Catedral de Reims

Si bien ya había habido otra iglesia episcopal en el mismo lugar, corazón de la civitas, dedicada a María Madre de Dios y que databa del siglo V, en mayo de 1210, la ciudad de Reims veía cómo un incendio reducía a la nada su antigua catedral, construida en estilo prerrománico carolingio a principios del siglo IX.

Pero, desde los últimos decenios del siglo XII, una nueva forma de construir había irrumpido con fuerza, surgida en la cuenca de París, Île-de-France (con la remodelación de la vieja abadía de Saint-Denis, con Suger, entre 1130 y 1140, y en la catedral de Sens, al SE de París, comenzada hacia 1135), y que conocían ya por style français. Esa que -después de un primer empleo por Vasari, con intención peyorativa, en el siglo XVI-, comenzarán a llamar, a partir de los años 20’ del siglo XIX, con el término ahora especializado de “gótico” (en oposición al “románico”), No tardará en saltar a Picardía, Borgoña, Champaña, Inglaterra y España, adquiriendo en cada lugar matices particulares.

A la sobriedad escueta del primitivo estilo –en el que predominaban las masas sobre los vanos al exterior-, sucedía ahora el ansia por la verticalidad. Aunque se verán espléndidos ejemplos en iglesias, abadías y claustros, será sobre todo en las catedrales donde va a alcanzar su expresión más plena esta nueva forma esbelta, fina y expresiva de construir, que parecía desafiar las leyes de la gravedad, levantando altos pilares entrecruzados en la parte superior de las bóvedas en forma de ojivas –patrón originario que, con el tiempo y a partir del primer gótico, irá enriqueciendo la traza de su nervatura con fines decorativos-. El arco apuntado, que aseguraba presiones laterales menores que el de medio punto, va a ser uno de los elementos más característicos, a pesar de que él también pueda variar con el correr del tiempo en su propio perfil. Además, la gran altura que van a adquirir los nuevos templos hará que se desechen en el exterior los pesados estribos de la vieja arquitectura, creándose un nuevo juego de contrafuertes y arbotantes (apoyados estos, generalmente, en el arranque de la bóveda de ojiva), para formar una dinámica armadura de piedra. Los altos arbotantes, ademas de su función mecánica, tenían también la subsidiaria de canalizar el agua de lluvia procedente de las bóvedas, como las gárgolas.

Todo ello va a permitir, al fin, disminuir el espesor de los muros y -buscando crear interiores aéreos y luminosos-, abrir grandes ventanales en la fachada frontal y en las laterales, en forma de rosetones –elemento plenamente introducido partir de 1230-, y vidrieras de vivos colores, que vendrán a instruir sobre las Sagradas Escrituras a aquellos fieles, mayoritariamente analfabetos.

Durante el posterior apogeo del siglo XIII y más allá, hasta llegar a la versión del flamígero o florido (flamboyant), con ornamentación exuberante, la arquitectura de estos prestigiosos templos (erguidos en el centro de las ciudades para la nueva burguesía de comerciantes, artesanos y gremios), irá desarrollándose frecuentemente con altas flechas, ricamente adornados en el exterior con esculturas y estatuas naturalistas y, en el interior, con capiteles, arquivoltas y baquetones –molduras decorativas y estructurales- (por no citar aquí las tapicerías, pinturas, sillerías de maderas nobles, orfebrería y ornamentos de iglesia), que aliaban el sincero sentimiento cristiano de aquella sociedad con la idea de magnificencia y de grandeza para mayor honra de Dios.

Y la planta de una iglesia gótica presentaba, a ambos lados de la ancha nave central, otra nave más estrecha, a veces dos -absorbiendo generalmente, en este caso, por el exterior, los extremos de los brazos del crucero-, a lo largo de las cuales iban sucediéndose, en tramos sucesivos, las nuevas bóvedas de crucería.

Luego constataremos que el nuevo estilo de construir habrá correspondido al desarrollo de la vida urbana y al creciente fortalecimiento de un poder central.

Circulan rumores de que ha sido el propio arzobispo el inductor de aquel incendio, a fin de poder levantar una nueva catedral, más alta y grandiosa que la anterior. Y es en ese estilo en el que el arzobispo Aubry (o Albéric) de Humbert (¡en cuyo honor un buen vino de la región sigue llevando el nombre!), y su cabildo deciden construir la nueva catedral de Reims -bajo el reinado de Philippe II Auguste-, la cual se erigirá también en honor a Nuestra Señora. Y así fue como se colocó la primera piedra, aquel 6 de mayo de 1211.

Porque la construcción de la que llegará a ser uno de los ejemplos paradigmáticos de la arquitectura gótica francesa va a desarrollarse esencialmente a lo largo del reinado de Luis IX (1215-[1226-1270]), San Luis, para quedar solo concluida dos generaciones más tarde, en 1275, según los planos y plan de conjunto de su primer arquitecto Jean d’Orbais, conocedor ya de los precedentes arquitectónicos de Laon, Soissons y Chartres, que trabajó en Reims desde el inicio hasta 1231, y que llegó a terminar la girola. D’Orbais será sustituido por Jean-le-Loup, que trabajó hasta los años 1247/50 y terminaba, treinta años después, en septiembre de 1241, el coro, el crucero y dos tramos de la nave, y que el cabildo podía ya consagrar; también él terminará las portadas de la suntuosa fachada occidental. Corrían los mejores años del brillante medievo.

A Jean-le-Loup le seguirán Gaucher de Reims hasta 1259 aprox.; Bernard de Soissons hasta 1290/94, y Robert de Coucy (que trabajó en las partes elevadas de la fachada occidental, hasta el año 1311 de su muerte.

Ocupando una superficie total de 6.650 m2, la catedral de Reims -inscrita desde 1991 en la lista del patrimonio mundial de la UNESCO, junto con la vieja abadía de Saint Rémi de la misma ciudad-, ofrece un ejemplo de gótico pleno (gothique rayonnant), de dimensiones nunca alcanzadas hasta entonces, y de un perfil, en su interior, esbelto y estrecho. Su nave principal de 138 m., presenta una cabecera con abside, deambulatorio y cinco capillas laterales. La altura interior de la nave es de 37 m. dispuesta en tres niveles, así como dos estrechas naves laterales –nave norte y nave sur-, de 16 m. de alto interior, sin capillas adyacentes, a cada una de las cuales corresponden las tres portadas de la fachada Oeste. A media altura, el triforio, vestigio de la tribuna románica, sobre los arcos de las naves, es aquí galería ciega, con ventanas de cuatro huecos, y no de tres, como suele ser habitual, y corresponde a la apoyatura de la techumbre de las naves laterales; él mismo, aparece remontado, en cada tramo, por ventanales geminados.

El crucero, con una nave a cada lado y sus 49 m. por el interior, resulta ya más corto en sus dos brazos.

Las torres de la fachada oeste, solo serán acabadas en el siglo XV, ambas con una altura de 81 m.: la torre Sur se concluyó en 1435, y la torre norte, en 1472. En lo alto de la primera –por la que se asciende-, dos grandes campanas (bourdons): la “Charlotte” (de 10,6 tn. y 2,46 m. de diámetro), donada por el cardenal Charles de Lorraine en 1570, y la “Marie” (de 7,4 tn. y 2,2 m. de diámetro), que data de finales del s. XIX.
Las torres son muy caladas y transparentes y, como en Nuestra Señora de París, carecen de las flechas que, sin embargo, estaban previstas; porque, en este caso, los constructores que debían retomar una parte de los trabajos derivados de un nuevo incendio en el verano de 1481, no tenían ya recursos financieros suficientes, y las mentalidades estaban cambiando.

Y esta espléndida fachada principal –ordenada en altura en tres cuerpos-, presenta tres portadas: la de la izquierda aparece consagrada a la pasión de Cristo; el gran pórtico central, decorado con rosetón en su tímpano, a la glorificación de la Virgen María; y el de la derecha –con decoraciones y vidriera en su tímpano, como el de la izquierda-, representa el Juicio final; conjunto de tres enmarcado aún por uno menor a cada extremo, que solo ocultan contrafuertes, y todos rematados por gabletes.

El rosetón del segundo cuerpo, de 12 m. de diámetro, se nos muestra enmarcado en un arco ojival y en plano retraído, a cuyos lados, y en prolongación de los pórticos, arrancan las torres, en forma de ventanas geminadas largas y caladas.

Con la representación, en el centro, del bautismo de Clodoveo por San Remigio (Saint Rémi), por encima del conjunto aparece una larga galería de reyes y otros personajes, grandes estatuas, de 4,5 m. aprox., cada una, enmarcadas en nichos rematados de arcos apuntados, y con sus tradicionales atributos reales de corona, cetro…

Y el tesoro de la catedral, con tapicerías, estatuaria, relicarios y otros objetos de inestimable valor, se conserva hoy en el próximo palais du Tau, que antiguamente albergaba el palacio del arzobispado y donde se hospedaban los reyes de Francia cuando venian a coronarse.

Porque la catedral de Reims fue la sede privilegiada de las coronaciones de los reyes de Francia, hasta Carlos X en 1825, con el paréntesis derivado de la Revolución, período bajo el cual el suntuoso recinto quedó transformado en club y luego en almacén.

Aun constatando rituales similares en la Antigüedad, le Sacre, en el medio monárquico europeo, era un conjunto tradicional de ceremonias religiosas, al término de las cuales, la suprema autoridad le era concedida al rey, y la coronación constituía la parte principal del complejo ritual. Era ocasión para recordarle al nuevo soberano sus deberes de proteger a la Iglesia, obrar por la paz, asegurar la justicia y la misericordia como juez supremo que era, y perseguir la rapiña y la extorsión; a lo cual vino a añadirse, a partir del siglo XIII, velar por la unidad religiosa y perseguir las herejías.

Catedral de coronaciones, pues, desde que Clodoveo/Clovis se hiciera coronar en el año 496, aunque otros historiadores sostienen que la coronación de los reyes de Francia data de Pepino el Breve, en el siglo VIII. Catedral de reyes, Reims aparece sobreabundante en decoración de estatuas en fachada, ¡2.300, se llegan a contar!. Y en el centro de la galeria de reyes, por encima del porche central, podemos reconocer a Clodoveo (Clovis) en su pila bautismal, rodeado de Santa Clotilde y de San Remigio (Saint Remi), el oficiante.

Y fue trascendental aquella coronación del 17 de julio de 1429, cuando el rey Carlos VII, heredero de la rama Capeto de los Valois, era consagrado como rey en esta catedral, según el tradicional ritual. El abad de Saint-Remi, Jean Canard, trajo entonces solemnemente el santo crisma y lo depositó en las manos del arzobispo de Reims Regnault de Chartres, el cual iba a proceder a la consagración del rey, según las líneas generales de la tradición, salvo algunos quebrantamientos de detalle que el estado de guerra imponía. Gracias a JUANA DE ARCO, aquel al que llamaban le petit roi de Bourges, se convertía en el único rey legítimo de los franceses, para perjuicio de los ingleses, que no se habían ocupado hasta ese momento de coronar en lugar santo a su propio candidato, el joven Enrique VI.

El 4 de septiembre de 1914, a principios de la Primera Guerra mundial, la catedral fue afectada por un obús alemán, en el primer bombardeo de Reims; y luego, el 19 de septiembre, alcanzada por bombas incendiarias, que afectaron irreversiblemente a su armadura de madera y al plomo de los canalones que se derritió, y a la estatuaria y vidrieras; para sufrir luego diversos bombardeos durante cerca de cuatro años; hasta el punto de que, al final del conflicto, a pesar de ciertas medidas que se tomaron desde el inicio, el insigne edificio se hallaba profundamente deteriorado y casi en ruinas. Se pensó por un momento en mantenerlo en ese estado, a fin de mostrarle al mundo, lo que la opinión francesa llamó “la barbarie boche”. Pero el americano John Davison Rockefeller junior –cuyo nombre le ha sido dado a la calle que lleva al antetemplo de la catedral-, propuso entonces financiar gran parte de la restauración (particularmente la techumbre), la cual quedó confiada a Henri Deneux (1874-1969), arquitecto-carpintero de obra de gran talento –director de los Monuments historiques y ya al frente de los trabajos paliativos de protección desde 1915-, que, con la ayuda de algunos buenos colaboradores como Albert Nigron, se vuelca en cuerpo y alma en su nuevo cometido, empezando por la fastidiosa tarea de la limpieza de los inmensos escombros, paralelamente a la clasificación e inventariado de restos de estatuas y capiteles, siguiendo con la reparación de muros y bóvedas, y consolidando, finalmente, contrafuertes y arbotantes., hasta llegar a darle la brillantez de antaño.

En cuanto a la techumbre, enfrentándose a la falta de madera de construcción a la antigua, Deneux inventa un procedimiento de cemento armado con el que rehace todo un armazón general que nunca más habría de arder.

Y el 10 de julio de 1938, ¡cuando ya otra confrontación se anunciaba en el horizonte europeo! el cardenal Suhard y el presidente de la República Lebrun abrían solemnemente la catedral al público.
Maestros vidrieros contemporáneos y otros artistas, como los Jacques Simon, Marc Chagall trabajando con los azules, Duchemin, y el alemán Imi Knoebel, han venido igualmente a dejar aquí lo mejor de su talento.

Aun cuando hoy día, sigue viéndose amenazada por la degradación de la piedra, Notre-Dame de Reims continúa siendo uno de los más hermosos testimonios del arte gótico y de la estatuaria medieval, particularmente a través del famoso ange au sourire (cuyo original había sido esculpido entre 1236 y 1245, en los tiempos de Jean-le-Loup), que acoge a los fieles por encima del pórtico norte de la fachada occidental.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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