enrique de Anjou (Henri d’Anjou), podía considerarse su hijo preferido, Catalina buscaba neutralizar su turbulencia y, en 1573, conseguirá para él la corona electiva de Polonia.

La paz de Boulogne, de 11 de julio de 1573, tras el asedio de La Rochelle vino entretanto, y con ella concluía la cuarta guerra de Religión; de nuevo se concedía a los protestantes libertad de conciencia, pero su libertad de culto quedaba restringida a tres ciudades, Nîmes, La Rochelle y Montauban.

Sin embargo, Carlos IX cuya salud había sido siempre frágil, moría el domingo 30 de mayo de 1574.

No habían transcurrido siete meses de su presencia allí, cuando a Cracovia llegó la noticia de aquella muerte, y al heredero de la corona de Francia pareció faltarle tiempo para dejar el pais. Pasando por Viena, Venecia, Turín, Saboya…, llegará a París, en septiembre de 1574.

En adelante, Enrique III (Henri III), que ahora accedía al poder con 23 años, pretenderá reinar solo, con el restringido círculo de sus favoritos (los mignons) y su propio personal, gente nueva de fulminante fortuna algunos.

El reino que heredaba se hallaba profundamente enfrentado. Porque habian surgido otros actores que ponían en cuestión su autoridad. Frente a él se alzaban en un extremo los protestantes recalcitrantes; en el bando contrario, la Liga católica con el pueblo menudo de su lado; y en medio los malcontents

Desatada en el momento en que el nuevo rey acababa de suceder a su hermano, la quinta guerra fue conducida ahora por el partido de los Politiques o Malcontents, reunidos en torno a François d’Alençon, hermano menor del rey, que reagrupaba a la nobleza moderada y a quienes decían colocar el interés general por encima de las disputas religiosas.

            Enrique III fue coronado en Reims en febrero de 1575, y se desposó con la princesa Louise de Lorraine-Vaudemont.

Y, en pleno Consejo real, en 1576, Enrique III desaprobó abiertamente la política conciliadora aplicada hasta entonces por su madre; pero acaba negociando, finalmente, con el partido de los políticos, con tanta mayor premura, cuanto que Enrique de Navarra ha huido de la Corte.

El edicto de Beaulieu-lès-Loches, de 6 de mayo de 1576, vendrá a concluir la quinta guerra. Fue llamado “paix de Monsieur”, por haber sido inspirada por François, el joven hermano del rey. En su virtud, se autorizaba el culto protestante en todo el reino, salvo en Paris, y se les concedían ocho plazas de seguridad; también se preveían cámaras paritarias de representación en los parlamentos regionales y la rehabilitación de las víctimas de la Saint-Barthélemy.

Paz que será juzgada excesivamente ventajosa para la causa calvinistas y una verdadera traición; las ligas locales de burgueses católicos comenzaron a unirse por iniciativa de Jacques d’Humières, y en noviembre de este 1576 se negaron a entregar la ciudadela de Péronne y otras plazas regionales al protestante Condé, nombrado gobernador de Picardía. En febrero/mayo de 1577 Jacques d’Humières, con el apoyo de otros señores picardos funda la Sainte Ligue catholique, a cuya cabeza aparecerá pronto Enrique de Guisa, con sus hermanos el cardenal de Lorena y el duque de Mayenne. El movimiento se extendió por toda Francia. Y fue otra vez la guerra.

Hasta que llegue el edicto de Poitiers, de 8 de octubre de 1577, que venia a confirmar la paz de Bergerac de 17 de septiembre anterior y que restringía los derechos adquiridos por los protestantes en Beaulieu. Tanto la Liga católica como la Unión calvinista quedaban oficialmente disueltas. Y así concluía la sexta guerra de Religión.

François d’Alençon (Monsieur) tomó aquella paz como una afrenta personal y dejó la Capital a mediados de febrero de 1578 para instalarse a Angers, adonde se apresuró a venir su madre para hacerle prometer que nada volvería a emprender contra su hermano.

En muchas plazas, la pacificación pactada no iba a ser aplicada, ni disueltas las ligas, por incumplimientos de unos u otros.

Fue el caso que, al final del verano de 1578, la incansable negociadora Catalina, emprende nuevo viaje hacia el suroeste, para entrevistarse con Enrique de Navarra, y decide convocar una conferencia que reuniera a protestantes y católicos, siempre con el ánimo de encontrar un fundamento para la paz definitiva.

Enrique de Navarra, por su lado, va a reunir a los diputados de las iglesias protestantes del Languedoc.

Las negociaciones que van a seguir en el château de Nérac, entre Catalina de Médicis y miembros del Consejo privado del rey por un lado, y Condé y Navarra por el otro, se abrirán en febrero de 1579. Tras las cuales, se acaba concediendo a los calvinistas, por medio año, la posesión de un puñado de plazas fuertes entre Guyena y Languedoc. En nombre del rey, Catalina lo firmaba el 28 de febrero de 1579, antes de continuar viaje. Cruzó regiones bajo control rebelde como el Languedoc y el Delfinado; y, buscando siempre reconciliar a los dos bandos, se entrevistó con grandes señores, gobernadores de provincias y jefes hugonotes.

Y regresó a París en noviembre de este 1579.

Pero tampoco ahora iba a durar la tranquilidad después de la firma de Nérac, porque los protestantes se negaban a devolver aquellas plazas recibidas por seis meses.

 Condé tomaba el total control de La Fère (entre Champaña y Picardia), a finales de noviembre de 1579, plaza fuerte de la que era nominal gobernador, pero donde los católicos no le obedecían.

Y surgen disturbios en Provenza, devastada por bandas de saqueadores, y en el Delfinado también.

En mayo de 1580, Henri de Navarre tomaba Cahors, para suplantar al mariscal de Biron, lieutenant général en Guyena (se dijo que respondiendo a sus provocaciones). Los ejércitos del rey lograron sobreponerse, y el bearnés, terminó refugiándose en la plaza que había tomado.

 Conde, después de encerrarse en La Fère, tuvo de huir a Alemania. Y el duque François de Lesdiguières (1543-1626), a la cabeza de los protestantes del Delfinado fue vencido en esas tierras.

Con algunas otras tensiones dispersas, había sido la séptima guerra de Religión, sin la amplitud de algunas anteriores.

Y la paz de Fleix que vendrá, va a tener lugar en el château de esa localidad del Périgord. Allí se trasladó el duque François, para firmarla aquel 26 de noviembre de 1580, en nombre, esta vez, de su hermano Henri III, y lo hizo con el rey de Navarra, en representación del partido hugonote. Los protestantes obtenían quince plazas de seguridad por seis años, y Biron era sustituido, en Guyena, por el normando Jacques de Goyon de Matignon -sucesor que será de Montaigne en la alcaldía de Burdeos (1585-1589).

El conflicto que así concluía fue llamado “guerre des amoureux”, porque había sido protagonizado, en parte, por aquellos amoureux, según el apelativo que les daban a los frívolos hidalgüelos que poblaban la corte de Nérac, generalmente y dedicados a la rapiña de castillos e iglesias por tierras católicas. Agrippa d’Aubigné dice que la causa del nombre que se le dio fueron las intrigas amorosas que tuvieron lugar en torno a Marguerite de Valois.

Fleix confirmaba Bergerac de 1577 y las conversaciones de Nérac.

Pero Condé volvió de Alemania a finales de este 1580, y pasó al Mediodía para intentar levantar esas tierras. Es a partir de estas fechas cuando Condé y el bearnés, pugnando ambos por la capitanía calvinista, comienzan a separarse políticamente.

Todo da un vuelco  el 10 de junio de 1584, con la muerte, a los 29 años de edad, de Francois, duque de Anjou, ex-duque de Alençon, último hijo de Enrique II y de Catalina de Médicis. Y esa muerte tendrá importantes repercusiones políticas, porque, sin varones para suceder a Enrique III, las hostilidades volvieron en la llamada “guerra de los tres Enrique” (“guerre des trois Henri”): Enrique III, Enrique de Guisa y Enrique de Navarra; hostilidades, esta vez, no tanto de ejércitos enfrentados, sino de golpes de mano al sur del Loira.

Y Felipe II va a intervenir, tambien el, desde 1584, en estas disputas sucesorias.

Enrique III hubo de avenirse, finalmente, a firmar con Guisa el Edicto de Nemours, que el Parlamento registraba el 7 de julio de 1585, y que venía a destruir el edificio pacientemente  construido de concordia civil. Por dicho tratado se ordenaba la expulsión de los pastores y se estipulaba que los calvinistas disponían de seis meses para elegir entre la abjuración y el exilio; todas las plazas de seguridad, por lo demás, deberian ser devueltas.

            Todo lo cual vino a completar la bula papal de 9 de septiembre de 1585, que excomulgaba al navarro y a Condé.

            En ese contexto, el bearnés anunciaba nuevas hostilidades en una declaración del 30 de noviembre de 1585.

Unos meses después, Catalina de Médicis emprendía viaje al suroeste, para iniciar negociaciones con su yerno.

Pero Enrique de Navarra consolidará el control del Mediodía, después de la derrota de las tropas reales bajo el duque de Joyeuse en Coutras (Gironda), el 20 de octubre de 1587.

Además de la Liga de los príncipes, en París había surgido una especie de liga plebeya, que vino a aliarse a la primera. Y fue día nefasto para los intereses de la monarquía la insurrección conocida como “Journée des Barricades” de 12 de mayo de 1588:

El duque de Guisa acababa, también él, de demostrar dotes brillantes en el campo de batalla, venciendo a dos ejércitos de mercenarios alemanes y suizos al servicio de los hugonotes, en Vimory y Auneau (26 de octubre y 24 de noviembre de 1587 respectivamente), y era el ídolo de la opinión católica. Así que, a pesar de la prohibición del rey, se presentó en París, respondiendo a la llamada de aquel comité formado por la liga de la ciudad (los Dieciséis, les Seize). Enrique III quiso replicar con sus tropas, pero la población se lo impidió, cortando las calles con barricas de arena.

Hasta que el rey consiguió con su familia huir de la ciudad, dejada ahora en manos del Guisa. Pero el duque no se atreverá a dar el decisivo paso de asumir todo el poder, y va a preferir tratar.

Rey y Guisa se entrevistaron en Chartres, y Catalina de Médicis pensó haber conseguido una sombra de reconciliación entre ambos.

            Tampoco Enrique III tenía margen de maniobra, y así llegaron al llamado edicto de Unión, que el monarca se veía constreñido a firmar en Rouen, el 15 de julio de 1588. Según su contenido, el rey de Francia se comprometía a combatir a los protestantes y quedaba excluído todo candidato al trono de esa confesión.

Con el sometimiento del rey a los Guisa y el estrechamiento de la alianza con la Liga de los católicos intransigentes, aquel tratado representaba un clamoroso retroceso, en la vía de apaciguamiento con los calvinistas.

La subversión general del Reino y el poder de la Liga y de los Guisa aparecían ahora más amenazadores que nunca para la monarquía de los Valois-Angulema. Enrique III comenzó a inquietarse seriamente, y a su mente acudieron proyectos donde confluían su interés personal y los altos designios del Estado.

            El tratado de Unión será renovado en octubre, con ocasión de aquella reunión de los Estados Generales en Blois, adonde se trasladó la corte.

Pero, en la navidad de este 1588, Henri le balafré, 3er. Duque de Guisa –más amo él de París, que el mismo rey-, caía asesinado en Blois, por instigación de Enrique III, su ex-aliado, que se acordaba de las humillaciones de las barricadas de la primavera anterior y de la firma que muy a su pesar, hubo de estampar en el verano. Y, en esta especie de Saint-Barthélemy al revés, el cardenal de Lorena sucumbirá también bajo los puñales de los Quarante-cinq (guardia del rey), dos días más tarde.

Sucesos funestos para Catalina de Médicis de los que supo en su lecho de muerte, por boca de su propio hijo. Tenía por seguro que el rey sería excomulgado por haberle quitado la vida a un cadenal, y que París se alzaría otra vez en rebelión. Porque, desde septiembre del año anterior la reina madre se sentía enferma, y una congestión pulmonar, a mediados de diciembre, la había llevado ya al borde de la muerte.

Y el 5 de enero de 1589 moría a los 70 años de edad.

Con París alzado en rebelión, las tropas de Alejandro Farnesio en Rouen y París y un Guisa virtual rey, Enrique III no tenía más opción que acercarse ahora al pretendiente, su cuñado Henri de Navarre, y, con él, a los protestantes. Y ambos ejércitos se unieron, decididos ahora a aplastar la sedición de los parisienses.

Ya París ha tenido tiempo de manifestar su absoluto rechazo al asesino de los Guisa y su aversión a las alianzas heréticas de su propio rey.

Cuando los dos se disponían a colaborar en la toma de la Capital, que defendía Mayenne, el 2 de agosto de ese mismo año de 1589 sucumbía el rey, tercero de los Enrique, víctima del atentado de Jacques Clément.

Era este Clément un fraile dominico de no más de veintidós años y virulento activista de la liga. Salido de París el 31 de julio con la determinación de matar al rey, llega a Saint-Cloud donde acampaba Enrique III y es introducido con el pretexto de cierto documento confidencial que ha de entregarle; y allí saca un cuchillo que le hunde en el vientre. Traspasado él mismo, por las espadas y alabardas de la guardia, el cuerpo del fraile fue arrojado por la ventana en un primer momento, para sufrir luego, post-mortem, el descuartizamiento de los regicidas.

El hijo de Catalina de Médicis sólo sucumbirá llegada la noche, pero tendrá tiempo de reconocer a Enrique de Navarra como legítimo heredero suyo y rey de Francia. Lo cual exacerbaba el radicalismo católico y abría, una vez más, la que será ahora octava guerra de Religión.

En lo inmediato, el sitio de  la ciudad de París cesó.

Mes y medio más tarde, Carlos de Lorena duque de Mayenne, nuevo jefe de la Liga, era vencido en Arques, no lejos de Dieppe, y lo será de nuevo, con los españoles, el 14 de marzo de 1590, en Ivry, 70 km al O. de París; tras lo cual decidió someterse definitivamente a Enrique IV.

Después de haber declarado su intención de ser formado en la religión católica, el 25 de julio de 1593 Enrique de Borbón abjuraba solemnemente del protestantismo. ¡Tanta sangre derramada, para esto!

Quedaba entrar en París.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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COTTRET, Bernard; 1598. L’Édit de Nantes; París, Perrin, 1997.
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LIVET, G.: Les Guerres de Religion; París, PUF, 1993.

La Saint-Barthélemy

BOURGEON, Jean-Louis: L’assassinat de Coligny; Geneve, Droz, 1992; también: Charles IX devant la Saint-Barthélemy; Droz, 1995.
CROUZET, Didier: La Nuit de la Saint-Barthélemy, Un rêve perdu de la Renaissance; Fayard, 1994 y Pluriel, 2012.
GARRISSON, Janine: Tocsin pour un massacre. La saison des Saint-Barthélemy; Le Centurion, 1968 y Éditions d’Aujourd’hui, 1975; también: 1572, la Saint-Barthélemy; Bruxelles, Complexe, 2001.

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