Pascal, Blaise (1623-1662)

Nació el 19 de junio de 1623 en Clairmont (Auvernia, pronto Clermont-Ferrand). Muerta su madre, Antoinette Begon, cuando él sólo tenía tres años, su padre Étienne Pascal (jurista y consejero de la Cour des aides – tribunal de naturaleza fiscal-) no tardó en darse cuenta de las excepcionales dotes del niño y, persona culta él mismo y aficionado a la ciencia, decidió seguir de cerca su formación. Trasladado a París en 1631, para seguir la educación de sus tres hijos Gilberte, Blaise y Jacqueline, consigue que el niño fuera admitido en las reuniones de sabios del abate Marin Mersenne, por donde pasaron Descartes, Fermat, Desargues, Torricelli, Roberval…, y en las que él mismo participaba.

Ya a los once años el pequeño Blaise escribe un pequeño tratado sobre la propagación de los sonidos, y a los dieciséis, un “Essai sur les coniques” -en el que generalizaba métodos expuestos por Viète-, que le dan a conocer en la comunidad científica. Tres años después, para facilitarle a su padre las cuentas, Pascal concebirá una máquina calculadora llamada machine de Pascal, capaz de efectuar las cuatro operaciones aritméticas, que le valió inmediatamente gran celebridad; y de la “pasqualine” mandó ejecutar unos cincuenta ejemplares; la primera máquina de este tipo había sido realizada por el alemán Wilhelm Schickard, que no obtuvo difusión y de cuya existencia nada supo Pascal.

A finales de 1639, la familia se traslada a Ruán, adonde el padre había sido enviado como Premier Président de la Cour des Aides de Normandía; y es allí donde recibirán la influencia jansenista.

Aun ocupándose igualmente de literatura y recibiendo en su salón al gran Corneille, entonces en el cénit de su gloria, el interés de Étienne Pascal por la ciencia era dominante. El físico Pierre Petit había venido a efectuar ante él y su hijo la experiencia de Torricelli (1646), y el joven Blaise volvió a hacerla públicamente, para luego, de regreso en París, publicar sus “Expériences nouvelles touchant le vide” (1647). No se atrevía aún a afirmar lo absurdo de la teoría según la cual, la naturaleza tiene “horror del vacío”, y, para salir de dudas, Pascal quiere comprobar las experiencias del italiano e imagina la célebre experiencia del Puy de Dôme, que realizará con su cuñado Florin Périer en septiembre de 1648, mientras París se debatía en los desórdenes de la Fronda: El nivel de mercurio bajando en el barómetro de Torricelli, a medida que se tomaba altura, probaba no solamente la existencia del vacío, sino también el peso del aire. Y, realizado ese proyecto, Pascal pudo afirmar que “la nature n’a aucune répugnance pour le vide”, y que es compatible con el vacío. El impacto de esta experiencia fue tal, que el nombre de Pascal se convirtió (como sucedió con Newton) en una unidad de presión (un “pascal” (Pa) equivale a la fuerza de un newton por m2).

            Redactó entonces los tratados de “l’Équilibre des liqueurs” y de “la Pesanteur de la masse de l’air” (publ. 1663), en los que describía dispositivos experimentales y analizó los fenómenos de hidrostática.

Pero serán aún más notables sus contribuciones en matemáticas: su famoso triángulo (Traité du triangle arithmétique, -hoy triángulo de Pascal-, 1654), se presta a múltiples usos. Y está en la base de la “geometrización del azar”, cuyo punto de partida fue una discusión con el chevalier de Méré, y que dará lugar a una prolongada correspondencia con Fermat, para fundar el cálculo de probabilidades.

Se le deben igualmente a Pascal importantes resultados en geometría proyectiva (particularmente en lo que se refiere a los cónicos), así como las bases del cálculo infinitesimal (de la integración, sobre todo). Y estuvo también en el origen del razonamiento por inducción matemática.

Frisando ya la treintena,  la salud del genial Pascal se había degradado entre desvelos y trabajos, hasta verse amenazado por la parálisis, cuando su padre vino a morir en septiembre de 1651.

A partir de entonces y hasta 1654 –instalado en París-, establece relaciones con La Rochefoucauld y comienza a frecuentar a los honnêtes gens (la buena sociedad culta), y a libertinos como el chevalier de Méré y Miton; y se le ve en los salones de madame d’Aiguillon -sobrina del ya desaparecido Richelieu-, o el de madame Sablé, y se encuentra también con Descartes, con quien no termina de congeniar, porque aquellas dos personalidades eran demasiado diferentes para poder dialogar útilmente.

Y toma conciencia ahora de la importancia del “arte de agradar” (que él entendía como el arte de seducir y de ganarse la convicción de la gente), que se encuentra en un estudio atribuido a él generalmente, el “Discours sur les passions de l’amour” (1652-1653).

La religión no parecía entonces ocupar un particular lugar en sus inquietudes, orientada su mente hacia los grandes problemas a través de pensadores estoicos o escépticos como Epicteto o Montaigne.

Prosiguiendo sus investigaciones científicas, Pascal lanza un desafío a la comunidad de matemáticos sobre “la roulette” (problema de la cicloide), curva que él estudió con particular interés.

            A los 31 años, Pascal se retira durante unas semanas con los jansenistas de Port-Royal-des-Champs y tiene conversaciones con el austero teólogo jansenista Louis Isaac de Sacy, director de conciencia de aquellos “solitaires” (“Entretien avec monsieur de Sacy”). Y allí se consagra a la reflexión teológica, para acabar abandonando la ciencia casi por entero. Lo hizo instado por su hermana Jacqueline, que había tomado los hábitos en 1652, y bajo la influencia de los escritos de Saint-Cyran, y de otros acontecimientos donde él quiso ver la mano de la Providencia; conturbado, finalmente, por una fuerte experiencia mística vivida en su habitación en la tarde-noche del lunes 23 de noviembre de 1654, durante dos horas, y que anota en el “Mémorial”, aquel trozo de pergamino cuidadosamente escrito, que luego se encontrará plegado y cosido en el forro de su jubón, muerto ya él.

En las dieciocho cartas polémicas (“Lettres écrites à un provincial par un de ses amis sur le sujet des disputes présentes en Sorbonne”), aparecidas inicialmente de forma anónima (1656-1657), y llamadas comúnmente “Provinciales”, Pascal irrumpía, a petición de A. Arnauld, en la disputa entre jesuitas y jansenistas, para defender a estos y atacar a aquellos, su actitud excesivamente acomodaticia con el mundo y, sobree todo, su interpretación de la gracia. En la cuatro primeras, denunciaba lass vaguedades de la compañía y sus errores; luego, en las cartas quinta a décima, abordaba los problemas que suscitan la excesiva indulgencia jesuíta en materia de moral y costumbres o la práctica de las restricciones mentales que los discípulos de Molina enseñaban; para seguir, en las cartas once a dieciocho, con réplicas a las respuestas de sus adversarios.

Después de la bula “Ad sacram” de Alejandro VII, por la que Roma condenaba el jansenismo en 1656, Luis XIV acabará ordenando quemar “les Provinciales” y prohibiendo su difusión. Pero, más allá del debate, inevitablemente apasionado y parcial a veces, Pascal planteaba los eternos problemas de la moral y del destino del hombre.

La concepción mística de un Dios oculto aparece en las “Lettres à mademoiselle de Roannez” -a quien se dirige para sostenerla en la decisión que habia tomado de renunciar al mundo y de retirarse a Port-Royal- y, sobre todo, en la colección conocida como “Pensées” (“Pensamientos”), aquellas notas y fragmentos iniciados a partir de 1657 con el proyecto de escribir una Apologie de la religion chrétienne, que habría ido destinada a los indiferentes, a los libertinos y a los incrédulos. Ignorantes del definitivo orden que su autor hubiera adoptado para su defensa de la religión cristiana, en el conjunto de esas notas se aprecian, no obstante, dos grandes partes que configuran la visión antropológica de Pascal: la miseria del hombre sin Dios, y su felicidad y grandeza cuando lo ha encontrado.

Un concepto fecundo en la argumentación pascaliana es el de diversión (en el sentido etimológico de divertere= apartar). ¿Qué hará el incrédulo ante los misterios de su propia existencia? ¿Vivirá siempre en el estado de inautenticidad? No sé ni de dónde vengo, ni a dónde voy; sólo sé que al dejar mi existencia caeré o en la nada o en las manos de un Dios descontento, y eso para la eternidad. ¿Habré de pasar el resto de mi vida sin intentar, al menos, buscar lo que me ha de suceder? “Los hombres, al no haber podido curar la muerte, la miseria y la ignorancia, se les ocurrió que, para ser felices, no había que pensar en ello” (Pensées). Y, ante este miedo (Pascal no utiliza todavía el concepto de angoisse, angustia) es, entonces, la búsqueda desesperada de un consuelo, ante la dificultad de ser. Y la diversión lleva a las actividades humanas fútiles, como perseguir la gloria o los bienes materiales, tratando inconscientemente de escapar a nuestra condición.

Y en estos fragmentos que constituyen “les Pensées” y que la muerte impedirá culminar, aparece todo el poder de convicción de su autor, su penetración psicológica y su poder poético al servicio de un gran proyecto místico.

Pero “les Pensées” provocarán no pocas prevenciones, incluso en el ámbito católico: Port-Royal se asustó ante la audacia de algunas afirmaciones pascalianas; y Fenelon intentó combatir su sombría visión del ser humano. Por no mencionar el rechazo de los “filósofos”, llegado el siglo XVIII, a cuya cabeza aparece Voltaire pronunciándose contra el “misanthrope sublime”.

Ese deseo de convencer de Pascal había motivado también su “Art de persuader” (1657), donde se expresaban sus principios literarios, que anunciaban ya la doctrina clásica.

            Distinguiendo el orden natural del sobrenatural, Pascal apela en su obra, sucesivamente, al “esprit de géométrie” (el razonamiento matemático) y al “esprit de finesse”(la lógica del corazón, cuando él decía en sus “Pensées” (IV. 277), que “le coeur a ses raisons que la raison ne connaît point”). Hombre de ciencia y de fe, quería conseguir la adhesión por medio de demostraciones rigurosas, sostenidas por frases imperiosas y de vocabulario sobrio. Es bien conocida su argumentación le pari (in Pensées), con la que, como matemático probabilista, pretendía traer de nuevo a los libertinos a la fe y animar a los escépticos a creer en Dios: “Dios es o no es. ¿De qué lado nos inclinaremos? (…). Hay que apostar, eso no es algo voluntario, estáis embarcados (…). Puesto que habéis de elegir, (…), consideremos la ganancia y la pérdida, apostando que Dios existe: Si ganáis, lo ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada. Apostad, pues, que existe, sin vacilación”.

Pero Pascal sabía llegar al corazón del hombre por medio de una “verdadera elocuencia”, dramática unas veces (repeticiones, antítesis) y otras patéticas (interrogaciones o exclamaciones apasionadas, aunque siempre con mesura). Esta búsqueda (sensible en “les Provinciales” y mucho más evidente en “les Pensées”) de un estilo donde la expresión -siempre al servicio de la idea-, pretende ser clara a fin de resultar eficaz, es significativa de la evolución de la prosa francesa del siglo XVII.

            Su fecunda mente está también en el origen de aquel vanguardista proyecto que quiso poner en marcha en Paris en los primeros meses de 1662 (con dos socios más, y a partir de una primera idea de un Nicolás Sauvage en 1647), le carrosse à cinq sols, para establecer líneas de transporte público urbano. Ya muerto él, la compañía no tardó en decaer, hasta desaparecer quince años después.

            Agotado y debilitado por la enfermedad, Blaise Pascal moría en París el 19 de agosto de 1662, cuando acababa de cumplir 39 años. “Que Dieu ne m’abandonne jamais!” -fueron sus últimas palabras-.

Había pasado por la historia de la ciencia y el pensamiento como un estrella tan fugaz como brillante; y en las letras de su tiempo dejó pautas estéticas y estilísticas (rigor en el empleo del término exacto, preocupación por la fidelidad al pensamiento, frases naturales y desprecio de lo artificial), significativas para la evolución de la prosa francesa del siglo XVII. Llegará el romanticismo y su figura atormentada e inquieta, su mente prodigiosas y su sufrimiento físico, recobrarán prestigio y respeto.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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En español:

PALMA RAMÍREZ, Manuel: La ambigua imaginación de la felicidad; diversión y apuesta en el corazón del pensamiento de Blaise Pascal; Gregorian & biblical press, 2013