Descartes, René (1596-1650)

De pequeña nobleza, hijo de un consejero en el parlamento de Bretaña, René Descartes nacía en La Haye (Turena/Touraine), el 31 de marzo de 1596, a orillas del río Creuse. Y, en una infancia enfermiza, a la edad de diez años, fue enviado al célebre colegio jesuíta de La Flèche, donde permanece hasta 1614, cursando sus humanidades. En la primera parte del “Discurso del Método”, Descartes habla de sus maestros en tono agradecido, y con algunos de ellos permanecerá en relación epistolar; pero juzga severamente su enseñanza y su programa de estudios, con excepción de las matemáticas, que le aportaron el sentido del razonamiento riguroso y de la certidumbre adquirida a través de él.

            Cuando sale de La Flèche, Descartes completa su formación con estudios de medicina y de derecho, cuya licenciatura pasa en la Universidad de Poitiers en 1616. También practica –lo cual formaba parte de la educación de un joven noble de su tiempo-, la danza, la esgrima y la equitación.

            A partir de ahí comienza una existencia donde, al principio, van a alternar viajes y retiros. Porque, habiendo accedido, como él díce, “al rango de los doctos”, se da cuenta de que todos sus conocimientos estaban bajo sospecha; y se propuso no buscar, en adelante, otra ciencia que aquella que pudiera encontrar en sí mismo, o “en el gran libro del mundo”.

            Descartes posee también una experiencia militar: en 1616, con veinte años, se enrola bajo las órdenes de Mauricio de Nassau, y entra en contacto con las ciencias matemáticas y naturales; y, al poco de empezar la guerra de los Treinta Años, se alista en el ejército imperial de Maximiliano de Baviera, y pasa a Holanda (donde conoce al físico y matemático Isaac Beeckman), a Dinamarca y a Alemania. Y tiene tiempo de escribir un tratado donde explicaba la música como un cálculo de proporciones (1618).

En el Discurso recordará la intuición filosófica que tuvo en el transcurso de una noche de meditación, el 10 de noviembre de 1619, en el pueblecito alemán de Neuburg donde su ejército había tomado sus cuarteles de invierno; punto de partida y referencia constante de todo su pensamiento en adelante, concebido como una unidad intelectual que reagrupaba metafísica, física y matemática. Y, en 1623, peregrinará a Nuestra Señora de Loreto (Italia) para darle gracias a la Virgen por aquel descubrimiento.

            Pero ya hacia 1620, ha renunciado a la vida militar y, durante los años siguientes, repartirá su tiempo entre diversos viajes por Holanda, Alemania, Italia y París, donde, durante  cerca de cuatro años, va a llevar una vida mundana y disipada: lee novelas, se bate en duelo… Es en 1627, cuando tiene lugar la famosa conferencia en casa del nuncio del papa, en la que Descartes expone sus ideas sobre el método y los principios de una nueva filosofía que dejan muy interesado al auditorio. El cardenal de Bérulle, allí presente, le alienta a consagrar su vida a la filosofía y a escribir.

Para llevar a cabo correctamente esa reflexión, Descartes decide, hacia 1628/29, abandonar París e instalarse en Holanda, donde espera encontrar la soledad e independencia que considera necesarias a sus proyectos. Y, durante veinte años, va a organizar su vida de manera regular, distribuyendo su tiempo entre las experiencias científicas, la redacción de sus obras y una activa correspondencia que le mantiene en contacto con el mundo de los sabios europeos de entonces, por mediación, en particular, del padre Mersenne. Y, en torno a 1632, redacta una obra de física, “El Mundo”, (Le Monde, ou le traité de la lumière et des autres principaux objets des sens), que decidirá, finalmente, no publicar por el momento, curándose en salud tras la condena de Galileo en 1633.

A través de sus cartas, Descartes podía comentar tal o cual punto de su filosofía, e intercambiar informaciones y resultados de experiencias. Pero este solitario enamorado de su tranquilidad, que no ignoraba nada de lo que sucedía en el mundo de la filosofía y de las ciencias, no vacilaba en lanzarse en polémicas con teólogos, matemáticos, físicos y aquellos universitarios que no le perdonaban el poner en cuestión la autoridad de Aristóteles.

A la espera de un momento más favorable para publicar “El Mundo”, Descartes se consagra a la redacción de un nuevo libro de reflexión y metodología filosófica, en este momento en que su fama iba extendiéndose por el Continente. Y, en junio de 1637, aparecía en Leyde, en francés y anónimo –aunque pronto identificado-, “El Discurso del Método” (Le Discours de la méthode pour bien conduire sa raison et chercher la vérité dans les sciences). Primera gran obra filosófica y científica en francés, que contenía un resumen de su filosofía e iba acompañado de tres breves tratados, como muestras de sus descubrimientos y de la aplicación de su método, la Dioptrique (uno de los primeros tratados de optometría, donde establecía la ley de la refracción óptica), les Météores y la Géométrie.

Será tal el éxito del Discurso (concebido inicialmente como prefacio), que en adelante adquirirá vida propia.

En la primera parte, su autor contaba los estudios que había realizado y la crisis de escepticismo que llegó a atravesar.

En la segunda parte, precisaba en qué circunstancias llegó a descubrir el método, cuyas cuatro reglas o preceptos enunciaba, el primero de los cuales era “no recibir nunca por válido nada que yo no conociera previamente como una evidencia”.

En la tercera parte exponia las máximas de vida y de moral que había adoptado, a la espera de poder construir una moral definitiva: obedecer las leyes y costumbres de mi país, con “la religión en la cual Dios me ha hecho la gracia de ser instruido desde mi infancia”; “ser firme y resuelto en mis acciones”; “acostumbrarme a creer que no hay nada más enteramente en nuestro poder que nuestro pensamiento”.

En la cuarta parte, exponía las evidencias que le aparecieron: “la de mi existencia, la de la existencia de Dios, la de la existencia del mundo exterior”.

En la quinta parte, resumía su teoría sobre la circulación de la sangre, y sus ideas acerca de la diferencia entre el alma del hombre y la de los animales (con su famosa teoría de los animaux-machines).

Finalmente, en la sexta parte, Descartes fijaba el papel de la experiencia en la investigación científica.

Es así como Descartes va a fundar su especulación en el criterio de evidencia. Es cierto que ya el Renacimiento habia suscitado el espíritu de libre examen y de renovación de la ciencia, con Da Vinci, Kepler o Galileo, pero es Descartes el que proclama como filósofo el principio y legitimidad de esa renovación.

            En 1641 Descartes publicaba en latín (siguiendo en esto la tradición escolástica) su filosofía metafísica, no bajo forma de tratado, sino de búsqueda personal; eran sus “Meditationes de prima philosophia” (“Meditaciones metafísicas”), en las que decía demostrar la existencia de Dios y la inmortalidad del alma.

            Pero Descartes nunca pretendió defender la religión contra los libertinos, sólo quería darle a la ciencia un fundamento, y ese era el papel de su metafisica; ciencia y metafísica quedarán indisolublemente unidas.

            En 1643, inicia una correspondencia con la princesa palatina Élisabeth (hija del que había sido Federico V de Bohemia); y, con ocasión de las observaciones, peticiones de aclaraciones y críticas que la princesa le hace o le formula, el filósofo escribe hermosas cartas sobre la vida moral, que vienen a prolongar aquella tercera parte del Discurso, consagrada a la moral provisional.

            En 1644, aparecen, también en latín, los “Principios de Filosofía” (Principia philosophiae), que presentaban una exposición de conjunto de la metafísica y de la física y completaban su doctrina.

Finalmente, en 1649, publicará su tercera obra capital: Traité des passions, donde decía proponerse estudiar las pasiones como lo haria médico, es decir “en physicien”.

Descartes señalaba que las pasiones siempre van acompañadas de modificaciones fisiológicas, y trataba de explicar a través de qué mecanismo los fenómenos corporales repercuten en el alma: es el efecto –decía- de los “esprits animaux” sobre una pequeña glándula que tenemos situada en el cerebro, la glándula pineal.

Y distinguía seis pasiones fundamentales: la admiración, el amor, el odio, el deseo, la alegría y la tristeza, procedentes todas de una impresión orgánica, deduciendo de estas pasiones fundamentales, las demás secundarias. Las pasiones pueden ser buenas o malas, según concuerden o no con la razón; si son negativas, será nuestra voluntad la que haya de oponer resistencia, a fin de actuar conforme a la razón.

            Es en 1649 cuando la reina Cristina le invita, con tentadoras promesas, a viajar a Suecia e instalarse allí. Después de haber vacilado durante un corto tiempo, Descartes decide partir a principios de septiembre de ese año. Pero pronto le iba a pesar. Veía poco a la reina, que sólo aceptaba recibirle a las cinco de la mañana. Y en ese severo clima, en el corazón del invierno, este hombre, a quien le gustaba quedarse en su cama por la mañana, escribiendo y reflexionando, fue arrebatado a la vida en unos días, a causa de una mala pulmonía.

            Moría en Estocolmo, el 11 de febrero de 1650, y sus restos serán trasladados a Francia en 1667, donde hoy reposan, después de diversos avatares, en la capilla de Saint-Benoît de la iglesia de Saint-Germain-des-Près de París.

Le Traité de l’’Homme”, redactado hacia 1630, fue publicado a título póstumo, primero en Leyde, en 1662 y en una traducción latina poco fiel, y luego en 1664, en París, el original francés. En él se habia propuesto su autor una explicación del cuerpo humano, considerado como una máquina, describiendo únicamente “los movimientos” o funciones de los órganos del Cuerpo material, sin considerar el Alma inmaterial. Organicismo con el que exponía nociones de fisiología positiva, a través de un mecanismo inventado. Fue la publicación de 1664 la que entusiasmó al joven Malebranche, al descubrirla entre las recientes ofertas de Charles Angot, un librero de la rue Saint-Jacques. Y el libro ejercerá una gran influencia sobre el materialismo del siglo XVIII.

            De hecho, “l’Homme” constituía el capítulo XVIII de “Le Monde” ya citado, importante obra que, pospuesta en su momento, era publicada también este año.

            Por numerosos rasgos de su existencia, René Descartes fue la imagen misma de la época, de la que él simboliza la inmensa pasión intelectual; y, hacia 1670, aparecía ya como el teórico del orden y el legislador del pensamiento. Muchos humanistas, como Gassendi, irán a buscar sus principios y fuentes de inspiración entre los antiguos clásicos. Pero Descartes, confiando en las fuerzas de su inteligencia, emprenderá esa revisión por sí mismo, con el único criterio y la única autoridad de la razón humana.

            Es legítimo hablar de un “sistema de Descartes”. Para él, no se trataba de someter la realidad a una ley única, como lo querrá, por ejemplo, Hegel. Para el filósofo del “Discurso del método” no hay espíritu de sistema, sino “de método”; es el método y su aplicación lo que aporta unidad a su pensamiento y a sus teorías. El sistema cartesiano no es una construcción de teoremas, derivando unos de otros, sino una ordenada sucesión de problemas solidarios unos con otros, y que, con ayuda del método, deberán recibir una demostración propia. Es decir, que Descartes ha intentado una filosofía de la universalidad de la razón, basada en la unidad de un método.

Inspirado en el modelo matemático, el método cartesiano es voluntad de certidumbres justificadas en una intuición, inmediatamente o de forma progresiva con ayuda de la deducción. Y siempre está presente, formando un todo con el conocimiento; es la mente que se ordena. Descartes oponía a menudo el orden de las materias al de la razón, es decir, las relaciones cualitativas establecidas por la Escuela tras Aristóteles, entre los seres, según su proporción de forma y de materia, y las relaciones puramente intelectuales que unen las ideas entre sí.

Esta inversión metodológica marca la irrupción del pensamiento moderno y de estos dos actos de inteligencia que van a dirigir la filosofía hasta nuestros días: la relación matemática y la experiencia de la conciencia por sí misma. Y estos dos actos suponen un radicalismo que se aplica al método, movimiento de pura intelección que elimina la tradición y la autoridad, que es inmediata experiencia de la dualidad del espíritu y del cuerpo, y que se halla a disposición de cada uno de nosotros; porque todo ser humano está dotado de inteligencia, lo que él llama “sentido común” (bon sens). Con la aplicación de la voluntad, es posible comprender y razonar de manera justa y precisa. Tal es el sentido de las famosas cuatro reglas que el Discours propone.

La primera regla dice: “No recibir nunca cosa alguna como verdadera que yo no la conozca como tal”. Es la regla de la evidencia con sus dos criterios de claridad y distinción que permiten rebasar la duda; y esa evidencia es para Descartes, la expresión espontánea de nuestra naturaleza intelectual, en sí misma, libre de todo contacto con la experiencia sensible, esto es, con el cuerpo. Tal es el sentido de esta recomendación que él hace: “evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención”; si nos precipitamos en nuestros juicios, o nos dejamos llevar por nuestros prejuicios, es porque nos dejamos seducir por nuestra imaginación, por nuestros sentidos y por todo tipo de prejuicios que nos vienen de la infancia. Así, la evidencia no es fácil de obtener; es intuición, pero conquistada por un constante esfuerzo y una disciplina estricta.

Las otras tres reglas, o fases obligatorias de la búsqueda de la verdad, fijan cómo se ha de conducir la mente en el curso de la deducción: primero, dividir las dificultades; luego, proceder por orden, yendo de lo simple a lo complejo; y, finalmente, controlar las distintas fases de pensamientos, a fin de estar seguros de no haber olvidado nada.

            El método cartesiano es universal. A su autor le permitió hacer sus grandes descubrimientos matemáticos y definir los principios de lo que se ha llamado luego geometría analítica, es decir la unidad del algebra y de la geometría. Y reordenó el saber humano. Atrás quedaba la jerarquía aristotélica entre las tres especies de almas –vegetativa, sensitiva e intelectual-. Porque para Descartes, el alma es una, pero unas veces es pura, y otras -en contacto con el cuerpo-, se convierte en sentido e imaginación. Si es cierto que, para vivir, debemos seguir las informaciones que nuestros sentidos nos van dando, reproducidas en nuestra imaginación, para pensar, al contrario, debemos separarnos de nuestro cuerpo y captar esas ideas “innatas” que pertenecen a nuestra estricta naturaleza intelectual.

            Tal es el racionalismo cartesiano: lucha contra los sentidos y contra las falsas ideas filosóficas que sugiere la experiencia sensible; y disciplina intelectual, pues la evidencia no es simple experiencia de conciencia: en física es el resultado de la interpretación matemática de los fenómenos.

Y, en metafísica, subraya los principales momentos de una meditación razonada.

                Se dice a veces que Descartes fue, sobre todo, matemático y físico. En realidad, la metafísica es, para el autor del “Discurso del método”, parte esencial del desarrollo del conocimiento; sin ella, no podríamos afirmar la existencia del mundo material y la verdad de nuestros conocimientos; y el método sólo sería un instrumento sin valor intelectual. Por estas razones, Descartes emprende una demostración a través de seis meditaciones que se convertirán, por tres siglos, en el libro de cabecera de toda la filosofía europea.

Cuatro realidades o substancias serán así, sucesivamente, descubiertas y justificadas, tanto en su existencia, como en su esencia: mi pensamiento, el alma (res cogitans), Dios (res infinita), la extensión (res extensa), y la unión del alma y el cuerpo en el ser humano.

Ante todo, la certeza de mi existencia como puro pensamiento –Cogito, ergo sum (Pienso, luego existo)-, ¿es intuición o razonamiento? Ambas cosas: porque, en el instante en que yo me capto a mi mismo, afirmo mi existencia; reflexionando sobre mí, me conozco existiendo, y comprendo que toda otra existencia será afirmada en relación con la mía como pensamiento, no como cuerpo. Y así, el cogito es, a la vez, descubrimiento de mi existencia pensante, separación de ese pensamiento de mi cuerpo (que, por de pronto, no sé si existe), y modelo de todas las evidencias. El cogito, consagra la ruptura con el aristotelismo y, en ese acto, yo afirmo mi libertad, como poder de juzgar en mí mismo y por mí mismo.

            Pero el cogito implica soledad. Y Decartes aborda por primera vez, uno de los grandes problemas del pensamiento contemporáneo: la relación entre las conciencias y su referencia a un absoluto. Y es el gran descubrimiento: Yo no estoy solo, Dios está presente en mí, donde él ha dejado su marca, que es la idea de infinito; y esa idea no puedo concebirla, únicamente puedo someterme a ella, y es clara:

            En tres pruebas, Descartes demuestra que se ha de pasar necesariamente de la idea de infinito a la realidad de ese infinito, nuestro creador. Y entonces es posible escapar de la fantasmagoría de sensaciones e imaginaciones, y explorar esa idea clara y distinta de la extensión material, cuyas principales propiedades son la forma y el movimiento. Lo que yo observo a mi alrededor por medio de mis sentidos ha de explicarse únicamente por combinaciones de formas y por el movimiento; la física cartesiana es una geometría en movimiento.

Y está también esa misteriosa unión del alma y del cuerpo, que yo percibo y que constituye mi vida cotidiana; y he de abandonarme a ese hecho con inteligencia, con lo que la metafísica desemboca en una moral muy humana.

            Ese movimiento metafísico riguroso suscita los grandes problemas del pensamiento moderno; filosofía de la libertad afirmada en una autonomía inalienable, introducción del método idealista para explorar la conciencia y el mundo, afirmación de un racionalismo matemático que se impone como modelo y, finalmente, rechazo de la teoría aristotélica de las cuatro causas que estructuran el movimiento del universo (materia, forma, eficiencia y finalidad), y también conciencia del doble problema que va a apasionar, en adelante, a sabios y pensadores, el de la causalidad física y de la causalidad psicológica.

EL MECANICISMO

            En la sexta parte del Discurso, Descartes formulaba sus intenciones filosóficas: “En vez de esa filosofía especulativa que se enseña en las escuelas, se puede encontrar otra práctica, a través de la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, del cielo y del resto de los cuerpos que nos rodean, tan distintamente como conocemos los diversos oficios de nuestros artesanos, los podriamos emplear a todos los usos para los que son propios y, de ese modo, hacernos dueños de la naturaleza”. Y en los “Principia philosophiae”, la famosa metáfora del arbol del conocimiento muestra cuáles son la unidad del saber y el movimiento natural del conocimiento humano; las raíces del arbol del saber representan la metafísica; la física o filosofía natural es el tronco; y las ramas están hechas de las demás ciencias, particularmente de los tres conocimientos útiles al hombre, la mecánica, la medicina y la moral. El mecanicismo cartesiano es la voluntad de explicar todo el universo material por las formas y el movimiento de la res extensa, quedando excluída toda apelación a la fuerza y a la energía. El mundo es una inmensa máquina creada y puesta en marcha por Dios; de ahí el principio de la conservación de la cantidad de movimiento que reina, según Descartes, en ese universo. Leibniz y Newton corregirán el error cartesiano y definirán los principios de la dinámica clásica.

Pero las faltas cometidas por Descartes no son debidas a un exceso de sistematización, sino a la intransigencia del espíritu matemático aplicado a la noción de máquina: la máquina sólo puede ser combinación de movimiento, y el origen del movimiento está en Dios. Ni le reprochemos el haber desdeñado la experiencia, porque él fue un observador y un experimentador apasionado, como lo demuestra su correspondencia. Decía que tenía tantas ideas de experiencias, que necesitaría la fortuna del rey de la China para realizarlas.

Para Descartes, la experiencia sirve de guía en el detalle de las explicaciones mecánicas, porque la hipótesis general del mecanicismo es para él una evidencia, la conciencia misma de nuestra idea clara y distinta de lo extenso. En ese trabajo de análisis de los conceptos de movimiento y reposo, de choque, de velocidad, se encuentran los primeros elementos de lo que será la mecánica clásica. El mecanicismo, al afirmar la primacia del movimiento, no solamente lanza puentes entre lo teórico y lo práctico, sino que distingue entre lo sensible y la realidad; el mundo es diferente a como lo percibimos; y así, para comprenderlo y manejarlo, hay que añadir a la experiencia sensorial el análisis matémático.

            Y Descartes extiende la explicación mecanicista a la vida misma en su célebre teoría de los animales-máquinas, en la que pretendía que los animales –especie de autómatas, carentes de alma y de razón-, sólo son máquinas perfeccionadas. El teórico intransigente del mecanicismo no ignoraba la noción de vida, pero proporcionaba una explicación física interesante: en una carta en latín al joven profesor del Christ’s College de Cambridge, Henri Morus, escribía en 1649: “No le niego la vida a ningún animal, pues creo que consiste en el calor del corazón; ni siquiera le niego la sensibilidad, en la medida en que depende de un órgano corporal”. Ese “calor del corazón” desempeñará también un papel capital en la teoría de las “pasiones” en el hombre, ese ser singular hecho de res extensa (materia) y de res cogitans (espíritu). De nuevo, para la ciencia del hombre, Descartes encuentra inmediatamente la verdadera problemática; plantea las bases de lo que más tarde será la teoría psicofisiológica, y luego la teoría del comportamiento en la psicología contemporánea. El “Traité des passions”, es un genial presentimiento de la medicina psicosomática, y una introducción a la moral.

            La moral cartesiana, en la que se perciben elementos tomados de diversas tradiciones, como la moral de la Escuela, el humanismo del Renacimiento, el estoicismo e incluso el epicureísmo, presenta una indiscutible unidad. Descartes da una síntesis personal y tiene el mérito de despejar los problema esenciales para tres siglos.

Primero, la noción, explicada en la tercera parte del Discours, de una moral llamada “par provision” es decir, provisional, a la espera de que el saber esté concluido y la moral pueda deducirse de las verdades obtenidas. Luego una moral de la libertad, propuesta bajo múltiples aspectos:

– la protección del individuo respecto a la sociedad (Descartes se protege aceptando las costumbres de su país y viviendo semioculto).

– la libertad como acto de compromiso, yendo hasta el final de sus decisiones y evitando dudas y arrepentimientos.

– la libertad como acto de voluntad, por el que me libero de lo corporal y vivo según el modo de mi inteligencia; es el espíritu del hombre “cuando es llevado, por su propia libertad, hacia un pensamiento único”. Y la recompensa es el gozo interior que proporcionan la búsqueda de la verdad y su posesión.

Descartes inventó la geometría analítica e introdujo la noción de coordenadas (llamadas cartesianas) y las anotaciones simbólicas x, y, z; y se conocen sus aportaciones en física y en biología –donde, aun cometiendo algunos errores, describe la circulación de la sangre (expuesta ya por Harvey). Pero, si bien contribuyó poderosamente al progreso de las ciencias, ello fue reduciendo el mundo a un espacio homogéneo o geométrico, únicamente regido por las leyes del movimiento.

El desarrollo de las ciencias exigía una nueva metafísica; tal fue el sentido de su “Discurso del Método” Así, rechazando como falso todo aquello que sólo era verosímil, Descartes vino a dudar de lo que los sentidos nos enseñan, de las verdades admitidas y de la realidad del mundo. Y a esa duda, únicamente resiste la certidumbre de mi propia existencia el cogito, que se impone como “el primer principio de la filosofia”, de donde se deduce la primacia del alma sobre el cuerpo, así como la existencia de Dios.

Y, en materia de moral, Descartes nos invita a hacer “de la necesidad virtud” y a dominar nuestras pasiones a través de la voluntad.

Figura decisiva del gran paso del mundo medieval a la modernidad, de la que puede considerarse el primer filósofo, su influencia sobre los contemporáneos y los siglos siguientes es rica y variada. Sin que se les pueda calificar de cartesianos (término reservado a los discípulos mismos de Descartes), los grandes filósofos racionalistas del siglo XVII (Malebranche, Leibnitz, Spinoza), apuntan a él

Y, en el siglo XVIII, los “filósofos” continuarán su combate en pro de la razón, presente por igual en todo hombre, aplicando el método cartesiano a los problemas politicos y religiosos.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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