Restauración, La – de los Borbones (1814-1830)

            Los Borbones no fueron restablecidos en Francia por una meditada reflexión de los Aliados vencedores de Napoleón. Porque, cuando todavía sus ejércitos avanzaban hacia Paris, seguían dudando acerca del régimen del que habrían de dotar a la Francia posnapoleónica. Austria deseaba una regencia de la emperatriz María Luisa (hija, al fin, de su corte), durante la minoría del rey de Roma; el zar, ya descontento con las intrigas entre ingleses y austríacos, quería tratar con deferencia a los franceses, dándoles un régimen que les agradase. Único soberano en desplazarse a París con los ejércitos aliados, Alejandro se dejó seducir por la idea de una restauración de los Borbones, por las artes de su anfitrión Talleyrand y el control que ejercía sobre una ciudad como Burdeos, en medio del delirio popular, la influyente sociedad realista les Chevaliers de la foi.
En ausencia del pretendiente, retenido en Inglaterra por una crisis de gota, el conde de Artois consiguió hacerse reconocer el 14 de abril de 1814 como lieutenant-général du royaume (es decir revestido, para circunstancias excepcionales de la autoridad real); y con ese título ejerció el gobierno hasta la llegada de su hermano, el 3 de mayo. El día anterior, éste, por la llamada “Déclaration de Saint-Ouen” (que le redactaron dos conspícuos realistas, Blacas y Vitrolles), se había comprometido a darle al país instituciones liberales y un régimen representativo, y a considerar inviolable la venta de los llamados “bienes nacionales” (expoliados y comprados generalmente a vil precio durante la Revolución).
Compromiso entre el Antiguo Régimen y lo adquirido con la Revolución y el Imperio, Luis XVIII aceptaba, pues, sin atarse las manos, los grandes principios de la nueva Francia.

            La familia de los Borbones en 1814.-

            En su conjunto, la población se resignaba al regreso de sus antiguos reyes, aun cuando muchos les acusaban de haber llegado en los furgones del extranjero. El Oeste de Francia y el Mediodía, exasperados por la conscripción militar obligatoria, se hallaban, desde hacía un tiempo, en rebelión contra el “ogro corso”, y no ocultaban su entusiasmo; pero el Este, más “patriota”, es decir donde la ideología revolucionaria había calado más, sólo aceptó el acontecimiento como un mal menor, después de la devastación de la guerra inseparable de la derrota. Más generalmente, los soldados y el pueblo bajo de las ciudades mantenían su afecto a la memoria del Emperador vencido; pero los campesinos y, sobre todo, la burguesía, veían con alivio el final de las continuas guerras.

            El jefe de la familia de los Borbones y heredero del trono era el antiguo conde de Provenza (comte de Provence, 1755-1824), posiblemente el mas inteligente de los tres hermanos, quien, a la muerte del pequeño Luis XVII, en la prisión del Temple en 1795, habia tomado el título de Luis XVIII.

Restauración – Luis XVIII

            Era un hombre de sesenta años, prematuramente envejecido, con cierto aire de majestad, corpulento y medio deforme ya, incapaz de montar a caballo y casi de andar. Intelectualmente, seguía sintiéndose un hombre del siglo XVIII, aficionado a los rasgos de ingenio y a los versos insignificantes de salón, sin convicciones religiosas, y que, allá en el viejo Versalles, había exhibido opiniones contrarias a la Corte para hacerse popular. Pero su aparente bonachonería ocultaba mal su tendencia al engaño y la trapacería. Regresado después de veinticinco años de exilio a un país que ya había olvidado, se aplicará poco en conocerlo mejor.
Y, sin embargo, dos rasgos de su personalidad hacían que, en él, el rey valiera más que el hombre: la prudencia política y un sentido elevado de la dignidad de su corona.
Aludiendo a su hermano, Luis XVIII decía: “Os quejáis de tener un rey sin piernas, ¿qué diréis cuando tengáis un rey sin cabeza!” Sin embargo, el conde de Artois (1757-1836), gallardo jinete, afable con todos, no carecía de ciertas cualidades morales, ¡lástima que su inteligencia limitada y su testarudez le hicieran incurrir en los prejuicios de los realistas más extremados que venían a considerar a los moderados como traidores! Llegado a rey, Carlos X se persuadió de que debía gobernar personalmente a unos súbditos de los que él habría de responder ante Dios; y este mediocre soberano conducirá a los Borbones a un segundo y definitivo exilio.
El conde de Artois no se entendía bien con su hermano Luis XVIII, pero manifestaba un vivo afecto por sus propios hijos -fruto de su matrimonio con Marie-Thérèse de Savoie-, incapaces, sin embargo, de aconsejarle:

  • Su hijo mayor, Louis-Antoine d’Artois, duque de Angulema, más bien timido y no muy hábil socialmente, se había desposado con su prima, hija de Luis XVI y de María Antonieta, la huérfana del Temple (donde los revolucionarios habían dejado morir ignominiosamente a su hermano pequeño); de ella había dicho Napoleón alguna vez que era “el único hombre de la familia”; pero, de temperamento naturalmente huraño, se mostraba muy hostil a cuanto había representado la Francia de 1789.
  • Y el menor, el vanidoso Charles-Ferdinand, duque de Berry, que había servido en el ejército de Condé, era odiado por los liberales. No reconocido un primer matrimonio por su familia, en segundas nupcias, se había casado en 1816 con una frívola princesa napolitana: Maria Carolina de Borbón-Sicilia, y caerá asesinado en febrero de 1820.

Restauración – Luis XVIII

La Carta de 1814.-

            A Luis XVIII le gustaban las formas y maneras de Antiguo Régimen, pero no tenía una hostilidad sistemática hacia la nueva Francia y comprendía que había que transigir en algunas  cosas. Lo primero que hizo, al llegar en 1814, fue tomar al paticojo Talleyrand como primer ministro y, al regreso de Gand (despues del susto de “los Cien Días” de Napoleón), en junio de 1815, le añadió el regicida Fouché. “El vicio apoyado en el brazo del crimen” -dirá Chateaubriand en sus Memorias de Ultratumba, viéndoles pasar por las antecámaras de las Tullerías.

            La Carta promulgada en 1814 llevaba la marca por un lado de torpezas de forma y por otro de un espíritu conciliador en cuanto al fondo. Y es que su preámbulo la presentaba como “otorgada” (octroyée) por un rey que decía encontrarse en su decimoctavo año de reinado, como si la Revolución no hubiera tenido lugar. Pero fundaba un régimen inspirado en la vida política inglesa de la época, ya que:

  • Aseguraba a los franceses las libertades fundamentales de pensamiento, prensa y culto (aun cuando la religión católica volvía a ser religión de Estado)
  • Proclamaba la igualdad de todos ante la ley.
  • Confiaba el poder ejecutivo al rey y el legislativo a la colaboración del monarca con las cámaras.
  • Preveía dos cámaras: una Chambre des Pairs, nombrada por el rey (que eligió, desde 1814, sobre todo a dignatarios del Imperio) y hereditaria; y una Chambre des Députés, elegida por sufragio muy censitario en los departamentos. A partir de 1817, los ciudadanos que pagasen 300 francos de impuestos directos fueron electores, y los que pagasen 1.000, elegibles. Bajo la Restauración hubo siempre menos de 100.000 electores para toda Francia.

            Si bien es cierto que ese régimen no era “democrático” según los parámetros que hoy se entienden, al menos era liberal (lo que no había sido el despótico Imperio y que Napoleón quiso remediar a toda prisa durante los Cien Días).

            La primera Restauración y los Cien Días

            Menos de un año después de su regreso, la monarquía se había hecho tan impopular que complots militares llegaron a descubrirse y en algunas partes la población se manifestaba contra la nobleza y el clero.
Esa alienación de la nación era debida a las torpezas del poder y a los errores de sus partidarios.
Luis XVIII había restaurado los servicios de la Corte, creado compañías de guardias de corps, cuyos hombres, a menudo jóvenes nobles, nunca habían servido y tenían sueldo de oficiales. Había restablecido también los regimientos suizos, poco queridos desde la Revolución. Al mismo tiempo, licenciaba a los veteranos del ejército imperial, y ponía a muchos de sus oficiales en demi-solde. Sobre todo, la bandera tricolor, que habia ondeado por Europa (¡es verdad que a costa de la sangre de muchos patriotas españoles, polacos, rusos…, que, cuanto menos, valían tanto como los franceses!), era sustituida por la bandera blanca (le drapeau blanc), y se prohibía cantar la Marsellesa.
Pero el regreso a Francia de los emigrados más intratables, que no habían querido volver a su patria con el Imperio, o que habían servido contra Francia en los ejércitos aliados, exasperaba aún más a la mayoría de la población. Porque se dispersaron por todo el país, arrogantes y amenazadores, hablando de represalias, asegurando que acabarían haciéndoles devolver los bienes nacionales, y hostigando con sus solicitudes al nuevo gobierno.
Tal atmósfera de irritación y descontento explica la facilidad con la que Napoleón pudo volver de la isla de Elba, para ser desalojado sólo por la derrota de Waterloo.

                                                                 o    0    o

            Las libertades instauradas por la Carta permitían la creación de partidos políticos que,  desde 1815, van a pedir el voto de los electores censitarios.

  • El partido ultrarrealista (ultra-royaliste), cuyos miembros reprobaban las concesiones hechas por Luis XVIII, querían restringir las libertades concedidas por la Carta y restablecer ciertos privilegios, en particular el mayorazgo y otros a favor de la Iglesia Católica. Se nutría, particularmente, de nobles y sus familias.
  • el partido liberal, o indépendants, partidario de las libertades consagradas en 1789. Su fidelidad a los Borbones estaba condicionada a que estos, no sólo respetaran la Carta, sino que reinaran sin gobernar. Representaba, sobre todo, a la burguesía.

            La oposición de esos dos partidos simbolizaba la antigua Francia y la nueva. Si cuestiones importantes, como la de los bienes nacionales, les separaban, eran los respectivos ideales de vida los que los diferenciaban: los primeros desearían volver a las tradiciones del Antiguo Régimen, los segundos se sentían afectos a las ideas del siglo XVIII, de donde había salido la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano.
En medio de esos dos partidos hostiles, algunos, los constitutionnels, quisieron intentar la reconciliación, declarando que habría que fundar el nuevo régimen sobre el texto de la Carta, aplicada lealmente en su integridad (“rien que la charte, mais toute la charte”), y reconociéndole al rey, además, un papel de gobierno, porque –decían- “el trono no es un sillón vacío”. Algunos –como Royer-Collard o Guizot- expresaban esas ideas con mucho énfasis y fueron llamados “doctrinaires”.
En la Cámara de los Diputados, los ultras se sentaban a la derecha del presidente, los liberales a la izquierda y los constitucionales en el centro.

            El 7 de octubre de 1815, tuvieron lugar elecciones en medio de las pasiones exacerbadas por la segunda abdicación del Emperador. Y la cámara resultante dio tan amplia mayoría ultrarrealista (350 para 402 escaños), que incluso al rey -que la calificó de “chambre introuvable”-, le pareció excesiva. Enseguida se iba a señalar por sus posiciones en favor de la vuelta al Antiguo Régimen, su clericalismo y la instauración de una especie de terror blanco legal. Luis XVIII hubo de disolverla el 5 de octubre de 1816, antes de que su extremismo viniera a comprometer al régimen mismo.
Justo antes de las elecciones, insurrecciones populares se habían desencadenado en el Mediodía, donde el pueblo menudo se mostraba ardientemente realista. Se les dio el nombre de “Terreur blanche”, en oposición al terror de los años de la República. Bonapartistas fueron degollados, como el general Brune en Aviñón; y en Toulouse o Nîmes, burgueses protestantes fueron asediados por obreros católicos.
Y la nueva cámara impuso jurisdicciones de excepción contra los cómplices de los Cien Días; entre los funcionarios o los generales que fueron entonces víctimas de aquella violencia, el más ilustre fue el mariscal Ney, condenado a muerte por la Chambre des Pairs y fusilado.

            Luis XVIII vino a inquietarse de esas violencias y, si bien hubo de deshacerse del ministerio Talleyrand-Fouché -sin autoridad en las Cámaras-, fue para llamar al duque de Richelieu, un emigrado leal, moderado y desinteresado que, como gobernador de Crimea que había sido, se había ganado la estima del zar Alejandro; y, a despecho de los ultras, sostuvo también la política de apaciguamiento del nuevo ministro de la policía Decazes, antiguo funcionario imperial, insinuante y acomodaticio, del que llegará prácticamente a hace su valido; y cuando en 1818, Richelieu se retiró, Decazes se hizo todopoderoso.
Él había sido el que, en septiembre de 1816, había aconsejado a Luis XVIII que disolviera aquella “chambre introuvable” y que convocara a nuevas elecciones. Estas fueron favorables a los constitucionales con quien Decazes va a intentar “nacionalizar al rey, y hacer realista a la nación”. La libertad de prensa fue mejor definida por una ley de 1819, muy favorable a los periódicos que se multiplicaron entonces. Y el voto de una ley militar dio ocasión al ministro de la guerra, el mariscal Gouvion Saint-Cyr, de pronunciar el elogio del ejército imperial (1818); ley que venía a fijar las reglas de reclutamiento y de ascensos, que eran las del Imperio, y los nobles no obtenían ningún privilegio particular.
Furiosamente atacado por los ultras, Decazes era considerado demasiado moderado por los liberales, que ganaban escaños en la Cámara, la cual se renovaba entonces, por quintos, cada año. Únicamente la confianza de Luis XVIII le mantenía en el poder.

            El 13 de febrero de 1820, un obrero, Louvel, atentaba a las puertas de la Ópera contra el duque de Berry, que allí encontró la muerte. El asesino, republicano fanático, pensaba extinguir así la raza de los Borbones; pero sus cálculos quedaron frustrados, pues la duquesa de Berry dara a luz un hijo póstumo el 29 de septiembre siguiente, “l’enfant du miracle”, que más tarde llevará el título de Henri V.
La familia real y los ultras atribuyeron el asesinato a la debilidad de Decazes, y Luis XVIII tuvo que despedir a su favorito.

            El rey llamó entonces de nuevo al duque de Richelieu, que hizo votar medidas reclamadas por la derecha: el restablecimiento de la censura de los periódicos y la ley del doble voto para las elecciones legislativas (junio de 1820), gracia a la cual, los electores más ricos, a menudo grandes propietarios agrarios, votarían dos veces.
El resultado fue el regreso masivo de los ultras a la Cámara de los Diputados, renovada enteramente. Y forzaron a Richelieu, en diciembre de 1821, a dejar el poder, sustituyéndolo por uno de los suyos. Entre estos, el rey eligió a Joseph de Villèle, un  modesto hidalgo de Toulouse, competente en materia financiera y más sensato que la mayor parte de sus colegas de bancada, que rechazaba alguna de las exageraciones de su partido. Apoyándose en el rey, Villèle va a impulsar una política relativamente moderada hasta 1824.           

            Sin embargo, las nuevas medidas en prensa y elecciones parecían cerrar la vía legal del poder a la oposición liberal; y una fracción de esta volcó hacia la acción violenta de las sociedades secretas.
La más importante iba a ser la Charbonnerie o Carbonarisme (el Carbonarismo, los Carbonarios), importada del reino de Nápoles, donde había funcionado, paradógicamente, en favor del Borbon Ferdinando IV expulsado del trono, contra el intruso Murat; y luego, ya movimiento liberal, para expulsar a los austríacos y contra el autoritarismo. Sus miembros se agrupaban en la base en “ventas” municipales de diez miembros. Por encima, se hallaban las ventas departamentales y, en la cúspide, una venta suprema o comité central, la haute vente, presidida, un tiempo, por La Fayette. Los carbonarios debían obedecir ciegamente a las órdenes recibidas. Y en su seno se codeaban republicanos, bonapartistas, burgueses, obreros, estudiantes y demi-soldes, nostálgicos de la Grande Armée. De 1820 a 1823 la Charbonnerie iba a provocar una serie de levantamientos chapuceros, fácilmente reprimidos por el poder. Si la ejecución de cuatro sargentos (les quatre sergents de la Rochelle), jóvenes idealistas que habían participado en un complot, conmovió a la opinión pública y sirvió para alimentar, durante un tiempo, fáciles imágenes populares, las sociedades secretas se desacreditaron pronto, tanto por la excesiva prudencia personal, si no cobardía, de sus jefes, como por sus fracasos.
Y, en 1824, cuando los ultras no se enfrentaban ya a ninguna oposición activa en el país, vino a morir Luis XVIII.

                                                               o    0    o

            Al subir al trono tras la muerte de su hermano, Carlos X -antes conde de Artois que con su frivolidad había animado otrora los salones del brillante Versalles de María Antonieta-, había manifestado enseguida su fidelidad de pensamiento al Antiguo Régimen, haciéndose coronar en Reims, a la vieja usanza de la monarquia. De él se podría decir cabalmente aquello que los liberales atribuían, no sin malicia, a todos los realistas: “Ils n’ont rien oublié ni rien appris”, porque Luis XVIII, sí había aprendido ciertas cosas, y alguno de sus ministros también.
Venido del reinado anterior y a fin de ocupar el poder para no cedérselo a algunos de sus colegas de partido, nostálgicos del Antiguo Régimen, el ministro Villèle propuso una serie de medidas reclamadas por los ultras, que vinieron a irritar profundamente a la burguesía:
Por la ley del milliard aux émigrés (mil millones para los emigrados), hizo indemnizar a aquellos cuyos bienes habían sido expoliados y luego vendidos durante la Revolución; ley bien pensada, por otra parte, por cuanto ella venía a calmar los recelos de aquellos compradores de biens nationaux (bienes nacionales), que ya no verían pender sobre su adquisición (a menudo a vil precio y en condiciones especulativas), la hipoteca de una siempre posible medida de retrocesión hacia sus antiguos propietarios. Los emigrados recibieron rentas de 3%, representando, de hecho, un capital de 630 millones, y aquellos bienes nacionales, así consolidados, se revalorizaron enseguida. Pero la oposición liberal fingió escandalizarse por aquel  dinero sacado del presupuesto público.
Y hubiera querido Villèle restablecer el derecho de primogenitura (droit d’aïnesse) o, al menos, favorecer al primogénito, a la hora de repartir sucesiones importantes, a fin de reconstruir una aristocracia rústica hereditaria; pero hubo de renunciar.
También dejó votar a los extremistas de su partido una rigurosa ley contra el sacrilegio, dirigida a quien hubiese profanado hostias consagradas. Si bien de imposible cumplimiento, parecía una bravata dirigida a la opinión anticlerical del país, al hacer de la presencia real de Cristo en la Eucaristía una verdad oficial.
Propuso, asimismo un nuevo régimen de prensa, que hubiera suprimido toda oposición al gobierno en los periódicos.
Y mandó disolver la guardia nacional de París (garde nationale).

            Pero Villèle se encontraba con dificultades crecientes. La Cámara de los Pares (Chambre des Pairs) -refugio de los Talleyrand, del bonapartismo y de un nucleo duro de liberales- rechazó la ley sobre la prensa, y aquella tarde-noche los parisienses iluminaron. Una parte de los ultras se separó de él para agruparse en una contraoposición de derecha en torno a Chateaubriand, su gran rival (no más reaccionario como suele afirmarse- ver su evolución posterior-, pero oportunista y  ambicioso), al que había hecho expulsar del ministerio, como ministro de Asuntos Exteriores, en las postrimerias del reinado anterior. Esta nueva oposición protestó al lado de los independientes contra las medidas que restringían las libertades.
Contando con la activa energía de los prefectos en los departamentos, Villèle quiso apelar entonces a los electores. Pero una sociedad, apresuradamente organizada, la llamada Aide-toi, le ciel t’aidera, contrarrestó su acción.
La nueva mayoría le era hostil, y Joseph de Villèle acabó dimitiendo en enero de 1828.
Carlos X llamó entonces para formar gobierno a Martignac, un diputado de la derecha moderada, el cual, paralizado entre los deseos contrarios de las Cámaras y del rey, tomó la decisión de retirarse en agosto de 1829.

Ministerio Polignac

            Y el monarca, que buscaba reforzar su autoridad y se mostraba inquieto por los progresos de la oposición, vino a formar entonces un ministerio  a su gusto, selon son coeur, a cuya cabeza puso a Jules de Polignac en noviembre siguiente, personaje este a la vez rendido al rey y admirador de Inglaterra, donde había sido embajador unos años atrás. Después del discurso del trono a principios de año, Polignac se presentaba ante la Cámara de diputados en marzo de 1830, la cual le negó su confianza por la llamada Adresse des 221. Así que Polignac pronunció su disolución y organizó nuevas elecciones para el mes de julio.

            El presidente del Consejo creyó también reforzar su popularidad con una acción en el exterior (como Luis XVIII había hecho interviniendo en la España de Fernando VII, en 1823, o recientemente en Grecia en 1828).
Se trataba, esta vez, de una expedición militar y naval de envergadura contra Argel, proyecto que la recuperación ahora de la marina francesa hacía posible. En esas tierras -sobre las que el sultán de Estambul ejercía una teórica soberanía-,  reinaba la anarquía, en medio de una población nómada. En el origen se encontraba un enmarañado asunto comercial, derivado de un abastecimiento de trigo hecho en su momento por la Regencia de Argel al gobierno del Directorio, treinta y dos años atrás, para las necesidades de Bonaparte en Egipto. Los intermediarios habían sido unos judíos de Livorno que habían acabado en quiebra. El dey Hussein no había cobrado las sumas que se le debían y hacía responsable de ello al cónsul de Francia, un tal Deval (turbio hombre de negocios, por lo demás, instalado allí); y en medio de una discusión, el 29 de abril de 1827, el argelino se había encolerizado, hasta golpear al representante francés con su espantamoscas.
Villèle y luego Martignac se limitaron, en su momento, para obtener reparación de aquel insulto diplomático, a algunas acciones (como un irrisorio bloqueo que resultó ineficaz), y el 3 de agosto de 1829, la fragata “La Providence”, que se acercaba a negociar, sufrió el fuego de las baterías de Argel.
Jules de Polignac, que acababa de asumir el cargo de presidente del Consejo, decidió intervenir.

            El 25 de mayo de 1830, un cuerpo expedicionario de 37.000 soldados y varias decenas de miles de marineros, transportados por unos centenares de navíos de comercio y protegidos por 103 de guerra, partía de Tolón, bajo el mando del general Bourbon (nombrado mariscal, tras esta acción). El 14 de junio comenzó a desembarcar en la bahía de Sidi-Ferruch, 20 km al O. de Argel y, desde allí alcanzó la ciudad. Argel se rindió, después del bombardeo, durante varios días, del fuerte L’Empereur que la protegía de tierra adentro, y, tras violentos combates, algunos cuerpo a cuerpo, fue ocupada el 5 de julio, mientras el dey se alejaba hacia el exilio.
Habiendo tenido la audacia de desoir las advertencias de los ingleses y el pesimismo que destilaba la prensa liberal, el último ministerio de la Restauración acababa de abrir África del norte a la colonización francesa. No se lo imaginaba entonces, y únicamente pretendía hacer de su presencia allí una moneda de cambio, para, por medio de inverosímiles intercambios de territorios, acabar recuperando la margen izquierda del Rin (tema de vieja resonancia revolucionaria) y así reconciliarse con la opinión liberal.

                                                             o    0    o

            El rey Carlos X, convencido de su propia popularidad y de que la toma de Argel había venido incluso a reforzarla, quiso mantener a Polignac, a pesar de las elecciones que acababan de tener lugar y que habian reforzado aún más a los liberales (274 de la oposición, frente a 104 para el gobierno).
            Y el 26 de julio, por un auténtico golpe de fuerza de la Corona, aparecían en Le Moniteur (que actuaba entonces como Journal Officiel), cuatro Ordonnances, tomadas en una interpretación abusiva del art. 14 de la Carta Otorgada, que permitían al rey adoptar, con carácter de urgencia, las medidas necesarias a la seguridad del Estado, y que, en sustancia, decían:

         1º – Ningún periodico ni folleto podría aparecer libremente.

         2º – La Cámara que acababa de ser elegida quedaba disuelta.

         3º – La ley electoral era modificada, dejando de ser incluidas en el censo electoral las patentes e impuestos de comerciantes e industriales.

         4º – Las elecciones quedaban convocadas para los días 6 y 13 de septiembre.

            Pero, al día siguiente, 27 de julio, los periódicos decidieron aparecer unánimemente. En Le National nuevo órgano fundado bajo el patrocinio de Talleyrand, un joven periodista de gran futuro, Adolphe Thiers, redactó una protesta; y tuvieron lugar graves incidentes, cuando la policía llegó con la intención de romper las prensas. Paralelamente, industriales y negociantes favorecían la agitación, dando la jornada libre a sus obreros y empleados.
Ya ese día, París presentaba un aspecto revolucionario, y empezaban a verse barricadas en algunas calles. El impopular Marmont, nombrado a la cabeza de tropas insuficientes, las utilizó el 28 en ofensivas contra los frentes este y norte de la capital. Pero, en las estrechas calles del París de entonces, las barricadas volvían a formarse por detrás de las tropas; y el 29 Marmont hubo de replegarse hacia las Tullerías, para abandonar luego la capital.
Tal fue el resultado de esas tres jornadas que los vencedores llamarán, en adelante “les Trois Glorieuses”, y que inmortalizará Delacroix con “La liberté guidant le peuple”.

            Carlos X, que se encontraba entonces en Saint-Cloud, se trasladó a Rambouillet y, amenazado por una ofensiva de los parisienses, se dejó convencer para abandonar el país y partir para un nuevo exilio. Pero, hombre siempre de penacho y vanagloria, venido del fenecido Versalles, quiso hacerlo como rey, cruzando todo el oeste de Francia con la bandera blanca desplegada y su casa militar formada con uniforme de gala. Todo lentamente, como arrastrando los pies y queriendo ver cómo cursaban los acontecimientos. Después de haber reconocido al duque de Orleáns (Luis-Felipe), solamente como lieutenant-général del reino y regente, y de haber abdicado en su nieto el conde de Chamborg, el hermano del guillotinado Luis XVI y del restaurado Luis XVIII embarcaba en Cherbourg el 16 de agosto de 1830. Morirá en Venecia seis años después.

            Polignac, detenido cuando intentaba pasar a Inglaterra, hubo de comparecer ante la Cámara de los Pares –competente para juzgarlo-, y condenado a cadena perpetua, a la caducidad de sus títulos y a la inhabilitación total (mort civile). Será amnistiado en 1836.

            Y fue así como el régimen de la Restauración, que no había podido o sabido arriagar sólidamente en el país, caía víctima de la insurrección popular parisiense. Por primera vez, desde la Revolución de 1789, la burguesía y el pueblo habían unido sus rencores contra un gobierno que amenazaba las libertades, aquellas que la Carta había prometido y que, efectivamente, habia traído después de la dictadura de Napoleón -despotismo adormecido o escamoteado por la “gloria” de las victorias imperialistas-.

            Una crisis económica nacida en 1827 (que sólo concluirá en 1832) había contribuido también al descontento del mundo productivo de patrones y asalariados.
Y, sin embargo, durante esos quince años, un régimen constitucional había funcionado en Francia. Algunos rasgos del régimen parlamentario, no previstos en la Carta Otorgada, como la dimisión de un ministerio colocado en minoría por las Cámaras, y el control del gasto público habian ido arraigando. Fue por haber desdeñado esos aspectos por lo que Carlos X cayó.
Aunque no restañadas las hondas heridas abiertas por la Revoluciòn, las ruinas dejadas por el Imperio napoleónico habían ido siendo restauradas por buenos administradores, y los ministros de finanzas de la Restauración tuvieron el mérito de establecer los grandes reglamentos de la contabilidad pública que permiten gestionar saneadamente el presupuesto de un Estado moderno.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BANVILLE, Jacques: Comment s’est faite la Restauration de 1814; diverss ediciones desde 1948, última: Éd. des Six coupeaux, 2014.
BERTIER de SAUVIGNY, Guillaume: La Restauration; Flammarion, 1990 y le Grand livre du mois, 1998.
CHALINE, Jean-Pierre: La Restauration; Presses universitaires de France, 1998.
CONSTANT, Benjamin: Réflexions sur les constitutions, la distribution des pouvoirs et les garanties, dans une monarchie constitutionnelle; París, H. Nicole, 1814.
DÉMIER, Francis: La France de la Restauration, 1814-1830: l’impossible retour du passé; Gallimard, 2012.
HAURANNE, Duvergier de –, Prosper: Histoire du gouvernement parlementaire en France, de 1815 à 1848; (Michel Lévy freres, 1857-1872)
YVERT, Benoît: La Restauration: les idées et les hommes; Le Grand livre du mois, 2013.
JARDIN, André y TUDESQ, A.-J.: La France des notables, 1- l’évolution génerale, 1815-1848; Seuil, 1988.
VAULABELLE, Achille: Histoire des deux Restaurations; París, Garnier, 1874.
VIDALENC, Jean: La Restauration; Presses universitaires de France, diversas ediciones, desde 1966. También: La société française de 1815 à 1848; 1) le peuple des campagnes, 1970; 2) le peuple des villes et des bougs, 1973…; M. Rivière et Cie.
WARESQUIEL, Emmanuel de –: Histoire de la Restauration, naissance de la France moderne (1815-1830); Perrin, 1996; también C’est la Révolution qui continue! La Restauration, 1814-1830; Le Grand livre du mois, 2015.

Política exterior:

GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: La otra invasión francesa: los Cien Mil Hijos de San Luis; Alderabán, 2012.
MONTAGNON, Pierre: La conquête de l’Algerie, 1830-1871; Pygmalion, 1986.
NETTEMENT, Alfred: Histoire de la conquête d’Alger, écrite sur des documents inédits et authentiques; 1856 y ediciones posteriores, hasta 2006.

En Español:

LAMARTINE, Alphonse de: Historia de la Restauración (1-II); 1851 y 1853
VAULABELLE, Achille: Historia de la  Restauración de los Borbones en Francia; 1859 y otras ediciones.

Deja un comentario