Naturalismo

El nacimiento y destino del Naturalismo son inseparables del propio destino de Zola. Desde 1868, en el prefacio a la segunda edición de Thérèse Raquin, él hablaba ya de “los escritores naturalistas”. Pero será solo diez años después, en la época de la publicación de “l’Assommoir”, cuando se constituya, efectivamente, una escuela naturalista. Y serán rasgos quasi definitorios del movimiento el pesimismo fundamental en la visión de la existencia (que acentuarán aún más la derrota ante Prusia, la pérdida de Alsacia y Lorena, y la Comuna), el determinismo dado por la raza, el medio…, las teorías en voga por entonces acerca de la herencia en las personas, cierta propensión por lo vulgar y lo sórdido, y el interés por la documentaciòn minuciosa sobre el terreno.

            El movimiento, cuya vigencia puede situarse entre 1870 y 1890 venía a tomar el relevo del realismo y tenía su origen en un grupo de amigos que se reunían en torno a Zola. En 1869, apenas llegado a París, Paul Alexis, natural de Aix, fue a verle; y pronto le trajo a León Hennique. Por otro lado, Flaubert ha reunido a Zola y a Maupassant, invitándoles juntos a su casa. Y finalmente, Henri Céard, desconocido aún, llamó a su puerta un día de 1876 y, acogido con simpatía, volvió, pronto acompañado de Huysmans.

En 1878, Zola compra una casa en Médan (Yvelines), apenas 30 km al NO de París, con los recursos que “l’Assommoir” le ha dado como derechos de autor (la “cage à lapin”, jaula de conejos, como él la llamaba), y allí continúa recibiendo a sus amigos los jueves. Fue aqui donde nació el proyecto de las Soirées de Médan, una colección que habría de estar compuesta de una novela corta de cada uno de ellos y que tendría el alcance de un manifiesto literario. Porque, aun cuando hubo algunos intentos poco felices en el teatro, para el grupo naturalista la novela era el género por excelencia, apto para acoger la variedad de los medios sociales y del nuevo entorno que la industrialización había traído.

Los intentos de llevar a la escena algunas novelas de Zola (él mismo ejercerá de crítico dramático: “le Naturalisme au théâtre” y “Nos auteurs dramatiques”, 1881), serán recibidos con frialdad; pero lo que se entiende por teatro naturalista va a contribuir a la eclosión de una nueva estética, en la figura del director de escena, actor y teórico que fue André Antoine, fundador en 1887 del Théâtre Libre, auténtico laboratorio de realismo escénico.

El éxito de “l’Assommoir”, que vino a consagrar la fama de Zola, no iba a ser una manifestación sin consecuencias ni futuro, sino que abría la vía a una nueva forma de escribir novela. Aquella colección de las Soirées de Médan, publicada en 1880 sobre el tema general de la guerra franco-prusiana de 1870, contenía “l’Attaque du moulin” de Zola, “Boule-de-Suif” de Maupassant, “Sac-au-dos” de Huysmans, “La Saignée” de Céard, “l’Affaire du grand 7” de Léon Hennique, y “Après la bataille” de Alexis; escenas violentas, pintura satírica y cruel de las costumbres burguesas y militares aparecían, efectivamente, como los rasgos esenciales de la nueva escuela.

Y esa escuela –o école de Médan-, iba a dotarse también de una doctrina, en estos años finales fascinados por la ciencia. Dos obras de Zola, “Le Roman expérimental”(1880), y “les Romanciers naturalistes” (1881), vinieron a proporcionar la fórmula: “Une formule de la science moderne appliquée à la litterature”, así era como el jefe del movimiento definía la novela experimental. Y esa fórmula era la experimentación, tal como ese dios laico del positivismo que era Claude Bernard la había descrito en “Introduction à la médecine expérimentale”. Porque, para servir a esa literatura científica, el novelista moderno había de ser observador -con el rigor y la objetividad del sabio- y también experimentador, inspirándose de sus métodos, haciendo variar, por ejemplo, el medio en el que viven sus personajes, y anotando las transformaciones y cambios que sufren. Así podrá descubrir las leyes del destino de los hombres, inscritas, no en la voluntad de los dioses, como en la tragedia clásica, ni siquiera en nuestra propia libertad, según pretende la psicología, sino en su carne, en su mente y en su sangre.

“Así pues, la ciencia entra en nuestro ámbito de novelistas, nosotros que somos ahora  analistas de los hombres en sus acciones individuales y sociales. Y prolongamos, a través de nuestras observaciones y nuestras experiencias, la tarea del fisiólogo, el cual ha continuado la del físico y la del químico. En una palabra, deberemos operar sobre los caracteres, las pasiones y los hechos humanos, de la misma manera que los químicos y físicos operan sobre los cuerpos brutos, y el fisiólogo lo hace sobre los cuerpos vivos”.

            Se podría objetar fácilmente que existe una diferencia fundamental entre la investigación científica y la creación artística -producto, finalmente de la estricta voluntad del creador-. Pero es que Zola fuerza aquí su pensamiento y lo sistematiza en pro de las necesidades de la polémica. Del “Roman expérimental” conviene, sobre todo, retener, como también de otros textos críticos suyos, la voluntad de no dejar la literatura al margen de la vida de su tiempo, ni de las tendencias intelectuales, ni de la realidad cotidiana,  por muy vulgar que sea, porque el arte tiene que adherirse a la vida y a lo real.

            Así, el Naturalismo era, como el decadentismo, una respuesta al deseo de modernidad y al pesimismo de la época. Pretendía describir el mundo contemporáneo con la mirada del sabio o del médico, sin ocultar ni embellecer nada.

            No fue difícil poder reprocharles a los naturalistas su mórbida inclinación por la fealda del mundo, la inmoralidad (o pretendida inmoralidad) de sus descripciones de la vida individual y social, y la psicología simplista de sus personajes –antihéroes sin verdadera individualidad-, reducidos, a menudo, a ciertos tics de comportamiento. Si, de hecho, tuvieron esa complacencia a veces, lo hicieron como reacción contra la fácil idealización a la que se dejaban arrastrar no pocos escritores; y así, poniendo el dedo en la llaga, describiendo por primera vez la alienación de determinados personajes, y alzándose en portavoces de una cierta conciencia histórica, se opusieron por un lado a los partidarios del pensamiento tradicional y, por otro, a los simbolistas, que rechazaban la mediocridad de lo real para refugiarse en la idealización y el ensueño, más allá de la apariencia.

Hacia 1880. los amigos de Zola están reagrupados en torno a él. Y el maestro piensa en crear una revista, “la Comédie humaine”, que vendria a ser el órgano del naturalismo. Pero el acuerdo no duró, y Céard y Alexis fueron los únicos que permanecieron fieles a la doctrina:

Henri Céard (1851-1924) dio, con “Une belle journée”(1881) una obra que pudo ser considerada como un modelo del naturalismo: un día en el que no pasa nada, sino el fracaso de una mediocre pequeña burguesa que renuncia a engañar a su marido, día que transcurre en trivialidades bajo la lluvia. Y Paul Alexis (1847-1901) fue el discípulo abnegado que Zola encontró siempre a su lado.

Pero “A rebours” marca, en 1884, el alejamiento de Huysmans, y Maupassant, en el prefacio de “Pierre et Jean” (1888), se declara por un realismo moderado; también Léon Hennique (1851-1935), se distancia también y parece evolucionar hacia una inspiración psicológica e idealista, después de algunas novelas de estricta disciplina naturalista, cuando ya el caso Dreyfus le ha separado de Zola.

Un ataque, torpe pero sintomático, va a venir por parte de jóvenes discípulos que aprovechan la ocasión del revuelo provocado por la publicación de “La Terre” para desolidarizarse de Zola. Era el 18 de agosto de 1887, cuando Le Figaro publicaba el “Manifeste des Cinq” (Joseph-Henri Rosny, Paul Bonnetain, Lucien Descaves, Paul Margueritte y Gustave Guiches) en el que los firmantes denunciaban “las aberraciones del maestro”, culpable de traicionar su propio programa y de caer incluso en la “pornografía”. Pero a aquellos signatarios les pesará más tarde semejante manifestación, más ruidosa que sincera, de la que llegaron a desvincularse incluso adversarios de Zola. Algunos, como Rosny (1856-1940, a quien “Nell Horn” -novela de costumbres londinenses-, había aportado en 1886 una elogiosa reputación), o Paul Bonnetain (1859-1899, autor del escandaloso Charlot s’amuse, en torno a la masturbación que el protagonista descubre el día del entierro de su padre), se habían dejado quizá llevar por el resentimiento contra el de Médan, que había acogido con reticencias su adhesión. Si Margueritte (1860-1918), permaneció, por su inspiración y su gusto por lo patético, al margen del naturalismo, Gustave Guiches, por el contrario, no desentona en la Escuela; y Descaves (1861-1949), escribió, con “Les Misères du sabre” (1887), y “Sous-offs” (1889), novelas a las que no les faltaba ni brío expresivo ni fuerza.

Aquel Manifiesto de los Cinco era, sin embargo, característico del ambiente de agitada polémica que rodeaba entonces al Naturalismo, que habia convertido al movimiento literario en caricatura de la ciencia, y a la novela en su perversión, a fuerza de sistematizar el procedimiento. Cada vez más, el idealismo simbolista se afirmaba como el adversario victorioso sobre una doctrina que pretendía sustentarse en el racionalismo científico (o, como entonces se decía, en el “cientismo”), e ignoraba el ideal y la belleza.

En 1891, el periodista Jules Huret inauguraba en L’Écho de Paris, la moda de las grandes encuestas de prensa, y quiso entrevistar a escritores acerca de cómo veían el futuro de la literatura. Todos los diversos cuestionarios que envió, con ocasión de ello, a los “psicólogos”, simbolistas-decadentes, parnasianos, naturalistas y a aquellos que él consideraba “independientes”, giraban en torno al destino final del naturalismo, de su muerte y de su sustitución. El fiel Paul Alexis (1847-1901) protestó desde la distancia y envió su conocido telegrama: “Naturalismo no muerto. Sigue carta”; pero el movimiento estaba ya difunto.

El mismo Zola, llegado al término de sus Rougon-Macquart, iba a dar un giro a su inspiración con “Les Trois Villes”. Pero el espíritu de aquella Escuela no dejará de marcar a la novela francesa, durante bastante años, para bien o para mal, con Céline y otros del siglo XX, y a una cierta corriente cinematográfica populista también, en los años 1930.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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En español

ALBORG, Juan Luis: Historia de la Literatura Española, t. V, parte 1ª: Realismo y naturalismo; la novela (Fernán Caballero, Alarcón, Pereda); Ed. Gredos, 1996.
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