Impresionismo, El – (1874-1886)

            Si la palabra crea la cosa, el movimiento pictórico de la segunda mitad del siglo XIX al que llamamos Impresionismo habría nacido el 25 de abril de 1874, el día en que Louis Leroy daba cuenta en Le Charivary de la exposicion que organizaban unos treinta artistas en el antiguo estudio de Nadar. Retomando en tono de burla el titulo de un cuadro de Monet, “Impression, soleil levant”, el crítico reagrupaba a los participantes bajo el neologismo de “impresionistas”. Pero, la palabra circulaba ya en las conversaciones que mantenían en el café Guerbois de Montmartre -no lejos del estudio de Manet en Batignoles-, algunos habituales de l’Académie suisse (Camille Pissarro, Paul Cézanne, Armand Guillaumin) y aquellos alumnos de Charles Gleyre (Frédéric Bazille, Pierre-Auguste Renoir, Claude Monet, Alfred Sisley), cuyo taller frecuentaron entre 1862 y 1863 y que siguieron reuniéndose en la Closerie des Lilas de Montparnasse). Conversaciones referidas menos a la teoria pictórica que a la eficacía práctica, porque, para esos jóvenes, se trataba, ante todo, de exponer, única vía para darse a conocer y tener acceso al mercado del arte. Uno de los mayores en edad, Manet, veía en ello una cuestión vital,  él, cuyo “Déjeuner sur l’herbe”, había sido rechazado por el jurado oficial y suscitado sarcasmos, con ocasión de su presentación en el primer “Salon des refusés” (de los rechazados) que Napoleón III había decretado abrir en 1863.

            Para los futuros impresionistas había que forzar al destino. Cansados ya de verse rechazados una y otra vez en el Salón anual (referencia incuestionada en el mundillo del arte, tanto en cuanto a las técnicas empleadas como a los temas abordados), por jurados hostiles a toda novedad, -¡ni que se les diese, siquiera, oportunidad con nuevos salones de rechazados, en 1867 y 1872!-, y queriendo afirmar la comunidad de intenciones que les animaba a todos ellos, fue así como crearon, en febrero de 1874, una “Sociedad anónima ccooperativa de artistas pintores, dibujantes, escultores, grabadores, con capital y personal variable”, cuyo fin era “organizar exposiciones libres, sin jurado ni recompensa honorífica”, y entre cuyos más notorios componentes figuraban Monet, Césanne, Degas, Berthe Morisot, Pissarro, Renoir y Sisley. Lo cual representaba una iniciativa valiente e insólita en esa época.

Impresionismo – Claude Monet. Venecia, Saint Georges majeur al crepúsculo

            Alrededor de aquellos parroquianos del Guerbois, la primera manifestación, donde también estuvo presente Eugène Boudin, tuvo lugar en el taller del fotógrafo Nadar, boulevard des Capucines. El público acudió, pero fue, sobre todo, para reirse de esos “barbouilleurs” (emborronadores, mediocres pintores). Fue uno de los cuadros de Claude Monet, representando el puerto de Le Havre al amanecer y titulado por su autor  “Impression, soleil levant” (1873, en el museo Marmottan Monet de París), el principal blanco de las críticas y el que habría de dar nombre a todo el movimiento; este cuadro, en el que el dibujo y hasta la composición parecen sacrificados en aras del estudio de la difusión de la luz, a través de la neblina y sobre la superficie del agua, sólo podía provocar escándalo y perplejidad; incluso la palabra “impresión”, que en el ánimo de su autor pretendía atenuar la importancia de la obra, como adentrándose de puntillas en una nueva propuesta estética, iba, al contrario, a estimular la mala fe y la incomprensión de ciertos cronistas de salones y galerias.

            Aun cuando, de hecho, se sentían más unidos por su común posicionamiento pictórico rebelde que por una técnica concreta, los pintores aludidos acabaron adoptando aquella etiqueta originariamente despectiva. Insistiendo en el deseo de captar el instante, el nombre parecía adecuado, a riesgo de olvidar que otras preocupaciones les animaban también. Al final, “Impression…” no resultará enteramente característico ni de la obra de Monet, ni de la de sus amigos en quienes la construcción del lienzo resulta menos sacrificada de lo que a menudo se repite, y un Degas nunca romperá con el dibujo, ni será muy partidario del trabajo al aire libre.

            Dos años después, Caillebotte, el más joven de todos, se unía al grupo y exponía en la galería Durand-Ruel.
Para la tercera exposición (1877), hacían acto de presencia Gauguin y la americana Mary Cassatt, mientras que, poco después, el crítico y coleccionista Théodore Duret (ver su retrato por Manet), publicaba el primer estudio de fondo sobre les peintres impressionnistes (1878).

            Cuatro nuevas exposiciones fueron organizadas por aquella sociedad de artistas independientes de 1879 a 1882, pero ya algunos habían vuelto al Salón oficial: Renoir y Cézanne en 1879, Monet al año siguiente y Sisley en 1881. Únicamente la exposición de 1882 –que conoció un verdadero éxito de crítica y público-, iba a ver formarse de nuevo el núcleo inicial (excluyendo a Cézanne, ya en ruptura definitiva), último reagrupamiento antes del triunfo neoyorquino de las “Obras al óleo y al pastel de los impresionistas de Paris”, que presentaba Durand-Ruel en la Art Gallery, en abril de 1886.

            Pinceladas en estrías visibles, utilización de perspectivas inhabituales…; conscientes también de que la coloración bajo la cual aparece una superficie depende menos de su propia pigmentación que de la luz que la ilumina y de los colores de los objetos que la rodean, pintores como Pissarro, Renoir, Monet o el británico Sisley alteraron el lenguaje pictórico tradicional; y todos, analizando los mínimos reflejos y dando importancia a los motivos que mejor se prestan a dicho análisis (agua, bruma, humo…); proscribieron de sus cuadros las sombras oscuras o grisáceas y jugaron con los vecinos complementarios.

            Hacia 1880/85 comienza a producirse el fraccionamiento del grupo impresionista. Con la edad, la notoriedad y, para algunos de ellos (Renoir, Monet y, algo después, Pissarro), la holgura económica tras años de estrecheces, se produce también la dispersión geográfica y una necesidad de pausa y cuestionamiento. Eran ya conscientes de que el desarrollo de los principios impresionistas conducía a una cierta esclerosis: Renoir empieza un período de austeridad y se somete a un dibujo preciso y a colores agrios; Pissarro, se siente atraido un momento por la disciplina neo-impresionista; y Cézanne, Gauguin y Van Gogh van a partir, cada cual a su manera, de las bases impresionistas, para llevar más lejos su propia búsqueda.

            Con la llegada de Odilon Redon y de pintores más jóvenes como Signac y Seurat (que organizan una exposición paralela), una última exposición parisiense, en la primavera de 1886, marcará la irrupción del simbolismo, del divisionismo, del neoimpresionismo… Y el crítico de arte Félix Fénéon constataba ya el fraccionamiento del grupo en su libro “les Impressionnistes” (1886). Ya para entonces el Impresionismo era reconocido, sus artistas apreciados, y sus cuadros -todavía no hacia mucho comprados a precios irrisorios-, bien cotizados ahora.

            Podría sorprender que Edmond Duranty haya sido el primero, en 1876, en intentar una síntesis positiva de lo que llamaba “la nouvelle peinture”, él que era principal animador de la revista “Réalisme” y el teórico de ese movimiento en literatura, ¡tan alejado de la subjetiva impresión! Pero es que el Impresionismo se pretendía en parte la lógica consecuencia del realismo pictórico iniciado por Courbet y  Corot (al que un Monet consideraba el único maestro). De ahí su rechazo del estudio y el interior para pasar a pintar directamente al aire libre y sobre el objeto. Y así se ve a Monet en Belle-Île, en Argenteuil en su barca-estudio, en la Grenouillère, o en las costas del Canal de la Mancha…Porque el agua, iba resultar el tema impresionista por antonomasia, con sus reflejos de luz e irisaciones; como el humo de las locomotoras o la nieve, que ofrecían la posibilidad de darle vida al fugaz instante.

Llevando esa lógica al extremo, Monet se consagrará, a partir de 1890, a su luego famosas series (de almiares, de álamos, Monet, de la catedral de Rouen, de nenúfares), con la intención de captar el mismo motivo en diferentes momentos del día. Lo cual expresaba que el dibujo importaba menos que la multicolor paleta, y que, para los impresionistas, se trataba menos de reproducir el mundo que de desvelarlo. Y así exploraban, como instantáneas fotográficas, escenas intimistas, de esparcimiento popular (“le moulin de la Galette”, Renoir); o momentos de distensión o de trabajo (las diferentes escenas de baño, “les repasseuses” de Degas…); la naturaleza sí, pero también las estaciones de ferrocarril del mundo moderno, metáforas todas, o metamorfosis de lo representado, como dirá Proust.

Esa incursión en el mundo real y lo cotidiano, de lo vivo y lo concreto, habia molestado al público de las primeras exposiciones, habituado, hasta entonces, a la pintura histórica o a las escenas bíblicas, donde lo imaginario se traducia en héroes, dioses y personajes fuera de la común. Con los impresionistas, generalmente avaros de información y narración, no sólo era la luz la que irrumpía en la pintura, sino también el siglo XIX industrial, poético e íntimo, captado en su movimiento y en su devenir.

                No convendria, finalmente, desdeñar ciertos aspectos en el campo de la literatura que podrían hacernos hablar de un impresionismo literario, detectable en el novelita Octave Mirbeau, gran ensalzador, por cierto, de Corot y de Monet, cuando escribia en noviembre de 1884, del segundo: “el más completo y vibrante paisajista”; y de ambos: “Corot y Monet son las dos más bellas y elocuentes expresiones del arte del paisaje; y la posteridad (…), emparejará esos dos nombres en la misma y definitiva gloria”. O en la música, con Debussy, Satie, Ravel…

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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En español:

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