San Bartolomé (Saint-Barthélemy), noche de – (23/24 de agosto de 1572)

Desde 1562, el reino de Francia se desgarraba en medio de luchas fratricidas de Religión. El “almirante” Gaspard de Coligny, después de haber gozado, tiempo atrás, de gran predicamento en la Corte, convertido en jefe de la nobleza protestante francesa, tras la muerte del príncipe Louis de Condé en la derrota de Jarnac en 1569, había logrado rehacerse, y ambos bandos, católicos y hugonotes, parecían, una vez más, exhaustos y sin recursos.

Así vendrá el edicto o paz de Saint-Germain-en Laye, de 8 de agosto de 1570, firmada entre Carlos IX (Charles IX) y Coligny, que ponía término a la tercera guerra de Religión (1568-1570): en su virtud, los protestantes eran amnistiados y se les concedía libertad de conciencia y –relativa- de culto en todo el reino, con atribución, durante dos años, de cuatro plazas de seguridad (La Rochelle, Montauban, Cognac y La Charité); también serían admitidos a todas las funciones públicas.

En el marco de aquella paz y como prenda de buena voluntad, Catalina de Médicis favorecía el matrimonio de su hija Margarita de Valois, “Margot” (habida con el difunto Enrique II), con Enrique de Borbón (Henri de Navarre), que acababa de ser nombrado jefe del bando protestante, El enlace, concebido como estabilizador de la paz monárquica, tendrá lugar dos años después.

Los gentileshombres volvieron a asentarse en la Corte, cerca del rey, y Coligny no sólo recuperó su puesto en el Consejo, sino que vino ahora a convertirse en consejero de Carlos IX, y a preconizar la guerra contra España en los diversos frentes, particularmente en favor de los holandeses alzados contra Felipe II.

En pro de la paz interna, Catalina se avino a establecer una alianza con Isabel Iª de esa Inglaterra donde ya se perseguía a los católicos desde 1570; y prometió al calvinista Luis de Nassau el apoyo de Francia a los rebeldes de los Países Bajos.

Pero instalarse en aquella situación suponía no sólo la división moral de Francia, sino también adentrarse en una peligrosa dinámica de guerra internacional. Catalina aparentaba aceptarlo, pero la opinión pública activa, es decir la pequeña burguesía de las ciudades, comenzó a agitarse y amenazaba con volcar abiertamente del lado de la facción de los Guisa y entregarse  a la causa católica.

Sin embargo, a principios de 1572, el país vivía tiempos de paz desde hacía más de un año, y por todo el Reino, artesanos y notables calvinistas habían regresado a sus localidades habituales, de donde se habían ausentado por prudencia, para ocupar de nuevo sus funciones y volver a sus oficios.

Tal era la situación cuando, en junio, vino a morir la reina de Navarra Jeanne d’Albret (madre de Enrique de Borbón), importante rival política del bando protestante, cuya desaparición parecía arreglar los intereses de la corona de Francia y los designios de Catalina.

Los acontecimientos iban entonces a precipitarse.

Para vengar aquella muerte de Francisco de Guisa, a principios de 1563, que le imputaban a él, su viuda la duquesa de Nemours, y su hijo Enrique de Guisa van a intentar asesinar al nuevo hombre fuerte, el 22 de agosto de este 1572; pero Coligny salió vivo de la intentona, salvo algunas heridas de las que debería recuperarse. Y a su cabecera acudieron el rey y su madre.

Los numerosos nobles e hidalgos protestantes, reunidos en París desde unos días antes, con ocasión de las bodas de Enrique de Navarra con Margarita de Valois, pedían ya venganza, y Carlos IX parecía en el punto de darles la razón.

En el Consejo real, los consejeros de origen italiano cercanos a Catalina de Médicis, como Louis de Gonzague, Albert de Gondi o el ahora Garde des Sceaux (ministro de justicia) Charles de Birague preconizaban una acción preventiva: el asesinato de Estado de Coligny y de una cincuentena de jefes protestantes, con el objeto de decapitar al partido hugonote.

Carlos IX parecía mostrarse contrario y Catalina no aceptaba semejante desmentido de su propia política conciliatoria, demostrada una y otra vez y que convertiría al rey, en adelante, en prisionero de los caprichos de los Guisa. Pero el hermano menor del rey, el joven Anjou (futuro Henri III), con la autoridad que le confería su cargo de lieutenant général del reino desde noviembre de 1567, decidió asumir el proyecto por su cuenta,

Con las primeras luces del 24 de agosto de 1572, festividad de San Bartolomé y dia del enlace Henri de Navarre / Marguerite, el duque de Anjou manda abrir las puertas del Louvre, y del palacio salen unos caballeros con gritos exhortando a los parisienses al exterminio calvinista. Y se dirigen rápidamente a los alojamientos donde sabían que pernoctaban sus víctimas más señaladas, particularmente Coligny, cuyo cuerpo es, esta vez, rematado a puñaladas en su propio lecho, arrojado por la ventana y, ya en la calle, destripado y emasculado.

Las campanas de Saint-Germain-l’Auxerrois sonaban a rebato durante este tiempo, y algunos predicadores excitaban a la población; y en una acción paralela, las milicias de burgueses recorrían los barrios; de lo cual resultarán unas 3.000 victimas protestantes, cuya cifra irá en aumento en los siguientes días, al extenderse a las principales ciudades y provincias del Reino, donde los ánimos seguian muy excitados contra lo que se percibía como prepotencia de los hugonotes.

Carlos IX y Catalina su madre dijeron en un primer momento sentirse espantados. Y en la misma tarde del 24 aparecía un comunicado con su firma, en el que condenaban las matanzas y prometían castigo para los Guisa. ¿Cómo explicar entonces que, dos días después, el propio rey lo reivindicara como una acción de la monarquía, destinada a atajar y castigar un complot fomentado por los protestantes? Fue probablemente al conocer la fuerte implicación del duque de Anjou (y no únicamente de Guisa) en la preparación y ejecución de la matanza, cuando Catalina y el rey se sintieron obligados a renunciar a lo que habían prometido en el calor de los sucesos. ¿Qué se podía hacer contra el lieutenant général du royaume, hermano del rey y presunto heredero de la corona?

Aquellos terribles sucesos siguen intrigando y apasionando a los historiadores, y suscitando debates su cabal interpretación –ante el notable vacío documental, únicamente sustituido por testimonios y relatos-. Pero la figura de Catalina de Médicis (cuya responsabilidad continua, todavía hoy, controvertida) se ressentirá gravemente ante la Historia, particularmente en el discurso protestante.

            Los reformados se unieron entonces en una Union calviniste, que llegó a tener sus jefes militares, sus tropas, sus recursos financieros propios y su sistema judicial, hasta formar un auténtico estado hugonote en el interior del reino.

            Poco después, Carlos IX moría (1574) y su hermano el duque de Anjou, ahora Enrique III le sucedía en el trono. Será él, ¡paradojas de la política y la historia!, quien promueva el asesinato del 3er. duque de Guisa y del cardenal su hermano, y quien dé paso al advenimiento de Enrique IV, el bearnés.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

La Saint-Barthélemy
BOURGEON, Jean-Louis: L’assassinat de Coligny; Genève, Droz, 1992; también: Charles IX devant la Saint-Barthélemy; Droz, 1995.

CROUZET, Didier: La Nuit de la Saint-Barthélemy, Un rêve perdu de la Renaissance; Fayard, 1994 y Pluriel, 2012.
GARRISSON, Janine: Tocsin pour un massacre. La saison des Saint-Barthélemy; Le Centurion, 1968 y Éditions d’Aujourd’hui, 1975; también: 1572, la Saint-Barthélemy; Bruxelles, Complexe, 2001.