Feudalismo, El – en Francia

            Si bien el feudalismo fue el régimen social y político imperante en prácticamente toda Europa occidental, fue en Francia donde conoció su más plena y primigenia vigencia, entre los siglos IX y XIII, subsistiendo sus vestigios hasta la Revolución de 1789.
De hecho, tuvo eficacia sobre todo, en la Francia del norte, mientras en el Mediodía –tierra de vieja civilización romana-, subsistirán señores sin lazo de vasallaje, campesinos libres y alleux (alodios, patrimonios libres).

            En otros países de Europa, muchos rasgos del sistema feudal tendrán vigencia hasta el siglo XIX.
En Alemania, el sistema se extenderá más lentamente que en Francia, para resultar, al final, más duradero; arruinado en su lucha contra la Santa Sede, el poder imperial no pudo impedir la creación de grandes poderes feudales, laicos y eclesiásticos que iban a contribuir a la división del ámbito germánico hasta el siglo XIX.
Italia va a feudalizarse prácticamente al mismo tiempo que Francia, pero, con el renacer comercial, manifestado a partir del siglo XI, toda la fisionomía política y económica de aquella península quedó transformada por el desarrollo de las comunas o ciudades libres.
Un fenómeno similar sucederá en Flandes, aunque algo más tardíamente.
En Inglaterra, el feudalismo sólo será introducido a raíz de la conquista del duque Guillermo de Normandía, en 1066. No obstante, la monarquía inglesa, en los siglos XI/XII, conservará un prestigio mayor que las monarquías del continente, y ningún señorío llegará a ser suficientemente importante como para poner en aprietos a los reyes normandos.

Francia a mediados del siglo XII

Francia a mediados del siglo XII

            El desarrollo del feudalismo vino a corresponder con la desaparición, más o menos completa, del gran comercio marítimo, base de la economía mediterránea antigua, y  el subsecuente predominio, en adelante, de la propiedad de la tierra. El cierre por el Islam del Mediterráneo oriental fue la causa principal de la gran transformación económica de Europa a partir del siglo VIII.
Y aquel comercio sólo sobrevivió durante un cierto tiempo todavía, en dos puntos de Europa:

  • en los Países Bajos, relacionándose con las costas del norte, hasta el momento en que las invasiones normandas pusieron término a esa actividad, en la segunda mitad del siglo IX;
  • en Venecia (aunque el tráfico del puerto italiano, hasta los siglos XI-XII se vio muy obstaculizado por la piratería árabe y las convulsiones internas de Italia).
    Porque los Carolingios, si bien detuvieron a los árabes por tierra (Charles Martel, Poitiers, 732), no consiguieron arrebatarles el mar y, durante todo el siglo IX, el litoral mediterráneo de la Galia se vio arrasado por las continuas incursiones sarracenas.

            Semejante parálisis del comercio, pues, tan completa que hasta los mercaderes profesionales desaparecieron prácticamente desde la época carolingia, aceleró el declive de las ciudades, iniciado ya en el Bajo Imperio. Con las monedas de oro fuera de la circulación desde los tiempos de Carlomagno, la moneda, en general, dejó de desempeñar el principal papel en la economía, convirtiéndose como única base de riqueza y de poder la propiedad inmobiliaria.
Desde la época galorromana, la tierra estaba dividia en extensos dominios que cubrían miles de hectáreas, imposibles de cultivar directamente por sus propietarios. Y el problema del trabajo agricola se planteó entonces: al hacerse cada vez más inusual la esclavitud por la influencia moral del cristianismo, la escasez de moneda no permitía tampoco la figura del bracero asalariado, y así, el propietario se vio obligado a repartir sus propiedades y ponerlas en manos de colonos que las cultivarían a cambio de prestaciones personales (corvée) o contribuciones en especies; fue primero a título provisional, para ir arraigando su uso hasta hacerse perpetuo y hereditario, debiendo el colono y sus herederos continuar cumpliendo los servicios reclamados por el primitivo dueño de la tierra. Pero, de hecho, el propietario ya no poseía realmente, limitándose su propiedad a ser “un derecho trascendente, la simple y pura facultad de exigir determinados servicios” (Joseph Calmette: “la Société féodale”).
Con los servicios públicos sucedía lo mismo que con el trabajo agrícola. Carlos Martel, a principios del siglo VIII, dio ejemplo, al distribuir entre sus guerreros “beneficios”, es decir tierras, de las que el beneficiario habría de gozar en usufructo. En principio, tal beneficio era precario, pero dado el interés del rey por asegurarse de padres a hijos, aquellas fidelidades, dicho beneficio, por evolución natural, se hizo hereditario, y la ordenanza de Kierzy-sur-Oise, de Carlos el Calvo (Charles le Chauve), en vísperas de su partida para Italia (junio de 877) sólo vino a consagrar un estado de hecho, arraigado paulatinamente a lo largo del siglo IX: Era le nacimiento del feudalismo.
Así vino a producirse una verdadera desintegración de la propiedad. El dominio sobre la tierra -del rey o de los grandes propietarios-, se transformó e idealizó, ya no era un auténtico derecho de poseer, sino únicamente un “jus eminens”, derecho de exigir el cumplimiento de determinados deberes.

            Pero el feudalismo no sólo resulta de una disolución de la propiedad, sino también del Estado mismo, en el sentido romano del concepto. El vasallaje, esto es, los lazos de dependencia de hombre a hombre, tiene un orígen a la vez romano (el patrocinium, que agrupaba en torno a personalidades influyentes un grupo de “clientes”) y germánico (el comitatus que muestra, en torno a un caudillo, a jóvenes que el jefe armaba y mantenía, ligados a él por un juramento y entre los que distribuia una parte del botín). Sin embargo, en la monarquía merovingia, que había asumido las tradiciones romanas de Estado, ya no aparecen esos agrupamientos en torno a un particular; sólo en torno al monarca: era la “trustis”, escolta de elite formada por antrustiones, que prestaban ante el rey un juramento especial para servirle de guardia personal.

            El vasallaje medieval es ya otra cosa. El vasallo, personaje esencial del feudalismo, constituye una novedad que aparece en el siglo VIII, en el contexto de la decadencia merovingia, cuando las luchas entre los maires du palais (mayordomos de palacio), llevan a estos a reunir en torno a su persona a facciones nobiliarias. Unido al rey por juramento, el mismo vasallo se asegura en torno a sí a otros hombres (la ordenanza real de Mersen, del año 847, generalizará la institución, obligando a todo hombre libre a ligarse al rey o a uno de sus fieles). Desde la época carolingia, la entrega personal comienza a suplantar a la idea del Estado. Y la unión entre el beneficio y el vasallaje se convierte en práctica normal: el rey paga a sus vasallos dándoles el disfrute de una parte de sus dominios, y el vasallo del rey hace lo mismo con sus propios vasallos, con lo que los feudos van multiplicándose.

            El poder real alentará esa tendencia, ya que la red de vasallajes simplificaba la tarea del monarca: sólo tendrá que dirigir y controlar a sus vasallos directos, los cuales dirigirán a los suyos.
Pero la generalización del sistema iba también a debilitar la cohesión de Estado, porque el vasallo comenzó a comportarse cada vez más como un propietario de hecho; es cierto que la confiscación del beneficio estaba prevista si el vasallo no cumplía con sus obligaciones, pero el ejercicio de esa posibilidad no tardó en convertirse en un fuerte pulso: frente a sus vasallos, ahora el rey no podía contar con sus funcionarios, ya que la misma función pública se había feudalizado: los condes carolingios se apropiaron de su función como cosa suya, la cual acabó convirtiéndose en hereditaria en el 877 (coincidiendo con la muerte de Carlos II el Calvo), y se forman dinastías de duques y de condes (la más peligrosa de las cuales será la de los Robertianos o Capetos, que acabará derrocando a la realeza carolingia).
Enfrentado a esa usurpación, el rey hubo de apelar entonces, muy a su pesar, a un recurso desesperado: la inmunidad, por la cual él concedía a un vasallo el beneficio de sustraerse a la acción de los agentes reales y de ser únicamente responsable ante su persona. Pero esta institución venía a agravar aún más la desintegración política, pues el exento vivirá, en adelante, completamente independiente, sin otro control que el de un soberano lejano y claudicante.

            En el siglo X, la evolución del feudalismo llega a su máximo desarrollo. La pirámide comprende en su cúspide al rey, que sólo es señor de señores y ve cómo se interpone entre él y su pueblo, toda una red de dependencias personales y derechos particulares sobre los que ya no tiene poder alguno. Cada gran vasallo era prácticamente el amo en el marco de su feudo y, por la extensión de la inmunidad, había acaparado los antiguos derechos de regalía: controlaba puentes y vías de comunicación, vigilaba los mercados, redactaba reglamentos de policía e impartía justicia.
Los principales grandes vasallos fueron en Francia los duques de Normandía, de Bretaña, de Borgoña y de Aquitania, y los condes de Flandes, de Anjou, de Champaña y de Toulouse. Algunos prestaron vasallaje al rey, y otros sólo teóricamente, sin relación con él. Casi todos eran tan poderosos como el monarca mismo, que poseía, sobre todo, posesiones en la región comprendida entre París y Orleáns (era el llamado domaine royal).
El Estado se había fragmentado literalmente en una multitud de pequeños estados y señoríos cuyo imponente castillo (château), con su formidable torreón (donjon o torre del homenaje), sus diversos patios y dependencias, sus murallas fortificadas y su puente levadizo, venia a simbolizar la independencia política.
A finales del siglo XI y durante el siglo XII, la situación irá cambiando lentamente a favor del rey, quien, no obstante su debilidad inicial, siempre había tenido a su favor dos bazas:

  • La institución feudal llamada Cour du roi, o asamblea  de todos su vasallos.
  • Su carácter, de alguna manera, religioso, al haber recibido una especie de sacramento: le sacre.

            Pero el movimiento feudal no hubiera calado tan hondo si no hubiese respondido a una necesidad imperiosa. Las invasiones normandas (de 840 a 911), a las que siguieron las invasiones húngaras del siglo X, desempeñaron aquí un papel decisivo. Ante la carencia del poder real, que no disponía ahora de los recursos necesarios para asegurar la defensa del país, la resistencia hubo de organizarse en torno al señor y a su castillo-fortaleza. Y la inseguridad general condujo a los últimos hombres libres a entrar, a su vez, en la red del vasallaje, y a los pequeños propietarios a ceder sus tierras a los grandes, para recibirlas inmediatamente a título de feudo, con ayuda y protección.
Fue esa inmensa necesidad de protección, sentida por todos en la Alta Edad Media, lo esencial del feudalismo. Desde lo alto hasta la base de la sociedad se tejieron lazos recíprocos de asistencia y fidelidad, confirmados por ritos visualizadores y estructurantes:

  • El homenaje (hommage), ceremonia que sellaba la relación feudal entre el vasallo y su patrón (senior), y cuyo origen era la commendatio merovingia y carolingia. El primero, de rodillas, ponía sus manos entre las manos de su señor (o le llegaba a besar el pie, en algunas regiones), y se declaraba su hombre para determinado feudo. Se distinguían, no obstante, el hommage lige (homenaje ligio), único e incondicional, y el hommage plan –o plane-, u ordinario, que permitía a un vasallo ya comprometido, prestar juramento limitado a otro señor.
  • El juramento de fe (serment de foi < sacramentum), que pronto se hará sobre el Evangelio y pilar de todo el sistema, por el cual el hombre libre –ahora vasallo-, reincorporado por su suzerain con un beso y ya en pie, se comprometía a servirle. Lo que de él esperaba su señor era sustancialmente, consejo y asistencia para impartir justicia y estar a su lado en caso de guerra (service d’ost, principal ocupación de los señores); también ayuda económica en cuatro casos concretos: rescate del suzerain o su partida para la cruzada, boda de la hija de su señor o entrada en la orden de caballería de su hijo primogénito. El serment había de repetirse con los cambios de persona, ya del señor, ya del vasallo.
  • La investidura (investiture), por la cual el señor, después de haber recibido el juramento de su vasallo, entregaba al feudatario un objeto –bastón, lanza, ramita verde…- símbolo del feudo o del beneficio, y este lo recibía.

            Y la sociedad fue estructurándose, paralelamente, en tres grandes órdenes: oratores (clero), bellatores (nobleza guerrera) y laboratores (los que trabajaban, esencialmente el campesinado, por quienes rezaban los primeros, y a quienes defendían los segundos. Y, en torno a este sistema general de órdenes y feudalidad, que así fue constituyéndose, van a ir surgiendo un conjunto de reglas, desarrolladas lentamente y referidas unas al régimen de la tierra, y otras a la condición misma de las personas, que será el derecho feudal (aun con aportaciones de origen no consuetudinario: constituciones imperiales de Federico I [1155-1190], Enrique VI [1191-1197], Federico II [1212-1250], y ordenanzas de reyes de Francia, como Felipe-Augusto, San Luis…).

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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BOUTRUCHE, Robert: Seigneurie et féodalité, l’Apogée (XI-XIII siècles); Paris, Aubier, Éditions Montaigne, 1970.
CALMETTE, Joseph: La société féodale; Armand Colin, múltiples ediciones desde 1940.
DUBY, Georges: Qu’est-ce que la société féodale?; Flammarion, 2002 y Le Grand livre du mois, 2011. También: La société chevaleresque; Flammarion, 1988 y 2008.
FLORI, Jean: Chevaliers et chevalerie eu Moyen-Âge; Hachette-littératures, 1998; y A. Fayard, varias ediciones, entre ellas 2010.
GANSHOF, François-Louis: Qu’est-ce que la féodalité?; Tallandier, varias ediciones, entre ellas 1989; y Hachette, 1993.   
LEMARIGNIER, Jean-François: La France médievale: institutions et société; A. Colin, 2010 [reprod. facsimilar],
RIGAUDIÈRE, Albert: Pouvoir et institutions dans la France médievale; T. II: “Des temps féodaux aux temps de l’État”; A. Colin, varias ediciones, entre ellas 1998.

En español:

BARRERAS, David: Breve historia del feudalismo; Nowtilus, 2013. 
BONNASSIE, Pierre: Estructuras feudales y feudalismo en el mundo mediterráneo (siglos X-XIII); Barcelona, Crítica, 1984.
GODECHOT, Jacques: La abolición del feudalismo en el mundo occidental; Siglo Veintiuno, 1979.
MARTÍNEZ ÁLVAREZ, Patricia: La Europa carolingia y el feudalismo: la semilla de un nuevo orden; EMSE EDAPP, , Barcelona, 2016.
POLY, Jean-Pierre: El cambio feudal; Labor, 1983.
SÁNCHEZ ALBORNOZ, Claudio: En torno a los orígenes del feudalismo; Istmo, 1993. VALDEÓN BARUQUE, Julio: El feudalismo; Madrid, 1992.
VILAR, Pierre: El feudalismo; Madrid, Sarpe, 1985.

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