Zola, Emilio (1840-1902)

          Emilio Zola (1840-1902) – Émile Édouard Charles Antoine Zola nacía en París, el 2 de abril de 1840, en el 10 de la rue Saint-Joseph, pero su infancia, a partir de los tres años, iba a transcurrir en Aix-en-Provence, donde su padre Francesco Zolla, de origen veneciano, ex-oficial de artillería y ahora ingeniero, estaba dirigiendo la construcción de un canal. Pero el joven Émile sólo tenía siete años cuando su padre vino a morir en marzo de 1847, dejando a su familia en una difícil situación material. En el colegio de Aix, cuya formación seguirá hasta el nivel de troisième, entabla amistad con su condiscipulo Paul Cezanne.

Con gran pesar, en 1858 hubo de abandonar Provenza en dirección a París, donde su madre, Émilie Aubert, se había instalado ya. Y, después de haber fracasado por dos veces en el examen final de bachillerato (baccalauréat ès sciences), decide abandonar los estudios reglados para consagrarse definitivamente a la literatura; lee a los clásicos y lleva, desde los veinte a los veintidós años, una vida de bohemia miserable y libre.

Porque, a los veinte años, el joven Émile se siente con vocación de poeta. Solicita y obtiene la nacionalidad francesa en abril de 1861, y escribe versos románticos e idealistas, imitando a Hugo y a Musset, y soñando con escribir un largo poema sobre Juana de Arco…

Zola, retrato de E. Manet

Zola, retrato de E. Manet

Hasta que, después de algún trabajo insatisfactorio e intrascendente, en marzo de 1862 entra como joven oficinista en la editorial Hachette, para ocuparse en labores de publicidad y promoción, donde irá ascendiendo en responsabilidad.

Y es Louis Hachette el que, con excelente criterio, le aconseja que abandone la poesía.

Pero en prosa su inspiración seguía siendo la misma; su primer libro, “Contes á Ninon” (1864), no pasa de pálido sentimentalismo, y su primera novela, la “Confession de Claude” (1865), volvía sobre el tema romántico de la redención de la mujer perdida, inspirándose en cierta aventura personal con una prostituta, a la que se había empeñado en “sacarla del arroyo”; “Le Voeu d’une morte” (1866) no tendrá mayor originalidad.

Y sus ensayos en el teatro, intentando que se acepte una comedia suya y luego un drama, serán otros tantos fracasos.

En 1864 ha conocido a Éléonore Alexandrine Meley, un año mayor que él, modelo que ha sido del pintor Manet su amigo, y que se hace llamar Gabrielle en honor a esa hija tenida a los diecisiete años y que hubo de abandonar en la Inclusa (según ella confesará más tarde). Nueva relación de su hijo, que la viuda Zola no termina de apreciar ni de aceptar. Y, en 1866, Émile deja el domicilio materno, para instalarse con su nueva compañera en el barrio de Batignoles, modestamente de momento, y entre estrecheces.

Empapado ya de anticlericalismo y positivismo, según el ambiente que se respiraba en la editorial, Zola termina abandonando la casa Hachette en este 1866, después de cuatro años, para adentrarse ahora en el mundo de la publicidad y, sobre todo, del periodismo. Auténtico escritor-periodista, Zola llevará en adelante ambas actividades, paralela y sistemáticamente, como pocos literatos de finales del siglo XIX lo hicieron, por necesidad al principio y luego por convicción.

Son los años en que, ya asentado, el Segundo Imperio de Napoleón III daba sus primeros pasos por el camino de la apertura política, (regimen al que Zola se mostrará siempre hostil). Francia entraba definitivamente en la era industrial y en el capitalismo, surgía realmente esa clase obrera, formada de campesinos expulsados del campo y hacinados ahora en los arrabales de las grandes ciudades, y el ferrocarril venía a romper centenarios hábitos en la vida de la nación.

Y, sobre todo, el periodismo irrumpía en la vida social y política y se generalizaba, gracias a nuevas fórmulas económico-financieras, que abarataban el precio del ejemplar y “democratizaban” el acceso a la lectura, con la presencia masiva de la publicidad de la mano de hombres como Émile de Girardin (“La Presse”, “La Liberté”).

Porque en el periodismo (crítica literaria y artística en l’Événement, le Figaro, la Tribune, le Gaulois…), Émile Zola parecía tener más fortuna: y su personalidad resaltaba más cuando se trataba de criticar o de tomar partido. En 1866, la defensa en L’Évènement de su amigo el pintor Manet –que le representará varias veces en sus cuadros-, por su “Olympia”, causa escándalo. Y reúne por entonces sus artículos publicados en un diario de Lyon en volumen de provocador título: “Mes haines” (Mis odios); aunque igualmente sus gustos y preferencias.

Él escribirá más tarde: “A todo joven escritor que me consultara, yo le diría: Láncese usted en la prensa sin otras reflexiones, como se lanzaria al agua para aprender a nadar”.

          Ya por estas fechas de 1866, comenzaba Zola a relacionar la creación novelística con el método científico y hablaba de “la bête humaine” –el animal que llevamos dentro-,  cuya observación y disección incumben al escritor. Así –en esa transición de sus últimas ráfagas románticas al naturalismo-, Zola llega a concebir una novela muy diferente de sus primeros intentos: será “Thérèse Raquin”, que salía en los últimos días de 1867. ”He querido describir temperamentos y no caracteres –decía en el prefacio para la segunda edición del año siguiente-, y he elegido a personajes dominados por su sistema nervioso y por su sangre, desprovistos de libre arbitrio y arrastrados por la fatalidad de su carne”.

Esa voluntad de considerar únicamente en el hombre reacciones elementales de orden biológico, que retomaba a finales de 1868 en otra novela, “Madeleine Férat” irritó esta vez a buena parte de la crítica, que sólo vio  -inicio de un largo desencuentro-, pura complacencia por lo sórdido y lo pútrido.

Zola acababa de expresar por primera vez su visión del ser humano y de su destino. Y estaba listo para abordar su gran obra. A finales de 1868, habla en el salón de los Goncourt, de un proyecto novelistico global en diez volúmenes, que habría de ser la historia de una familia. Cuando haya basado esa historia, por un lado en las leyes de la herencia y, por otro, en la influencia de la propia época en la que sus personajes se hayan inmersos, se encontrará ya manos a la obra, escribiendo en esa etapa cultural que hemos dado en llamar realista y positivista.

Semejante sistema se basó originariamente en la propia personalidad de Zola, para ir elaborándose luego a través de lecturas y de descubrimientos que el joven escritor iba haciendo. En “l’Amour”(1859) y “la Femme“(1860) de Michelet, pudo aprender la influencia de la fisiología sobre el comportamiento humano, y los Goncourt le aportaron, en “Germinie Lacerteux”(1865), el ejemplo del análisis clínico de casos psiquiátricos; en Taine -al que conoció en la librería Hachette-, aprendió la influencia de la civilización y de sus constantes sobre el pensamiento y el arte. Finalmente, la ciencia de su tiempo vino a proporcionar una justificación a sus investigaciones; porque lee a Darwin en la traducción de 1864, y también “la “Physiologíe des passions” del Dr. Letourneau; y se informa acerca de las leyes de la herencia en el “Traité philosophique et physiologique de l’hérédité naturelle” del psiquiatra Prosper Lucas. Y no parece haber conocido la “Introduction à la médecine expérimentale” de Claude Bernard (publicada en 1865), antes de 1878. En todo caso, no tendrá dificultad en incorporar esa teoría de la experimentación a su sistema novelístico, pues, cuando hace variar el medio donde sus personajes se mueven, a fin de observar las modificaciones que experimentan, está aplicando el método biológico de las variaciones concomitantes.

Instalado ya en ese andamiaje seudocientífico, Zola no era un torpe imitador de los sabios de su tiempo, porque, si bien es cierto que intentó darle a su obra un sustrato científico, nunca se sintió prisionero de los principios cuyo rigor o rigidez podrían limitar las fuerzas de la inspiración creadora.

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          Con Alexandrine (1839-1925) acabará casándose en mayo de 1870, en vísperas de la malhadada guerra franco-prusiana, de cuyo matrimonio no habrá  hijos; y, habiendo sacado “un buen número”, deficiente visual él e hijo de viuda (su madre morirá en 1880), Émile se libra del servicio militar y de la guerra. Cuando, después de la derrota de Sedan el 1 de  septiembre de este 1870, todo hacía previsible el asedio de la Capital, el matrimonio Zola –como lo hará buena parte de la burguesía-, abandonaba la Capital para instalarse en Marsella, y en Burdeos después, donde el gobierno francés ha venido a refugiarse.

Llegó el armisticio, el 28 de enero de 1871. Y París conoció otra nueva oleada de abandonos de aquel París crecientemente crispado y radicalizado.

Después de agitadas andanzas, idas y venidas, entre los aledaños del gobierno provisonal en Burdeos y el París –antes de finales de marzo-,  que aún no había caído en manos de la Comuna insurreccional, el matrimonio Zola regresa a la Capital, a finales de mayo de 1871, tras los trágicos sucesos de la semaine sanglante y el aplastamiento de los extremistas, jacobinos, blanquistas e internacionalistas.

En París, todo es desolación y ruina, y en su huida, los revolucionarios han incendiado media ciudad, con las Tullerías de María de Médicis, por retrasar el avance de los versalleses y ponerse a salvo.

El 3 de junio de 1871, no forzosamente desde posiciones, “reaccionarias”, Zola publicaba en “Le Sémaphore de Marseille, refiriéndose a los communards: “El baño de sangre que acaban de conocer era, quizá, horriblemente necesario para calmar algunas de sus fiebres. Y les veréis ahora crecer en cordura y en esplendor”.

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          El movimiento conocido en novela por “naturalismo”, cuya vigencia podrá situarse entre 1870 y 1890 venía a tomar el relevo del neorealismo y tuvo su origen en un grupo de amigos que se reunían en torno a Zola; entre los nombres de la nueva escuela destacarán, además del anfitrión, Maupassant, Huysmans… En 1878, Zola compra una casa en Médan (Yvelines), 30 km al NO de París, con los beneficios que “l’Assommoir” le ha dado como derechos de autor, y allí continúa recibiendo a sus amigos los jueves. Fue aqui donde nació el proyecto de las “Soirées de Médan”, colección que habría de estar compuesta de una novela corta de cada uno de los habituales contertulios, siempre en torno a la guerra franco-prusiana, y que tendría el alcance de un manifiesto literario. Porque, aun cuando habrá algunos intentos en el teatro, para el grupo naturalista la novela era el género por excelencia, apto para acoger la variedad de los medios sociales y del nuevo entorno que la industrialización había traído.

De “La Fortune des Rougons” (1871), a “Le Docteur Pascal” (1893), veinte volúmenes compondrán esa obra con la que soñaba (“historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio”), donde Zola quería mostrar, “de qué manera una familia y un pequeño grupo de seres, se comportan, dando origen a diez, a veinte individuos, que parecen, a primera vista, profundamente diferentes, pero que el análisis muestra ligados íntimamente unos a otros”. La tal familia procedía de una antepasada neurótica, la tía Dide, cuyo padre murió loco y que, tras haberse casado con su criado, el campesino Rougon, tuvo por amante al borracho Macquart. Y así, se disemina en los más diversos medios, a lo largo de todo el Segundo Imperio, permitiendo al autor mostrar las formas que adquiere la herencia, según los casos y circunstancias, e introducirnos en todas las clases sociales (en definitiva, hacer, según anunciaba el subtítulo de los “Rougons-Macquart”, su “historia natural y social”):

Una pequeña ciudad de provincias (“la Fortune des Rougons”, 1871), el mundo rural, en una visión feroz y violenta del campesinado (“la Terre”, 1881), el mundo de las finanzas (“la Curée”,1871/72, “l’Argent”,1891), y de la política (“Son Excellence Eugène Rougon”, 1876), el de los obreros (“l’Assommoir”, 1877; “Germinal”, 1885), el universo burgués (“Pot-Bouille”, 1882), el gran mercado central de abastos (“le Ventre de Paris”, 1873), los grandes almacenes modernos (“Au Bonheur des Dames”, 1883), los ferrocarriles (la Bête humaine”, 1890), los artistas (“l’Oeuvre”, 1886), las mujeres jóvenes (“Nana”, 1880), la guerra franco-prusiana de 1870 (“la Débâcle”, 1892), etc. Apenas queda un aspecto de la sociedad del Segundo Imperio que no haya sido abordado.

L’Assommoir” (7º volumen del ciclo, que los editores suelen traducir al español como “la Taberna”), toma como tema la vida de los obreros de París: En torno a la taberna del “Assommoir”, en tono de realismo cruel y en estilo vigoroso, aparecen los personajes de Gervaise y de Coupeau, cuya degradación personal viene a simbolizar la descomposición de toda una clase social.

Y “Germinal”(13º del ciclo), pretende ser una descripción de la miserable existencia que llevaban los mineros, y del conflicto entre capital y trabajo: el obrero Étienne Lantier, al que han expulsado por sus ideas socialistas, entra ahora en la mina y en contacto con un universo insoportable de injusticias y sufrimiento; huelga revolucionaria, represión de la tropa y vuelta al trabajo; hasta que un anarquista nihilista ruso, hace saltar la mina por los aires…; pero Lantier sigue pensando en un porvenir mejor, un nuevo Germinal para los trabajadores.

L’Assommoir (de “assommer”, tomando una de las acepciones de este verbo = “embrutecer(se)”), más que una pintura complaciente de la degradación que el alcoholismo provoca, era una descripción de la alienación del trabajador. Y Germinal –una de las cumbres de su obra-, evocaba luchas sociales y políticas emergentes, con grandiosidad profética.

Semejante diversidad de tipos y de ambientes implicaba un constante trabajo de documentación, por parte de Zola. Le interesaban las transformaciones sociales y económicas, más allá de los coyunturales acontecimientos históricos. Y es sobre esas transformaciones sobre las que se informa para cada novela que emprende. Se dirige a técnicos y a quienes cree que le pueden asesorar¸ y él mismo lleva a cabo algunas investigaciones sobre el terreno, yendo una semana a las minas de Anzin para escribir “Germinal”, cinco a la Beauce para “La Terre”

Aun manteniéndose sólidamente en contacto con lo real, el novelista naturalista que es Zola se presenta también como creador visionario. Es cierto que, cuando se deja encerrar en su sistema o imagina la existencia de clases sociales que no conoce por experiencia, pone en escena a personajes estereotipados; pero también crea individuos de carne y hueso que escapan a las convenciones literarias y se imponen por su autenticidad.

En Zola aparece un impresionista que suscita todo un mundo de sensaciones, y muestra su talento épico para transfigura seres y cosas: y entonces el mercado central de la gran ciudad en “Le Ventre…”, los nuevos grandes almacenes en “Au Bonheur…”, la mina en “Germinal”, o la locomotora en “La Bête humaine”, aparecen como monstruos de una moderna mitología, y aquellos que se acercan participan de su poder fantástico. Es el caso de Zacharie, por ejemplo, que lucha “contra la hulla con un vigor tan indómito, que se oia subir del tubo la ronca respiración de su pecho, como si se tratara del ronquido de alguna fragua interior”. Las cosas adquieren vida y los seres se funden en ellas, entregados a fuerzas que les rebasan, ya se trate de personas aisladas o de muchedumbres.

Una obra de semejante amplitud, cuya composición se extiende a lo largo de más de veinte años, no podía escapar a una evolución en el conjunto. Las novelas anteriores a “L’Assommoir” evocan la conquista del poder y de la riqueza por una burguesía ávida y sin escrupulos, (“La faute de l’abbé Mouret”, exaltación del amor, de la fecundidad y de la vida universal, aparece como un paréntesis). Pero, a partir de “L’Assommoir”, los individuos y la sociedad parecen precipitarse hacia su irremediable descomposición, a través de obras más sombrías, hasta “la Joie de vivre” de 1884 (12º de la serie), donde estalla la obsesión de la muerte en el personaje de Lazare.

Pero la perspectiva se modifica y amplía a partir de entonces. Zola conoce a Jules Guesde y por él se inicia al socialismo. “Germinal” (13º del conjunto), por su análisis de la condición obrera y su conclusión optimista, viene a dar testimonio de esa evolución.

Zola veía cada vez más el destino humano convertido en apuesta trascendental en ese juego de fuerzas de la vida y de la muerte. Y esa visión aporta entonces a la novela una nueva dimensión. En “la Terre” -dos años posterior a “Germinal”-,  el áspero drama humano, entre avidez y codicia,  es, al mismo tiempo, un drama cósmico.

Y encuentra también en su propia existencia razones para volver al optimismo y a la confianza en el porvenir.

Si bien casado desde hace dieciocho años, en 1888 Zola conoce a Jeanne-Sophie Adèle Rozerot (1867-1914), veintisiete años más joven, que la esposa había admitido como lavandera y costurera en su casa de Médan. Madame Zola llega a descubrirlo, pero el matrimonio no se divorcia y, después de un tiempo difícil para las tres partes, Alexandrine acepta resignarse a la nueva situación. Cerca de Jeanne -que le dará dos hijos: Denise en 1889, y Jacques en 1891-, Zola conocerá un amor feliz. Y la esposa mostrará un día su gran nobleza de corazón, aceptando y reconociendo como hijos de su marido difunto a los habidos con Jeanne, que, desaparecido el padre, llevarán legalmente el apellido Zola.

En “le Docteur Pascal” que, en 1893, viene a concluir la gran serie, y que se desarrolla ya en los años inmediatamente posteriores a la caída de Napoleón III (marco cronológico de los Rougons), el último descendiente de la familia, un médico, medita acerca del árbol genealógico que ha trazado y sobre la degeneración que ve en él, para afirma su confianza en la evolución del mundo: “El futuro de la humanidad está en el progreso de la razón por la ciencia”. Un futuro que simboliza al final del libro el amor de la joven Clotilde por el doctor y el nacimiento de un niño, “imagen del mundo continuado y salvado”.

La monumental construcción que representan los “Rougon-Macquart” tal vez sean –como se ha dicho-, una epopeya pesimista de la naturaleza humana, pero es también, en definitiva,  un himno a la vida y un acto de fe en el destino de la humanidad.

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          Apenas terminada esa obra de veinte años, Zola se vuelve hacia otro horizonte, dispuesto a poner ahora su escritura al servicio de su fe social. La renovación del catolicismo, en los últimos años del siglo, no le ha dejado indiferente. De una visita a Lourdes en 1891, nace la idea de un libro sobre las peregrinaciones: “No escribir el libro con ánimo de burla, sino de lástima por la humanidad que sufre. La descorazonadora tristeza de ver que la humanidad necesita la mentira.” Y luego se le ocurre añadirle al libro un volumen sobre Roma, que estaría consagrado al “neocatolicismo”: no la fe ingenua de Lourdes, sino el esfuerzo de esa religión universal por recobrar su puesto en el mundo moderno. Finalmente, París sera “el socialismo triunfante, el himno a la aurora, una religión humana por encontrar, la realización de la felicidad”. Y el conjunto formará las ”Trois Villes” (Lourdes, 1894; Rome, 1896; Paris, 1898): El clérigo Pierre Froment, que se hizo sacerdote para obedecer al misticismo de su madre, en vano busca en Lourdes un apoyo para su fe vacilante, porque allí sólo encuentra vanas ilusiones y desprecio por la ciencia y la razón; en la Roma de León XIII conoce desilusiones también, entre intrigas y rivalidades de ese “monde noir”, y cerca de las altas autoridades a las que ha querido dirigirse para defender un libro suyo a punto de ser condenado. Y en París, después de dejar los hábitos y el estado eclesiástico, se casa, es padre y ocupa así en la sociedad el lugar que cree ser el suyo.
Aun cuando en las “Trois Villes” da una imagen caricaturesca de la religión y del sentimiento religioso, Zola parece haber sentido su fuerza, y es con un mensaje de amor como concluye esta búsqueda de la serenidad y de la verdad. En las “Trois Villes”, aparece acentuada la tendencia marcada ya en los últimos volúmenes de los “Rougon-Macquart”.

El caso Dreyfus

          No habia aparecido todavía  “París”, cuando Zola se vio arrastrado por la tormenta del caso Dreyfus. Pero le llevó tiempo interesarse por él, como les ocurrió a muchos otros intelectuales.
Fue en 1897, cuando Laborie y Scheurer-Kestner consiguen persuadirle de la inocencia del capitán injustamente acusado de espionaje a favor de Alemania. Y, a partir de ese momento, interviene a través de tres artículos en Le Figaro y luego en una “Lettre à la jeunesse” y una “Lettre à la France”. Finalmente, después de la absolución de Esterhazy, el 11 de enero de 1898, era “J’ACCUSE”, carta abierta al presidente de la República, que publicaba l’Aurore el 13 de enero.

El escándalo fue inmediato, y hubo interpelación en la Cámara de los Diputados y acciones judiciales instadas por el gobierno. Tras lo cual, habiendo comparecido ante el tribunal penal de la Seine, Zola fue condenado el 23 de febrero a un año de cárcel y 3.000 frcs. de multa; y durante todo el proceso será objeto de la brutal hostilidad de manifestantes antidreyfusards.

Recurrido ante el tribunal de Versalles, el caso obtuvo el mismo veredicto. Pero, siguiendo el consejo de su abogado Laborie, esta vez Zola no habia comparecido, y en el verano fue a refugiarse a Londres. Allí iba a permanecer casi un año -hasta principios de junio de 1899-, en la constante inquietud de nuevas diligencias contra él, si bien, en 1900, vino a beneficiar de la ley de amnistia. Pero ese exilio fue para Zola una prueba cruel, que su mujer y Jeanne Rozerot le ayudaron a sobrellevar, y contra la cual luchó a base de trabajo.

Al comprometerse a fondo en el sonado caso, Zola sabía que cortaba los lazos que le unían a determinados medios literarios y, en particular, con la Academia Francesa, en la que soñaba ingresar. Cerca de una veintena de intentos entre 1890 y 1898, le habían contado como otros tantos fracasos. Y la riada de odios que su persona concitó vino a rebasar, sin duda, todos sus temores.

Emilio Zola - Alusión a los infructuosos intentos por ingresar en la Academia Francesa

Alusión a los infructuosos intentos por ingresar en la Academia Francesa. Al candidato naturalista le encontraban, probablemente, demasiado “popular” y cercano al barro. A la puerta, un cartel: “Se exige rigurosa indumentaria”; y en la parte inferior: “Limpiarse los pies en el felpudo [antes de entrar]”. (BNF)

En Londres había comenzado una nueva obra “les Quatre Évangiles” -escrita, al igual que las “Trois Villes”, en una perspectiva mesiánica, y que habría de ser un canto a la lucha del pueblo y a la Civitas del porvenir-. donde reivindicaba su derecho a “la utopía”. “Fécondité” (1899), es un canto a las familias prolíficas, como la de Mathieu Froment, el hermano de Pierre. “Travail” (1901), nos lleva por los caminos del sueño de una sociedad ideal, inspirada en las doctrinas de los socialistas precientíficos Enfantin y Fourier, y que ha organizado el joven ingeniero Luc Froment. “Vérité” (1903), que será su obra póstuma, venía a ser una transposición de l’Affaire Dreyfus, cuyo protagonista era otro Froment, el maestro de escuela Marc. Finalmente, un postrero volumen, que habría de titularse “Justice”, sólo quedó esbozado.

Novelas, abiertamente optimistas, en las que Zola parecía tener conciencia de coronar algo y de darle a su obra todo su sentido.

Sin llegar a ver la rehabilitación de Dreyfus, por la que tanto había combatido él, Émile ZOLA moría en la noche del 28 al 29 de septiembre de 1902, en su domicilio de la rue de Bruxelles, asfixiado por el CO, víctima de una –se sigue pensando-, obstrucción voluntaria de su chimenea; y su mujer Alexandrine Zola, trasladada al hospital, logrará recuperarse días depués. Extraña muerte -¿accidental, o consecuencia de un atentado antidreyfusard?-, que iba a suscitar una honda emoción en Francia y por toda Europa.

Tenía  62 años.

          En el momento de su muerte, este gran creador que fue Émile Zola meditaba una nueva saga novelística: “La France en marche”, que habría de tener como telón de fondo el transcurrir de la III República (como los Rougon-Macquart se habían desarrollado a lo largo del Segundo Imperio).

En los últimos años de esta truncada vida, Zola se venía interesando particularmente por la fotografía ¡esa grosera innovación que Baudelaire desdeñará por sacrílega y blasfema, al segarle al artista el vuelo de la imaginación creativa! Y de esa afición quedarán 2.000 placas, de entre las muchas otras que se han perdido.

Fue enterrado en el cercano cementerio de Montmartre el 5 de octubre siguiente, dejando a la opinión profundamente dividida, desde el ácido comentario de “Le Gaulois”, de tendencia monárquica: “Zola ha muerto de manera súbita. No tuvo tiempo de reconocer todo el mal que le ha hecho a Francia, ni de sentir pesar por ello” (30 de septiembre), hasta los laudativos comentarios de otros sectores de la prensa como el diario cercano a Clemenceau l’Aurore, que había publicado “J’Accuse!”: “Todo un gran pueblo va a acompañar a Émile Zola hasta su última morada” (5 de octubre).

Funerales de Zola en el Panthéon, 1908 (BNF)

Funerales de Zola en el Panthéon, 1908 (BNF)

Seis años después, sus restos serán trasladados solemnemente al Panteón parisiense de la colina Sainte-Geneviève, aquel 4 de junio de 1908. ¡Que no hay nada como ser la voz y el sentimiento del régimen político bajo el que uno muere!

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BECKER, Colette: Les apprentissages de Zola: du poète romantique au romancier naturaliste, 1840-1867; Presses Universitaires de France, 1993.
BLOCH-DANO, Évelyne: Chez les Zola: le roman d’une maison; Ed. Payot et Rivages, 2017.
GERMÈS, Sophie: La religion de Zola: naturalisme et déchristianisation; París, H. Champion, 2003.
GUILLEMIN, Henri: Zola, légende et vérité; Utovie, colección H.G., primera edición en 1960, a la que han seguido otras..
KELLNER, Sven: Émile Zola et son oeuvre; Dole, les Deux colombes, 1994.
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MALINAS, Yves: Zola et les hérédités imaginaires; París, Expansion scientifique française, 1985.
MITTERAND, Henri: Zola, journaliste; Paris, Armand Colin, 1962. También: Zola et le naturalisme; P.U.F., “Que sais-je?“, 1986 (3ª ed. correg., 1999). Además de su global biografía en 3 vols.: “Sous regard d’Olympia, 1840-1870” (1999), “L’Homme de Germinal, 1871-1893” (2001) y “L’Honneur, 1893-1902” (2002).
NOIRAY, Jacques: Le simple et l’intense: vingt éudes sur Émile Zola; Classiques Garnie, 2015.
PAGÈS, Alain: Émile Zola, un intellectuel dans l’affaire Dreyfus; histoire de “J’accuse”; París, Séguier, 1991.
TROYAT, Henri: Zola; Flammarion, colección “Grandes Biographies”, 2002.

En español:

LE BLOND-ZOLA, Denise: Emilio Zola, lo que cuenta de él su hija; Zeus, cop.1931.
LEVIN, Harry: El realismo francés; Laia, Barcelona, 1974.
RUILS AMIGUET, Roberto: Del realismo al naturalismo en la novela francesa del siglo XIX; “la taberna” de Zola; Ed. Universal, 2015.
SANZ MIGUEL, Concha: Zola y Dreyfus: el poder de la palabra; Bellaterra, 2001.
VALIS, Noel Maureen; Leopoldo Alas y Zola: paralelismos y divergencias temáticas; Facultad de Filosofía y Letras, Centro de Lingüística hispánica, 1979.
VELOSO SANTAMARÍA, Isabel: Conocer a Émile Zola; Laberinto, 2012.
Zola y España: Actas del Coloquio internacional; (Lyon, septiembre, 1996); Univ. de Barcelona, 1997.

…además de numerosas adaptaciones para el cine y la televisión de parte de sus novelas, después de aquel “Assommoir” (1902), de Ferdinand Zecca, de los tiempos heroicos del cinematógrafo.

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