Constant, Benjamin – de Rebecque (1767-1830)

El que sería hombre político francés y escritor, bien conocido como Benjamain Constant, tenía sus orígenes familiares en la Suiza francófona, adonde habian emigrado sus antepasados hugonotes, después de la revocación del Edicto de Nantes, ochenta años antes. Nacido en Lausana el 25 de octubre de 1767 y tempranamente huérfano de madre, pronto iba a mostrar una brillante inteligencia.

Despuès de una sólida educación en Alemania (Nuremberg) y en Escocia (Edimburgo), iniciaba por toda Europa “una vida errante y deslavazada”. Y frecuenta la brillante sociedad parisiense, todavía adolescente. Sus primeras aventuras sentimentales anunciaban ya una larga serie de relaciones femeninas. Entre ellas se contarían Germaine Nécker (madame de Staël, parisiense ella de origen familiar ginebrino), con quien mantendrá una tormentosa relación sentimental, desde 1794 hasta 1808, y que ejercerá gran influencia sobre él; y luego la no menos célebre madame Récamier en 1814; ello paralelamente a dos matrimonios, primero, en 1789, con aquella Minna, nueve años mayor que él, y luego con Charlotte de Hardemberg en 1808, experiencia toda ella que le proporcionaría materia para sus novelas. Y en su diario íntimo, se le ve perpetuamente vacilante entre dos o tres mujeres: ¿madame de Staël o Anne Lindsay?, Germaine o Charlotte? Es posible, e incluso probable,  que Albertine de Staël (que luego casará con el duque de Broglie) sea hija biológica de Constant.

            Débil de carácter y siempre dubitativo, “Benjamin el Inconstante” tenía también la pasión del juego.

            Caído ya Robespierre y ya bajo la Convención termidoriana, Constant llega a París en mayo de 1795, procedente de Suiza, en compañía de madame de Staël, convertida ahora en le bas-bleu de Termidor, la literata sabihonda del régimen. Para volver a partir cinco meses después, siguiendo a su amante de nuevo exiliada. Atraído por el poder, regresa él y apoya por un tiempo aquella esperanza de salir de la revolución y el terror que fue la vía burguesa que acabará en el Directorio. Ostentando ya la nacionalidad francesa, en abril de 1796 publicaba su primer folleto político importante: “De la force du gouvernement actuel et de la nécessité de s’y rallier”. Es el momento en que empiezan a formarse en Francia las “dinastías burguesas”.

Pero la reorientación a la izquierda del Directorio y el inquietante repunte neojacobino, le dejan al margen de la vida política activa del momento.

            No tardará en entrar en contacto con la corriente revisionista y gente como Siéyès, a la espera de Brumario y del golpe de Estado de un general inspirado, un tal Bonaparte.

Luego ocupa escaño de diputado en el Tribunado del Consulado (1799/1802). Pero pronto iba a alejarse del despotismo napoleónico -siguiendo la estela de madame de Staël-, y  a mostrar su hostilidad al Emperador y a su régimen. Así quedaba excluido de la vida pública, compartiendo el ostracismo generalizado de los liberales con otras personas relevantes en la opinión.

            Y él formará parte de aquel que posteriormente llamarán informal “grupo de Coppet”, a orillas del lago Lemán, y en torno a la autora del libro De l’Allemagne, que integrarán también nombres tan importantes como Sismondi, Schlegel, Gérando, Chateaubriand…

            Después de la campaña de Francia y la entrada de los Aliados en París en 1814, Constant aplaudió la caída del tirano, y parecía haber encontrado acomodo en la “Carta Otorgada”, moderadamente liberal, que el Borbón Luis XVIII concedía a los franceses.

            Es este año de 1814 cuando publica su breve y oportunista, pero magistral “De l’esprit de conquête et de l’usurpation, dans leur rapport avec la civilisation européenne”.

Pero llega la evasión del exiliado de Elba, el “vuelo del águila”, que va a plantar a Napoleón en las Tullerías en pocos días. El 19 de marzo de 1815, Benjamin Constant publicaba en “Le Journal des Débats” su más famoso artículo: “Je n’irai pas, misérable transfuge, me traîner d’un pouvoir à l’autre, couvrir l’infamie par le sophisme…” (“No seré yo quien vaya a arrastrarme de un poder al otro, cubriendo, miserable tránsfuga, la infamia con el sofisma”).

Pero Constant se dejó seducir, y para él redacta en aquellos “Cien Días” el llamado Acte additionnel aux Constitutions de l’Empire, que aportaba las bases liberales para un Imperio constitucional (1815). No pudo ser y, con su derrota final, el “ogro de Europa”, será enviado esta vez a Santa Elena.

A raíz del desastre de Waterloo de junio de 1815, Benjamin Constant pasa a Inglaterra por poco tiempo. Porque, llegada la segunda Restauración, Benjamin Constant va a convertirse en el jefe del partido liberal, ganándose una inmensa popularidad con su talento de panfletario y polemista en múltiples publicaciones y, particularmente, en la Cámara de Diputados, a partir de 1819 y hasta su muerte.

Sus numerosas obras políticas le consagran como uno de los teóricos del nuevo liberalismo (él que decía querer ser “le maître d’école de la liberté”). Y, entre ellas, “De la liberté des Anciens, comparée à celle des Modernes” (1819) y “Mélanges de littérature et de politique” (“Misceláneas de literatura y política”), de 1829, en cuyo prefacio escribía: “He defendido durante cuarenta años el mismo principio: libertad en todo, en religión, en literatura, en la industria, en política; y por libertad entiendo el triunfo de la individualidad, tanto sobre la autoridad que querría gobernar despóticamente, como sobre las masas, que reclaman el derecho a subyugar las minorías a la mayoría”. Es el momento histórico en que el “liberalismo” parecía un bloque ideológico (politico, económico, intelectual, religioso…)

Él que era protestante de formación y no practicante, consideraba la libertad religiosa entre aquellas esenciales que han de ser protegidas. Ya los filósofos del XVIII venían considerando que, si bien las elites podían pasarse sin ella, la religión era útil para el pueblo. Pero Constant tenía una idea más elevada. Los derechos individuales son inherentes a la persona humana y no dependen de un contrato social como pretendía Rousseau. La ley no puede ordenar nada que vaya contra la moral; en caso contrario, el deber del individuo no es la rebelión, sino la resistencia pasiva.

Y la ley no ha de ocuparse del Hombre, sino de cada ciudadano en particular, tal es el sentido moderno de libertad, bien contrario al que le daban los antiguos, época en la cual la ley del Estado se imponía a todos.

Pocos hombres se habrán mostrado más activos parlamentarios que Benjamin Constant; el duque de Broglie, esposo de Albertine de Staël, dirá luego que él le enseñó a Francia el gobierno representativo, superadas aquellas cuatro revoluciones que enumeraba Constant, contra la esclavitud, la teocracia, la feudalidad y la nobleza.

Muy influenciado por los filósofos del otro lado del Canal y celoso de las libertades individuales, Constant era partidario de una monarquía a la inglesa -cuyo sistema de responsabilidad ministerial contribuyó a aclimatar en Francia-, y de una limitación del poder del Estado; y manifiesta su voluntad de impedir el advenimiento de una “democracia” –de nefasto recuerdo y precedente en Francia, bajo la época del Terror revolucionario-, cuya deriva temía.

            Los últimos años de su vida se verán ensombrecidos por la enfermedad      que le dejarán poco tiempo para ver llegar el triunfo de sus ideas. Morirá en Paris el 8 de diciembre de 1830, en una casa de salud, como se decía entonces, les Bains de Tivoli, cerca de lo que hoy es la gare de Saint-Lazare, adonde su esposa Charlotte le había trasladado desde su domicilio de la rue d’Anjou, unas semanas antes, mientras se recuperaba penosamente de una operación de hernia. Estaba unicamente acompañado, en su hora postrera, por su mujer y un amigo.

Pocos meses antes, en marzo de 1830, había firmado aquella Adresse o petición política de los 221, contra el gobierno Polignac de Carlos X, represor de la libertad de prensa -ese nuevo poder en los inicios del siglo XIX-, que Constant consideraba una de las libertades civiles esenciales. No es que pensara que los abusos de opinión debieran quedar impunes, pero creía que pretender ocultar ciertos hechos y realidades era absurdo.

Y la libertad la reclamaba igualmente para la industria y el comercio, contra reglamentos y restos de corporatismos, y contra la imposición por el Estado de los salarios que, decía Constant, debían ser negociados libremente entre patronos y obreros. De la instrucción y educación, habló poco, porque tampoco creía en la intervención del Estado en estas materias.

Poco meses antes de sus muerte, su ideal político parecía haber triunfado con la Monarquía de Julio de Luis Felipe, que acababa de nombrarle presidente de sección en el Consejo de Estado. Pero la confusión entre aquellos grandes vocablos de “liberalismo”, “libertades” y “libertad”, que se arrastraba desde el siglo XVIII, llegarán ahora a su culmen; y, consecuencia de aquel malentendido, será la revolución proletaria de 1848.

Para él fueron organizados funerales casi nacionales, con cerca de treinta mil personas congregadas en el cementerio Père-Lachaise, adonde acudieron ministros, consejeros de Estado, delegaciones de la cámara de los Pares y de la cámara de Diputados, ex-combatientes de las recientes jornadas Trois-Glorieuses, que elevaron al duque de Orléans al poder…; y ante su fosa abierta se leyeron discursos, entre ellos el de La Fayette.

Así, su memoria tiene cabida en la historia de Francia. Pero. además de su inmensa actividad política, Benjamin Constant encontró tiempo para desarrollar igualmente una obra literaria.  No es tanto por su gran estudio “De la Religion, considérée dans sa source, ses formes et ses développements” (incompleto, sorprendido su autor por la muerte, después de haber acarreado por media Europa, durante treinta años, notas y manuscrito), cuanto por sus novelas: Adolphe y Cécile. La primera, escrita en 1806 y publicada en 1816, revelaba en su autor a un maestro del análisis psicológico, y tuvo un éxito considerable entre el publico. La segunda será publicada con carácter póstumo. Por sus novelas y por esos escritos tan personales que fueron los “Journaux intimes” yLe Cahier rouge”, (narraciones autobiográficas que ponen al descubierto su compleja personalidad, también póstumos) Benjamin Constant ha obtenido renombre literario, mostrándonos, en un tono apasionado y personal, a un escritor paradógicamente escéptico y anticonformista, rasgos que aparecen también en su vasta Correspondance.

En el momento de su muerte, el hombre político era célebre, pero apenas era conocido el escritor. Es cosa conocida, sin embargo, que las muchedumbres son volubles y olvidan pronto. La posteridad tiende a ver hoy en aquel que, durante quince años de su vida, había vivido a la sombra de madame de Staël, abrumado por su fuerte personalidad, únicamente al autor de Adolphe, con el resto de su obra literaria caída en un injusto olvido, tanto como decir en la nada..

 Habiendo puesto “su voluptuosidad a vigilar irónicamente su alma, tan fina y tan miserable –dejó dicho Maurice Barrès-, [Benjamin Constant] manifiesta una extremada sutileza en el análisis psicológico y una gran maestría estilística para describir esa mezcla de egoísmo y de sensibilidad que se combinaba en él, para su desgracia y la de los demás”.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BASTIDE, Paul: Benjamin Constant et sa doctrine; Armand Colin, 1966, 2 vols.
HEBDING, Rémy: Benjamin Constant, le libéralisme tourmenté; París, Les Ed. de Paris, 2009. 
KLOOCKE, Kurt: Benjamin Constant, une biographie intelectuelle; Droz, 1984.
LEVAILLANT, Maurice: Les amours de Benjamin Constant; Hachette, 1958.  
TODOROV, Tzvetan: Benjamin Constant, la passion democratique;  Hachette littératures, 1997.
TRAVERS, Émeric: Benjamin Constant, les principes et l’histoire; París, H. Champion, 2005.  

En español:

SÁNCHEZ MEJÍA, María Luisa: Benjamin Constant y la construcción del liberalismo posrevolucionario; Alianza Editorial, 1992.