Monarquía de Julio, La — (1830-1848)

            La impericia del primer ministro Polignac y la testarudez de Carlos X habían provocado el derrocamiento de los Borbones. Pero los vencedores de Julio no se mostraban de acuerdo entre ellos.
Porque, de hecho, había sido un pequeño grupo de republicanos los que habían dirigido el levantamiento popular y mandado levantar las barricadas. La mayoría de los diputados que acababan de ser elegidos en los comicios del 3 de julio sólo deseaban la aplicación liberal de la Carta Otorgada (Charte Octroyée); para ellos, la República representaba la aventura y probablemente la anarquía.

            Gracias a esas divergencias, una intriga pudo desarrollarse en favor del primo del rey depuesto, el duque de Orleáns. Sus autores afirmaban que sería “la mejor de las repúblicas”, y las Cámaras le recibieron el 30 de julio como “teniente general del Reino” –según lo que, por otro lado, quedaba previsto en el acta de abdicación de Carlos X-. Y el nuevo “lieutenant- général du royaume”, obtuvo un simulacro de consagración popular: tuvo el coraje de personarse en el Hôtel de Ville, cuartel general de los republicanos, y allí abrazó ante el pueblo al viejo La Fayette (que por entonces tenía 73 años), al que consideraban “héros des deux Mondes” y símbolo vivo de las ideas republicanas. Y el Orleáns arrancó así la aclamación de la muchedumbre. ¡Lo más difícil estaba hecho!

Monarquía de Julio. el nuevo rey prestando juramento la Carta revisada

            Días después, y una vez que hubo prestado juramento a la Carta, apresuradamente revisada el 7 de agosto, fue reconocido rey, tomando el título de Louis-Philippe, roi des français, (9 de agosto).     

            El mismo título de rey de los franceses (no rey de Francia) y la adopción de la bandera tricolor (no la blanca de los Borbones), manifestaban el deseo de apartar toda referencia al Antiguo Régimen; pero, de hecho, la ruptura con la Restauración era más aparente que real, pues la Carta revisada sólo difería de la del 4 de junio 1814 en:

  • La supresión del preámbulo.
  • La supresión del art. 14 que decía: “El rey es el jefe supremo del Estado (…) y hace los reglamentos y ordenanzas necesarios para la ejecución de las leyes y la seguridad del Estado”.
  • En el hecho de que la religión católica ya no era considerada religión de Estado
  • En la prohibición de restablecer la censura de la prensa.

…además de que los franceses, en adelante, no serían considerados súbditos, sino ciudadanos.

            Posteriormente, se introducirán otras pequeñas reformas de detalle, como la rebaja del censo electoral de 300 a 200 francos y del de elegibilidad de 1.000 francos a 500, por la ley de 19 de abril de 1831; también la elección de los consejos departamentales y locales por sufragio restringido y la abolición del carácter hereditario de la dignidad de Par de Francia.
Reformas que convenían a una burguesía que aceptaba, como garantía de orden social, un rey “casi legítimo”, pero al que exigían que acatara sin restricciones los principios de 1789 y no gobernara rodeado de la vieja aristocracia hereditaria. Francia continuará viviendo, pues, como en la Restauración, bajo una monarquía censitaria; pero en su seno se instauraba ahora el reino de la burguesía. Como llegará a decir el propio Luis Felipe, monarquía que pretendía instalarse en el “juste milieu”.
Del tránsito de un momento político a otro y en el marco de multitud de rasgos comunes, va a plantar Honoré de Balzac el ambiente y personajes de sus Eugénie Grandet, le Père Goriot, la Maison Nucingen

Monarquía de Julio – Luis Felipe

            El nuevo rey, nacido en París, en octubre de 1773, descendía del duque de Orleáns, hermano de Luis XIV, allá en el siglo XVII, y de su hijo el Regente; y por las mujeres, de Luis XIV mismo. Era el unico hijo legítimo varón y superviviente de Luis-Felipe duque de Orleáns, (Philippe-Égalité), propietario del parisiense Palais-Royal, de donde habian salido varios tumultos revolucionarios, y que había votado en la Convención la muerte de su primo Luis XVI, antes de ser guillotinado él mismo.
Educado severamente, el joven Louis-Philippe había servido en los ejércitos de la Revolución en Valmy y en Jemmapes, y había abandonado Francia, luego, al mismo tiempo que su jefe Dumouriez, con la caída de los girondinos. Mal visto por los demás emigrados, había vivido aislado y pobre en Suiza y en los Estados Unidos, sin haber combatido nunca contra su patria. En 1809, reconciliado ya con los Borbones, se había desposado con Marie-Amélie (1782-1866), hija del rey de las Dos Sicilias Ferdinando IV, con la que iba a tener ocho hijos llegados a adultos:

  • Ferdinand-Philippe (1810, muerto en accidente de coche en Neuilly-sur-Seine en 1842); había casado con Helena de Mecklemburg-Schwerin
  • Louise (1812-1850), que, al desposarse con Leopold I de Bélgica, será primera reina de los belgas,
  • Marie (1813-1839), que casará en octubre de 1837 con el duque Alexandre de Wurtemberg (1804-1881),
  • Louis (1814-1896), duque de Nemours, que, casará en abril de 1840, con Victoria de Sajonia-Cobourg Kohary (1822-1857),
  • Clémentine (1817-1907), que casará con Augusto de Sajonia-Cobourg
  • François (1818-1900), príncipe de Joinville, que casará, en mayo de 1843, con Francisca Carolina de Braganza (1824-1898), hija del emperador del Brasil Pedro I y hermana de María II de Portugal,
  • Henri, duque de Aumale (1822, muerto de tuberculosis en Australia en 1897),
  • Antoine (1824-1890), duque de Montpensier, que casará, en octubre de 1846, con Luisa Fernanda de Borbón (1832-1897), hija de Fernando VII y de María Cristina.(Françoise, 1816-1818, y Charles, 1820-1828, no llegarán a la edad adulta; y salvo Henri todos tendrán posteridad)

            Regresado a Francia en 1814, volvió al exilio durante los Cien Días, pero sin acompañar a Luis XVIII a Gante.
Reinstalado con la Segunda Restauración en el Palais-Royal, donde recibía a menudo a burgueses y a viejos generales del Imperio, Luis-Felipe vivía sin ostentación con su mujer y sus ocho hijos: los chicos iban al lycée (enseñanza secundaria); y en las veladas la buena duquesa y sus hijas hacían tapicería y otras labores. Si Luis XVIII había mirado con cierta desconfianza hacia el Palais-Royal, su hermano Carlos X había tratado al duque amistosamente y no se podría decir que este haya intrigado contra él; pero su posición familiar, su pasado y sus opiniones entreveradas de liberalismo, se habían impuesto a los ojos de la oposición.
Y este hombre maduro, algo tosco de andares y ademanes, pero excelente esposo y padre, que detestaba la caza y administraba sus bienes con la escrupulosidad de un buen padre de familia, el burgués parisiense podía encontrárselo paseando cualquier mañana, en sencillo atuendo, su paraguas bajo el brazo, quitándose el sombrero y estrechando algunas manos, amable siempre y familiar.

            Pero esa bonachonería que buscaba la popularidad, ocultaba mal un fuerte sentido de la autoridad: Luis-Felipe se sentía orgulloso de descender de Enrique IV el bearnés, y se considera más capaz de gobernar que cualquier otro. Y es cierto que nunca rey más perspicaz e instruido de los problemas europeos había subido al trono de Francia. Carente al mismo tiempo de escrúpulos y del entusiasmo romántico de muchos de sus contemporáneos, actuará a menudo con una cazurrería y astucia cercanas a la falsedad. Pero su coraje, su mansedumbre y su entrega al bien público y a la paz, le conferirán una especie de grandeza.

            Pocos regímenes han conocido comienzos tan difíciles: el pueblo de París sufría del paro y del hambre (situación que había coadyuvado decididamente a la caída de Carlos X), hasta que llegaron las cosechas de 1832; bonapartistas y republicanos le apremiaban en los clubs o pretendían fiscalizar su gestión gubernamental en los sociedades secretas, y las más variopintas delegaciones venían a arengar al rey; O se producían manifestaciones reivindicativas en las calles, de ambiente amable y bonachón unas veces, y otras con carácter abiertamente insurreccional.
El 20 de diciembre de 1830, con ocasión del proceso de Polignac y de tres de sus ministros, hubo que llevar a los acusados a Vincennes por sorpresa, para evitar que los manifestantes congregados los lincharan tumultuariamente. Y el 13 de febrero de 1831, una misa aniversario en memoria del duque de Berry se celebraba en Saint-Germain-l’Auxerrois, cuando la chusma invadió la iglesia, antes de ir a saquear el arzobispado.

            Y los partidarios del nuevo régimen se dividían ante el grave problema del mantenimiento del orden; los hombres del “mouvement” representantes de la pequeña burguesía, querían calmar al pueblo introduciendo más reformas, mientras que los de la “résistance” pretendían atenerse al régimen de la Carta revisada y restablecer el orden por la fuerza si fuese necesario.

            El primer ministerio formado a los pocos días de la instauración del régimen no tenía un verdadero jefe, pero en noviembre el nuevo rey se decidió a llamar al más popular de los hombres del “movimiento”, el banquero Lafitte (1767-1844), de cabeza exaltada y que, como los revolucionrios de 1792, decía querer llevar la revolución a Europa (Polonia, Italia); y, luego que este hubo mostrado su incapacidad, a Casimir Périer (1777-1832), como jefe del gabinete y ministro del Interior, el 13 de marzo de 1831. Périer era banquero también, pero más tenaz y autoritario, y buen representante del principio de la resistencia: una de las primeras cosas que hizo, por la ley de 22 de marzo de 1831, fue reorganizar la guardia nacional, compuesta de burgueses que se equipaban ellos mismos y elegían a sus oficiales, para hacer de ella el sostén del régimen, bajo las órdenes de las autoridades civiles (pero, cuatro años después, será disuelta en más de veinte capitales, al ver los notables el peligro creciente de ver armados a los obreros y artesanos).
Perier reprimirá seis complots, tres insurrecciones, se enfrentará a cuarenta días de levantamientos e intentará ochenta procesos a la prensa de oposición;.

            Una de las insurrecciones reprimidas por Périer, la de los canuts de Lyon (nov.-dic., 1831), no tenía carácter político, pero su naturaleza puramente social inquietó por ello aún más a la alta burguesía. Había entonces en la ciudad de Lyon 40.000 obreros de la seda, que dependían de 10.000 jefes de taller, los cuales recibían los pedidos de trabajo de los empresarios-fabricantes. Pero Inglaterra venía mostrándose una fuerte y creciente competidora, y los salarios habian bajado un 75% desde la época del Imperio. Contando con la opinión favorable del prefecto, los obreros exigían un aumento de sus jornales, que acabó por ser impuesto administrativamente. Pero algunos fabricantes se negaban a aplicar las nuevas tarifas, y los obreros se pusieron en huelga violenta. El 22 de noviembre de 1831 el movimiento insurreccional controlaba ya la ciudad, que Périer decidio entonces recobrar por la fuerza. El 2 de diciembre, el mariscal Soult entraba a la cabeza de un verdadero ejército.          

            Entretanto, aparecido en la India hacia 1817, el cólera pestilencial había acabado por llegar a Europa a través de Rusia, en 1829. Y en la primavera de 1832, la epidemia causaba estragos en París, de la que Périer vino a ser víctima mortal.
Pero el ambiente de desordenes cotidianos, poco a poco se había ido calmando.

            Los comienzos del régimen de Luis-Felipe tampoco fueron fáciles en sus relaciones con Europa, porque los soberanos no querian reconocer al “rey de las barricadas”, el usurpador, aquel que habia subido al trono, vulnerando la legitimidad, y temían una vuelta de Francia a la política de conquistas. De hecho, los hombres del “mouvement” hablaban de sostener a las fuerzas liberales más allá de las fronteras y de reconquistar la margen izquierda del Rin, cuando los de la “résistence” decían no querer entrar en guerras sino en caso de amenazas para el país. “La paix sans qu’il en coûte rien à l’honneur” –decía Périer-.

            La alerta más grave tuvo lugar a propósito de Bélgica. El 25 de agosto de 1830, los belgas se rebelaron contra el rey de los Países Bajos, el cual llamó en su ayuda a las potencias absolutistas. Luis-Felipe comprendió que Francia debía entenderse en este asunto con Inglaterra: envió a Talleyrand como embajador a Londres (1830/31) y éste negoció directamente con el ministro inglés Palmerston. Plenamente de acuerdo ambas potencias, impusieron el reconocimiento de la independencia belga y -aunque los naturales hubieran preferido a un príncipe francés-, dieron como rey al nuevo país, en junio de 1831, a Leopoldo I, de la familia de Sajonia-Cobourg, emparentada con la familia real de Inglaterra, y expulsaron a los holandeses de Anvers (1832).

La evolución del regimen en el interior:

            A pesar de los éxitos obtenidos, el régimen de Luis-Felipe no conseguirá nunca arraigar en el país. Porque se manifestaban ya corrientes de opinión más diversas que bajo la Restauración, ajenas unas a la política corriente, otras tratando de llevar al régimen hacia determinado programa política, y otras, finalmente, irreductiblemente hostiles.
            En los tiempos siguientes a la revolución que ha elevado a Luis-Felipe, tienen mucho éxito entre las clases ilustradas los sansimonianos, indiferentes a la forma de gobierno y que representaban cierta idea de socialismo o, cuanto menos, de presocialismo. Saint Simon (1760-1825), precursor de la filosofía positivista y de la ciencia social, había imaginado un mundo que sería gobernado racionalmente por los industriales (“productores”), con el hundimiento del Antiguo Régimen y el advenimiento de la sociedad industrial; y sus discípulos vinieron a transformarse, bajo la impulsión de Enfantin, en una especie de secta. Condenados, precisamente en 1830, por asociación ilicita, sus miembros se dispersarán, abandonando sus reivindicaciones sociales, hasta convertirse algunos en promotores de las nuevas sociedades de ferrocarriles o de nuevas empresas bancarias. Y desempeñarán, en tanto que tales, un importante papel en la sociedad de su tiempo.
Y los católicos liberales comenzaron a mostrarse preocupados por que la Iglesia Católica no se comprometiera. El clérigo bretón Lamennais fundaba, en octubre de 1830, el periódico L’Avenir, en el que defendía la alianza del catolicismo con la libertad. El papado acabó condenando el periódico, y sus discípulos se sometieron; uno de ellos, Montalembert, va a convertirse en el gran defensor de la libertad de enseñanza.

            Si esos movimiento no representaban prácticamente ningún peligro político, tres partidos se mostraron enseguida violentamente hostiles a la nueva monarquía.

  • Los legitimistas, nostálgicos de la aristocracia rural, partidarios de “Enrique V” (Henri V), y que se apoyaban en zonas del país tradicionalmente fieles a los Borbones. Desde 1832, la duquesa de Berry, habiendo desembarcado en Provenza, comenzó a intentar levantar a los vandeanos en favor de su hijo. Pero acabó siendo entregada por traición y encerrada en la fortaleza de Blaye (Gironda), donde vino a dar a luz a una hija, lo cual desacreditó al partido, reducido  desde entonces, a una oposición de salón.
  • Los bonapartistas representados -después de la muerte, en 1832, del hijo de Napoleón, el duque de Reichstadt, “l’Aiglon”-, por Luis-Napoleón Bonaparte (hijo de Louis Bonaparte, ex-rey de Holanda, y de Hortense, hija dee Josefina), que se erigió en pretendiente. En 1836, en Estrasburgo, Louis-Napoleón intentó levantar a la guarnición; y en 1840, aprovechando un retorno de popularidad de su causa con motivo del regreso de los restos del Emperador desde Santa Elena a los Inválidos, desembarcó cerca de Boulogne. Fue encarcelado en el fuerte de Ham (Somme), pero consiguió evadirse en 1846.
  • Los republicanos, herederos de la tradición jacobina, más peligrosos aún, no por su número, sino por su organización en sociedades secretas y su entrega. Reclamaban el sufragio universal y la soberanía del pueblo (Garnier-Pagès, Arago, Raspail, Cavaignac).

            El 5 de junio de 1832, con ocasión de los funerales del general Lamarque (uno de los suyos), pretendieron marchar contra las Tullerías, y sólo dos días después consiguió el gobierno aplastar los últimos restos de la insurrección rue du cloître Saint-Merry (cerca del Hôtel-de- Ville). Y en abril de 1834, levantamientos simultáneos tuvieron lugar en París y en Lyon, que únicamente pudieron ser reprimidos después de sangrientos combates.
Después de eso, desaparecieron los disturbios, pero empezaron a multiplicarse los atentados directos contra el rey. Tras el de Fieschi (28 de julio de 1835), que causó 18 muertos y provocó gran conmoción que jugó a favor del gobierno, los ministros de Broglie y Thiers consideraron oportuno limitar la libertad de prensa por las leyes de septiembre de 1835. Pero no consiguieron acabar con las sociedades secretas que se iban reclutando, cada vez más, entre el proletariado.

Aunque apenas estaban representados en la Cámara, legitimistas y republicanos contaban con sus propios periódicos: La Gazette de France, La Quotidienne, para los primeros; y Le National y La Réforme -además de muchas otras hojas modestas que ridiculizaban al soberano o a los ministros con caricaturas-, para los segundos.

            Los que sí eran partidarios del régimen, venidos del antiguo partido liberal, contaban, pues, con una aplastante mayoría parlamentaria, pero estaban divididos en fracciones mal avenidas:

  • los conservadores (la antigua résistance), que se expresaban a través del Journal des Débats, de los hermanos Bertin.
  • la izquierda dinástica (gauche dinastique), cuyo órgano más cercano era Le Siècle, y que reclamaba una ampliación de las libertades reconocidas en la Carta.
  • otros grupos intermedios, que se solían expresar a través de Le Constitutionnel.

            Pero las querellas entre jefes parlamentarios -oradores de talento a menudo-, jugaban un gran papel: en los Pares, el duque de Broglie y el flexible Molé (1781-1855) eran de sensibilidad conservadora; pero en la Cámara baja, si se escuchaba con respeto a Odilon Barrot (1791-1873), jefe de la izquierda dinástica, era, sobre todo, el enfrentamiento entre el protestante Guizot (1787-1874), elocuente profesor venido de Nîmes, y el marsellés Thiers (1797-1877), primero periodista y luego historiador, que había descollado desde muy temprano en los primeros puestos de la política.

            Las rivalidades políticas, pues, pero también las intrigas del propio monarca, deseoso de dirigir de hecho la marcha del gobierno, causaron, de 1832 a 1839, una gran inestabilidad ministerial. En mayo de 1839, un audaz complot de la sociedad secreta les Saisons, le hizo sentir al rey la necesidad de un primer ministro capaz de llevar las responsabilidades del gobierno. Luis-Felipe llamó a Thiers, con quien no consiguió entenderse, y luego a Guizot, que va a ser ministro de 1840 a 1848.
Y de acuerdo con el rey, Guizot decidió practicar una política de inmovilismo, rechazando todo proyecto de reforma; pensaba que la estabilidad haría al país más próspero, y que, con el desarrollo, la mayoría de los ciudadanos se agruparía en torno al régimen. Para lo cual, va a utilizar medios discutibles: favores a las circunscripciones que elegían a los suyos y control creciente del voto de los diputados, ¡de los cuales, el 40%, de un total de 450, eran funcionarios!

            Pero el descontento iba creciendo entre las clases ilustradas que quedaban fuera del corte censitario.
La oposición a Guizot quiso entonces promocionar a lo largo del país el proyecto de una doble reforma: la incorporación a la Cámara de “capacidades” (titulares de ciertos diplomas o miembros de algunas profesiones) y una ley sobre incompatibilidades que habría de excluir a los funcionarios de la representación parlamentaria. Para hacerlas triunfar, la oposición, con Odilon Barrot a la cabeza, quiso organizar por todo el país una campaña de banquetes, al final de los cuales, sus oradores atacaban al ministerio (1847).
Coincidía ello con una crisis económica en la que el gobierno no tenía ninguna responsabilidad y que se extendía por toda Francia, como por el resto de Europa: el hambre y la penuria llegaron de nuevo al medio rural y la miseria de los obreros, en las ciudades, era grande. Sin embargo, la prosperidad del reino constituía la justificación misma de la política de Guizot; la crisis venía a debilitarla y algunos escándalos financieros hábilmente explotados por sus enemigos vinieron a añadirse a la zozobra general.

            Todo ello explica la intensa agitación provocada por la organización de un banquete en París señalado para el 22 de febrero de 1848, que el ministerio decidió prohibir en el último momento. Las manifestaciones se volvieron tan virulentas que Luis-Felipe se resignó a despedir a Guizot. Pero, en las últimas horas del 23, una violenta refriega ante el ministerio de Negocios Extranjeros, donde todavía se alojaba el ministro dimisionario, causó la muerte de 20 manifestantes. A un puñado de republicanos se le ocurrió pasear los cadáveres por las calles de París, en una carreta a la luz de la antorchas y, al día siguiente 24, la ciudad se  cubría de barricadas.            La izquierda dinástica, promotora de aquellos banquetes y de la agitación que los acompañó hasta el final, se veía ahora rebasada por los demócratas (utilizando la acepción de la época), y Odilon Barrot fue, a su pesar, uno de los responsables de la caída de la monarquía cuyo advenimiento él había saludado.
La guardia nacional, la mayoría de cuyos miembros seguían sin ser electores y que gritaban “Vive la réforme!”, mostró también su hostilidad. Desalentado, Luis-Felipe abdicó ese 24 de febrero, en favor de su nieto el conde de París (1838-1894, primogénito de Fernando-Felipe de Orleáns, ya muerto), abandonó la Capital disfrazado en dirección a Dreux, embarcó el 2 de marzo en Le Havre y morirá en Inglaterra, en el castillo de Claremont (Surrey), el 26 de agosto de 1850. Sus restos descansan hoy, junto al cuerpo de su esposa, en la Chapelle royale de Saint-Louis (Dreux).
No era cuestión de simples reformas. Los insurrectos de febrero de 1830 invadieron el parlamento (Palais-Bourbon) y proclamaron la II República, la cual, como se verá, no va a traer, precisamente el pan del necesitado.

La política extranjera y colonial del régimen

            Deseoso de verse admitido por los diferentes gobiernos europeos, el nuevo régimen había adoptado, al principio, una política exterior relativamente pacífica, y enseguida hubo un acercamiento a Gran Bretaña cuando surgió la cuestión belga (toma de Anvers, 1832).
Pero también quería imponerse; se ocupó Ancona en el Adriático, de 1832 a 1838 donde se mantuvo una guarnición para defender los Estados Pontificales contra los piemonteses.
Y Francia se vio aislada durante un tiempo por su política en el Próximo Oriente:
El 15 de julio de 1840 se firmaba en Londres un tratado para oponerlo a Francia que apoyaba al pachá de Egipto Mehemet Alí en su enfrentamiento con el sultán; eran sus signatarios el gobierno británico de Palmerston, Austria, Prusia y Rusia, potencias que, por el contrario, no deseaban el desmantelamiento del Imperio Otomano. Deseando dar satisfacción a la opinión liberal y a los bonapartistas -siempre sensibles al prestigio francés en el exterior y que veían en este tratado una resurrección de aquel de Chaumont contra Napoleón-, el ministro Thiers a punto había estado de lanzar a Francia a la guerra y había puesto París en estado de defensa; pero Luis Felipe retrocedió y Thiers hubo de dimitir, para ser sustituido por el cauteloso Guizot en octubre de 1840.
Y la política de entendimiento con Gran Bretaña se volvió a reanudar en 1841 (“entente cordiale”), entre dificultades que creaba el clima mutuo hostil entre las opiniones públicas inglesa y francesa; y otras derivadas de la rivalidad colonial, como el caso Pritchard, en alusión a aquel pintoresco personaje, a la vez consul, misionero y farmacéutico británico que se empeñaba en impedir la entrada en Tahití de misioneros católicos franceses.

            Pero también Guizot llegó a enemistarse con Palmerston vuelto al poder, con ocasión del peliagudo caso suscitado por lo que en Francia llamaron “les mariages espagnols” (la joven reina Isabel de España se casará, finalmente, en octubre de 1846, con su primo Francisco de Asís de Borbón, y su hermana Luisa Fernanda se unía a Antoine de Orleáns, duque de Montpensier, hijo de Luis Felipe).
Y así, Guizot se acercó al viejo Metternich, y aceptó la ocupación por Austria de Cracovia, último jirón independiente de Polonia.
Pero en 1848, Francia se hallaba diplomáticamente aislada.
No obstante, con la conquista de Argelia y la adquisición de factorías (comptoirs) en el África Negra, en Extremo Oriente y en el Pacífico (Tahiti, 1843), la monarquía de Luis Felipe, bajo capa de pacifismo, había extendido, también ella, su imperio colonial, partiendo de aquellos restos de los siglos XVII y XVIII en la India, en Canadá, en Guyana y en algunos otros puntos dispersos. Y ello había sido posible gracias a una notable recuperación naval iniciada ya bajo la Restauración

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

ANTONETTI, Guy: Louis-Philippe; Le Grand livre du mois, 2002.
BORDONOVE, Georges: Louis-Philippe, roi des Français; París, France-Loisirs, 1991 y Pygmalion, 2009.
BROGLIE, Gabriel de: La Monarchie de Juillet, 1830-1848; Le Grand livre du mois, 2011.
HAURANNE, Duvergier de –, Prosper: Histoire du gouvernement parlementaire en France, de 1815 à 1848; (Michel Lévy freres, 1857-1872).
GUIZOT, François: Louis-Philippe Ier, roi des Français, 1840-1847; Clermont-Ferrand, Paleo cop 2007
HERVÉ, Gisèle: Casimir Périer; París, Alinéa Developpement, 1997.
JARDIN, André: La France des Notables. 2-La vie de la nation (1815-1848); A.Jardin, A.-J. Tudesq; Seuil, 1992.
PONTEIL, F.: L’éveil des nationalités et le mouvement libéral; Presses Universitaires de France, 1960.
ROBERT, Hervé: Louis-Philippe et la monarchie parlementaire; Denoël, 1990; también: La Monarchie de Juillet; CNRS éditions, 2017.
TEYSSIER, Arnaud: Louis-Philippe, le dernier roi des Français; Paris, Perrin, 2010.
VIGIER, Philippe: La Monarchie de Juillet; Presses Universitaires de France, 1962 (diversas ediciones posteriores).

Deja un comentario