ZOLA, Emilio (1840-1902)

Émile Édouard Charles Antoine Zola nacía en París, el 2 de abril de 1840, en el 10 de la rue Saint-Joseph, pero su infancia, a partir de los tres años, iba a trascurrir en Aix-en-Provence, donde su padre Francesco Zolla, de origen veneciano, ex-oficial de artillería y ahora ingeniero, estaba dirigiendo la construcción de un canal. Pero el joven Émile sólo tenía siete años cuando su padre muere, dejando a su familia en una difícil situación material. En el colegio de Aix, cuya formación seguirá hasta el nivel de troisième, entabla amistad con su condiscipulo Paul Cezanne.

            Con gran pesar, hubo de abandonar Provenza en dirección a París, donde su madre, Émile Aubert, se había instalado. Y, después de haber fracasado por dos veces en el examen final de bachillerato, abandona los estudios reglados para consagrarse definitivamente a la literatura; y lleva, desde los veinte a los veintidós años, una vida de bohemia miserable y libre.

Porque, a los veinte años, el joven Émile se sentía con vocación de poeta. Solicita y obtiene la nacionalidad francesa en abril de 1861, y escribe versos románticos e idealistas, imitando a Hugo y a Musset, y soñando con escribir un largo poema sobre Juana de Arco…

Hasta que, en marzo de 1862, entra como joven oficinista en la editorial Hachette, para ocuparse en labores de publicidad y promoción. Y es Louis Hachette el que, con excelente criterio, le aconseja que abandone la poesía. Pero en prosa su inspiración seguía siendo la misma; su primer libro, “Contes á Ninon” (1864), no pasa de pálido sentimentalismo, y su primera novela, la “Confession de Claude” (1865), volvía sobre el tema romántico de la redención de la mujer perdida hacia el buen camino. “Le Voeu d’une morte” (1866) no tendrá mayor originalidad.

Y sus ensayos en el teatro, intentando que se acepte una comedia suya y luego un drama, serán otros tantos fracasos.

Zola acaba de abandonar Hachette, después de cuatro años, para adentrarse ahora en el mundo de la publicidad y el periodismo.

            Porque en el periodismo (crítica literaria y artística en l’Événement, le Figaro, la Tribune, le Gaulois…), parecía tener más fortuna: su personalidad resaltaba más cuando se trataba de criticar o de tomar partido. Su defensa del pintor Manet, en 1866, por su cuadro Olympia, en L’Évènement, causa escándalo.Y reúne por entonces sus artíclos publicados en un periódico de Lyon en un volumen de provocador título: “Mes haines”. Allí escuchaba, no sin reticencias, las lecciones de Taine y de los Goncourt y le pedía ante todo al artista que diera prueba de fuerza y de originalidad.

Ya por estas fechas de 1866, comenzaba a relacionar la creación novelística con el método científico y hablaba de “la bête humaine”, cuya observación y disección incumben  al escritor. Así –en esa transición de sus últimas ráfagas mentales románticas al naturalismo-, Zola llega a concebir una novela muy diferente de sus primeros intentos: será “Thérèse Raquin”, que salía en los últimos días de 1867. ”He querido describir temperamentos y no caracteres –decía en el prefacio para la segunda edición del año siguiente-, y he elegido a personajes dominados por sus nervios y por su sangre, desprovistos de libre arbitrio y arrastrados por la fatalidad de su carne”.

Esa voluntad de considerar únicamente en el hombre reacciones de orden biológico, que retomaba a finales de 1868 en otra novela, “Madeleine Férat” irritó esta vez a buena parte de la crítica, que sólo vio  -inicio de un largo desencuentro-, pura complacencia por lo sórdido y lo pútrido.

De hecho, Zola acababa de expresar por primera vez y de manera sistemática, su visión del ser humano y de su destino. Ya estaba listo para abordar su gran obra; a finales de 1868, habla en el salón de los Goncourt, de un proyecto novelistico global en diez volúmenes, que habría de ser la historia de una familia. Cuando haya basado esa historia, por un lado en las leyes de la herencia y, por otro lado, en la influencia de la propia época en la que sus personajes se hayan inmersos, se encontrará ya manos a la obra, escribiendo en esa etapa cultural que hemos dado en llamar realista y positivista.

            Semejante sistema encontró inicialmente su origen en la propia personalidad de Zola, para ir elaborándose luego a través de lecturas y de los descubrimientos que el joven escritor iba haciendo. En “l’Amour”(1859) y “la Femme“(1860) de Michelet, pudo aprender la influencia de la fisiología sobre el comportamiento humano, y los Goncourt le aportaban, en “Germinie Lacerteux”(1865), el ejemplo del análisis clínico de casos psiquiátricos; en Taine -al que conoció en la librería Hachette-, aprendió la influencia de la civilización y de sus constantes sobre el pensamiento y el arte. Finalmente, la ciencia de su tiempo le vino a proporcionar una justificación a sus investigaciones; porque lee a Darwin en la traducción de 1864, y también “la “Physiologíe des passions” del Dr. Letourneau; y se informa acerca de las leyes de la herencia en el “Traité philosophique et physiologique de l’hérédité naturelle” del psiquiatra Prosper Lucas. Según el testimonio de Henry Céard, no conoció la “Introduction à la médecine expérimentale” de Claude Bernard (publicada en 1865), antes de 1878. Pero, en todo caso, no tendrá ninguna dificultad en incorporar esa teoría de la experimentación a su sistema novelístico, pues, cuando hace variar el medio donde sus personajes se mueven, para estudiar las modificaciones que experimentan, está aplicando el método biológico de las variaciones concomitantes.

            Instalado ya en ese andamiaje seudocientífico, Zola no era un torpe imitador de los sabios de su tiempo. Si bien es cierto que intentó darle a su obra un sustrato científico, no se sentía prisionero de los principios cuyo rigor podría limitar las fuerzas de la inspiración creadora.

El novelista naturalista

            En 1869, el ciclo de los Rougon-Macquart  sólo comprendía nueve novelas; pero, dos años después, Zola ya había ampliado su proyecto, siguiendo aquel ejemplo de “la Comédie humaine” que le había marcado Balzac, al que descubre tardíamente y de cuya obra se empapa. Entretanto ha leído también a Taine; y en su piso del bulevard Montparnasse recibe, los jueves por la tarde, a sus amigos de Aix, entre cuyos nombres destaca Cezanne.

Habiendo sacado “un buen número”, deficiente visual e hijo de viuda (su madre morirá en 1880), Émile se libra del servicio militar y de la guerra. Cae el Segundo Imperio, y el 31 de mayo de 1870, Zola se casa con Alexandrine Meley (1839-1925), modelo que habia sido del pintor Manet su amigo; y de ese matrimonio no habrá hijos.

            Después de agitadas andanzas, e idas y venidas, entre los aledaños del gobierno provisonal en Burdeos y el París que aún no ha caído en manos de los communards, el matrimonio Zola regresa a la Capital, a finales de mayo de 1871, tras los trágicos sucesos de la semaine sanglante y el aplastamiento de los extremistas.

De “la Fortune des Rougons” (1871), a “le Docteur Pascal” (1893), veinte volúmenes compondrán esta obra (“historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio”), donde Zola quiso mostrar, “de qué manera una familia y un pequeño grupo de seres, se comportan, dando nacimiento a diez, a veinte individuos, que parecen, a primera vista, profundamente diferentes, pero que el análisis muestra íntimamente ligados unos a otros”. La tal familia procedía de una antepasada neurótica, la tía Dide, cuyo padre murió loco y que, tras haberse casado con su criado, el campesino Rougon, tuvo por amante al borracho Macquart. Y así, se disemina en los más diversos medios, a lo largo de todo el Segundo Imperio, permitiendo al autor mostrar las formas que adquiere la herencia, según los casos y circunstancias, e introducirnos en todas las clases sociales (en definitiva, hacer, según anunciaba el subtítulo de los “Rougons-Macquart”, su “historia natural y social”): Una pequeña ciudad de provincias (“la Fortune des Rougons”, 1871), el mundo rural, en una visión feroz y violenta del campesinado (“la Terre”, 1881), el mundo de las finanzas (“la Curée”,1871/72, “l’Argent”,1891), y de la política (“Son Excelence Eugène Rougon”, 1876), el de los obreros (“l’Assommoir”, 1877; “Germinal”, 1885), el universo burgués (“Pot-Bouille”, 1882), el gran mercado central de abastos (“le Ventre de Paris”, 1873), los grandes almacenes modernos (“Au Bonheur des Dames”, 1883), los ferrocarriles (la Bête humaine”, 1890), los artistas (“l’Oeuvre”, 1886), las mujeres jóvenes (“Nana”, 1880), la guerra franco-prusiana de 1870 (“la Débâcle”, 1892), etc. Apenas queda un aspecto de la sociedad del Segundo Imperio que no hay sido abordado.

            En “l’Assommoir” (7º volumen del ciclo, que los editores suelen traducir al español como “la Taberna”), toma como tema la vida de los obreros de París: En torno a la taberna del “Assommoir”, y en tono de realismo cruel y estilo vigoroso, aparecen los personajes de Gervaise y de Coupeau, cuya degradación personal viene a simbolizar la descomposición de toda una clase social.

            Y “Germinal”(13º del ciclo), pretende ser una descripción de la miserable existencia que llevaban los mineros, y del conflicto entre capital y trabajo: el obrero Étienne Lantier, al que han expulsado por sus ideas socialistas, entra ahora en la mina y en contacto con un universo insoportable de injusticias y sufrimiento; huelga revolucionaria, represión de la tropa y vuelta al trabajo; hasta que un anarquista nihilista ruso, hace saltar la mina por los aires…; pero Lantier sigue pensando en un porvenir mejor, un nuevo Germinal para el mundo del trabajo.

L’Assommoir (de “assommer”, tomando una de las acepciones de este verbo = “embrutecer(se)”), más que una pintura complaciente de la degradación que el alcoholismo provoca, es una descripción de la alienación del trabajador. Y Germinal –una de las cumbres de su obra-, evoca luchas sociales y políticas emergentes, con grandiosidad profética.

Semejante diversidad de tipos y ambientes implicaba, por parte de Zola, un constante trabajo de documentación. Le interesaban las transformaciones sociales y económicas, más allá de los coyunturales acontecimientos históricos. Y es sobre esas transformaciones sobre las que se informa para cada novela que emprende. Se dirige a técnicos y a aquellos que él cree que le pueden asesorar¸ y él mismo lleva a cabo breves investigaciones sobre el terreno, yendo una semana a las minas de Anzin para escribir “Germinal”, cinco a la Beauce para “la Terre”, y aún así sólo habla con agricultores acomodados, muy diferentes de lo que serán sus personajes; porque el talento y la intuición del escritor suplirán el resto.

            Aun manteniéndose sólidamente en contacto con lo real, el novelista naturalista que es Zola se presenta también como creador visionario. Es cierto que, cuando se deja encerrar en su sistema o imagina la existencia de clases sociales que no conoce por experiencia, pone en escena a personajes estereotipados y melodramáticos; pero también crea individuos de carne y hueso que escapan a las convenciones literarias y se imponen por su autenticidad.

En Zola aparece un impresionista que hace vibrar los colores cálidos de su paleta imaginativa y suscita todo un mundo de sensaciones, y un genio épico que transfigura seres y cosas: y entonces el recinto del mercado central de la gran ciudad en le Ventre…, los nuevos grandes almacenes en Au Bonheur…, la mina en Germinal, o la locomotora en la Bête humaine, aparecen como monstruos de una mitología moderna, y aquellos que se acercan participan de su poder fantástico. Es el caso de Zacharie, por ejemplo, que lucha “contra la hulla con un vigor tan indómito, que se oia subir del tubo la ronca respiración de su pecho, como si se tratara del ronquido de alguna fragua interior”. Las cosas adquieren vida y los seres se funden en ellas, entregados a fuerzas que les rebasan, ya se trate de individuos aislados o de muchedumbres.

            Una obra de semejante amplitud, cuya composición se extiende a lo largo de más de veinte años, no podía sustraerse a una evolución en el conjunto. Las novelas anteriores a “l’Assommoir” evocan la conquista del poder y de la riqueza por una burguesía ávida y sin escrupulos, (“la Faute de l’abbé Mouret”, exaltación del amor, de la fecundidad y de la vida universal, aparece como un paréntesis). A partir de “l’Assommoir”, los seres y la sociedad parecen ir hacia una descomposición irremediable, a través de obras más pesimistas y sombrías, hasta “la Joie de vivre” de 1884 (12º de la serie), donde estalla la obsesión de la muerte en el personaje de Lazare.

            Pero, a partir de entonces, la perspectiva va a modificarse y ampliarse. Zola conoce a Jules Guesde y por él se deja iniciar al socialismo. “Germinal” (13º del conjunto), por su análisis de la condición obrera y su conclusión optimista, da testimonio de esa evolución.

Zola veía cada vez más el destino humano convertido en baza trascendental en el juego de fuerzas de la vida y de la muerte. Y esa visión aporta entonces a la novela una nueva dimensión. En “la Terre” -dos años posterior a “Germinal”-,  el áspero drama humano, entre avidez y codicia,  es, al mismo tiempo, un drama cósmico.

Y encuentra también en su propia existencia razones para volver al optimismo y a la confianza en el porvenir.

Casado desde 1870, conoce en 1888 a Jeanne-Sophie Adèle Rozerot (1867-1914), veintisiete años más joven, que la esposa, entre algún otro doméstico, había admitido como lavandera y costurera en su casa de Médan. Madame Zola llegó a descubrirlo, pero el matrimonio no se divorcia y, después de un tiempo difícil para las tres partes, Alexandrine aceptará resignarse a la nueva situación. Cerca de Jeanne -que le dará dos hijos: Denise en 1889, y Jacques en 1891-, Zola conocerá un amor feliz. Y la esposa mostrará un día su gran nobleza de corazón, aceptando y reconociendo como hijos de su marido difunto a los habidos con Jeanne, que, desaparecido el padre, llevarán legalmente el apellido Zola.

Las últimas novelas, bajo estas diversas influencias, son diálogos entre la catástrofe, la ruina, la vergüenza… , y la fecundidad, como en “la Bête humaine”; o en “l’Argent”, “la Débâcle”

            En “le Docteur Pascal” que, en 1893, viene a concluir la gran serie, y que se desarrolla ya en los años inmediatamente posteriores a la caída de Napoleón III (marco cronológico de los Rougons), el último descendiente de la familia, un médico, medita acerca del árbol genealógico que ha trazado y sobre la degeneración que ve en él, para afirma su confianza en la evolución del mundo: “El futuro de la humanidad está en el progreso de la razón por la ciencia”. Un futuro que simboliza al final del libro el amor de la joven Clotilde por el doctor y el nacimiento de un niño, “imagen del mundo continuado y salvado”. Los “Rougon-Macquart” tal vez sean –como se ha dicho-, una epopeya pesimista de la naturaleza humana, que nos da una imagen degradada del hombre, pero esa monumental construcción también es un himno a la vida y un acto de fe en el destino de la humanidad.

            Apenas terminada esa obra de veinte años, Zola se vuelve hacia otro horizonte, dispuesto a poner ahora su escritura al servicio de su fe social. La renovación del catolicismo, en los últimos años del siglo, no le ha dejado indiferente. De una visita a Lourdes en 1891, nace la idea de un libro sobre las peregrinaciones: “No escribir el libro con ánimo de burla, sino de lástima por la humanidad que sufre. La descorazonadora tristeza de ver que la humanidad necesita la mentira.” Y luego se le ocurre darle al libro un volumen sobre Roma, que estaría consagrado al “neocatolicismo”: no la fe ingenua de Lourdes, sino el esfuerzo del catolicismo por recobrar su puesto en el mundo moderno. Finalmente, París sera “el socialismo triunfante, el himno a la aurora, con una religión humana por encontrar, la realización de la felicidad”. Y el conjunto formará “les Trois Villes” (Lourdes, 1894; Roma, 1896; París, 1898). El clérigo Pierre Froment, que se hizo sacerdote para obedecer al misticismo de su madre, en vano busca en Lourdes un apoyo para su fe vacilante, porque sólo encuentra allí vanas ilusiones y desprecio por la ciencia y la razón; en la Roma de León XIII conoce desilusiones también, entre intrigas y rivalidades de ese “monde noir”, y cerca de las altas autoridades a las que ha querido dirigirse para defender un libro suyo a punto de ser condenado; y en París, después de dejar los hábitos y el estado eclesiástico, se casa, es padre y ocupa así en la sociedad el lugar que cree ser el suyo. Si es cierto que Zola da una imagen caricaturesca de la religión y el sentimiento religioso, también ha sentido su fuerza, y es con un mensaje de amor como concluye esta búsqueda de la serenidad y de la verdad. En “les Trois Villes”, aparece acentuada la tendencia marcada en los últimos volúmenes de los “Rougon-Macquart”.

Zola y el caso Dreyfus

            Todavía no habia aparecido “París”, cuando Zola se vio arrastrado por la tormenta del caso Dreyfus. Le habia llevado su tiempo interesarse por él, como les habia ocurrido a muchos otros intelectuales. Fue en 1897, cuando Laborie y Scheurer-Kestner consiguen persuadirle de la inocencia del capitán injustamente acusado de espionaje a favor de Alemania. Y a partir de ese momento interviene a través de tres artículos en Le Figaro, luego en una “Lettre à la jeunesse” y una “Lettre à la France”. Finalmente, después de la absolución de Esterhazy, el 11 de enero de 1898, es J’ACCUSE, carta abierta al presidente de la República, que publica l’Aurore el 13 de enero. El escándalo fue inmediato: hubo interpelación en la cámara de los diputados y acciones judiciales instadas por el gobierno. Habiendo comparecido ante el tribunal penal de la Seine, Zola fue condenado el 23 de febrero a un año de cárcel y 3.000 frcs. de multa; y durante todo el proceso será objeto de la brutal hostilidad de manifestantes antidreyfusards. El caso, remitido al tribunal de Versalles, obtuvo el mismo veredicto. Pero, siguiendo el consejo de su abogado Laborie, Zola no habia comparecido esta vez y en el verano fue a refugiarse a Londres. Allí iba a permanecer casi un año, hasta principios de junio de 1899, en la constante inquietud de nuevas diligencias contra él, si bien, en 1900, vino a beneficiar de la ley de amnistia. Pero ese exilio fue para Zola una prueba cruel, que su mujer y Jeanne Rozerot le ayudaron a sobrellevar, y contra la cual luchó a base de trabajo.

            Al comprometerse a fondo en el sonado caso, Zola sabía que cortaba los lazos que le unían a determinados medios literarios y, en particular, con la Academia Francesa, en la que soñaba con ingresar. Cerca de una veintena de intentos entre 1890 y 1898, se contaron como otros tantos fracasos. Y la riada y despliegue de odios que su persona concitó vino a rebasar, sin duda, todos sus temores.

            En Londres había comenzado una nueva obra “les Quatre Évangiles” -escrita, al igual que “les Trois Villes”, en una perspectiva mesiánica, y que habría de ser un canto a la lucha del pueblo y a la Civitas del porvenir-. donde reivindicaba su derecho a “la utopía”. “Fécondité” (1899), es un canto a las familias prolíficas, como la de Mathieu Froment, el hermano de Pierre. “Travail” (1901), nos lleva por el sueño de una sociedad ideal, inspirada en las doctrinas de los socialistas precientíficos Enfantin y Fourier, y que ha organizado el joven ingeniero Luc Froment. “Vérité” (1903), que será su obra póstuma, venía a ser una transposición de l’Affaire Dreyfus, cuyo protagonista era otro Froment, el maestro de escuela Marc. Finalmente, un postrero volumen, que habría de titularse “Justice”, sólo quedó en estado de esbozo.

            Y con estas novelas, abiertamente optimistas, Zola parecía tener conciencia de coronar y de darle a su obra todo su sentido.

            Sin llegar a ver la rehabilitación de aquel hombre, Dreyfus, por la que tanto había combatido él, Émile ZOLA moría en la noche del 28 al 29 de septiembre de 1902, en su domicilio de la rue de Bruxelles, asfixiado por el CO y víctima de una –se sigue pensando-, obstrucción voluntaria de su chimene; trasladada al hospital, su mujer Alexandrine Zola logrará recuperarse días depués. Extraña muerte -accidental o consecuencia de un atentado antidreyfusard-, que iba a suscitar una honda emoción por toda Francia y en Europa.

            En el momento de su muerte, este gran creador que fue Émile Zola meditaba una nueva saga novelística: “La France en marche”, que habría de tener como telón de fondo el transcurrir de la III República (como los Rougon-Macquart se habían desarrollado a lo largo del Segundo Imperio). Reanudaría así con aquella gran concepción y la idea de una “historia natural y social.”

            En los últimos años de esta truncada vida, Zola se venía interesando particularmente por la fotografía ¡esa grosera innovación que Baudelaire desdeñará por sacrílega y blasfema, al segarle al artista el vuelo de la imaginación creativa! Y de esa afición quedarán 2 000 placas, de entre las muchasotras que se han perdido.

Fue enterrado en el cercano cementerio de Montmartre el 5 de octubre siguiente. Seis años después, sus restos serán trasladados solemnemente al Panteón parisiense de la colina Sainte-Geneviève, aquel 4 de junio de 1908.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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En español:

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…y numerosas adaptaciones para el cine y la televisión de parte de sus novelas, después de aquel Assommoir (1902), de Ferdinand Zecca, de los tiempos heroicos del cinematógrafo.