Médicis, María de — (1573-1642)

            Hija del gran duque de Toscana Francisco Iº y de Juana, archiduquesa de Austria, María de Médicis nacía en Florencia el 26 de marzo de 1573.
El 16 de diciembre de 1600, con 27 años, se desposaba con Enrique IV de Francia, que tenía 49 y ya estaba en sus segundas nupcias, después de que, preocupado por asegurarle descendencia a la dinastía, hubo repudiado a Margarita de Valois.
Y el 27 de septiembre de 1601, dará a luz al futuro Luis XIII; luego vendrán Isabel en 1602 (Élisabeth), que casará con Felipe IV de España; Cristina en 1606 (Christine), que casará con Victor-Amadeo de Saboya; Gastón de Orleáns en 1608; y Enriqueta-María (Henriette), en 1609, futura reina consorte de Inglaterra.
Poco a poco María irá aprendiendo las características del Reino y sus rasgos consuetudinarios, los resortes de las finanzas del Estado y sus recursos, la especificidad de la iglesia galicana, el lugar de los hugonotes en la política francesa y la exigencia, para la paz civil, de mantener el edicto de Nantes que su esposo había promulgado en 1598.

            Pero, aunque hermosa en sus años jóvenes, María era temperamental y vindicativa, y no tardará en fatigar al rey con sus escenas conyugales, hasta verse, frecuentemente, desdeñada por su marido en lo conyugal.
Sin embargo, gracias a su temple de carácter y su presencia de ánimo, se verá confiar la Regencia de ausencia, en el momento en que su esposo preparaba la guerra contra España (ver ”La Remise de la Régence”, de Rubens). Ya el pintor flamenco Frans Pourbus el Joven la representaba, a finales de 1609, de cuerpo entero y revestida del suntuoso manto real de flor de lis.
Porque Enrique IV no deseaba mantener en las proximidades del poder a los príncipes de la sangre (Henri II de Bourbon príncipe de Condé, el príncipe de Conti o el conde de Soisson). Y, a tal efecto, María fue coronada en Saint-Denis el 13 de mayo de 1610, víspera del aciago día en que el rey iba a sucumbir bajo las cuchilladas de Ravaillac. Y el 15 de mayo, ella será confirmada regente en nombre de su hijo Luis XIII.

Médicis, Marie

            En efecto, acusada por algunos, a media voz, de haber incitado al asesinato de su marido por Ravaillac, y, aun cuando los pretendientes a tan relevante función no faltaban, María de Médicis fue nombrada inmediatamente Regente por el Parlamento, en lit de justice presidido por el joven heredero.
Y lo fue, particularmente, a instancias del duque de Épernon, para apoyarse, durante un tiempo, en los que quisieron llamar despectivamente “barbons”, dejados por Enrique IV, en una política preservadora de la acción anterior y de la paz civil, como simple regente de minoria que era.

            El 21 de noviembre de 1615, casaba a su hijo heredero con Ana de Austria -hija de Felipe III de España-, y a Élisabeth (Isabel de Francia) con el futuro Felipe IV. “Mariages espagnols” ya concertados en 1612; porque, a la concordia interior que ella deseaba (respetando los acuerdos del Edicto de Nantes e incentivando el “mercantilismo” económico seguido por el rey difunto), María de Médicis buscaba añadir también la paz exterior.

            Pero acabó apartando a los eficientes consejeros del rey difunto, abandonó sus grandes proyectos contra la Casa de Austria, y se acercó a los sectores “devotos” para gobernar.
Y, sometida a la influencia de sus codiciosos favoritos: Leonora Galigaï (que había sido su dama de compañía en el palacio Pitti y que, luego, la había seguido a Francia), y su marido el aventurero también florentino Concini -enseguida nombrado marquis d’Ancre y maréchal-, María provocó la fuerte irritación de la alta nobleza y hubo de hacer frente a la agitación de los malcontents, con el príncipe de Condé a la cabeza, a partir de la apertura de los Estados Generales en 1614, convocados para intentar evitar la guerra civil, y que llegará a tener, otra vez, naturaleza religiosa con la adhesión al movimiento de jefes calvinistas. Con ellos hubo de firmar, el 6 de mayo de 1616, el tratado o paz de Loudun, por el que la corona cedía, como en los tiempos de las guerras de Religión, cinco ciudades de seguridad, y aceptaba la entrada de Bourbon-Condé en el Consejo.
Así gobernará Maria de Médicis, de 1610 a 1617, prolongando su regencia más allá de la mayoría de edad del rey (octubre de 1614), bajo la figura de “chef du Conseil”, posición que parecía conferirle ahora la libertad de imprimir su propio rumbo a la política.

Médicis, Marie (jardin du Luxembourg)

            Pero las tensiones no habían cesado y Henri II de Bourbon-Condé llegó a ser apresado en pleno Consejo y enviado a la Bastilla primero, en septiembre de 1616, y luego a la fortaleza de la cercana Vincennes, donde será retenido hasta 1619.
Y fue constituido un ministerio de combate dos meses después, con Richelieu en la Guerra y en Asuntos Exteriores, Claude Barbin en Finanzas y Claude Mangot como ministro de Justicia (garde des Sceaux). Todo bajo la protección, ahora, del ávido Concini, convertido en el personaje más importante del Consejo

            Sin embargo, el joven Luis XIII venía soportando aquella tutela de su madre con impaciencia –¡ella que “sólo” era la mère du roi!-; y, en el llamado “coup de majesté”, con el apoyo de Charles d’Albert de Luynes, ordenó el apresamiento de Concini, que venía ejerciendo el poder con no poca altanería y dominio, al que acusaban, junto con su mujer, de utilizar sortilegios y malas artes a fin de seguir manteniendo su influencia sobre María de Médicis. Concini fue abatido por el puñal del capitán de la guardia Vitry, aquel 24 de abril de 1617. Y su mujer Galigaï será decapitada en place de Grève en julio siguiente.
Convertido en favorito del joven rey, Luynes comenzaba a gobernar, y será, prácticamente, hasta su muerte en 1621.

            María de Médicis, entretanto, exiliada en Blois desde principios de mayo de 1617, acabará evadiéndose dos años después, gracias a la complicidad de Épernon, para emprende entonces una insensata guerra contra su hijo, hasta acabar siendo vencida en la conocida como “drôlerie” –o payasada- de Ponts-de-Cé, el 7 de agosto de 1620, con la defección de algunos de sus aliados antes del combate.
Junto con Pierre de Bérulle, Richelieu, que le debía sus inicios en política, ofreció sus interesados oficios para reconciliarla con su hijo. Y así fue. Pero, recuperado su puesto después de la muerte de Luynes, María de Médicis acabará alarmándose por la creciente influencia del cardenal, su ascendiente sobre el rey y el giro antiespañol que empezaba a darle a la política exterior su antiguo protegido.

            Aprovechando una enfermedad de Luis XIII durante el conflicto de Mantua (1627), María quiso arrancarle la caída en desgracia y el apartamiento del ministro para después de la guerra. Aquella paz fue firmada, efectivamente, en octubre de 1629, pero el rey no daba señales de querer poner en ejecución lo prometido. María resolvió entonces bascular abiertamente hacia el “partido devoto”, que venía criticando acerbamente la costosa guerra que Richelieu le hacía a los Habsburgo y reclamaba una reorganización de la administración y de las finanzas del Reino.

            Pero la conocida por “Journée des Dupes”(10/11 de noviembre de 1630), la va a alejar a ella, esta vez para siempre, de los negocios del Estado, después de que el rey –puesto en la tesitura-, tomara la definitiva resolución de optar por el todopoderoso ministro frente a su madre.  No sólo el cardenal fue confirmado, sino que Luis XIII dejó en sus manos la suerte de sus enemigos, con los Marillac en cabeza de la lista. El Garde des Sceaux Michel de Marillac fue encerrado en Châteaudun donde morirá en 1632, y su hermano el mariscal Louis de Marillac, detenido en Italia, será decapitado ese año. La que será santa Luisa de Marillac era su sobrina.

            Retenida durante unos meses en el château de Compiègne, María de Médicis logrará evadirse en julio de 1631, para pasar al extranjero. Y vivirá en Bruselas, en adelante, y en Londres y en Colonia finalmente, donde, continuando siempre sus intrigas contra Richelieu, acabará muriendo el 3 de julio de 1642, sin haber podido regresar a Francia.

            La corrupción de algunos de quienes la rodeaban, sus aparatosas intrigas a veces y, sobre todo, la eficacia de la propaganda de sus adversarios, particularmente de Su Eminencia el Cardenal han conseguido adherir a su figura una mala reputación, en el período de su regencia, pero ella supo preservar incólume la herencia de su hijo en tiempos azarosos.
Amante de las artes, protegió a Philippe de Champagne, y mandó construir a Salomon de Brosses el palais du Luxembourg en París (según el modelo del palacio Pitti de su infancia), reuniendo allí a los mejores artistas de su tiempo como Rubens, cuyo ciclo apologético de veintisiete lienzos (1622-1625),  narrando su vida, para decorar una de las alas del palacio, debería ir seguido de otro ilustrando los hechos de Enrique IV, del que, inconcluso, sólo fueron realizados la “Bataille d’Ivry” y la “Entrée triomphale d’Henri IV à Paris”, expuestos todos hoy en el Louvre. A María de Médicis se le deben igualmente el conocido paseo parisiense del Cours-la-Reine (1616) y el acueducto de Arcueil.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CARMONA, Michel: Marie de Médicis; le Grand livre du mois, 1981; Marabout, 1984 y Fayard, 1988.
CASTELOT, André: Marie de Médicis, les désordres de la passion; Perrin, 1995 y France-Loisirs, 1996.
DUBOST, Jean-François: Marie de Médicis, la reine devoilée; Payot, 2009.
GALLETTI, Sara: Le palais du Luxembourg de Marie de Médicis, 1611-1631; (trad. del it.) 
KERMINA, Françoise: Marie de Médicis, reine, régente et rebelle; Perrin, 1979 y 2010.
MALANDIN, Claude: L’enfant roi et sa mère; Louis XIII et Marie de Médicis; Je publie, 2008. 
MUHLSTEIN, Anka: Reines éphémères, reines perpétuelles: Catherine de Médicis, Marie de Médicis, Anne d’Autriche; Paris, A. Michel, 2001.

Deja un comentario